INDICE




Capítulo I El Huesped
Capítulo II La Retreta
Capítulo III El Robo
Capítulo IV Santiago
Capítulo V El Altozano
Capítulo VI El Juez i el rejo
Capítulo VII Monterilla
Capítulo VIII La Cisne
Capítulo IX El Abogado
Capítulo  X El Libelo
Capítulo XI La Visita
Capítulo XII Las Cartas
Capítulo XIII La Protectora
Capítulo XIV Baciliza
Capítulo XV La Defensa
Capítulo XVI La Amenaza
Capítulo XVII La Elección
Capítulo XVIII Emilio
Capítulo XIX El Capellan
Capítulo XX La Partida
Capítulo XXI Moncerrate
Capítulo XXII La Pesquisa
Capítulo XXIII La Junta
Capítulo  XXIV Las Fiestas
Capítulo XXV El Concierto
Capítulo I El Hijo
Capítulo II La Caverna
Capítulo III Los Amigos
Capítulo IV Los Comunistas
Capítulo V La Falsificacion
Capítulo VI El Abandono
Capítulo VII El Mensajero
Capítulo VIII Veratrina
Capítulo IX  El Delator
Capítulo X La Madrugada
Capítulo XI Las Declaraciones
Capítulo XII El Clérigo
Capítulo XIII El Rejistro
Capítulo XIV El Consejo
Capítulo XV El Preso
Capítulo XVI El Puente de Icononzo
Capítulo XVII La Noche
Capítulo XVIII
Capítulo XIX El Baile
Capítulo XX La Encubridora
Capítulo XXI

 

CAPITULO II
LA RETRETA

LUEGO que refrescaron, que fui ya bastante tarde, Santiago empezó a mostrarse impaciente por ir a tornar puesto en la retreta, imajinándose que de concurso seria mui numeroso i que los puestos eran mas o ménos preferibles; pues habiendo otras veces oído hablar de las retretas de Bogotá, había llegado a formarse de ellas una idea que se las representaba como algo de cierta importancia.

Antes de irse queria hacer embolar sus botas, afeitarse; peinarse, i hasta salir en cuerpo; pero como venia de un clima ménos frio que el de Bogotá, le hizo presente Dn. Juan que no le seria fácil soportar así por primera vez una admosfera tan helada como la de aquella noche. A esta razon añadió la instancia de que saliesen ambos mas bien de ruana, cuyo traje, le dijo de un modo enfático, suele ser mui socorrido en las retretas; i aunque Santiago se deseperaba por quitarse la ruana, sabiendo que este era en Bogotá el vestido de la clase ordinaria, por lo que deseaba vivamente ponerse cuanto antes a lo cortesano; cedió al imperio de esta reflexion, no obstante haber preparado ya el escaso atavío que había traído para su decencia i que debia integrarse con lo que Dn. Juan tenia que suministrarle, a cuyo efecto le había hecho ya las Indicaciones convenientes acerca de todo lo que le faltaba.

Al fin salieron vestidos de ruana, dejando a los sirvientes acomodar sus modestas camas en diferentes rincones que por entónces tomaron el título de lechos, solo porque allí deja descansar i dormir un cuerpo humano, bien que con tanta tranquilidad, que bajo este aspecto no podía censurarse aquella denominacion. Los dos amigos se encaminaron para la esquina en donde se acostumbra tocar la retreta. Aún era temprano para eso; pero el concurso que poblaba ya el altozano de la catedral, por el cual tenían que pasar, reanimó en Santiago la curiosidad i el deseo que de escoger puesto, se había apoderado de él, como un capricho infantil. Por este motivo no quiso detenerse en el |altozano, prefiriendo acerearse lo mas pronto posible a la esquina de la retreta, i aguardar allí las ocho de noche para oír comenzar la funcion, Fué lástima, sinembargo, o, que no hubiera querido pasearse un rato en aquel altozano, sitio de tantos misterios donde bien pronto habia de pronunciarse su nombre.

Pocos momentos despues de haberse parado en la esquina, se vió aparecer a lo lèjos un gran farol, que asegurado en la extremidad de un palo, iluminaba con sus reflejos una enorme tambora cargada sobre las espaldas de uno de los músicos que venia al lado del que traía el enastado farolon: un luciente |chinesco venia tambien al hombro de otro músico; i su continuo campaneo hizo palpitar el corazon de Santiago, que empezaba a considerar aquel aparato como el anuncio de una solemnidad no ménos agradable, que nueva i sorprendente a sus oídos, Apoyándose entónces contra la pared, como quien se cansa de estar parado, manifestó a Dn. Juan la estrañeza con que veía un farol tan luminoso en una noche en que la luna, a, que no se habia ocultado todavia, dispensaba bien de la molestia de cargarlo. Dn. Juan persuadía a Santiago de la utilidad de llevar luz en las noches en que la luna apénas empezando, debia ocultarse mui temprano, cuando se vió venir otro farol poco ménos grande que el primero, que a la sazónya reposaba fijo en la esquina; sostenido por el asta en las manos del que esclusivamente estaba destinado a su manejo: una nueva tambora i un nuevo chinesco vinieron con otros varios instrumentos; a ocupar sus respectivos lugares en el sitio consagrado a la funcion, o mas bien, al que la funcion se consagraba.

Sonó por último la campanada de las ocho; i una caterva de jente de todas clases se aglomeró sobre el mismo sitio, entre el áspero i destemplado toque de clarines, pífanos i tambores, que parecían empeñados en imitar a su ¡nodo el funesto bullicio de las campañas: por lo ménos así se lo hizo notar Dn. Juan a su compañero, para hacerle Creer que tal estrépito, ademas de ser esencial de aquel toque militar; no era de tan pésimo gustos i que la funcion principiaba por una especie de golpe teatral.

En seguida se ejecutó por los clarinetes i demas instrumentos una pieza cuyas armonías no pudieron ser atendidas por nuestros dos espectadores; a causa de que desde el principio de su ejecucion se propuso un hombre que tenian al lado, acompañarla silvando del modo mas fastidioso que puede hacerlo un chambon de esta música vulgar. Pero ni silbada la composicion pudieron hacerse cargo de ella porque en una taberna que quedaba al lado de arriba, a dos o tres pasos de distancia, cantaba uno a plena voz, acompañándose con un tiple aun mas destemplado que sus gritos; los que, no es menester hacerlo notar, carecían en su tono i en sus convinaciones de armonía con los instrumentos de la retreta: En la tienda que estaba del otro lado sostenia la tabernera una reyerta estrepitosa con dos soldados de la guardia que acababan, segun decía ella, de romper no sé que cosa, i habian hecho derramar un liquido, que bañando gran parte de la calle, perfumaba con su olor fuerte i desagradable toda la estencion en que por otra parte, el aire impregnado de esas moléculas fermentadas, vibraba con las modulaciones agradables de uno de los grandes maestros de la Escuela Moderna.

-En verdad, decía Santiago, que esta es positivamente la escena del sonido.

-I tambien la del olfato, añadió Dn. Juan

-I hasta la del tacto diria yo, continuó Santiago que observaba a la sazon a una muchacha que estaba cerca tomándole la mano a hurtadillas, a un mozalvete de capote de calarnaco, mientras la madre de aquella procuraba arrimarse a la pared para dejar libre el paso a una familia que subia por la calle maldiciendo del concurso que no la dejaba andar, i a la cual alumbraba un farol que iluminando de paso notablemente a los circustantes, los puso en la curiosa actitud de tratar de conocerse recíprocamente, viéndose las caras en el momento en que pasaba la luz; mas como varios parecía que andaban de incógnito, eludieron aquella impertinente investigacion, los hombres embozándose hasta los ojos, i las mujeres volviendo con disimulo las espaldas.

-¡Lucida reunion, Dn. Juan! dijo Santiago luego que paso el farol; mas ¿ por qué les disgustará tanto la luz ?

-Es porque la luz siempre molesta los ojos mui delicados, respondió Dn. Juan.

-Esas personas de los ojos tan delicados, continuó Santiago, tendrán tambien el oído mui fino ¿ no es verdad ?

-Si, Sor.: i por eso les gusta la música i frecuentan las retretas

-Con razon, si pueden oírlas sin la molestia de atenderlas, pues yo los veo a todos conversando unos con otros, como si de la que ménos se ocupasen fuese de oír la música; i esto es que aqui se toca a las mil maravillas.

-No solo eso, Santiago; pues a todos agrada tambien mucho esta mezcla tan vistosa de clases i de sexos, tan fraternal mente unidos en Medio de una calle tan angosta i de un modo tan compacto.

-Si, Sor.; los ojos políticos de que hablabamos esta tarde contemplaran las retretas como una especie de rato democrático mientras los ojos morales demostraran: con ellas que la música suaviza las costumbres.

-Por eso le decia yo, repuso Dn. Juan, que siempre. Concurro a las retretas, porque son una costumbre mui suave. -A lo ménos, dijo Santiago con desden, pueden considerarse como un momento de distraccion.

-Sin duda. i si no, vea U. que distraída parece aquella Señorita can el jóven que está a su lado.

-¿ Cual Señorita; que deseo mucho ver una Señorita? -Aquella que con la roja brasa de su largo tabaco,, se al- canta a divisar desde aquí.

-¿ Es una Señorita esa que tanto fuma?

-Si, Sor: es una Señorita, por lo ménos de retreta.

-¡Vaya! repuso Santiago con desprecio i acercándose a, una muchacha que se había, reído maliciosamente de las últimas palabras de Dn. Juan, se anuncia la tal Señorita con una liuda gracia.

-Si, Sor: aqui hai Señoritas que, han añadido a una de las tres gracias, la gracia de echar humo, continuó Dn. Juan: acercandose a Santiago que se le habia alejado un poco.

-No lo crerá U. ; pero...

Aqui tuvo que interrumpirse Santiago, quien a de vez fué abandonado por Dn. Juan que corría a arrimarse a la parecí, para dejar libre el paso a la banda de músicos que en medio de un piquete bien armado, atropellaba sin reparo por entre la jente, que con ménos reparo todavía, de precipitaba contra las paredes a uno i a otro lacto, abriendo dócilmente de camino que se necesitaba i que luego volvió a cerrarse.

-¡No hemos tenido un momento peligroso! dijo Santiago sacudiendo de la ruana el polvo que le habia quitado a la pared. Ya se vé; no dejamos aquí para los que tienen que subir o bajar mas espacio del que ocupa el caño, i lo peor es que los desagradecidos se han propuesto no usar de él.

-Vea U. unas Señoritas, dijo entonces Dn. Juan que deseaba hacia rato datisfacer la curiosidad de Santiago, i no habia podido, piles aunque con frecuencia van algunas Señoras a retreta, esa noche no habia ido ninguna : las que Dn. Juan señalaba eran estrañas a la funcion, i por la decencia con que estaban, se conocía que no habiendo podido continuar de camino para alguna visita, por estorbárselo la jente que esperaba la continuacion de la retreta en otra música; se detuvieron a alguna distancia.

-Hacen mui buen de no acercarse mucho, dijo Santiago, que la coda no es para alquilar balcones, si U. me permute Hablar con franqueza, Sor. Dn. Juan.

-¡Qué : ¿ Se queja U, de la retreta P. repuso este : a m i me parece que aquí se ha ejecutado cuanto puede exijir la música, por decirlo así, de arte mayor. Vea U. aquel de la capa corta detras de una de las Señoras de gorras i chales, que son una de las familias mas ricas de Bogotá : cualquiera diria por de actitud que representa una ansiosa |aspiración; i mientras tanto, ha de saber U. que una de las otras Señoritas está haciendo |apoyaturas en una nota cuatro tonos mas baja, por lo ménos. Mire U. este corrillo del frente: lo componen una madre i una hija mui pobres, i un comerciante mui ruco; si U. lo oyera de cercase formaría la idea de una buen difícil, pero deliciosa armonía, en que el comerciante entonando la canzoneta, apénas atiende al a |non tropo presto de la jóven i al soprano del si mordente dc la Señora. Vea U. este que viene tan embozado a pasar por aquí despues de haber pasado cien veces; es el metrónomo de la funcion. En esta esplicacion estaban cuando Santiago, despojado de un puesto, iba a colocarse en medio dc la calle; pero al hacerlo sufrió un fuerte sacudon, de uno que por venir con la barba sobre el hombro, tratando de mirar a las mujeres que estaban a suizquierda, no vela en consecuencia por donde iba -No me parece de mui buen gusto su retreta, dijo San Santiago con un poco de mal humor, i componiéndose el sombrero que habia perdido su lugar con motivo del encuentro.

-Con todo, contestó Dn. Juan, esto es bastante filarmónico no solo en la parte instrumental, sino tambien en la animada.

A este tiempo marchó la música para la plaza; i ese era el momento en que debia desempeñar Santiago tambien su nota musical entre el nuevo atropellamiento que causaba siempre la banda de músicos al abrirse paso. Le tocó, pues, como al mas inesperto, verificar una especie de |estaccato en medio del caño; i habria dado en tierra si no hubiese escapado haciendo veloces |acciaturas sobre el hombro de una muchacha que venia por la orilla del caño junto a él, i acompañada de una mujer que representaba alguna edad.

Esta, bien por aprovechar la ocasion que creía ofrecerse, bien porque le gustase el talle de Santiago, bien por ambos motivos, o bien últimamente por razones sobre las cuales podran hacerse despues conjeturas mejor fundadas, le tomó como por casualidad la mano, batiéndole una seña i diciendo algunas cahazas alusivas al peligro de que acababa de librarlo su pupila. Esto bastó para que Santiago empezase a sentir su natural susceptibilidad, i a considerar como agradable la retreta.

Ya los músicos iban adelante, i la jente, estendiéndose por la calle, los seguía. Al lado de Santiago iba su defensora, a quien parecía abandonar la mujer que la acompañaba i que tan afectuosa con él se habia mostrado. Este se inclinaba de cuando en cuando por ver a aquella la cara, que su imajinacion le Iba iluminando con los rasgos mas interesantes de la belleza; pero en sus tentativas solo lograba ver parte de las cejas cuando ella salía de la sombra que hacían los tejados i recibía la débil luz de la luna que ya cataba ocultándose. Sin embargo el airoso i casi elegante continente de esta jóven, sus movimientos graciosos, pero mas que lodo, cierta timidez, susto i vergüenza que se dejaban traslucir apesar de ella misma; inflamaron de tal suerte la sangre de Santiago, que ya no fué dueño de evitar el seguir, aunque a ciegas, aquel cortejo. Para ello empezó por perderse de su compañero, quien de repente hallándose solo, comenzó a buscarlo en vano por entre el tumulto, pensando que por alguna casualidad se habría estraviàdo. Primero se paró; luego volvió a mirar atras, a un lado i a otro, estirando el cuello para buscar por encima de las cabezas, la de su amigo. Todo fue inútil: Santiago no parecía i Dn. Juan se inquietaba en estremo previendo el peligro que aquel corría de perderse por las calles de la ciudad i tener por consecuencia que pasar la noche sin dar con su habitacion.

Hacia ya rato que la música iba por la plaza, en cuyos ángulos se estendian las bulliciosas cadencias de una contra danza acompazada por los solemnes dobles de las ocho. Dn. Juan continuaba buscando afanoso a su amigo, ya entre la jente que rodeaba a los músicos, ya entre la que se habia colocado en el altozano.

Ultimamente la retreta se acabó, toda la jente se fué retirando i Dn. Juan no sabia donde pudiera encontrar Santiago.

anterior | índice | siguiente