INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XII
LAS CARTAS

TODOS se quedaron en espectativa con tan inesperada visita, Al llegar la Cisne a la casa del Sr. Osman no habia podido superar la impresion de respeto que se apoderaba jeneralmente de todos cuantos entraban allí: al contrario, fué para ella mucho mas grave i solemne a virtud del estado en que su sensibilidad se hallaba por el pensamiento de infamia que la atormentaba de continuo, por el contraste prolongado en que hacia tanto tiempo se veían colocadas su alma i su situation por el que debia ofrecerle el recuerdo del despreciable personal i del indecente mobiliario de la casa de la Daifa. Asi fué que se presentó en la sala del Sr. Osman con las mejillas sonroseadas i con mirada tìmida i vacilante. La presencia de tantas personas de honor i la vista de aquella elegancia, de aquella modestia tan noble, i sobre todo de unas jóvenes tan bellas, que aun cuando la miraban con bondad, le parecían un grupo de jueces severos que iban a hacerle el horrible cargó de estar envileciendo i profanando su sexo; todo esto acabó le desconcertarla i confundirla en términos de no atreverse a pronunciar una palabra ni a mirar otra cosa que a la tierra. Enrique se imajinó en el momento que era él quien causaba tan visible turbacion, i aun llegó a temer que la Cisne fuese solo a buscarlo para sacar aplaza, por vanidad, de amor que en otro tiempo él le habia manifestado. Todos esperaban que ella hablara i diera cuenta del objeto de su venida: mas continuaba callada sin atreverse a decir nada, porque le era ademas mui penoso pronunciar la palabra con que pensaba dar principio a su mensaje, a causa de los preveía pudiese sorprender i desagradar a alguno de los circunstantes. Por último el Sr. Osman, considerando que seria discreto ayudarle en semejante ocacion le preguntó con acento de benevolencia el motivo que la traía.

-Yo vengo, contestó, a buscar al Sr. Emilio Castelvi.

Esta era la palabra que tanto trabajo le costaba articular, pues aunque ignoraba cual de los que estaban allí era la persona que buscaba, inferia que el nombre de un caballero delicado, como se imajinaba debia ser aquel, pronunciado por sus labios, en presencia de tantas Señoritas, debia sonrojarlo i sonrojarla tambien a ella que ya apénas podia sonrojarse mas de lo que estaba.

Efectivamente, Emilio al oírse nombrar por la Cisne se encendió en estremo viendo que todos lo miraban sorprendidos; de modo que ella habría adivinado cual era, si hubiera alzado los ojos.

-Yo vengo, repitió luego la Cisne cobrando valor, a buscar al Sr. Emilio.

Adelaida entónces impelida no se sabe por qué motivo, contestó con viveza señalando a su amante:

-Aquí tiene U. al Sr. Emilio; i puede mirarlo.

-Yo soi, dijo él con semblante de disgusto como para satisfacer a todos los que estaban presentes, i en especialidad a Adelaida.

-Traigo para U., dijo la Cisne, una carta que le envia un hombre que esta en la cárcel.

A estas palabras D. Juan que ya conocía a la Cisne i sabia la aventura de Santiago, se sorprendió creyendo que la carta era tal vez enviada por este; aunque no podía atinar como era posible semejante cosa.

Entretanto Emilio tomó la carta, se acercó al bastidor para disimular su sorpresa, i   la leyó en voz baja. Mientras leía, espresaba su fisonomía el animo de un hombre que no puede comprender lo que esta leyendo. Acabada la primera lectura volvio a comenzar, manifestando continuar en la misma confusion i bajando con frecuencia los ojos a la firma. Ultimamente se volvió con la carta en la mano, diciendo

-¿Acaso puedo entender esta carta que me escribe Monterilla ?

-¿ Cónque te ha escrito Monterilla ? esclamó riéndose el Sr. Osman.

- ¡I qué! ¿ Monterilla está preso? preguntó D. Juan. -¿Luego es Monterilla quien escribe? preguntó la Cisne. Guàrdese por Dios, caballero, de semejante hombre; algo mui malo conténdrá esa carta. Si Emilio no había podido comprender la carta, ménos pudo comprender la especie de enerjìa que súbitamente manifiesío la Cisne, para ponerlo en alarma contra un papel que ella misma traía i contra la persona que al parecer la enviaba. En esta parte D. Juan que ya había oido igual recomendacion hecha a Santiago por la misma joven, la comprendió algo mejor que Emilio. El Sr. Osman entónces dirijiéndose a este, le dijo :

-Pues bien; una vez que la carta no se deja entender, puedes leerla en alta voz, si no tienes inconveniente para ello. Emilio obedeció leyendo lo siguiente

Sr. Emilio Castelvi. El asunto del robo que la otra noche se cometió en casa del Sr. Osman, me ha sido sumamente desagradable... lo mismo quizá que ha podido serlo para U. Jamas me cansaré de repetir que este acontecimiento es mui lamentable. Mas.... ¿qué hemos de hacer? Asi son todas las cosas de este mundo.

Yo me he encargado de la defensa del Mordedor, i tengo esperanzas mui bien fundadas de sacarlo con felicidad: por consiguiente me es preciso suplicar al Sr. Osman, me dispense el que con tanto empeño trate de salvar a los que le robaron, en atencion a que cada uno vive de su oficio. Ya tengo segura la libertad del otro, que como U. sabrá, es un tal Santiago...

-¿Cómo es eso? interrumpió D. Juan. Ahi está consignada una calumnia horrible contra ese pobre inocente. ¿ I así se atreve el mismo que debia justificarlo, a poner en duda la inocencia de su defendido, complaciéndose en escitar sin necesidad sospechas maliciosas?

-Pues como U. lo oye, dijo Emilio continuando su lectura: Ya tengo segura la libertad del otro, que como U. sabrá, es un tal Santiago; i si U. me ayuda, como creo debe ayudar. me, el Mordedor, aunque mas tarde, será salvo igualmente i yo ganaré un nuevo lauro. Sinembargo, esto toca a U : yo he garantizado al reo la defensa mas espléndida, en la confianza en que estói de que U. lo hará todo, bien que me reservio dirijirlo como mas diestro; pues segun creo, U. entien. de mui poco de estas cosas. ¡ Ah! si U. supiera, como bien pronto lo sabrá, el modo con que estói seguro de defender al Mordedor.... No obstante; todavía no se lo comunico, apesar de la seguridad que tengo de que no seria necesario encargarle el secreto, pues bien sé que lo guardaría fielmente su mucha discrecion.

Hasta hoi no he podido lograr mas a favor del Mordedor que el permiso de salir todas las noches, a cuyo efecto él ha atenido que empeñar su palabra de honor, obligándose a volver a la cárcel a las tres de la mañana, como se acostumbra en la práctica, para no comprometer al carcelero. Mucho ha sido esto para mi defendido, porque él dice, estima mas la libertad en tinieblas que no la libertad en la luz, pues en su concepto es mui dudoso merezca esta el nombre de verdadera libertad; así es que con esto, no mas, se adelanta mucho para la defensa. | Ale parece que U. será de la misma opinion; pero si no fuere así, ahí deliberaremos lo que mas convenga siguiendo en todo, como pienso hacerlo, su parecer, sin perjuicio de que U. haya de seguir tambien el mío.

Si me ayuda, como repito creo que me ayudara, será recompensado; pero si no, lo que no puedo suponer, U. me permitirá que le advierta sera castigado como corresponde, pues el Mordedor dice que él es mui justo, i sabe i le gusta recompensar i castigar.

Como U. es un Señor tan orgulloso que no puede uno hablarle cara a cara, ni detenerlo en la calle, porque va siempre como de mucha urjencia, me he visto en la necesidad de escribirle: en adelante U. me buscará para tratar de nuestros negocios, pues yo estói ahora mui ocupado i lleno de clientes demasiado importantes para estar perdiendo el tiempo en escribir cartas todos los días.

-Ese es un monton de disparates, dijo el Sr. Osman. ¿ Acaso tu eres abogado para mezclarte en defender a ningun reo Puede esto ser una equivocacion : mira bien el sobrescrito. -Es para mi, dijo Emilio; en eso no cabe duda. -En mi concepto, dijo la Cisne, esa carta es bien temible i alarmante : yo la he oido con disgusto i desde el principio he creido que el Sr. Emilio debe guardarse de esos dos hambres; es decir, del reo i de su defensor. -I al llegar al fin, repuso Adelaida, yo he comprendido que tambien debe guardarse del castigo i de la recompensa que le ofrecen. -Si, dijo la Cisne; pero mas particularmente debe guardarse del defensor. -Quizá no será otra coca, espuso D. Juan, sino quo Monterilla, sabiendo que el Doctor Témis aprobó su nombramiento de defensor de Santiago, quiere escitar a Emilio con esa carta, para que le hable, a fin de que ambos le ayuden en la defensa del otro. -Bien puede ser eso, contestó Emilio. -No, dijo la Cisne poniéndose colorada: yo estói persuádida de que esa jente se propone algun fin funesto que empieza a prepararse en ese audaz papel. -¿Qué fin mas funesto, repuso el Doctor Témis con aire de sumo disgusto, que el salvar a un criminal? Yo creo ademas, que para ese indigno fin se proponen emplear medios mas funestos todavía.

-¿Qué importa P dijo Emilio: nada tengo que ver ni con Monterilla ni con el Mordedor.

D. Juan con esta conversacion se iba alarmando mas i mas, no fuese a suceder que Santiago, que por entónces si tenia mucho que ver con Monterilla, quedara envuelto en alguna intriga tenebrosa: así, volviéndose a la Cisne.

-¿No le ha dado Monterilla, le preguntó, algunas esplicaciones sobre el particular?

-No, Sr.; i ni aun ha sido Monterilla quien me ha dado este papel.

-¿ Quien se lo entregó entónces P dijo Emilio. -El Mordedor: este me mandó llamar, yo fui i lo encontre mui alegre cuando naturalmente era de creer estuviese aflijido. Ya ves que no estói triste, me dijo; porque Monterilla se ha encargado de defenderme i me ha asegurado sacarme mui bien aunque no sea tan pronto como yo queria. Asi es que el partido apesar de eso me ha parecido ventajoso; pues tenia para mi desde que me prendieron, que seria preciso ir por algunos años a un establecimiento de trabajos forzados. Me dijo despues que era preciso que yo le prestase un servicio, porque tenia un documento que Monterilla le había dado, diciéndole ser de prodijiosa eficacia silo traían oportunamente a casa del Sr. Osman para que llegase a manos de su dependiente cuyo nombre, une repitió, estaba en el sobrescrito haciéndomelo leer porque a él sele Babia olvidado. Con esto me dió la carta mandándome viniese con ella inmediatamente i le llevase la contestacion para dársela a Monterilla. Yo que estói en la necesidad de obedecer, he obedecido; pero creo reparar mi desgracia con la satisfaccion de repetir al Sr. Emilio, que Monterilla es mui malo i que debe precaverse de él.

Para todos, acepto quizá solamente D. Juan, se redobló el misterio con estas palabras de la Cisne; pues no pudiendo persuadirse de que las decía con sinceridad, se inclinaban mas bien a creerlas como un artificio que formaba parte integrante de su estraño mensaje. El Doctor Témis tenia de costumbre en casos semejantes, usar del interrogatorio tan útil contra la mentira i la mala fé.

Asi fué que no se detuvo en reconvenir a la Cisne por ese lenguaje tan adverso a las personas a quienes servia. Pero ella que no llevaba un doble objeto en sus espresiones ni podía referir su historia, se limitó a responder con enerjia, que le bastaba saber en su conciencia que a nadie traicionaba i que solo pretendía justificarse de que la viesen mezclada en un asunto que sabia mui bien no podia mános de ser criminoso.

Con esto quedaron cumplidos a la vez dos o objetos mui distintos: el inmediato del Doctor Témis, persuaduéndose de la sinceridad de la Cisne; i el de Monterilla, haciendo resolver a Emilio a que lo buscase para hablarle sobre aquel negocio; pues efectivamente se sentia ya este tan ansioso de descubrir cuanto Labia en tal misterio, que no pensaba sino en salir a la calle para buscar a Monterilla, sin prever las funestas consecuencias que acarrea casi siempre el hablar cor. los malos, mayormente sobre asuntos en que no se tiene sobre ellos por la ciencia, el carácter o la versacion en el mundo, una grande superioridad, de la que en el presente caso carecia Emilio respecto de Monterilla, pues sobre ser mui inexperto por su juventud, no conocía la jurisprudencia ni el enredo curial.

Con el designio, pues, de instruirse a fondo del objeto que tenia la carta que acababa de recibir, se resolvió a despedir a la Cisne, diciéndole que nada tenia que contestar; pero que en breve trataria de verse con Monterilla para hablarle sobre el particular. En esta virtud la Cisne iba a retirarse; mas el Doctor Témis la detuvo. Es verdad que ninguno de los que allí estaban Rabia podido hacer conjeturas satisfactorias sobre aquel misterio; pero ninguno tampoco habia sufrido, al oír la lectura de la carta, en algo que le fuese mui sensible al corazon. Solamente el Doctor Témis se habia mostrado desde que oyó tal papel, como devorado por una pena mui fuerte, i como determinando alguna resolucion mui delicada. Era el único en quien aquel documento habia herido su pasion dominante, el amor de la justicia.

Por eso cuando la Cisne se iba por haberle dicho Emilio que nada tenia que contestar, volviendo de su abstraccion i levantándose súbitamente del asiento, la detuve, corno se ha dicho, repitiendo:

-No se marche U., que si Emilio no contesta, yo contrasté a esa infame carta, si él lo permite; i si no, haré el honor a Monterilla de escribirle yo mismo, no una carta, sino una intimacion; i U. tendrá la bondad de llevarle lo que escriba.

I sacando del bolsillo su cartera , se sentó a la mesa redonda que estaba en el centro del salon, i se puso a escribir con su lapiz, mui aprisa.

Veiasele tan serio en aquel acto, tan arrogante i tan noble que todos, sobrecojidos de respeto, guardaban un profundo silencio. A lo mas se oía el pequeño ruido del sofá cuando alguno hacia un lijero movimiento para ponerse en actitud mas solemne. Emilio con esta circunstancia empezó a sentirse invadido de un terror que no podia explicar: le tenia miedo al Doctor Témis i a su pluma, no obstante ser amigos. Adelaida miraba a Emilio mui asustada, i por primera vez sus miradas se encontraron sin aquella espresion que àntes, cual si se viesen al lado de una tumba, o les pronosticara el corazon alguna desgracia; pues a Adelaida le parecía ver a Emilio en un peligro grave de que ni ella ni nadie tenia poder de librarlo, i esto tanto en la recompensa que prometía Monterilla, como en el castigo con que lo amenazaba. La carta de este i la que escriba el Doctor Témis se les presentaban a la imajinacion como dos esqueletos embozados que iban a descubrirse para dejar ver algun secreto fatal, tal vez en el uno, segun la idea que la Cisne acababa de darles de Monterilla, la infamia, la maldicion, el crimen; o el puñal i la muerte : en el otro, i por el conocimiento que tenian del Doctor Témis, una providencia severa, un poder tremendo que fulminaba execracion sobre el que toleraba la afrenta. Bien pronto concluyó el Doctor Témis, i levantándose del asiento, leyó lo siguiente. A Monterilla. Emilio Castelvi es un hombre de honor a quien la moral no permitira jamas que manche su conciencia profanando, la justicia i violando las leyes. El desafia, pues; cuanto en el mundo pueda combatir leyes, virtud, porque no teme la muerte i desprecia la desgracia. I mientras goza la satisfacacion de provocar ese castigo con que se ha tenida el arrojo de amenazarlo, i persigue con tenacidad al cliente criminal de Monterilla i a su cómplice oculto, procure merecer el digno defensor de estos, el perdon del insulto que ha hecho obligando a un hombre Honrado a que descendiera, aunque por un instante, a leer un documento criminal. He aquí la única ayuda que un hombre de bien puede ofrecer, cuales quiera que sean los resultados, al que neciamente intenta complicarlo en el delito. Emilio sintiò cuando leía el Doctor Témis, que el aire sele hacía lijero i que salia de un abismo a que por un momento habia bajado cuando pensó dirijirse a Monterilla para pedirle la esplicacion de un arcano a cuyo aspecto había tenido la debilidad de asustarse. Adelaida por el contrario, se sintió aras confundida, i casi iba a llorar repitiendo dentro de su misma i Emilio desafía cuanto en el mundo puede combatir la virtud, porque no teme la muerte i desprecia la desgracia... Emilio provoca ese castigo con que se ha tenido el arrojo de amenazarlo. La Cisne admiraba al Doctor Témis i se olvidaba de que por las circunstancias en que ella se encontraba debía sentarla mal todo lo grande : el Señor Osman i D. Juan confiaban en aquel hombre i en la honradez de Emilio; i Enrique se imajinaba que si Adelaida i la Cisne no lo miraban era porque estaban celosas una de otra. El Doctor Témis dobló el papel se lo entregó a la Cisne suplicándole lo llevase como respuesta de la carta de Monterilla que el Mordedor le habia dado para Emilio.

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