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CAPITULO II
LA RETRETA
LUEGO que refrescaron, que fui ya bastante tarde, Santiago
empezó a mostrarse impaciente por ir a tornar puesto en la retreta,
imajinándose que de concurso seria mui numeroso i que los puestos
eran mas o ménos preferibles; pues habiendo otras veces oído hablar
de las retretas de Bogotá, había llegado a formarse de ellas una
idea que se las representaba como algo de cierta importancia.
Antes de irse queria hacer embolar sus botas, afeitarse;
peinarse, i hasta salir en cuerpo; pero como venia de un clima
ménos frio que el de Bogotá, le hizo presente Dn. Juan que no le
seria fácil soportar así por primera vez una admosfera tan helada
como la de aquella noche. A esta razon añadió la instancia de que
saliesen ambos mas bien de ruana, cuyo traje, le dijo de un modo
enfático, suele ser mui socorrido en las retretas; i aunque
Santiago se deseperaba por quitarse la ruana, sabiendo que este era
en Bogotá el vestido de la clase ordinaria, por lo que deseaba
vivamente ponerse cuanto antes a lo cortesano; cedió al imperio de
esta reflexion, no obstante haber preparado ya el escaso atavío que
había traído para su decencia i que debia integrarse con lo que Dn.
Juan tenia que suministrarle, a cuyo efecto le había hecho ya las
Indicaciones convenientes acerca de todo lo que le faltaba.
Al fin salieron vestidos de ruana, dejando a los sirvientes
acomodar sus modestas camas en diferentes rincones que por entónces
tomaron el título de lechos, solo porque allí deja descansar i
dormir un cuerpo humano, bien que con tanta tranquilidad, que bajo
este aspecto no podía censurarse aquella denominacion. Los dos
amigos se encaminaron para la esquina en donde se acostumbra tocar
la retreta. Aún era temprano para eso; pero el concurso que poblaba
ya el altozano de la catedral, por el cual tenían que pasar,
reanimó en Santiago la curiosidad i el deseo que de escoger puesto,
se había apoderado de él, como un capricho infantil. Por este
motivo no quiso detenerse en el
|altozano, prefiriendo
acerearse lo mas pronto posible a la esquina de la retreta, i
aguardar allí las ocho de noche para oír comenzar la funcion, Fué
lástima, sinembargo, o, que no hubiera querido pasearse un rato en
aquel altozano, sitio de tantos misterios donde bien pronto habia
de pronunciarse su nombre.
Pocos momentos despues de haberse parado en la esquina, se vió
aparecer a lo lèjos un gran farol, que asegurado en la extremidad
de un palo, iluminaba con sus reflejos una enorme tambora cargada
sobre las espaldas de uno de los músicos que venia al lado del que
traía el enastado farolon: un luciente
|chinesco venia
tambien al hombro de otro músico; i su continuo campaneo hizo
palpitar el corazon de Santiago, que empezaba a considerar aquel
aparato como el anuncio de una solemnidad no ménos agradable, que
nueva i sorprendente a sus oídos, Apoyándose entónces contra la
pared, como quien se cansa de estar parado, manifestó a Dn. Juan la
estrañeza con que veía un farol tan luminoso en una noche en que la
luna, a, que no se habia ocultado todavia, dispensaba bien de la
molestia de cargarlo. Dn. Juan persuadía a Santiago de la utilidad
de llevar luz en las noches en que la luna apénas empezando, debia
ocultarse mui temprano, cuando se vió venir otro farol poco ménos
grande que el primero, que a la sazónya reposaba fijo en la
esquina; sostenido por el asta en las manos del que esclusivamente
estaba destinado a su manejo: una nueva tambora i un nuevo chinesco
vinieron con otros varios instrumentos; a ocupar sus respectivos
lugares en el sitio consagrado a la funcion, o mas bien, al que la
funcion se consagraba.
Sonó por último la campanada de las ocho; i una caterva de jente
de todas clases se aglomeró sobre el mismo sitio, entre el áspero i
destemplado toque de clarines, pífanos i tambores, que parecían
empeñados en imitar a su ¡nodo el funesto bullicio de las campañas:
por lo ménos así se lo hizo notar Dn. Juan a su compañero, para
hacerle Creer que tal estrépito, ademas de ser esencial de aquel
toque militar; no era de tan pésimo gustos i que la funcion
principiaba por una especie de golpe teatral.
En seguida se ejecutó por los clarinetes i demas instrumentos
una pieza cuyas armonías no pudieron ser atendidas por nuestros dos
espectadores; a causa de que desde el principio de su ejecucion se
propuso un hombre que tenian al lado, acompañarla silvando del modo
mas fastidioso que puede hacerlo un chambon de esta música vulgar.
Pero ni silbada la composicion pudieron hacerse cargo de ella
porque en una taberna que quedaba al lado de arriba, a dos o tres
pasos de distancia, cantaba uno a plena voz, acompañándose con un
tiple aun mas destemplado que sus gritos; los que, no es menester
hacerlo notar, carecían en su tono i en sus convinaciones de
armonía con los instrumentos de la retreta: En la tienda que estaba
del otro lado sostenia la tabernera una reyerta estrepitosa con dos
soldados de la guardia que acababan, segun decía ella, de romper no
sé que cosa, i habian hecho derramar un liquido, que bañando gran
parte de la calle, perfumaba con su olor fuerte i desagradable toda
la estencion en que por otra parte, el aire impregnado de esas
moléculas fermentadas, vibraba con las modulaciones agradables de
uno de los grandes maestros de la Escuela Moderna.
-En verdad, decía Santiago, que esta es positivamente la escena
del sonido.
-I tambien la del olfato, añadió Dn. Juan
-I hasta la del tacto diria yo, continuó Santiago que observaba
a la sazon a una muchacha que estaba cerca tomándole la mano a
hurtadillas, a un mozalvete de capote de calarnaco, mientras la
madre de aquella procuraba arrimarse a la pared para dejar libre el
paso a una familia que subia por la calle maldiciendo del concurso
que no la dejaba andar, i a la cual alumbraba un farol que
iluminando de paso notablemente a los circustantes, los puso en la
curiosa actitud de tratar de conocerse recíprocamente, viéndose las
caras en el momento en que pasaba la luz; mas como varios parecía
que andaban de incógnito, eludieron aquella impertinente
investigacion, los hombres embozándose hasta los ojos, i las
mujeres volviendo con disimulo las espaldas.
-¡Lucida reunion, Dn. Juan! dijo Santiago luego que paso el
farol; mas ¿ por qué les disgustará tanto la luz ?
-Es porque la luz siempre molesta los ojos mui delicados,
respondió Dn. Juan.
-Esas personas de los ojos tan delicados, continuó Santiago,
tendrán tambien el oído mui fino ¿ no es verdad ?
-Si, Sor.: i por eso les gusta la música i frecuentan las
retretas
-Con razon, si pueden oírlas sin la molestia de atenderlas, pues
yo los veo a todos conversando unos con otros, como si de la que
ménos se ocupasen fuese de oír la música; i esto es que aqui se
toca a las mil maravillas.
-No solo eso, Santiago; pues a todos agrada tambien mucho esta
mezcla tan vistosa de clases i de sexos, tan fraternal mente unidos
en Medio de una calle tan angosta i de un modo tan compacto.
-Si, Sor.; los ojos políticos de que hablabamos esta tarde
contemplaran las retretas como una especie de rato democrático
mientras los ojos morales demostraran: con ellas que la música
suaviza las costumbres.
-Por eso le decia yo, repuso Dn. Juan, que siempre. Concurro a
las retretas, porque son una costumbre mui suave. -A lo ménos, dijo
Santiago con desden, pueden considerarse como un momento de
distraccion.
-Sin duda. i si no, vea U. que distraída parece aquella Señorita
can el jóven que está a su lado.
-¿ Cual Señorita; que deseo mucho ver una Señorita? -Aquella que
con la roja brasa de su largo tabaco,, se al- canta a divisar desde
aquí.
-¿ Es una Señorita esa que tanto fuma?
-Si, Sor: es una Señorita, por lo ménos de retreta.
-¡Vaya! repuso Santiago con desprecio i acercándose a, una
muchacha que se había, reído maliciosamente de las últimas palabras
de Dn. Juan, se anuncia la tal Señorita con una liuda gracia.
-Si, Sor: aqui hai Señoritas que, han añadido a una de las tres
gracias, la gracia de echar humo, continuó Dn. Juan: acercandose a
Santiago que se le habia alejado un poco.
-No lo crerá U. ; pero...
Aqui tuvo que interrumpirse Santiago, quien a de vez fué
abandonado por Dn. Juan que corría a arrimarse a la parecí, para
dejar libre el paso a la banda de músicos que en medio de un
piquete bien armado, atropellaba sin reparo por entre la jente, que
con ménos reparo todavía, de precipitaba contra las paredes a uno i
a otro lacto, abriendo dócilmente de camino que se necesitaba i que
luego volvió a cerrarse.
-¡No hemos tenido un momento peligroso! dijo Santiago sacudiendo
de la ruana el polvo que le habia quitado a la pared. Ya se vé; no
dejamos aquí para los que tienen que subir o bajar mas espacio del
que ocupa el caño, i lo peor es que los desagradecidos se han
propuesto no usar de él.
-Vea U. unas Señoritas, dijo entonces Dn. Juan que deseaba hacia
rato datisfacer la curiosidad de Santiago, i no habia podido, piles
aunque con frecuencia van algunas Señoras a retreta, esa noche no
habia ido ninguna : las que Dn. Juan señalaba eran estrañas a la
funcion, i por la decencia con que estaban, se conocía que no
habiendo podido continuar de camino para alguna visita, por
estorbárselo la jente que esperaba la continuacion de la retreta en
otra música; se detuvieron a alguna distancia.
-Hacen mui buen de no acercarse mucho, dijo Santiago, que la
coda no es para alquilar balcones, si U. me permute Hablar con
franqueza, Sor. Dn. Juan.
-¡Qué : ¿ Se queja U, de la retreta P. repuso este : a m i me
parece que aquí se ha ejecutado cuanto puede exijir la música, por
decirlo así, de arte mayor. Vea U. aquel de la capa corta detras de
una de las Señoras de gorras i chales, que son una de las familias
mas ricas de Bogotá : cualquiera diria por de actitud que
representa una ansiosa
|aspiración; i mientras tanto, ha de
saber U. que una de las otras Señoritas está haciendo
|apoyaturas en una nota cuatro tonos mas baja, por lo
ménos. Mire U. este corrillo del frente: lo componen una madre i
una hija mui pobres, i un comerciante mui ruco; si U. lo oyera de
cercase formaría la idea de una buen difícil, pero deliciosa
armonía, en que el comerciante entonando la canzoneta, apénas
atiende al a
|non tropo presto de la jóven i al soprano del
si mordente dc la Señora. Vea U. este que viene tan embozado a
pasar por aquí despues de haber pasado cien veces; es el metrónomo
de la funcion. En esta esplicacion estaban cuando Santiago,
despojado de un puesto, iba a colocarse en medio dc la calle; pero
al hacerlo sufrió un fuerte sacudon, de uno que por venir con la
barba sobre el hombro, tratando de mirar a las mujeres que estaban
a suizquierda, no vela en consecuencia por donde iba -No me parece
de mui buen gusto su retreta, dijo San Santiago con un poco de mal
humor, i componiéndose el sombrero que habia perdido su lugar con
motivo del encuentro.
-Con todo, contestó Dn. Juan, esto es bastante filarmónico no
solo en la parte instrumental, sino tambien en la animada.
A este tiempo marchó la música para la plaza; i ese era el
momento en que debia desempeñar Santiago tambien su nota musical
entre el nuevo atropellamiento que causaba siempre la banda de
músicos al abrirse paso. Le tocó, pues, como al mas inesperto,
verificar una especie de
|estaccato en medio del caño; i
habria dado en tierra si no hubiese escapado haciendo veloces
|acciaturas sobre el hombro de una muchacha que venia por
la orilla del caño junto a él, i acompañada de una mujer que
representaba alguna edad.
Esta, bien por aprovechar la ocasion que creía ofrecerse, bien
porque le gustase el talle de Santiago, bien por ambos motivos, o
bien últimamente por razones sobre las cuales podran hacerse
despues conjeturas mejor fundadas, le tomó como por casualidad la
mano, batiéndole una seña i diciendo algunas cahazas alusivas al
peligro de que acababa de librarlo su pupila. Esto bastó para que
Santiago empezase a sentir su natural susceptibilidad, i a
considerar como agradable la retreta.
Ya los músicos iban adelante, i la jente, estendiéndose por la
calle, los seguía. Al lado de Santiago iba su defensora, a quien
parecía abandonar la mujer que la acompañaba i que tan afectuosa
con él se habia mostrado. Este se inclinaba de cuando en cuando por
ver a aquella la cara, que su imajinacion le Iba iluminando con los
rasgos mas interesantes de la belleza; pero en sus tentativas solo
lograba ver parte de las cejas cuando ella salía de la sombra que
hacían los tejados i recibía la débil luz de la luna que ya cataba
ocultándose. Sin embargo el airoso i casi elegante continente de
esta jóven, sus movimientos graciosos, pero mas que lodo, cierta
timidez, susto i vergüenza que se dejaban traslucir apesar de ella
misma; inflamaron de tal suerte la sangre de Santiago, que ya no
fué dueño de evitar el seguir, aunque a ciegas, aquel cortejo. Para
ello empezó por perderse de su compañero, quien de repente
hallándose solo, comenzó a buscarlo en vano por entre el tumulto,
pensando que por alguna casualidad se habría estraviàdo. Primero se
paró; luego volvió a mirar atras, a un lado i a otro, estirando el
cuello para buscar por encima de las cabezas, la de su amigo. Todo
fue inútil: Santiago no parecía i Dn. Juan se inquietaba en estremo
previendo el peligro que aquel corría de perderse por las calles de
la ciudad i tener por consecuencia que pasar la noche sin dar con
su habitacion.
Hacia ya rato que la música iba por la plaza, en cuyos ángulos
se estendian las bulliciosas cadencias de una contra danza
acompazada por los solemnes dobles de las ocho. Dn. Juan continuaba
buscando afanoso a su amigo, ya entre la jente que rodeaba a los
músicos, ya entre la que se habia colocado en el altozano.
Ultimamente la retreta se acabó, toda la jente se fué retirando
i Dn. Juan no sabia donde pudiera encontrar Santiago.
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