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CAPITULO XIII
LA PROTECTORA
LA CISNE salió con la carta del Doctor Témis en la mano i se
encaminó para la cárcel a llevarsela al Mordedor.
Muchas veces un acontecimiento que acaso es mirado con
indiferencia por las personas sobre las que recae directamente,
hace una impresion profunda i prepara largas i estraordinarias
consecuencias en aquellos a quienes menos se cree pudiera importar,
i ni aun siquiera llamar la atencion. Así acaba de verse que,
sucedió con la carta de Monterilla en el Doctor Témis, i así
tambien sucedía con la carta del Doctor Tèmis en la Cisne. Esta iba
andando por la calle cabizbaja i triste, sin poder apartar de su
memoria aquellas palabras que tanto eco habían hecho igualmente en
Adelaida, i que ahora iban escritas en un papel que acababa de
recibir de una mano noble para depositarlo en otra inmunda i
despreciable:
|¡Emilio desafía cuanto en el mundo puede combatir
la virtud, porque no tente la muerte i desprecia la
desgracia!
Cuan grande, decía la Cisne dentro de sí misma i andando
lentamente cuan grande vi a aquel hombre cuando leía estas palabras
i Hasta la luz de ese hermoso salon me pareció entónces que era
intelijente, que las comprendía i las aprobaba; i los elegantes
muebles que la adornan, parecían ufanos de decorar un recinto donde
lo palabra del hombre suena así i Qué valor no siento yo en mi
alma, qué felicidad tan rara, cuando me aplico a mí misma esas
palabras; pues que creo puedo aplicármelas! Si: yo tambien debo
desafiar la adversidad i la muerte... yo las desafío. Como que se
encuentra detras de esta arrogancia un punto de apoyo que sostiene;
una silla donde descansa el valor: ese punto de apoyo me parece ser
la fortaleza, la inocencia i la gloria.
i Oh! i què grande es el que no teme la muerte i desprecia la
desgracia! Yo me creo feliz ahora, me siento valerosa; hasta
esperimentó en mi corazon la arrogancia del orgullo. Yo que iba ya
a desfallecer.... No: nunca.... ¿ Desfallecer ? Eso no puede servir
de apoyo a una alma grande. ¿ Morir inocente.... ? Eso si. . . .
Guando al principio me dije a mi misma : " estás sola en
el mundo: es preciso vivir i tienes que buscar ese vida de
cualquier modo;" no hice mas que deslumbrarme con une
necesidad falsa, pare dar el primer paso en la carrera de le
humillacion i Insensata I No conocía que esas palabras habían de
conducirme por fin a la resolucion de comprar la vida con la
virtud, de dar un precio inestimable por una existencia incompleta.
El que dice:
|es preciso vivir; profiere un pensamiento
vulgar que compendia le flaqueza i el error humanos, pues lo único
que es siempre necesario, es morir; i el asierto i la fortaleza
estriben en morir inocente, en no vivir sin virtud, en dejar tras
de si la gloria ¿ Qué se gane en conservar una vida que mañana ha d
acabarse, si para ello es necesario, aunque se solo hacer dudoso el
honor? ¿ Qué es hoi para mi ese honor, sito una satisfacion de mi
alma ten invisible como esa misma ahora?, Nadie me honrará a mi,
sino solo mi conciencia; mas es preciso que nos honre tambien le
sociedad. ¿ De qué sirven mis esfuerzos por conciliar mi existencia
con le conservacion de la virtud, si a fuerza de ser difícil esa
conciliacion, es tan increíble en una débil mujer ,de quien ademas
han echado encina el vil atavío de esos entes heshonrados ? Nó:
solo la muerte puede ya rehabilitarme: mi inocencia exije para
brillar i ser reconocida i respetada, un sacrificio heroico... Que
me mate, pues, le miseria; pero no la afrente. Luisa desafía desde
ahora le desgracia i la muerte. Hoi mismo me despojaré de estos
vestidos que diariamente maldigo, i huiré de esa guarida donde se
maldice le virtud el lado de mi corazon que está maldiciendo el
vicio: no volveré e entrar a ese cárcel: a hablar con un hombre
infame a quien hasta ahora he dedo lugar a que se titule mi
protector: yo no tengo mas protector que yo misma; en este momento
debo comenzar a salvarme. No, no volveré a esa guarida, ni entraré
mes e ese càrcel: esta carta no llegará a su destino. . . Pero ella
es quizá mui importante. Sinembargo, ¿e mi qué me importa? ¿tengo
yo alguna importancia para los demas? Con todo.... El hombre que la
escribió parece ser de los que no hacen nade inútil: él ora pidió
como un favor que le entregase: hubo un momento en que me miró con
respeto... Bien: llegará a su destino esta carta, pero no es
preciso para ello que yo misma entre a la cárcel: puedo buscar uno
de esos ajentes de i la policia que hai siempre a las inmediaciones
de aquel lugar el se encargará de llevarla : que pague ese servicio
uno de los primero s despojos de mi vestido; esta corbata que llevo
al cuello puede compensarlo mui bien. Alas es menester cerciorarme
de que la carta es entregada, porque quiero satisfacer la esperanza
que en mi se ha depositado.
Cuando ocupaban a la Cisne estos últimos pensamientos, llegó a
la plaza tan penetrada de su definitiva resolucion. que
efectivamente empezó a buscar con quien remitir la carta por no
entrar a la cárcel. Pocos momentos tuvo que aguardarse para
encontrar alguna persona que se hiciera cargo del papel; pues no
era difícil hallar quien por el interes de la corbata le prestase
ese servicio que ella tuvo que pagar adelantado quitándose el
pañuelo i entregándolo junto con la carta al nuevo portador.
Esta accion fue observada por el Doctor Témis, que habiendo
salido de la casa del Sr. Osman pocos momentos. despues que la
Cisne, llegó al altozano de la Catedral casi al mismo tiempo que
ella llegó a la plaza. Él se quedó en el, altozano paseándose
solo,, porque en aquella hora, que sería como la una del día, ha¡
en ese sitio una especie de reflujo curial, en cuya virtud queda,
despejado. Era un bello día; i mientras se paseaba, reflejaban allí
los rayos de un sol brillante i agradable que convidaba al campo,
al paseo i a la libertad.
Luego que la Cisne envió la carta se quedó parada en la esquina
como para persuadirse de que el portador sustituto a quien seguía
con la vista, entraba a la cárcel i la entregaba, i esperando a que
saliese para recibir razon cierta de haber llegado a su destino
aquel documento.
La Cisne desde la esquina donde estaba vela al Doctor Témis
paseándose en el altozano, i le molestaba algun tanto la sospecha
de que hubiese visto que no era ella misma quien llevaba su carta,
como se lo habla ofrecido, sino que la habia confiado a otras manos
en las que podia correr algun peligro, pues aun estaba sellada.
Mas el Doctor. Témis i se, mostraban, distraído parecía tan
pensativo, que ella se tranquilizó por fin, persuadiéndose de que
ni aun era vista por este señor, que solo levantaba la cabeza de
cuando en cuando al llaga al uno u al otro extremo del altozano, i
al volverse para: repetir su paseo, sin cuidarse de lo que pasaba
por la plaza.
Al cabo de un rato se vió salir a la puerta de la cárcel a la
Daifa acompañada del jendarme a quien la Cisne habia encomendado la
carta.
La Daifa habla ido a llevar de comer al Mordedor i estaba, por
tanto, en el rastrillo cuando el jendarme llegó. Era ella una mujer
de cuarenta a cincuenta años e edad, i su estatura, de las mas
altas para su sexo pero en cambio esecivamente seca i descarnada.
Casi siempre andaba con ruana parda qué se ponia por encima de la
mantilla, la que por tantos quedaba formando en la cabeza una
especie de capucha que le daba un aire mui desagradable i siniestro
particularmente cuando, corno en el caso de que se habla estaba sin
sombrero.
Al instante que llevó a la puerta de la cárcel dirijiò una
mirada para uno i otro lado como si buscase con los ojos a la
Cisne: el jendarmé bajando el umbral i haciéndose hácia la mitad de
la calle, le evitó las dudas a que la distancia i la escasez de
vista podian haberla espuesto, mostrandole con el brazo la persona
à quien deseaba ver. Entonces ella con aire feroz, se encaminó para
sonde la Cisne que mui asustada se vió en la precision de esperarla
i aun dé salirle al encuentro, no obstante que preveía el cargo que
se le iba a hacer, para él cual no se le ocurría respuesta
satisfactoria.
Al llegar la Daifa donde la Cisne, le dijo gritando i tomandola
del brazo:
- Conque así te has atrevido a regalar a un alguacil mi lindo
pañuelo, que ni yo misma he querido usar por conservalo mas
tiempo,? i Una finca como esa, ir a regalarla, nada mas que por la
gracia de llevar una carta! ¡Qué! ¿no la niña haberla llevado, eh ?
¿ Cónque yá no puede entrar a la cárcel una muchacha como tú? ¿no
entro yo todos los dias i he entrado toda, mi vida ? Adelante, bien
mio vamos para casa, que allí veremos si me pagas mi hermoso
pañuelo.
Como la Cisne habia caminado ya mucho aquélla mañana, bajando
desde la guarida hasta la plaza, súbiendo a la casa del Sr. Osman i
volviendo a bajar, no tenia ya muchas fuerzas para emprender con
brio la larga subida hasta mas allà de la ermita de Ejipto, a donde
mui aprisa la hacia caminar la Daifa llevàndola siempre por el
brazo. Asi que cuando empezó a subír la callé del Coliseo, ya la
fatigada jòven iba sudando de cansancio i de, temor; i su
respiracion era ansiosa i dificil: mas no podia oponer resistencia
alguna por no llamar la atencion, que antes bien trataba de eludir
rogandole a su conductora no alzase tanto la voz en lo que le decia
i le evitase así la horrible vergüenza que le hacia pasar con su
escándalo. Pero todo era en vano. pues la Daifa, sin hacerle caso
seguía diciéndole a gritos:
-Ya te quitaré los remilgos: sigue conmigo, vamos mas aprisa si
no andemos con temblorcillos ni con reprimir llantos i con esos
arrumacos. Adelante, bien mio, que el resistero no está para ir
uno. ojobando cargas, i ya me desespero porque me pague mi pañuelo
la remilgada cuando antes. No faltaba a mas que tener que dar una
prenda a cada momento que se ofrezca que la Señorita vaya a, la
carcel: ¡ que dabamos lucidos! I como nada le cuesta lo regala todo
como si no valiera un comino ¿ Sábes, continuó después de haber
subido muchas cuadras i cuando ya casi nadie podio oírlas, que he
resuelto quitarte a toda costa esa maldita arrufadía que me condena
? ¿Sabes, le repetía, que estói ya mui cansada de sufrirte i qua no
habré de aguantarte mas delicadeces? Hoi se ha da saber en casa
que cada cual es preciso que trabaje para comer, pues al tiempo no
está para mantener ociosos que lindos que feos, i yo trabajé mucho
cuando era moza como tú.
Entre estas i otras sempiternas amonestaciones la Daifa subió
muchas cuadras sin cesar un instante de hablar a gritos, hasta que
su voz con al cansancio se fue debilitando poco a poco: mas no por
aso dejaba de andar con la mayor celeridad que permitía lo
pendiente de las calles. Ya no podia casi hablar i se sentía
tambien sin fuerzas para seguir subiendo; pero la cólera que la
animaba no la dejaba flaquear por no dar lugar a la Cisne para que
descansase ni un instante siquiera: apenas podia jadear ya la
rabiosa Diafa que en su prurito de hablar solo tenia fuerzas para
refunfuñar o para decir una que otra palabra cortándola en cada
sílaba mientras azesaba con dificultad. Sinémbargo continuaba sin
detenerse subiendo las últimas cuadras que desde abajo se ven como
si fueran mas bien un plano empedrado qua pendiendo desde la mitad
del carro viene a apoyarse en la base i a alguna distancia mas o
ménos considerable de ella.
En tanto la Cisne llorando, con la mantilla por el cuello i el
caballo descompuesto a causa del violento ejercicio que hacia, solo
deseaba ya que esa fatiga cruel la ahogase antes dé llagar a la
odiosa morada, i la librase para siempre de su protervo destino.
Pero mui distante la parecio la satisfaccion de ese deseo cuando
por último se vio, aunque axámime i palpitante, en la plazuela de
Ejipto. No pudo, con todo, prescindir allí da suplicar de nuevo a
la Daifa qua le pemitiera reposar un instante. Mas asta, siguiendo
su camino i mirando a todas partes para cerciorarse duque nadie
podia verlas, le contestó con una especie da benevolencia
irónica.
-¿Conque quieras. respirar cuando, es mas urjente corejirte
primero? Por mas que té haya dado hoi ese antojo de respirar, voi a
aplicarte un remedio ahora mismo cuando lleguemos el casa, la que
afortunadamente está bien escondida para que nadie pueda
interrumpirnos.
La Cisne al oír esta amenaza se estremeció de vapor, lo qué era
de malísimo presajio para su corazon leal i previsivo i tanto fue
su miedo que no se atrevió a preguntar remedio seria aquel. Mas la
Daifa continuó diciendole.
-Mira: hai una cosa de rara virtud para quitar los escrupulillos
a una gatita como ti. A mi me aplicaron y por cierto que me
aprovechó tanto, que el día de hoi casi le toda mi buena carrera.
Ven, pues, con mucha docilidad, que pe ya sabrás cual es.¿ I
sollozas por eso, no mas, eh? No importa: caminemos mas aprisa, que
ese cansancio no es Otra cosa que la manía de los remilgos, que
ahora se acabará siempre. Sí: ya casi llegamos, no tengas cuidado.
¿ Sábes lo que voi a hacerte, muchacha melindrosa? Mira: voi a
azotarte, hasta que te deje las espaldas como una escarlata.
- ¡ Jesus! ¡qué horror! esclamò la infeliz jòven. Es U. capaz de
hacerlo; i no hai quien me defienda a mí...!
-¿ I por qué no he de hacerlo ? ¿ es esta la primera vez que
hago una buena accion ? Camina, camina aprisa, que llevo hambre de
dar látigo. Ya veras de aquí a dos horas; que diferente te
encuentras. Hasta hoi te he tratado con miramiento, porque he sido
un animal, i esperaba que despues, miràndome como tu protectora,
procurases recompensarme; pero este miramiento solo ha servido
para, que con mas empeño las eches de dama honrada.
La Cisne no entendía lo que oía, ni sabia por donde iba: habia
casi perdido los sentidos, i solo queria gritar; pero al hacerlo
sentía que un pellizco en el brazo que le tenia cojido
la Daifa, le imponia silencio. El desamparo en que se veia, la
intimacion de que iban a azotarla, la imposibilidad de escapar,
todo la angustiaba en estremo. ¿Cómo podría después ,de semejante
oprobio elevarse su corazon i congratularse todavía de su nobleza ?
Aquel momento en que iba a ser Objeto de la ignominia mas
degradante, humillaba ese otro momento feliz en que el corazon
satisfecho osó. elevarse arrogante hasta la altura del heroísmo i
la grandeza. Preveía que el látigo había de enmudecer ese eco. de
delicadeza i jenerosidad que hace la naturaleza en todo corazon, i
obrar un cambio espantoso familiarizando, el alma con la
humillacion i la vileza; mas; ¿ qué esperanza? Morir para evitar el
insulto. Pero ¿cómo morir? ¿ qué la mataba? La vergüenza. . .
Sinembargo, la vergüenza mata despacio; i allí era, menester morir
aprisa.
Así llegaron por fin a la infiernal casa en que el azote debia
marchitar ese arbusto de la virtud. Allí no había a la sazon otra
persona que un idiota sordo-mudo que estaba sentado en el patio
calentándose al sol. Este hombre que se llamaba Juan Cancio, apesar
de no ser mas que un insensato, era bien vigorosa; de modo que la
Daifa iba con el proyecto de que le, ayudadse en. la horrible,
accion que pensaba ejecutar con la con Cisne. Juan Cancio al verla
llegar empezó a reír haciendo con la garganta un ruido ronco i
continuado i dejando ver dos filas de dientes anchos, al favor de
la abertura de medio palmo con que se desplegó su horrible boca, al
recojerse por la risa, como a manera de fuelle, sus amarillentas
mejillas. Despues separó poniéndose para ello primero en cuatro
pies, i en seguida marchó con lentitud i como a cada paso quisiera
hundír la tapa de algun subterraneo i salio al encuentro de la
Daifa sin dejar de reir, con los brazos colgando i el cuerpo
inclinado hácia adelante. Era mui enano i la ropa que vestía, que
nunca habla sido cortada para su estatura sino regularmente para la
de su tio el Mordedor, mucho mas arto que el lo envolvia
completamente haciéndolo de una figura en estremo ridícula i
burlesca.
La Daifa, sin soltar el brazo de la Cisne, hizo a Juan Cancio
una seña con la mano sacudiéndola de modo que el dedo indice
golpeara sobre los otros que tenia unidos por la punta. El
comprendió perfectamente que se trataba de un castigo, o como con
la cabeza se le habia señalado a la Cisne, no le quedó duda de que
esta, cuyo llanto lo anunciaba mui bien era la víctima que debía
sufrirlo. La Daifa gustaba Mucho de azotar, de lo que Juan Cancio
era buen testigo; así que los utensilios de la vapulacion estaban
en aquella casa siempre a la mano i manchados de sangre.
Entre Juan Cancio i la Daifa fue atada la Cisne al tronco de un
árbol seco que habla en un rincon, del patio i al cual ataban los
caballos el Mordedor i sus compañeros, cuando querian tenerlos
prontos para alguna fuga. En seguida la Daifa dejando allí a Juan
Cancio, se fué a correr los palos que cerraban las diferentes
entradas de la posesion a alguna distancia delas chozas, que
rodeadas de arbolocos, sauces i alisos, quedaban escondidas
perfectamente como el, el fondo de un bosque plantado en un terreno
escabroso. No mui pronto terminó esta operacion, porque habla
cuatro puertas distintas que era indispensable cerrar así, para que
no hubiese riesgo de que algun importuno viniera a interrumpirla,
lo que no podía suceder si por cada senda se llegaba a una cerca
que no era licito violar.
Hecho esto volvió donde su víctima i le dijo:
Ahora si, bien mío, de nada servirán gritos; i de aquí a una
hora, que no es mucho, calculo que estarás mas blanda que una seda
i que los remilgos se habrán acabado.
Al concluir estas palabras ya se iba encamino a una de las
chozas que formaban el patio, de la que salió un momento despues
armada de dos látigos ordinarios i gruesos que venía doblando con
las manos, como para docilitarlos, mirándolos por las estremidades
a fin de ver si estaban, en disposicion de no abondonarla en la
larga tarea durante la cual tenia que servirse de ellos.
Juan Cancio enfrente de la Cisne estaba gravemente asustado i
mas pálido que siempre: no apartaba los ojos instante de la cara i
de las manos de la Daifa, a la que seguía en todos sus movimientos
para estar pronto a obedecer a la menor señal en cualquiera cosa
que se le mandase.
No contenta esta mujer con la barbaridad de su accion, iba a
añadirle el oprobio mas horrendo i el insulto mas humillante a cuyo
fin puso en manos de Juan Cancio uno de los dos látigos, haciendo
una seña con que le ordenaba ayudase a azotar a la Cisne para
gastar así mános tiempo. Juan Cancio tomó su látigo con ambas
manos, i sin dejar de mirar a la Daifa se acercó mas a la Cisne,
esperando que aquella descargase el primer golpe, para descagar él
en seguida los que le correspondían, i continuar así dando por su
orden el mismo número de golpes que diese aquella.
La Cisne desde que vió a la Daifa armada con los látigos i se
encontró sola entre sus dos verdugos, sin esperanza alguna, de
socorro; redobló sus gritos pidiéndole a veces humildemente perdon,
a veces enrostràndole indignada la barbaridad de un hecho tan,
atroz, ya suplicándole se cambiase aquel martirio en un asesinato
que ella perdonarla con gusto; ya amenazándola con la venganza del
cielo i de la tierra.
Nada triunfará, decía, de mi última resolución, i es en vano ese
delito que van a cometer: me arrastrarán al suplicio, pero yo
llegaré inocente.... Mucho me ha combatido la desgracia, mas hoi
mismo he jurado desafiarla... ¡ Ah ! ¡pobre padre mío ¡Si vieras
que van a azotara tu hija que tanto querías, i a la que jamás
creíste justo castigar.... !No: no hai quien me defienda... . i
Dios mío! ¿quién puede socorrerme ?
-Yo, gritó entonces el Doctor Témis presentándose en él patio de
la casa.
Era tan respetable este hombre que la Daifa, no obstante su
insolencia habitual, se quedó con el látigo levantado, mientras
Juan Cancio volviéndose hácia el Doctor Témis, lo recibía con su
simpiterna risa, haciéndole mil cortesías i tocándose el sombrero
con suma lentitud.
La Cisne, atada al tronco, fijó en el Doctor Témis sus bellos
ojos llenos de lágrimas, tratando de reconocer, a pesar de ellas,
al hombre jeneroso que la salvaba; i él, que en virtud de su
penetracion había ya leído, en casa del Sr. Osman, el corazon de
esta joven, esperimentó entonces ese encanto inefable que debe
causar la efusion de un profundo reconocimiento, espresado bajo un
velo de làgrimas, por los lánguidos ojos de una mujer inocente i
desgraciada.
El Doctor Témis con motivo de la carta de Montonerilla se habia
indagando tanto, que resolvió no omitir recurso alguno, no
solamente para que el Mordedor fuese juzgado i condenado, sino
tambien para lograr que el ladron todavía oculto que habia
acompañado a aquel, fuese descubierto i sufriera igualmente el
castigo de su crimen. Con este fin fué que salió poco despues que
la Cisne, de la casa del Sr. Osman i se detuvo en el altozano
mientras ella continuaba su camino.
Por medio del arbitrio de seguirla, esperaba guiarse fàcilmente
hasta la guarida de los ladrones, puesto que la necesidad en que
ella decia encontrarse de obedecer al Mordedor, era indicio seguro
de que le estaba sometida, lo que no podía provenir sino de
hallarse a su servidumbre. Mas él disimulaba su objeto, porque
temia no se lograsen sus miras, i queria evitar la pena de que se
burlasen tambien de él, vièndolo bandonado por una empresa que
consideraba harto difícil, a lo ménos en la parte relativa a la
pesquisa del ladron oculto.
El Doctor Témis vió, pues, que la Daifa se llevaba a la Cisne, i
pudo seguirlas a una distancia conveniente para no ser notado,
hasta que ellas se internaron en la plazuela de Ejipto, donde no
pudiendo verlas mas, aceleró su marcha para disminuir la distancia
que le habían ganado i llegar a aquel sitio en ocasion en que
pudiese todavía encontrar algun rastro que lo encaminara a la
guarida que buscaba.
Mas, cuando llegó a la plazuela nadie parecía, ni el sabia por
donde le convendría internarse, hasta que dirijiéndose a la ventura
por lo mas fragoso, alcanzo a oir los gritos de la Cisne i voló
hacia el punto de donde salian sin respetar cercas ni obstáculo
alguno, pues todos los salvaba con suma ajilidad.
Fué así cómo interrumpió a la Daifa i a Juan Cancio en la
perpetracion de su delito, bien que aquella consideró desde luego
que este testigo no podia hacer mas que retardar un poco su
proyecto. El Doctor Témis pidió un vaso de agua, sin preguntar
siquiera lo que se trataba de hacer allí; i la Daifa que era la
unicá que podia servírsela, se entró ala casa para traérsela. Entre
tanto el Doctor Témis cortó en un instante con el cortaplumas las
ligaduras de la Cisne, diciéndole que huyese sin tardanza: ella
obedeció i se fué como una cierva por entre los árboles. Cuando la
Daifa salid con el agua ya no vio en el tronco mas que los restos
tajados de la soga que sujetaba a la victima. Entonces sin
detenerse en reconvenir al Doctor Témis puso el vaso en el Suelo i
se lanzó: a carrera por el mismo lado por don donde habia huido la
Cisne; pero el Doctor Témis la detuvo asiendolo del brazo, no sin
tener que luchar fuertemente con ella que se esforzaba para
soltarse, al mismo tiempo que hacia señas a Juan Cancio para que
siguiera a la fugitiva. Este obedeció saliendo con sus pasos
banboleantes lo mas aprisa que pudo. Cuando el Doctor Témis juzgó
que la Cisne habria ganado bastante terreno; soltò a la Daifa, la
que en el acto salió corriendo, atropellando en su celeridad al
tonto de Juan Cancio, que tuvo que rodar los barrancos mientras
encontró un árbol que lo atajó.
El Doctor Témis no tuvo embarazó en entrarse a la choza ùnica
que estaba abierta, en la que observó que por un agujero de la
alcova había una salida que resguardaban los matorrales les,
viendose desde el agujero una` hondonada despues dé la cual
alcanzaban a divisarse varias senditas profundas que conducian a
algunas cuevas que estaban abiertas en diferentes puntos de la
colina. No juzgó por entonces oportuno descubrir mas para
persuadirse de que aquella era la guarida de los criminales, i se
retiró a tiempo que la Daifa, pensando seguramente que habia
cometido una indiscrecion en dejar soló aquél señor, se volvia sin
la Cisne, que habia desaparecido como una exhalacion. El Doctor
Témis tomaba el agua que habia pedido, Cuando llegó la Daifa, i por
tanto devolviéndole el vaso se des despidió.
Algunos momentos despues se vieron en el atrio de Ejipto,
sentados en uno dé los poyos que hai a cada lado de la puerta de la
ermita, al Doctor Témis i a Juan Cancio, que estaban comunicacion
seguramente sobre alguna cosa mui importante, si se juzga por las
continuas señas que con la cabeza i manos hacia cada uno de los
dos.
Entre tanto la Cisne, que agotando sus fuerzas habia corrido
como un zéfiro, llegó al boqueron del arroyo de San Francisco,
donde sentándose rendida de cansancio, entre el matorral a la
orilla de la corriente, se quedó dormida pocos instantes despues.
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