INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XVI
LA AMENAZA

AL VER D. Juan que Monterilla Venia para la cárcel con la boleta en la mano; quiso separarse del corrillo donde estaba e irse adelante, con el fin de evitar lo viesen en compañía de semejante hombre; si esperándolo tenia que seguir junto con él, en momentos en que a causa de la procesión, estaba reuniéndose por aquel punto un concurso en el que habia algunas personas de importancia: mas resolvió detenerse, por que no sabiendo de un modo seguro que Monterilla en efecto hubiera estado con el juez en la ocupacion precisa, de defender a Santiago, no quiso correr, el riesgo de llevar a este una noticia que mui bien podía ser equivocada, i darle con eso un chasco que su discrecion, aborrecia en estremo, no ignorando cuánta molestia i antipatía producen siempre los engaños i de esta, clase que tan a menudo causa voluntariamente el nécio.

Resolvió, pues, como se dijo, esperarlo i seguir juntos para la cárcel, deseando ser el primero, que daba a su amigo la agradable noticia de su libertad, i esperando ennoblecer la accion de ir asociado de tal defensor con el convencimiento de que, ella era un sacrificio a la amistad que la legitimaba suficientemente.

Mientras iban para la cárcel, Monterilla comunicó a D. Juan que aquel papel era en efecto la órden de libertad para su cliente refiriendole ademas el sistema de defensa que habia adoptado i en cuya virtud lo logro, suponiéndose amigo de D. Aleja a quien ni siquiera conocia, pues solo habia oído hablar de él a un estudiante, cuando se trataba en el altozano, del arresto del hijo, Monterilla reía mucho de este ardid que D. Juan oía con justo desabrimiento, considerándolo como una burla hecha a dos hombres de bien, i como un ultraje irrogado a la inocencia.

Ambos se presentaron a Santiago: Monterilla mui ufano i D. Juan mui displicente a pesar del gusto de ver que su amigo en libertad, i no tenian necesidad de mezclarse mas en esta clase de asuntos que tanto tiempo útil les habian quitado.

-Puede U. salir de su prision dijo Monterilla a Santiago dándole la boleta: ya está defendido a toda su satisfacción la causa ha concluido enteramente respecto de U. He cumplido , pues, mi palabra, en los mismos términos que la empeñé, i espero que U. será agradecido, me considerará como amigo i en toda vez que seme ofrezca podré contar con sus servicios, asi como U. puede contar con los mios, i vivir seguro de que siempre que me ocupe estaré a su disposicion.

-¡Gracias! repuso Santiago.

-El servicio que acabo de prestarle, siguió Monterilla, vale mucho mas de lo que por él he recibido; pues UU. no deben dudar un momento de que el asunto iba poniéndose mui delicado, i si yo no me hubiera hecho cargo de él, seguro es que nadie habria podido darle una evasion tan pronta i feliz. I debe agradecerse mi eficacia tanto mas, cuanto que actuál mente estói mui ocupado, i solo por ser al Sr. D. Santiago a quien iba a favorecer, he podido distraerme de otros asuntos
mui graves.

-Mucho agradecería yo, le dijo Santiago, el servicio que me pondera, si me lo hubiera prestado con la exactitud que me ofreció i que yo esperaba. Pero léjos de eso, U. me ha hecho pasar en la cárcel veinte i cuatro horas de mas, pudiendo haberme evitado esa incomodidad i el grave perjuicio que por ello han sufrido mis intereses; pues le aseguro con toda verdad que estos han sido cabalmente para mi los dias de mi vida en que mas que en nigun otro tiempo me habría convenido la libertad. Así que por tanto, soi de parecer que U. ha perdido completamente el derecho a la gratitud que reclama.

-No me sorprende eso, Sr. D. Santiago, dijo Monterilla con desden; porque siempre tenemos los prácticos la desgracia de protejer ingratos.

-Por lo ménos en cuanto a mí, Sr. Monterilla, eso es demasiado cierto; porque so¡ mui ingrato respecto de los servicios que paga mi dinero, i mi gratitud es tan noble, que cuando ella está en mi bolsillo, no queda nada en mi corazon.

-Es verdad que U. ha pagado el servicio que le he hecho; pero ya dije que vale mucho mas de lo que he recibido; i yo creía que ese déficit seria compensado con la gratitud de parte suya.

-En el servicio de U. ha habido tambien un déficit de tiempo, por lo ménos de veinte i cuatro horas; i ese déficit con nada puede compensarse.

-Pero ha sido involuntario.

-Sea lo que fuere, yo no quiero agradecer nada, pues primero convendría en pagar algo mas a U. que cargar con una deuda semejante.-¡ Bien ! Yo no llevaría eso mui á mal......-Pero yo sí, Sr. Monterilla; i tanto mas, cuanto que U. como he dicho, me ha tenido un día entero en la cárcel estando inocente; i ese día penoso que puedo evitarme si hubiera querido, es mas bien un mal del que tengo derecho para quejarme contra U.,que un servicio por el que debiera pagarle algo mas.

-Pero ya he pedido a U. me disimule esta falta en atencion a que ayer ha sido para mi un día mui ocupado.

-Queda U. disimulado, i con esto parece que estamos en paz.

D. Juan recordó por las últimas palabras de Monterilla, el suceso de las cartas; i como deseaba saber que efecto le habia causado la del Doctor Témis i en que estado se encontraban esas cosas, aunque temeroso de incurrir en una indiscrecion vituperable, le fué imposible prescindir de su curiosidad, esperando le fuese útil en aquel caso, i juzgándola lejitima por esa razon. Así fué que siguiendo la conversacion con Monterilla, le dijo:

-Yo supuse que efectivamente U. habría estado mui ocupado, porque sé que está hecho cargo de la defensa del Mordedor, segun lo decia cierta carta que U. dirijió a Emilio.

-Exactamente, dije mui serio Monterilla; i aunque yo podia estrañar que U. supiera algo acerca de ese asunto, no me admiro de ello, porque hai algunas personas de quienes no debe uno fiarse, i cosas que si el interesado no puede hacer por sí mismo, nunca logrará que salgan bien.

-Sobre esto no hai, sinembargo, nada de particular, repuso D. Juan con tono que indicaba desear ya quedase la conversacion en ese estado. Todo está reducido a que yo me hallaba casualmente en casa del Sr. Osman cuando llegaron con la carta.

-En eso consistió el mal, siguió Monterilla : en haberse ido a dar una carta secreta, en presencia de otras personas. Así lo he inferido desde que recibí la contestacion ; mas ya esa portadora atolondrada sufrirá el merecido castigo, si es que no lo ha recibido todavia. Ella no sabe lo que es la persona a quien ha perjudicado, pues a decir verdad, nos ha causado un perjuicio enorme con su indiscrecion.

-Eso he creido yo desde el principio, dijo Dn. Juan sonriendo.

-Sinembargo, no quiero decir, añadió Monterilla reprimiendo la cólera, que las cosas no tengan remedio: eso no, pues basta haber descubierto ya todo lo ocurrido, para que me burle de esas loas de un abogado presuntuoso, i de esas palabrotas que en si no valen gran cosa.

-Con todo, dijo D. Juan: parece que efectivamente está decidido Emilio a no prestar a U. por ningun motivo la ayuda que se quiere de él en la defensa del Mordedor.

-¿ Dice U. que no la prestará? replicó Monterilla empesando a develar su rabia. Allá veremos, añadió con una sonrisa afectada, i en tanto que Santiago se asomaba al balcon, porque ya empezaba a oirse a lo léjos el eco del canto i la música de la procesion Ya verá U. a Emilio, continuó Monterilla; ya lo verá abatido i cobarde, buscándome solícito i lleno de humildad, para tener el gusto de hablar con migo, poseido de profundo respeto, porqué yo así lo querré. Me buscará, repetia orgulloso dándose en el pecho, con la mano abierta dos ó tres golpes Si Sr. me buscará i yo lo escusaré : me hallará al fin, me agradecerá el que le sea accesible, i entónces lo despreciaré tratándolo como a un doméstico indigno de mi atencion.

Me rogará todavía i si tiene querida hermosa, la interpondrá para conmigo que entonces por bondad me prestaré a escucharlo, para ponerlo por último bajo mis plantas. Despues que lo haya pisado le mandaré levantarse para que obedeciendo mi direccion, haga la defensa del Mordedor, como su mas digno agente, como su personero, no como su abogado: como un procurador a quien gobernaré ¡daré lo que yo escriba para que lo firme, pues no dejaré figurar mi nombre en una defensa a que sabré hacer mas odiosa todavía de lo que el cándido Emilio finje creer hasta ahora. I advierta U., continuó viendo que D. Juan se reía, que digo todo esto, no porque me olvidé de que es un parcial dé Emilio quien me está oyendo, sino porque tengo tanta seguridad en mis planes, que léjos de temer me sean deseo concertados, anhelo porque mi objeto llegue a su noticia: tal confianza tengo de poder burlarme de ese Emilio que tanto se atreve a despreciarme, i de llegar a humillarle su altivez haciéndolo respecto de ese Monterilla a quien llamándolo tinterillo mira tan en poco, nada ménos que una especie de practicante; un aprendiz del oficio. Haré tambien de él acerca de esa sociedad lucida de que vive tan ufano, nada ménos que un infame, por no leguleyo... no, D. Juan: mi poder sobre ese jóven va a ser mas grande, i puedo convertirlo si quiero, hasta en un famoso ladron. Ese jòven: ese Doctor Témis redactor de la carta, no saben con quién se han metido. Monterilla les ha jurado i declarado la guerra; i Monterilla tiene armas, sabe lidiar i no declara el combate sino guando tiene evidencia de vencer. Ya ve U. que no ando con misterios obro a cara descubierta i francamente; revéleles U. todo esto; que se defiendan como puedan i no me acusen de alevosía ni de traicion... ¡ El Doctor Témis! ¡ Bah! yo me rio de esos hombronazos que nada son sino por su orgullo i sú arrogancia ¿ Qué puede hacer conmigo el Doctor Témis? Que revele sus planes como revelo yo los mios. ¿ I Emilio ? ¿ qué es ese jóven sin la proteccion del Doctor Témis ? Abandónelo este un momento, i se le verá descender a besarme el pié, si solo mando como tengo de mandárselo...Mas ¡qué digo si el Doctor Témis lo abandona! Aunque no lo abandone.... mas todavía: el mismo Doctor Témis besará humilde el pié de Monterillá ¡ Ah ! ¡ no sabré yo lo que hago ¡ Si él Doctor Témis i Emilió Castelvi no se humillan ante Monterilla i besan el polvo en su respetó, autorizo a cualquiera para que haga en mí impunemente el ultraje que a bien tenga. No dio esto con furor, prosiguio, viendo que D. Juan parecia molestarse: no Sr.; estói tranquilo, i con toda tranquilidad i madurez le anúncio a U. que el Dóctor Témis abandonará a Emilio téngalo U. presente, i recuérdelo siémpre por el eco solemne de esa música que se acerca. Digo mas: Emilio será perseguido por él porque querré que lo persiga; mas bien que yo i es este un cargo qué le voi a imponer a ése abogado i que él tendrá que obedecer. I cuando Emilio sumiso i respetuoso me haya buscado; cuando ya esté despreciado por mí, abandonado del Doctor Témis, é infamado por la sociedad: o sino, cuando haya defendido al Mordedor bajo mi dependencia, i a virtud de sus esfuerzos, ese reo se pasee victorioso por las calles, entonces yo lo perdonaré; i si llegare a rehusarse... ¡ Ah! Que desafie para entónces la muerte i la desgracia, en horabuena: nosotros tenemos ademas algo que echarles a la cara i que los rendirá cono perros al amo que los castiga: que lo desafien todo, que no se burlarán por eso ni de mi astucia; ni de mis intereses, ni de mi venganza. I cuando esten espirantes i bomitando la vida; entonces pedirán perdón ; Monterilla se reirá; ellos lo maldecirán, pero él continuará mofándose de la maldicion pisando con desprecio sus cabezas humilladas.

Mui disgustado oyó D. Juan estas terribles palabras de Monterilla, i hasta llegó a creer que era una vileza haber atendido tal conjunto de amenazas criminales dirijidas contra dos de sus amigos más acreedores al respeto i a la veneracion, proferidas por la boca de un hombre qué revelaba tan a las claras estar íntimamente familiarizado con toda clase de delitos, i cuya diabólica faz, al articular ésos formidables juramentos de tan abundante sentido, dejaba ver sin disfraz toda la perversidad de un malvado, en cuyo jesto se mostró tantas veces, durante aquellas blasfemias; la actitud que en la imajinacion de D. Juan tomarian los músculos de la cara de un asesino cuando siente resbalar el puñal entre el corazon de su victima. Así, poniendo término a esa odiosa conversacion, se acercó a Santiago invitándolo, a que saliesen:

Entonces se despidió Monterilla recordando a su defendido que le debia la libertad i que podía salir cuando lo tuviese a bien.

" Santiago, sinembargo, se quedó todavía algunos instantes en el balcon : mientras tanto D. Juan se paseaba.-¡ Cuántos riesgos, decía entré si, se preparan a mis dos amigos! Monterilla corno un jénio maléfico vuela sobre ellos cubriéndolos con otra sombra aciaga i letal. ¿ Que combate puede ser este, en que de una pacté amenazan el artificio, el fraude, la traicion, la bajeza i aun el puñal; i de la otra no hai ni puede haber mas que Honor i virtudes? ¿ La ciencia i el talento qué pueden contra la maña... contra él asesinato? Con cuánta -lijereza procedió tal vez el Doctor Témis, cuando a nombre de
un jóven sencillo è inesperto, arriesgó una provocacion formidable desafió una víbora sutil i maligna de que acaso no pueden defenderse. El Doctor Témis i Emilio son mui pocos contra una coligacion de perversos, pues Monterilla cuenta con medios, segun ha dejado comprender ¿Qué confianza puedó tener el Doctor Tèmis solo con Emilio entre tantos malvados que para lograr la impunidad de sus crímenes no necesitan quizá sino cometer otros nuevos? ¿No es esto lo que acaba de revelarme Monterilla mismo? Sin rebozo, sin misterio; con el mayor descaro me habló: hai una franqueza espantosa en cuanto al objeto que acaba de descubrirme, pero hai tambien un misterio horrible en cuanto a los medios, que bien se cuido dé ocultarme. El objeto se cree seguro; los medios deben, pues, ser infalibles. El astuto i audaz Monterilla ha jurado ahora mismo, delante de mi, humillar i envilecer los dos hombres mas honrados i mas nobles. ¿-El Doctor Témis i Emilio besarán el pié del mas despreciable, del mas inmundo de los perversos? Monterilla ha jurado el esterminio de ambos, i aunque no sea por respeto al juramento, sino por la venganza que lo dictó, el malvado sabrá cumplirlo. ¡ Infeliz Emilio! ¿qué va a ser de tí ? Cuando está meciéndote la ilusion mas encantadora de tu vida, la amenaza de un malvado te despertara. Cuando tu imajinacion de niño solo se ocupa en retratar el rostro de una mujer ¿podrás analizar bien los artificios de que se valdrá ese criminal para perderte ? ¿ Podrás sufrir, por último, que te mire con desprecio la cara torva de ese malvado? No: nunca. Antes que tal indignidad suceda, valdría mas que... murieses. Pero ¿qué puede hacer Monterilla? ¡con qué puede combatir? ¡ Oh! Eso es imposible. Si: yo debo desengañarme todo no es mas que la habladuría de un charlatan despreciable a quien río debe temerse, i yo soi un nécio al ocuparme sériamente de su infernal discurso....

Entonces resolviendo ir a buscar al Doctor Tèmis i aEmilio para referirles lo que acababa de oír, llamó a Santiago i lo invitó a que saliesen al momento.

-Sí, contesto este quitándose del balcon, pues se acercaba ya mucho el concurso de la procesion que él estaba aguardando se aproximase lo bastante, para que cuantos lo velan o hablan visto en la cárcel, notasen que salia como libre: Si Sr.repitió, vamonos, pues es preciso ahora mismo disponer sea satisfecha la sociedad de algun modo acerca de mi injusta prision, i borrada toda sospecha que ella pudiera hacer recaer sobre mi honra.

-I bien, dijo D. Juan saliendo con Santigo ¿Cómo quiere U. satisfacer a la sociedad en este caso ?

-Del modo mas sencillo i eficaz, contestó Santigo publicando la sentencia que me ha vuelto la libertad.

D. Juan sonrió con aire de desprecio; i con el notable disgusto que tenia, refirió a su amigo el jénero de defensa hecho por Monterilla. Santiago entónces lleno de enojo, esclamó

-¡Bien justo es eso, i yo lo merezco así, pues sabia que tal ajente no podia ser el digno defensor de un hombre honrado !
El me ha abierto las puertas de la cárcel, es verdad; pero no me ha defendido, pues no ha salvado mi honor. Si la sociedad se informase de esto; si preguntara por la causa i la defensa ¿no seria mas afrentosa tal defensa que la causa misma? Mi libertad tiene que pasar hoi por un misterio; eso es lo que de mi inocencia ha hecho aquel leguleyo, i he aquí el servicio que el insolente me enrostraba i por el cual reclamaba gratitud.

-Sinembargo, dijo D. Juan, no se aflija U, Su prision es ignorada casi de todos, i los que han llegado a saberla lo conocen mui bien para no estar convencidos de su pureza i de su integridad.

-Con todo, dijo Santiago: una reputacion se hace dudosa tan fácilmente...

-No, interrumpió D. Juan: no tema U. nada. Bien satisfecha quedará la sociedad con tal que lo vea siempre acompañado con los hombres de honor.

 

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