10 de marzo
El regalo de Rivington, una copia suntuosamente
enmarcada y hecha por mano de maestro del cuadro que adorna su
sala, llegó hace cuatro días a mi hotel. Fue en el salón donde abrí
la caja, retirando yo mismo los tornillos, levantando las tablas,
rompiendo los papeles que lo envolvían, hasta contemplar la ideal
imagen de la Idolatrada. Imposible permitir que una mano servil
hubiera ejecutado aquella tarea. La pintura es un perfecto
espécimen de los procedimientos de la cofradía prerrafaelista; casi
nulo el movimiento de la figura noble, colocada de tres cuartos y
mirando de frente; maravillosos por el dibujo y por el color los
piececitos desnudos que asoman bajo el oro de la complicada orla
bizantina que borda la túnica blanca y las manos afiladas y largas,
que desligadas de la muñeca al modo de las figuras del Parmagiano,
se juntan para sostener el manojo de lirios, y los brazos envueltos
hasta el codo en los albos pliegues del largo manto y desnudos
luego. El modelado de la cabeza, el brillo ligeramente excesivo de
los colores, agrupados por toques, todo el conjunto de la
composición se resiente del amaneramiento puesto en boga por los
imitadores de los quattrocentistas. Está detallado aquello con la
minuciosidad extrema, con todo el acabado que satisfaría al Ruskin
más exigente; distingue quien lo mira uno a uno los rayos que
forman la aureola que circuye los rizos castaños de la cabeza, los
hilos de oro de la orla bordada, las ramazones de los duraznos en
flor, los pétalos rosados de éstas, las hojas de las rosas
amarillas, sobre la verdura de los matorrales, y en los retoños y
yerbas del suelo podría un botánico reconocer una a una las plantas
copiadas allí por el artista. Al pie de la pintura, sobre la orla
negra, brilla en dorados caracteres latinos la frase:
MANIBUS DATE LILIA PLENIS
¿Quién era el pintor, ese J.F. Siddal, cuyo nombre
está al pie de la tela, que con tan extremado amor puso la mística
expresión de unción soberana y casi estática en el lienzo que
puebla ahora mi casa y mi vida de dulcísimos ensueños?... Ni lo
mencionan los críticos que han escrito sobre la
Pre‑Raphaelite Brotherhood, ni figura su nombre en ninguna
galería, ni catálogo de museo.
¡Qué me importa el ideal de arte que le dictaba su
técnica minuciosa, si ante mis ojos sonríes, con la suave gracia de
los largos lineamientos de tu cuerpo delicado, con la misteriosa
irradiación de tus pupilas azules que alumbran la sobrenatural
palidez del semblante, enmarcado por los sedosos rizos castaños de
la destrenzada cabellera!, ¡oh imagen que llenas mi vida y mi
alma!...
He aquí lo que he encontrado para que, en el cuarto
vecino al escritorio, donde amplia cortina de antiguo tejido y
desteñidos matices deja caer sus pliegues a los lados del balcón
enmarcándolo, esté junto lo mejor de mí mismo. Sobre las paredes
tendidas de oscuro cuero de Córdoba sólo atraen las miradas dos
telas: la copia enviada por el doctor Rivington y el retrato de la
abuela, con su perfil de Santa Ana y las canas blancas destacándose
sobre un fondo oscuro que pintó para mí James Mac'Neil Whistler, el
extraño artista que, al decir de un crítico, sabe con extralúcida
intuición desprender en sus obras, bañadas de misterio, lo
suprasensible de lo real.
Al pie del retrato de Helena, pesada mesa de bronce
cincelado sostiene las jardineras llenas de flores que pedí a
Cannes por telégrafo. Sube hasta sus pies el aroma de las rosas
rojas, de las rosas amarillentas y de las rosas blancas, de los
ramos de violetas de Parma que languidecen en altas copas de
cristal opalescente, de los montones de claveles blancos, áureos,
sonrosados, purpúreos, confundidos con la suave emanación de las
mimosas y de los lirios. Aquella oposición de vívidos tonos que
cantan, tentaría la paleta de un colorista.
Sobre el verde de los veladores de malaquita contrasta el blanco
de las pastas, ornamentadas con las tres hojas y la mariposa, de
los tomos de versos que compré en Londres e hice encuadernar a mi
antojo. Un solo sillón, donde bajo la mirada apaciguadora de sus
ojos azules, voy a leer a Shelley y a Longfellow, y el pesado cofre
de hierro donde guardo las joyas, su camafeo, y el ramo de rosas de
Ginebra, forman el mobiliario del cuarto.
¡Ese ambiente de espiritualidad es el que requieres, amor de
alma, para que vivas con intensa vida, y el único que me parece
respirable hoy, en que mi ternura aspira a ti con todas sus fuerzas
como débil planta que vuelve sus hojas hacia el sol!
10 de abril
Charvet, fastidiado de esperarme en el despacho,
mientras me vestía, estaba acomodado en el sillón, la cabezota
contra el espaldar de éste, los quevedos de oro montados en la
nariz, y los poemas de Keats en la mano, cuando entré al
saloncito.
‑Los poetas ateos, de jóvenes, no creen en Dios,
pero creen en los ángeles y en la Virgen Santísima, dijo
levantándose al verme. Hasta ahora éste es el sitio donde he
respirado atmósfera más espesa de misticismo... desde que paseo mi
persona por este pícaro mundo. Si el pobre Scilly Dancourt entrara
a este cuarto, se arrollidaría al ver el retrato colocado en este
ambiente de capilla... Se pone usted malo... ¿Qué le pasa a usted?,
añadió con cara de sorpresa... ¿He cometido una indiscreción al
entrar aquí?... Perdóneme usted; vi la puerta entreabierta y no
resistí la tentación de hacerlo; vamos a su escritorio.
Sentado cerca de éste, Charvet, instado por mí, con
no sé qué frases locas, para que me explicara qué quería decir con
lo que me había hecho temblar de sorpresa al oírlo, me dijo más o
menos lo siguiente:
‑Hizo doce años, a fines de enero, estaba en
Provenza huyéndole al frío del invierno, cuando recibí un telegrama
de un hotelero de Niza, ofreciéndome gruesa suma por ir a pasar
algunos días allí y prestarle mis servicios a un enfermo grave. Era
tan halagüeña la oferta que no vacilé en ponerme en camino, para
presenciar a mi llegada una de las escenas más angustiosas que he
visto en la práctica de mi profesión, tanto más cuanto que mi
ciencia nada podía hacer para evitarla. Ahora, al ver ese cuadro,
del cual poseo una fotografía regalada entonces por Scilly
Dancourt, creo ver a la pobrecilla con la admirable belleza de sus
veintitrés años, y recuerdo como si fueran cosas de ayer los
horribles sufrimientos del pobre hombre cuando, arrodillado al pie
del lecho, bebiéndole el aliento envenenado y besándola, volvía los
ojos hacia mí, como pidiéndome que la defendiera contra la muerte.
Doctor: ¡sálvela usted y le serviré de rodillas toda mi vida; soy
rico; disponga usted de mi fortuna, pero sálvela!, me decía,
suplicante; y yo comprendía el paroxismo de dolor que lo crispaba
al ver la figura ideal y la mirada de ternura sobrehumana conque lo
envolvían los ojos azules de la tísica.
La enfermedad había sido un resfriado, cogido la
noche en que salieron de París; pero la frágil constitución de la
enferma y quién sabe qué herencia de tuberculosis, hicieron
estallar una tisis galopante, ante la cual fueron inútiles mis
esfuerzos. Decirle a usted qué especie de dolor, de locura fue la
del marido al convencerse de que estaba muerta, sería tarea
imposible.
‑Fuera de esta criatura, me decía, mostrándome
días después una chiquitina de cuatro años que parecía comprender
el horror de lo que había pasado y lo miraba con los mismos ojos
azules de la madre y tenía aspecto delicado como el de una flor
enferma, no tengo a nadie en el mundo. Me voy a Africa, me voy a
Extremo Oriente, a recorrer toda la América, a viajar por años
enteros para no morirme aquí de melancolía. ¡Pobre hombre! Me causó
tal impresión verlo en ese estado, que recuerdo hasta sus últimas
frases:
‑Doctor: no se extrañe usted al verme sufrir
así, al ver mi desesperación; usted no sabe que era una santa,
usted no sabe que todas las de su raza han sido adoradas así,
frenéticamente. ¿No ha oído usted contar la historia de Rossetti,
el poeta pintor que casó con María Isabel Leonor Siddal, que era de
la misma familia de mi mujer, hace veintitantos años?... y que
¿jamás pintó en sus cuadros ni cantó en sus versos a otra que a
ella, y que muerta ella depositó en el ataúd el manuscrito de sus
poemas para que durmiera junto de la que los había inspirado?...
Rossetti estuvo, al morir María Isabel, casi loco; y si años más
tarde el cloroformo y la tristeza dieron cuenta de su vida, fue
porque no hizo lo que voy a hacer yo, a pedirle a los viajes y al
estudio de las religiones la fuerza necesaria para no dejar a esta
chicuela sola en el mundo!, decía mostrándome a la niña.
‑¿Y la fotografía, doctor?...
‑¡Ah, sí! Ese cuadro que tiene
usted es un retrato de la mujer de Scilly Dancourt, hecho por un
hermano que abandonó la pintura después, para irse a la India,
según me dijo entonces aquél... Y oiga usted... El amanerado
imitador de los prerrafaelistas no hizo más que dañar el modelo al
sujetarlo a las invenciones de su escuela, porque la muerta era más
hermosa todavía; tenía una cabellera castaña de visos dorados, ese
color auburn que dicen los ingleses, y unos ojos azules como no he
visto otros después. Pobre hombre; no lo he vuelto a ver nunca.
‑¿Ni a saber de él, doctor?..., le pregunté
con mal disimulada impaciencia.
‑Ni una palabra. Creo que la única persona a
quien le escribe en París es al General des Zardes. Sirvió a sus
órdenes como Capitán en la guerra con Prusia en 1870, y éste lo
tiene en grande estima por su valor... ¿Y cómo vamos de salud?,
inquirió, volviendo a sus carneros.
Charvet me autorizó desde ese día para volver a mi
vida de antes de la enfermedad:
‑Está usted hoy más fuerte que la tarde en que
vino a mi consulta por primera vez. Goce usted suavemente de la
vida... Sea usted feliz, me dijo, golpeándome el hombro al
salir.
¡Gozar de la vida sin ella! Gozaré de la vida cuando
me arrodille a sus pies. ¡Bendito seas rayo de luz que has caído en
la noche de mi alma y que me permitirás encontrarla!
20 de marzo
‑Cuanto le puedo contar es cuento le he
contado; diríjase usted al profesor Mortha, a quien Scilly Dancourt
le escribe con frecuencia sobre sus chifladuras de orientalismo y
de historia religiosa, dijo, con su voz ruda y levantándose de la
silla, en el salón del Círculo, el viejo General des Zardes.
Diríjase usted a Mortha... Ahora resulta usted preocupado también
de esoterismo y de religiones. Creía que la vida de cuartel que ha
llevado lo había preservado de esas vagabunderías. Y es usted joven
para ser General, agregó con irónica expresión, torciéndose el
viejo mostacho canudo.
‑Yo no soy General, le contesté, riéndome, al
oír aquella salida.
‑Pues es extraño... Todos los paisanos de
usted que yo he conocido en el Círculo, son generales, gruñó,
despidién‑dose.
Poco más había adelantado con la conversación que
tuve con él y que acabó con aquella frase evocatoria de las
charreteras de fácil adquisición en nuestras repúblicas
latinoamericanas. Contóme en ella la campaña hecha por ambos, él
como Coronel, Scilly Dancourt como Capitán en la quinta división
del ejército mandado por el General de Tailly, las marchas y
contramarchas, las indecisiones y los desaciertos de la funesta
campaña; me pintó al pobre Emperador átono y decaído, sumido en la
incertidumbre y en el silencio; puso por las cumbres a Trochu que,
al decir suyo, habría salvado a Francia si hubiera realizado sus
planes; llamó imbéciles a Rouher, a Montauban y a Chevreau; insultó
a Bazaine, glorificó a Mac‑Mahon; me describió a gritos y con
voces técnicas las batallas de Saint‑Privat, de Wissenbourg y
de Froeschwiller, y el aire de mortal tristeza y de embrutecimiento
de Napoleón al ver entrar sucesivamente a la Prefectura de Sedán a
Ducrot, a Douay luego, a Lebrun después; el diálogo brutal entre
Ducrot y Wimpfen y la salida de éste a parlamentar con el
enemigo.
‑Scilly Dancourt, me dijo energizándose, no
vio el fin de la batalla, ni figura su nombre en el registro de las
vergonzosas capitulaciones, ni se llevó de Sedán en los ojos el
horror de ver a nuestros noventa mil soldados que, inutilizados por
los días que pasaron en el campo de la miseria, con los pies
metidos entre el barro, empapados por la lluvia, temblando de
hambre y de sed, de frío y de vergüenza y sintiendo la trágica
sacudida del desmoronamiento del imperio, esperaban a los
batallones de reclutas alemanes que habían de llevarlos prisioneros
a Prusia. No, Scilly Dancourt no vio nada de esto. Después de
animar a los nuestros con su coraje de león, de excitarlos con el
grito, con el ademán y con el ejemplo, y de recibir tres heridas,
al ver perdida la batalla, desapareció, nadie sabe cómo. Revuelta
el alma por las desgracias de Francia, pasó a Inglaterra, donde
contrajo matrimonio unos años después con la hija de un actor o de
un músico de fama, y cuando murió ésta, se ausentó de Europa... Ya
le digo a usted, el único que sabe de él es Mortha, a quien le
escribe sobre esas chifladuras de religiones y de
orientalismos.
El corazón se me saltaba del pecho al entrar la
última vez al entresuelo de techo bajo y ruin aspecto situado en
una callejuela del Barrio Latino, donde el autor de «Las Religiones
de Oriente» recibe los escasos visitantes que van a distraerlo de
sus preocupaciones habituales, la interpretación de seculares
textos sagrados, de los viejos himnos litúrgicos y de los cultos
primitivos de la humanidad. ¡Voy a hablarle de Scilly Dancourt y va
él a decirme dónde encontraré a Helena!, pensaba dentro de mí,
sentado ya en un canapé de la pobre y aseada salita que precede el
cuarto de estudio, y contemplando una escultura asiria, un cuerpo
de león alado con cabeza humana de luenga y rizada barba, coronada
por la tiara sacerdotal, que, frente a frente del Budha ventrudo,
que sonríe sobre la pobre y negruzca chimenea, forma el único
adorno de la estancia.
Mortha es un viejecito adorable, con una cara
larguísima cuya amarillenta y apergaminada piel cruzan hondas
arrugas verticales, y una cabellera de seda blanca toda despeinada,
de la cual le caen pelos sueltos y largos por sobre la frente
enorme y los ojos vivísimos y negros. Cuando se ríe hay algo de
infantil en la alegría, que le anima la cara, y canas, arrugas y
ojos, todo se ríe. Sus libros y la necesidad de obtener
indicaciones sobre una inscripción lapidaria fueron la disculpa con
que me le presenté hace ya varios días. Me habló en la primera
entrevista de unos pergaminos egipcios que estaban para la venta en
Londres, hícelos comprar allí por Morrell y Blundell, se los envié
y estamos al partir de un confite; me cree un egiptólogo
consumado.
Al entrar al cuarto, lleno de papeles, de piedras,
de restos de estatuas y de inscripciones, estaba escribiendo algo
con su letrica finísima, y un rayo de sol que se colaba por la
ventana le hacía brillar como plata las canas blanquísimas.
‑¿Escribía usted, querido maestro?...
preguntéle.
‑Sí, anotaba la traducción hecha por mi
cofrade Máspero, del himno descubierto por Grebaut cerca de las
necrópolis de Zaouyet‑el‑Anyan. Oiga usted qué
sublimidad:
Tú te levantas, benéfico Ammón Ra Harmakouti ‑. Tú te
despiertas, verídico Señor de los dos horizontes, ardes,
resplandeces, subes y culminas ‑. Los hombres y los dioses se
arrodillan ante esa que es tu forma‑. ¡Oh, Señor de las
formas!
Una hora entera en que lo hice hablar y no hablé para que no
descubriera mi superchería, y al cabo de la cual lo traje por
enredados caminos al asunto en que tengo puesta toda mi alma.
‑¡Ah, sí! Scilly Dancourt, me dijo; pero
Scilly Dancourt no es un especialista, es un hombre que quiere
saber todo lo referente a todas las religiones. Los ritos egipcios
del Antiguo Imperio los conoce bastante. Hace seis años recibí su
última carta, datada en Abydos, donde estaba estudiando los
bajorrelieves del templo. Tenía buenos datos para ser dados por un
aficionado, pero su fuerte son las religiones de la India. Es uno
de los pocos europeos que ha logrado entrar al fondo de los
santuarios de Benarés y cultivar relaciones íntimas con los
sacerdotes budistas de las pagodas del Sur; pero no vaya usted a
creerlo un hombre de ciencia, y sobre todo, un hombre desinteresado
en sus estudios. Lo que él persigue es la esencia misma de las
religiones, lo sobrenatural, con que nada tenemos que ver los que
procedemos de buena fe. No hay religión que no haya estudiado,
haciendo para ello enormes viajes e inauditos gastos, visitando los
santuarios y recorriendo los lugares en que nació. A estos últimos
charlatanismos de la fuerza psíquica y de las telepatías, de las
sugestiones a largas distancias y de las apariciones luminosas, los
conoce como Crookes, y creo que se ríe de ellos. Estuvo en el
Congreso de Religiones de Chicago, en 1893, sin tomar parte en él,
y estoy seguro de que les habría podido enseñar algo de la suya a
cada uno de los asistentes. Nosotros nos escribíamos hasta hace
seis años, y de repente dejó de contestarme. Supe después por mi
colega Chennevieres que lo encontró en Roma, que estaba allí con un
hijo suyo. Parece que ese joven ha hecho los mismos estudios que el
padre, y que fue quien lo indujo a abandonarlos, para entregarse al
culto católico con raro fervor. Me ha referido Chennevieres que
vivían cerca al Vaticano, que el Papa los recibía frecuentemente y
que comulgaban todos los días en la misa dicha por Su Santidad. Yo
he seguido escribiéndole a Scilly de acuerdo con la promesa que le
hice de comunicarle
los resultados obtenidos en mis estudios de las antiguas
religiones de Egipto, pero no me ha vuelto a contestar.
‑¿Y le escribe usted a Roma sabiendo que él
viaja continuamente?..., le pregunté.
‑No, son sus banqueros quienes corren con
dirigirle las cartas; yo las envío a la oficina de Lazard, Casseres
y Compañía. Poco más deben de interesarle mis pacientes
investigaciones a nuestro amigo, que lo que buscaba en sus viajes
no era la ciencia de los orígenes y del desarrollo de las
religiones, sino un culto que practicar, y por fin vino a dar al
catolicismo, para lo cual sobraban todas las vueltas que dio.
¡Cuando yo le digo a usted que Scilly Dancourt no ha sido nunca un
sabio y que sus investigaciones no eran desinteresadas!
Al fin di con el hilo de la luz que busco, con la pista que sigo
para encontrarte, ¡oh!, camino que me llevarás hacia ella, pensé
sorprendido de la feliz casualidad que me hizo poner en manos de
Lazard, Casseres y Compañía, las sumas que había mantenido en casa
de Miranda hasta el año antepasado! ¡Bendita seas tú, Actriz de los
Bufos, ídolo de mi amigo el instintivo repórter don Vicente, que
con tu apetito de diamantes y el dominio que ejerces sobre él y el
temor que sentí de que fuera a caer mi oro en tus rosadas
manecitas, junto con los patacones de don Mariano, hiciste surgir
en mi cerebro la idea de trasladar mis fondos a casa de los
judíos!, pensaba subiendo la escalera monumental del escritorio de
éstos. Un banquero judío sirve para todo... hasta para decirle a
uno dónde está la visión con que sueña. ¡Oh, Israel!, murmuré
dentro de mí mismo al empujar la puerta del escritorio.
Nathaniel Casseres, doblado en dos, las narices de
águila, los ojos verdosos, el collar de barba rubia, todo él
encantado de verme, me estrechó la mano con afectuoso ademán y me
juró que su familia había estado consternada con mi enfermedad.
Vivió el tipo cuatro años en Buenos Aires y habla español, un
español aprendido en Francfort, que destroza los oídos.
‑¿A qué depemos el fonor de per al señor
Fernández en esta su casa?... ¿Tiene compras que hacer u ortenes
que tar?...
Y al explicarle que deseaba saber el lugar donde
estaba su cliente y que le suplicaba me informara de él:
‑¡Ah, sí! Puen cliente, puen hombre, puena
persona el señor Chilly... Puen cliente, puen hombre, puena
persona, pero no puedo informarlo a usted te lo que tesea... y más
o menos me explicó esto. Los únicos negocios que la casa de
Lazard, Casseres y Compañía tiene con el Conde, consisten en
recibir de una compañía de seguros sobre la vida gruesa suma que le
paga ésta, a la cual entregó su capital para recibir renta viajera.
Al oírlo me corrió un estremecimiento de frío por las espaldas. Y
si llegara a morir, ¿qué sería de la suerte de Helena, abandonada,
sola, sin fortuna, sin amigos?...
‑Otra operación hacemos por su cuenta,
continuó el obsequioso Nathaniel, es pagar instalamentos de un
seguro de vida de una hija suya, para que ésta lo reciba al cumplir
veinte años; un seguro fuerte, que le devolverá a la señorita
Scilly Dancourt el capital que su padre entregó a la compañía,
hábil operación, pero que sobre todo satisface los gustos de
nuestro cliente, que no quiere ocuparse de negocios, ni de dinero,
y que gira a nuestro cargo por cualquier suma que se le ofrezca,
desde cualquier punto de Europa, Asia, América, Africa u Oceanía,
donde toman sus cheques nuestros banqueros, porque la casa tiene
agentes en todo el mundo, agregó, complacido. Para él no llega aquí
más correspondencia que la de un sabio su amigo. Hace tres años
recibimos del señor Scilly telegrama de Roma, dando orden de no
enviarles esas cartas, y la casa, cumpliendo las suyas, las guarda
aquí. El no escribe nunca.
‑¿Y dónde está fechado el último cheque del
señor de Scilly?, pregunté.
‑He dado a usted todos esos datos en estricta
reserva, y así le daré el otro. Permítame usted hablo con el
tenedor de libros para informarlo.
‑De Alejandría, y es por una suma fuerte.
Probablemente seguiría para Oriente... El año pasado, por esta
época, recibimos un cheque de Benarés... ¡Puen cliente, puen amigo,
puena persona el señor de Chilly Tancourt!
Y haciendo reverencias y ofreciéndome que la casa
estaría a mis órdenes siempre, me acompañó hasta la puerta, por
donde salí desesperado.
¡Dios mío, un mes perdido así, cultivando imbéciles,
oyendo referir la batalla de Sedán y leer los himnos a Ammón Ra
Harmakouti, y sabiendo por los judíos cómo está colocada la fortuna
del padre, todo esto sin encontrar el camino que me lleve hacia
ella! Hoy me sé la historia de los Scilly como tal vez no la sabrá
el Conde, que no tiene cara de darle importancia a esas vanidades.
Cuanto libro he encontrado que pueda darme luz sobre los
antepasados de Helena, lo he leído con una paciencia de
benedictino. Tengo la cabeza llena de nombres y de hechos que van
desde el año de cuarenta y ocho, en que un Scilly, amigo íntimo de
Lamartine, figuró en la política, hasta el mil trescientos
veintisiete, en que otro partió para la primera Cruzada. Sé sus
armas y sus blasones, su escudo de combate y su grito de guerra.
¡Dios mío! ¿Y qué me importa todo eso si pierdo la esperanza de
encontrarla y si me desespera perder esa esperanza? ¡Helena, amor
mío, Helena, amor mío de mi alma, ven, surge, aparécete ante mis
ojos cansados de buscarte y hunde en ellos las penetrantes miradas
de tus pupilas azules, para que veas hasta mi alma y que en ella
sólo te reflejas tú, como en las aguas de un lago dormido, el cielo
constelado de astros!
12 de abril
Sólo una ventaja retiré de las entrevistas con el
General des Zardes, con Mortha y con el obsequioso judío, que mi
amor por Helena, de quien conozco ya la familia, la historia del
padre y la inversión de la fortuna de éste, se haya dulcificado,
sin disminuirse, pero humanizándose, por decirlo así. Sólo el amor
comprende, Idolatrada, de quien por intuitiva adivinación sé hasta
los más recónditos secretos de bondad y de nobleza; ¡sólo el amor
comprende! Para el General des Zardes no existes, sólo vive en su
imaginación la imagen de tu padre, tal como lo vio en los días de
la funesta campaña; para el profesor Mortha eres un mozo ocupado en
estudios de historia religiosa, el judío sólo sabe de ti el oro que
recibirás al cumplir los veinte años! ¡Sólo el amor comprende!
Charvet, a quien la práctica de su profesión no le ha endurecido el
alma, como a tantos de sus queridos colegas, sabe la agonía del ser
que te dio la vida, recuerda el horrible dolor de tu padre cuando
el trágico suceso, y entrevió en tus ojos de niña el fulgor que
tienen hoy, el fulgor terrible de santidad y de dulzura que alumbró
mi alma en la noche de Ginebra. Sólo yo, que quiero buscar en ti la
luz que me alumbre y el áncora que me salve, sé de ti todo cuanto
saben ellos juntos y te adivino tal como eres... ¡Sólo el amor
comprende!
Hoy hay dos lugares en la Tierra donde no se posan
pies humanos. Envuelve sagrado silencio la atmósfera que en ellos
se respira; son la estancia donde murió la santa de los cabellos de
plata cuyo perfil sonríe a seis pasos de este sitio, en el cuadro
de Whistler, y el cuarto, tomado en alquiler por diez años al
hotelero suizo y cuya llave está en la caja de hierro cerca del
camafeo; el cuarto por cuyo balcón me arrojó ella el ramo de rosas
en la noche inolvidable.
13 de abril
Decía ayer que mi amor se dulcificaba,
humanizándose... ¡Ah, sí!... ¡Sólo mi espíritu la reclamaba hace
unos días, y ahora todo mi ser la reclama!... Antes de encontrarla
no sabía lo que era el amor y había besado sólo con la imaginación,
mis ideales de poeta, con mis labios de carne las bocas lascivas y
entreabiertas de mis fáciles idolatradas. Ahora mi espíritu y mis
labios sueñan con ella, y si en ella pienso vibra todo mi ser, como
las cuerdas de un instrumento sonoro bajo el arco inspirado del
artista que les comunica su alma.
Puesto que revestida de misterio y de más allá, entraste en mi
vida, virgen inmaculada y dulcísima, nuestro amor será un éxtasis.
Ennoblecidos por ti, los detalles de la existencia diaria se
transfigurarán, y cada paso andado por los caminos de la tierra
será un paso hacia lo alto. Por ti abandonaré los planes destinados
a hacer pasar mi nombre a los tiempos venideros. ¡Qué más gloria
que vivir arrodillado a tus pies sintiendo la caricia de tus manos
y bebiendo en tus labios la esencia misma de la vida!
Oye: en la tierra que me vio nacer hay un río
caudaloso que se precipita en raudo salto desde las alturas de la
altiplanicie fría hasta el fondo del cálido valle donde el sol
calienta los follajes y dora los frutos de una flora para ti
desconocida. Las cataratas del Niágara, profanadas por los
ferrocarriles y por la canallería humana que va a divertirse en los
hoteles que las rodean, son un lugar grotesco cerca de la majestad
de templo del agreste sitio, donde cae en sábana de espumas,
atronando los ecos de las montañas seculares, el raudal poderoso.
Cortada a pico sobre el abismo, donde la niebla se irisa y
resplandecen las aguas a la salida del Sol, álzase ingente y rígida
roca de basalto. Aquella roca es el lindero de una de mis
posesiones.
Sobre ella construiré para ti un palacio que revista
por fuera el aspecto de renegrido castillo feudal, con sus fosos,
sus puentes levadizos y sus elevados torreones envueltos en
verdeoscura yedra y grisosos musgos y que en el interior guarde los
tesoros de arte que poseo y que animarás tú con tu presencia.
Viviremos, cuando la vida de Europa te canse y quieras pedir
impresiones nuevas a los grandiosos horizontes de las llanuras y a
las cordilleras de mi patria, en aquel nido de águilas que por
dentro será un nido de palomas blancas, lleno de susurros y de
caricias. Habrá mañanas de sol en que nos verán pasar cabalgando en
una pareja de caballos árabes, por los caminos que se extienden en
la sabana,
y los rudos campesinos se arrodillarán al verte, creyendo que
eres un ángel, cuando claves en sus cuerpos deformados por las
rústicas faenas, la resplandeciente mirada de tus pupilas azules;
habrá noches en que en el aire perfumado del cuarto, donde humea el
té rubio en las tazas de China y alumbra el suntuoso mobiliario la
luz de las lámparas, atenuada por pantallas de encaje, vibren las
frases sublimes de una sonata de Beethoven, arrancada por tus
pálidas manos al teclado sonoro y en que, desfalleciente de emoción
contenida, te levantes del piano para contemplar desde el balcón de
piedra la catarata iluminada por la Luna. ¡Apoyarás entonces la
cabeza en mi hombro, me envolverán los rizos castaños de la
destrenzada cabellera, volverás hacia los míos tus radiosos ojos
azules, y la palidez sobrenatural de tu semblante, la mortal
palidez exangüe de tus mejillas y de tu frente se sonrosará bajo
los besos de mis labios!.
¡Helena! ¡Helena! Me corre fuego por las venas y mi
alma se olvida de la tierra cuando pienso en esas horas que
llegarán si logro encontrarte y unir tu vida con la mía!...
14 de abril
Ayer saltó otro edificio destrozado por una bomba
explosiva, y la concurrencia mundana aplaudió en un teatro del
bulevar hasta lastimarse las manos, La Casa de Muñecas, de Ibsen,
una comedia al modo nuevo, en que la heroína, Nora, una mujercilla
común y corriente, con una alma de eso que se usa, abandona marido,
hijos y relaciones para ir a cumplir los deberes que tiene consigo
misma, con un yo que no conoce y que se siente nacer en una noche
como hongo que brota y crece en breve espacio de tiempo. Así a
estallidos de melinita en las bases de los palacios y a golpes de
zapa en lo más profundo de sus cimientos morales, que eran las
antiguas creencias, marcha la humanidad hacia el reino ideal de la
justicia, que creyó Renán entrever en el fin de los tiempos. Ibsen
y Ravachol le ayudan, cada cual a su modo; cae el primer magistrado
de Francia herido por el puñal de Cesáreo Santo, y escribe Suderman
La dama vestida de gris, donde la abnegación y el amor a la familia
toman tintes de sentimientos grotescos, sin que el final de cuento
de hadas, agregado por el novelista a su obra, como un farmaceuta
hábil, echaría jarabe para dulcificar una pócima que contuviera
estricnina, alcance a disimular el acre sabor de la letánica
droga.
Tórnase el arte en medio de propaganda antisocial,
síntoma curioso que coincide con la tendencia negadora de la
ciencia falsa, la única al alcance de las multitudes.
¡Mientras más pura es la forma del ánfora más
venenoso puede juzgarse el contenido; mientras más dulce el verso y
la música, más aterradora la idea que entrañan!
Moriste a tiempo, Hugo, padre de la lírica moderna; si hubieras
vivido quince años más, habrías oído las carcajadas con que se
acompaña la lectura de tus poemas animados de un enorme soplo de
fraternidad optimista; moriste a tiempo; hoy la poesía es un
entretenimiento de mandarines enervados, una adivinanza cuya
solución es la palabra nirvana. El frío viento del Norte, que trajo
a tu tierra la piedad por el sufrimiento humano que desborda en las
novelas de Dostoievski y de Tolstoi, acarrea hoy la voz terrible de
Nietzsche.
Oye, obrero que pasas tu vida doblado en dos, cuyos
músculos se empobrecen con el rudo trabajo y la alimentación
deficiente, pero cuyas encallecidas manos hacen todavía la señal de
la cruz, obrero que doblas la rodilla para pedirle al cielo por los
dueños de la fábrica donde te envenenas con los vapores de las
mezclas explosivas, oye, obrero, ¿nada evocan en tu rudimentario
cerebro las rudas sílabas de ese nombre germano, Nietzsche, cuando
vibran en tus oídos?... Los ecos del Norte las repercuten, suenan
ya en todo Europa y sus discípulos predican el evangelio de mañana.
No lo creas parecido al evangelio que cuenta la historia del pálido
Nazareno diciendo las consoladoras bienaventuranzas junto a las
ondas azules del dormido lago de Tiberiades y expirando en lo alto
de la cruz, con el cuerpo amoratado por los golpes y la pálida
frente destrozada por la corona de espinas; es un evangelio que
cuenta la historia de Zaratustra, en una cueva, meditando, entre el
águila y la serpiente, en el reavalúo de todos los valores. ¿Nada
le sugiere tampoco esa frase a tu obtuso entendimiento?... Es que
la humanidad había estado recibiendo como verdaderas, nociones
falsas sobre su origen y su destino, y el profundo filósofo
encontró una piedra de toque en qué ensayar las ideas como se
ensayan las monedas para saber el oro que contienen. Eso es lo que
se llama reavaluar todos los valores. Lo que tú llamas conciencia,
eso que te atormenta cuando crees haber cometido una falta, no es
más que el instinto de la crueldad que puedes ejercer contra los
otros, y que al no ejercerlo, porque la sociedad te lo impide
encerrándote en la noción del deber, como a un león en una jaula de
fierro, te atormenta como atormentarían sus inútiles garras al
flavo animal si las hundiera en su propia carne al no poder
destrozar los barrotes rígidos ni la presa deliciosa. Esos mismos
deberes en que crees, no son más que la invención con que una raza
potente y noble de hombres alegres que reían entre los incendios,
los estupros, los asesinatos y los robos, sujetó a las razas de
débiles vencidos, de que hizo sus esclavos. Los buenos entre los
vencedores eran los más crueles, los más brutales, los más duros, y
los esclavos inventaron como virtudes las cualidades opuestas a las
que veían en sus amos: la continencia, el sacrificio de sí mismo,
la piedad por el sufrimiento ajeno. En la revuelta de los esclavos,
que tuvo lugar hace siglos, fue necesaria una víctima para que
tuvieran una bandera que levantar, un hombre que juntara en sí
todas aquellas falsas virtudes y muriera por afirmarlas, e Israel
crucificó al Cristo, a ese que tú creías Dios, y triunfó la moral
de los débiles, la que te enseñó tu padre, ésa sobre la cual está
fundada la sociedad de hoy.
¿Tú no sabías nada de eso, obrero que con las manos
encallecidas por el trabajo haces todavía la señal de la cruz y te
arrodillas para pedir por los dueños de la fábrica donde te
envenenan los vapores de las mezclas explosivas? Pues sábelo, y
regenerado por la enseñanza de Zaratustra, profesa la moral de los
amos; vive más allá del bien y del mal. Si la conciencia son las
garras con que te lastimas y con que puedes destrozar lo que se te
presente y coger tu parte de botín en la victoria, no te las hundas
en la carne, vuélvelas hacia afuera; sé el sobrehombre; el
Ubermensch libre de todo prejuicio, y con las encallecidas manos
con que haces todavía, estúpido, la señal de la cruz, recoge un
poco de las mezclas explosivas que te envenenan al respirar sus
vapores, y haz que salte en pedazos, al estallido del fulminante
picrato, la fastuosa vivienda del rico que te explota. Muertos los
amos serán los esclavos los dueños y profesarán la moral verdadera
en que son virtudes la lujuria, el asesinato y la violencia.
¿Entiendes, obrero?...
Así, a estallidos de melinita en las bases de las
ciudades y a golpes de zapa en lo más profundo de sus cimientos
morales, que eran las antiguas creencias, marche la humanidad hacia
el reino ideal de la justicia que entrevió Renán en el fin de los
tiempos. Nietzsche, Ibsen y Ravachol le ayudan, cada cual a su
modo.
Allá en las más excelsas alturas de lo intelectual,
noble grupo de desinteresados filósofos, indaga, investiga, sondea
el inefable misterio de la vida y de las leyes que la rigen, y
transforma sus pacientes estudios en libros que carecen de
categóricas afirmaciones, que apenas anotan lo bien sabido, lo que
cae bajo el dominio de la observación; en libros que muestran en el
límite de la humana ciencia «las olas negras del océano del
misterio para embarcarnos en el cual no tenemos ni barca ni
brújula», al decir de la grandiosa frase de Littré. Coincide la
impresión religiosa que esos grandes espíritus experimentan al
considerar el problema eterno y expresan en sus obras, con el
renacimiento idealista del arte, causado por la inevitable reacción
contra el naturalismo estrecho y brutal que privó hace unos años.
En vez de las prostitutas y de las cocineras, de los ganapanes y de
los empleadillos que ganan cien pesetas al mes, deléitanse los
novelistas en pintarnos grandes damas que se mueven en suavísimos
ambientes, magas que realizan los prodigios de los antiguos teúrgos
y sabios que poseen los secretos supremos. Tórnase la música de
sensual modulación que acariciaba los oídos y sugería voluptuosas
tentaciones, en misteriosa voz que habla al cerebro; pasan místicas
sombras por entre el crepúsculo que envuelve las estrofas de los
poetas y toman forma en los lienzos, las visiones del más allá. Los
exploradores que vuelven de la Canaan ideal del arte, trayendo en
las manos frutas que tienen sabores desconocidos y deslumbrados por
los horizontes que entrevieron, se llaman Wagner, Verlaine, Puvis
de Chavannes, Gustave Moreau.
En manos de los maestros la novela y la crítica son
medios de presentar al público los aterradores problemas de la
responsabilidad humana y de discriminar psicológicas
complicaciones; ya el lector no pide al libro que lo divierta sino
que lo haga pensar y ver el misterio oculto en cada partícula del
Gran Todo.
¿Dudas todavía del renacimiento idealista y del
neomisticismo, espíritu que inquieres el futuro y ves desplomarse
las viejas religiones?... Mira: del oscuro fondo del Oriente,
patria de los dioses, vuelven el budismo y la magia a reconquistar
el mundo occidental. París, la metrópoli, les abre sus puertas como
las abrió Roma a los cultos de Mitra y de Isis; hay cincuenta
centros teosóficos, centenares de sociedades que investigan los
misteriosos fenómenos psíquicos; abandona Tolstoi el arte para
hacer propaganda práctica de caridad y de altruismo, ¡la humanidad
está salvada, la nueva fe enciende sus antorchas para alumbrarle el
camino tenebroso!
¡Ah, sí! ¿Pero tú no sabes, crítico optimista, que
cantaleteas el místico renacimiento, y al ver esos síntomas cantas
hosanna en las alturas y paz sobre la tierra a los hombres de buena
voluntad, qué es lo que le llega al pueblo, a la masa, al rebaño
humano, de todos esos fulgores que te deslumbran, del inarmónico
coro que forman esas voces al rezar el «Padre nuestro que estás en
los cielos», que es la oración a la moda, entre los intelectuales
de hoy?... Pues voy a decírtelo: lo que el pueblo comienza a saber
es lo que le enseñan los vulgarizadores de la falsa ciencia, la
única vulgarizable, los Julio Verne de la psicología y de la
doctrina evolucionista, es que el hombre tuvo por antepasado al
mono y que el deber es sólo el límite de la fuerza de que
disponemos. Hay voces que le gritan a las multitudes: «Mira: ese
viejecito pálido, vestido de blanco, que se pasea prisionero por el
Vaticano, es un farsante; ese muñeco que está allá arriba en la
cúspide del edificio social, un imbécil». Y mientras los
neomísticos inventan sus religiones para poetas, para venteros
millonarios o para sabios purificados por el estudio, el populacho
alza los ojos y mira. Así los alzaba hace ciento veinte años, para
ver, entre la atmósfera de la corte, perfumada de mariscala, los
tacones rojos de las favoritas, las empolvadas pelucas, las
chorreras de encajes, las casacas de colorines de los cortesanos
que rodeaban al sifilítico monarca. Voltaire no había reído aún;
Rousseau no había llorado todavía. Oyó la fiera de repente la
blasfemia y el sollozo, se sacudió del letargo en que dormía, clavó
las garras en la presa dorada y el charco de sangre del Terror
mostró el poder de sus garras y los destrozos de su ira
sangrienta.
En los últimos años, al alzar las miradas hacia lo
alto lo que el león ha visto es la cara imbécil de papá Grévy, y
tras de ella el perfil judío de Daniel Wilson, que, como un ratero,
se guardaba el oro, producto de la venta de gloriosas
condecoraciones; lo que ha visto es al brave général, caracoleando
en el negro caballo; lo que ha visto es el asunto de Panamá,
aquella lluvia de lodo que salpicó las canas de Lesseps y las
frentes de tantos de sus senadores ilustres.
¿Crees tú, crítico optimista que cantaleteas el
místico renacimiento y cantas hosanna en las alturas, que la
ciencia notadora de los Taine y de los Wundt, la impresión
religiosa que se desprende de la música de Wagner, de los cuadros
de Puvis de Chavannes, de las poesías de Verlaine y la moral que le
ense‑ñan en sus prefacios Paul Bourget y Eduardo Rod, sean
ca‑denas suficientes para sujetar a la fiera cuando oiga el
Evan‑gelio de Nietzsche?... El puñal de Cesáreo Santo y el
reven‑tar de las bombas de nitroglicerina pueden sugerirte la
res‑puesta.
15 de abril
Una oleada poderosa de sensualismo me corre por todo
el cuerpo, enciende mi sangre, entona mis músculos, da en mi
cerebro relieve y color a las más desteñidas imágenes y hace vibrar
interminablemente mis nervios al contacto de las más leves
impresiones gratas. No es fuera de él, es en el fondo de mi
espíritu donde está subiendo la savia, donde están cantando los
pájaros, donde están reventando los brotes verdes, donde están
corriendo las aguas, donde están aromando las flores, al recibir
los besos tibios de la primavera. El amor ha hecho su nido en mi
alma. ¡Músicas que flotáis en ella, líneas, colores, olores,
contactos, sensaciones de fuerza desbordante, sangre que me
enciendes las mejillas, sueños que aleteáis en la sombra,
delectación morosa que traes ante mí el voluptuoso cuadro de los
placeres pasados y me hostigas con el recuerdo de sus punzantes
delicias, todos vosotros bailáis un coro báquico, una saturnal en
que los besos estallan, y los cuerpos se confunden y caen
entrelazados sobre el césped aromoso y blando! ¡Helena, Helena!
¡Tengo sed de todo tu ser y no quiero manchar los labios que no se
posan en una boca de mujer desde que la sonrisa de los tuyos
iluminó mi vida, ni las manos, impolutas de todo contacto femenino,
desde que recogieron el ramo de rosas arrojado por tus manos!
¡Helena! ¡Ven, surge, aparécete, bésame y apacigua con tu presencia
la fiebre sensual que me está devorando!
19 de abril
Ahí estaban en la tiendecita Bassot, situada en la
calle de la Paz, deleitando los ojos con el brillo de las piedras
aglomeradas ante mí sobre el vidrio del mostrador por las manos del
aristocrático joyero. Del gran Balzac cuentan que, enamorado de los
visos rosados de dos perlas gemelas, trabajó un año para
adquirirlas; de Richelieu moribundo, que hundía las flacas manos en
el cofre rebosante de pedrería y que al hacerlas brillar se le
iluminaban los apagados ojos. Sírvame conmigo mismo de excusa tan
ilustres ejemplos para disculpar mi pasión, superior a las de ellos
por vosotros, misteriosos minerales, más sólidos que el mármol, más
duros que el metal, más durables que las humanas construcciones,
más radiosos que la luz que reflejáis, centuplicándola y
colorándola con los matices de vuestra esencia. ¡Oh, piedras
rutilantes, espléndidas e invulnerables, vívidas gemas que
dormisteis por siglos enteros en las entrañas del planeta, delicia
del ojo, símbolo y resumen de las riquezas humanas! Los diamantes
se irisan y brillan como gotas de luz; semejan pedazos del cielo
del trópico en las noches consteladas los oscuros zafiros; tú,
rubí, ardes como una cristalización de sangre; las esmeraldas
ostentan en sus cristales luminosos los verdes diáfanos de los
bosques de mi tierra; tenéis vosotros, topacios y amatistas que
ornamentáis los gruesos anillos episcopales, coloraciones suaves
del cielo en las madrugadas de primavera, son azulinas, sonrosadas
y verde pálidas las llamas que arden entre tu leche luminosa, ópalo
cambiante; crisoberilos: vosotros brilláis con áureo brillo, como
los ojos fosforescentes de los gatos, y quién dirá la delicia que
procuráis a quien os mira, ¡oh, perlas! ¡más discretas en vuestro
brillo que las gemas radiantes, perlas que os formáis en el fondo
glauco de los mares, perlas blancas de suavísimo oriente, perlas
rosadas de Visapour y de Golconda, fantásticas perlas negras de
Veraguas y de Chiriquí, perlas que adornáis las coronas de los
reyes, que tembláis en los lóbulos de las orejas sonrosadas y
pequeñuelas de las mujeres, y os posáis como un beso sobre la
frescura palpitante de los senos desnudos! ¡Más artista y más
crédula la humanidad de otros tiempos, os revistió con el sagrado
carácter de amuletos y mezcló a la sensual delicia que esparcen
vuestras luces la veneración por vuestros mágicos poderes,
diamantes conjurados de las maldiciones y los venenos, zafiro que
preservas de los naufragios, esmeralda que ayudas los partos
difíciles, rubí que das la castidad, amatista que evitas la
embriaguez, ópalo que te empalideces si la Idolatrada nos olvida!
¡Oh, piedras rutilantes, invulnerables y espléndidas, vívidas gemas
que dormisteis por largos siglos en las entrañas del planeta,
delicia del ojo, símbolo y resumen de las riquezas humanas!
Ahí estaba en la tienda de Bassot, cuando, frente,
en la puerta, se detuvo el coche de elegante y sencillo aspecto.
Con movimientos ágiles y miradas de inquietud, como de venada
sorprendida, bajó de él, caminó diez pasos, en que al través del
vestido de opaca seda negra, ornamentada de azabaches, adiviné las
curvas deliciosas del seno, de los torneados brazos y de las
piernas largas y finas, como las de la Diana Cazadora de Juan
Goujon, y vino a detenerse junto al mostrador donde estaban las
joyas. Mi olfato aguzado percibió, fundidos en uno, el olor de pan
fresco que emanaba de toda ella, un olor delicioso de salud y de
vida y el del ramo de claveles rosados que llevaba en el corpiño.
Husmeé el olor como un perro de cacería lanzado sobre la pista, y
antes de que pronunciara la primera palabra, ya la habían desnudado
mis miradas y le había besado con los ojos la nuca llena de vello
de oro, los espesos y crespos cabellos oscuros de visos rojizos,
recogidos bajo el gran sombrero de fieltro ornamentado de plumas
negras, los grandes ojos grises, la naricita fina y la boca, roja
como un pimiento, donde se le asomaba la sangre. Así, sonrosada y
fresca, con su olor a levadura y a claveles, parecía una soberbia
flor de carne acabada de abrir.
‑¿Tiene usted collares de diamantes
blancos?..., preguntó al joyero, con el más puro acento yanqui y
con una sonrisa infantil que le hizo brillar entre lo rosado de los
labios el nácar de la dentadura.
‑Todo esto es demasiado valioso para mí,
murmuró entre dientes al oír los precios, al tiempo que en su
semblante súbita expresión de mal humor y de tristeza reemplazaba
la excitación que le abrió los ojos y se le asomó a la boca al ver
las costosas pedrerías.
‑No hay nada demasiado caro para usted. Esta
joya estará en sus manos esta noche, si usted me permite
presentársela, le dije, paso, en inglés, al oído casi, con voz
ronca en que vibraba la tentación.
‑Es espléndido, dijo en el mismo idioma, que
sonaba en su boca como una música, mirándome de pies a cabeza y
viendo mi mano crispado sobre el estuche de seda negra.
¿Verdad?..., añadió clavando en los míos los ojos claros, y con
toda la cara iluminada por una expresión de felicidad
indescriptible, como jamás la he visto en ninguna fisonomía.
‑Venga usted a las nueve de la noche y
hablaremos. No pregunte mi nombre al portero; lo esperaré yo misma
en la puerta, como si volviera de la calle; entraremos juntos, dijo
teniéndome una hoja de papel, que arrancó de la diminuta cartera
forrada en cuero de Rusia, y en la cual escribió febrilmente las
señas, las de una calle tranquila de los Campos Elíseos. A las
nueve en punto entraré con usted, como si volviera de la calle,
agregó con voz grave y mirándome en los ojos.
Los dependientes de Bassot nos miraban,
cuchicheando, sorprendidos del diálogo a media voz y en idioma
extranjero que se había entablado entre nosotros, personas
desconocidas, puesto que no la había saludado al entrar.
‑Esas joyas son magníficas, pero
demasiado valiosas para mí: perdone usted señor, dijo al empleado,
que se la comía con los ojos.
‑Lo espero a usted a las nueve, volviéndose a
mí, con la expresión seria de una persona que sabe lo que hace y
acostumbrada a negocios importantes.
Y con sus movimientos ágiles y sus miradas de
venada, cruzó el espacio que la separaba del coche, que partió al
subir ella, sin volver los ojos a la joyería.
‑¡Soberbia criatura! ¡Esas americanas del
Norte... eh! me insinuó el dependiente, un cincuentón entrecano,
con los ojos llenos de malicia y la chivera y los bigotes
puntiagudos, retorcidos a lo Napoleón III. ¡Soberbia criatura!
Tiene loco por un collar de diamantes, que no le quiere comprar, al
marido, que es un jayanote yanqui con la cara afeitada y tipo de
Cuákero. La semana pasada estuvieron visitando todas las tiendas de
joyas, él de mal modo y regañándola, ella haciéndole mil zalamerías
para decidirlo. Ahora anda sola, pero seguramente no tiene el
dinero completo. Estas americanas del Norte... Esté usted seguro de
que no descansa hasta que tenga el collar. ¡Ah!, ¿con que se queda
usted con él?... dijo abriendo tamaños ojos... Es lo mejor que
hemos tenido en los últimos años... añadió con displicencia, una
joya de esas que no provoca vender.
¡En esas piedras os vais a convertir, desteñidos
billetes azules de a mil francos, que habéis venido a mí sin
buscaros, en las tres noches en que, engañando mi hambre de besos
con la vertiginosa jugarreta en que volabais sobre la carpeta
verde, os recogía con helada indiferencia, mientras que los otros
jugadores se levantaban de la mesa con los bolsillos vacíos, los
ojos irritados y las manos trémulas!
Y ahora escribo mi aventura. ¿Qué ha entendido ella
al decirme que vaya a buscarla, después de mi frase brutal?... No
sé. Sólo sé que los diamantes, dignos de una princesa, brillan en
el fondo de los cálices de las flores de un ramo, donde los hice
colocar para llevárselos, y que será mía. Veo su carne desnuda, sus
gráciles formas ofrecidas a mis besos, y ardo. Son las ocho de la
noche; ¡dentro de dos horas estará en mis brazos, lo estoy
sintiendo, y se realizarán los contenidos deseos que acumulan en mí
ocho meses de loca continencia y de estúpidos sentimentalismos,
sugeridos por haber visto una muchachita anémica, estando bajo la
influencia del opio! ¡Hurrah a la carne! ¡Hurrah a los besos que se
posan como mariposas sobre el terciopelo de la piel sonrosada, a
los besos que entran como áspides por entre el raso aromoso de los
labios, a los besos que penetran como insectos borrachos de miel
hasta el fondo de las flores; a las manos trémulas que buscan; al
olor y al sabor del cuerpo femenino que se abandona! ¡Hurrah a la
carne! ¡Afuera voz de mis tres Andrades, sedientos de sangre,
borrachos de alcohol y de sexo, que, tendidos sobre los potros
salvajes, con el lanzón en la mano, atravesabais las poblaciones
incendiadas atronándolas con nuestro grito: Dios es pa reírse del;
el aguardiente pa bebérselo; las hembras pa preñarlas, y los
españoles pa descuartizarlos! Grita, voz de mis llaneros salvajes:
¡Hurrah a la carne!
28 de abril
¡Oh, la extraña y deliciosa criatura! Entramos
juntos, abrió con su llave la puerta del vestíbulo, que atravesó
rápidamente, y cuando llegué al saloncito amable, después de
quitarme el abrigo, en uno de cuyos amplios bolsillos estaba el
collar de diamantes disimulado entre las flores, ya había encendido
las lámparas. La desnudez de la pieza estrecha, amueblada sólo con
dos sillas, un diván, un velador y una lámpara, y la expresión de
su carita seria, disiparon mis últimas dudas. No, aquella no era
una mujer comprable; ¡quién sabe qué capricho loco por la valiosa
joya la había hecho recibirme, y qué había entendido al oír mi
frase brutal!
‑Siéntese usted, me dijo, ya sentada en un
sillón de brocatel grisoso, al pie de una alta lámpara, de la cual
caía, en cuadro, la luz sobre la alfombra, suavizada por un
pantallón de gasa de un verde desteñido.
Fue ella quien rompió primero el silencio. Yo me
contenté, mientras duró éste, con extasiarme los ojos recorriéndola
toda, desde la masa espesa de los cabellos oscuros, que le
coronaban la cabeza, de enérgica y finas facciones, hasta los
piececitos angostos y largos que calzados con un zapato bajo de
resplandeciente charol, dejaban adivinar su blancura por entre los
calados de la media de seda negra, fina como un encaje.
‑¿Usted ha vivido en los Estados Unidos?...,
fue la primera frase que, después de otro silencio, me dirigió la
boca encarnada y fresca, en un francés gutural y bronco, que me
hizo sonreír involuntariamente al oírlo... ¿No?... Eso equivale,
más o menos, a que usted no me entienda y tal vez a que me juzgue
mal, y lo probable es que no podamos hacer nada..., continuó
asomándosele a los ojos la misma tristeza de niño consentido a
quien se le niega un juguete, que le había visto en la joyería al
oír los precios de los diamantes. ¡Ah, pero usted habla inglés
mejor que yo! Tal vez podamos entendernos; perdone usted que lo
deje solo unos segundos, añadió, levantándose.
¡Estas americanas del Norte!, pensaba para mi
coleto, haciendo mía la frase del empleado de Bassot, que había
oído por la mañana.
‑Aquí están, dijo, poniendo sobre una mesita
que acercó, unas cajas de terciopelo y de raso y encendiendo dos
bujías para facilitarme el examen... Véalas usted, avalúelas y
después le haré mi propuesta.
‑Valen la mitad de lo que vale el mejor de los
collares que usted vio en la calle de la Paz, le contesté con calma
imperturbable y sin una sonrisa, después de examinar el contenido
de los estuches, marcados los unos con el nombre de Tiffany, los
otros con los de varios joyeros parisienses de segundo orden, y
donde no había una sola piedra sin defecto. Esto ha sido escogido
más en vista del tamaño que de la calidad; usted convendrá conmigo
en que los diamantes, o son pajizos o tienen defectos, rayas o
quebraduras que los hacen desmerecer; en que los rubíes no son del
mismo matiz y en que una de las esmeraldas del broche es más pálida
que las otras y tiene jardín, le dije asumiendo de lleno mi papel
de negociante en joyas.
‑¡Cosas de John, que no distingue! Yo prefiero
un diamantito así de grande, dijo mostrándome la punta de la uña
rosada, blanca y brillante de uno de los dedos, pero que no tenga
mácula, a una tapa de botellón con viso pajizo. Y, sonriéndose por
primera vez: ¡usted es un maestro, y qué refinado! how refined,
añadió sin quitar los ojos de la perla negra que me abotonaba la
pechera... Pero, en fin: usted conviene conmigo en que estas joyas
valen la mitad de lo que vale el collar; pues oiga usted mi
propuesta: le daré a usted mi nombre, que ya va siendo una
garantía, y esto, dijo, mostrando los estuches y un pagaré por la
diferencia con el precio del collar. Dentro de tres meses le
enviaré de Chicago el valor total de éste, y usted me devolverá lo
mío, junto con el pagaré cancelado, entregándolo todo en el
Consulado de los Estados Unidos, donde formalizaremos la operación,
mañana, a primera hora. ¿Acepta usted?, preguntó, sonriéndose con
alegría.
‑No acepto, señora, respondí con estudiada
frialdad, deleitándome en ver cómo bajaba los ojos, que se le
humedecieron, y cómo le caía sobre las mejillas la sombra de las
largas pestañas crespas. ¿Qué ganaría yo con ese negocio?
‑Como usted me dijo esta mañana que podría
procurarme el collar, contestó con un mohín de despecho.
‑Pero usted entendió mal, comencé,
con una voz que trataba de hacer firme, sin lograrlo. Hay una
combinación por la cual usted tendrá la joya esta noche, sin pagar
ni un centavo por ella, insinué, mirándole al fondo de los ojos,
que había levantado del suelo, ya serenos, y que me miraban
fijamente.
‑Se ha equivocado usted, señor, me contestó,
encen‑diéndosele las mejillas y poniéndose en pie con un
movimiento brusco de todo el cuerpo y mirándome con una expresión
profunda de desprecio y de ira. ¡Se ha equivocado usted, señor!
¿Conque se ha atrevido usted a creer que mi pasión por las piedras
va hasta hacerme olvidar quién soy y que esos diamantes pueden
comprarme?... ¿Pero no ve usted, infeliz que esas cajas llenas de
joyas que le ofrezco son mías, muy mías?... ¡Ah, es que usted no
sabe mi nombre y cree que le voy a robar la diferencia, dijo
gritando, soy Nelly!... y ahí un apellido alemán con falsa
terminación inglesa, el de un millonario de Chicago, conocido en el
mundo entero como uno de los más fuertes empresarios de
ferrocarriles de los Estados Unidos. ¡Qué bien se ve que no ha
vivido usted en mi tierra cuando entiende tan mal mi proceder y me
juzga así!, continuó sin sentarse y con la expresión de angustia de
quien se siente manchado por infame e inmerecida sospecha.
Recogí el fino pañuelo de batista y encajes,
perfumado de clavel, que se le
cayó al suelo al levantarse, y le dije, respirando el olor y con
voz dulce:
‑Señora: hónreme usted con permitirme
permanecer aquí unos instantes más, y crea usted que habla con un
caballero. Puse el pañuelillo sobre el velador y busqué nervioso la
cartera, y abriéndola le tendí una de mis tarjetas de visita. Si
usted se siente ofendida al terminar nuestra conversación, que me
envíe su marido mañana dos testigos que arreglen con los míos las
condiciones de un encuentro... Usted le dirá que esta noche me he
entrado tras de usted, que volvía a su casa, y que he pretendido
besarla y poseerla. Haga usted eso, pero déjeme hablarle, le grité,
casi, poseído de la furia de coronar el plan que se había formado
dentro de mí en esos minutos.
¡Cómo! ¿Usted es el señor Fernández, don José
Fernández, el autor de los Poemas Paganos, que tradujo Murray?,
dijo, sentada ya y alzando los ojos de la diminuta hoja de papel
bristol... Y yo que no lo había reconocido... También es que el
retrato es muy viejo, ¿cierto? No tenía usted barba entonces...
Ignoraba completamente que viviera en París. Siéntese usted, señor
Fernández; va usted a tomar el té conmigo y vamos a hablar de sus
versos. Así olvidaremos la estúpida historia del collar...
¡Ah! ¿Conque leíste el articulillo aquel publicado
en un magazine de Boston y escrito por el yanqui que visitó mi
tierra y que me pagó los quinientos dólares que le presté,
llamándome en él gran poeta, traduciendo una parte de mis estrofas
y haciendo imprimir con su traducción el retrato que acompaña la
segunda edición de Los Primeros Versos? ¿Con que lo has
leído, mi yanqui adorable y frenéticamente altiva, y quieres que
hablemos de mis Poemas Paganos?
‑Hablemos de sus versos, de los Poemas
Paganos. Los conozco en la traducción de Murray, publicada en el
«Nort American Magazine». ¡Qué hermosos, fascinadores! How lovely,
fascinating, dijo, sonriéndome, hablemos de sus versos, señor
Fernández.
‑No, señora; hablemos de usted y del collar
que usted desea y que su marido no quiere comprarle, que le está
haciendo cometer locuras y que
me ha hecho a mí presentarme en su casa y tener el honor de
hablar con usted.
Vuelve usted al collar... Sea... ¿Qué es lo que pretende usted
decirme?, me dijo con mal disimulada impaciencia y un gesto de
orgullo. Tengo la esperanza de que usted me crea una señora y de
que no va a hacerme perder la ilusión de creerlo a usted un
caballero.
‑Lo que pretendo decirle, comencé, temblándome la voz de
emoción, es que le suplico a usted, del modo más respetuoso, que
acepte esa joya que pongo a sus pies sin pedirle más sino que,
cuando la luzca usted sobre su cuerpo de diosa, recuerde usted al
hombre a quien hizo feliz permitiéndole satisfacer un antojo suyo.
Si usted acepta mi propuesta, el collar estará en sus manos dentro
de un minuto y yo me iré sin haberlas besado, para no volver a
verla, si usted lo exige.
‑¿Habla usted en serio?, me preguntó con honda
agitación inexplicable, al oír mi respuesta.
‑Señora: sólo espero que usted me permita, e
irme, porque temo ser inoportuno.
‑¡Dios mío, Dios mío! ¡Busca el modo de
hacerme feliz y me conoció esta mañana; y el otro me insulta cuando
le ruego y me deja sola para irse a buscar mujeres perdidas en
Nueva York! ¡Qué vida!..., articuló entre los sollozos que la
ahogaban, acostando la cabeza contra el espaldar del sillón y
cubriéndose los ojos llenos de lágrimas con el pañuelito de batista
oloroso a claveles.
Los sollozos la sacudían toda; los nervios
triunfaban de aquella naturaleza rica y enérgica.
Salí a la antecámara, busqué el ramo y entrando en
puntas de pies fui a arrodillarme junto al sillón donde lloraba,
como la serpiente se arrastró al pie de Eva inocente al ofrecerle
la poma. Los sollozos y las lágrimas seguían, y yo guardaba
silencio.
‑¡Nelly!, le dije cuando comenzó a calmarse,
circuyéndole el talle fino con un brazo, acariciándole la frente
con las flores del ramo, y cantándole una cancioncilla monótona con
que las nodrizas en Florida arrullan a los chiquillos para que se
duerman. No llore, Nelly; las flores la están besando para
contentarla; los diamantes la quieren ver, Nelly linda y fresca
como las flores; Nelly radiosa y fría como los diamantes que valen
menos que esas lágrimas.
Vencida por aquellos mimos y sorprendida al oírlos,
apartó el pañuelo y hundió los ojos en los purpúreos cálices de las
gloxinias y en las blancas hojas de las gardenias, donde temblaban
los diamantes como gotas de luz.
‑No, no, dijo sonriéndose, con una sonrisa que
le alumbraba los ojos húmedos como un rayo de sol un paisaje de
primavera recién mojado por la lluvia. No, no; si usted no acepta
mi propuesta, no me hable más; eso vale una suma loca. Mi padre,
que es millonario y que me adora, nunca me los habría regalado. No,
lléveselos usted y regáleme las flores. ¡Están lindas!, dijo,
respirando el ramo. Guarde usted eso, recogiendo el hilo de
platino, animado de luminosa vida por la palpitación blanca, roja,
azul de las pedrerías radiosas que se irisaban a la luz de las
bujías y de la lámpara. Fernández: ¿por qué me quiere usted regalar
eso?...
Hablábamos, ella con la cabeza adorable, cuyos
oscuros rizos me acariciaban la frente, doblada sobre la mía, que
casi se apoyaba en sus rodillas, hincado como estaba a sus pies,
respirando su aroma de flor y circuyéndola con los brazos.
‑Porque los poetas andan por el mundo sólo
para realizar los antojos de las diosas como usted, le respondí
cubriendo de besos una de las manos suaves y frías, conque hacía
esfuerzos para alejarme de ella. Nelly: esos diamantes van a hacer
que usted se acuerde de mí al verlos más tarde; no me niegue usted
la delicia de pensar que voy a vivir en su memoria en sus noches de
triunfo.
Y mis labios, recorriendo los ramales azulosos de las venas, que
se transparentaban bajo el fino cutis de la muñeca delgada, subían
por el brazo torneado y blanco, desnudo hasta el codo de la negra
manga de opaca seda ornamentada de azabaches.
‑¿Y por qué quiere que yo me acuerde de usted
por los diamantes? Me acordaré de usted porque sé sus versos
deliciosos y porque lo he visto así arrodillado a mis pies,
queriendo realizar un antojo mío a costa de una suma enorme y
diciéndome cosas que nadie me había dicho nunca... ¡Qué cosas las
que usted me dice! Cómo se ve que usted es poeta, un gran poeta,
añadió con tono convencido. ¿Quiere usted oír sus versos,
dichos por mí en mi lengua? Es menos hermosa que la suya. Los sé de
memoria. Oiga usted... Y recitó con su voz de oro las estrofas del
canto a Venus, que dicen las glorias de la Afrodita al nacer de las
olas marinas.
‑Ahora va usted a decírmelos en su idioma; no
lo entiendo, pero suena como una música. How noble, how musical,
decía poniendo la orejilla sonrosada cerca a mi boca, que le
recitaba paso, muy paso, mis mejores endecasílabos.
Hablábamos así, perdidos en la delicia de saborear la esencia de
los versos y de sentirnos cerca, sin que ella, la orgullosa de unos
minutos antes, ni yo, el respetuoso admirador que le había jurado
que se iría sin besarle las puntas de los dedos, nos diéramos
cuenta del vértigo que se estaba apoderando de ambos. Sin saber
cómo, estaba sentado en el sillón y la tenía sentada en las
rodillas. Uno de los piececitos colgaba sobre la alfombra. El
encaje de seda negra de la media transparentaba la blancura del pie
angosto y largo y de la pantorrilla de túrgida curva, descubierta
por la falda negra donde lucía el brillo mate de los azabaches. Le
estaba besando la nuca, llena de vello dorado, y sentía
estremecerse bajo mis labios todos sus nervios. La manecita fija
que agarraba la mía hundía crispada en mi carne las uñas sonrosadas
y puntiagudas. En el silencio sólo oíamos las palpitaciones de
nuestras arterias.
‑Más versos, más paso..., me dijo con
expresión acaricia‑dora, acercando a mi mejilla ardiente la
suya fría y aterciopelada y embriagándome con su olor a pan fresco
y a claveles húmedos.
Le dije las estrofas que pintan los grupos de palomas blancas
sobre el altar de Cypris, envueltas por el humo aromático del
sacrificio y aleteando entre las rosas, y se las dije en su lengua,
mientras que le envolvía la muñeca en el collar que le circuyó
el
brazo pálido, como una serpiente de luz, y comenzó a irradiar
con el brillo de sus centenares de facetas.
‑¿Cuántos años tienes?..., me preguntó de
repente, paseándome suavemente la mano blanca por los cabellos y
por la barba... ¿Veintiséis? Yo, dieciocho; él tiene cuarenta y
dos... ¿Con quién vives?... ¿Solo?... ¿Ni padre, ni madre, ni
mujer, ni hijos? ¿Nada? ¿Solo en ese hotel?... El otro día me
detuve a ver la fachada. Es antigua, ¿cierto?... Y majestuoso,
majestic. ¿Y vives solo ahí?... Vives como un príncipe. ¿Y no te da
tristeza estar solo?... ¿Y qué haces?... Cómo gozarás de la vida,
¿no?
‑No. Adoro la belleza y la fuerza y escribo
versos de esos que sabes, le dijo con tono triste y mintiéndole
para acabar de fascinarla.
‑¿Y recibes mujeres?..., me preguntó, riéndose
con una picardía deliciosa.
‑No, porque no las encuentro tan bellas como
Nelly, le respondí envolviéndola en una mirada de deseo loco. Hacía
ocho meses que no daba un beso ni recibía una caricia.
‑¡Es imposible! ¡Es irreal! it is irreal...
Júrame que eso es cierto, dijo con voz ahogada y hablándome al
oído.
‑Te lo juro. Yo quiero lo perfecto y no lo
encuentro. Lo demás me causa asco. Y cuando hallo una mujer de
quien me enamoro en una hora con todas mis fuerzas y a quien le
suplico que conserve unas pobres piedras para que se acuerde de mí,
una a cuyos pies pasaría la vida arrodillado y por cuyos besos
daría mi alma, ella rehúsa mi amor y me tira a la cara el regalo
conque sueño hacerla feliz un minuto.
‑No, dijo; suéltame y espera... Y se levantó
para dejar la salita.
‑¿Te vas, Nelly?...
‑Pero vuelvo en este momento, respondió
levantando el portier, que cayó tras de ella.
¡Será tuya, será tuya!, me gritaba por dentro la voz
de los llaneros. ¡Será tuya!
‑¿Te gusto así?, me preguntó volviendo a
sentarse en mis rodillas en el ángulo del cuarto donde había más
sombra y extendía sus blandos cojines un diván turco, amplio como
un lecho nupcial. No me lo he estrenado todavía. Míralo.
El corpiño de terciopelo negro de un traje de baile, sujeto en
los hombros por dos lazos, sobre uno de los cuales lucía el ramo de
gloxinias y de gardenias, dejaba ver las blancuras túrgidas del
seno, que ondulaba con rítmico movimiento bajo el hilo de platino
animado de luminosa vida, por la palpitación blanca, roja y azul de
las pedrerías que se irisaban en la media luz de crepúsculos. ¿Te
gusto así?, preguntó, inclinándose para ver los diamantes y
dejándome hundir la mirada en los tesoros que ocultaba mal el
terciopelo del corpiño.
‑¡Si nos hubiéramos encontrado antes! Me voy
mañana para Nueva York, Fernández, mi poeta, comenzó, reclinando la
cabeza en mi hombro y envolviéndome el cuello con los brazos
desnudos y fragantes.
‑¡Si nos hubiéramos encontrado hace un mes!
Tal vez me habrías amado... Qué felices seríamos, ¿cierto?
‑No seríamos más felices que ahora, Nelly,
porque te amo con toda mi alma. Pero no te irás mañana; te quedarás
aquí y yo viviré de rodillas, adivinándote los pensamientos.
‑Me voy mañana por la mañana; tengo todo
listo, cerrados los baúles, tomado el pasaje... Esta tarde puse un
cablegrama avisándolo. Mi padre me espera por minutos. Pediré el
divorcio al llegar y viviré tranquila.
‑Es un canalla, ¿no es cierto,
amor mío?..., le dije al oído; no te quiere y no te da las joyas
que quieres.
‑Es un canalla, un brutal, y no me quiere.
¿Qué importan las joyas? Tú me las das... Ya ves, y si no me las
das, me dices cosas dulces y deliciosas, ¿no es cierto?, contestó
ciñéndose a mí... Me llevo el collar. ¿Qué me pides en cambio?,
dijo soltando los brazos y sujetándome las manos con las suyas.
¿Qué me pides en cambio?...
‑Yo, nada; lo que quiero es que seas feliz un
minuto y que te acuerdes de mí. Dime que lo guardarás siempre y me
iré dichoso sin darte un solo beso.
‑¿Conque quieres hacerme feliz e irte?... El
collar es mío... ¿Aceptas un regalo que voy a hacerte?..., me dijo
al oído con una expresión de triunfo... Yo también te voy a hacer
un regalo, pero inverosímil, digno de ti que eres poeta; un regalo
que tú mismo vas a creer que es un sueño. Yo también quiero hacerte
feliz siendo feliz. Quiero ser feliz una noche. No lo he sido
nunca. Odio el tiempo. El tiempo es una cosa estúpida, ¡a stupid
thing!... que sólo existe para el cuerpo, añadió mirándome con la
cara inspirada, como la de una pitonisa. En mi tierra queremos
suprimirlo con la electricidad, con el vapor, con la inteligencia.
Allá creamos en una década ciudades más grandes que las de Europa,
que tienen seis siglos, y hemos hecho una civilización de
doscientos años. El tiempo es una cosa estúpida que se arrastra. Yo
quiero suprimirlo en mi vida... ¿Entiendes?... Te amo, Fernández...
Me voy mañana. Otra se iría llevándose su amor; yo, quiero dártelo;
te amo, me suspiró al oído, besándome.
‑Y yo te adoro, Nelly, respondí buscando con
locura sus labios primero, y hundiendo luego la frente en el seno
blando, perfumado y fresco...
‑No; déjame, déjame; aquí, no; llévame; ¿no
vives solo?..., articuló ceñida a mí y crispada por el deseo;
iremos a pie, donde quieras...
‑Mi coche espera en la puerta... Ven, dije
como en un sueño, un instante después, en el vestíbulo, abrigándole
los hombros desnudos y apagando las luces.
De la noche sólo me quedan el recuerdo de su belleza sonriente
bajo las amplias cortinas de terciopelo de mi lecho, en la alcoba
alumbrada apenas por la lámpara bizantina de oscuro cristal rojo;
la impresión de tenaz frescura y el perfume de su cuerpo
adolescente y el arrullo de su voz al instarme para que fuera a los
Estados Unidos. Ven en el verano, me decía; John no estará allá.
Nos encontrarás en New Port y te presentaré a mi padre y a todos
nuestros amigos... Buscaremos un lugar en dónde vernos, un
cottage rodeado de árboles y de flores, y seré feliz... Si me
ofreces venir, no pido el divorcio; tolero lo de hoy a cambio de
que estés tranquilo y me ames. Júrame que irás... ¡Bésame!
Su delirio de goce frisaba a la altura del mío, y la noche fue
un solo beso, entrecortado por sollozos de voluptuosidad.
‑Todo ha sido irreal y adorable... Irreal and
lovely... Tú eres irreal y adorable... Te espero en junio en New
Port, fue la última frase, gritada desde la barandilla del enorme
vapor que soltaba las amarras y la negra columna de humo,
ennegreciendo el cielo del Havre hasta donde fui a acompañarla.
Todavía tengo en los ojos su fina silueta envuelta en el largo
sobretodo gris de viaje, y la palpitación del pañuelito blanco que
agitaba al irse alejando el barco sobre las olas gris verdosas del
Atlántico, bajo un cielo nublado, plomizo y sombrío, como un alma
llena de remordimientos.