CAPITULO XV
LA DEFENSA
AL DIA siguiente por la mañana volvió D. Juan a la prision de
Santiago a llevarle las hermosas noticias que habia recojido la
noche anterior en casa de Baciliza : no las del asesinato, o
suicidio, ni las de la clasificacion en que entónces distribuia el
instituto del amor bufo el rango de los amantes: sino solamente las
de que Baciliza, en consideración a los intereses del corazon de
Santiago, habia hecho demorar su viaje, como se deseaba; i que por
consiguiente ya solo dependia de Monterilla el que estos amores
anduviesen
|al paso, siguiendo la metáfora empleada por
Baciliza respecto de su lecho.
-¿ Cónque es por mi que este viaje se demora ? decía Santiago
llenó de gozo i admiración.
-Si, señor; solamente por U., contestó D. Juan.
-¡Qué influencia la del amor! ¡ Ai Baciliza! exclamó Santiago
enternecido. Nó hai duda de que soi amado, i debo envanecerme de
ello.
-Eso nó, Santiago: haria U. mui mal.
-¡Oh ! ¿ I cuándo no envánece el amor de una mujer?
-Así es, dijo D. Juan: a ese estremo llega la flaqueza humana.
Un hombre que como tal está creado para inspirar amor a la mujer,
se envanece hasta de ese hecho tan natural i forzoso, como si fuera
una gracia, i no una lei de la naturaleza.
-Sí, D. Juan: será una flaqueza, pero mi vanidad se apoya en
este caso en una cosa ménos natural, que es la prontitud conque el
corazon de Baciliza se ha movido en favor mío.
¿No le parece a U. encantador que ella haya empezado por un
sacrificio tan desinteresado, solo por complacerme?
-Nó hai duda, dijo D. Juan sonrièndose; i si U. no le paga con
algo mas que suspiros, la deuda no se amortiza fácilmente de otro
modo.
-Por ahora le pagaré en suspiros, repuso Santiago, pues tengo
ànimo de prorrumpir frecuentemente exclamando con ese nombre
hermoso tan adecuado a la imájen que designa; i si he de hablar con
franqueza, creo que por su parte ella también suspirara mucho,
porque debe ser mui sentimental: asi es que ya me lisonjeo
imajinàndome los epítetos tiernos i sentidos con que adornará ni¡
nombre al suspirar.
-Nó lo dude U., dijo D. Juan, porque todas las del instituto son
mui sentimentales, i para eso de epítetos tiernos tienen una
fecundidad admirable.
-¿De cuál instituto?
-Quiero decir. . . . del instituto
|suspiroso.
-¿Al cual pertenece Baciliza ?
-Precisamente.
-¡ Buen instituto! dijo Santiago.
-Mas no olvide U., continuó D. Juan, que aun le tengo otra
noticia.
-¿ De veras ? Dígala U.
-Baciliza necesita unos guantes de camino i otros de
|posada; i si no he comprendido mal, necesita igualmente un
velillo
|de camino i una corbata de
|posada.
-Tanto mejor; i si quiere tambien velillo de posada....
-Eso no: ella tiene segun he adivinado.
-Lo siento; porque yo quiero Hacerle todos esos obsequios. Será
mi segunda felicidad el que me haga el favor de aceptarlos.
-Yo supone que U. desearía tener ese honor, i le aseguró que
están las cosas arregladas de tal modo que sus finezas seran mui
bien recibidas por su desinteresada amante.
-¡ Qué placer, Sr. D. Juan i vale U. un tesoro i Baciliza vale
dos.
-Pero advierta que nos iremos. mañana; i por tanto es
indispensable que salga U. de la cárcel precisamente hoi mismo, a
fin de que antes de las doce, que es la hora señalada para partir,
podamos comprar todas esas cosas, i ademas, las que, U. necesita,
segun me ha dicho desde el principio.
-Váyase U. pues, a buscar a Monterilla, no sea que ande por ahí
cazcaleando i trate de burlarnos hoi como nos, burló ayer.
D. Juan salió, i Santiago se quedó en el balcon un poco
pensativo, con la cabeza llena de ilusiones, imajinándose que,
Baciliza lo adoraba, i que esta era una mujer anjelical no menos
por su belleza que por su corazon.
En la calle se veía mucha jente, porque ese día se esperaba por
aquel lado un procesion para la cual ya estaban adornando los
balcones, puertas y ventanas con colchas de diversos colores i
calidades; apareciendo ademas por diferentes partes várias mujeres
con canastillas llenas de flores que debian regarse al tiempo de
pasar la prosecion. Santiago. se divertia con la proximidad de este
espectáculo, esperando con mucho placer, ver en él a Baciliza.
Entre tanto D. Juan desde la plaza, en la, que Babia encontrado
algunos amigas con quienes se detuvo a conversar, veía a Monterilla
i al Juez que hablaban mui despacio en el altozano de la Catedral.
No dudó al verlos, de que aquel estaría allí trabajando en ese
momento a favor de Santiago. I tenia en ello mucha razon, porque
Monterilla ciertamente estaba haciendo entonces, no un alegato en
estrados, sino como él decía comunmente, un alegato familiar de
andén; especie de tribuna que en su concepto i en el de toda
aquella cofradia de estoicos, se prestaba mas a la elocuencia del
foro en Bogotá, que la banca de los tribunales.
Desde las nueve de la mañana habla estado Monterilla en el
altozano esperando una oportunidad para aprovechar la audiencia
privada i secreta que el juez daba en aquel sitio todos los dias;
pero es de advertir que la que en este deseaba Monterilla, era
necesario no pareciese solicitada, sino enteramente casual. Algunos
momentos tuvo que esperar aquella oportunidad, porque el juez, de
continuo ocupado en la audiencia privada con otros protovozeros, no
ofrecía una ocasion tamo la que deseaba Monterilla, Ya este se
habia paseado en el altozano hasta fatigarse de impaciencia; ya
habia leido tres ocasiones todas las listas del correo en su nombre
i en el de cuantos amigos le venian a lá memoria; ya habia detenido
a todos los Procuradores i portapapeles que pasaron por allí, para
pedirles razon acerca del estado de los negocios propios i de todos
los ajenos de que tenia noticia; ya habia vuelto a pasearse,
deteniendo a veces en un estremo del altozano, para dirijir alguna
mirada hácia el Norte, i volviéndose después a ocupar el opuesto,
para dirijir otra por el Sur. Nada: el juez continuaba en la
audiencia secreta, como si todos los litigantes del mundo hubieran
elejido aquel día para alegar por si, o por media de sus
respectivos patronos, en favor de sus asuntos.
Al fin el juez se quedó parado, recostándose contra la puerta
principal de la iglesia i formando con dos prácticos un corrillo
que parecía ya ocupado solamente de pasar el tiempo en
conversaciones indiferentes o poco sustanciales. Monterilla
temiendo no fuese a suceder la desgracia de que la ocasion, en vez
de mejorar, se hiciese ménos apropósito, resolvió acercarse i
aumentar el corrillo, pues que era suficiente para su plan el que
hiciera esto de modo que no se le notase en ello algun interes
particular, sino únicamente el objeto de asar el tiempo i de ayudar
a pasarlo.
Por una desgracia increíble, el corrillo se ocupaba a la sazon
precisamente de Santiago, pues el juez estaba refiriendo con una
exajeracion estraordinaria la conducta altiva de aquel preso:
narracion que despertando su cólera le hacia repetir, precisamente
en el momento en que Monterilla se acercó, las protestas de hacer
que fuesen debidamente castigadas esas faltas con que su autoridad
i su persona habian sido insultadas por un hombre sindicado de
robo; cuyo delito, añadía, siendo en ese tiempo el motivo de la
alarma jeneral i de la indignacion pública, reclamaba
imperiosamente la severidad de los majistrados. Monterilla que oyó
tal cosa, diose prisa a dejar el corrillo como si no hubiera hecho
alto ni en una sola de las palabras que se hablaban allí, i volvió
con paciencia a pasearse para esperar de nuevo la audiencia que
necesitaba.
No era poco, desgraciadamente el tiempo desocupado, que en
aquella mañana tenian que entretener el juez i los cofrades de
Monterilla; así fué que este se vio en la precision de esperar
tanto rato, que cuando iba a comenzarse la defensa, ya el procesado
habia sufrido dos horas mas de prision, fuera de las que el
defensor, voluntariamente le quiso imponer. Por último el juez se
quedó solo, en cuya virtud se le acercó Monterilla, invitándolo a
que se pasearan juntos, con el fin de no ser interrumpido tan
fácilmente por algun otro defensor que llegase mas tarde. Este fué
el momento en que D. Juan, saliendo de la cárcel, lo observó, como
se ha dicho, guardándose prudente de ir a distraerlo en ocasion que
mostraba señales indudables de estar verificando la defensa.
-Estará U., decía Monterilla al juez aparentando indiferencia i
ociosidad; estará U. mui contento de dejar ya pronto este empleo
que es tan pesado, segun dicen, i mucho mas en las actuales
circunstancias, por esa inmoralidad tan escandalosa que en los
últimos días se ha manifestado en Bogotá; de tal modo que no pasa
día ni noche sin que se cometa un asesinato o un robo.
-I así está todo el circuito, dijo el juez: es increible; estói
tan aburrido, que si no fuera porque de aquí a ocho dial ha de
volver el propietario a encargarse del despacho, hace ya mucho
tiempo que hubiera renunciado ; i si no me habían admitido la
renuncia, como tengo mis razones para creerlo, les habia dejado ahí
su baston i me habia retirado ala vida privada que es todo mi
anhelo.
-Se lo creo sin dificultad, Sr. Dr.; porque los papeles son
capazes de atolondrar a cualquiera. ¿ Qué diré yo que he encanecido
sobre los protocolos, i desde mi infancia he vivida consagrado sin
descanso al estudio de los procesas i al servicio del foro ?
-Lo mismo me ha sucedido a mi; i lo que es peor, ya verá U. que
cuando por el peso de los años i de las fatigas nos encontremos en
inhabilidad de seguir sirviendo a la patria i nos retiremos a la
vida privada, se contentarán con señalarnos una pension miserable
que no alcance ni para desayunarse con decoro un buen patriota.
-De eso no le quede al Sr. Dr. la menor duda; i sino ya ve U.
cuanto trabajo le costó conseguir el interinato de la judicatura,
que segun U. mismo ha visto, no es mas que una bagatela.
-Si, Sr.; i si la líe aceptado ha sido únicamente por mejorar la
administracion de justicia i hacer andar los procesos corno
corresponde i como ( aunque me pese el decirlo) no habian andado
jamas desde que se acabó el Gobierno Español. Así es que.... no me
lo creerá U; pero en el mes que llevo despachando la judicatura, he
dado evasion, por lo ménos, media docena de causas; de modo es que
le repito, estói abrumado i mi salud se deteriora de día en día.
Vea U.: en una o dos horas mortales que trabajo todas las noches,
me siento tan débil, que necesito tener junto al tintero, ya una
tacita de sustancia o de chocolate, ya una copita de blandí, que me
gusta mucho i me lo han recetado: cada vez que mojo la pluma,
necesito tornar... así, alguna cosita: esto mientras un criado está
continuamente debajo de la mesa sobándome los pies, que se me
enfrian en estremo: ó no ve U. que vida de perros esta?.
-Si Sr. Dr.: así valía mas cerrar el estudio.
-Deseosicimo estói de que pasen aprisa estos ocho dias i vuelva
el propietario, que yo le preguntaré lo que es bueno.
-Tiene mucha razon el Sr: Doctor: yo no sé como hai quien
soporte, semejante empleo: es por eso sin duda, que se ven tantas
judicaturas vacantes continuamente, pues se necesita ser de bronce
para soportarlas por mucho tiempo.
-I vea U. sinembargo, dijo el juez parándose repentinamente i
haciendo parar a Monterilla : hai tantos abogados, que ahora, segun
me parece, todas las judicaturas están provistas.
-Sí, Sr., dijo Monterilla siguiendo otra vez el paseo: casi
todas, a escepcion de la del circuito que se creó el otro día en
esta provincia.
-¿Cónque está vacante? repuso el juez con interes i volviendo a
detenerse para mirar la cara de Monterilla: ¿ Luego el que
nombraron al principio no aceptó el empleo?
-No, Sr.; no lo aceptó por ser en interinidad; pero ahora van a
nombrar las respectivas asambleas el propietario.
-Ahí tiene U. una judicatura mui bonita, dijo el juez
continuando nuevamente el paseo.
-Mui bonita ! repetía Monterilla.
j-Si, Sr.: mui cerca.... buen temperamento.... buenas
jentes...
-Yo celebraría, interrumpió Monterilla, que lo nombraran a
U.
-Eso es mui difícil, amigo mío. A mi ni siquiera me conocen en
ese canton, ni tengo amigos allí.
-Ese no es inconveniente, dijo Monterilla; porque en cambio
tiene U. aquí muchos amigos que lo estiman i saben
apreciar su mérito i sus luces.
-Gracias ! gracias! Pero me alegro de que U. diga eso, para que
se vea que aquí la judicatura ha estado servida por mí perfetamente
¿ no es verdad ?
-Sí, Sr.: eso todo el mundo lo confiesa. Asi es que si lo
quiere, yo creo mui fácil hacer que el nombramiento para el destino
de que hablamos, recaiga en U.
-Yo no tengo inconveniente en servir así a mi patria; pero
repito que esto exije amigos, i yo no los tengo de ninguna clase en
semejante lugar.
-Pero yo sí, dijo Monterilla como quien empieza ya el patetico
de su discurso : tengo sobre todo en ese canton un amigo de grande
influencia i que hace lo que quiere. Basta solo que yo le escriba,
i será U. electo juez inmediatamente.
-¿ De veras?
-Si, Sr.; pues ese amigo es nada ménos que lo mejor de todo el
cantora: D. Alejo Gotera.
-¿D. Alejo Gotera ? No tengo, el gusto ni el honor de conocerlo;
pero me parece que he oído decir es un ciudadano escelente: mui
honrado; mui sano...
-Si Sr.: es mui sano. Yo creía que U. lo conocia, porque es
precisamente el, padre de D. Santiago.
-¿De cuál D. Santiago?
-De ese jóven que esta preso por habersele complicado en el robo
hecho al Sr., Osman la otra noche.
-¿De veras? ¿ conque es el padre del Sr. D. Santiaguito, a quien
sí tengo la honra de conocer? ¡Escelente jóven ! ¡ qué honradez!
¡qué moderacion! Mucho me ha gustado desde que lo vi por primera
vez; i e sentido en estremo no haber, tenido tiempo para ponerlo en
libertad al momento a causa de estas malditas ocupaciones.
-Calcule U. i ese jóven preso.! dijo Monterilla. Yo me he
encargado de su defensa, ofreciendo ponerlo ara libertad hoi
mismo.
-Ha hecho U. mui bien; i aun es necesario que le de en mi nombre
una satisfaccion i me escuse con él como pueda, porque lo estimo
mucho, i suplico. a U. tenga la bondad de escribirlo así al Sr. D.
Alejo, ¿ De dónde sabia yo. que el Sr. D. Santiago...I vaya, una
injusticia ! Si ese joven es la misma honradez de su estimable
padre......
Desde, entonces, aunque el: juez, i Monterilla seguían
paseándose, D. Juan solo veía que de cuándo en cuando se paraban,
entraban a una i a otra escribania i volvian a salir. Así pasó
largo rato hasta que por fin se vió a Monterilla en la puerta de,
una de esas oficinas, con un papel en la mano Era la boleta de
libertad para Santiago.
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