INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XV
LA DEFENSA

AL DIA siguiente por la mañana volvió D. Juan a la prision de Santiago a llevarle las hermosas noticias que habia recojido la noche anterior en casa de Baciliza : no las del asesinato, o suicidio, ni las de la clasificacion en que entónces distribuia el instituto del amor bufo el rango de los amantes: sino solamente las de que Baciliza, en consideración a los intereses del corazon de Santiago, habia hecho demorar su viaje, como se deseaba; i que por consiguiente ya solo dependia de Monterilla el que estos amores anduviesen |al paso, siguiendo la metáfora empleada por Baciliza respecto de su lecho.

-¿ Cónque es por mi que este viaje se demora ? decía Santiago llenó de gozo i admiración.

-Si, señor; solamente por U., contestó D. Juan.

-¡Qué influencia la del amor! ¡ Ai Baciliza! exclamó Santiago enternecido. Nó hai duda de que soi amado, i debo envanecerme de ello.

-Eso nó, Santiago: haria U. mui mal.

-¡Oh ! ¿ I cuándo no envánece el amor de una mujer?

-Así es, dijo D. Juan: a ese estremo llega la flaqueza humana. Un hombre que como tal está creado para inspirar amor a la mujer, se envanece hasta de ese hecho tan natural i forzoso, como si fuera una gracia, i no una lei de la naturaleza.

-Sí, D. Juan: será una flaqueza, pero mi vanidad se apoya en este caso en una cosa ménos natural, que es la prontitud conque el corazon de Baciliza se ha movido en favor mío.

¿No le parece a U. encantador que ella haya empezado por un sacrificio tan desinteresado, solo por complacerme?

-Nó hai duda, dijo D. Juan sonrièndose; i si U. no le paga con algo mas que suspiros, la deuda no se amortiza fácilmente de otro modo.

-Por ahora le pagaré en suspiros, repuso Santiago, pues tengo ànimo de prorrumpir frecuentemente exclamando con ese nombre hermoso tan adecuado a la imájen que designa; i si he de hablar con franqueza, creo que por su parte ella también suspirara mucho, porque debe ser mui sentimental: asi es que ya me lisonjeo imajinàndome los epítetos tiernos i sentidos con que adornará ni¡ nombre al suspirar.

-Nó lo dude U., dijo D. Juan, porque todas las del instituto son mui sentimentales, i para eso de epítetos tiernos tienen una fecundidad admirable.

-¿De cuál instituto?

-Quiero decir. . . . del instituto |suspiroso.

-¿Al cual pertenece Baciliza ?

-Precisamente.

-¡ Buen instituto! dijo Santiago.

-Mas no olvide U., continuó D. Juan, que aun le tengo otra noticia.

-¿ De veras ? Dígala U.

-Baciliza necesita unos guantes de camino i otros de |posada; i si no he comprendido mal, necesita igualmente un velillo |de camino i una corbata de |posada.

-Tanto mejor; i si quiere tambien velillo de posada....

-Eso no: ella tiene segun he adivinado.

-Lo siento; porque yo quiero Hacerle todos esos obsequios. Será mi segunda felicidad el que me haga el favor de aceptarlos.

-Yo supone que U. desearía tener ese honor, i le aseguró que están las cosas arregladas de tal modo que sus finezas seran mui bien recibidas por su desinteresada amante.

-¡ Qué placer, Sr. D. Juan i vale U. un tesoro i Baciliza vale dos.

-Pero advierta que nos iremos. mañana; i por tanto es indispensable que salga U. de la cárcel precisamente hoi mismo, a fin de que antes de las doce, que es la hora señalada para partir, podamos comprar todas esas cosas, i ademas, las que, U. necesita, segun me ha dicho desde el principio.

-Váyase U. pues, a buscar a Monterilla, no sea que ande por ahí cazcaleando i trate de burlarnos hoi como nos, burló ayer.

D. Juan salió, i Santiago se quedó en el balcon un poco pensativo, con la cabeza llena de ilusiones, imajinándose que, Baciliza lo adoraba, i que esta era una mujer anjelical no menos por su belleza que por su corazon.

En la calle se veía mucha jente, porque ese día se esperaba por aquel lado un procesion para la cual ya estaban adornando los balcones, puertas y ventanas con colchas de diversos colores i calidades; apareciendo ademas por diferentes partes várias mujeres con canastillas llenas de flores que debian regarse al tiempo de pasar la prosecion. Santiago. se divertia con la proximidad de este espectáculo, esperando con mucho placer, ver en él a Baciliza.

Entre tanto D. Juan desde la plaza, en la, que Babia encontrado algunos amigas con quienes se detuvo a conversar, veía a Monterilla i al Juez que hablaban mui despacio en el altozano de la Catedral. No dudó al verlos, de que aquel estaría allí trabajando en ese momento a favor de Santiago. I tenia en ello mucha razon, porque Monterilla ciertamente estaba haciendo entonces, no un alegato en estrados, sino como él decía comunmente, un alegato familiar de andén; especie de tribuna que en su concepto i en el de toda aquella cofradia de estoicos, se prestaba mas a la elocuencia del foro en Bogotá, que la banca de los tribunales.

Desde las nueve de la mañana habla estado Monterilla en el altozano esperando una oportunidad para aprovechar la audiencia privada i secreta que el juez daba en aquel sitio todos los dias; pero es de advertir que la que en este deseaba Monterilla, era necesario no pareciese solicitada, sino enteramente casual. Algunos momentos tuvo que esperar aquella oportunidad, porque el juez, de continuo ocupado en la audiencia privada con otros protovozeros, no ofrecía una ocasion tamo la que deseaba Monterilla, Ya este se habia paseado en el altozano hasta fatigarse de impaciencia; ya habia leido tres ocasiones todas las listas del correo en su nombre i en el de cuantos amigos le venian a lá memoria; ya habia detenido a todos los Procuradores i portapapeles que pasaron por allí, para pedirles razon acerca del estado de los negocios propios i de todos los ajenos de que tenia noticia; ya habia vuelto a pasearse, deteniendo a veces en un estremo del altozano, para dirijir alguna mirada hácia el Norte, i volviéndose después a ocupar el opuesto, para dirijir otra por el Sur. Nada: el juez continuaba en la audiencia secreta, como si todos los litigantes del mundo hubieran elejido aquel día para alegar por si, o por media de sus respectivos patronos, en favor de sus asuntos.

Al fin el juez se quedó parado, recostándose contra la puerta principal de la iglesia i formando con dos prácticos un corrillo que parecía ya ocupado solamente de pasar el tiempo en conversaciones indiferentes o poco sustanciales. Monterilla temiendo no fuese a suceder la desgracia de que la ocasion, en vez de mejorar, se hiciese ménos apropósito, resolvió acercarse i aumentar el corrillo, pues que era suficiente para su plan el que hiciera esto de modo que no se le notase en ello algun interes particular, sino únicamente el objeto de asar el tiempo i de ayudar a pasarlo.

Por una desgracia increíble, el corrillo se ocupaba a la sazon precisamente de Santiago, pues el juez estaba refiriendo con una exajeracion estraordinaria la conducta altiva de aquel preso: narracion que despertando su cólera le hacia repetir, precisamente en el momento en que Monterilla se acercó, las protestas de hacer que fuesen debidamente castigadas esas faltas con que su autoridad i su persona habian sido insultadas por un hombre sindicado de robo; cuyo delito, añadía, siendo en ese tiempo el motivo de la alarma jeneral i de la indignacion pública, reclamaba imperiosamente la severidad de los majistrados. Monterilla que oyó tal cosa, diose prisa a dejar el corrillo como si no hubiera hecho alto ni en una sola de las palabras que se hablaban allí, i volvió con paciencia a pasearse para esperar de nuevo la audiencia que necesitaba.

No era poco, desgraciadamente el tiempo desocupado, que en aquella mañana tenian que entretener el juez i los cofrades de Monterilla; así fué que este se vio en la precision de esperar tanto rato, que cuando iba a comenzarse la defensa, ya el procesado habia sufrido dos horas mas de prision, fuera de las que el defensor, voluntariamente le quiso imponer. Por último el juez se quedó solo, en cuya virtud se le acercó Monterilla, invitándolo a que se pasearan juntos, con el fin de no ser interrumpido tan fácilmente por algun otro defensor que llegase mas tarde. Este fué el momento en que D. Juan, saliendo de la cárcel, lo observó, como se ha dicho, guardándose prudente de ir a distraerlo en ocasion que mostraba señales indudables de estar verificando la defensa.

-Estará U., decía Monterilla al juez aparentando indiferencia i ociosidad; estará U. mui contento de dejar ya pronto este empleo que es tan pesado, segun dicen, i mucho mas en las actuales circunstancias, por esa inmoralidad tan escandalosa que en los últimos días se ha manifestado en Bogotá; de tal modo que no pasa día ni noche sin que se cometa un asesinato o un robo.

-I así está todo el circuito, dijo el juez: es increible; estói tan aburrido, que si no fuera porque de aquí a ocho dial ha de volver el propietario a encargarse del despacho, hace ya mucho tiempo que hubiera renunciado ; i si no me habían admitido la renuncia, como tengo mis razones para creerlo, les habia dejado ahí su baston i me habia retirado ala vida privada que es todo mi anhelo.

-Se lo creo sin dificultad, Sr. Dr.; porque los papeles son capazes de atolondrar a cualquiera. ¿ Qué diré yo que he encanecido sobre los protocolos, i desde mi infancia he vivida consagrado sin descanso al estudio de los procesas i al servicio del foro ?

-Lo mismo me ha sucedido a mi; i lo que es peor, ya verá U. que cuando por el peso de los años i de las fatigas nos encontremos en inhabilidad de seguir sirviendo a la patria i nos retiremos a la vida privada, se contentarán con señalarnos una pension miserable que no alcance ni para desayunarse con decoro un buen patriota.

-De eso no le quede al Sr. Dr. la menor duda; i sino ya ve U. cuanto trabajo le costó conseguir el interinato de la judicatura, que segun U. mismo ha visto, no es mas que una bagatela.

-Si, Sr.; i si la líe aceptado ha sido únicamente por mejorar la administracion de justicia i hacer andar los procesos corno corresponde i como ( aunque me pese el decirlo) no habian andado jamas desde que se acabó el Gobierno Español. Así es que.... no me lo creerá U; pero en el mes que llevo despachando la judicatura, he dado evasion, por lo ménos, media docena de causas; de modo es que le repito, estói abrumado i mi salud se deteriora de día en día. Vea U.: en una o dos horas mortales que trabajo todas las noches, me siento tan débil, que necesito tener junto al tintero, ya una tacita de sustancia o de chocolate, ya una copita de blandí, que me gusta mucho i me lo han recetado: cada vez que mojo la pluma, necesito tornar... así, alguna cosita: esto mientras un criado está continuamente debajo de la mesa sobándome los pies, que se me enfrian en estremo: ó no ve U. que vida de perros esta?.

-Si Sr. Dr.: así valía mas cerrar el estudio.

-Deseosicimo estói de que pasen aprisa estos ocho dias i vuelva el propietario, que yo le preguntaré lo que es bueno.

-Tiene mucha razon el Sr: Doctor: yo no sé como hai quien soporte, semejante empleo: es por eso sin duda, que se ven tantas judicaturas vacantes continuamente, pues se necesita ser de bronce para soportarlas por mucho tiempo.

-I vea U. sinembargo, dijo el juez parándose repentinamente i haciendo parar a Monterilla : hai tantos abogados, que ahora, segun me parece, todas las judicaturas están provistas.

-Sí, Sr., dijo Monterilla siguiendo otra vez el paseo: casi todas, a escepcion de la del circuito que se creó el otro día en esta provincia.

-¿Cónque está vacante? repuso el juez con interes i volviendo a detenerse para mirar la cara de Monterilla: ¿ Luego el que nombraron al principio no aceptó el empleo?

-No, Sr.; no lo aceptó por ser en interinidad; pero ahora van a nombrar las respectivas asambleas el propietario.

-Ahí tiene U. una judicatura mui bonita, dijo el juez continuando nuevamente el paseo.

-Mui bonita ! repetía Monterilla.

j-Si, Sr.: mui cerca.... buen temperamento.... buenas jentes...

-Yo celebraría, interrumpió Monterilla, que lo nombraran a U.

-Eso es mui difícil, amigo mío. A mi ni siquiera me conocen en ese canton, ni tengo amigos allí.

-Ese no es inconveniente, dijo Monterilla; porque en cambio tiene U. aquí muchos amigos que lo estiman i saben

apreciar su mérito i sus luces.

-Gracias ! gracias! Pero me alegro de que U. diga eso, para que se vea que aquí la judicatura ha estado servida por mí perfetamente ¿ no es verdad ?

-Sí, Sr.: eso todo el mundo lo confiesa. Asi es que si lo quiere, yo creo mui fácil hacer que el nombramiento para el destino de que hablamos, recaiga en U.

-Yo no tengo inconveniente en servir así a mi patria; pero repito que esto exije amigos, i yo no los tengo de ninguna clase en semejante lugar.

-Pero yo sí, dijo Monterilla como quien empieza ya el patetico de su discurso : tengo sobre todo en ese canton un amigo de grande influencia i que hace lo que quiere. Basta solo que yo le escriba, i será U. electo juez inmediatamente.

-¿ De veras?

-Si, Sr.; pues ese amigo es nada ménos que lo mejor de todo el cantora: D. Alejo Gotera.

-¿D. Alejo Gotera ? No tengo, el gusto ni el honor de conocerlo; pero me parece que he oído decir es un ciudadano escelente: mui honrado; mui sano...

-Si Sr.: es mui sano. Yo creía que U. lo conocia, porque es precisamente el, padre de D. Santiago.

-¿De cuál D. Santiago?

-De ese jóven que esta preso por habersele complicado en el robo hecho al Sr., Osman la otra noche.

-¿De veras? ¿ conque es el padre del Sr. D. Santiaguito, a quien sí tengo la honra de conocer? ¡Escelente jóven ! ¡ qué honradez! ¡qué moderacion! Mucho me ha gustado desde que lo vi por primera vez; i e sentido en estremo no haber, tenido tiempo para ponerlo en libertad al momento a causa de estas malditas ocupaciones.

-Calcule U. i ese jóven preso.! dijo Monterilla. Yo me he encargado de su defensa, ofreciendo ponerlo ara libertad hoi mismo.

-Ha hecho U. mui bien; i aun es necesario que le de en mi nombre una satisfaccion i me escuse con él como pueda, porque lo estimo mucho, i suplico. a U. tenga la bondad de escribirlo así al Sr. D. Alejo, ¿ De dónde sabia yo. que el Sr. D. Santiago...I vaya, una injusticia ! Si ese joven es la misma honradez de su estimable padre......

Desde, entonces, aunque el: juez, i Monterilla seguían paseándose, D. Juan solo veía que de cuándo en cuando se paraban, entraban a una i a otra escribania i volvian a salir. Así pasó largo rato hasta que por fin se vió a Monterilla en la puerta de, una de esas oficinas, con un papel en la mano Era la boleta de libertad para Santiago.

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