INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO XI
LA VISITA

AL DIA siguiente considerando D. Juan que había ya cesado en las funciones del interinato que los dias anteriores desempeñaba como defensor, puesto que estando Monterilla encargado de ellas en propiedad, no quedaba otra cosa que hacer, sino aguardar la hora en que debia restituirse a Santiago su libertad; resolvió ir donde el Sr. Osman a hacerle la visita que el acontecimiento del robo reclamaba de todos sus amigos, i con la que no habia podido cumplir por la urjencia de las ocupaciones en que hasta entónces tuvo que emplear todo su tiempo.

La casa del Sr. Osman estaba situada en el cuartel de la Candelaria, en un punto desde donde se divisaba por los balcones toda la esplanada de Bogotá. Cuando D. Juan iba a hacer su visita, habia varias personasen el salon, el cual era espacioso i claro, aunque la luz estaba un poco moderada por las cortinas de los balcones. No habia alfombra, pero se veis la estera tan limpia que inspiraba el instinto del aseo: las paredes estaban cubiertas con un empapelado que imprima al salon un aspecto mui solémne, pero no triste: la estencion de la pieza daba cabida a gran número de sofás; i sobre las mesas se veían en ordenada vanidad, mohos objetos de diferentes clases, mui bellos i curiosos; ya productos de alguna. arte mecánica, trabajados con esquisito gusto i primor, ya flores de raro brillo que exhalaban un perfume leve i delicado que agradaba sin molestar: adornaban ademas el salon varias làminas en que se representaban con maestría los sucesos de la guerra de Troya.

En esta casa no habia lujo, por lo ménos aquel lujo exajerado que da a cuantos lo usan el aspecto ridículo del hombre subyugado por una vanidad pueril i degradante, que hace realzar por medio de un tren fastuoso los defectos personales i la ineptitud de talento. La familia del Sr. Osman sabia integrar su fausto con la modestia, el afecto i la cordialidad, i con la nobleza i dignidad de sus costumbres.

Este Padre de familia, en la education que habia dado a sus bellas hijas siempre tuvo cuidado de Hacerles distinguir bien la ilustracion, la civilizacion i el lujo, para hacer de las dos primeras el objeto de sus anhelos; inspiràndoles desprecio por el último que, como él decía, no estando sino en las cosas, no merece nuestra atencion, ni ménos nuestras fatigas. No así la ilustracion que, segun él, consistía en las ciencias, i en las artes; ni tampoco la civilizacion que estribaba, en su concepto, en la perfeccion de las costumbre, en la delicadeza de la sensibilidad i en la vehemencia de los afectos sociales; en el modo noble i elevado de vernos a nosotros mismos i de considerar a nuestros semejantes; en la pasion discreta de agradar, dar, de hacernos amar, de que nuestra existencia sea sentída por los que estan en relacion con ella, como un hecho grato, fácil i blando. Habiales inculcado que la civilizacion es una fuerza que eleva el alma i ennoblece la criatura en sociedad; que es en las costumbres lo que la poesía en la vida del pensamiento, la música en el sonido, el pincel en la luz, la flor i el aroma en la vejetacion: que la civilizacion posee algo que purifica la vida mortal i hace la apoteósis de la sociedad i aun de la naturaleza: que quien nunca puede sentir en su alma aquella fuerza que la eleva delante del hombre; aquel amor a lo bello i a lo puro, aquella satisfaccion dé verse a sí mismo como el ente mas noble de la creacion i como el ornato de la sociedad; ese solo es un ser rústico i grosero que resiste al mas noble contajio que puede comunicar el hombre al hombre i el continente culto al continente nuevo. Estas doctrinas habian penetrado mucho en la familia del Sr. Osman; de modo que era imposible no sentirse poeta, noble, jeneroso i dulce al lado de Adelaida, suyo talle se movía coma la palma al soplo de un aire blando, cuya limpieza encantaba la vista divisándose escasamente bajo el borde de su largo ropaje, la blancura i delicadeza de un vestido que por su aseo parecía ufano de ceñir aquel cuerpo de azucenas. Las palabras de Adelaida eran dulces, sonoras i bien articuladas; su acento natural e insinuante, los jiros de sus frases claros, espresivos i castizos, porque sabia bien su idioma, lo que hacia que todo cuanto la rodeaba i ocupaba sus labios, pareciese culto tambien, i tendiese a elevarse i a ser divino como ella.

D. Juan, que por su estado i jénero de vidá, era uno de aquellos hombres que han llegado a familiarizarse íntima-mente con las diferentes costumbres de la sociedad i de la época en que viven, i en consecuencia donde quiera que están parecen en su centro; se vistió con mucho aseo para ir donde el Sr. Osman, atendiendo mas a la compostura de su cabello; de su barba i de sus dientes, que al lujo i magnificencia del vestido, i ménos por supuesto, al rigor escrupuloso de los cortes.

Cuando se presentó en la sala con el sombrero en la mano, pero con aire desembarazado i cortes, todos se levantaron i lo recibieron atentamente. En el primer balcon estaban parados entre los bastidores i las cortinas Emilio i Adelaida: esta con la cabeza inclinada i aire de distraccion deshojaba una hermosa flor que tenía en la mano, i cuyas hojas brillantes i perfumadas caían a sus pies, o se enredaban, ya entre los pliegues de la gaza blanca que cubría su seno, ya entre los de su ondeante traje azul, tan bien cortado i tan elegante que la asemejaba a una Helena que se veía pintada en la lámina del frente. Adelaida deshojando esa flor estaba mui léjos dele pensar. que así deshojaría la desgracia, tal vez mui en breve, el abundante ramillete de sus ilusiones. Emilio con los brazos cruzados i los ojos fijos sobre ella, se divertia en ver caer las hojas de aquella flor, pensando apoderarse de alguna de ellas i conservarla como una esperanza que se habría de escapar para él, alguna vez, de los làbios de su amada.

En un sofá estaban sentados el Dr. Témis, la Señora i Enrique, el mismo que Babia sido amante desdeñado de la Cisne; al frente de ellos estaba el Sr. Osman. Enrique no era nada, o mas bien era todo, al mènos en su concepto. Incapaz de amar, queria no obstante, pasar como apasionado dé alguna mujer todo el curso de su juventud; i por eso, Habiendo tenido ocasion de relacionarse con la familia del Sr. Osman, solo, sin duda, a favor de su buen nacimiento, único bien que la fortuna le había concedido para hacer de él un jugete mas solemne; escojió a Adelaida por víctima de sus galanteos. Él profesaba como regla jeneral que toda mujer debia amarlo; i mui dificultoso habría sido persuadirlo de lo contrario, pues apelar de que algunas trataban de desengañarlo, no encontraban arbitrio para conseguirlo; porque si lo miraban una vez, consideraba ya esta accion como un indicio infalible de amor; i si nunca lo miraban, era siempre en su opinion por algun motivo también de amor, turbacion, por ejemplo, o las mas veces temor de revelarle con los ojos el secreto del corazon: si se le mostraban serias, era sin duda efecto de algunos celos que siempre juzgaba injustos apesar de que galanteaba a todo el mundo; i de no ser esto, era venganza de algun des den aparente que él habria mostrado. Si al ir de visita encontraba por casualidad a su pretendida en la sala, se imajinaba que seguramente habia ella previsto su venida i estaba por eso esperándolo; i si lo que era mas coman, ella se escondía al sentir qué entraba, dejando conocer la esquivez maliciosamente, era, tal vez porque no aguardando la visita, no estaba vestida con un traje bien seductor, i por tanto le era preciso evitar que la viese sin el aliño correspondiente, para no esponerse á desagradarlo: últimamente, si no le daban, oídos, consistía en que así creían fijarlo, i si lo despedian era solo para probar su fe i su constancia. Haciendo pues siempre el ente mas favorable era feliz i vivía mui envanecido i satisfecho de si mismo, como tantos otros que profesan esa especie de filosofía de la fe agradable, a qué tanto tienden e hombre i la mujer en la edad de su inesperiencia. Así cuando, vió a Adelaida deshojando la flor, se imajino que este era un enigma ofrecido por ella para manifestarle el desprecio que a de los afectos de Emilio.

Cuando entró D. Juan, salia de la casa del Sr. Osman un vecino suyo llamado D. Mateo, el cual continuó siendo en la sala el objeto de la conversación. Este Sr. que era mui, pobre, habia sido empleado en una de las Administraciones pasadas, i despues removido a causa de sus opiniones políticas: como era mui viejo cuando le sucedió esta desgracia, no podia trabajar vil otra cura; i no habiendo sido sus sueldos nunca mui considerables, ni teniendo por tanto, mas que lo indispensable para sostener a su esposa i a su hija Beatriz; estaba ya en la última miseria pues llevaba mucho tiempo de no tener otra para subsitir, que el producto de la venta que poco a poco iba haciendo de todos sus bienes a mènos precio.

-He observado, dijo D. Juan, que D. Mateo sale mui triste de aquí: ¿le habrá sucedio alguna desgracia?

-Nueva, por lo ménos, no, repondió el Sr. Osman: solo que parece que su desgragia antigua deberà seguir adelante.

-Me ha preguntado, dijo el Dr. Témis, cual es mi opinion acerca del éxito que pueda tener la eleccion que ha de verificarse en estos dial i que produce, con razon, en èl un interes mui grande, pues espera ser colocado de nuevo si varian las cosas políticas. Pero lo he dicho francamente que creo no será electo su candidato.

-¡ Pobre Sr. ! esclamó la Señora de Osman : esta era su última esperanza; i él i su familia van a perecer sin duda. -Tal es, dijo D. Juan, casi siempre la última suerte de los empleados.

-Pero no tan rodeada de circunstancias estremas, añadió la Señora: U. Do puede concebir el esceso de pobreza a que se halla reducida la familia de D. Mateo Dña. Gonzaga su esposa, lía enviado ayer aquí a pedirme algunas costuras para su hija Beatriz.

-Esta es ahora, dijo el Sr. Osman, la que con su trabajo sostiene la familia ¿Cuanta será la pobreza en que se halla, subsistiendo de semejante renta?

-Sinembargo, repuso la Señora, esa infeliz jóven tendrá que consagrarse al trabajo, sin cesar de día i de noche. ¡ Qué campo va a abrirsele para practicar las virtudes que dicen tiene en tan alto grado!

-Puede ser, dijo Enrique, que al fin se gane la eleccion, i sea colocado entónces ese pobre D. Mateo.

-¡Ojalá! continuo la Señora; mas, el Doctor Témis ha anunciado que se perderá i eso es lo mas probable.

-Para mi es seguro, repuso D. Juan; porque me han hablado sobre su voto muchos de los que deben emitirlo; i han tenido al hablarme, una candidez que me habria sorprendido si pudiera sorprenderme por algo: me han dado muchos porrazon de su voto nada mas que la esperanza de algun favor futuro. -¿ De algun empleo ? preguntò el Doctor Témis; porque ese es hoi el favor clásico, objeto de todas las aspiraciones. -Si vieran a D. Mateo, elijo la Señora, no reputarían eso como un objeto de mucha codicia.

-Siempre es apetecible, dijo Enrique, un empleito, ya por la renta, ya por el honor.

-Por algo mui bueno que tendrà la calidad de emplearlo, dijo la Señora, pues lo cierto es que muchos la apetecen.

-No consiste, repuso el Dr. Témis, sino en quo las oficinas han venido a ser consideradas por varios como una especie de establecimientos de misericordia, cuyas plazas solicitan los que estan mui pobres; i por consiguiente cuando se las quitan, juzgan el despojo tanto mas inicuo, cuanto son mas notorias su pobreza i necesidades.

-Eso, dijo Enrique, puede suceder con los empleos subalternos, mas no con los elevados.

-En cuanto a estos, continuó el Dr. Témis, la ambicion que aspira a ellos me parece mui mezquina.

-Si, dijo la Señora, porque aquí no vale nada ningun puesto público.

-I no solo por eso, añadió el Dr. Témis, sino tambien, porque es mui mezquino que un hombre aspire a la atencion que por deber o por virtud se tributa jeneralmente al funcionario que ocupa un puesto elevado: que un hombre, ya que no pueda descollar por sí solo, trate de brillar con el pasajero i despreciable oropel que le presta un empleo; que no tenga otro poder en la sociedad que el de ese mismo empleo, ni otro nombre que el que por fuerza adquiere poniendo su oscura firma en los pliegos de su despacho. Si esos ambiciosos fueran en efecto grandes, no quedarían contentos sino con un poder propio i durable, con un tributo de consideracion rendido por sus conciudadanos, no mas que a su nombre, sean cuales fueren los gobiernos i los gobernantes. Mas lisonjero debe ser para un ambicioso verdaderamente noble, verse dueto del corazon de sus contemporáneos i de la veneracion de la posteridad, por la grandeza que a su nombre hayan dado su ciencia, su talento i sus virtudes, que verse acatado mientras lleva un baston que ha sido respetado en manos envilecidas: mas lisonjero debe ser el poder con que se obra en la sociedad i aun en los gobernantes mismos, con el respeto del propio nombre; que ese poder limitado, conferido por una plaza que al día siguiente llenará un inepto. Mejor es, le diría yo a la juventud, deber la nombradía nada mas que a las propias virtudes, al talento, a la ciencia i al honor. ese es un campo inmenso donde todos caben, donde la rivalidad no molesta ni perjudica, i en el que se marcha con gloria i satisfaccion de si mismo. Pero ese campo se deja desierto; la muchedumbre ambiciosa se atropella para figurar en la estrecha escala de los puestos públicos...lo repito; esto es mui miserable.

Enrique trataba de acordarse mientras oía al Doctor Témis, de los héroes de virtud que la historia ofrece a la posteridad como grandes en la vida privada, i aun mas grandes que los Reves; pero como no pudo recordarlos, se contentó con decir que la historia suministraba ejemplos de esa ambicion.

-Innumerables, dijo el Doctor Témis, i de una imitacion mui gloriosa, i aun fácil.

-¡Qué humillante, dijo entónces la Señora, debe ser para un Ministro o para cualquier gobernante; que su nombre quede oculto en el olvido, sin que la historia se ocupe de él, poniendo en su lugar los de los hombres privados!

-Sinembargo, opuso el Dr. Témis; vale mas que lo olvide, que no el que lo recuerde para perpetuar la memoria de la insuficiencia o de la pequeñez de los que, sin saber cómo, han llegado a veces al honor de gobernar una Patria noble i respetable.

-¿ Pero cree U. mi Señora, preguntó D. Juan, que ellos hacen el menor caso de la historia, de su silencio o de sus censuras?

-Tal vez U. tiene razon respecto de muchos, al ménos si se juzga por lo que hacen, contestó la Señora.

-Yo diria a los gobernantes, repuso entónces el Dr. Témis lo que los místicos a los fieles. Obrad siempre, dicen estos, como si Dios estuviera presente: obrad, diria yo a aquellos, como que el historiador os está viendo; como que está en vuestro bufete escribiendo lo que haceis para trasmitirlo con fidelidad a la mas remota jeneracion, o para condenarlo a un olvido degradanté.

-Por eso no hai, dijo el Sr. Osman, como la vida privada: yo vivo mui feliz, persuadido de que la historia no tendrá que mencionar mi nombre, i de que su olvido no me humillará, porque no estói en el deber de poseer grandes virtudes, ni de ejecutar grandes hechos.

-A U. le toca, dijo Enrique al Sr. Osman, aludiendo al robo que le habían hecho, figurar en la historia como victima de los criminales.

-De los crímenes, no mas, dijo el Dr. Témis; porque loa criminales en la época presente no se sabe quienes son; así que tal historia no tendrá héroes.

-¿ No ve U.,dijo. Enrique, como no han podido cojer mas que uno o dos de los ladrones de la otra noche ?

-Uno, no mas, dijo D. Juan; porque Santiago que es mi amigo, ha sido aprehendido por equivocacion.

-¿I U. puede decirnos, preguntó el Dr. Témis, lo que de nuevo haya acaecido respecto de ese asunto?

-Creo que será puesto hoi en libertad mi huésped, segun ofreció el defensor a quien se ha encargado este negocio, no sin mucha resistencia del interesado.

-¿ Quien es el defensor, preguntó el Sr. Osman ? -Un tal Monterilla, contestó D. Juan.

-Lo conozco, dijo Enrique: es un tinterillo de quien se dice mucho mal.

-I en mi concepto, dijo el Dr. Témis a D. Juan, tiene mucha razon su amigo en no haber descendido voluntariamente a la condicion de cliente de aquel hombre.

-Eso da mui buena idea del carácter del preso, dijo la Señora ; i su resistencia es tanto mas laudable, cuanto que siendo, como se dice, un jóven del campo i desconociendo los misterios de esta poblacion, ha sido bastante discreto, o si se quiere, ha unido bastante instinto, para evitar desde el principio las jentes cuya sociedad pudiera difamarlo.

-Cosa rara, dijo Enrique; porque esos campesinos ....

-Sinembargo, interrumpid el Sr. Osman, aprovechando la reticencia de Enrique para evitarle que siguiera espresando el concepto que parecía ir a esponer contra la jente del campo; sinembargo, en Bogotá no es esa una cosa mui grave, pues se ha visto muchas veces que los tinterillos, aun los subalternos de Monterilla, han manejado pública ù ocultamente, asuntos de personas mui bien recibidas.

-La sancion moral, lo mismo que el foro, dijo el Dr. Témis mostrando disgusto, estàn aquí en un piè mui inferior al qué deben tener en un país culto.

-Si, Sr. apoyó Enrique: en eso sucede lo mismo que en todas las demas cosas de Bogotá.

-Eso no, dijo el Dr. Témis; porque hai en Bogotá muchas cosas que la honran, i afortunadamente son en mayor número que las que pueden ser objeto de censura. I aun esta misma de que nos ocupamos es un mal pasajero que cesará tan pronto como los hombres que sirven el empleo de juzgar, amen la justicia lo bastante para no venderla, i tengan la ilustracion necesaria para no dejarse confundir; pues cuando los jueces no son así, la venalidad i la confusion llegan a ser una arma en el foro; i esa arma que el abogado de honor no puede tocar, necesita manos que la manejen, i ellas aparecen bien pronto.

-Qué mala idea nos da U. del foro, dijo la Señora; si yo no supiera que U. no es murmurador, quizá creería que exajeraba, o le habian jugado manos mui pesadas. -Es mui posible, mui Señora; que yo esté equivocado; i si así fuera, quien mas de veras celebraría el error sería yo mismo, porque muchas veces deseo ardientemente no tener en esto razon.

-En cuanto a la venalidad, dijo el Sr. Osman, si creo mui limitado el número de los que entre nosotros merecen tan formidable censura.

-Si Sr.; yo hago con mucho gusto, dijo el Dr. Témis, la debida justicia a tantos de nuestros jueces cuya integridad los honra i honra igualmente al país; pero hai sinembargo muchos a quienes mueve fácilmente, si no la esperanza de una recompensa en dinero, a lo menos si, esa confianza vaga en el favor del poderoso, que se llama INFLUENCIA; esa debilidad con que tiende el hombre pequeño a halagar al que es mas grande: esa influencia de que tan pocos escapan i que no es a la verdad otra cosa que el nombre mas honesto del soborno. Si por desgracia tengo en esto razon, UU. convendrán. entónces en que la venalidad es mucho mas comun de lo que jeneralrnente se piensa, i que hai muchos jueces venales que con el mas grande candor creerian una calumnia horrible semejante censura.

- Entònces tambien el número de los tinterillos es mucho mayor de lo que se cree, dijo D. Juan, puesto que debe com. prenderse entre ellos a esos grandes personajes que coechan con su influencia, valiéndose de ella para estraviar la justicia.

-Esa es mi opinion, dijo el Dr. Témis : i aun añado que tal clase de tinterillos es mas infame todavía que la de los que jeneralmente son conocidos en el vulgo bajo ese nombre.

-I entre el vulgo, no mas, dijo Enrique, pues la voz |tinterillo ni siquiera es castellana.

Como Enrique gozaba medianamente de las infulas de literato, porque escribía artículos de periódico insultando groseramente a su país, a su gobierno i a sus compatriotas; el Dr. Témis, deseando principalmente variar una conversacion que no le gustaba mucho, por el riesgo en que lo ponía cíe hablar contra los hombres; tuvo la condescendencia de ocuparse del concepto de Enrique justificando el uso de aquella palabra.

Entre tanto Adelaida i Emilio hablaban en voz baja i varías, veces habían cambiado una mirada i una sonrisa. Enrique lo notó i quedó persuadido de que Adelaida trataba de darle a entender con esto alguna cosa que era probablemente, el haberse molestado porque èl no se le acercó desde el principio. Convencido de ello, i no pudiendo sostener la conversacion con el Dr. Témis, se levantó i dirijió donde Adelaida, dejando al Sr. Osman, la Señora i D. Juan encargados de continuar la dificil conversacion sobre el neologismo de la época. Mas Enrique tuvo que volverse, porque Adelaida salió huyéndole con Emilio al balcon donde estaban las otras Señoritas con una amiga. Entónces le ocurrió que seguramente aquello queria decir que Adelaida estaba mui disgustada, porque habiendo sido Emilio el que procuró la captura de uno de los ladrones, él no manifestaba como debía, siendo su amante, grande interes por lograr la captura del otro, i dejaba con indiferencia que su rival ganase en aquel negocio ciertá superiodad. Volviéndose, pues, donde el Sr. Osman, le dijo:

-Sea lo que fuere de la cuestion de tinterillos, es preciso que ni todos los del mundo valgan en favor de los ladrones de U. Yo quiero, Sr. Osman, que no dejemos escapar uno solo, ni perdonemos recurso para aprehender al que permanece oculto, i que, sino me engaño, es el mas importante; pues ese Mordedor que por casualidad han conseguido, no me parece sino un personaje mui subalterno.

-Esa captura que U. desea tanto se verifique, dijo el Sr. Osman, es mui difícil; i en cuanto a mi toca, no pienso agregar a mis perdidas la molestia de perseguir a nadie: a mi me disgusta mucho la persecucion i soi mui inepto para perseguir.

-Puede U. confiar en mi, dijo Enrique, pues le ofrezco hacer todos los esfuerzos imajinables por adquirir indicios acerca de ese ladron;  i espero hallar pronto algun dato que me guíe en la pesquisa que habré de hacer; i si hai quien me ayude, a buen seguro que ti o se saldrá con la suya.

Mientras Enrique pronunció estas palabras todas las Señoritas entraron a la sala. Venían con aire de mucha sorpresa i con aspecto de agradable curiosidad. Enrique creyó que Adelaida sin dula Babia oído la filípica que acababa de proferir i venia a anunciarle la reconciliacion. Asi que dirijiéndosele mui afectuoso, iba a continuar. Alas ella lo detuvo dicièndole con urbanidad:

-Permítame U... que quiero, continuó volviéndose a su padre, saber que objeto trae una persona que sube ahora mismo la escalera i nunca había venido a nuestra casa.

Enrique miró a Emilio como para hacerle notar que se trataba de otro amante.

-Es una mujer la que llega, dijo con disgusto una hermana de Adelaida, habiendo comprendido la mirada de Enrique.

En efecto la nueva visita que iba a presentarse era lo que había llamado la atencion de las Señoritas, haciéndoles dejar el balcon, desde el cual, con no poca sorpresa, la habian visto entrar. La persona que llegaba subió, pues, la escalera i se presentó en la sala.

Era la Cisne.

 

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