INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XIV
BACILIZA

Cuando el Dr. Tèmis bajó de Ejipto encontró en la plaza a D. Juan mui afanado buscando a Monterilla, quien a pesar dé haber ofrecido para ese dia la libertad de Santiago, da habia hecho que manifestase interes de llevar al cabo su oferta, i el preso se hallaba todavia en la cárcel sin haber vuelto a ver a su defensor; del que solo sabia D. Juan que algunos momentos ántes habia entrado a la cárcel  i recibido del Mordedor una carta, que seguramente era la misma del Dr. Témis, i con la cual habia vuelto a salir mui de prisa sin ver a Santiago ni volver a parecer por allí. D. Juan manifestó al Dr. Témis, yéndose juntos para sus respectivas casas, el temor que lo sobresaltaba de que aquella carta hubiese inducido acaso una novedad funesta en la prision de su amigo, la que hasta entónces léjos de ser objeto de algun acto favorable, solo iba siéndolo de una multitud de incidencias que le daban ya un aspecto delicado. El Dr. Témis trató de tranquilizarlo sobre este asunto, dándole esperanzas de que esa tarde quizà Monterilla llevaría a efecto su promesa; lo que D. Juan se resistía a concebir, creyendo imposible que en tan breve rato hiciese la defensa ¡lograse el resultado, por mui hábil que fuese verdaderamente semejante defensor.

Con todo, aquella tarde volvió a la cárcel; mas Monterilla no parecía, i como una cosa rara, no se le vio tampoco ni en la plaza ni por parte alguna. Santiago estaba esperado creyéndose el juguete de un engaño que por desgracia habia pagado ya, satisfaciendo de antemano al defensor el precio de su trabado s pasar todavia en la cárcel otra noche mas, era para él un horrible pensamiento con el que de ningun modo podia transijir.

Para mayor conflicto, el día siguiente era el que tenia señalado para irse precisamente con D. Juan a las fiestas; i lo que aun era peor, ese mismo día debían salir tambien de Bogotá con igual destino, unas cuantas familias, entre las cuales, sabia por D. Juan que iba tambien Baciliza: Santiago, como se ha visto, hacia dias se sentia profundamente enamorado de esta jóven en la que pensaba sin cesar en su prision, i había concebido la esperanza que hasta entonces lo tenia contento, de que haciendo al mismo tiempo que ella el viaje a su tierra, iba a aprovechar una ocasion hermosa para emprender bajo auspicios mui lisonjeros esa carrera de esperanzas que los negros ojos de Baciliza le habían señalado. Pero ya todo era imposible; estaba cortada esa carrera por los muros de una prision que Santiago se entretenía en maldecir i en mirar con una espresion amarga y vengativa. Aunque saliese de la cárcel el día siguiente, i aun cuándo saliese mui temprano, lo que no era razonable imajinar, ya no podría e con Baciliza, pues aun no había hecho las compras indispensables i urjentes que formaban casi principal objeto de su venida. Ademas ¿quién le aseguraba que su prision no se fuese prolongando día por día, i que entretanto pasando las fiestas que ya estaban mui próximas, no quedase burlado en todas sus ilusiones? Monterilla en aquella mañana, tenido tiempo suficiente para obrar en una defensa, que se anunciaba, iba a verificar con tanta rapidez: sinembargo, nada había hecho, en todo el día; luego no era mas que un charlatan que se atrevía a prometer una cosa que o no podia tal vez lograr, o no tenia por lo ménos intencion de cumplir Santiago se engañaba en tales juicios; nada de eso era por cierto. No habia mas sino que Monterilla desde el principio se propuso no complacerlo tan pronto, en parte por vengarse de él haciendole espiar con seis horas mas de cárcel la desconfianza ofensiva que le manifestó no queriendo encomendarle desde luego la defensa; i en arte por que no se creyera haber sido mui fácil conseguirle la  parte pues entonces podia quedar defraudado el defensor de mucha e la gloria que se pro prometia en aquella causa. Monterilla, como todos los hombres pequeños, si llegaba a hacer el bien, aunque fuese por un vil interes no quedaba contento si no lo hacia contrastar sombreàndolo con una, pincelada de mal o con un rasgo de egoísmo en, que se proponia a el mayor derecho a la gratitud del favorecido, o a la jactancia exajerada de a propia vanidad.

La intencion pues, de Monterilla al principio de su en cargo, solo se limitaba a prorogar hasta por la tarde de aquel día la prision de Santiago; mas habiendo recibido esa mañana a la carta escrita por el Dr. Témis, ya le fué preciso consagrar tarde al asunto del Moredador, i a los arreglos i preparativos de una guerra en que no había pensado i que contra todos sus cálculos ya estaba declarada por eso fué que esa tarde no se le pudo hallar ni en la plaza ni en ningun otro de los puntos de la Ciudad que frecuentaba.

D. Juan en la prision de Santiago trataba de cónsolarlo, ya anunciándole que vería a Baciliza en las fiestas, que baila ría con ella, tendría en abundancia oportunidad para insinuarse en su corazón; ya asegurándole qué al dia siguiente parecia Monterilla i le conseguiría la líbertad que le había ofrecido. Mas todo esto era inútil: Santiago con nada quedaba contento sino se iba con Baciliza; i era esa una idea que no podia de ningun modo serle reemplazada con otra que compensase la ilusíon lisonjera de que se veía defraudado.

Por último le ocurrió a D. Juan decirle para aliviarlo, que si quería, él mismo podía ir esa noche dónde Baciliza, con el objeto de interesar a la familia, bajo cualquier pretesto para que demorase su viaje hasta el día en que ellos pudieran irse tambien. Súbito fué entonces el cambio de Santiago, quien con manifestaciones de estraordinaria alegría, dió las gracias as a D. Juan, como si éste servicio fuera él mas importante que su amistad podia prestarle; lo que hasta cierto punto era indudable para este, que no ignoraba quedaría su amigó con tal esperanza; descargado por entónces de casi todas las penalidades de su cárcel.

Santiago comenzó luego a mostrarse ansioso de que D. Juan se fuese, porque siendo ya algo tarde, creía qué podia pasarse la noche sin hacer la importante dilijencia de detener a Baciliza. Asomándose, pues, cada rato al balcon, repetía de tiempo en tiempo que ya era mui tarde; que ya estaba oscuro; que llegaba la noche; que era preciso ir donde Baciliza I que debia tenerse en cuenta por D. Juan la demora que le ocasionaría el ir a refrescar para volver a salir.

D. Juan daba mucha importancia a aquella impaciencia, Porque no ignoraba que esa especie de amorcillos bufos, como el los llamaba, i cuyas heroinas han tomado en Bogotá la denominacion de coquetas, intranquilizan tanto a un bisoño como pueden intranquilizar unos amores sentimentales. Así fué que por último resolvió irse para estar temprano ésa noche en casa de Baciliza.

En efecto; a las siete i media sé presentó allí D. Juan, con ánimo de desempeñar no muí gravemente su pueril mision.

Baciliza estaba sentada en el sucio hacia un rincon del cuarto de costura, que era donde en aquella casa se recibian las visitas nocturnas: acompañabánla dos amiguitas suyas, cofrades del mismo intituto galante, i le ayudaban a cóser el traje de montar para el día siguiente. La pieza se veía un poco oscura cuando llegó D. Juan, porque estando la luz tambien en el suelo, la sombra de las tres damas que la circundaban se anchaba i prolongaba demasiado por el pavimento i las paredés, hasta ir a doblarse tu el techo, eclipsando asi la única luz que podía iluminar el aposento. D. Juan. saludó a aquella especie de corrillo arabio, sin poder distinguir de pronto las turquescas que lo componian; i ellas por su parte, alzando la cabeza i mirando al que entraba, nada pudieron distinguir; porque tenían los ojos encandilados, i la sombrá de sus própios Cuerpos Cubría enteramente el de D. Juan.

Este estaba mui acostumbrado a semejantes situaciones i por tanto, bien léjos de cortarse, se quitó la capa i poniendola doblada junto, a Baciliza, se sentó igualmente en el suelo, pues no ignoraba cuanto los modales francos i divetidos gustan todo el instituto del amor bufo; del que en la parte masculina él habiá sido miembro integrante en su juventud i era todavía curioso espectador. La actitud de Juan contribuia no, poco segun puede inferirse, a dar a la escode un timbre peculiar. Así que tomando algunos recortes de jénero que encontraba a la mano, los envolvía i arrojaba suavemente, pero en turno rigoroso a sus interlocutoras, que joviales i festivas, correspondían del mismo modo al ofensor. En igual turno paseaba sus miradas afectuosas por aquel grupo, en el cual siempre encontraba con algun par de ojos risueños que se clavaban en él sin piedad, fascinándolo de modo que poco a poco iban haciéndole olvidar el objeto de su visita.

Sinembargo, bien pronto se lo recordó el ver entrar al aposento una mujer que venia de la calle con un cesto cargado i una petaca en la mano, al mismo tiempo que se presentó tambien D. Sandalio, uno de los amantes de Baciliza, i segun la opinion de los otros, el mas verdaderamente apastonado i el ménos correspondido. Fácilmente adivinó D. Juan que allí venia el bizcocho de |camino que debia llevar Baciliza, i del que era mui robable le tocase alguna parte a D. Sandalio, que parecía haber sido el encargado de este preparativo, segun la cuenta que dio de él, haciendo descargar el canasto. Igualmente adivinó que en la petaca venia el chocolate de |posada, del que siguiendo su distribucion mental, destinó para, Santiago i para él un par, de jicarillas.

Este incidente, pues, le trajo a la memoria. los intereses de Santiago; i volviéndose por tanto hacia Baciliza:

-Espero de U.,le dijo en voz baja, una condescendencia: me ha enviado aquí un amigo precisamente con el objeto de,

hacer que UU. demoren su viaje hasta de aquí a dos días.

-Imposible! dijo Baciliza ; porque tengo tanto deseo de que nos vayamos, que esta noche voi a dormir como si la cama fuera al paso.

-Mejor seria que U. gozase de ese placer dos noches, deteniéndose hasta pasado mañana.

-Ya lo he gozado unas cuántas, i es mui difícil demorar su realidad por mas tiempo.

-No será mui difícil, dijo D. Juan, si se tienen en cuenta los que U. llama intereses del corazon.

-Ya los he tenido en cuenta, respondió Baciliza.

-Quiero decir; replicó D. Juan, los intereses del corazón de ese amigo ....

-¿Quién es ese amigo? interrumpió Baciliza.

-Santiago, a quien U. ha visto en la cárcel.

-¿En la cárcel .... ? No : yo alli no he visto a nadie.

-Pero él me Ira dicho que U. lo miró.

-Mira una a tantos hombres...

-Me ha dicho tambien que U., lo volvió a mirar.

-Vuelve una a mirar a tantos...

-Me dijo ademas que U. había sonreído con él.

-Sonríe una a veces con tantos...

-Sinembargo, dijo. D. Juan, es un joven mui buen mozo i que puede ser amante de provecho, ó porque no ha podido resistir a esas miradas, |esperanzates, a esos ojos que como dos |esquelitas luminosas hacen en la mayor parte, de los hombres una impresion que los enloquece. Conque así . . . . un sacrificio, i aguárdase U. hasta pasado mañana.

-¿Por eso, no mas? dijo Baciliza mui satisfecha, pues que siendo su lenguaje bastante limitado no alcanzaba a comprender bien el sentido de aquellas palabras picarescas de D. Juan, las que ella con mucha sencillez no interpretaba sino por una lisonja dirijida a sus bellos ojos. ¿Conque por eso no mas, repitió, habrè de demorar mi viaje?

-¿I le parece a U. poco?

- I si otros exijen que me vaya mañana...

-Eso no importa lo nuevo vale siempre, mas que lo viejo.

Aqui la conversacion a fuè e interrumpida por Doña Leoncia que vino a ver el bizcocho, dejando la cocina donde estaba disponiendo a su vez algunas viandas |de camino i de posada. No guisa D. Juan perder el momento en que se presentó Doña Leoncia, i que segun lis circunstancias, inferia pudiera ser mui rápido. Asi fue que desde luego le dijo cuando ella le pregunto qué milagro era verlo -Mi Señora: este milagro no lo hago yo, sino que lo hace Santiago.

-¿ Está U. Foco, preguntó Doña Leoncia

-No señora, respondió D: Juan: es |Santiago el que esta loco.

-Esplíquese U. por Dios, dijo Baciliza; pues aunque Santiago es Santo de mi devoción, no creo que ese Santo este como los hombres dicen, coqueteando conmigo.

-I furiosamente, dijo D. Juan.

-No sea U. burlon, repuso Doña Leoncia: espliquese aprisa, porque ya me voi.

-Es mui fácil: deseo seriamente acompañar a UU. en el viaje a las fiestas; pero no es posible que me yaya mañana, porque Santiago, un amigo mio, que quiere acompañarlas igualmente, no puede irse hasta de, aquí a dos dias.

-Es imposible esa detencion, dijo Doña Leoncia; porque; Baciliza ha consentido ya en que nos vamos mañana, i será preciso irnos.

Mientras acordaban D. Juan i Doña Leoncia lo que conviniera hacer, Baciliza se paró riéndose mui fuertemente i se fue corriendo para la despensa con las otras dos, invitadas por una seña en que les indicaba tener que hablarles en secreto.

-Miren UU. que afortunada sol, decia Baciliza en la despensa: ya saben que yo estaba mui deseosa de tener un amante de camino, porque D. Sandalio cuando mas es bueno para amante de posada.

-Es cierto decia Inés ( una de las compañeras ) pero tal vez sera feo ése amante |de camino.

-Poco importa, repuso Mariquita, con tal que, sepa ensillar ¿Pues no ha de saber, si es campesino? replicó Baciliza.

-Esos son los buenos para amantes de camino, contestó Inés, i desde ahora te ruego me lo prestes bien que temo i no parezca algo feo.

-No digas eso, Inés; mas feos son los amantes de posada; por lo ménos el que yo llevo paro este viaje.

-¿Don Sandalio? preguntó Mariquita;

-Si yo no lo puedo ver, con esa su figura tan simple.

-Pero ya sabes que tambien van a las fiestas, el que llamas tu amante de paseo, asi como el de baile; i a fé que. estos si que estos son los lindos, i puedes hacerlos en caso de necesidad los primeros amantes de posada, como pienso hacerlo yo igualmente.

-¿Tú también ?

-Sí.

-Allá veremos, dijo Baciliza; pero ahora lo que quiero es que todas vamos a procurar que mi madre convenga en que nos aguardemos hasta cuando quiera D. Juan.

-¿I si le dan celos a D. Sandalio?

-Yo los evitaré sentándome ahora junto de él i diciendole algunas cosas.

Con esto las Señoritas partieron; a carrera otra vez i entraron en el aposento a tiempo qué Doña Leoncia repetía:

-Es imposible, Sr. Juan: todo está ya preparado.

-No todo replicó Ines faltan todavia algunos utencilios de camino i de posada, según dice Baciliza.

No falta nada, opuso Doña Leoncia: solamente ,un velillo pero e puede conseguírnoslo D. Juan, si tiene la bondad de querer prestarnos éste servicio.

-Pero ha de ser mui bonito, dijo , Baciliza ; i que pueda serví a un tiempo de velillo |de camino i de corbata |de posada.

-Faltan tambien, dijo Ines, unos guantes de camino, i otros de cabritilla |para posada.

-D. Juan nos, los proporcionara, repuso Doña Leoncia, por que yo no he podido encontrarlos i siempre pensè valerme de él para esté servicio.

-Mas yo no puedo, dijo D. Juan, buscar esas cosas hasta de aquí a dos dial; de manera que UU. tendrán la bondad de detenerse como se lo he suplicado.

-Esperemonos entónces, dijo Baciliza, para que así podamos integrar; mejor el avio.

-Si tú lo quieres, repuso Dña. Leoncia, ya eso es diferente.

-Si lo quiero así, porque me faltan todavia muchas prevenciones |de camino sin las cuales yo no puedo ir contenta.

Entonces sonaron por el corredor como unas hebillas que se arrastraban, lo que hizo inferir a D. Juan que ahí venia el galápago para Baciliza, el que sin duda traían prestado de casa de alguna de sus amigas, i cuyos atavíos, probablemente incompletos, como mueble del instituto, previó no lo tocase integrar, con cuyo motivo se levantó para irse mui satisfecho de haber conseguido tan buen éxito en su comision, i pensando lo satisfecho que quedaría igualmente Santiago de salir de su prisión para ir a ocupar el rango de |amante de camino; jerarquía que creyó de justicia hacerle pagar con el velillo i los guantes, a cuyo fin iba a trasladar en él todos los encargos de Dña. Leoncia.

Mas cuando estaba despidiéndose se presentó D. Felix, el hermano de Baciliza.

-No se vaya U. D. Juan,  i le dijo a este, hasta que no me informe de lo que haya pasado, pues deseo saberlo.

- No ha pasado mas, sino que el viaje se demorará hasta de aqui a dos dias, si U. no se opone a ello.

-No hablo de viaje; que poco me importa sea mañana ó mas tardé; sino de lo que ha sucedido en la Ciudad.

-Nada sé, dijo D. Juan.

-¡Cómo! ¿ Ignora U. lo que se dice ha pasado esta tarde?

-Absolutamente nada sé; i esto es que he estado toda la tardé en la plaza buscando a Monterilla.

-Mas ¿qué ha sucedido? preguntó Baciliza.

-Que ya está inhabitable Bogotá, respondió D. Félix. ¡Qué tiempo! No, cesan de cometer delitos, i por donde quiera que uno anda; solo se habla de una cronica espantosa: asesinatos, robos, violencias ...

-¿Pero que ha sucedido? preguntó Doña Leoncia.

-Pues que se dice haberse perpetrado esta tardé o .esta noche un asesinato, ó, por lo menos un suicidio, pues no aciertan a decir que sea en efecto, sabiendose únicamente que una persona ha muerto.

-¿ Qué ha muerto? ¿quién? dijo D. Juan.

-No se sabe todavia de un modo cierto, contestó D. Félix

-¿I en dónde ha sucedido eso ? preguntó Baeiliza.

-Se cree, dijo D. Félix, que en el boqueron de San Francisco.

-¿ Ahora ? preguntó admirada Doña Leoncia.

-Ahora poco, repuso D..Félix., Yo estaba en la carcel visitando a mi tío, i cuando salia, vi en la puerta los soldados de la guardia i á los ciernes de la oficia conversando sobre un hecho que decian haber, sucedido esta tarde, poco despues de las seis en el boqueron. Pregunté, porque estói en esta época tan alarmado, que por donde quiera que voi me imajino estar presenciando alguna novedad.

-¿ Cómo le refirieron a U. el suceso? preguntó D. Juan.

-Me dijeron que hoi a la una del dia, muchas de las lavandéras que están siempre a orillas del arroyo de San Francisco, habían visto subir hácia el boqueron una muchacha que, corría con la mayor celeridad, i como si huyera de alguien que la perseguía; no hicieron caso; ella se internó por esas sendas tortuosas, i no volvieron a verla mas. Pero esta tarde como a eso de las seis, una de ellas vio venir por el río los restos de un vestido: los alcanzó i observó por el color, por el jénero i por todas las señas que tenián, que era precisamente el mismo de la joven que al medio día habia subido huyendo, i que nadie volvió a ver bajar. Entonces esta lavandera llamando a algunas de sus compañeras que estaban aun en la orilla del río, les participó sus sospechas, i todas convinieron en que eran fundadas, puesto que ninguna habia visto volver a la jóven fujitiva. Tanta fuerza tuvieron las conjeturas, que una de aquellas mujeres vino a dar parte a la policía, la que inmediatamente subió al boqueron a buscara la jóven que se supone ahogada o asesinada, pero nada encontraron. He aquí lo único que se sabe hasta ahora.

-Es mui probable, dijo Dña. Leoncia, que se haya cometido un nuevo crimen. Esa jóven ocupará ahora ala policía por, algun tiempo, se averiguará unos dias, no parecerá, i últimamente quedará perdida para siempre, como ha sucedido tantas veces en Bogotá.

-¡Qué se va a hacer! dijo D. Félix. Son personas que no tienen familia, o que son víctimas de su misma familia. Es imposible así, que las autoridades puedan adivinar quien es un muerto que nadie echa ménos entre los vivientes, i cuyos despojos por ninguna persona son reconocidos.

-En fin, dijo D. Juan: yo me retiro; i puesto que no nos vamos hasta de aquí a dos dias, es posible que mañana sepamos algo mas.

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