|
|
|
CAPITULO XI
LA VISITA
AL DIA siguiente considerando D. Juan que había ya cesado en las
funciones del interinato que los dias anteriores desempeñaba como
defensor, puesto que estando Monterilla encargado de ellas en
propiedad, no quedaba otra cosa que hacer, sino aguardar la hora en
que debia restituirse a Santiago su libertad; resolvió ir donde el
Sr. Osman a hacerle la visita que el acontecimiento del robo
reclamaba de todos sus amigos, i con la que no habia podido cumplir
por la urjencia de las ocupaciones en que hasta entónces tuvo que
emplear todo su tiempo.
La casa del Sr. Osman estaba situada en el cuartel de la
Candelaria, en un punto desde donde se divisaba por los balcones
toda la esplanada de Bogotá. Cuando D. Juan iba a hacer su visita,
habia varias personasen el salon, el cual era espacioso i claro,
aunque la luz estaba un poco moderada por las cortinas de los
balcones. No habia alfombra, pero se veis la estera tan limpia que
inspiraba el instinto del aseo: las paredes estaban cubiertas con
un empapelado que imprima al salon un aspecto mui solémne, pero no
triste: la estencion de la pieza daba cabida a gran número de
sofás; i sobre las mesas se veían en ordenada vanidad, mohos
objetos de diferentes clases, mui bellos i curiosos; ya productos
de alguna. arte mecánica, trabajados con esquisito gusto i primor,
ya flores de raro brillo que exhalaban un perfume leve i delicado
que agradaba sin molestar: adornaban ademas el salon varias làminas
en que se representaban con maestría los sucesos de la guerra de
Troya.
En esta casa no habia lujo, por lo ménos aquel lujo exajerado
que da a cuantos lo usan el aspecto ridículo del hombre subyugado
por una vanidad pueril i degradante, que hace realzar por medio de
un tren fastuoso los defectos personales i la ineptitud de talento.
La familia del Sr. Osman sabia integrar su fausto con la modestia,
el afecto i la cordialidad, i con la nobleza i dignidad de sus
costumbres.
Este Padre de familia, en la education que habia dado a sus
bellas hijas siempre tuvo cuidado de Hacerles distinguir bien la
ilustracion, la civilizacion i el lujo, para hacer de las dos
primeras el objeto de sus anhelos; inspiràndoles desprecio por el
último que, como él decía, no estando sino en las cosas, no merece
nuestra atencion, ni ménos nuestras fatigas. No así la ilustracion
que, segun él, consistía en las ciencias, i en las artes; ni
tampoco la civilizacion que estribaba, en su concepto, en la
perfeccion de las costumbre, en la delicadeza de la sensibilidad i
en la vehemencia de los afectos sociales; en el modo noble i
elevado de vernos a nosotros mismos i de considerar a nuestros
semejantes; en la pasion discreta de agradar, dar, de hacernos
amar, de que nuestra existencia sea sentída por los que estan en
relacion con ella, como un hecho grato, fácil i blando. Habiales
inculcado que la civilizacion es una fuerza que eleva el alma i
ennoblece la criatura en sociedad; que es en las costumbres lo que
la poesía en la vida del pensamiento, la música en el sonido, el
pincel en la luz, la flor i el aroma en la vejetacion: que la
civilizacion posee algo que purifica la vida mortal i hace la
apoteósis de la sociedad i aun de la naturaleza: que quien nunca
puede sentir en su alma aquella fuerza que la eleva delante del
hombre; aquel amor a lo bello i a lo puro, aquella satisfaccion dé
verse a sí mismo como el ente mas noble de la creacion i como el
ornato de la sociedad; ese solo es un ser rústico i grosero que
resiste al mas noble contajio que puede comunicar el hombre al
hombre i el continente culto al continente nuevo. Estas doctrinas
habian penetrado mucho en la familia del Sr. Osman; de modo que era
imposible no sentirse poeta, noble, jeneroso i dulce al lado de
Adelaida, suyo talle se movía coma la palma al soplo de un aire
blando, cuya limpieza encantaba la vista divisándose escasamente
bajo el borde de su largo ropaje, la blancura i delicadeza de un
vestido que por su aseo parecía ufano de ceñir aquel cuerpo de
azucenas. Las palabras de Adelaida eran dulces, sonoras i bien
articuladas; su acento natural e insinuante, los jiros de sus
frases claros, espresivos i castizos, porque sabia bien su idioma,
lo que hacia que todo cuanto la rodeaba i ocupaba sus labios,
pareciese culto tambien, i tendiese a elevarse i a ser divino como
ella.
D. Juan, que por su estado i jénero de vidá, era uno de aquellos
hombres que han llegado a familiarizarse íntima-mente con las
diferentes costumbres de la sociedad i de la época en que viven, i
en consecuencia donde quiera que están parecen en su centro; se
vistió con mucho aseo para ir donde el Sr. Osman, atendiendo mas a
la compostura de su cabello; de su barba i de sus dientes, que al
lujo i magnificencia del vestido, i ménos por supuesto, al rigor
escrupuloso de los cortes.
Cuando se presentó en la sala con el sombrero en la mano, pero
con aire desembarazado i cortes, todos se levantaron i lo
recibieron atentamente. En el primer balcon estaban parados entre
los bastidores i las cortinas Emilio i Adelaida: esta con la cabeza
inclinada i aire de distraccion deshojaba una hermosa flor que
tenía en la mano, i cuyas hojas brillantes i perfumadas caían a sus
pies, o se enredaban, ya entre los pliegues de la gaza blanca que
cubría su seno, ya entre los de su ondeante traje azul, tan bien
cortado i tan elegante que la asemejaba a una Helena que se veía
pintada en la lámina del frente. Adelaida deshojando esa flor
estaba mui léjos dele pensar. que así deshojaría la desgracia, tal
vez mui en breve, el abundante ramillete de sus ilusiones. Emilio
con los brazos cruzados i los ojos fijos sobre ella, se divertia en
ver caer las hojas de aquella flor, pensando apoderarse de alguna
de ellas i conservarla como una esperanza que se habría de escapar
para él, alguna vez, de los làbios de su amada.
En un sofá estaban sentados el Dr. Témis, la Señora i Enrique,
el mismo que Babia sido amante desdeñado de la Cisne; al frente de
ellos estaba el Sr. Osman. Enrique no era nada, o mas bien era
todo, al mènos en su concepto. Incapaz de amar, queria no obstante,
pasar como apasionado dé alguna mujer todo el curso de su juventud;
i por eso, Habiendo tenido ocasion de relacionarse con la familia
del Sr. Osman, solo, sin duda, a favor de su buen nacimiento, único
bien que la fortuna le había concedido para hacer de él un jugete
mas solemne; escojió a Adelaida por víctima de sus galanteos. Él
profesaba como regla jeneral que toda mujer debia amarlo; i mui
dificultoso habría sido persuadirlo de lo contrario, pues apelar de
que algunas trataban de desengañarlo, no encontraban arbitrio para
conseguirlo; porque si lo miraban una vez, consideraba ya esta
accion como un indicio infalible de amor; i si nunca lo miraban,
era siempre en su opinion por algun motivo también de amor,
turbacion, por ejemplo, o las mas veces temor de revelarle con los
ojos el secreto del corazon: si se le mostraban serias, era sin
duda efecto de algunos celos que siempre juzgaba injustos apesar de
que galanteaba a todo el mundo; i de no ser esto, era venganza de
algun des den aparente que él habria mostrado. Si al ir de visita
encontraba por casualidad a su pretendida en la sala, se imajinaba
que seguramente habia ella previsto su venida i estaba por eso
esperándolo; i si lo que era mas coman, ella se escondía al sentir
qué entraba, dejando conocer la esquivez maliciosamente, era, tal
vez porque no aguardando la visita, no estaba vestida con un traje
bien seductor, i por tanto le era preciso evitar que la viese sin
el aliño correspondiente, para no esponerse á desagradarlo:
últimamente, si no le daban, oídos, consistía en que así creían
fijarlo, i si lo despedian era solo para probar su fe i su
constancia. Haciendo pues siempre el ente mas favorable era feliz i
vivía mui envanecido i satisfecho de si mismo, como tantos otros
que profesan esa especie de filosofía de la fe agradable, a qué
tanto tienden e hombre i la mujer en la edad de su inesperiencia.
Así cuando, vió a Adelaida deshojando la flor, se imajino que este
era un enigma ofrecido por ella para manifestarle el desprecio que
a de los afectos de Emilio.
Cuando entró D. Juan, salia de la casa del Sr. Osman un vecino
suyo llamado D. Mateo, el cual continuó siendo en la sala el objeto
de la conversación. Este Sr. que era mui, pobre, habia sido
empleado en una de las Administraciones pasadas, i despues removido
a causa de sus opiniones políticas: como era mui viejo cuando le
sucedió esta desgracia, no podia trabajar vil otra cura; i no
habiendo sido sus sueldos nunca mui considerables, ni teniendo por
tanto, mas que lo indispensable para sostener a su esposa i a su
hija Beatriz; estaba ya en la última miseria pues llevaba mucho
tiempo de no tener otra para subsitir, que el producto de la venta
que poco a poco iba haciendo de todos sus bienes a mènos
precio.
-He observado, dijo D. Juan, que D. Mateo sale mui triste de
aquí: ¿le habrá sucedio alguna desgracia?
-Nueva, por lo ménos, no, repondió el Sr. Osman: solo que parece
que su desgragia antigua deberà seguir adelante.
-Me ha preguntado, dijo el Dr. Témis, cual es mi opinion acerca
del éxito que pueda tener la eleccion que ha de verificarse en
estos dial i que produce, con razon, en èl un interes mui grande,
pues espera ser colocado de nuevo si varian las cosas políticas.
Pero lo he dicho francamente que creo no será electo su
candidato.
-¡ Pobre Sr. ! esclamó la Señora de Osman : esta era su última
esperanza; i él i su familia van a perecer sin duda. -Tal es, dijo
D. Juan, casi siempre la última suerte de los empleados.
-Pero no tan rodeada de circunstancias estremas, añadió la
Señora: U. Do puede concebir el esceso de pobreza a que se halla
reducida la familia de D. Mateo Dña. Gonzaga su esposa, lía enviado
ayer aquí a pedirme algunas costuras para su hija Beatriz.
-Esta es ahora, dijo el Sr. Osman, la que con su trabajo
sostiene la familia ¿Cuanta será la pobreza en que se halla,
subsistiendo de semejante renta?
-Sinembargo, repuso la Señora, esa infeliz jóven tendrá que
consagrarse al trabajo, sin cesar de día i de noche. ¡ Qué campo va
a abrirsele para practicar las virtudes que dicen tiene en tan alto
grado!
-Puede ser, dijo Enrique, que al fin se gane la eleccion, i sea
colocado entónces ese pobre D. Mateo.
-¡Ojalá! continuo la Señora; mas, el Doctor Témis ha anunciado
que se perderá i eso es lo mas probable.
-Para mi es seguro, repuso D. Juan; porque me han hablado sobre
su voto muchos de los que deben emitirlo; i han tenido al hablarme,
una candidez que me habria sorprendido si pudiera sorprenderme por
algo: me han dado muchos porrazon de su voto nada mas que la
esperanza de algun favor futuro. -¿ De algun empleo ? preguntò el
Doctor Témis; porque ese es hoi el favor clásico, objeto de todas
las aspiraciones. -Si vieran a D. Mateo, elijo la Señora, no
reputarían eso como un objeto de mucha codicia.
-Siempre es apetecible, dijo Enrique, un empleito, ya por la
renta, ya por el honor.
-Por algo mui bueno que tendrà la calidad de emplearlo, dijo la
Señora, pues lo cierto es que muchos la apetecen.
-No consiste, repuso el Dr. Témis, sino en quo las oficinas han
venido a ser consideradas por varios como una especie de
establecimientos de misericordia, cuyas plazas solicitan los que
estan mui pobres; i por consiguiente cuando se las quitan, juzgan
el despojo tanto mas inicuo, cuanto son mas notorias su pobreza i
necesidades.
-Eso, dijo Enrique, puede suceder con los empleos subalternos,
mas no con los elevados.
-En cuanto a estos, continuó el Dr. Témis, la ambicion que
aspira a ellos me parece mui mezquina.
-Si, dijo la Señora, porque aquí no vale nada ningun puesto
público.
-I no solo por eso, añadió el Dr. Témis, sino tambien, porque es
mui mezquino que un hombre aspire a la atencion que por deber o por
virtud se tributa jeneralmente al funcionario que ocupa un puesto
elevado: que un hombre, ya que no pueda descollar por sí solo,
trate de brillar con el pasajero i despreciable oropel que le
presta un empleo; que no tenga otro poder en la sociedad que el de
ese mismo empleo, ni otro nombre que el que por fuerza adquiere
poniendo su oscura firma en los pliegos de su despacho. Si esos
ambiciosos fueran en efecto grandes, no quedarían contentos sino
con un poder propio i durable, con un tributo de consideracion
rendido por sus conciudadanos, no mas que a su nombre, sean cuales
fueren los gobiernos i los gobernantes. Mas lisonjero debe ser para
un ambicioso verdaderamente noble, verse dueto del corazon de sus
contemporáneos i de la veneracion de la posteridad, por la grandeza
que a su nombre hayan dado su ciencia, su talento i sus virtudes,
que verse acatado mientras lleva un baston que ha sido respetado en
manos envilecidas: mas lisonjero debe ser el poder con que se obra
en la sociedad i aun en los gobernantes mismos, con el respeto del
propio nombre; que ese poder limitado, conferido por una plaza que
al día siguiente llenará un inepto. Mejor es, le diría yo a la
juventud, deber la nombradía nada mas que a las propias virtudes,
al talento, a la ciencia i al honor. ese es un campo inmenso donde
todos caben, donde la rivalidad no molesta ni perjudica, i en el
que se marcha con gloria i satisfaccion de si mismo. Pero ese campo
se deja desierto; la muchedumbre ambiciosa se atropella para
figurar en la estrecha escala de los puestos públicos...lo repito;
esto es mui miserable.
Enrique trataba de acordarse mientras oía al Doctor Témis, de
los héroes de virtud que la historia ofrece a la posteridad como
grandes en la vida privada, i aun mas grandes que los Reves; pero
como no pudo recordarlos, se contentó con decir que la historia
suministraba ejemplos de esa ambicion.
-Innumerables, dijo el Doctor Témis, i de una imitacion mui
gloriosa, i aun fácil.
-¡Qué humillante, dijo entónces la Señora, debe ser para un
Ministro o para cualquier gobernante; que su nombre quede oculto en
el olvido, sin que la historia se ocupe de él, poniendo en su lugar
los de los hombres privados!
-Sinembargo, opuso el Dr. Témis; vale mas que lo olvide, que no
el que lo recuerde para perpetuar la memoria de la insuficiencia o
de la pequeñez de los que, sin saber cómo, han llegado a veces al
honor de gobernar una Patria noble i respetable.
-¿ Pero cree U. mi Señora, preguntó D. Juan, que ellos hacen el
menor caso de la historia, de su silencio o de sus censuras?
-Tal vez U. tiene razon respecto de muchos, al ménos si se juzga
por lo que hacen, contestó la Señora.
-Yo diria a los gobernantes, repuso entónces el Dr. Témis lo que
los místicos a los fieles. Obrad siempre, dicen estos, como si Dios
estuviera presente: obrad, diria yo a aquellos, como que el
historiador os está viendo; como que está en vuestro bufete
escribiendo lo que haceis para trasmitirlo con fidelidad a la mas
remota jeneracion, o para condenarlo a un olvido degradanté.
-Por eso no hai, dijo el Sr. Osman, como la vida privada: yo
vivo mui feliz, persuadido de que la historia no tendrá que
mencionar mi nombre, i de que su olvido no me humillará, porque no
estói en el deber de poseer grandes virtudes, ni de ejecutar
grandes hechos.
-A U. le toca, dijo Enrique al Sr. Osman, aludiendo al robo que
le habían hecho, figurar en la historia como victima de los
criminales.
-De los crímenes, no mas, dijo el Dr. Témis; porque loa
criminales en la época presente no se sabe quienes son; así que tal
historia no tendrá héroes.
-¿ No ve U.,dijo. Enrique, como no han podido cojer mas que uno
o dos de los ladrones de la otra noche ?
-Uno, no mas, dijo D. Juan; porque Santiago que es mi amigo, ha
sido aprehendido por equivocacion.
-¿I U. puede decirnos, preguntó el Dr. Témis, lo que de nuevo
haya acaecido respecto de ese asunto?
-Creo que será puesto hoi en libertad mi huésped, segun ofreció
el defensor a quien se ha encargado este negocio, no sin mucha
resistencia del interesado.
-¿ Quien es el defensor, preguntó el Sr. Osman ? -Un tal
Monterilla, contestó D. Juan.
-Lo conozco, dijo Enrique: es un tinterillo de quien se dice
mucho mal.
-I en mi concepto, dijo el Dr. Témis a D. Juan, tiene mucha
razon su amigo en no haber descendido voluntariamente a la
condicion de cliente de aquel hombre.
-Eso da mui buena idea del carácter del preso, dijo la Señora ;
i su resistencia es tanto mas laudable, cuanto que siendo, como se
dice, un jóven del campo i desconociendo los misterios de esta
poblacion, ha sido bastante discreto, o si se quiere, ha unido
bastante instinto, para evitar desde el principio las jentes cuya
sociedad pudiera difamarlo.
-Cosa rara, dijo Enrique; porque esos campesinos ....
-Sinembargo, interrumpid el Sr. Osman, aprovechando la
reticencia de Enrique para evitarle que siguiera espresando el
concepto que parecía ir a esponer contra la jente del campo;
sinembargo, en Bogotá no es esa una cosa mui grave, pues se ha
visto muchas veces que los tinterillos, aun los subalternos de
Monterilla, han manejado pública ù ocultamente, asuntos de personas
mui bien recibidas.
-La sancion moral, lo mismo que el foro, dijo el Dr. Témis
mostrando disgusto, estàn aquí en un piè mui inferior al qué deben
tener en un país culto.
-Si, Sr. apoyó Enrique: en eso sucede lo mismo que en todas las
demas cosas de Bogotá.
-Eso no, dijo el Dr. Témis; porque hai en Bogotá muchas cosas
que la honran, i afortunadamente son en mayor número que las que
pueden ser objeto de censura. I aun esta misma de que nos ocupamos
es un mal pasajero que cesará tan pronto como los hombres que
sirven el empleo de juzgar, amen la justicia lo bastante para no
venderla, i tengan la ilustracion necesaria para no dejarse
confundir; pues cuando los jueces no son así, la venalidad i la
confusion llegan a ser una arma en el foro; i esa arma que el
abogado de honor no puede tocar, necesita manos que la manejen, i
ellas aparecen bien pronto.
-Qué mala idea nos da U. del foro, dijo la Señora; si yo no
supiera que U. no es murmurador, quizá creería que exajeraba, o le
habian jugado manos mui pesadas. -Es mui posible, mui Señora; que
yo esté equivocado; i si así fuera, quien mas de veras celebraría
el error sería yo mismo, porque muchas veces deseo ardientemente no
tener en esto razon.
-En cuanto a la venalidad, dijo el Sr. Osman, si creo mui
limitado el número de los que entre nosotros merecen tan formidable
censura.
-Si Sr.; yo hago con mucho gusto, dijo el Dr. Témis, la debida
justicia a tantos de nuestros jueces cuya integridad los honra i
honra igualmente al país; pero hai sinembargo muchos a quienes
mueve fácilmente, si no la esperanza de una recompensa en dinero, a
lo menos si, esa confianza vaga en el favor del poderoso, que se
llama INFLUENCIA; esa debilidad con que tiende el hombre pequeño a
halagar al que es mas grande: esa influencia de que tan pocos
escapan i que no es a la verdad otra cosa que el nombre mas honesto
del soborno. Si por desgracia tengo en esto razon, UU. convendrán.
entónces en que la venalidad es mucho mas comun de lo que
jeneralrnente se piensa, i que hai muchos jueces venales que con el
mas grande candor creerian una calumnia horrible semejante
censura.
- Entònces tambien el número de los tinterillos es mucho mayor
de lo que se cree, dijo D. Juan, puesto que debe com. prenderse
entre ellos a esos grandes personajes que coechan con su
influencia, valiéndose de ella para estraviar la justicia.
-Esa es mi opinion, dijo el Dr. Témis : i aun añado que tal
clase de tinterillos es mas infame todavía que la de los que
jeneralmente son conocidos en el vulgo bajo ese nombre.
-I entre el vulgo, no mas, dijo Enrique, pues la voz
|tinterillo ni siquiera es castellana.
Como Enrique gozaba medianamente de las infulas de literato,
porque escribía artículos de periódico insultando groseramente a su
país, a su gobierno i a sus compatriotas; el Dr. Témis, deseando
principalmente variar una conversacion que no le gustaba mucho, por
el riesgo en que lo ponía cíe hablar contra los hombres; tuvo la
condescendencia de ocuparse del concepto de Enrique justificando el
uso de aquella palabra.
Entre tanto Adelaida i Emilio hablaban en voz baja i varías,
veces habían cambiado una mirada i una sonrisa. Enrique lo notó i
quedó persuadido de que Adelaida trataba de darle a entender con
esto alguna cosa que era probablemente, el haberse molestado porque
èl no se le acercó desde el principio. Convencido de ello, i no
pudiendo sostener la conversacion con el Dr. Témis, se levantó i
dirijió donde Adelaida, dejando al Sr. Osman, la Señora i D. Juan
encargados de continuar la dificil conversacion sobre el neologismo
de la época. Mas Enrique tuvo que volverse, porque Adelaida salió
huyéndole con Emilio al balcon donde estaban las otras Señoritas
con una amiga. Entónces le ocurrió que seguramente aquello queria
decir que Adelaida estaba mui disgustada, porque habiendo sido
Emilio el que procuró la captura de uno de los ladrones, él no
manifestaba como debía, siendo su amante, grande interes por lograr
la captura del otro, i dejaba con indiferencia que su rival ganase
en aquel negocio ciertá superiodad. Volviéndose, pues, donde el Sr.
Osman, le dijo:
-Sea lo que fuere de la cuestion de tinterillos, es preciso que
ni todos los del mundo valgan en favor de los ladrones de U. Yo
quiero, Sr. Osman, que no dejemos escapar uno solo, ni perdonemos
recurso para aprehender al que permanece oculto, i que, sino me
engaño, es el mas importante; pues ese Mordedor que por casualidad
han conseguido, no me parece sino un personaje mui subalterno.
-Esa captura que U. desea tanto se verifique, dijo el Sr. Osman,
es mui difícil; i en cuanto a mi toca, no pienso agregar a mis
perdidas la molestia de perseguir a nadie: a mi me disgusta mucho
la persecucion i soi mui inepto para perseguir.
-Puede U. confiar en mi, dijo Enrique, pues le ofrezco hacer
todos los esfuerzos imajinables por adquirir indicios acerca de ese
ladron; i espero hallar pronto algun dato que me guíe en la
pesquisa que habré de hacer; i si hai quien me ayude, a buen seguro
que ti o se saldrá con la suya.
Mientras Enrique pronunció estas palabras todas las Señoritas
entraron a la sala. Venían con aire de mucha sorpresa i con aspecto
de agradable curiosidad. Enrique creyó que Adelaida sin dula Babia
oído la filípica que acababa de proferir i venia a anunciarle la
reconciliacion. Asi que dirijiéndosele mui afectuoso, iba a
continuar. Alas ella lo detuvo dicièndole con urbanidad:
-Permítame U... que quiero, continuó volviéndose a su padre,
saber que objeto trae una persona que sube ahora mismo la escalera
i nunca había venido a nuestra casa.
Enrique miró a Emilio como para hacerle notar que se trataba de
otro amante.
-Es una mujer la que llega, dijo con disgusto una hermana de
Adelaida, habiendo comprendido la mirada de Enrique.
En efecto la nueva visita que iba a presentarse era lo que había
llamado la atencion de las Señoritas, haciéndoles dejar el balcon,
desde el cual, con no poca sorpresa, la habian visto entrar. La
persona que llegaba subió, pues, la escalera i se presentó en la
sala.
Era la Cisne.
|