1o. de septiembre
Cinco meses sin haber escrito aquí una línea. Fue un
estímulo apenas la noche de delicias pasada con Nelly, una gota de
licor para el que agoniza de sed, ¡sed non satiata! Me excitó,
bebimos, me emborraché, y ahora tengo en el alma el dejo que queda
en el cuerpo después de una borrachera. El baile tuvo por objeto
deslumbrarlas, y de tal modo las deslumbró, que cuando amaneció y
las últimas notas de la orquesta vibraron en la atmósfera de los
salones impregnados de emanaciones humanas y del melancólico
perfume de las flores moribundas, ya había besado las tres bocas
codiciadas y obtenido de ellas la promesa de las tres citas.
Suntuosa fiesta, al decir de los diarios
bulevarderos, que me fastidiaron con los detalles del lujo en ella
desplegado por le richissime americain don Joseph Fernández et
Andrade. ¿Suntuosa fiesta? No sé, pero, en todo caso, un poco más
elegante y más artística que las que he alcanzado a ver hasta hoy.
Digo más artística, porque en los salones que amueblaban y
ornamentaban objetos dignos de figurar en cualquier museo, y en el
hall, decorado con exóticas plantas y raras flores, se oyeron los
penetrantes sones del violín mágico de Sarasate, las quejas de la
guitarra incomparable de Jiménez Manjón y vibraron las cálidas
notas, que al decir de Monteverde, cuestan a libra esterlina cada
una, de la voz del tenor a la moda. Digo más elegante porque una
parte del París frívolo y mundano, que por la tarde se exhibe en la
Avenida de las Acacias y se da cita, en las noches de estreno en
los grandes teatros, codeó en ella por unas horas al París artista
y pensador, que vive encerrado en los talleres, en los gabinetes de
experimentación o doblado sobre las páginas que pasado mañana serán
el libro a la moda. Según decires, la concurrencia salió
sorprendida de las exquisiteces de la mesa y la calidad de los
añejos licores. Un murmullo de aprobación corrió por las salas,
cuando al mariposear el cotillón agitando en ronda rítmica sus alas
de cintas y gasas, se repartieron los regalillos a los
danzantes.
La impresión verdaderamente grata que tuve fue ver
mezclado lo más distinguido y simpático de la colonia
hispanoamericana con lo más linajudo y empingorotado del
aristocrático barrio. Logré que los compatriotas que honran a la
Tierra con su ciencia, Serrano el filólogo y Mendoza el estadista,
dejaran su encierro claustral para asomarse aquí por unos
instantes. Duquesas vejanconas de tantísimas campanillas y
retumbantes nombres, cuyo origen remonta a la Roma de los
Antoninos, paseáronse al brazo de generales, expresidentes de
nuestras repúblicas, que ostentaban uniformes más de oro que de
paño; hubo miembro del Jockey Club que le hiciera la corte a una
chicuela recién llegada, que tenía todavía en los ojos el recuerdo
del cielo del trópico y en los oídos el rumor de la brisa entre los
cafetales, y hasta se divirtió el grupo donde lucían la calva de
Manouvrier, el filósofo espiritualista, las arrugas de Mortha, mi
exprofesor de arqueología egipcia, y el monóculo del novelista
psicólogo, autor de «Los Perfiles Femeninos», que, despreciando esa
noche a las mujeres, que preguntaban por él para hacerle la corte,
fue a esconderse entre aquellas anticuallas y a conversar con el
doctor Charvet, que me dijo, al pasar por cerca de él, golpeándome
el hombro:
‑Así se hace. Goce usted suavemente de la
vida, amigo mío; goce usted suavemente de la vida.
¿Qué me importó el éxito de la fiesta?... Si mi
lucidez de analista me hizo ver que para mis elegantes amigos
europeos no dejaré de ser nunca el rastaqouère, que trata de
codearse con ellos empinándose sobre sus talegas de oro; y para mis
compatriotas no dejaré de ser un farolón que quería mostrarles
hasta dónde ha logrado insinuarse en el gran mundo parisiense y en
la high life cosmopolita?
Eso no impidió que las tres mujeres concurrieran y que mi plan
se realizara.
¿Y eso qué me importa, si ninguna de las tres ha
podido darme lo que le pido al amor, y sólo me queda hoy el orgullo
de haber seducido en unas horas a las tres bellezas de quien nadie
se atrevería a sospechar y que la concurrencia entera designó como
las tres reinas de la fiesta?
¿Y eso qué me importa, si yo no vivo para los demás,
sino para mí mismo, y si ese triunfo no me satisface, porque sé que
tal vez ellas mismas ignoran las razones que tuvo cada una para
entregárseme y para colmarme de caricias locas?...
¿Y qué me importan esas ideas sobre el amor, ni qué
me importa nada, si lo que siento dentro de mí es el cansancio y el
desprecio por todo, el mortal dejo, el spleen horrible, el tedium
vitae que, como un monstruo interior cuya hambre no alcanzara a
saciarse con el universo, comienza a devorarme el alma?...
¡Vosotros conocisteis ese mal sin nombre y sin
remedio, patricios romanos que, hartos de los goces de la carne,
ahítos de las declamaciones de los filósofos y de los versos de los
poetas y de las creaciones del arte heleno y latino, abandonábais
los triclinios de marfil recubiertos de púrpura, sobre los cuales
caían en lluvia las arom
osas esencias y las rosas de Poestum, tirábais al suelo la áurea
copa cincelada, llena de vino de Chypre, y la corona de rosas que
os ceñía la frente y, despreciando la sensual delicia que os
brindaba la cortesana desnuda a vuestro lado, corríais a buscar en
la despreciada enseñanza de los rudos discípulos del Nazareno, en
la práctica de la pobreza y de la humildad, una fe nueva y una
esperanza sublime que os hiciera cambiar de vida, abrazaros a la
cruz, desafiar las iras del Emperador y, transfigurados por el
éxtasis, ir a esperar la hora de la muerte bajo las garras de los
leones, sobre la arena ensangrentada del circo!
¡Ah! sí, eso fue entonces. En nuestra época mediocre
y ruin no queda camino abierto para las almas del temple de las
vuestras, que siente lo que sentisteis. Lo sublime ha huido de la
Tierra. La fe ciega que en su regazo de sombra les ofrecía una
almohada dónde descansar las cabezas a los cansados de la vida, ha
desaparecido del universo. El ojo humano al aplicarlo al lente del
microscopio que investiga lo infinitesimal y al lente del enorme
telescopio que, vuelto hacia la altura, le revela el cielo, ha
encontrado, arriba y abajo, en el átomo y en la inconmensurable
nebulosa, una sola materia, sujeta a las mismas leyes que nada
tienen que ver con la suerte de los humanos. Sutiles exegetas y
concienzudos comentadores estudiaron los viejos textos sagrados y
los analizaron descubriendo en ellos no las palabras, que son el
camino, la verdad y la vida, sino las sabias prescripciones de los
civilizadores de las naciones primitivas y la leyenda forjada por
un pueblo de poetas. El cadáver del Redentor de los hombres yace en
el sepulcro de la incredulidad, sobre cuya piedra el alma humana
llora como lloró la Magdalena sobre el otro sepulcro.
«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado
sea tu nombre...». La oración que la santa de las guedejas de plata
me enseñó de rodillas cuando apenas podía balbucirla, viene a mis
labios de hombre y no la puedo rezar. ¡Tú estás vacío, oh, cielo,
hacia donde suben las oraciones y los sacrificios!
¡Neomisticismo de Tolstoi, teosofismo occidental de
las duquesas chifladas, magia blanca del magnífico poeta cabelludo,
de quien París se ríe, budismo de los elegantes que usan monóculo y
tiran florete; culto a lo divino, de los filósofos que de
struyeron la ciencia, culto del yo, inventado por los literatos
aburridos de la literatura; espiritismo que crees en las mesas que
bailan y en los espíritus que dan golpecitos, grotescas religiones
del fin del siglo XIX, asquerosas parodias, plagios de los antiguos
cultos, dejad que un hijo del siglo, al agonizar éste, os envuelva
en una sola carcajada de desprecio y os escupa a la cara!
Es esa hambre de certidumbres, esa sed de lo
absoluto y de lo supremo, esa tendencia de mi espíritu hacia lo
alto, lo que he venido engañando con mis aventuras amorosas, como
engañaba mi sed de éstas con las jugarretas de las últimas noches
de castidad. Pero el hambre de creer no hay con qué saciarla que no
sea con la creencia misma... ¿Y en qué creerás, alma mía, alma
melancólica y ardiente, si los hombres son ese miserable tropel que
se agita, cometiendo infamias, buscando el oro, engañando a las
mujeres, burlándose de lo grande, y si ya murieron los dioses?
Quizás el Amor tuvo sabores acres y extáticos que
pudieran reemplazar a la fe. El de lo místico vino en las rudas
épocas medievales, y en la expansión grandiosa de pasiones que fue
del Renacimiento. Amar temblando, porque al través de la puerta de
la alcoba, tibia y perfumada por los besos, se oía el ruido de los
pasos y de las armas de los matones enviados por el marido, que
subían a vengar la afrenta; amar orando, porque la Dama revestía
aspecto de Madona; amar sin satisfacer el amor e inmortalizando el
nombre de Ella en canciones o en estatuas, ser Benvenuto Cellini o
Godofredo, Alighieri, Petrarca o Miguel Angel, cuando Ellas se
llamaban Beatriz Portinari, Laura o Vittoria Colonna, fue empresa
de hombres; pero hoy, en estas sociedades decrépitas, en que el
adulterio es fácil y practicable sin peligro, como un sport; en que
la vida de la mujer es toda entera una lenta y gradual preparación
para la caída y en que los maridos vienen a visitar al afortunado
para pedirle favores, es miseria indigna de un hombre.
Tal vez mi misantropía me lleva a juzgar a esos
infelices engañados peor de lo que merecen. Habrán creído que lo
que vieron la noche del baile fue un flirt sin consecuencia y
explotable para ellos gracias a mi juventud y a mi dinero; pero lo
cierto es que las circunstancias se han enlazado de tan extraño
modo, que se necesitaría benevolencia de santo para no juzgarlos
como los juzgo, por lo menos como unos imbéciles.
Oye, Pepillo, me dijo el amigo Rivas, usando el antipático
nombre con que me llama; vengo a pedirte un favor que sólo tú
puedes hacerme.
‑Estoy a tus órdenes, le respondí, creyendo
que se trataba de un duelo en que debía acompañarlo como testigo, y
sorprendido de oírlo hablar así... ¿Tomas café?.., añadí,
ofreciéndole, porque tomaba el mío, acabando de comer en el cuarto
de fumar, cuando entró como un huracán, y con aire agitado y la
respiración anhelante.
‑No, no tomo; me pone nervioso. Oyes, Pepe:
vas a hacerme un serviciazo, de esos que sólo a un amigo íntimo se
le pueden pedir. No me lo niegas, ¿eh?, añadió, entrecortado;
júrame que no me lo niegas.
‑Si te digo que estoy a tus órdenes.
‑¿Conque dejas de ir a Fausto por ayudarme?
¿No tienes plan para esta noche?... Bien, ¡cómo te lo agradezco!
Pues, mira: tenemos cuatro, Amorteguí, Rodríguez, Saavedra y yo una
cena con cuatro mujeres, pero de lo fino, ¿oyes?... cuatro
horizontales que te quedarías bobo si te dijera los nombres...
¡cuatro de lo bueno!, ¡y suponte la que se me atraviesa! Consuelo
está indispuesta y no tengo quién me la acompañe y me da pena
dejarla sola. Ya ves... Y eso de quedarse uno conversando con su
mujer, porque ella se siente débil y de acostarse a las once,
después de tomar el té, cuando tiene entre manos una cena con
cuatro tipos como Rodríguez y con cuatro mujeres así, de lo fino...
No, si estaba desesperado. A fuerza de cavilar mientras comíamos,
se me ocurrió la cosa; ¿no ves?... Yo me vuelvo a casa, porque le
dije que salía por un momento; entras tú de visita y te haces el
afanado; me dices que Amorteguí me estaba buscando con urgencia en
el bulevar, porque tiene que hablar conmigo esta noche de un
negocio. ¡Te juro que es ella la que me hace salir! Me voy y tú me
la acompañas hasta lo más tarde posible, ¿no?, para que no caiga en
la cuenta de la hora a que vuelvo, si se desvela, como le sucede
casi todas las noches. ¿Qué tal el plan, eh? ¿Cómo te parece mi
combinación? ¿Admirable, cierto?... Me ayudas...
‑Admirable..., le dije. De mil amores; me
tienes allá dentro de media hora a lo sumo, y salió hecho unas
pascuas, retorciéndose los bigotes y sintiéndose un Maquiavelo.
‑¿Qué primor me trae usted ahí?..., me
preguntó la dejativa y lánguida criatura, cuando después de salir
el otro, nos quedamos solos en el cuartico donde recibe a sus
íntimos. ¿Alguna de esas cosas que sólo usted encuentra?..., dijo
para disimular la turbación en que estaba al sentirse sola conmigo
después del beso delicioso cambiado en el fondo del invernáculo
desierto donde me la llevé por unos segundos la noche del baile, y
de los juramentos de amor con que lo acompañé.
‑¿Qué primor me trae, José?... ¿Flores? ¡Dios
mío, flores rosadas de las de Guaimis!... Las mismas, dijo, toda
trémula, como acariciando con los ojos el ramo de orquídeas que se
había puesto en las rodillas, y que acababa yo de formar en el
invernadero al salir de la casa... ¡Dios mío!... ¿y dónde consigue
usted flores de nuestra tierra en París, José?...
‑En casa, Consuelo, le dije, sentándome a su
lado, sobre la misma turquesa de donde se había levantado al verme
entrar unos momentos antes. En casa, Consuelo... Desde una tarde,
hace nueve años, tengo siempre, esté donde estuviere, unas plantas
que cuido mucho para que den flores de ésas... desde hace nueve
años y desde una tarde, dije, mirándola, para ver el efecto de las
sugestiva frase que había estudiado desde el momento en que el
astuto Rivas me contó su plan en el cuarto de fumar.
Se puso pálida, más pálida que lo está siempre; le temblaron las
manos y los labios, y bajó los ojos al suelo.
Nueve años antes, casi niños ella y yo, una tarde
deliciosa, una tarde del trópico, de esas que convidan a soñar y a
amar con el aroma de las brisas tibias y la frescura que cae del
cielo, sonrosado por el crepúsculo, volvíamos por un camino
estrecho, sombreado de corpulentos árboles y encerrado por la
maleza, al pueblecillo donde salía a veranear su familia. Nos
habíamos adelantado al grupo de paseantes. Yo, diciéndole que la
adoraba, recitándole estrofas del Idilio, de Núñez de Arce, y
sintiéndome el Pablo de aquella Virginia vestida de muselina
blanca, que apoyaba su bracito en el mío.
‑Quiero flores de ésas, me dijo, mostrándome
un ramo de parásitas rosadas que colgaban de la rama de un arbusto,
y al entregárselas, en la semioscuridad del camino, donde el aire
era tibio y volaban las luciérnagas y aromaban los naranjos en
flor, la cogí en mis brazos y la besé con todo el ardor de mis
dieciocho años, y ella me devolvió los idílicos besos con su boca
virgen y fresca.
‑Son flores de Guaimis, Consuelo, le dije...
Desde esa tarde tengo siempre plantas de esas en casa para respirar
en su olor el beso de entonces, que ha sido el minuto más feliz de
mi vida. Desde entonces hasta la noche en que, viviendo, ya aquí,
supe que usted se había casado con Rivas, no ha habido un solo día
en que no piense en usted con la misma ternura. Si su padre no se
hubiera reído entonces de mi amor, porque era yo un niño, y no me
hubiera prohibido volver a su casa, como lo hizo, ¡qué feliz
hubiera sido y qué distinta mi suerte! Entonces me amó usted, no me
lo niegue; déjeme creer que fue así; después me olvidó. Ojalá
hubiera hecho yo lo mismo. Antes de anoche, al verla a usted en
casa, entre las verduras del invernáculo, con ese vestido de
muselina blanca que la hacía parecida a la que me hizo feliz con su
cariño de niña, y al sentirme cerca de usted, me olvidé de todo, me
sentí el de entonces, sentí por usted el mismo amor de ese
instante, aumentado por nueve años de pensar en usted, y tuve la
audacia de robarle un beso, que fue un éxtasis... Ahora vengo a
pedirle a usted perdón, Consuelo, por esa audacia sin nombre, y se
lo pido en nombre de nuestro amor de niños, y de rodillas...
Consuelo: ¿me perdona?, continué, ya arrodillado, al pie de ella y
besándole las manos, que me abandonaba, inertes. ¿Usted, con toda
su dulzura, no le podrá perdonar a un hombre que la ha adorado toda
su vida y que no hace más que soñar con usted, que le hable así,
porque no puede callar por más tiempo? Dime, añadí, volviendo al
tuteo delicioso que usábamos cuando niños; dime, Consuelo: ¿no ves
que te adoro con toda mi alma?, ¿no comprendiste que la fiesta de
la otra noche no tuvo más objeto que verte en casa, que sentirte
cerca unos minutos, que sentir tus manos en las mías?, ¿no sientes
que estas flores tienen el mismo olor de nuestras flores del
Guaimis?... Respíralas; ¿no les sientes el olor del beso de
entonces?...
Ya la tenía en mis brazos, envuelta, fascinada,
subyugada por mi comedia de sentimentalismos, que se transformó
dentro de mí en sensual delirio al sentir que me devolvía los besos
que le daba, y al oírla decirme: «La otra noche me iba muriendo en
el invernáculo cuando me besaste. Yo no he hecho más que pensar en
ti desde entonces. Si me casé, fue por venir a París y verte. Yo
nunca le he dado un beso a Rivas. Júrame que me adoras, porque me
parece un sueño oírtelo decir... ¡José, José! ¡Por Dios! Pero esto
es un crimen adorarnos así; un crimen espantoso siendo yo su
mujer».
‑No, no es un crimen, mi amor; sería un crimen
si él te quisiera, si no fuera quien es, si no se hubiera casado
contigo por tu fortuna, si no te abandonara como te abandona, si yo
no te adorara así, Consuelo, ¿no es cierto que es una locura que me
quede aquí un segundo más?, dije, dominándome para lograr la
promesa que buscaba, cuando puede volver de un momento a otro y
sorprender algo en nuestras caras de la delicia que han sido estos
momentos. ¿No es cierto que es una locura, cuando mañana podemos
pasar horas enteras juntos, donde no tengamos que temer, en casa,
donde haremos de cuenta que no estamos en París y respiraremos en
el invernáculo el olor de nuestros bosques?... ¿Qué?, insistí al
oír la respuesta. ¿Qué? ¿Te da miedo ir? ¿Y no te acuerdas de que
estamos en París, donde nadie mira a nadie y de que vivimos a dos
pasos?... ¿Alguna vez ha venido Rivas a mediodía, mientras andas tú
por los almacenes, o te pregunta dónde has estado? Podemos pasar
juntos seis horas, que valdrán para mí por seis años de
felicidad... ¿Me tienes miedo?... ¿No sabes que mi amor es tan puro
como lo era entonces, que me basta verte, oírte para ser feliz y
que no te daré un beso si no quieres?...
Y vino y fue mía; y después ha venido dos veces, sin
pedírselo casi, porque ha querido, porque necesita caricias como
necesita respirar, y porque el otro, el hombre astuto de las
maquiavélicas combinaciones, anda cenando con sus horizontales, que
le están comiendo medio lado, y tiene abandonada esa flor de
sensualidad y de inocencia, que se pasa muchos días y muchas noches
sola, porque no tiene casi relaciones en París.
Con otras armas cayó la otra, la rubia baronesa alemana, que
tiene la carnadura dorada de las Venus del Ticiano y está exenta de
todo prejuicio, según dice ella, la lectora de Hauptman y de German
Bahr. Con ésa afecté frialdad absoluta la noche del baile y me
limité a hablarle en alemán y referirle con sencillez el duelo con
su pariente el Secretario de Embajada, y a hacerla confidente de mi
desprecio por los hombres. Creyéndome de mármol, mientras
paseábamos juntos por las salas, emprendió una conversación
destinada probablemente a cerciorarse de mis escasas facultades
amatorias y a escandalizarme con el desprecio profundo que
manifestaba por todas las conveniencias sociales y todas las ideas
corrientes sobre moral. La dejé hablar largamente. La oía como si
no la entendiera, sin contestarle más que lo necesario, para que
siguiera hablando, y clavándole los ojos en el seno de Juno, medio
desnudo de un corpiño de terciopelo verde oscuro, sobre el cual
esplendían magníficos diamantes, y en los labios rojos como una
fresa madura. Clavaba ella los ojos en mí, como buscando el efecto
de sus frases audaces y de su belleza majestuosa, y se sonreía con
una sonrisa de desafío al verme palidecer por instantes, al crecer
dentro de mí la tentación que me estaba crispando los nervios.
‑Todas ésas son teorías, señora; teorías y
nada más. Usted en la práctica es una puritana rígida y respeta
hasta los más estúpidos lazos con que nos sujeta la sociedad. Si
usted viviera de verás, más allá del bien y del mal, como dice
Nietzsche, sería otra cosa; pero no es así. Si yo le diera a usted
un beso ahora, dije, haciéndola sentarse en un saloncito donde no
había nadie, usted haría que su marido me mandara un par de
testigos; y si la invitara a comer sola conmigo mañana, a las siete
de la noche, no volvería a contestarme el saludo.
‑Haga usted el ensayo, me respondió, llevando
su audacia y mi excitación al paroxismo y valiéndose de una frase
que lo envolvía todo.
La besé frenéticamente, y acudió a la cita al día siguiente por
la tarde.
‑Lo que me ha fascinado en usted, decía al
salir de casa, es su desprecio por la moral corriente. Los dos
nacimos para entendernos. Usted es el sobrehombre, el Uber mensch
con que yo soñaba.
Con la Musellaro fue otra historia. So pretexto de amor al arte
pagano y de mi entusiasmo por los poetas modernos de Italia,
habíamos tenido en los últimos tiempos conversaciones
indeciblemente libertinas. La iba a ver desde tres meses antes, los
martes por la noche, en que recibe en su casa la flor y nata de los
condes y marqueses arruinados y de los pintores y músicos de la
Colonia. Me había recitado los más ardientes poemas en que
D'Annunzio canta las glorias de la carne, con voz ligeramente ronca
y velada, medio cerrados los oscuros ojos que, con la mate blancura
de la piel, lo puro del perfil y lo espeso de la cabellera negra,
hacen soñar con una romana de los tiempos del Imperio; me había
oído decirle cosas sin nombre, sin ruborizarse. Sus formas
esculturales y sus ademanes de reina atraían las miradas masculinas
la noche del baile. Por haber venido varias veces a casa, con el
marido, a ver mis colecciones de medallas, de camafeos y de piedras
grabadas, se sentía como en la suya y hacía los honores. Esa noche
emanaba de ella un tibio olor de Chypre, que, confundido con el de
su cuerpo, la envolvía, al bailar, como en una atmósfera espesa de
voluptuosidad. En los brazos redondos y de ideal blancura, sobre el
descote cortado en cuadro y sobre los negros cabellos ondeados y
brillantes, ardían los rubíes sangrientos, que tenían el mismo
matiz de la opaca seda del traje, bordado de argentadas
pasamanerías que llevaba puesto.
‑Julia, le dije llevándola hacia el rincón
donde una copia de la Venus de Milo destaca sus blancuras de mármol
sobre la pesada cortina del fondo, esta noche la belleza de usted
embriaga, como embriagaría un vino de Falerno, bebido en copa de
oro. Si usted pudiera verse con unos ojos de hombre, se enamoraría
de usted misma. Sueña uno al verla a usted con no vivir en este
siglo dejativo y triste, en que hasta el placer se mide y se tasa,
sino en la época de los Borgias, provoca verla presidiendo una
orgía de príncipes, en que el sabor de los besos se mezclara con el
del veneno.
‑Usted sueña en eso porque tiene músculos de
jayán y nervios de artista del Renacimiento; a todos estos
parisienses les parezco vulgar, de fijo; para ellos la distinción
consiste en ser flaca y pálida. Los dos deberíamos ser más íntimos,
porque nos parecemos mucho; ambos somos paganos, me dijo,
quemándome con sus miradas de fuego y mareándome con su olor
perverso y sugestivo.
‑Esa intimidad depende de usted. Si usted
viniera a verme el jueves por la mañana, nos sentiríamos paganos
hasta las médulas de los huesos; le leería unos versos y le
mostraría unas aguafuertes de Felicien Rops, que usted no conoce,
porque son dignas del Museo Secreto de Nápoles...
‑Si estoy loca por verlas, me dijo, con la
cara iluminada por la alegría y estrechándome el brazo contra el
seno de diosa. Vendré a las ocho. Musellaro no se levanta nunca
antes de las doce.
Y un beso selló el tácito pacto que contenían
aquellas frases; un beso dado detrás de la cortina, a que le
volvían las espaldas los concurrentes, empeñados en ver a Sarasate,
q
ue se levantaba para comenzar a tocar el violín, al que le
arrancaba misteriosos quejidos.
¿Donjuanismo? ¿Seducción?... Respecto de Consuelo,
tal vez, en quien toqué las más ocultas fibras del sentimiento al
recordarle nuestros infantiles y dulcísimos amores; no con las
otras dos, viciosas, coleccionadoras de sensaciones, aleccionadas
por quién sabe qué predecesores míos, corrompidas por el arte y la
literatura y empeñadas cada una de ellas en ver en mí el personaje
que les han mostrado como ideal los librejos ponzoñosos que han
leído sin entenderlos. ¿Seducción? No; si nadie seduce a nadie. Si
es la idea del placer la que nos seduce... Tan ardiente era el
deseo en ellas como en mí; dentro de unos años no recordarán la
aventura, y si la recuerdan, les parecerá a ambas tan inocente como
me parece a mí ahora.
¿Y esto llaman crimen los moralistas severos, que
predican su moral en dramas de tres actos? ¿Crimen? ¡Halagar a una
mujer, idealizarle el vicio, ponerle al frente un espejo donde se
mire más bella de lo que es, hacerla gozar de la vida por unas
horas y quedarse sintiendo desprecio por ella, asco de sí mismo,
odio por la grotesca parodia del amor y ganas de algo blanco, como
una cima de ventisquero, para quitarse del alma el olor y el sabor
de la carne!
Musellaro me llamó la otra noche en el Círculo,
donde le habían limpiado los bolsillos la víspera, y con mil
zalamerías serviles y poniendo por las cumbres mis conocimientos de
arte, me habló de un cofrecito de plata, cincelado por Pollaiuolo,
que vendía un amigo suyo en Florencia.
‑Vale siete mil francos, me dijo. Al momento
en que supe que lo vendían, pensé en avisárselo a usted, seguro de
que se quedará con él. Mi amigo no quiere que se sepa su nombre. Es
un objeto que ha pertenecido a su familia desde hace trescientos
años, y del cual se desprende, obligado por las circunstancias.
Usted sabe cómo van las cosas en Italia.
‑De sobra. Telegrafíele usted a primera hora
diciéndole que lo ha colocado y que me lo envíe, le respondí. Le
enviaré a usted el cheque mañana mismo.
¡Me río del cofre cincelado por Pollaiuolo! Recibiré algún
chirimbolo recién salido del molde. ¡Lo que va a reírse de mí el
afortunado marido de la admiradora de Petronio!
El de Olga, el barón alemán delgaducho y triste, que tiene la
manía de las estampillas de correo y las colecciona con entusiasmo
de colegial, acaba de salir de aquí para pedirme un favor especial.
Quiere el Busto del Libertador, una condecoración que da el
Gobierno de Venezuela; y al efecto, desea que hable con el
simpático mozo autor de Espirales de humo, que representa a aquella
nación en París y con quien sabe que me ligan relaciones de
amistad. Dentro de unas semanas tendrá su medalla y se la colgará
al uniforme para que luzca al lado de las siete con que lo engalana
al llevarlo, y recibirá una estampilla de mi colección.
‑¿Siempre ha sido así, no es cierto?,
preguntó, volviendo a mirarla, como fastidiado por mi
solicitud.
‑Siempre, le contestó, tendida en la otomana y
envuelta en los pliegues de la rosada bata de seda floja que huele
a heliotropo blanco... Siempre, le contestó, sonriendo, con su
dulzura de moribunda.
‑También es que no quiere salir; mira,
Pepillo: tú que estás desocupado, paséala; a mí los negocios no me
dejan un minuto libre; si lo tuviera, lo haría. Tú que sabes tanto
de cuadros y de estatuas, llévamela a los museos; yo no tengo
tiempo. ¿Por qué no vas al Louvre mañana con Fernández?, le
preguntó... ¿No decías que tenías ganas de ir?
‑¿Iremos, no, José? Es que cuando uno no está
acostumbrada a la vida de Europa, no se le ocurre salir con un
amigo, ¿cierto? ...Y los ojos árabes me miraban con delicia, y la
cabeza, recostada sobre los cojines blandos de la otomana, me
ofrecía millones de besos para el día siguiente.
‑Es que las mujeres no malician lo que lo
absorben a uno los negocios, continuó el otro. Tú que sabes la
complicación de los míos, suponte si tendré tiempo para pasearla y
distraerla como querría...
¿Y si lo tienes para jugar billar y bacarat en el
club y para pasarte las semanas enteras con tus famosas
horizontales e ir a cenar con ellas, grandísimo tarambana?, pensaba
yo entre mí al oírlo.
‑¿De modo, Paco, que me autorizas formalmente
para pasearla y distraerla?, le pregunté con una frialdad de viejo
de setenta años.
‑Le vengo suplicando desde que llegó, que
salga a conocer a París, ¡y maldito el caso que me hace!
‑Oiga usted, Consuelo: su marido me la entrega
para que la haga pasear y la distraiga; después usted no alegue que
no le ha dado permiso para ir a tal o cual parte.
‑No, llévala a donde quieras; ve con Fernández
a donde te lleve, ¿oyes?... ¡Ah! las diez, dijo, sacando el reloj;
tengo que salir; tú me excusas, ¿cierto? Tengo una cita con
Amorteguí para un negocio importante.
Dizque al día siguiente le preguntó ella que si no hablarían los
que nos conocen al vernos juntos en mi coche, y le dijo él soltando
la carcajada:
‑No: si a Fernández lo conocen todos... ¿Tú
sabes cómo lo llaman? El Casto José. No te afanes por lo que digan,
que no dirán nada...
¡Y me lo contaba ella, riéndose con la boca carnuda y deliciosa,
recostada en uno de los divanes de mi biblioteca! Me voy a pasar
contigo los días enteros, si quieres, me decía; para que me
consientas y me quieras; si no, me muero... Estoy muy enferma,
¿sabes? Tengo fiebrecita todas las noches, desde hace un año, desde
que vine. No estudies tanto, agregaba, viendo los atlas, las cartas
geográficas, los gruesos volúmenes abiertos sobre las mesas y los
estantes enormes de la biblioteca; te matas si sigues estudiando
así. Mira: vas a descansar paseándome; desde mañana le echo la
llave a este cuarto de viejo y comenzamos nuestras
excursiones...
Dicho y hecho. Como no quería que la vieran conmigo,
los sitios predilectos fueron los alrededores de París, los
pueblecitos rientes y llenos de verdura, las salas de los museos,
las iglesias más distantes del centro.
Cluny no me gusta; hay allí tanto vejestorio, y
aquello huele a sacristía; lo que me encanta es el Luxemburgo, que
tiene cuadros nuevos, y esos jardines tan lindos, cerca. ¿Y esto es
lo que ponderan?, me preguntaba, viendo los arcos de piedra
renegrida y las misteriosas esculturas de las torres de Nuestra
Señora.
¡Cuánto más linda San Francisco, que es nueva y
tiene tantos dorados! Yo comencé una vez a leer una novela que se
llama como esta iglesia, y no seguí porque no entendía nada. ¿Tú
has oído hablar de ella?... Creo que es de Dumas.
Resucitó con mi amor. Dio en no querer que
saliéramos y se pasaba los días envuelta en la rosada bata de seda
floja, viendo dibujos a la sanguínea, aguafuertes, grabados en
acero y acuarelas de los que guardan mis cartones; examinando los
camafeos uno por uno. Mira esta pintura, me decía, mostrándomela y
paseando por las salas desiertas sus miradas curiosas y la
languidez dejativa y rítmica de su cuerpo delicioso, que ondula
como las palmas de nuestra tierra, al soplo del viento del mar.
¿Hacerla comer algo que la alimentara?... No; golosinas y frutas,
pastelillos rellenos de confituras, confites, caramelos y almendras
de la casa Boissier y albérchigos y uvas moscateles, que destrozaba
con sus dientes de azulosa blancura.
‑Te vas a morir de anemia, Consuelo, le dije
una mañana, en que, sentados ambos en el comedor, no quería probar
un ala de pollo que le ofrecía, suplicándole.
‑Pero si tú sabes que nunca como carne. Dame
café negro; eso sí, y una copita de marrasquino, continuó
tendiéndome la taza de Sevres y la frágil copa en forma de lirio.
Dime: ¿a que tú no has pensado en esto?, ¿qué tienen aquí que sea
tan bueno como lo que tenemos nosotros allá? Mira el café, el
chocolate, las piñas, la vainilla, las esmeraldas, el oro, todo
eso, que es lo mejor, viene de nuestra tierra. ¿Te acuerdas de las
piñas del Guaimis?... Se las manda coger uno a los negros, y se las
traen por montones... ¡Aquí sólo las comen los millonarios, los
príncipes!... ¿De qué te ríes?, me preguntó, seria, al ver la
sonrisa que no pude contener al oírla...
‑De pensar que a las mujeres que nacen allá no
las consiguen ni los príncipes, le dije, aludiendo a la carcajada
que le soltó al de Pontavento la noche del baile en que quiso
besarle una mano.
‑No, ésas son para los que las conocen desde
que nacieron y las consienten como tú a mí. Estas de aquí serán más
lindas y más elegantes, dijo; pero no saben querer. Aquí nadie
quiere a nadie. ¿Sabes tú lo que a mí me parecen las parisienses?
Muñecas vivas... añadió, soltando una carcajada. ¿Tú crees que
alguna de ésas es capaz de querer como queremos nosotras?...
Así se han ido tres meses casi, en diálogos de esos, en siestas
dormidas en las dos hamacas, que hice colocar entre las palmas del
invernáculo, en paseos de que volvíamos con los ojos llenos del
color y el olor del campo, donde pasábamos las mañanas en rasguear
una bandola que tenía yo en mi escritorio como adorno y hacer sonar
en el aire de París las dejativas canciones de la tierra donde
nacimos... Le he ofrecido ir a San Sebastián y a Biarritz, para
donde se la llevó Paco a ver toros.
‑Oye: allá oiremos siquiera hablar español y
no me llamarán Madame. Vamos a estar felices; vendrás, ¿cierto?
‑¡Me la has curado, Pepillo! Mírala cómo está
de rosada y de gorda... Han sido los paseos contigo. No sé cómo
agradecértelo. Si vieras el bueno humor que tiene ahora. Antes
vivía suspirando. Ven a San Sebastián y allá completarás la obra.
¿Te esperamos precisamente? Instale tú, Consuelo, le decía el
marido esta mañana, al dejarlos en la estación, donde cruzamos la
última mirada, y le estreché la mano, que no volveré a sentir en
las mías por mucho tiempo, porque, cansado de besos, de mimos, de
enervamientos y de lascivias, me iré dentro de tres semanas a Nueva
York a ver si los negocios a la americana y el hard work me curan
del mal de vivir y del asco de la vida, que estoy sintiendo.
18 de septiembre
¡Y no me he ido! Si vuelve, le cerraré brutalmente
la puerta y haré que alguien le sugiera al marido que no la deje
salir sola, porque corre peligro de que se rían de él, si siguen
viéndola conmigo. Desde su ida me he consagrado a revisar mi plan
concebido en Suiza en el verano pasado, en los días en que viví en
el picacho abrupto donde no llegaba ni el ruido de la canallería
humana. Tranquilos los sentidos por los excesos de los meses
pasados, he vuelto a vivir la vida verdadera y a sentir que me
renacen las alas que me habían cortado las tres Dálilas, la lectora
de Nietzsche, la sensual romana y mi sentimental y perezosa amiga,
que no ha leído, a Dios gracias, ningún libro que le haya quitado
del alma el perfume de sencillez que la hace adorable.
¡Es una almita cerrada, inconsciente y fresca, que
guarda todo su olor a montaña y a nido y a rosas como las parásitas
del Guaimis, como las orquídeas rosa
das que le di la tarde en que la besé por primera vez!
1º de octubre
Camilo Monteverde, mi primo hermano, que está en
París ahora, y yo no hablamos nunca de arte. En literatura se quedó
en el naturalismo de Zola, que es para él la fórmula suprema. Sabe
que lo considero de cuarto orden como escultor, a pesar de la fama
de que disfruta en mi tierra, y no entiende mis versos, según
confesión propia. Eso es música del porvenir, puro Wagner..., me
dice cuando lee algo mío. Para mí el primer poeta contemporáneo de
España es Campoamor... ése es claro y lo entiendo...
No hablamos de arte nunca. Hablamos de nosotros
mismos, o mejor dicho, me habla él de él y de mí, dada la especie
de pudor que me impide dejarle ver ciertos modos de sentir míos, de
que se reiría. En cambio, exagera él un poco su cinismo; cuando me
hace confidencias, toma la pose canaille, que diría un pintor, y me
exhibe un personaje muy diferente del que conoce el público y muy
parecido al que describe Luis Montes, que lo desprecia y lo odia
con todas sus fuerzas y no le reconoce ni aun sus más positivos
méritos.
‑¿Tú siempre cazando el pájaro azul?, me decía
antier en el cuarto de fumar. Voy mil dólares de apuesta a que
estás enamorado platónicamente y a que todo lo que he visto en tu
casa lo has comprado y lo has pagado.
‑No conozco otro modo de hacerse uno a lo que
desea, le dije. ¿Tú has encontrado otro?
‑Ya lo creo; se lo hace uno regalar o se lo
lleva. Aquí en París debe ser difícil el procedimiento mío; pero en
mi tierra me ha surtido resultado completo. Todos los tapices, los
muebles antiguos, las armas y los cuadros que tengo han salido de
los conventos y de las iglesias. ¿Cómo?, me dirás tú. Pues haciendo
tales bajezas para tenerlos; diciendo tales cosas respecto de
ellos, que el dueño o la dueña, viejo que lo conoció a uno de
muchacho, o muchacho que lo admira y quiere tenerlo contento, a las
pocas vueltas manda la pintura, el broncecito, el objeto histórico,
diciéndose: «Esto aquí no luce mayor cosa y en cambio Monteverde
contará que es regalo mío...». ¿Es que tú no eres práctico?...,
continuó después de un silencio y como pensando en alta voz. Tú te
entusiasmas con las cosas, te enamoras de las mujeres, haces
locuras por ellas, tienes la manía de trabajar y de saber. ¿Qué ha
sido hasta ahora de tu vida?... Una cacería al pájaro azul... Mira:
el secreto es, con el menor esfuerzo posible, lograr el mayor
resultado posible, sin moverse casi y a punta de imbecilidad de los
otros y de las otras, de adulaciones de uno a los que no las
esperan y de insolencia con los que las esperan. Así, comienza a
lloverle a uno todo del cielo, amigos, fama, dinero y mujeres.
¡Mujeres!, siguió en su monólogo, apurando a tragos largos una copa
grande de whisky que se había servido; ¡mujeres! todas
incoherentes: Jorge Sand y Cora Pearl, Sarah Bernhardt y Juana de
Arco; ¡todas deliciosas, todas asquerosas, y todas mujeres! ¿Tú
conoces la taberna de Rousselot en Montmartre?... ¡Qué vas tú a ir
allá!... ¡Tú, el soñador de aristocráticos idealismos!...
‑¿Y por qué me preguntas si la conozco?, le
pregunté, riéndome...
‑Porque antenoche me encontré ahí una
maravilla, una de las muchachas que venden la cerveza. Es
deliciosamente estúpida y estúpidamente deliciosa. Tú no entiendes
de eso. Tú vas soñando siempre en alguna Dulcinea, como el
caballero de la triste figura; yo soy más práctico... Los dos somos
del mismo árbol, los Andrade aquellos, ¿oyes?... con dos injertos
diferentes, tú de Don Quijote... yo de Sancho; tú andas peleando
con los molinos, soltando a los prisioneros, vistiéndote con el
yelmo de Mambrino y buscando a Merlín, el encantador... Dime que no
vives leyendo libros de caballerías...
Así llama a todos los que sean de ciencia un poco abstrusa, de
novela psicológica, de poesía de alto aliento, de crítica sutil y
personal.
‑Yo me voy ahora para Normandía a comprar unas
vacas; después iré a Inglaterra a buscar unos toros Durham. ¿Tú
crees en mi pasión por el arte?... La escultura me importa un
comino. Vente conmigo a Inglaterra.
‑No puedo, le dije; tengo mucho que hacer.
‑¿Tú tienes mucho que hacer, viviendo en
París, y a los veintisiete años, y con tus millones?... Pero
entonces ya no tienes remedio...
Monteverde es un hombre práctico, indudablemente.
15 de octubre
En el aislamiento en que he vivido estas semanas,
todos los recuerdos de lo reciente se han borrado a mi alrededor, y
la imagen de Helena ha ido resucitando hasta hacerse más vívida que
nunca. Ayer, al abrir la puerta del cuarto donde están los
retratos, la puerta cuya llave sólo tengo yo y que no había vuelto
a usar desde el encuentro con Nelly, un olor extraño y nauseabundo
me impidió entrar. Estaba oscura la tarde, y el tono sombrío del
cuero de Córdoba que cubre las paredes, acrecentaba la oscuridad de
la estancia. Sólo distinguí en ella la blancura de la túnica y del
manto, destacándose sobre el fondo sombrío.
Volví a pasos lentos y precedido de Francisco, que entró con las
bujías de un candelabro, encendidas para alumbrarme el camino. El
nauseabundo olor era el de las últimas flores pedidas a Cannes, que
al descomponerse, habían podrido el agua de los vasos. Olía aquello
a sepulcro, y los montones de hojas y de pétalos secos, de ramillos
negros, de cálices duros los unos y acartonados como momias,
podridos los otros por la humedad yacían en los floreros de Murano
y en las jardineras sobre el mármol cubierto de polvo de la mesa;
las rosas desprendidas del tallo y negras casi, sugerían la idea de
un cementerio de flores.
El criado abrió el balcón para renovar el aire pesado. Por él
entraron la difusa luz del crepúsculo violáceo y cobrizo y la
llovizna fría, que sacudió las cortinas, melancólicamente. Un rayo
de sol brilló en el marco del retrato de la santa de las guedejas
blancas y tirité al sentir el soplo helado del aire del otoño.
Sobre los veladores de malaquita el polvo opacaba el
verde de la piedra y unas moscas muertas extendían las inertes
alitas y las rígidas patas. El polvo y las moscas habían manchado
el marroquí blanco y los dorados de los libros que compré en
Londres en el invierno pasado; y a la doble luz de las bujías del
candelabro y del crepúsculo, que filtraba por el balcón su tristeza
fría, me parecieron desteñidos y ajados los colores de las
alfombras de Oriente que cubren el piso.
Mi alma en ese momento estaba más sombría que el
cuarto abandonado y más marchita que las flores. Los pobres libros
manchados han ido a dar a mi biblioteca, y el pesado cofre de
hierro de las joyas, a mi escritorio. La copia del cuadro de
Rivington y el retrato pintado por Whistler están en mi alcoba.
Duermo bajo las miradas de la santa de las guedejas de plata y de
la figura que lleva en las manos el manojo de lirios blancos, y
pienso a veces que si sobre la oscura tapicería que cubre las
paredes hubieran estado siempre los dos lienzos, ni Nelly, ni la de
Rivas, ni la Musellaro, ni Olga, habrían entrado ni a mi vida, ni a
mi alcoba.
25 de octubre
Han sido diez días de actividad loca, sin resultado
alguno. Desde hace cinco hay un empleado mío en cada una de las
capitales de Europa, sin más oficio que recorrer los hoteles y
telegrafiarme. Por conducto de Marinoni y so pretexto de un negocio
de grande importancia he logrado que la agencia Charnoz les
transmita a sus corresponsales del mundo entero el nombre de
Scilly, para que averigüen por él, y yo me paso las horas en mi
escritorio esperando, minuto por minuto, la llegada de los partes
telegráficos o de los telegramas. Empresa inútil; empresa inútil, y
sin embargo, tengo la seguridad de encontrarla y de que algún día,
al contarle mi impaciencia de estas horas, sus pupilas azules
tengan un brillo más dulce al mirarme y se sonrían sus labios
apenas rosados, animando con esa sonrisa la sobrenatural palidez
exangüe de las mejillas enmarcadas por la rizosa e indómita
cabellera castaña, que tiene visos de oro donde la luz la toca!
¡Helena! ¡Helena! Hoy no es el grotesco temor al
desequilibrio, como lo era al escribir los ridículos análisis de
Londres, lo que me hace invocarte para pedirte que me salves. Es un
amor sobrenatural que sube hacia ti como una llama donde se han
fundido todas las impurezas de mi vida. Todas las fuerzas de mi
espíritu, todas las potencias de mi alma se vuelven hacia ti como
la aguja magnética hacia el invisible imán que la rige... ¿En dónde
estás?... Surge, aparécete. Eres la última creencia y la última
esperanza. Si te encuentro será mi vida algo como una ascensión
gloriosa hacia la luz infinita; si mi afán es inútil y vanos mis
esfuerzos, cuando suene la hora suprema en que se cierran los ojos
para siempre, mi ser, misterioso compuesto de fuego y de lodo, de
éxtasis y de rugidos, irá a deshacerse en las oscuridades
insondables de la tumba.
16 de enero
Estuve diez días sin saber de mí. Lo primero que vi
al abrir los ojos, a la sombra de las cortinas de terciopelo de la
cama y en la media luz artificial de la alcoba, fue la gran cabeza
de Charvet inclinada sobre la mía. Me hundía en los entreabiertos
ojos la mirada aguda y penetrante de los suyos, y los tenía tan
cerca de los míos, que le veía una a una las pestañas grisosas.
‑¿Me conoce usted, Fernández?
‑Sí, maestro, articulé con dificultad y con
voz apagada.
‑¡Está salvado!, oí que decía, y al volver a
cerrar los ojos para hundirme en el pesado letargo, alcancé a ver
dos cabezas de mujer que cuchicheaban en la sombra.
Después, nada, ni pensamiento alguno, ni imagen alguna que
cruzara la inconsciencia en que estaba sumido. De cuando en cuando
unas manos que me levantaban la cabeza, la luz de una bujía, el
brillo de una cuchara de plata y el sabor de una droga que me
quemaba la garganta; a veces un dolor que me cruzaba la cabeza de
sien a sien, y por instantes la sensación de caer, como una piedra
entre lo negro de una noche sin astros.
Cuando comenzó a dolerme todo el cuerpo, como magullado y
herido, y las sensaciones externas fueron acentuándose, me quejaba
como un niño y me debatía como un energúmeno para no tomar las
cucharadas.
‑Eso es ya la mejoría; va volviendo, decía la
voz acariciadora de Charvet; ya hay voluntad. ¡Si es una naturaleza
de hierro!
‑Amigo mío, me dijo el primer día en que
después de larguísimo sueño y de sentirme vivo al despertar, hice
un esfuerzo para moverme, tiene usted enfermedades capaces de
desconcertar al que más seguro esté de su ciencia. Ha estado usted
entre la vida y la muerte; hubo un instante en que el corazón
estuvo tan débil, que con el oído puesto sobre él esperé las
últimas palpitaciones, y en que la temperatura bajó grado y
medio
de lo normal. Ahora su corazón funciona bien y la temperatura
acusa ligera fiebre. Ha sido el mismo accidente de hace un año,
pero mucho más grave. Está usted hoy, com
o entonces, como si hubiera tenido una hemorragia copiosa.
¡Tenemos que hacer sangre, amigo mío!...
Y he hecho sangre, como dice él, en la
convalecencia, que le ha parecido rápida y que me ha parecido
interminable, porque no veía la hora de ponerme en movimiento; mi
juventud y el vigor de mi organización, ayudados por sus sabias
indicaciones, triunfaron de la horrible debilidad en que me dejó el
vértigo.
Ahora acabo de pasearme por el hotel, que está
vacío, completamente vacío, con las paredes y los pisos desnudos.
Mis pasos repercuten en los salones desiertos y como agrandados por
falta de muebles. Tiene todo él, alumbrado por el frío sol de
invierno, la tristeza de los sitios donde vivimos, dejando algo de
nosotros mismos, y que no volveremos a ver nunca. Mañana vendrá a
habitar entre sus cuatro paredes otro, quizá menos desgraciado que
el que lo abandona.
Muebles y objetos de arte, caballos y coches, todo
el fastuoso tren que fue como la decoración en que me moví en estos
años de vida en el viejo continente, me esperan ya en el vapor que
al romper el día comenzará a cruzar las olas verdosas del enorme
Atlántico para ir a fondear en la rada donde se alza, con el
eléctrico fanal en la mano, la estatua de la Libertad, modelada por
Bartholdi.
Voy a pedirles a vulgares ocupaciones mercantiles y
al empleo incesante de mi actividad material lo que no me darían ni
el amor ni el arte, el secreto para soportar la vida, que me sería
imposible en el lugar donde, bajo la tierra, ha quedado una parte
de mi alma. El coche que me llevará a la estación para tomar el
tren que me aleje de París para siempre irá primero al lugar donde
he pasado las mañanas de los últimos días.
Al llegar a él el 28 de octubre, con una tarde destemplada y
húmeda, Marinoni se alejó suplicándome que lo esperara por unos
momentos. Seguramente quería estar solo para conmemorar el
aniversario. Caminé unos pasos, y al sentir lo mojado del piso, fui
a detenerme bajo las ramas de un árbol y cerca de una columna que
tenía la inscripción medio borrada por los años la lluvia. Recorrí
con las miradas el horizonte cobrizo, sobre el cual cortaban sus
negruras finas, como los calados de un encaje, las cimas de los
árboles de la entrada, sacudidos por el viento. Allá, lejos, entre
las sombras que empezaban a envolver el paisaje, dorada por un rayo
del sol, brillaba la cúpula de los Inválidos. Por sobre la ciudad,
confusamente delineada, sobresalían las masas negras de las torres
de Nuestra Señora, y el cielo rojizo se reflejaba en la corriente
del río.
Al bajar los ojos hacia el suelo alfombrado por las
hojas marchitas, cuyo olor melancólico estaba respirando en la
tristeza del paisaje, tropezaron mis miradas con una rama que
pendía, rota, del rosal vecino y cuyas tres hojas se agrupaban en
la misma disposición que tienen las del camafeo de Helena. Una
mariposilla blanca se detuvo sobre ellas un instante, y levantando
el vuelo vino a tocarme la frente.
Sobrecogióme al verla el supersticioso terror que me
invadió al ver la otra alzarse de entre el ramo de rosas blancas,
en la alcoba de Constanza Lansser; me crispó el recuerdo de la
pesadilla de Londres, en que, rodando hacia el fondo de un abismo
negro, veía arriba, arriba, las tres hojas de una rama y el
revoloteo de la mariposa blanca sobre la claridad azul del cielo; y
al recordar el horrible sueño, una ansiedad sin nombre, una
impresión de miedo irrazonado e irresistible, me aflojó las piernas
y me quitó las fuerzas. Comprendí que iba a caerme en ese instante,
ahí, sobre el barro, y a morirme del mismo mal que me hizo caer en
el bulevar la última noche del año antepasado, al detenerse el
volante y cruzarse los punteros de oro sobre la muestra de
alabastro. Las doce campanadas ensordecedoras que oí aquella noche
comenzaron a sonarme en los oídos. Dando media vuelta para buscar
un punto de apoyo en el monumento que tenía a la espalda, y
cerrando los ojos, alcance a cogerme de la verja baja de hierro y
de la pilastra que formaba la esquina. Caí de rodillas apoyándome
con la mano derecha en el suelo y agarrándome con la izquierda de
la baranda de metal frío. El desvanecimiento iba pasando y la
impresión de terror disminuía. Abrí al fin los ojos. Vi blanco;
hice un esfuerzo horrible para levantarme, y de pie ya, agarrado de
la baranda, los volví a cerrar instantáneamente, porque sentí que
me volvía el vértigo. De repente di un grito de terror. Había
sentido unas manos que se apoyaban en mis hombros. Volví la cabeza.
Era Marinoni que había vuelto y me había cogido por detrás.
‑¿Qué tienes?, preguntó, asustado.
‑El vértigo..., alcancé a contestarle.
‑Quédate quieto; deja que te pase;
yo te tengo para que no te caigas, dijo y me sostuvo con todo su
cuerpo... Suelta la verja; eso es, apóyate en mí. Quédate
quieto...
‑Ya pasó, le dije al sentir que disminuía
gradualmente la angustia, y levanté la cabeza. Al hacerlo, leí la
inscripción negra sobre el mármol blanco, que encierra la verja; di
otro grito, que sonó en todo el cementerio, y caí desplomado.
De ahí hasta el despertar en la alcoba, con la
cabeza apoyada en los almohadones y los ojos de Charvet fijos en
los míos, no tengo recuerdo ninguno.
Hace doce días hice mi primera salida para ir al
cementerio, a donde he vuelto después, todas las mañanas, a cubrir
de flores la losa que reza su nombre y dice la fecha y la hora de
su muerte. Es la última hora del año, en que agonicé de angustia
frente al reloj de mármol negro, viendo juntarse los punteros de
oro para marcar el minuto supremo sobre la muestra de alabastro,
tras de la cual creí sentir que iba a aparecérseme lo Desconocido.
La hora del tren se acerca. Oigo el ruido del coche que se detiene
frente a la puerta del hotel.
Viene a buscarme para ir a llevarle las últimas flores que
pondré sobre su tumba.
¿Su tumba? ¿Muerta tú?... ¿Convertida tú en carne
que se pudre y que devorarán los gusanos?... ¿Convertida tú en un
esqueletito negro que se deshace? No, tú no has muerto; tú estás
viva y vivirás siempre, Helena, para realzar el místico delirio de
las abuelas agonizantes, arrojando en el alma de los poetas ateos,
entenebrecida por las orgías de la carne, el pálido ramo de rosas y
para hacer la señal que salva, con los dedos largos de tus manos
alabastrinas.
¿Muerta tú?... ¡Jamás! Tú vas por el
mundo con la suave gracia de tus contornos de virgen, de tu pálida
faz, cuya mortal palidez exangüe alumbran las pupilas azules y
enmarca la indómita cabellera que te cae en oscuros rizos sobre los
hombros.
¿Muerta tú, Helena? ...No, tú no puedes morir. Tal
vez no hayas existido nunca y seas sólo un sueño luminoso de mi
espíritu; pero eres un sueño más real que eso que los hombres
llaman la Realidad. Lo que ellos llaman así es sólo una máscara
oscura tras de la cual se asoman y miran los ojos de sombra del
misterio, y tú eres el Misterio mismo.
José Fernández, al suspender la lectura, cerró el libro,
empastado en marroquí negro, y ajustándole la cerradura de oro con
la mano nerviosa, lo colocó sobre la mesa.
Los cuatro amigos guardaron silencio, un silencio
absoluto en que se oía el ir y venir de la péndola del antiguo
reloj del vestíbulo, el murmullo de la lluvia, que sacudía las
ramazones de los árboles del parque, el quejido triste del viento y
el revoloteo de las hojas secas contra los cristales del
balcón.
Adormecíase en él la semioscuridad carmesí del
aposento. El humo tenue de los cigarrillos de Oriente ondeaba en
sutiles espirales en el círculo de luz de la lámpara atenuada por
la pantalla de encajes antiguos. Blanqueaban las frágiles tazas de
china sobre el terciopelo color de sangre de la carpeta, y en el
fondo del frasco de cristal tallado, entre la transparencia del
aguardiente de Dantzig, los átomos de oro se agitaban luminosos,
bailando una ronda, fantástica como un cuento de hadas.