Londres, 13 de noviembre
Fue Roberto Blundell, quien lo arregló todo. Es judío
por la madre y con la perspectiva del negocio proyectado, habría
hecho más por tenerme contento, si yo lo hubiera exigido. Ibamos
juntos el día que la encontré por primera vez y me quedé
maravillado con su belleza que le valió hasta hace dos años la
protección de un miembro de la familia real. Parece que Blundell y
ella son viejos amigos y me supongo que algo le llegará a su
cartera de cuero de caimán y esquineras de oro, de la fuerte suma
que le entregué previamente con la condición de que todo se haría
de acuerdo con mis deseos.
Al penetrar en la alcoba la sangre me encendía las
mejillas y me zumbaba en los oídos y vi a la sombra de las cortinas
verdemar de azulosos cambiantes el oro del amplio catre y las
blancuras de espuma y de nieve de donde emergía el busto, con el
seno desnudo casi, mal oculto por la abierta camisa de batista,
todo alumbrado por la luz de una lamparilla eléctrica que fingía
milagrosa flor de luz sonrosada entre las hojas de bronce que la
sostenían a la cabecera del lecho. Ven, me gritó sonriendo y
mostrando entre los rosados labios el esmalte de la dentadura
maravillosa; ven, y tendió los brazos, esparciendo en el ambiente
el olor de una mata de rosas que sacude el aire tibio de la
primavera.
¡Sí! ¡Ve, me gritaban los glóbulos de la sangre,
encendida por el deseo; los nervios tendidos por la continencia de
tres meses, los músculos vigorizados por la castidad, ve, sacia tu
sed en ese puro vaso de nácar que quiere sentir tus labios,
bésalos, sáciate, hártate, agoniza de voluptuosidad en sus brazos
en un espasmo de interminables vibraciones!...
Separándolos de los de ella, volví los ojos hacia el
fondo oscuro de la alcoba, donde la sombra se aglomeraba resistente
a la luz eléctrica por el color sombrío de los tapices y di un
grito... Acaba de ver unidas, en lo alto del muro, como en una
medalla antigua, el perfil fino y las canas de la abuelita y sobre
él, el perfil sobrenaturalmente pálido de Helena, en una
alucinación de un segundo.
¿Por qué gritas?... preguntó, sin que desapareciera
de sus labios frescos la sonrisa deliciosa de voluptuosidad que los
arqueaba... ¿Por qué gritas? Lo que está caído ahí sobre la
alfombra es un ramo de flores que recibí hoy de Niza, recógelo,
tráemelo y bésame, agregó reclinando los rizos rubios de la hermosa
cabeza sobre el holán de los almohadones.
Recogí el ramo, que no había visito antes y con él en la mano me
acerqué al lecho, donde el torneado brazo, blanco, blanco y
fragante circundó mi cuello.
¡Eres hermoso!, dijo clavándome los ojos negros de
acariciadora mirada y atrayéndome hacia ella. Eres hermoso, pero
¿por qué miras esas flores con ojos de loco?, son unas flores que
me trajeron de Niza y las había olvidado ahí... ¡Mira la mariposita
blanca que se vino entre la caja!, gritó mirando el insecto que
emprendió vuelo por el aire de la alcoba perfumada y tibia.
Pretexté un vértigo y me despedí besándole las manos
con que me detenía y trayendo en las mías el olor de las rosas té
que formaban el ramo, y en los ojos el aleteo de la mariposilla
blanca, que volaba ahí en ese momento y en mis sueños hace cuatro
noches, cuando en pesadilla de indecible horror, rodaba yo al fondo
del abismo vertiginoso.
Helena venía de Niza la tarde en que la encontré en Ginebra...
Las frescas rosas té del ramo que he tenido en mis manos esta
noche, están atadas con la misma cinta de extrañas labores en forma
de cruz que sujeta las del otro ramo que ya no es más que un
cementerio de flores negras y marchitas entre la caja de cristal
que las guarda. Al inclinarme para respirar el olor de las flores
frescas, en la alcoba donde soñé dejar mi enfermedad gastando la
savia acumulada en tres meses, alzó de ellas el vuelo la mariposa
blanca de mi sueño, la mariposa del camafeo, porque las dos son una
sola... Doy por sentado que fue una alucinación febril, haber visto
juntas las dos cabezas de los seres cuyas palabras y miradas me
envuelven hoy en una trama de sombras, pero... ¿por qué estas
casualidades que toman para mí la forma de un interrogante abierto
sobre el misterio?... ¿Por qué la cinta con la misma labor extraña
de cruces entrelazadas?; ¿por qué estas flores nacidas en el mismo
sitio que las otras probablemente, llegan, en el momento preciso,
al lugar donde iba yo a envilecerme con un placer comprado, para no
pensar en Ella?...
Temí la locura al salir de las orgías brutales de la
carne y ahora el noble amor por la enigmática criatura que me
parecía traer en las manos un hilo de luz conductor que habría de
guiarme por entre las negruras de la vida, ese amor delicioso y
fresco que me ha rejuvenecido el alma, es causa de supremas
angustias porque mi razón se agota inquiriendo los porqués del
misterio que lo envuelve.
¡Si lograra verla, cambiar estos sueños que me
enloquecen por la serenidad que esparcirían en mi alma las primeras
frases cambiadas con Ella!...
Mi profesor de griego que viene diariamente, me había hablado
varias veces de su amigo Sir John Rivington, el gran médico que ha
consagrado sus últimos años a la psicología experimental y a la
psicofísica y cuyas obras, «Correlación de las epilepsias larvadas
con la concepción pesimista de la vida», «Causas naturales de
apariencias sobrenaturales» y sobre todo «La higiene moral» y «La
evolución de la idea de lo Divino», lo colocan a la altura de los
grandes pensadores contemporáneos, de Spencer y de Darwin, por
ejemplo. Conocía yo los libros de Rivington de tiempo atrás y los
leía y releía con grande entusiasmo, porque la observación directa
y precisa de los hechos, la lógica perfecta de los raciocinios,
sólidos como una cadena de hierro y las escasas pero segurísimas
deducciones generales que de ellas desprende, hacen de esa lectura
jugoso y fortificante alimento para mi espíritu vacilante y curioso
de los problemas de la vida interior. Esas obras estarán en pie
cuando muchas de las vastas teorías de otros filósofos que gozan
hoy de más fama que él, vayan desmoronándose a los golpes de pica
de posteriores investigaciones.
Conseguí para Rivington dos cartas de introducción,
releí sus libros antes de ir a la consulta, por creerlo útil para
mi plan y por especialísimo favor logré una conferencia nocturna en
que conversamos largamente por horas enteras, solos en su amplio
gabinete, lleno de curiosos instrumentos de observación y de obras
técnicas referentes a su especialidad, y en su sala donde he tenido
una emoción inolvidable.
La primera impresión que produce mi médico con la
frescura casi infantil de sus mejillas sonrosadas y llenas que
contrastan con la barba rizosa y gris y la singular vitalidad que
revelan sus miradas y los ágiles movimientos del cuerpo recio y
membrudo no debilitado por los sesenta y cinco años que lleva
gallardamente, es la de una perfecta salud corporal y mental.
Benévola sonrisa de inteligencia ilumina aquella fisonomía grave y
desde el primer momento experimenté cerca de él la impresión de
confianza que inspira un hombre envejecido en el estudio de las
miserias humanas.
‑Doctor, le dije sentándome en el sillón que
me ofrecía, tiene usted enfrente a un enfermo curioso que en
perfecta salud corporal, viene a buscar en usted los auxilios que
la ciencia puede ofrecerle para mejorar su espíritu. El catolicismo
les da a sus fanáticos, directores espirituales a quienes se
entregan. Yo, falto de toda creencia religiosa, vengo a solicitar
de un sacerdote de la ciencia, cuyos méritos conozco, que sea mi
director espiritual y corporal. ¿Acepta usted el cargo?
‑Lo acepto, contestó con gravedad sonriente,
exigiendo de antemano ‑como los ministros del noble culto que
usted nombra‑ contrición por los pecados contra la higiene
que usted haya cometido y el firme propósito de la enmienda...
Cuénteme usted sus pecados...
Con la ingenuidad de un adolescente que abre su alma
al sacerdote que ha de absolverlo, le referí mi vida, sin atenuar
nada, ni mis ímpetus idealistas, ni mis desmedidas ambiciones de
saber, de gloria, de riquezas y de placeres, ni las crapulosas
orgías, los mujeriles desfallecimientos y las miserables inacciones
que me postran por temporadas. Le conté los últimos seis meses con
mayor sinceridad quizás que la que he empleado en estas notas
escritas para mí mismo.
Oía sin quitarme los ojos que bajaba yo al suelo por
momentos, sin mover una mano, sin que su impasible fisonomía griega
tradujera la más mínima emoción.
‑Cuente usted ahora los antecedentes de su
familia, descríbamela, pínteme usted su país, la ciudad donde usted
se formó, dígame usted cuanto crea que pueda ilustrarme.
Lo hice sencillamente y hablé por largo tiempo sin que dejara de
prestarme atención por un segundo, ni me quitara de encima los
ojos.
‑Ahora tenga usted la bondad de exponerme la
organización actual de su vida, sus planes para el futuro, todo lo
que se refiere al presente.
Hablé contándole mi existencia casi monástica desde
mi encuentro con Helena, los planes que abrigo respecto de mi país,
le referí el incidente que tuvo lugar en la alcoba de Constanza
Landseer, mis estudios de griego y árabe, los infructuosos ensayos
hechos para encontrar a la que es hoy toda la vida de mi alma...
hasta que esta pregunta hecha con la ingenuidad de niño que tienen
los sabios cuando se trata de cuestiones de sentimiento, me
desconcertó porque no supe qué responderle.
‑¿Usted tiene intenciones de casarse con esa
hermosa joven si la encuentra, y de fundar una familia?...
Al no darle yo respuesta porque me quedé confuso y como
avergonzado por aquella pregunta, se levantó para traer y colocar
sobre la mesa varios aparaticos, a cuyo examen me sometió
sucesivamente, haciéndome permanecer de pie, sentarme, recostarme,
contar, vendándome los ojos para picarme con alfileres o levantar
pesas sujetas a las piernas; estrechar un globo de caucho, ceñirme
a la muñeca un mecanismo de reloj terminado con una pluma que
trazaba sobre una cinta larga línea ondulante y rítmica; levantar
diversas masas de hierro, buscar la incógnita de una ecuación y
traducir por escrito un texto de Aristófanes del original griego,
mientras que él contaba los minutos inclinado sobre el cronómetro
como tomándole el pulso a mi inteligencia.
‑Hay aquí un error, dijo examinando la hoja de
papel que le tendía, estos adjetivos se refieren a la acción que
denota el verbo y no al sujeto de la frase...
Y entonces comenzó otro examen de todo mi cuerpo, casi desnudo
sobre un diván de marroquí negro, examen durante el cual analizaba
yo el extraño efecto que me habían producido sus palabras: ¿Usted
tiene intenciones de casarse con esa hermosa joven, si la
encuentra, y de fundar una familia?
¡Dios mío, yo, marido de Helena! ¡Helena mi mujer!
La intimidad del trato diario, los detalles de la vida conyugal,
aquella visión deformada por la maternidad... Todos los sueños del
universo habían pasado por mi imaginación menos ese que me sugerían
las frases del especialista.
‑Sería usted un modelo fisiológico, dijo,
cuando después del examen, volvimos a sentarnos cerca del pesado
escritorio de nogal, si fuera un poco más amplia su cavidad
torácica y si no existiera cierta desproporción entre su desarrollo
muscular y su fuerza nerviosa; es raro que su organismo haya
soportado los excesos a que usted lo ha sometido.
‑Tiene usted que comenzar, continuó con una
voz pausada, baja y suavísima, por regularizar todas, absolutamente
todas, sus funciones, sin detenerse a pensar que hay funciones
nobles y bajas en el ser humano. A pesar de que manifiesta usted
entusiasmo por la ciencia que no admite hoy separación alguna entre
los fenómenos de la vida y los considera todos, desde la
respiración y la nutrición, hasta las más altas ideaciones y los
sentimientos más nobles como manifestaciones de una misma causa,
los unos comprensibles por caer bajo el dominio de nuestros
actuales métodos de observación y de análisis y los otros
incomprensibles todavía por lo rudimentario de los aparatos que
apenas comenzamos a emplear para observarlos, a pesar de que afirma
usted que no tiene creencias religiosas, es usted un espiritualista
convencido, un místico casi, tal vez contra su gusto. Sus frases lo
han revelado. Puede usted tener deseos de no creer pero las
influencias atávicas que subsisten en usted lo obligan a creer y
usted procede de acuerdo con ellas en lo que se refiere a la
clasificación de sus actos; haga un esfuerzo, triunfe usted de sí
mismo, regularice su vida, déle usted en ella el mismo campo a las
necesidades físicas que a las morales, que llama usted, a los
placeres de los sentidos que a los estudios, cuide el estómago y
cuide el cerebro y yo le garantizo la curación.
‑Regularice usted su vida y déle una dirección
precisa y sencilla, continuó después de otro largo silencio, en que
me pareció leer cierta simpatía en la fría mirada de sus ojos. Lo
primero que debe hacer es distraerse, forzándose a alternar sus
estudios con diversiones, nobles si usted las prefiere así;
frecuente los teatros y los conciertos; tendría mucho gusto en
llevarlo a casa de uno de mis mejores amigos donde se toca
excelente música de los viejos maestros alemanes y donde
encontraría usted buena compañía. Devuélvales a las necesidades
sexuales su papel de necesidades por más que le repugne y no mezcle
usted sus sensaciones de ese orden con sentimentalismos ni con
emociones estéticas que lo exalten; esto mientras encuentre usted a
la joven a quien ama y se case usted con ella para normalizar en la
vida marital los impulsos de su instinto.
‑No le incomode a usted que le hable de su
amor en esos términos, dijo al ver el gesto que hice
involuntariamente al oír la frase, ese ideal tiene usted que
convertirlo en su esposa, usted necesita, antes que todo, como un
niño asustado por la apariencia de un objeto que no ha visto bien y
cuyo miedo se desvanece al tocarlo, encontrar a esa señorita,
tratarla, ver si su carácter y sus ideas coinciden con los de usted
y, si es así, casarse con ella para
que desaparezca el fantasma que usted se ha forjado. Es un
fantasma. Lo vio usted estando bajo la influencia del opio y de una
profunda debilidad causada por la orgía de la víspera, la impresión
que le causaron a usted sus miradas en el comedor y el capricho que
tuvo ella de tirarle un ramo de rosas, han determinado en usted una
autosugestión, que ha ido prolongándose gracias al violento cambio
de régimen a que ha sometido usted su organismo y al aislamiento en
que se ha encerrado. No ha habido impresiones externas que la
combatan, y sigue desarrollándose, y como coincide con una frase
que lo había impresionado a usted, por haberla dicho una persona de
su familia al morir, ha ido revistiendo apariencias
sobrenaturales...
Se calló, inclinando la cabeza pensativa y la
levantó al cabo de unos momentos de silencio, sonriéndose.
‑Tenga usted la bondad de repetirme la
descripción de la figura de la señorita cuando usted la ve vestida
de blanco y con los lirios en la mano y le parece recordar una
frase latina.
Lo hice con la paciencia con que un enfermo le cuenta por
segunda vez al vulgar esculapio un síntoma de la dolencia física
que lo aqueja.
‑¿Se siente usted nervioso esta noche?, me
preguntó sonriendo aún con una franca sonrisa que le arqueó los
labios y me reveló la animalidad potente de su organismo.
‑No, doctor, estoy en perfecta calma, la
conversación con usted me ha tranquilizado como una dosis de
bromuro, le respondí, sonriendo a mi vez.
‑¿Quiere usted ver su visión pintada en un
lienzo, por un pintor que murió hace años?, me dijo, sin dejar de
sonreír, excitado por la perplejidad que revelaba mi semblante al
oír la extraña propuesta.
‑Como usted gus
te, contesté sin saber a derechas qué decía y lleno de una
curiosidad infantil que se mezclaba con cierta angustia
extraña.
‑Perdone usted, voy a dar orden de que
enciendan luz en mi salón donde está la pintura. Qué extraña
casualidad, agregó hablando consigo mismo y levantándose para
apretar un timbre eléctrico a cuya llamada obedeció el criado
vestido de frac que se presentó unos instantes después en el
cuarto.
‑¿Las señoras están en la sala?, le
preguntó.
‑No, señor; acaban de retirarse a sus
alcobas.
‑¿Están encendidas las lámparas en la
sala?...
‑Sí, señor, contestó el sirviente.
‑Ponga usted una, donde alumbre bien el cuadro
que está en la pared de la derecha, y sírvanos usted el té allá,
ordenó, y volviéndose a mí, familiarmente, como si la perspectiva
de un triunfo hubiera roto el hielo que nos separaba, me golpeó el
hombro como a un amigo viejo y me dijo:
‑Un capricho de mi mujer me hizo comprar hace
diez años, haciendo un esfuerzo por cierto, porque la estrechez de
mi presupuesto de entonces no me permitía fantasías de esas, la
tela que voy a mostrarle. ¿Usted estuvo en Londres cuando era
niño?, me preguntó con animación súbita...
‑Sí, doctor, le respondí, vine con mi padre y
pasé aquí un mes del que conservo recuerdos muy confusos.
‑¿Dónde vivían ustedes?...
‑En un hotel cerca del Regent Street que no he
encontrado ahora, contesté impaciente y enervado por el
interminable interrogatorio.
‑Y la exhibición del lienzo tuvo lugar ahí
cerca en la galería donde lo compré, dijo hablando consigo mismo.
Venga usted a verlo, añadió levantándose para mostrarme el camino,
y alzando el portier que separaba el gabinete de un cuarto oscuro
que atravesamos para entrar al salón donde ardían cuatro
lámparas.
‑¿Se parece?, preguntó desde el sillón donde
se había acomodado para ver el efecto que me estaba produciendo la
contemplación de la pintura, al cabo de largo rato en que yo, como
hipnotizado por aquella realidad de mi visión no podía separar los
ojos de la figura de Helena, que vestida con el fantástico traje y
el manto blanco de mis sueños, y llevando en las manos los lirios
pálidos, pisaba una orla negra que estaba al pie de la pintura, y
sobre la cual se leía en caracteres dorados como las coronas de un
cuadro bizantino, la frase «Manibus date lilia plenis».
‑¿Se parece?, repitió Rivington... Venga usted
a sentarse aquí desde donde la verá bien y tomará el té conmigo,
hablando de ella.
‑Es ella, doctor, es ella, le dije sentado ya
en el sitio que me designaba, y volviendo los ojos hacia la divina
aparición que me sonreía, enmarcada de oro sobre la pared oscura.
Es ella, doctor; pero, ¿cómo se explica este misterio que rodea
todo lo que a ella se refiere; que me hace encontrar aquí ese
lienzo que es su retrato; la noche en que vengo a hablarle a usted
de ella?, ¿cómo me hizo encontrar el ramo de rosas y la mariposilla
blanca la noche en que fui a buscar otra mujer para olvidarla por
unas horas?, ¿cómo se explica usted todo eso?, agregué sin poderme
contener.
‑Vuelve usted a ver el fantasma y a soñar con
lo sobrenatural, contestó con gravedad casi severa. Aplíquese usted
a encontrar causas y no a soñar. Me ha descrito usted a la señorita
como una figura semejante a las de las vírgenes de Fra Angélico y
este cuadro es obra de uno de los miembros de la cofradía
prerrafaelita, el grupo de pintores ingleses que se propusieron
imitar a los primitivos italianos hasta en sus amaneramientos menos
artísticos. Es claro que la señorita no sirvió de modelo porque
según me dice usted cuando más podrá tener quince años y hace
veinte que fue pintado el cuadro; pero, dígame: ¿qué tiene de
extraño que el modelo fuera una tía o la madre de la que usted
encontró en Ginebra y que las dos se parecieran mucho? Ahora, ¿por
qué se juntaban en su imaginación cierto verso latino y la figura
que usted veía?... Porque un recuerdo de esta pintura y de la
leyenda que tiene al pie vistas por usted hace muchos años,
resucitó en su memoria, gracias a la analogía que hay entre la
fisonomía de su amada y la que representa este dibujo... La memoria
es como una cámara oscura que recibe innumerables fotografías.
Quedan muchas guardadas en la sombra; una circunstancia las retira
de allí, recibe la placa un rayo de sol que la imprime sobre la
hoja de papel blanco, y heme aquí que usted se pregunta quién hizo
el retrato, sin recordar el momento en que el negativo recibió el
rayo de luz que lo trazó en las sales de plata. Vamos, ¿todavía
está usted viendo el fantasma? Deseche usted esas ideas místicas
que son un resto del catolicismo de sus antepasados, prefiera usted
la acción al sueño inútil, busque usted desde mañana a la joven,
cásese con ella y será usted muy feliz. ¿No es cierto que será
usted muy feliz?, preguntó con interés.
‑Muy feliz, doctor, contesté sirviéndome el
té, traído por el criado.
‑No tome usted más que una taza, debe medirse
usted en el uso de los excitantes. Una taza de té por la noche,
nada más, y una pequeña de café, a la comida. Disminuya usted el
vino, pero no brusca, sino gradualmente, reemplácelo por cerveza,
suprima poco a poco los licores y los condimentos, haga comidas
abundantes pero sin refinamiento alguno; cambie los ejercicios
fuertes como la equitación y la esgrima, que son excitantes
musculares, por decirlo así, y haga largas caminatas a pie por el
campo. Quisiera que convencido usted de que es preciso huir de toda
excitación de cualquier naturaleza que sea, fuera abandonando
paulatinamente sus hábitos de lujo excesivo y sus preocupaciones de
arte para dirigir su inteligencia y sus esfuerzos en el sentido de
alguna vasta especulación industrial, una ferrería, una fábrica,
que le permitiera hacer continuas combinaciones para ensancharla y
lo entretuviera con los detalles de su administración. Vea usted,
en lugar de pensar en ir a civilizar un país rebelde al progreso
por la debilidad de la raza que lo puebla y por la influencia de su
clima, donde la carencia de estaciones no favorece el desarrollo de
la planta humana, asóciese usted con alguna gran casa inglesa a
cuya industria sea aplicable el arte, con unos fabricantes de
muebles o de porcelanas, de vidrieras o de telas lujosas para
tapizar y consagre usted su talento a hacer por ese medio objetivo
la educación estética de los consumidores. Con una sola idea de
arte aplicada a la industria se ennoblece ésta como se perfuman
hectolitros de alcohol con una gota de esencia de rosas. Ese sería
un hermoso plan. Oiga usted otro. Vuelva usted a su país y aplique
usted su fortuna a una gran explotación agrícola que lo hará
inmensamente rico y lo divertirá con todas las experiencias de
aclimatación de razas, animales y plantas exóticas que puedan
desarrollarse en esos climas. También le será provechosa si le
permite vivir en el campo. Aquí en Londres dirigiendo su
manufactura, allá en América desarrollando sus empresas podrá
ust
ed vivir tranquilo educando a su familia y haciendo feliz a la
señorita que se encontró en Ginebra. Pero de preferencia abandone
su sueño de regreso a la patria y establézcase aquí.
¿Francamente, no cree usted más cómodo y más práctico vivir
dirigiendo una fábrica en Inglaterra que ir a hacer ese papel de
Próspero de Shakespeare con que usted sueña, en un país de
calibanes?...
‑Además, ésa es la vida que le conviene,
continuó después de meditar un poco... Deseche esos sueños
políticos que son irrealizables. Usted no tiene el hábito de
ejecutar planes y ésa es una educación, un entrainement, dijo
usando la palabra francesa; hay que comenzar ideando y llevando a
cabo cosas pequeñas, prácticas, fáciles, para lograr al cabo de
muchos años enormidades de esas con que usted sueña. Me hace usted
la impresión de un niño que se siente robusto y al ver a un
gimnasta de profesión jugar con pesas de a doscientos kilogramos
cree que puede hacerlo sin maliciar que las fuerzas de sus músculos
apenas le permitirán recoger la pelota de caucho, con que
juega.
‑Abandone usted esos sueños, continuó;
abandone los sueños de gloria, de arte, de amores sublimes, de
grandes placeres, la ciencia universal, todos los sueños. El sueño
es el enemigo de la acción. Piense usted, conciba un plan pequeño,
realícelo pronto y pase a otro. La delicia de vivir, que usted
experimenta hoy, cortada por bruscas depresiones que lo postran, es
al mismo tiempo la causa de sus ambiciones desmedidas, y el peligro
futuro para usted; la causa, porque es ella la que le hace desear
continuamente impresiones nuevas en la esperanza de que son gratas,
el peligro porque revela una sensibilidad exagerada, una especie de
hiperestesia que lo imposibilita para resistir el dolor, el día en
que éste llame a su puerta. ¿Conoce usted el dolor?, preguntó
pensativo...
‑He sufrido, doctor, menos quizá que la mayor
parte de los hombres y puesto que es convenido que todo detalle de
mi vida interior lo conocerá usted, debo decirle que en los
momentos de sufrimiento se produce en mí un placer superior al
dolor mismo, el de sentir ese dolor, el de conocer las impresiones
nuevas que me procura.
‑Ese es el síntoma que completa el cuadro,
continuó: hay en usted por el momento tal embriaguez de vida que me
hace recordar la frase de Goethe: «La juventud es una embriaguez de
sangre». Todo le aparece a usted hermoso, risueño, grandioso, todo
lo atrae, todo reclama su atención. El día en que su sistema,
cansado por los abusos, se debilite, los nervios transmitirán de
preferencia las sensaciones desagradables o dolorosas, mortal
apatía lo dominará a usted inhibiéndolo para la acción, su estómago
gastado y sin fuerzas digerirá mal, trabajará escasamente su
cerebro y entonces será usted el reverso de la medalla, su
misantropía, su odio por todo, su desencanto no tendrán límites.
Todo joven gozador es el proyecto de un anciano melancólico, los
botones de rosa se convierten en rosas marchitas; sólo lo duro
guarda la forma que desafía el tiempo. Si usted lo piensa bien,
verá que el ascetismo, que es la última palabra de las religiones,
es el secreto de la paz interior: endureciendo al hombre por las
privaciones voluntarias a que lo somete, lo insensibiliza para el
sufrimiento.
Esa quimera que se ha forjado usted de dominarlo
todo, de gozar con los sentidos y siendo al tiempo mundano,
artista, sabio, guerrero y conductor de hombres, es el supremo
absurdo. Mientras usted no se encierre en una especialidad y olvide
el resto, se sentirá usted mal. Me argüirá usted que han existido
hombres que lo han realizado casi, que el Vinci poseyó todas las
ciencias y las artes de su tiempo y que quizás no hubo región
alguna de los conocimientos humanos por donde Goethe no paseara su
inteligencia poderosa. Me permitiré observarle que la ciencia en el
tiempo en que vivió Leonardo era un embrión apenas, y que el hombre
de Weimar vivió setenta y tantos años estudiando metódicamente. El
simple acto de pensar agota; vea usted a mi querido amigo Heriberto
Spencer, que se ha ceñido siempre a las prescripciones de la
higiene más absoluta y está pagando ya con su falta de fuerzas sus
colosales estudios; recuerde usted a muchos literatos franceses
contemporáneos, neurópatas o imposibilitados para la producción en
plena juventud y comprenderá usted que el abuso de trabajo mental
es el peor de los abusos.
Honradamente es mi deber decirle a usted que la
herencia y la vida que usted ha llevado me hacen temer por su
porvenir en caso de que usted no cambie de régimen. Hay en usted un
doble atavismo, caso curioso, de impulsivos inconscientes casi, y
de cerebrales unificados. Si usted logra equilibrar esas tendencias
que luchan entre ellas y consigue que sus facultades mentales
dirijan sus instintos, está usted salvado, si continúa su vida con
esas alternativas de ascetismo y de crápula, con esos estudios sin
orden, con esos planes imposibles, irá a dar el día en que menos lo
espere, al tropezar con una circunstancia imprevista, a la
imbecilidad o a la locura.
Creo inútil decirle que los excitantes y los
narcóticos que usted ha usado han hecho la mitad de la obra al
producir su estado de hoy. Es usted un predispuesto y son los
predispuestos los que dan a la morfina, al opio, el éter, amplia
cosecha de víctimas. Búsquela usted desde mañana, dijo mirando el
cuadro al cual había yo dirigido los ojos, y al encontrarla cásese
con ella y funde un hogar, donde dentro de veinte años vea usted a
sus hijos sucederle en los negocios y tenga la satisfacción de
recordar los extravíos de su juventud, como recuerda uno un peligro
cuando ya está salvado de él. Ese amor puede ser su
salvación...
‑Y has resistido ocho años de la misma vida de
entonces y hoy, cuando te hablo yo como te hablaba Rivington, hoy
cuando todavía es tiempo, te ríes de mí y no me haces caso, dijo
gravemente Oscar Sáenz desde su asiento, perdido en la
semioscuridad carmesí de la estancia lujosa.
‑Hoy es diferente, respondió Fernández con
cierta superioridad, he distribuido mis fuerzas entre el placer, el
estudio y la acción; los planes políticos de entonces los he
convertido en un sport que me divierte, y no tengo violentas
impresiones sentimentales porque desprecio a fondo a las mujeres y
nunca tengo al tiempo menos de dos aventuras amorosas para que las
impresiones de una y otra se contrarresten y...
‑Y para que las heroínas hagan contraste,
insinuó Luis Cordovez, la una rubia y lánguida, lectora de Heine y
la otra morena y ardiente, lectora de la Pardo Bazán; una
sentimental como una colegiala y la otra sensual desde las puntas
de las uñas hasta la médula de los huesos...
Una sonrisa de vanidad iluminó la fisonomía fatigada
del poeta...
‑Continúa, José; me ha mejorado tu lectura,
dijo Máximo Pérez, desde el diván vecino donde estaba
recostado.
Londres, 20 de noviembre
¡Ese amor puede ser su salvación!, fue la última
frase del fisiólogo materialista... ¡Sálvalo Señor del infierno que
lo reclama! ¡Benditos sean la señal de cruz hecha por la mano de la
virgen y el ramo de rosas que caen en su noche como signo de
salvación! ¡Está salvado, míralo bueno, míralo santo! Fueron las
frases de la abuelita en el misterioso delirio que tomó forma en
una realidad casi divina. El raciocinio de la ciencia, la intuición
de la santidad, el grito del sentimiento, todas las voces de la
vida se funden en un coro sublime para llamarle, ¡oh, misteriosa
criatura de los rizosos cabellos castaños que son de oro donde la
luz los toca; de las subyugadoras pupilas azules y de las pálidas
mejillas tersas como las hojas de las camelias blancas y de las
largas manos alabastrinas que al trazar entre la oscuridad el signo
de la redención arrojaron el ramo de rosas que cayó entre la
negrura del jardín, como tus miradas cayeron en las sombras de mi
alma! ¡Oh, tú, inmaculada, tú, purísima, todo te llama, ven a
salvar el alma manchada y débil que siente flotar sobre ella las
alas negras de la locura y que te invoca hoy desde el borde del
abismo!
Reconcentrado en mí como un piloto que en hora de
supremo peligro junta sus fuerzas agotadas para consultar la
brújula y alejarse de la tempestad, las palabras de Rivington me
han hecho pensar por horas enteras. He hecho al analizarme, una
plancha de anatomía moral como dice Bourget en el prefacio de su
maravilloso André Cornélis
y me he aterrado al verla. Hela aquí:
Hijo único del matrimonio de amor de dos seres de
opuestos orígenes, dentro de mi alma luchan y bregan los instintos
encontrados de dos razas, como los dos gemelos bíblicos en el
vientre materno. Por el lado de los Fernández vienen la frialdad
pensativa, el hábito del orden, la visión de la vida como desde una
altura inaccesible a las tempestades de las pasiones; por el de los
Andrades, los deseos intensos, el amor por la acción, el violento
vigor físico, la tendencia a dominar los hombres, el sensualismo
gozador. ¿Hasta qué punto el recuerdo de mi padre, de su figura
delicada, de su cuerpo endeble, de su recogimiento silencioso, de
su pasión por las ciencias exactas, aclara con extraña luz la
apariencia de ciertos momentos de mi vida psíquica? La abuelita, la
pobre santa, muerta sin que yo le cerrara los ojos, aprendió de
aquella familia de ascetas, el desprecio insexual por las
debilidades de la carne. «Es una criatura infame, que no tiene
perdón ni de Dios ni de los hombres», decía al oír nombrar a una
pobre adúltera y un fulgor de indignación le iluminaba los ojos
apagados y un temblor de ira le hacía temblar los enjutos labios.
La prescindencia de todo lujo, la modestia casi monástica que
reinaban en la casa paterna, donde las vajillas de plata dormían
guardadas en los viejos escaparates de nogal y los criados
desatendían sus quehaceres para ir a la iglesia. Al hundir los ojos
en las lejanías del tiempo, surgen ante mí las figuras de la
familia: por el lado paterno la de doña Inés Fernández de
Sotomayor, la virgen de 22 años que, en vísperas de contraer
matrimonio, rompió su compromiso para consagrarse a Dios y entrar
al convento de las monjas de Santa Inés, con el nombre de Sor María
de la Cruz, a fines del siglo XVIII, la del tercer abuelo que se
educó en Salamanca, fue capitán de los reales ejércitos y desempeñó
en mi tierra odiosos puestos dados por la Inquisición y más lejos,
dominándolas todas, la del hermano del primer antepasado que se
trasladó a América para acompañarlo, aquel Alvaro Fernández de
Sotomayor y Vergara el arzobispo, sabio, comentador de Tertuliano,
que a los setenta años devuelto a España murió virgen y en olor de
santidad. Delicadas miniaturas encuadradas de diminutos diamantes,
antiguos lienzos españoles donde se destacan figuras descarnadas y
animadas de intensa vida espiritual; apolillados cronicones
amarillentos, reales cédulas, pergaminos manuscritos por insignes
artistas, en que los caracteres góticos de la leyenda alternan con
los colores de complicados blasones heráldicos, cuentan las glorias
de aquella raza de intelectuales de débiles músculos, delicados
nervios y empobrecida sangre cuyos glóbulos desteñidos corren por
los ramales azulosos de mis venas. La piedad católica que la animó
subsiste en mí transformada en un misticismo ateo, como revive en
ciertos degenerados, convertido en mórbidas duplicidades de
conciencia, el mal sagrado de los átavos epilépticos.
¡Ah!, sí, pero en los hoyuelos de las mejillas de mi
madre reían frescuras de flor, su leche tenía el sabor que tiene la
de las campesinas vigorosas; el abuelo materno era un jayán potente
y rudo que a los setenta años tenía dos queridas y descuajaba a
hachazos los troncos de las selvas enmarañadas y allá en las
llanuras de mi tierra cuentan todavía la tenebrosa leyenda de
estupros, incendios y asesinatos de los cuatro Andrades, los
salvajes compañeros de Páez en la campaña de los Llanos, que
recorrieron victoriosos, sembrando el terror en las huestes
españolas, al rudo galope de sus potros, con la lanza tendida por
el brazo férreo, con la locura en el alma, la sangre quemada por el
alcohol y la blasfemia en la boca gruesa solicitadora de
besos!...
Esos instintos comprimidos y encontrados subsisten
en mí, determinan mis impulsos sin que puedan contenerlos las
falsas adquisiciones de la educación y del raciocinio; domíname
religiosa impresión que me hace doblar las rodillas, si penetro en
la semioscuridad de un templo a la hora del crepúsculo y el día en
que sentí la mano empapada en la sangre tibia de la Orloff, no pude
contener un grito de gozo.
Para que la antinomia de esos encontrados impulsos
se hubiera transformado en permanente equilibrio, habría sido
preciso que un plan verdaderamente científico de educación los
hubiera aprovechado utilizándolos. Las circunstancias decidieron
que pasara mis primeros años bajo las más contradictorias
influencias. Perdí a mi madre siendo niño; cuando a la muerte de mi
padre, al cumplir diecisiete años, salí del colegio de jesuitas
donde mi adolescencia se deslizó bajo el yugo de severa disciplina,
el estado de mi salud quebrantada por la mala higiene del internado
y mi parentesco con los Monteverdes, sobrinos carnales de mi madre
y dueños de las propiedades de campo vecinas a las nuestras, me
llevaron a vivir, en pleno contacto con la naturaleza, brutal vida
de campesinos, en las haciendas, donde bajo la doble influencia de
la juventud y del régimen mis músculos se vigorizaron y se
enriqueció mi sangre. En aquella temporada de vida singular las
cacerías de venados, y los violentos ejercicios atléticos, se
alternaban con las orgías vertiginosas en que Humberto Monteverde,
borracho y con la rizosa cabeza recostada sobre algún seno desnudo,
me gritaba a voz en cuello mientras su padre, don Teodoro, paseaba
por sobre la concurrencia la mirada átona de sus ojos enturbiados
por el alcohol: «Oye, José, tú y yo no hemos nacido para vivir en
sociedad, somos salvajes, somos Andrades, somos los nietos de los
llaneros». Extraña temporada aquella en que la lectura de los más
grandes poetas y el hervor sentimental y sensual de la juventud y
la dejadez del cuerpo tras de las noches crapulosas, me hicieron
escribir mis «Primeros versos»; más extraña si se compara con el
año siguiente en que la intimidad con Serrano, el noble amigo que
consagró su vida a trascendentales especulaciones resucitó en mí al
meditabundo filósofo que heredó de sus abuelos el intenso amor por
la vida moral. Extrañas influencias que dieron como resultado que
al entrar por primera vez a los veintiún años, corbateado de blanco
y con el busto moldeado por un frac de Poole al salón donde hice mi
primera conquista aristocrática, cuatro almas: la de un artista
enamorado de lo griego, y que sentía con acritud la vulgaridad de
la vida moderna; la de un filósofo descreído de todo por el abuso
de estudio; la de un gozador cansado de los placeres vulgares, que
iba a perseguir sensaciones más profundas y más finas, y la de un
analista que las discriminaba para sentirlas con más ardor,
animaron mi corazón, que latía bajo la resplandeciente pechera,
coquetamente abotonada con una perla negra.
Así, proteica y múltiple, ubicua y cambiante,
resistente al influjo de los ambientes, vigorosa por los ejercicios
atléticos, por el uso de suculentos manjares y licores añejos,
enervada por sensuales delicias, mi personalidad se fue
desarrollando y alternaron dentro de mí épocas de salvajez gozadora
y ardiente y largos días de meditativo desprendimiento de las
realidades tangibles y de ascética continencia.
Un cultivo intelectual emprendido sin método y con
locas pretensiones al universalismo, un cultivo intelectual que ha
venido a parar en la falta de toda fe, en la burla de toda valla
humana, en una ardiente curiosidad del mal, en el deseo de hacer
todas las experiencias posibles de la vida, completó la obra de las
otras influencias y vino a abrirme el oscuro camino que me ha
traído a esta región oscura, donde hoy me muevo sin ver más en el
horizonte que el abismo negro de la desesperación y en la altura,
allá arriba, en la altura inaccesible, su imagen, de la cual, como
de una estrella en noche de tempestad, cae un rayo, un solo rayo de
luz.
¿Terror?... ¿Terror de qué?... De todo por
instantes... De la oscuridad del aposento donde paso la noche
insomne viendo desfilar un cortejo de visiones siniestras; terror
de la multitud que se mueve ávida en busca de placer y de oro;
terror de los paisajes alegres y claros que sonreían a las almas
buenas; terror del arte que fija en posturas eternas los aspectos
de la vida, como por un tenebroso sortilegio; terror de la noche
oscura en que el infinito nos mira con sus millones de ojos de luz;
terror de sentirme vivir, de pensar que puedo morirme, y en esas
horas de terror, frases estúpidas que me suenan dentro del cerebro
cansado, «¿y si hubiera Dios?... Los pobres hombres están solos
sobre la tierra», y que me hace correr un escalofrío por las
vértebras.
No, no es terror de eso, es terror de la locura.
Desde hace años el cloral, el cloroformo, el éter, la morfina, el
haschich, alternados con excitantes que le devolvían al sistema
nervioso el tono perdido por el uso de las siniestras drogas,
dieron en mí cuenta de aquella virginidad cerebral más preciosa que
la otra de que habla Lasegue. Después, la crápula del cuerpo
obstinado en experimentar sensaciones nuevas, la crápula del alma
empeñada en descubrir nuevos horizontes, después todos los vicios y
todas las virtudes, ensayados por conocerlos y sentir su
influencia, me han traído al estado de hoy, en que, unos días, al
besar una boca fresca, al respirar el perfume de una flor, al ver
los cambiantes de una piedra preciosa, al recorrer con los ojos una
obra de arte, al oír la música de una estrofa, gozo con tan
violenta intensidad, vibro con vibraciones tan profundas de placer,
que me parece absorber en cada sensación, toda la vida, todo lo
mejor de la vida, y pienso que jamás hombre alguno ha gozado así; y
en que otros, cansado de todo, despreciando, odiando todo,
sintiendo por mí mismo y por la existencia un odio sin nombre, que
nadie ha experimentado, me siento incapaz del más mínimo esfuerzo,
permanezco por horas enteras, hebetado, estúpido, inerte, con la
cabeza en las manos y llamando a la muerte ya q
ue la energía no me alcanza para acercarme a la sien la boca de
acero que podría curarme del horrible, del tenebroso mal de
vivir...
¡La locura!, ¡Dios mío, la locura! A veces, ¿por qué
no decirlo, si hablo para mí mismo?... ¡Cuántas veces la he visto
pasar, vestida de brillantes harapos, castañeteándole los dientes,
agitando los cascabeles del irrisorio cetro, y hacerme misteriosa
mueca con que me convida hacia lo desconocido! En una alucinación
que la otra noche me dominó por unos minutos las joyas que
brillaban sobre el terciopelo negro del enorme estuche, se trocaron
a la luz de la lámpara que las alumbraba en los mágicos arreos de
su vestido de reina; otra noche en una pesadilla que me apretó con
sus garras negras y de la cual desperté bañado en sudor frío, una
cabeza horrible, la mitad mujer de veinte años, sonrosada y fresca
pero coronada de espinas que le hacían sangrar la frente tersa, la
otra mitad, calavera seca con las cuencas de los ojos vacías y
negras, y una corona de rosas ciñéndole los huesos del cráneo, todo
ello destacado sobre una aureola de luz pálida, una cabeza horrible
me hablaba con la boca, mitad labios de rosada carne, mitad huesos
pálidos, y me decía: «¡Soy tuya, eres mío, soy la locura!».
¡Loco!... ¡El loco, en el cuartucho oscuro del
manicomio, oloroso y orines de ratón, envuelto en la camisa de
fuerza!... el loco con el cabello cortado al rape, recibiendo en
las flacas espaldas huesosas el chorro helado de la ducha, bajo el
ojo imperturbable del hombre de ciencia que anota sus gestos
violentos y sus entrecortadas blasfemias para convertirlos en una
precisa y razonada monografía...
¿Loco?... ¿y por qué no? Así murió Baudelaire, el
más grande para los verdaderos letrados, de los poetas de los
últimos cincuenta años, así murió Maupassant, sintiendo crecer
alrededor de su espíritu la noche y reclamando sus ideas... ¡Por
qué no has de morir así, pobre degenerado, que abusaste de todo,
que soñaste con dominar el arte, con poseer la ciencia, toda la
ciencia, y con agotar todas las copas en que brinda la vida las
embriagueces supremas!
¡Pero no!, dulce visión angélica que en mis sueños
llevas las manos llenas de lirios blancos y que presente ante mí
trazaste con ellas el signo de la redención y arrojaste en mi noche
las pálidas flores, el alma que tú favoreciste con tus miradas
santificadoras, no irá a desagregarse así.
Cuando en ti pienso, Beatriz que me harás ascender
desde el fondo de mi infierno hasta las alturas de tu gloria, los
versos de Alighieri, suenan dentro de mi alma como un cántico de
esperanza y de consoladora certidumbre:
«Cuando mi Dama camina por alguna parte, Amor
extiende sobre los corazones corrompidos una capa de hielo que
rompe y destruye los malos pensamientos.»El que se exponga a verla
o se ennoblece o muere. Cuando alguno digno de mirarla la
encuentra, experimenta todo el poder de sus virtudes y si ella lo
honra con su saludo lo vuelve tan modesto, tan honrado y tan bueno
que llega hasta perder el recuerdo de los que lo ofendieron.»Y Dios
ha concedido una gracia particular a mi Dama; la persona que le
dirija la palabra no puede tener mal fin».
¡Oh, ven, surge, aparécete, Helena! Lo que queda de
bueno en mi alma te reclama para vivir.
Estoy harto de la lujuria y quiero el amor; estoy cansado de la
carne y quiero el espíritu. Hubo en mi alma muladares inmundos que
limpió la fuente de aguas vivas abierta en ella por la mirada
insostenible de tus ojos azules. Para recibirte, lo que es hoy seca
maleza florecerá de flores perfumadas y los sueños buenos de mi
adolescencia resucitarán todos cuando tus pies pequeñuelos huellen
la tenebrosa puerta de mi espíritu, y te acompañarán como una
procesión de ángeles; donde quedan charcos de envenenadas
emanaciones, habrá dormidos lagos, apenas rizados por las alas de
los cisnes blancos. Si sobre mi cuerpo crispado de voluptuosidad se
pasearon manos buscadoras y lascivas, si pedí el olvido a todas las
embriagueces de todas las orgías, si rodé como un borracho por la
escalera vertiginosa del vicio, fue porque no te había visto
todavía. Ten piedad de mí. Para alcanzar tu santidad, porque te
siento santa y me apareces ceñida con una aureola de misticismo y
casi sagrada, para alcanzar tu santidad, he procurado ser bueno. No
hay una mancha en mi vida después de que tus ojos cruzaron sus
miradas con las mías. Pero para ser bueno necesito de ti, necesito
verte. ¡Ven, surge, aparécete, sálvame, ven a librarme de la locura
que avanza en mi cielo como una nube negra preñada de tempestades,
ven a salvar lo que queda en mí de los santos de mi raza, del sabio
arzobispo y de la dulcísima monja, que en tierra para ti
desconocida, duermen, su último sueño, a la sombra de las arcadas
góticas, en los viejos sepulcros de piedra!
Londres, 5 de diciembre
El hilo de luz que me hará encontrarla, está en el
misterioso parecido del cuadro de Rivington con ella, pensé hace
dos semanas y por un fenómeno que es frecuente en mí y que me hace
tomar siempre el camino más largo y perderme en él cuando trato de
investigar algo que me interesa, en vez de irme derecho al viejo, o
de preguntarle el nombre del pintor de la misteriosa tela y de
continuar inquiriendo hasta dar con la verdad, me entregué, con
loco entusiasmo al estudio de los orígenes y del desarrollo de la
escuela prerrafaelista, de las vidas y de las obras de sus jefes y
de las causas que determinaron la aparición de ella en el mundo del
arte.
He salido de mi tarea con unas cuantas percepciones
nuevas de la belleza y guarda mi espíritu algo como el perfume y el
alma del ideal que animaba a los nobles artistas que ilustraron la
cofradía; como un suave olor rancio de incienso, producido por la
ingenua piedad suavísima de los pintores precentistas, y como un
deslumbramiento causado por el colorido de ciertas telas
inmortales. En resumen, jamás me había sentido más ridículo en el
interior; quise saber de Helena, y he sabido detalles de la vida
del Beato Angélico de Fiesole, leído cartas de Rossetti y de Holman
Hunt, canzones de Guido Cavalcanti y de Guido Guinicelli, versos de
William Morris y de Swinburne, visto cuadros de Rossetti y de Sir
Edward Burne Jones. En resumen, todo se complica dentro de mí, y
toma visos literarios, una curiosidad se agrega a otra, los
atractivos de la obra de arte me hacen olvidar los más graves
intereses de la vida, y sin la llamada brutal a la realidad, dada
por el doctor Rivington antier, habría pasado quién sabe cuánto
tiempo sin buscarla, soñando en Ella, con la imaginación dando
vueltas alrededor de su radiosa imagen, y los ojos persiguiendo en
poemas y cuadros, frases y lineamientos que me hicieran
recordarla.
No soy práctico. Rivington me lo ha dicho en tono
despreciativo y yo que lo sé mejor que él me sonrío al pensar en el
desprecio que revelaba su voz al decírmelo. No soy práctico, ya lo
creo, y los hombres prácticos me inspiran la extraña impresión de
miedo que produce lo ininteligible.
Percibir bien la realidad y obrar en consonancia en
ser práctico. Para mí lo que se llama percibir la realidad quiere
decir no percibir toda la realidad, ver apenas una parte de ella,
la despreciable, la nula, la que no me importa. ¿La realidad?...
Llaman la realidad todo lo mediocre, todo lo trivial, todo lo
insignificante, todo lo despreciable; un hombre práctico es el que
poniendo una inteligencia escasa al servicio de pasiones mediocres,
se constituye una renta vitalicia de impresiones que no valen la
pena de sentirlas. De esa concepción del individuo arranca la
organización actual de la sociedad, que el más ilustre de sus
detractores llama «una sociedad anónima para la producción de la
vida de emociones limitadas», y esa concepción de la vida sirve de
base a la estética de Max Nordau que clasifica las verdaderas obras
de arte como productos patológicos y a la asquerosa utopía
socialista que en los falansterios con que sueña para el futuro,
repartirá por igual pitanza y vestidos a los genios y a los
idiotas.
¡La realidad! ¡La vida real! ¡Los hombres
prácticos!... ¡Horror!... Ser práctico es aplicarse a una empresa
mezquina y ridícula, a una empresa de aquellas que vosotros
despreciasteis, ¡oh! celosos, ¡oh! creadores, ¡oh padres de lo que
llamamos el alma humana, que impedisteis con vuestras sublimes
locuras que nuestros ojos iluminados por un resto de la luz que
irradió de vuestros espíritus, no sean los ojos átonos de los
rumiantes! Tú no fuiste práctico, sublime guerrero, poeta que
soñaste y realizaste la independencia de cinco naciones
semisalvajes, para venir a morir, bajo techo ajeno, sintiendo
dentro de ti la suprema melancolía del desengaño, a la orilla del
mar que baña tus natales costas; ni tú tampoco, pobre genovés
soñador que le diste un mundo a la Corona de España, para morir
entre cadenas; ni tú, manco inmortal, que pasaste miserias sin
cuento; ni tú, florentino sublime que con el alma llena de las
ardientes visiones de tu Divina Comedia, mendigaste el pan del
desterrado, ni tú, Tasso, ni tú, Petrarca, ni tú, pobre Rembrandt,
ni tú, enorme Balzac, perseguido por los ruines acreedores, ni
vosotros, todos, ¡oh! poetas, ¡oh! genios, ¡oh! faros, ¡oh padres
del espíritu humano que atravesasteis la vida, amando, odiando,
cantando, soñando, mendigando mientras que los otros se
enriquecían, gozaban y morían satisfechos y tranquilos!
Divago al escribir. Cada uno de esos hombres al
olvidar las miserables materialidades de la vida lo hacía para
realizar algún plan grande que inmortalizara su memoria. Yo pierdo
inútilmente mi tiempo entretenido como un niño en futilidades más o
menos hermosas, sin buscar la única, que devolverá la paz a mi
espíritu conturbado.
Cuando puse los pies en el salón de consulta de
Rivington, todas las impresiones de las últimas dos semanas
refluían a mi memoria y olvidado de los detalles de la vida real,
se movía mi espíritu en un ambiente de etéreas delicadezas y
sobrenaturales y deliciosos sentimientos producidos por la
contemplación incesante de los cuadros y la lectura de los versos
de Rossetti. Ese ambiente de ardiente y melancólico misticismo
poblado de ensueños referentes a Helena y perfumado de ella, como
el aire de suntuoso retrete femenino del aroma de las flores que
agonizan aromándolo, me había envuelto por largas horas, como una
niebla espiritual, impidiéndome el contacto con el mundo exterior.
Disipóse como por encantamiento al sentarme en uno de los sillones
de la consulta y recorrer con los ojos la concurrencia que
esperaba, haciendo antesala, el turno obligado para solicitar los
auxilios del hombre de ciencia. Frente a mí un viejazo apoplético y
obeso, envuelto en pesado abrigo de pieles, con el cogote rojo como
jamón y rugoso como un cuero de caimán, los ojos cubiertos por
dobles anteojos negros, y los enormes pies deformados por la gota,
calzados con gruesos botarrones, roncaba a pierna suelta. Se había
dormido esperando el turno. En un ángulo de la sala una mujer de
anguloso perfil, canosa y con cara de hambre miraba con sus ojuelos
grises cargados de odio, a una pobre chiquilla de doce a trece años
de ralos cabellos de un rubio sucio, desteñida tez salpicada de
pecas, y descolorida boca entreabierta que dejaba ver los dientes
picados y las encías desteñidas. En otro sillón estaba sentado un
hombrecillo enclenque, de color de aceituna que guardaba una
quietud absoluta, inquietante, inverosímil, y por entre aquellos
cuatro individuos, de miserable y dolorosa apariencia, se paseaba a
grandes pasos por el salón un fantástico personaje,
desmesuradamente largo y flaco, de aspecto caricatural, que se
retorcía con furia los pelos de larguísimo bigotillo encerado y
cuyos gestos sacudidos seguían con indulgente solicitud los ojos de
un hombre de treinta años, vestido con refinada elegancia, pero en
cuya delicada y hermosa fisonomía, de una palidez extraña, se leían
los signos de definitivo e irremediable agotamiento.
La chiquilla del pelo rubio se sacudió toda, dio un
gritico agudo de pájaro herido y agitó sus miembros débiles un
estremezón nervioso; despertóse con un ronquido bronco el personaje
de las pieles y se frotó con la enorme mano rojiza y rellena como
un guante de esgrima la faz apoplética, no hizo un movimiento el
individuo verde aceituna, que parecía una estatua de cera, y
visiblemente humillado, al sentirse en aquella asamblea de
incurables, el enfermo elegante que un momento antes paseaba por
todo el cuarto la mirada de sus ojos cansados, los volvió a un
anillo de rubíes que le adornaba el dedo meñique de la mano
izquierda.
Excitado por la vista de aquellos infelices, surgió
en el fondo de mí el orgullo de la vida, de la juventud y del vigor
y con involuntario movimiento me apreté con la derecha, crispada
casi, el bíceps del brazo izquierdo, que sobresalía elástico y
fuerte, formando como una masa de hierro, bajo la gruesa cheviotte
del vestido de invierno; la sangre se me subió a las mejillas y con
brusco movimiento me levanté para salir... No, yo no estaba
enfermo, yo no era un incurable, un harapo humano como aquellos
desgraciados. ¿Enfermo, yo? ¿De qué? De un exceso de vida, de un
exceso de ideas, de un exceso de fuerza y como si hubiera visto la
muerte al ver aquellos restos de persona que iban a buscar modo de
aliviar sus días miserables, deseé en ese minuto todos los placeres
de la vida, todos los sabores, los perfumes, los colores, las
líneas, las músicas, los contactos deliciosos; me provocó apurarlo
todo ahí, en ese minuto, antes de que mi cuerpo se deformara y se
convirtiera en una miseria como las que estaba viendo...
Tan profunda fue la impresión que no caí en la
cuenta de la salida de la persona cuya consulta había terminado, ni
vi, en el primer momento, a Rivington, que por la puerta
entreabierta del gabinete me miraba de pies a cabeza, con ojos de
inquietud.
‑Doctor, dije saludándolo olvidado de que
había enfermos que debían precederme.
‑Siga usted, dijo con cierta brusquedad,
haciéndome entrar al cuarto.
Ahí siguió una escena grotesca en que sin poderme dominar y
llorando como una mujer, abrazado a aquel jayán, casi desconocido
para mí, le conté la atroz impresión que me había producido su
horrible clientela, y le supliqué que me asegurara que no estaba
enfermo, que no me volvería loco, y en que con frases estúpidamente
sentimentales le supliqué que me permitiera enviar un pintor a su
casa para obtener una copia del cuadro. Suave como una madre que
maneja a un muchacho enfermo, consentido y antojadizo, el
especialista se denegó a mi deseo y con su gravedad acostumbrada,
me hizo ver todo lo que había de anormal y de enfermizo en mi
estado de espíritu de esos momentos.
‑Yo había creído menos grave su caso. Es
preciso que usted aproveche las fuerzas que le quedan para buscar
la curación inmediatamente; vaya usted desde mañana a buscar a esa
señorita, diviértase, distráigase, no sueñe más; el sueño es un
veneno para usted. Juegue, emborráchese, más bien. Eso sería más
higiénico en su estado de hoy. No pierda usted un minuto, vaya a
buscarla. Usted la encontrará y si quiere la hará su esposa. Está
usted joven, posee una hermosa fortuna, tiene usted todos los
elementos para ser feliz; no pierda su tiempo en inútiles
desvaríos... Sea feliz...
Le he remunerado al viejo esa extraña consulta,
terminada por esa fantástica receta, con largueza de príncipe.
Creía que me devolvería el cheque, pero no, lo guardó y lo empleará
bien de seguro. Tanto mejor.
Dentro de diez días estaré en París, reinstalado en mi hotel, y
consagrado a buscarla. Pienso con horror en volver a la ciudad
donde mi vida se deslizó por tanto tiempo en medio de asquerosas
delicias. Tú hueles a fábrica y a humo, mi Londres fuliginoso y
negro, la trabazón aérea de telegráficas redes cruza tu cielo
opaco; tiene tu ferrocarril subterráneo aspecto de pesadilla
grotesca; el pueblo que te habita ignora la sonrisa; tú París,
acaricias al viajero con la amplitud de tus elegantes avenidas, con
la gracia latina de tus moradores, con la belleza armoniosa de tus
edificios, ¡pero en el aire que en ti se respira se confunden
olores de mujer y de polvos de arroz, de guiso y de peluquería!
Eres una cortesana. Te amo despreciándote como se adora a ciertas
mujeres que nos seducen con el sortilegio de su belleza sensual y
sé bien que los pies de Helena no huellan tu suelo, ¡oh pérfida y
voluptuosa Babilonia!
De la temporada de Londres me llevo una deliciosa
impresión de recogimiento y de vida interior exacerbada hasta lo
indecible. Dos idiomas que eran para mí letra muerta, el griego y
el ruso; dos ramos de la actividad humana que me eran extraños,
todas las artes de la guerra y la agronomía con todos sus progresos
realizados en la última mitad de este siglo me son completamente
familiares. Amplia cosecha de impresiones de arte, lecturas de los
originales de los trágicos griegos que conocía antes en malas
traducciones, de los poetas anteriores a Shakespeare, de toda la
pléyade moderna, desde el sensual y vibrante Swinburne hasta la
mística Cristina Rossetti; inefables en sueños provocados por los
cuadros de Holman Hunt, Whistler y de Burne Jones, todo eso me has
dado, ¡ciudad monstruo que me apareces casi ideal porque mientras
he vivido en tu seno he vivido con su recuerdo!
Al comenzar los tapiceros a desarmar la casa me he
quedado sorprendido del número de objetos de arte y de lujo que
insensiblemente he comprado en estos seis meses y los he remirado
uno por uno, con cariño, porque en lo futuro me recordarán una
época de mi vida más noble que los últimos años. Tú irás a adornar
el vestíbulo del hotel en París, enorme vaso etrusco que ostentas
en tus bajorelieves hermosa procesión de sátiros y de ninfas, y por
sobre las cabezas de carnero que forman tus asas, las orquídeas del
trópico, enredarán sus tallos florecidos de níveas mariposas
vegetales, salpicadas de violado y de púrpura; os cruzaréis en
guerrera panoplia sobre la partesana, cincelada como una joya,
vosotras, espadas árabes de policromas empuñaduras, con las tersas
hojas de complicados gavilanes y retorcidas contraguardas que
templaron en las aguas del Tajo los maestros toledanos del siglo
XVI y las árabes moharras y peligrosas franciscas con las finas
dagas damasquinadas de oro; contra lo desteñido de vuestros matices
moribundos, antiguos brocateles pesados, sonreirán los dos cuadros
de Gainsborough y de Reynolds que compré en la venta del mes
anterior; vosotros, ejemplares de Shelley, de Burne, de Keats, de
Tennyson y de Rossetti, que lleváis sobre el marroquí blanco de las
primorosas pastas, grabadas las tres hojas y la mariposa del
camafeo, iréis a esperar sobre el velador veneciano de malaquita
que recorran vuestras páginas sus ojos, sorprendidos de encontrar
allí el diseño de su joya perdida, y tú, rubí único, rubí de
Burmah, pagado a Bentzen en una fortuna, rubí que ardes como una
ascua y brillas como un rayo de luz, ¡tú irás a irradiar, como una
cristalización sangre, sosteniendo el anillo nupcial, y
empalideciendo más la sobrenatural blancura de sus dedos afilados,
en su pálida mano de reina!
París, 26 de diciembre
Desde el momento en que pisé esta ciudad me ha
invadido un malestar indescriptible. No es una impresión moral,
porque serenado mi espíritu por la idea de buscar a Helena y
confortado por la esperanza de encontrarla, me siento mejor; no es
una enfermedad porque ningún síntoma externo la traduce, ni lo
acompaña dolor alguno, y mi cuerpo rebosa de vida. Tengo como una
plétora de fuerza disponible que no encuentro cómo gastar. El día
de antier lo pasé todo en violentos ejercicios físicos, equitación,
ciclismo, box, florete, que en vez de fatigarme, le dieron a mis
músculos una sensación de fuerza precisa, que por absurda que sea
la imagen, se me ocurre comparar con la que tendría una máquina
bien construida, si tomara conciencia de la solidez de sus
engranajes de acero y de la potencia del motor que los hace
funcionar. Estas hecho un Hércules, me decía antier el viejo
Miranda, golpeándome el hombre, y brillándole los ojos de envidia,
en los momentos que pasé en su escritorio.
Hecho un Hércules y parece que ese exceso de vigor
es la causa del extraño estado en que me encuentro. Ayer no pude
resistir más y me fui a un médico, a quien sin entrar en detalles
de otro orden, le referí mis achaques. Fue el profesor Charvet, el
sabio que ha resumido en los seis volúmenes de sus
admira‑bles Lecciones sobre el sistema nervioso, lo que sabe
la ciencia de hoy a ese respecto y que me conoce y me mira con
ex‑trema benevolencia desde que oí sus lecciones en la
facultad y presencié sus curiosas experiencias de hipnotismo en la
Salpê‑trière.
‑Ha realizado usted el consejo de Spencer, me
dijo, «seamos buenos animales», es usted un hermoso animal, agregó
sonriéndose. Espero que no se tratará de una e
nfermedad grave. ¿A qué le debo el placer de su consulta?...
‑A una abominable impresión de ansiedad y de
angustia bajo la cual estoy viviendo desde mi llegada a París; de
angustia sin motivo y por consiguiente más odiosa, de ansiedad que
no se refiere a nada, y a la cual preferiría en dolor más
intenso... ¿Le ha sucedido a usted, doctor, correr, ya en retardo,
a una cita urgente, contar los minutos, los segundos, abrir el
reloj, no ver la hora, volverlo a abrir, ver que el instantáneo se
mueve, rectificar si el cronómetro funciona, aplicándole el oído,
creer que se ha parado, buscar la hora en los relojes de la calle,
sentir que el tren o el coche no caminan y no descansar de la
horrible impresión que le hace correr sudor frío por las sienes y
le aprieta el epigastrio, sino después de estar en el lugar
convenido?... Prolongue usted eso por seis días, exacérbelo, hágalo
más insoportable quitándole la causa y tendrá usted idea de lo que
siento.
Me interrogó hábil y discretamente hasta hacerme
confesar los cinco meses de abstinencia sexual a que me ha
condenado la imposibilidad de tolerar cualquier contacto femenino
desde la tarde del bendito encuentro en Ginebra.
‑Acabáramos, prorrumpió con una sonrisa de
alegría que le alumbró toda la cara afeitada y le hizo al sacudir
la cabeza, brillar los cabellos blancos y lisos que, echados para
atrás le caen en espesa melena sobre el cuello del largo levitón
negro. Acabáramos, ¿y ese capricho? ¿un voto de castidad hecho por
usted, a sus años y con esa facha?..., preguntó con amable
expresión.
‑No es un capricho; obedece a motivos que
serían largos de explicar, dije, para ahorrar comentarios. ¿Conque
cree usted que es ésa la causa?
‑Ya lo creo, amigo mío, respondió con suavidad
acariciadora, ya lo creo, que es ésa la causa. ¡Con esa fisiología
de atleta que tiene usted y con sus veintiséis años! ¡Supóngase
usted una batería poderosa acumulando electricidad; una caldera
produciendo vapor, electricidad y vapor que no se emplean! Estos
primeros meses han debido de ser terriblemente incómodos y
experimento admiración por la fuerza de voluntad que le ha
permitido a usted pasarlos así. Sobran las drogas, amigo mío, usted
sabe el remedio, aplíqueselo... en dosis pequeñas al principio,
agregó sonriendo siempre.
‑Si no me da usted otro, contesté empleando un
tono análogo al que usaba él, no me curaré pronto, esté usted
seguro.
‑¡Ah! ¿conque insiste usted en su régimen?...,
preguntó con expresión de marcada curiosidad... Es admirable...
Vamos, pues gaste usted fuerza en todo sentido como lo ha hecho
usted en estos días y complete la obra del ejercicio violento con
largos baños calientes y altas dosis de bromuro. Bromuro por agua
ordinaria, agregó entregándome la fórmula y..., cuidado con que se
despierte de repente la bestia que ha logrado usted domesticar y
haga alguna andanada, ¿eh?... me dijo al apretarme la mano en la
puerta de la consulta.
Inútil todo. He permanecido horas enteras en la
enorme tina de mármol blanco, aletargado por la influencia de la
temperatura ardiente del agua; tengo en el paladar el sabor salino
de la droga sedante y en las narices el olor de la esencia de
toronjil que el profesor agregó a la sal. Inútil todo. La angustia
me oprime, me agota, me embrutece; me hace sudar frío, me
imposibilita para pensar. En las últimas cuarenta y ocho horas no
he podido pegar los ojos y el cerebro fatigado por el insomnio,
funciona débilmente. No pienso casi, y me muero de ansiedad. ¿De
qué?... De nada... Esta mañana hice ensillar el más fogoso de mis
caballos, un árabe, fino y nervioso como un artista, que se excita
y piafa al verme, y huyendo de la exhibición del Bosque y de los
trotecitos de ordenanza, galope furiosamente tendido al través
sobre el fogoso animal que se sorbía los vientos del paisaje
invernal, devastado por el frío... Me parecía que aquella carrera
furibunda tenía algún objeto que no alcanzaría, y la angustia
crecía, crecía, y en el ruido de las herraduras al golpear la
carretera desierta y blanca de nieve, me parecía oír una voz que me
gritaba: «¡Apura, apura, vas a llegar tarde; más aprisa, apura,
apura!». Y bajo esa impresión llegué cuatro horas después al hotel,
bañado en sudor, rendido y temblando de miedo como si allí me
esperara una mala noticia... ¿Hay cartas?, le pregunté al portero
que me tendió dos. Como si fueran algo inesperado y gravísimo abrí
las cubiertas con sobresalto; eran una nota de Morrell y Blundell,
dándome aviso de cien libras pagadas a mi sastre en Londres y una
esquela de Alberto Miranda avisándome que me habían conseguido al
fin unas aguafuertes tras de las cuales andaba hace meses...
Desde hace seis horas tirito, calado de frío, hasta
las médulas de los huesos, tendido en el diván de mi despacho sobre
el cual ha acumulado Francisco, mantas y pieles que no me
calientan, como no me calienta el claro fuego que arde en la
chimenea. Me hielo y me muero de angustia. Para distraerla escribo
estas líneas, y al releerlas y encontrarlas inteligibles
experimento una sorpresa extraña. Es tan grande la debilidad mental
que experimento que no podría agregarles cien más. El cerebro se
rebela a pensar. Espesa bruma envuelve mi horizonte intelectual;
mortal decaimiento me postra, y si por mí fuera no haría un
movimiento para no gastar las escasas fuerzas que me quedan. Es
como si por una herida invisible se me estuvieran yendo al tiempo
la sangre y el alma. Así debió de agonizar Séneca con las venas
abiertas, entre el agua tibia de la tina de mármol. En mi espíritu,
donde las imágenes pierden su relieve y se confunden, flotan dos
versos de un soneto de Rossetti, de aquel soneto en que una visión
le habla al poeta entre la bruma nocturna:
Look at my face, my name is might
have been
I am also called, no more,
farewell.
¡Oh, mírame la faz!... ¡Oye mi
nombre!
¡Me llamo lo que pudo ser! Me
llamo...
Es tarde...
me llamo... ¡Adiós!...
Y no puedo levantarme y me muero de angustia y de
debilidad... ¡La Muerte!... No me impresiona pensar en ella; ¡estoy
seguro de que no es ni más horrible ni más misteriosa que la
Vida!
17 de enero
Estoy mejor ya, acostado todavía, y mientras llega
el profesor Charvet,
que vendrá a las tres de la tarde, me entretengo en describir,
poseído de mi eterna manía de convertir mis impresiones en obra
literaria, los síntomas de la extraña dolencia.
Las últimas líneas trazadas aquí tienen fecha del
26. Pasé ese día y los dos siguientes en el mismo estado de
malestar indescriptible que experimentaba al escribir entonces. La
impresión de angustia se hizo tan intolerable que, a pesar de mis
esfuerzos para dominarme, se traducía en involuntario quejido como
el que me habría arrancado una neuralgia y la postración se acentuó
de tal modo, que los esfuerzos para levantarme y vestirme fueron
inútiles. Francisco, aterrado con mi enfermedad y sin orden mía,
corrió al escritorio de los Mirandas y a la oficina de Marinoni.
Unas horas después, al oír voces, abrí los ojos, que había
mantenido cerrados, y al través de la bruma que llenaba el cuarto
vi seis caras que se inclinaban sobre la mía, distinguí los
bigotazos blancos de don Mariano Miranda, la carita árabe de
Vicente, su hijo, la cabezota rubia de Marinoni y la corbata lila
de uno de los médicos, un personaje rosado y oloroso a Chypre, que
me auscultaba frenéticamente, dándome golpecitos con los dedos
llenos de anillos.
Hice un esfuerzo para incorporarme, y la cabeza,
como desarticulada por la debilidad, se me fue para atrás sobre los
almohadones en que me habían acomodado. La presencia de aquella
gente me devolvió un poco de energía, irritándome con las caras de
pésame que me mostraban. Logré enderezarme, saludarlos, y le
contesté con displicencia al médico de la corbata lila, de las
patillas rubias y del pelo rizado, que me preguntaba qué
sentía:
‑Debilidad y sueño, señor... Debilidad y
sueño. Me quejaba porque me dolía un poco la cabeza.
‑Creo que estamos en presencia, querido
colega, dijo el afeminado personaje, volviéndose a su compañero, un
individuo rechoncho y carirredondo, de barbilla castaña y pelada
cabeza, que me miraba con expresión entre irónica y despreciativa,
de fenómenos neurasténicos atribuibles al estado de profunda
debilidad en que se encuentra el paciente. Hay ciertos puntos
relativos al diagnóstico y al tratamiento en que la ilustrada
opinión de usted contribuiría a aclarar mis ideas, querido
colega.
‑Si quieren ustedes hablar a solas pasen al
salón, sugirió don Mariano Miranda, mostrándoles el camino. Dicen
que no es grave. Eso fue todo lo que saqué en limpio; lo demás no
se lo entiendo: astenia, neurastenia, anemia, epidemia,
syrongomelia, camelia, neurosis, corilóporo... qué sé yo, refunfuñó
entre dientes, mascando el inevitable cigarro cuya ceniza negrusca
caía sobre el tapiz de Aubusson, que cubría el suelo y cuyo humo
nauseabundo me revolvió el alma.
‑Tú lo que tienes es que vagabundeas mucho,
continuó acomodándose en una silla y mareándome con el olor del
tabaco. Haces bien, muchacho; tienes dinero, estás joven y fuerte;
pero no abuses, no abuses.
‑Oye las noticias de la tierra, comenzó
Vicente, con su vivacidad de mico y el insoportable entusiasmo que
pone en contar todo lo que se refiere a los demás. ¿Tú no has
recibido las cartas de hoy?... Claro que no. En el escritorio las
abrimos hace media hora. Las Reyes que, como tú sabes, le cuentan a
Víctor todo cuanto sucede allá, le dan una partida de noticias a
cual más inesperadas; la primera, el matrimonio del calaverón de tu
primo Heriberto Monteverde, del tronera de Heriberto; ¿adivina con
quién?... Con Inés Serrano. ¿No te sorprende?... Casarse
Monteverde, todo fuego, con la Serrano, tan fría y tan boba y de
posición social inferior a la de él, porque en fin, sea lo que sea,
los Monteverdes son los Monteverdes. Parece que irán a pasarse la
luna de miel en el Buen Retiro, la hacienda de don Teodoro.
Aburrido aquello, ¿eh? Dime, aquí entre los dos: ¿no crees tú que
sea puro cálculo de Monteverde ese matrimonio?... Las Reyes le
dicen a Víctor que está mal de fortuna y que le debe mucho a
Spínola. Tal vez sea cierto. Quién sabe, ¿eh?... A mi papá le
parece muy probable; a Alberto también, agregó con aire de
malicia... Nosotros recibimos las órdenes para el trousseau de la
novia; la madre encarga un broche de diamantes, que será de lo
mejor que se ha mandado para allá en los últimos años... y uno de
los hermanos un libro de misa... ¿Ridículo para regalo de
matrimonio, no te parece, un libro de misa?... ¡Ah!, pero qué te
cuento yo de noticias de allá cuando aquí en la colonia hay una
cosa nueva que te interesará muchísimo... Llegó al fin Eduardo
Montt, ¿oyes?, y sé de buena tinta que no trajo más que cuatro mil
francos; ¡y si lo vieras!... Se ha mandado hacer camisas en casa de
Doucet, ropa donde Eppler; comió el domingo en el Café de París,
con una cocota famosa y ayer andaba en el Bosque en coche de
remise...¡Todo eso con cuatro mil francos! Es increíble, ¿ah? ¿Será
que juega, no es cierto?... ¿Qué dices tú de eso?... ¿Será
que juega?... A mi papá le parece probable.
‑A ése habrá que hacerle suscripción para que
se vuelva a la tierra, como al Muñoz aquel de las letras
protestadas, dijo filosóficamente don Teodoro, mascando su eterno
cigarro. El que dizque tampoco va muy bien de negocios es el
paisano aquel casado con la chilena, que compró títulos de Conde y
farolea tanto con su intimidad con los Orleans y con los Duques de
la Tremaouille...
‑Es que no todos tienen las rentas de don José
Fernández, le interrumpió Vicente, creyendo decirme una amabilidad;
las renticas que permiten darse la gran vida sin llegar a pedir
pesetas... Y a propósito de rentas, ¡qué barbaridad de precios los
de las aguafuertes que te mandaron hoy al escritorio... y lo que
has de ver es que le parecieron abominables a Alberto, que entiende
de pintura. ¡Es que tú tienes unos gustos tan extravagantes!
Los médicos entraron; el buchón de la cara irónica con el ceño
fruncido, el de la corbata lila y las doradas patillas más
caricontento y más orondo que nunca.
‑Mi amable y bondadoso colega ha tenido la
bondad de honrarme autorizándome para decirle a usted la opinión
que hemos formado respecto de la novedad que usted experimenta. Son
graves los desórdenes del sistema nervioso..., comenzó ahuecando la
voz y emprendiéndola con una disertación interminable en que
enumeró todas las neurosis tiqueteadas y clasificadas en los
últimos veinte años y las conocidas desde el principio de los
tiempos. Me habló del vértigo mental y de la epilepsia, de la
catalepsia y de la letargia, de la corea y de las parálisis
agitantes, de las ataxias y de los tétanos, de las neuralgias de
las neuritis y de los tics dolorosos, de las neurosis traumáticas y
de las neurastenias, y con especial complacencia de las
enfermedades recién inventadas, del railway frain y del railway
spine, de todos los miedos mórbidos, el miedo de los espacios
abiertos y de los espacios cerrados, de la mugre y de los animales,
del miedo de los muertos, de las enfermedades y de los astros. A
todas aquellas miserias les daba los nombres técnicos, kenofobia,
claustrofobia, misofobia, zoofobia, necrofobia, pasofobia,
astrofobia, que parecían llenarle la boca y dejársela sabiendo a
miel al pronunciarlas... El otro individuo, el buchón de la
barbilla castaña, continuaba callado, sonriéndose, y tenía cara de
divertirse hasta lo infinito con aquella charla exhibicionista de
su querido colega.
‑¿Y cuál de esas enfermedades creen ustedes
que tengo yo?..., pregunté divertido ya por el personaje...
‑Sería aventurado un diagnóstico en estos
momentos en que la indecisión de los síntomas y las escasas
nociones que poseemos sobre la etiología del mal, impiden la
precisión requerida, dijo con gravedad sacerdotal... Los síntomas
harían creer en una somnosis o en una narcolepsia, pero nada
podemos precisar antes de que se regularicen las funciones del tubo
digestivo. Ingeniis largiter ventris...
‑Hay que purgarlo, soltó el esculapio de la
cabeza calva, disparando aquella frase como un pistoletazo, y como
si se tratara de un caballo.
Los versos de la zarzuela española me cantaron en la
memoria y trajeron involuntaria sonrisa a mis labios.
Juzgando por los síntomas
que tiene el animal,
bien puede estar hidrófobo,
bien puede no lo estar.
Y afirma el grande Hipócrates
que el perro en caso tal
suele ladrar muchísimo
o suele no ladrar.
Hubo una discusión entre las dos notabilidades
respecto del que escribiría la fórmula, y al fin el hombre de la
barbilla castaña trazó en el papel signos que equivalían a una
dosis de sal de Inglaterra, calculada para purgar a un toro de
Durham.
‑Se tomará usted esto mañana temprano, y una
dosis igual pasado mañana, y otra todas las mañanas durante seis
días, me dijo con brusquedad. Al séptimo, estará usted bueno, le
doy mi palabra de honor.
‑Celebro que no sea nada... Usa pero no
abuses, dijo don Mariano levantándose... ¿Qué sabio, eh?, insinuó
mostrándome el personaje de la corbata lila... Es el médico de
Vicentico.
‑Y de ella, me murmuró al oído éste al
despedirse... me lo recomendó ella.
Ella es una actriz de los bufos, que se está comiendo la fortuna
de los Mirandas, servida en forma de diamantes y de coches por mi
bien informado amigo, que nació repórter, como otros nacen
ciegos.
‑Recuérdame contarte otra noticia que trajo el
correo, dijo con aire picaresco sacudiéndome la mano al
despedirse...
Salieron. ¿A qué habían venido aquellos buenos amigos?... El uno
a fumarse un nauseabundo cigarro, arrellenado en una poltrona más
cómoda que las de su despacho; el otro, a traerme su cosecha de
vulgaridades; los dos médicos, a cobrar su charla el uno, su
estúpida receta el otro.
‑¡Deliciosos sus paisanos!, dijo Marinoni,
saliendo del rincón donde se había metido desde que entró.
¡Deliciosos! ¿Pero qué es lo que tienes? Estás desfigurado, agregó
al ver mi palidez, mis ojeras profundas y el temblor de mis manos
débiles. ¿Qué te pasa?... Tú estás muy mal. Es necesario que venga
Charvet; voy a traerlo; no me gusta tu aspecto, agregó después de
que le hube contado el martirio de los últimos días.
A medianoche, después de un sueño que más bien me
había quitado que devuelto las fuerzas, un sueño de niño que se
muere de debilidad, desperté, presa de mortal sobresalto, sudando
frío y dando un grito de angustia.
‑¿Qué es esto, amigo mío?, me dijo Charvet,
que, sentado al lado del diván, espiaba mi sueño, acomodando los
almohadones que me sostenían la cabeza... ¿Qué es esto? Haga usted
un esfuerzo y cuénteme qué le ha pasado.
‑Que me estoy muriendo, doctor..., le dije
estrechándole la mano...; que me estoy muriendo sin causa,
muriéndome de angustia y de falta de fuerzas.
‑¿Usted cometió alguna locura después de ir a
mi consulta, no es cierto?... He llegado a imaginarme, mientras lo
veía dormido, que ha tenido usted una hemorragia abundante...
Déjeme usted examinarlo, dijo acercando la luz. Incorpórese usted
un poco para oír el corazón; así, eso es... Bien: ahora, recuéstese
usted..., póngase ahí el termómetro, no se inquiete usted; crea que
haré cuanto esté a mi alcance para mejorarlo. Usted me interesa de
veras... Su familia no vive ahora en París, ¿cierto?...
‑No tengo familia, doctor; vivo solo con mis
criados.
‑Pero tiene usted muchos, muchísimos amigos que
lo quieren, dijo como para consolarme. Esta noche al entrar he
encontrado gente en el vestíbulo y en el salón... ¿Conque vive
usted solo, completamente solo?..., volvió a preguntar... Un grado
menos de la temperatura normal, dijo mirando el termómetro; el
pulso de un niño moribundo; esa palidez, esa postración, y el día
en que usted estuvo en mi consulta, me quedé asombrado de su
vigor... El corazón está débil como el de un viejo de setenta
años... Vamos, tenga usted confianza en mí; confiéseme usted qué es
lo que le ha pasado... ¿Fue muy abundante la hemorragia?...
Cuando le conté que había seguido estrictamente sus
prescripciones y cuál había sido mi vida desde que no nos veíamos,
se levantó del asiento y comenzó a pasearse por el cuarto a pasos
contados y lentos, con las manos metidas en los bolsillos del
pantalón y la cabeza inclinada sobre el pecho.
‑No puedo soportar por más tiempo lo que
siento, le dije incorporándome. Déme usted algo que me haga dormir
o me vuelvo loco. Píqueme usted con morfina, hágame beber cloral,
hágame dormir a todo trance, aunque me cueste la vida.
‑Yo no puedo hacer eso, señor; mi deber me lo
prohíbe, contestó deteniéndose, con aire a la vez ceremonioso y
desagradado. Además, el sueño artificial no le impediría sentir lo
que siente. Yo, respecto de usted, no sé más que dos cosas:
primera, que si le diera a usted la más pequeña dosis de narcótico,
lo envenenaría, porque está usted en un estado de debilidad extrema
increíble; segunda, que tengo que levantarle las fuerzas, porque el
corazón funciona muy lentamente, y su organismo entero presenta
fenómenos graves e inexplicables de depresión y de agotamiento, que
no entiendo.
‑¿Esto es mortal, doctor? Dígamelo usted
francamente, de una vez, le dije con voz trémula.
‑Mi pobre amigo, comenzó, sentándose otra vez
cerca del diván: está usted hablando con un ignorante. Usted ha
seguido mis cursos, ha visto mis experiencias; según entiendo, ha
leído mis libros, sabe que gozo de alguna fama en el mundo
científico... No se extrañe de lo que voy a decirle. Oiga usted...
yo no sé lo que usted tiene. Si fuera un charlatán, le diría un
nombre rotundamente; inventaría una entidad patológica a qué
referir los fenómenos que estoy observando, y lo llenaría de
drogas... Lo más que puedo hacer en obsequio suyo es llamar a
alguno de mis colegas para que me acompañe a estudiar su caso...
Puede ser que él vea más claro que yo. ¿Quiere usted que lo
hagamos?...
Me denegué abiertamente, y pareció agradecérmelo. A
la mañana siguiente volvió y me obligó a beber dos copas de cognac,
que me quemaron la garganta y me trastornaron un poco. El viejo
espiaba con interés los efectos del licor. Me puso una inyección de
éter y me hizo tomar unos gránulos de cafeína. Me prometió que
haría preparar inmediatamente un medicamento para que comenzara a
tomarlo de hora en hora, y quedó en que volvería antes de la
tarde.
‑Ofrézcame usted que, por grande que sea el
malestar que sienta, no se moverá usted de esta cama ni tomará
usted nada que no sea su poción.
Se lo ofrecí, y de hora en hora apuré el contenido
de la oscura botella. Era un licor rojizo, perfumado, meloso y
amargo en que se fundían diez sabores extraños. A la quinta
cucharada, como quemado por un fuego interior, sentía correr la
sangre por las venas y estremecimientos de vida vibrándome a lo
largo de la columna vertebral. Me provocó levantarme. Tomaba la
sexta, cuando entró Charvet con Marinoni.
‑¿Ya resucitó usted?, me preguntó el viejo,
tendiéndome la mano.
Comencé a hablarle en voz alta, vibrante y llena, y le di las
gracias por sus cuidados. Me sentía moribundo y estoy lleno de
vida, doctor, le dije; me ha devuelto usted mis fuerzas perdidas en
unas horas; ahora va usted a quitarme esta maldita impresión de
ansiedad que me desespera, ¿no es cierto?...
‑Eso desaparecerá en tres o cuatro días, si
todo sigue bien. ¿Tendrá usted valor suficiente para pasarlos sin
recurrir a los narcóticos?... Si usted lo tiene, me atreveré a
pronosticarle una mejoría rápida. Sin embargo, no debo ocultarle un
temor que tengo desde ayer; es fácil que de un momento a otro le
comience a usted una neuralgia violenta que prolongará su
enfermedad por varias semanas. Puede usted levantarse mañana, si no
siente dolor alguno, y pasar unas horas en el escritorio. Cuidado
con el frío...
El treinta y uno por la tarde me aseguró que me
encontraba bien y que en algunos días más podría salir a la calle.
Sintiéndome con fuerzas de sobra y desesperado con aquel encierro,
en que mis nervios excitados no habían tolerado más compañía que la
del suave Marinoni, a quien el recargo de ocupaciones le impedía
estar a mi lado, convencí a Francisco, rendido por las noches de
vigilia, de que se acostara y preparé mi salida nocturna. Desde el
mediodía era ya intolerable lo que estaba sintiendo. El malestar
que me hizo ir la primera vez a casa de Charvet, la ansiedad loca
del galope en el camino de Sèvres, la horrible angustia de los días
pasados, eran un juego de niños junto al martirio de aquella tarde.
La perspectiva de la noche insomne del año nuevo, aquel lento sonar
de las horas en el viejo reloj del vestíbulo, aquella melancolía
sin nombre que me había invadido el alma desde por la mañana, me
hacían inaceptable la idea de la reclusión. Quería oír el ruido de
la multitud, perderme por unos minutos en el tumulto humano,
olvidarme de mí mismo.
Sonó, cerrándose tras de mí, la puerta del hotel.
Una ráfaga helada me azotó la cara y me hizo correr un escalofrío
por las vértebras. La ansiedad tomó la forma concreta de una idea
de movimiento, y tuve que contenerme para no realizar el deseo que
surgió en las profundidades de mi ser, de correr como un loco,
frenéticamente, hasta caer falto de aliento contra la sábana helada
que extendía el invierno sobre el piso de la calle
silen‑ciosa.
Eran las doce menos veinte minutos cuando salí al bulevar y me
confundí con el río humano que por él circulaba. El aspecto de las
barracas de año nuevo, negras sobre la blancura de la nieve, de las
ventanas de los restaurantes, rojizas por la luz que se filtraba
por los despulidos vidrios y las transparentes cortinillas, los
esqueletos descarnados de los árboles, que alzaban las desmedradas
ramas hacia el cielo plomizo y bajo, la misma animación de la
multitud, ruidosa y alegre, aumentaron la horrible impresión que me
dominaba. Caminé durante un cuarto de hora con paso bastante firme
y... Me detuve un instante cerca de un pico de gas, cuya llama
ardía en la oscuridad nocturna como una mariposa de fuego...
¿Cartas transparentes?, me dijo un muchacho, que guardó el obsceno
paquete al volverlo a mirar.
La luz de las ventanas de una tienda de bronces me
atrajo, y caminando despacio, porque sentía que las fuerzas me
abandonaban, fui a pararme al pie de una de ellas.
Una mujer pálida y flaca, con cara de hambre, las mejillas y la
boca teñidas de carmín, me hizo estremecer de pies a cabeza al
tocarme la manga del pesado abrigo de pieles que me envolvía, y
sonó siniestramente en mis oídos el pssit, pssit, que le dirigió a
un inglés obeso y sanguíneo, forrado en cheviotte gris, que se
había detenido a mi lado y que se fue tras ella. Al volver la
cabeza, los faroles de vidrio rojo de un fiacre que cruzó por la
bocacalle vecina, distrajeron mi atención por unos segundos. Me
fijé luego en la ventana, y en el momento mismo en que vi el gran
reloj de mármol negro con su muestra de alabastro y volante montado
por fuera, colgando de la mano de una figura de bronce, sostenido
por un hilo de metal dorado, comprendí a qué se refería la angustia
horrible que había venido sintiendo en los días y las noches
anteriores: ¡ah, indudablemente era el terror irrazonado, siniestro
y lúgubre del año que iba a comenzar! Faltaban cinco minutos para
las doce. El puntero de oro avanzaba sobre la muestra de alabastro.
El volante iba y venía: tic tac, tic tac; tic tac; un hilo luminoso
sobre el fondo de sombrío: tic tac, tic tac. Los dos espejos
laterales de la ventana, al copiarse, reflejaban con un tinte
verdoso de cadáver descompue
sto mi fisonomía horriblemente desfigurada y pálida, el perfil
adelgazado por el sufrimiento de los días anteriores y la maraña de
la descuidada barba. Me pareció que estaba preso entre dos muros de
vidrio y que jamás podría salir de allí. El volante iba y venía:
tic tac, tic tac, y cada oscilación marcaba un grado más de
angustia, de terror y de desesperación en mi alma. Rígido el
cuerpo, crispados los nervios, exacerbados los sentidos. El
murmullo del río humano que corría a mis espaldas se cambió para
mis oídos alucinados en un sollozo infinito que iba a perderse en
aquellos nubarrones plomizos y grises que encapotaban el cielo. Tic
tac, tic tac, tic tac: El volante iba y venía sobre el fondo oscuro
de la ventana. A cada segundo que pasaba lo sobrenatural se
acercaba más y más para aparecérseme en el fondo del abismo de
sombra que se abriría tras de la muestra de alabastro al sonar la
hora del año nuevo. La hora se acercaba. Tic tac, tic tac... Quise
huir para no ver aquello, y las piernas no obedecieron al impulso
de la voluntad. Un frío mortal me subió desde los pies hasta la
nuca. En la pesadilla sin nombre en que se deshacía mi ser, vi
avanzarse hasta mí el reloj de mármol negro, como un ser viviente,
y aterrado caminé para atrás cuatro pasos. Los doce golpes sonaron
en mis oídos lentamente, gravemente, cubriendo todos los rumores de
la calle con un ruido ensordecedor, metálico y fino de campanas de
oro. Confundidos los punteros en uno solo para marcar la hora
trágica del horror supremo, el volante se detuvo, inmóvil, como
obedeciendo a un mandato de lo invisible. Espesa niebla flotó ante
mis ojos, una neuralgia violenta me atravesó la cabeza de sien a
sien, como un rayo de dolor, y caí desplomado sobre el hielo.
Cuando volví en mí estaba en mi cuarto, vestido, con
la camisa abierta, acostado en el lecho. Marinoni estaba allí
cerca, y Francisco rezaba, arrodillado, las oraciones de los
agonizantes. Sobre la mesa cercana a mi lecho ardía un cirio al pie
de un Cristo. La luz tétrica de la madrugada se filtraba por los
calados de los balcones. Una neuralgia horrible me apretaba la
cabeza como en un círculo de fierro; pero la impresión de angustia
había desaparecido.
‑¡Marinoni!, grité, me he salvado;
acércate.
‑Por milagro estás vivo. Eres un loco. Si
supieras la noche que nos ha hecho pasar. ¿Cómo es eso de que
estás bueno?...
‑Estoy bueno. Tengo un dolor horrible que me
va a matar tal vez, pero no siento la ansiedad de los días pasados.
Dije eso y caí en una especie de letargia profunda.
De los primeros diez días de fiebre conservo
confusas impresiones. Mis ojos no acostumbrados a la penumbra gris
de la alcoba, percibían oscuramente lo blanco y lo negro del
vestido de una hermana de caridad sentada a la cabecera del lecho,
y el contorno de la nívea corneta que, contra la oscuridad de la
pared, se le antojaba a mi pobre cerebro una garza con las alas
abiertas, y por asociación de ideas evocaba el recuerdo de los
pantanos de Santa Bárbara.
Al desaparecer la fiebre sentí una debilidad
extrema. Ahora estoy en plena convalescencia, siento que la vida me
vuelve con cada copa de los añejos vinos españoles que apuro, con
cada bocado de los que devoro con apetito pantagruélico, y Charvet
está encantado de ver la rapidez con que voy adquiriendo
fuerzas.
Parece que el viejo me hubiera cogido cariño. Es sensual hasta
las puntas de las uñas; tiene la pasión de la obra de arte, un
gusto exquisito, y según dicen, posee la más hermosa colección de
tapices persas que existe en París. Cuando viene a verme se acomoda
en un sillón cerca del fuego, bebe a traguitos un jerez desteñido
de cuarenta años, saboreándolo, viéndole el color al levantar a la
altura de los ojos la frágil copa de Salviati, en que se le sirve y
oliéndolo con delicia. A veces, como para excusarse de apurar la
tercera, dice «excelente», pegándose a la boca los dedos recogidos
de la mano, abriéndolos luego y extendiendo el brazo para
levantarlo, con un movimiento blando que parece esparcir en el aire
el perfume del añejo licor.
‑Qué falta hace entre los tesoros de arte que
han amontonado usted en su vivienda una mujer, no una querida, que
sería incapaz de entender nada de esto, sino una mujer muy joven y
de gran raza, que gozara con cada detalle suntuoso y animara con su
frescura las magnificencias sombrías de estos aposentos, donde
usted debe echar de menos, a veces, una delicada presencia
femenina... Cásese usted, amigo mío... El matrimonio es una hermosa
invención de los hombres, la única capaz de canalizar el instinto
sexual.
‑¿Se sonríe porque le hablo así?... Ha de
saber usted que la medicina no ha sido para mí más que una
necesidad, un modo de ganar el pan. Yo tengo nervios de artista, no
de hombre de ciencia; por eso me entiendo bien con usted. Aquí
entre nosotros le confieso que una de las amarguras de mi vida es
que mi nombre va a quedar pegado para toda la eternidad al de una
asquerosa alteración de los cordones nerviosos de la médula. Esa
idea me revuelve el alma. Un botánico desnicha, en alguna montaña
del trópico, una hermosa planta de olorosas flores; un astrónomo
observa un cometa, y la humanidad en lo futuro no puede separar su
recuerdo de la imagen de los pétalos frescos, o de los luminosos
rayos que caen de lo alto... Uno de nosotros, doblado sobre el
cadáver sanguinolento, hurgándolo con el bisturí, ve una fea
manchita que le parece anómala, somete el tejido al microscopio,
gasta sus pobres ojos observándolo, escribe una monografía en que
inventa lo que le falta saber, y por premio de sus esfuerzos
consigue esto: que un charlatán, al desahuciar a un infeliz cuyo
mal ignora, lo acabe de aterrar diciéndole: tiene usted un
principio de mal de Brigth... no puedo hacer nada por su salud;
estos síntomas denuncian la neuropatía cerebro‑cardiaca de
Krishaber, la ciencia es impotente; convénzase usted de que lo
devora la enfermedad de Charvet... ¿Le parece a usted muy
entretenido eso de que le den el nombre de uno a una cosa innoble?,
concluyó, con las manos metidas en el fondo de los bolsillos y
sacudiendo la cabeza con expresión de asco... Goce usted suavemente
de la vida, cásese usted, amigo mío, sea usted feliz...