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CAPITULO XII
LAS CARTAS
TODOS se quedaron en espectativa con tan inesperada visita, Al
llegar la Cisne a la casa del Sr. Osman no habia podido superar la
impresion de respeto que se apoderaba jeneralmente de todos cuantos
entraban allí: al contrario, fué para ella mucho mas grave i
solemne a virtud del estado en que su sensibilidad se hallaba por
el pensamiento de infamia que la atormentaba de continuo, por el
contraste prolongado en que hacia tanto tiempo se veían colocadas
su alma i su situation por el que debia ofrecerle el recuerdo del
despreciable personal i del indecente mobiliario de la casa de la
Daifa. Asi fué que se presentó en la sala del Sr. Osman con las
mejillas sonroseadas i con mirada tìmida i vacilante. La presencia
de tantas personas de honor i la vista de aquella elegancia, de
aquella modestia tan noble, i sobre todo de unas jóvenes tan
bellas, que aun cuando la miraban con bondad, le parecían un grupo
de jueces severos que iban a hacerle el horrible cargó de estar
envileciendo i profanando su sexo; todo esto acabó le
desconcertarla i confundirla en términos de no atreverse a
pronunciar una palabra ni a mirar otra cosa que a la tierra.
Enrique se imajinó en el momento que era él quien causaba tan
visible turbacion, i aun llegó a temer que la Cisne fuese solo a
buscarlo para sacar aplaza, por vanidad, de amor que en otro tiempo
él le habia manifestado. Todos esperaban que ella hablara i diera
cuenta del objeto de su venida: mas continuaba callada sin
atreverse a decir nada, porque le era ademas mui penoso pronunciar
la palabra con que pensaba dar principio a su mensaje, a causa de
los preveía pudiese sorprender i desagradar a alguno de los
circunstantes. Por último el Sr. Osman, considerando que seria
discreto ayudarle en semejante ocacion le preguntó con acento de
benevolencia el motivo que la traía.
-Yo vengo, contestó, a buscar al Sr. Emilio Castelvi.
Esta era la palabra que tanto trabajo le costaba articular, pues
aunque ignoraba cual de los que estaban allí era la persona que
buscaba, inferia que el nombre de un caballero delicado, como se
imajinaba debia ser aquel, pronunciado por sus labios, en presencia
de tantas Señoritas, debia sonrojarlo i sonrojarla tambien a ella
que ya apénas podia sonrojarse mas de lo que estaba.
Efectivamente, Emilio al oírse nombrar por la Cisne se encendió
en estremo viendo que todos lo miraban sorprendidos; de modo que
ella habría adivinado cual era, si hubiera alzado los ojos.
-Yo vengo, repitió luego la Cisne cobrando valor, a buscar al
Sr. Emilio.
Adelaida entónces impelida no se sabe por qué motivo, contestó
con viveza señalando a su amante:
-Aquí tiene U. al Sr. Emilio; i puede mirarlo.
-Yo soi, dijo él con semblante de disgusto como para satisfacer
a todos los que estaban presentes, i en especialidad a
Adelaida.
-Traigo para U., dijo la Cisne, una carta que le envia un hombre
que esta en la cárcel.
A estas palabras D. Juan que ya conocía a la Cisne i sabia la
aventura de Santiago, se sorprendió creyendo que la carta era tal
vez enviada por este; aunque no podía atinar como era posible
semejante cosa.
Entretanto Emilio tomó la carta, se acercó al bastidor para
disimular su sorpresa, i la leyó en voz baja. Mientras leía,
espresaba su fisonomía el animo de un hombre que no puede
comprender lo que esta leyendo. Acabada la primera lectura volvio a
comenzar, manifestando continuar en la misma confusion i bajando
con frecuencia los ojos a la firma. Ultimamente se volvió con la
carta en la mano, diciendo
-¿Acaso puedo entender esta carta que me escribe Monterilla
?
-¿ Cónque te ha escrito Monterilla ? esclamó riéndose el Sr.
Osman.
- ¡I qué! ¿ Monterilla está preso? preguntó D. Juan. -¿Luego es
Monterilla quien escribe? preguntó la Cisne. Guàrdese por Dios,
caballero, de semejante hombre; algo mui malo conténdrá esa carta.
Si Emilio no había podido comprender la carta, ménos pudo
comprender la especie de enerjìa que súbitamente manifiesío la
Cisne, para ponerlo en alarma contra un papel que ella misma traía
i contra la persona que al parecer la enviaba. En esta parte D.
Juan que ya había oido igual recomendacion hecha a Santiago por la
misma joven, la comprendió algo mejor que Emilio. El Sr. Osman
entónces dirijiéndose a este, le dijo :
-Pues bien; una vez que la carta no se deja entender, puedes
leerla en alta voz, si no tienes inconveniente para ello. Emilio
obedeció leyendo lo siguiente
Sr. Emilio Castelvi. El asunto del robo que la otra noche se
cometió en casa del Sr. Osman, me ha sido sumamente desagradable...
lo mismo quizá que ha podido serlo para U. Jamas me cansaré de
repetir que este acontecimiento es mui lamentable. Mas.... ¿qué
hemos de hacer? Asi son todas las cosas de este mundo.
Yo me he encargado de la defensa del Mordedor, i tengo
esperanzas mui bien fundadas de sacarlo con felicidad: por
consiguiente me es preciso suplicar al Sr. Osman, me dispense el
que con tanto empeño trate de salvar a los que le robaron, en
atencion a que cada uno vive de su oficio. Ya tengo segura la
libertad del otro, que como U. sabrá, es un tal Santiago...
-¿Cómo es eso? interrumpió D. Juan. Ahi está consignada una
calumnia horrible contra ese pobre inocente. ¿ I así se atreve el
mismo que debia justificarlo, a poner en duda la inocencia de su
defendido, complaciéndose en escitar sin necesidad sospechas
maliciosas?
-Pues como U. lo oye, dijo Emilio continuando su lectura: Ya
tengo segura la libertad del otro, que como U. sabrá, es un tal
Santiago; i si U. me ayuda, como creo debe ayudar. me, el Mordedor,
aunque mas tarde, será salvo igualmente i yo ganaré un nuevo lauro.
Sinembargo, esto toca a U : yo he garantizado al reo la defensa mas
espléndida, en la confianza en que estói de que U. lo hará todo,
bien que me reservio dirijirlo como mas diestro; pues segun creo,
U. entien. de mui poco de estas cosas. ¡ Ah! si U. supiera, como
bien pronto lo sabrá, el modo con que estói seguro de defender al
Mordedor.... No obstante; todavía no se lo comunico, apesar de la
seguridad que tengo de que no seria necesario encargarle el
secreto, pues bien sé que lo guardaría fielmente su mucha
discrecion.
Hasta hoi no he podido lograr mas a favor del Mordedor que el
permiso de salir todas las noches, a cuyo efecto él ha atenido que
empeñar su palabra de honor, obligándose a volver a la cárcel a las
tres de la mañana, como se acostumbra en la práctica, para no
comprometer al carcelero. Mucho ha sido esto para mi defendido,
porque él dice, estima mas la libertad en tinieblas que no la
libertad en la luz, pues en su concepto es mui dudoso merezca esta
el nombre de verdadera libertad; así es que con esto, no mas, se
adelanta mucho para la defensa. |
Ale parece que U.
será de la misma opinion; pero si no fuere así, ahí deliberaremos
lo que mas convenga siguiendo en todo, como pienso hacerlo, su
parecer, sin perjuicio de que U. haya de seguir tambien el mío.
Si me ayuda, como repito creo que me ayudara, será recompensado;
pero si no, lo que no puedo suponer, U. me permitirá que le
advierta sera castigado como corresponde, pues el Mordedor dice que
él es mui justo, i sabe i le gusta recompensar i castigar.
Como U. es un Señor tan orgulloso que no puede uno hablarle cara
a cara, ni detenerlo en la calle, porque va siempre como de mucha
urjencia, me he visto en la necesidad de escribirle: en adelante U.
me buscará para tratar de nuestros negocios, pues yo estói ahora
mui ocupado i lleno de clientes demasiado importantes para estar
perdiendo el tiempo en escribir cartas todos los días.
-Ese es un monton de disparates, dijo el Sr. Osman. ¿ Acaso tu
eres abogado para mezclarte en defender a ningun reo Puede esto ser
una equivocacion : mira bien el sobrescrito. -Es para mi, dijo
Emilio; en eso no cabe duda. -En mi concepto, dijo la Cisne, esa
carta es bien temible i alarmante : yo la he oido con disgusto i
desde el principio he creido que el Sr. Emilio debe guardarse de
esos dos hambres; es decir, del reo i de su defensor. -I al llegar
al fin, repuso Adelaida, yo he comprendido que tambien debe
guardarse del castigo i de la recompensa que le ofrecen. -Si, dijo
la Cisne; pero mas particularmente debe guardarse del defensor.
-Quizá no será otra coca, espuso D. Juan, sino quo Monterilla,
sabiendo que el Doctor Témis aprobó su nombramiento de defensor de
Santiago, quiere escitar a Emilio con esa carta, para que le hable,
a fin de que ambos le ayuden en la defensa del otro. -Bien puede
ser eso, contestó Emilio. -No, dijo la Cisne poniéndose colorada:
yo estói persuádida de que esa jente se propone algun fin funesto
que empieza a prepararse en ese audaz papel. -¿Qué fin mas funesto,
repuso el Doctor Témis con aire de sumo disgusto, que el salvar a
un criminal? Yo creo ademas, que para ese indigno fin se proponen
emplear medios mas funestos todavía.
-¿Qué importa P dijo Emilio: nada tengo que ver ni con
Monterilla ni con el Mordedor.
D. Juan con esta conversacion se iba alarmando mas i mas, no
fuese a suceder que Santiago, que por entónces si tenia mucho que
ver con Monterilla, quedara envuelto en alguna intriga tenebrosa:
así, volviéndose a la Cisne.
-¿No le ha dado Monterilla, le preguntó, algunas esplicaciones
sobre el particular?
-No, Sr.; i ni aun ha sido Monterilla quien me ha dado este
papel.
-¿ Quien se lo entregó entónces P dijo Emilio. -El Mordedor:
este me mandó llamar, yo fui i lo encontre mui alegre cuando
naturalmente era de creer estuviese aflijido. Ya ves que no estói
triste, me dijo; porque Monterilla se ha encargado de defenderme i
me ha asegurado sacarme mui bien aunque no sea tan pronto como yo
queria. Asi es que el partido apesar de eso me ha parecido
ventajoso; pues tenia para mi desde que me prendieron, que seria
preciso ir por algunos años a un establecimiento de trabajos
forzados. Me dijo despues que era preciso que yo le prestase un
servicio, porque tenia un documento que Monterilla le había dado,
diciéndole ser de prodijiosa eficacia silo traían oportunamente a
casa del Sr. Osman para que llegase a manos de su dependiente cuyo
nombre, une repitió, estaba en el sobrescrito haciéndomelo leer
porque a él sele Babia olvidado. Con esto me dió la carta
mandándome viniese con ella inmediatamente i le llevase la
contestacion para dársela a Monterilla. Yo que estói en la
necesidad de obedecer, he obedecido; pero creo reparar mi desgracia
con la satisfaccion de repetir al Sr. Emilio, que Monterilla es mui
malo i que debe precaverse de él.
Para todos, acepto quizá solamente D. Juan, se redobló el
misterio con estas palabras de la Cisne; pues no pudiendo
persuadirse de que las decía con sinceridad, se inclinaban mas bien
a creerlas como un artificio que formaba parte integrante de su
estraño mensaje. El Doctor Témis tenia de costumbre en casos
semejantes, usar del interrogatorio tan útil contra la mentira i la
mala fé.
Asi fué que no se detuvo en reconvenir a la Cisne por ese
lenguaje tan adverso a las personas a quienes servia. Pero ella que
no llevaba un doble objeto en sus espresiones ni podía referir su
historia, se limitó a responder con enerjia, que le bastaba saber
en su conciencia que a nadie traicionaba i que solo pretendía
justificarse de que la viesen mezclada en un asunto que sabia mui
bien no podia mános de ser criminoso.
Con esto quedaron cumplidos a la vez dos o objetos mui
distintos: el inmediato del Doctor Témis, persuaduéndose de la
sinceridad de la Cisne; i el de Monterilla, haciendo resolver a
Emilio a que lo buscase para hablarle sobre aquel negocio; pues
efectivamente se sentia ya este tan ansioso de descubrir cuanto
Labia en tal misterio, que no pensaba sino en salir a la calle para
buscar a Monterilla, sin prever las funestas consecuencias que
acarrea casi siempre el hablar cor. los malos, mayormente sobre
asuntos en que no se tiene sobre ellos por la ciencia, el carácter
o la versacion en el mundo, una grande superioridad, de la que en
el presente caso carecia Emilio respecto de Monterilla, pues sobre
ser mui inexperto por su juventud, no conocía la jurisprudencia ni
el enredo curial.
Con el designio, pues, de instruirse a fondo del objeto que
tenia la carta que acababa de recibir, se resolvió a despedir a la
Cisne, diciéndole que nada tenia que contestar; pero que en breve
trataria de verse con Monterilla para hablarle sobre el particular.
En esta virtud la Cisne iba a retirarse; mas el Doctor Témis la
detuvo. Es verdad que ninguno de los que allí estaban Rabia podido
hacer conjeturas satisfactorias sobre aquel misterio; pero ninguno
tampoco habia sufrido, al oír la lectura de la carta, en algo que
le fuese mui sensible al corazon. Solamente el Doctor Témis se
habia mostrado desde que oyó tal papel, como devorado por una pena
mui fuerte, i como determinando alguna resolucion mui delicada. Era
el único en quien aquel documento habia herido su pasion dominante,
el amor de la justicia.
Por eso cuando la Cisne se iba por haberle dicho Emilio que nada
tenia que contestar, volviendo de su abstraccion i levantándose
súbitamente del asiento, la detuve, corno se ha dicho,
repitiendo:
-No se marche U., que si Emilio no contesta, yo contrasté a esa
infame carta, si él lo permite; i si no, haré el honor a Monterilla
de escribirle yo mismo, no una carta, sino una intimacion; i U.
tendrá la bondad de llevarle lo que escriba.
I sacando del bolsillo su cartera , se sentó a la mesa redonda
que estaba en el centro del salon, i se puso a escribir con su
lapiz, mui aprisa.
Veiasele tan serio en aquel acto, tan arrogante i tan noble que
todos, sobrecojidos de respeto, guardaban un profundo silencio. A
lo mas se oía el pequeño ruido del sofá cuando alguno hacia un
lijero movimiento para ponerse en actitud mas solemne. Emilio con
esta circunstancia empezó a sentirse invadido de un terror que no
podia explicar: le tenia miedo al Doctor Témis i a su pluma, no
obstante ser amigos. Adelaida miraba a Emilio mui asustada, i por
primera vez sus miradas se encontraron sin aquella espresion que
àntes, cual si se viesen al lado de una tumba, o les pronosticara
el corazon alguna desgracia; pues a Adelaida le parecía ver a
Emilio en un peligro grave de que ni ella ni nadie tenia poder de
librarlo, i esto tanto en la recompensa que prometía Monterilla,
como en el castigo con que lo amenazaba. La carta de este i la que
escriba el Doctor Témis se les presentaban a la imajinacion como
dos esqueletos embozados que iban a descubrirse para dejar ver
algun secreto fatal, tal vez en el uno, segun la idea que la Cisne
acababa de darles de Monterilla, la infamia, la maldicion, el
crimen; o el puñal i la muerte : en el otro, i por el conocimiento
que tenian del Doctor Témis, una providencia severa, un poder
tremendo que fulminaba execracion sobre el que toleraba la afrenta.
Bien pronto concluyó el Doctor Témis, i levantándose del asiento,
leyó lo siguiente. A Monterilla. Emilio Castelvi es un hombre de
honor a quien la moral no permitira jamas que manche su conciencia
profanando, la justicia i violando las leyes. El desafia, pues;
cuanto en el mundo pueda combatir leyes, virtud, porque no teme la
muerte i desprecia la desgracia. I mientras goza la satisfacacion
de provocar ese castigo con que se ha tenida el arrojo de
amenazarlo, i persigue con tenacidad al cliente criminal de
Monterilla i a su cómplice oculto, procure merecer el digno
defensor de estos, el perdon del insulto que ha hecho obligando a
un hombre Honrado a que descendiera, aunque por un instante, a leer
un documento criminal. He aquí la única ayuda que un hombre de bien
puede ofrecer, cuales quiera que sean los resultados, al que
neciamente intenta complicarlo en el delito. Emilio sintiò cuando
leía el Doctor Témis, que el aire sele hacía lijero i que salia de
un abismo a que por un momento habia bajado cuando pensó dirijirse
a Monterilla para pedirle la esplicacion de un arcano a cuyo
aspecto había tenido la debilidad de asustarse. Adelaida por el
contrario, se sintió aras confundida, i casi iba a llorar
repitiendo dentro de su misma i Emilio desafía cuanto en el mundo
puede combatir la virtud, porque no teme la muerte i desprecia la
desgracia... Emilio provoca ese castigo con que se ha tenido el
arrojo de amenazarlo. La Cisne admiraba al Doctor Témis i se
olvidaba de que por las circunstancias en que ella se encontraba
debía sentarla mal todo lo grande : el Señor Osman i D. Juan
confiaban en aquel hombre i en la honradez de Emilio; i Enrique se
imajinaba que si Adelaida i la Cisne no lo miraban era porque
estaban celosas una de otra. El Doctor Témis dobló el papel se lo
entregó a la Cisne suplicándole lo llevase como respuesta de la
carta de Monterilla que el Mordedor le habia dado para Emilio.
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