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Sol

 

| SOL

Doña Dolores, aquella señora alta, enjuta, amarillen­ta, no se cansaba de lamentar su viudez, la vida lleva­da a pujos, la miseria y el hambre, el trabajar como una negra, ella, criada en tánta delicadeza; y Pedrito, el di­funto y siempre recordado esposo, que no la dejaba mo­ver una paja, que la mantuvo siempre como oro en pol­vo, ahora sola, sin apoyo en la vida y con tres hijas¡ Elena, la mayor, tan histeriquienta, tan Dios me lleve y Dios me traiga, que por lo achacosa de nada le servía; Eulalia, tan delicada, tan jullera, que no levantaba cabe­za cuando le caía costura, y los sábados pegada de la plancha todo el día de Dios.... D. Pedro que se veía en sus hijas, que soñaba con mandarlas a educar a Me­dellín.... Soledad (Sol), que vino al mundo ya huérfana, que no gozó de su padre, criada a leche pedida, a quien tocó en suerte esa pobreza de "alfombrilla ', tan reveji­dita.... Hablando de ella siempre exclamaba, dolorida, la madre: "Qué tal que Pedrito la viera por ahí, hecha un arandel, plañendo aguamasas, cargando el agua y ha­ciendo mandados.... Y tan noble, además - añadía me­neando la cabeza - de pura cepa española" y no co­moquiera, que los nombres de la familia estaban ins­critos con letras de oro allá en Castilla la vieja.

En los primeros días de viudez, muchas atenciones, mucho socorro prestado con delicadeza para no humi­llarla: "Pero todo cansa en la vida", repetía Doña Dolores; y en el pueblo, que ella se hacía insoportable con su eterna cantinela.

-Gracias a Dios - era otro de los cantares de la in­feliz viuda - que con lo que se salvó del desastre se ha­bía podido comprar esa casito.

El desastre fue una fianza que el bondadoso marido vino en prestar a un su amigo, fianza que hubo de de­sembolsar, y una mina, de fama legendaria, que acabó de barrer con lo que había quedado. Pedrito tuvo de presenciar la venta de todos sus bienes en pública almoneda. A Da Dolores nadie le sacaba del magín haber muerto Don Pedro de tristeza.

La señora no exageraba: cuando no se la veía cla­vada en una mesa haciendo tabaco, era porque estaba doblada en cuclillas rayando yucas. Ella no entendía de otra cosa; y aunque entendiera, qué hacer sin prin­cipal? El tabaco porque se lo daba al fiado Don Salvador, que él y su esposa, Doña Rosaura, eran su paño de lágri­mas y sus amigos hasta las aras. Las yucas para el al­midón, negocio que no pintó mal en sus comienzos, sólo Dios sabe cómo se las había la señora para conseguir­las. Pero una su vecina, pensando que Doña Dolores se es­taba poniendo las botas con dichoso balance, dio en ha­cerle la competencia.

-Soy tan de malas, solía exclamar la señora con­tando la cosa, que si me pongo a hacer sombreros, nacen los hombres sin cabeza.

Elena, "la histeriquienta", cuando no era víctima de la soñera era porque se hallaba por ahí, en un rincón, rabiando de las muelas. ¡Qué nobleza ni qué pan caliente! Que la dejasen quieta. No así Eulalia: Ella sacude, barre, limpia, y así como Da Dolores la sepultura de su esposo, ella hermoseaba y perfumaba con flores el es­queleto de su miseria: en el patiecillo, rosales y gera­nios, y por todas partes, trastos inútiles, pensamientos, violetas y claveles. En Abril y Mayo las rosadas josefi­nas hacían de la casucha una tacita de flores. Doña Dolo­res lo proclamaba, que al trabajo de Eulalia se debía el poco vestir que vestían, y que por aquello de lo mal re­munerado que es el de la mujer, y por no tener siempre obra, cuando una de las hermanas mayores iba a misa, la otra tenía de quedarse en casa, que para las dos tan sólo había un calzado, una saya presentable y una man­tilla.

El linaje y su hermosura vengaban a Eulalia de las humillaciones de la pobreza. Desde niña demostró lle­var en la sangre el orgullo de su raza. Mezclarse ella en la escuela con "esas zambas .... ! " Y Dorotea (Tea) que la buscaba, que la asediaba. Pero la noble Eulalia hacer buenas migas con la nieta de Ño Telmo y Ña Socorro.... La familia de Eulalia era en el pueblo, en ese entonces, lo que pudiera llamarse la familia real; la de Dorotea, en­riquecida de la noche a la mañana - cuentan que por el hallazgo de un tesoro en viejo caserón - era motejada de piojo resucitado, a causa del alarde que hacía de su riqueza, la cual riqueza -murmuraban - en vez de cubrir, le hacía resaltar más lo bajo de su ralea. La chi­quilla Dorotea no se cansaba de hacer fieros a sus con­discípulas y amigas. Con el brazo extendido y sacudida de manos les repetía a diario:

-Chupen que en mi casa nos dan güevo entero y cacao sin harina.

-Chupen que en mi casa hicieron güevochimbo y cacao sin harina.

Si alguna niña estrenaba vestido o mostraba jugue­te nuevo, las cañas de la mocosuela! Que el traje que su mama le iba a hacer....; que la muñeca que su papa le iba a traer de Medellín....

¡Qué horror era Dorotea en la escuela! El fiscal que acusa sin cesar, que se goza en los castigos; el verdu­go que araña y empuja; el duende que vuelca tinteros, que raya dibujos y daña costuras; una verdadera tea - afirmaba la maestra - una urdemales hecha y dere­cha. ¿Sería eso el origen de la aféresis de su nombre?

El correr del tiempo no la curaba de sus broncas, y la ofianzaba más en la idea de que Eulalia la miraba de arriba para abajo; el por qué, Tea bien se lo sabía, pero se lo callaba. Ella se gozó con el derrumbamiento de la fortuna de Don Pedro, afirmando haber sido castigo de Dios por lo indomable y "creída" de su hija. Que se paraba en las uñas - decía de Eulalia - que Dios bien sabe lo que se hace, pues si no le quita los bienes de fortuna, se lleva por delante a media humanidad.

La juventud le negó sus encantos así como el naci­miento le había negado el tan anhelado rango. Seca de carnes, seca de tórax, encogidos los hombros y recta como un huso; de mirada negra, inquisidora y penetrante, Tea no tenía otro aliciente que las talegas de su padre; y era vox pópuli, que el dichoso padre no soltaría en vida un maravedí, ni dándole en el codo. Pretendiente? ni de mentirijillas, y menos linajudo, como Tea se lo soña­ba.... ¡Ah! si, contaban de uno - un pelagatos - que el progenitor de Tea rechazó, insensible a los lloriqueos de la hija y a las amenazas de depósito, que al revés de la enamorada doncella, no estaba el acaudalado padre por cargar con "un para nada" y con lo que Dios envia­ra después, en cambio de sangre azul.

Doña Dolores conservaba, amén de un amarillento ro­llo de papeles, donde campeaban con un escudo raso, rú­bricas, historiadas mayúsculas y renglones desteñidos de letra procesada, y donde ratones y cucarachas habían hecho de las suyas amén de eso, la señora conservaba las miniaturas en marfil de sus abuelos Don Rodrigo Ber­múdez de Castro y Doña María del Pilar Molina de Burgos, apellidos que con el tiempo vinieron a quedar en Cas­tro y en Molina mondos y lirones. Don Rodrigo afeitado a lo griego antiguo, flamante sendal por corbata y porte de caballero; Doña María del Pilar, hermosa, señorial, des­nudo el blanco pecho, alta peineta, a modo de diadema, cuajada de oro y perlas, rosas en los ondeados cabellos, collar y pulsera de ricas esmeraldas. Eulalia mostraba esos retratos envanecida, con la satisfacción con que Tea pregonaba el yantar de su casa - ese menú de arroz de leche, gallinas y capones - de que el tiempo no la había curado. Y Doña Dolores atrapando la ocasión por la melena, para rememorar lo de cuadrillas de esclavos, auge y riquezas de sus antepasados. La señora era li­beral - pecadillo que no le perdonaban en el pue­blo. - De que ser liberal era pecado, no la convencía ni el Padre santo de Roma. - Si lo fuera - argüía - no dijera en la Pasión: "Pues sois liberal dador".

En tiempo de exaltación política, primero dejara de salir el sol, que Doña Dolores de traer a cuento el saludo de Mosquera a Doña María del Pilar. Cuando el General, pariente de emperatrices, entró a Medellín bajo arcos triunfales, caballero en el cebruno de Don Tomás Uribe, charreteras de oro - cosa hasta entonces no conocida allí - y kepis con visera de carey relampagueante a gui­sa de casco antiguo, con todo y kepis al aire, el General saludó a la hermosa dama, que del balcón donde se ha­llaba correspondió el saludo dejando caer a los pies del caudillo una corona de hojas de laurel.

En tanto que por los lares de Tea nadie asomaba a arrastrar el ala, tuvo Eulalia la adoración de un joven médico - el Dr. Jorge, recién graduado en la Universidad Nacional, que fue recibido en el pueblo como llovido del cielo - La prensa capitalina subía al doctor a las nubes y le volvía a bajar; que ninguno como él había sa­bido andarse por los escondrijos de las anatomías, fisio­logías y clínicas. De que era poeta, ni una palabra; y lo era, y de los de verdad, al decir de los iniciados en el secreto; que el doctor como poeta no se había dado a luz. Su chef-d'euvre era un soneto; Los dos Arcanos (Tema de Remy de Gourmont). - Los dos arcanos eran la vida y la muerte, representadas, no por calaveras y criaturas, sino por un idilio de cuervos, habido por ahí en el costi­llar del mortecino de un caballo.

Eulalia heredó de su abuela - la Doña María del Pi­lar - ese aire de aristocracia antigua que va desapare­ciendo, que el pincel hace vivir, y que en balde persigue la burgués fotografía. Ese aire, la palidez anémica que transparenta el enredo de sutiles venas, los dientes incrustados en desteñidas encías, el orgullo no domado, todo era para el doctor la realización de un ideal, el ideal del poeta que canta "manos liliales y eucarísticas blancuras". Aquellos ojos verdes, misteriosos, de mirar soberbio y centelleo deslumbrador, los ojos que Mr. de Phocas buscó ansioso: "Es la princesa Eulalia - escribía a sus amigos - una belleza bizantina, áulica, ante la cual la carne pecadora permanece muda".

En el pueblo cundía la nueva del seguro matrimonio del doctor con la princesa Eulalia". Y Tea,; que no las tenía todas consigo, pronosticando: "En la nuca me lo derrito". Pero escarabajeándole si no sería preferible el linaje a la riqueza. En la intimidad de la familia sostuvo esas ideas alguna vez; y su progenitor, que no tenía muelas de corcho, mirándola un si es no es con lásti­ma y burla, replicó:

-Esta muchacha sí parece boba; se conoce que no ha padecido hambre.

La muchacha no podía convenir con el socarrón de su padre. - Mi papa - se decía para su coleto - es un viejo pasao. ¿De qué me sirve a mí que él tenga plata....? Y la pánfila de Eulalia, lambiendo ceniza y todo, ha lo­grado enamorar a un hombre como el doctor.

Y el Dr. Jorge, con el mostacho en forma de antenas, abrillantado por la húngara, con su blancura de Cristo de marfil ahumado por el incienso, con su mirar vago, con su cultura y acento importados de Bogotá, se le apa­recía a Tea como lo non plus ultra. Y las horas se le pa­saban a Tea contemplando la imagen en pleno arroba­miento

El Dr., cuando la curiosidad trataba de sonsacarle de su amor, se hacía lenguas de "la princesa Eulalia " jurando no haber belleza igual sobre la haz de la tierra; pero a la vez hacía profesión de fe declarándose parti­dario impenitente del celibato. Y cuando a solas recor­daba las bromas de sus amigos, solía exclamar:

-En estos pueblos salvajes, en esta maldita Antio­quia sobre todo, no tienen otro ideal que el matrimonio. La belleza, el arte, nada les importa.... Qué bonito, yo, todo un burgués arrullando muchachitos ...! Y mi viaje a Europa.... ja! ja!

Eulalia, por su parte, si halagada en su vanidad, mostrábase indiferente. Esa indiferencia tenía para el Dr. el encanto de lo impenetrable; y era para las ami gas de Eulalia, temor, nada más que el temor de quedar­se en berlina.

Tea, que no cabía entre el pellejo cuando oía lo de ser el doctor enemigo mortal del matrimonio, se lo ase­guraba a sí misma deletreando: "se queda la princesa Blancadehambre mirando para el páramo".

Tampoco cabía Tea entre el pellejo cuando dieron en decir que el doctor se ponía morfina; que por eso era tan pálido y tan incierto en el mirar; que por eso se le iba el santo al cielo, y que por lo mismo esos ribe­tes de esquivez y hurañía. "Qué lástima: tan buen mé­dico, tan caritativo. Esa Bogotá - añadían - que era un foco de corrupción...."

-Si se casa la princesa Blancadehambre - lo can­taba Tea - con un hombre así, se amuela, pues no hace más que salir de Guatemala para entrar en Guatepior.

Y en el pueblo aseguraban que Tea, con alma y vi­da, se colaría por las puertas de Guatepior.

A Sol, la niña magra, de labios desteñidos, de ojos tan negros, tan dulces, tan crespos, vestida siempre de sobras, a diario se la veía por esas calles, a tarde y a mañana, lloviera que tronara, llevando en brazos el ca­labazo, un calabazo con figura de aguacate, o al hombro el tarro de un cañuto de guadua, y el cesto de taba­cos, unos tabacos pequeños para señora, a siete por pe­so y al diez por ocho.

¡Y tánto como se los regateaban!

Pero nadie como Doña Pastora, la modista, una señora de mucha untaza, de ceño amargo, de lunar peludo en el mentón, rechoncha y papada fofa, casada y sin hijos. Contaban de ella que se anduvo por todos los santuarios en busca de imágenes milagrosas para conseguirlos; que tomó cuanto brebaje le propinaron médicos y curanderos y fementidas brujas, que, desengañada, acabó por no po­der ver niños, y que se le revestía el diablo al verlos juguetones haciendo las delicias de sus madres.

La Doña Pastora siempre había de ñutir los tabacos por simples o por amargos, porque no daban humo o por­que lo daban demás y porque tenían ripio. "El gusto a rincón" lo denunciaba. La niña, acostumbrada ya a ese constante gruñido, dejaba caer los párpados sobre los apacibles ojos, cual un velo orlado de sedoso fleco, y sólo se atrevía a protestar cuando se hablaba de ripio. "¡Echarle su mamacita eso a los tabacos!"

Los ascos que hacía la señora cuando Sol entraba en busca de aguamasa! "Apártese, niña, váyase con ese calabazo que apesta, y cuenta con chorrearme los ladrillos porque hastai duramos".

Sol lo soportaba todo con jobina paciencia: esa agua­masa era de las mejores, de maíz pilado y con afrecho, que era la pitanza de su gallina. Holgábase la niña, además, contemplando las cintas, los encajes y las vistosas telas que rodeaban a la modista, y los figurines de un periódico de modas que ésta pedía a Medellín cada año por la cuaresma. Sol era el único sér sobre la tierra que gozaba del privilegio de hojear ese periódico a su sabor y talente, y eso por imposibilitada de sacar provecho, que para los otros era el libro de los Vedas. A los figuri­nes se añadían las flores raras que la modista cultivaba, las mariposas y los tominejos que acudían al espacioso jardín. ¡Los anhelos de la niña por apañar un tominejo! Un clavel encarnado se llevaba los ojos de Sol, tanto, que la niña al fin se atrevió a pedir un hijito, y lo consi­guió, pero en cambio de muchos viajes de tierra, de una muy abonada que había en casa de Doña Dolores, y con la expresa condición de no propagarlo.

Ese día iba Sol, camino de su casa, radiante de feli­cidad; llevaba el clavel tan anhelado, y maíz para su gallina - regalo de Doña Rosaura - para esa gallina de estéril madrecilla, porque jamás lo había probado. Con ese maíz se tornaría en un pozo de huevos. No se había de comer ni uno aunque tuviera mucha hambre, que to­dos había de venderlos para comprarse un traje, el pri­mero que desde nuevo fuera suyo.

Entra a su casa anunciando los regalos. Pero ¡oh do­lor! halla a su madre y a Eulalia llorando a dos hilos de coraje, de vergüenza, de pena.

El caso fue que a Bárbara la pulpera de la esqui­na, a la gigantesca Bárbara de temblantes carnazas y almendras de oro en las orejas, le era deudora la pobre viuda de una bicoca. Bárbara no se cansaba de deman­dársela por la boca de un muchacho. Al tal muchacho lo recogió la pulpera de la calle, y a fuerza de coscorrones logró meterle en la cabeza que la llamase "mi sia Barbarita" ', y- no "mana Bárbara", como era costumbre y uso.

Da. Dolores se quejaba de zumbarle constantemente los oídos:

- Que a mi sia Barbarita, que le mande el trastecito. Ese día la mi sia Barbarita se apareció en persona, y echó por aquella boca:

-¿Qué corona tienen bustedes pa yo darles mi tra­bajo? Si están tan probes boten los zapatos y álcesen la saya, que qué hacer no falta.... A cuento de señoras, primero fruncen de necesidá que coger un atao de ropa y una pelota de jabón, y agarrar pa la quebrada. A diez pesos tan pagando la docena.... Ya me ven a yo con la pezuña en el suelo y lavando mondongos y haciendo de todo; y soy tan señora como la que más; muy tía, pa que lo sepan, aquí onde me ven, de esa arrempujosa Tea. Manque lo niegue esa rila en palito semos de la mesma canalla. A cuenta de que mi hermano se sacó un entierro ya no voltea a ver a naide de la casa la so pelada, El que se la dio se la puede güelver a quitar.... Por argullentas están bustedes como están.... Ya lo saben, si no me pagan hoy las llevo onde el alcalde; pa eso hay jus­ticia. ¡Les arranco mi plata go no me llamo Bárbara Be­doya! Y dando un revoloteo salió la Bárbara Bedoya llevándose los vientos.

Jamás por jamás llegó la señora a imaginarse que su miseria la llevara a tal extremo.

-Si es preciso pedir limosna de rodillas, la pido - exclama.

-Siempre es que yo he cometido un pecado muy grande.... ¡Cúmplase, Señor, tu santa voluntad!

-Es imposible mandar donde Salvador y Rosaura con todo lo que les debo.... ¡Si por ellos vivimos en esta casa....!

Clava los, ojos en la colcha de bayeta roja, una col­cha colonial con bordadura de vistosas flores.

-¡Qué van a dar por eso, Dios mío!

El chal, que decía ella, un rico mantón de Manila, le acude a la mente con sus pájaros y flores de primorosa bordadura.

-Si jamás me han ofrecido nada por eso.... Ni para hacerle un traje a la Virgen lo quisieron. Ni un calzado.... Nada, Dios mío! que merezca la pena.

¿La alta peineta de carey, la que adornó cual rica diadema a Doña María del Pilar? La angustiada señora lo recordaba: en un apuro semejante, para pagarle a la misma Bárbara, le había arrancado perlas y oro. "Talvez le dejé algo, pensó. Si Santa Ana me hiciera este mila­gro... Pero nada, el puro esqueleto.

-Madre mía, ilumíname!

La sopera de porcelana surgió del fondo de su imaginación: esa sopera fue el último regalo de Don Pedro, y era para la señora como la urna que guardara sus cenizas. ¡Cuántas veces había pensado en ella en sus necesidades! ¡Cuántas veces había desechado ese pen­samiento como tentación diabólica!

¡No había remedio! Todavía resonaban en sus oídos las palabrotas de la tía de Tea.... Se le había llegado la hora.

Los ojos de Sol se iluminan, corre y coje su gallina, esa gallina que iba a darle huevos y más huevos, y mi­rando a su madre con las ascuas de sus grandes ojos, barbota:

-Yo vendo mi gallina, mamacita, Doña Rosaura me da cuarenta pesos por ella. No llore....

-¡Cita mi hija¡ tiene el corazoncito en la mano co­mo su papá, que por eso nos encontramos como nos en­contramos. Y Rosaura sí la compra. Es tan buena y ahora la necesita.... pero tan flaca; si no pesa una pluma, aña­de sopesándola.... Cuando vendamos el marrano le compro su trajecito; es lo primero que hago. Ya es justo ma­tarle ese antojo.

Sol, para darse el gusto de ver comer a su gallina, le puso el maíz por delante.

-No sea boba, mi hija. Deje el maíz para el marra­no, que ya la gallina va a ser de otro.

Elena, saliendo de su marasmo, refunfuña al oír lo de traje para la niña: ella nunca exigía nada, y por eso lo primero que debía hacerse con la plata del animal, era ponerle los dientes; que ya no aguantaba más esos raigo­nes ni esas cocas de muelas.

La mirada de Eulalia, esa mirada siempre sober­bia, tórnase despectiva para Elena, y acariciadora y dul­ce para Sol, a quien abraza, prometiéndole trabajar mucho, día y noche, para sacarla de ese estado de Ceni­cienta.

El padecer de Sol, sus ansias y deseos en tiempo de exámenes! Con el tarro al hombro o abrazando el calaba­zo se paraba a mirar alelada la fila de niñas que iba ta­coneando, cual un reptil de plumas, cintas y flores.

¡Ah si ella tuviera papacito, también iría allí con sombrero como el de Camila, la niña de Doña Rosaura, y con flotante banda. Y esforzándose por contener las lágrimas, que ya le rodaban por las exangües mejillas, mur­muraba:

-¡Si mi Diosito quisiera!

Allí iban las niñas con quienes jugó de señora arras­trando los trajes de sus madres y haciéndose visitas, o de cocinero, moliendo tierra.... y la pizingaña. En la pizingaña, Sol siempre abogaba por el nombre de María Estrellita. No le valía la observación de ser reconocida por el niño picado del gallo. ¿Qué le hacía que fuera el caballito elegido? Cuántas veces, abandonado por ahí el tarro de agua u olvidada del mandado, se entretenía en aquellos juegos sin percatarse de la ansiedad de su madre por la tardanza y la sequía, ni del regaño que la esperaba. Los temores, luego que todo acababa, las vaci­laciones para regresar a la casa, las mentirijillas: que las sirvientas apoderadas de la pila; que la señora del recado en la iglesia o de visitas. Y aquellos propósitos de enmienda, idos cuandos la tentación volvía.

La escuela, a donde fueron sus compañeras de jue­go, quitando las tentaciones, la separó de ellas. Sol se lo pasaba cual una bestiecilla uncida al yugo del trabajo. No por antojanza, enhambrecida, se buscaba ella por esos setas el tierno cogollo del rosal campesino, el cordoncillo, y las moras, los mortiños, que escaparon a los pajaritos, y los tabaquitos de helecho, que fumaba en el secreto del muñequero. No tenía más que la muñeca, una muñeca que ella misma farfulló en los instantes hur­tados al trajín de su pobreza. Aquella muñeca de larga cara, sin pescuezo y sin mentón, blanca como el trapo de que fue hecha, dos nudillos de hebra negra por ojos, dos bastas por cejas, dos de hilo colorado por labios, dos chaquiras por orejas, una señaleja por narices; sin manos los abiertos brazos, sin pernas, largaruta, de hi­lacha de merino por cabellos, era la amiga de Sol. Hol­gábase la niña dándole palique, hoy un nombre y ma­ñana otro. Era la poseedora de sus secretos, de sus sue­ños y deseos. Como aquella familia, la muñeca era de pura cepa española, y su nombre también e taba inscri­to con letras de oro allá en la legendaria Castilla.

Una graciosa fotografía, de sabe Dios qué hetaira, era el retrato de la muñeca, y la cocinera, una negrita de pera, que tenía la virtud de metamorfosearse en lo que a la niña le viniera en talente. Amazona la muñeca en la bellota de borrachera, la negrita era convertida en sombrero. Una Santa Teresa - regalo del boticario - avisa­dora de droga milagrosa, decía lo rezandera de la muñe­ca, la cual se hacía el tocado delante de una brizna de espejo que su dueña recogió en un basurero.

Cuando Sol sabía que alguna señora era madre, la Virgen había de traerle niño a la muñeca; y el recién na­cido, de llamarse Jorge como el médico.

-Cuando a yo me nazca un muchachito - le susu­rraba la niña a su amiga de trapo - también lo voy a poner Jorgito. Que el doctor era su novio - agregaba – y que cuando se casaran, las dos tendrían muy bellos trajes, sombreros y dijes sin cuento.

Ninguna asistenta como Sol: ella estaba a1 tanto de esa higiene tradicional: tapada de rendijas para que el maléfico viento no colase; la gallina y el chocolate - pétalos de flores en agua coloreada, en cualquier brizna de trasto - bien tapados también para que ni el airee ni el sereno los tocaran.

-La gallina de hoy - decía acariciadora a la enfer­ma - estaba un primor de gorda; todo el caldo se lo tiene qué tomar; está muy sabrosa ...! y con cominos frescos y todo. Hoy no va a ñutir como ayer; pruebe esa rabadilla.... Y esté tranquila: el doctor dijo que lo del niño no es nada; que le untemos aceite de canime en el ombliguito, y que si a usté le vuelve el dolor de cabe­za, suponga dos hojas de aroma en las sienes con sebo de Cuba.... Y los arrullos, y las cantarrias para dormir a Jorgito, y las retiradas a la chita callando con el dedo en los labios para no despertarle....

-El día que moría algún niño, en el pobre muñequero de Sol había angelito. Sol, sirviendo de lengua a la madre dolorida, contaba entre ayes y suspiros el achaque de Jorgito y todo lo que se le había hecho. La muñe­ca - esclava de los santos por las promesas que había mandado - debía resignarse, porque la muerte de un chi­quito es un favor del cielo. Jorgito ya estaba asegurado, y a Virgen, que era tan buena, le mandaría otro.

No había matrimonio de viso sin que la muñeca se metamorfosease en desposada. ¿El novio? La negrita de cera con pantalones. Lo importante era que la muñeca, con todas sus galas apareciese en escena. Allí estaba el albo cáliz de la misericordiosa borrachera para traje nupcial, y los retales recogidos en casa de la modista pa­ra rico ajuar. Los regalos llovían. El magnífico, el del doctor, que era el primer padrino, el pie de una copa de vidrio con ramillete de flores. El doctor siempre ofre­cía el brazo a Sol para llevarla a la mesa, y el que echa­ba el gran brindis.

Sol, en tono confidencial, se lo decía a la muñeca:

-El doctor me ha coquetiado hoy mucho; me dijo que yo era su novia, y que apenas esté grande nos ca­samos. Desde ahora la convido a la fiesta aoye....

Contarle a la muñeca el cuento de María Estrellita, era el mayor de los encantos de la niña:

"Estas eran dos muchachitas: la una no le hacía caso a la mamá, le robaba los bizcochos y el chocolate sin harina y el quesito; no le dejaba parar nada; no se deja­ba sacar ni las niguas ni los piojos; la mudaban y en el momento estaba hecha un terrón de mugre; le pegaba a la hermanita y le quitaba las cosas y la arremedaba; se dormía sin rezar naitica, y metía la cucharada en las conversaciones de los grandes; le hacía gestos a la ma­má cuando la regañaba y le botaba la pretina, y le de­cía vieja; se revolcaba en el suelo cuando no le daban lo que quería; sapotiaba las bandejas en la mesa y no iba a la escuela, sino que se estaba por ai mataperrian­do y se ajuntaba con las sirvientas. Era muy mala. Y la mamá decía que esa muchacha la iba a enloquecer.

La otra muchachita era muy formalita y muy queri­da; iba a la escuela, le hacía caso a la madre, no ensu­ciaba la bata, no lloraba cuando le sacaban las niguas ni cuando la peinaban, rezaba el Bendito y le pedía la ben­dición a la mamá y no era callejera. La mamá le decía que la Virgen la quería mucho, y que cuando se murie­ra, se iba derechito al Cielo sin chambuscarse las alitas.

Un día mató la señora una gallina, y la muchachita formal le pidió las tripas para hacer unos choricitos. Y las estaba lavando en la quebrada cuando se le fue una, agua abajo. Se puso la muchachita lo más tristecita a buscarla, cuando se encontró con un gallinacito, y le dijo:

-Gallinacito, ¿por aquí me ha visto pasar una tripita?

-No, buena niña, más abajito está una viejita que le dará razón. Bueno, y siguió la muchachita.

Fue y allá estaba la viejita.

-Nó, buena niña, más abajito está un viejito que le dará razón. Bueno, y siguió la muchachita.

Y el viejito le dijo que fuera a una casita onde esta­ban unos muchachitos: pégueles, ensúcieles la cara, apá­gueles la candela y hágales hartísimos males.

La niña fue y los lavó, los peinó, les sacó las niguas, les barrió la casita, juntó la candela y les hizo mazamo­rra y les dio, porque estaban muertecitos de hambre.

Cuando la niña volvió, le dijo el viejito:

-Hija, ¿hiciste lo que te mandé?

-Sí, señor. Pero el viejito sabía que no había hecho lo que él le dijo, porque era el Señor, y antós le puso la mano en la frente el viejito y le quedó una estrella de lo más linda, que le resplandecía.

(Los ojos de la cuentista se iluminaban como estre­llas).

La madre y todos se encantaron de verla tan hermosa con esa estrellita, y la hermana mala bregaba por arrancársela para ella, pero más se le prendía; y le echaba tierra y se la estregaba pa que se le borrara, y más le relaunpaguciaba, y antós comenzó a llorar pa que la mamá matara otra gallina y le diera las tripas.

Se fue y las echó toítas agua abajo.

Se encontró con el gallinacito, y le dijo con muy ma­los modos:

-Gallinazo, ¿por aquí me has visto pasar unas tri­pas?

El gallinacito le contestó como a la otra.

Y a la viejita, que era la Virgen, también le dijo con muy malos modos:

-Vieja, ¿por aquí me has visto pasar unas tripas?

Y ella le dijo que le preguntara al viejito. Al viejito también le dijo viejo, y él la mandó que fuera onde los muchachitos y les hiciera hartos males. Se fue y los aca­bó a palmadas y los aruñó y les jaló el pelo, les lastimó los enconos, les quebró la ollita de mazamorra y se vi­no arremedándolos.

El viejito le dijo:

-Hija, ¿hiciste lo que te mandé?

Sí (sin decirle sí señor, ni nada) y le puso la ma­no en la frente y le salió un cacho así largo, largo como un cacho de vaca.

(El terror se pintaba en el semblante de Sol).

Cuando volvió a la casa eran todos espantados de verla con ese cacho; y fue por mala-ley que mi Dios se lo puso. Figúrese que los muchachitos eran unos ánge­les del Cielo. Y en eso me vine yo".

Así como al asceta, los siglos que estuvo oyendo el canto del pajarillo enviado de la gloria, a Sol se le vol­vían instantes los ratos consagrados al muñequero.

Muchas veces la madre misma se embelesaba, oyéndola y, compadecida, prescindía de ella; otras, muy ha­lagadora, la llamaba:

-Uste es mi María Estrellita, venga, mi hijita.

Otro de los regalos de la niña era oírse llamar por su mamá María Estrellita.

Pero cuando el esqueleto de su miseria se le presen­taba, sin hallar puerto a dónde arrimar, la señora, deses­perada, grita y amenaza quemar el muñequero. La niña, temblando, se multiplicaba en sus tareas.

En esos momentos solía la señora irse al cementerio: era su mayor consuelo llamar al esposo y contarle, llo­rando, de sus cuitas, suplicándole le sirviera de abogado allá en el cielo. Sol, que no desamparaba a su madre, lloraba acongojada viéndola llorar.

Cuando Sol veía de paseo a las niñas de la escuela, tocadas con sus pavas y de pañolón, llevando en los cestos el apetitoso fiambre, se abrazaba a las rodillas de su madre, suplicante:

-Mamacita, ah bueno quién estuviera en la Es­cuela!

La palabra "imposible", envuelta en un suspiro, sa­lía de los labios de la señora.

-Ojalá! A las otras les tocó porque su papá vivía. Algún día, m'hija: Dios no se ha acabado, y Santa Ana nos socorre. Hay la mantengo prendida.

 

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