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Ginebra, 9 de agosto

 

            Acabo de levantarme, después de pasar cuarenta y ocho horas bajo la influencia letárgica del opio, del opio divino, omnipotente, justo y sutil, como lo llama Quincey, que pagó con la vida su amor por la droga funesta, bajo cuya influencia se embrutecen diariamente millones de hombres en el Extremo Oriente. Ha sido un absurdo pero no podía hacer otra cosa después de la escena horrible. Quería huir de la vida por unas horas, no sentirla.

 

            Cuando rendidos ambos de lujuria y de cansancio, borrachos de champaña helado, la Rousset comenzaba a adormecerse con la hermosa cabeza sobre los almohadones blandos, una furia inverosímil, una ira de Sansón mutilado por Dalila, me crispó de pies a cabeza, al pensar, con toda la excitación del alcohol en el cuerpo, en los insultos groseros que nos habíamos prodigado en la hora anterior, entremezclándolos de caricias depravadas y en mis planes de vida racional y abstinente, deshechos por la noche de orgía. Un impulso loco surgió en las profundidades de mi ser, irrazonado y rápido como una descarga eléctrica y como un tigre que se abalanza sobre la presa cerqué con las manos crispadas, sujetándola como con dos garras de fierro, la garganta blanca y redonda de la divetta. ¡Ahogarla ahí, como un animal dañino contra las almohadas de plumas! Dio un grito horrible al despertarse, asfixiándose, me clavó los ojos, con las pupilas dilatadas, como una expresión de terror sobrehumano, y al adivinar mi intención asesina, mientras que seguía estrechándola con las manos, gritó con voz ronca, ¡loco! ¡loco! ¡está loco! y sacudiéndose con la agilidad de un venado perseguido por la jauría, huyó medio desnuda a encerrarse en su cuarto, llorando de miedo.

 

            No me habría atrevido a verle la cara al día siguiente. A la madrugada llamé al criado que había venido de París con mi equipaje, le di órdenes para venirme a buscar aquí, y al llegar unas horas más tarde al hotel me acosté y tomé una violenta dosis de opio. Bajo su influencia estuve cuarenta y ocho horas. Al asomarme al espejo ayer para vestirme me he quedado aterrado de mi semblante. Es el de un bandido que no hubiera comido en diez días; represento cuarenta años; los ojos apagados y hundidos en las ojeras violáceas, la piel apergaminada y marchita. Tengo la voz trémula y vacilante el paso. Las visiones que me produjo el opio fueron aterradoras, pero no creí nunca que los estragos de la noche de orgía y de la droga venenosa me dejaran en la postración en que me siento...

El delirio de la abuelita moribunda, la locura a lo lejos, ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios de mi infancia, si existes, sálvame!... ¿Dónde están la señal de cruz y el ramo de rosas blancas que caerán en mi noche como símbolo de salvación?...

 

Ginebra, 11 de agosto

 

            ¿Por dónde empiezo? No sé. Es tan delicado, tan dulce, tan extraño, tan aterrador lo que siento, que temo al querer decir la impresión con palabras, destrozar su frescura, como se destrozaría el esmalte de luz de una mariposa de Muzo, al quererla fijar con un clavo de hierro. Fue ayer tarde en un comedorcito reservado que tiene vista sobre el jardín del hotel, y por cuyos balcones abiertos venía con la brisa del lago, el olor moribundo de las madreselvas que lo enmarcan. Comía solo, deseoso de evitar las promiscuidades y el ruido de la mesa común, y leía las Soledades, de Sully Prudhomme, a la luz de las bujías del candelabro. Un criado, entreabrió la puerta, encendió las de otro, puesto en la mesita vecina, colocó sobre ella un menu del día y volviendo a la puerta entreabierta, doblado en dos pronunció un pus pouvez entre Mosié, pus pouvez entré, Mademuasell..., con su más puro acento alemán. Entraron ella adelante, él atrás, correspondieron la venia que les hice levantándome y desembarazada ella del abrigo de viaje y del sombrero que le daba cierto parecido, por su forma extraña, con el retrato de una princesita hecho por Van Dyck, que está en el Museo de La Haya, se sentaron a comer.

 

            Lentamente, mientras examinaba yo la extraña figura del hombre, se quitó ella los guantes de Suecia y se frotó las manos, dos manecitas largas y pálidas de dedos afilados como los de Ana de Austria en el retrato de Rubens, con que se echó para atrás los bucles de la suelta cabellera castaña, rizosa y sedeña que donde la luz la hería de frente tenía visos de oro. La voz argentina y fresca sonó entonces discutiendo los platos de la comida... Para ti vino del Rhin y queso, no, papá, decía, para mí leche y fresas... El hombre, que podría tener cincuenta años, pero con la cabeza y la barba blancas de canas como un anciano, la miraba con dulzura paternal, que hacía más extraño contraste con la expresión dolorosa de las líneas de su fisonomía fina de noble o de artista, admirablemente modelada y cuya distinción aumentaban los cabellos crespos y la fina barba blanca cortada en punta y el verde desteñido de sus ojos apasionados. Vas a comer sola, le dijo, estoy ansioso por leer los detalles, y colocó sobre la mesa, doblado a lo largo un periódico impreso en caracteres alemanes... lee, contestóle ella, acercando el candelabro para que la luz cayera sobre la hoja.

Una simpatía irresistible me había ligado a ellos, en esos segundos, en que, olvidados de mi presencia, los examinaba con mi curiosidad insaciable. Sin duda habían querido huir de la vulgaridad de los comensales de la table d'hote, al refugiarse en el comedor reservado. Para que aquellas canas blanquearan sus sienes, para que las hondas arrugas de sufrimiento surcaran así su frente amarillenta de pensador, para que aquella indeleble expresión dolorosa le marcara así las facciones, debía él haber sufrido horriblemente, porque el vigor de su naturaleza se adivinaba en las líneas del cuerpo, moldeado por un vestido gris, de refinada elegancia y el perfil enérgico daba a pensar en un militar acostumbrado al mando y retirado del servicio. El otro perfil, el de ella, ingenuo y puro como el de una virgen de Fra Angélico, de una insuperable gracia de líneas y de expresión, se destacaba sobre el fondo sombrío del papel del comedor, iluminado de lleno por la luz del candelabro. Completaban su belleza los cabellos, que se le venían y le caían sobre la frente estrecha en abundosos rizos, las débiles curvas del cuerpecito de quince años, con el busto largo y esbelto, vestido de seda roja, las manos blanquísimas y finas. Al bajar los párpados, un poco pesados, la sombra de las pestañas crespas le caía sobre las mejillas pálidas, de una palidez sana y fresca como la de las hojas de una rosa blanca pero de una palidez exangüe, profunda, sobrenatural casi, y por la curva armoniosa de los labios rosados flotaba una sonrisa supremamente comprensiva. No le había visto los ojos y fascinado como estaba por la gracia de su figura ideal, por la impresión de frescura y de aristocracia que manaba de toda ella, como emana el aroma de una flor que se abre, soñaba en vérselos. De repente sacudió la cabeza hacia atrás, y agitando los sedosos bucles de la cabellera castaña, la volvió en la dirección de mi asiento y los clavó en mí mirándome fijamente, con expresión severa. Eran unos grandes ojos azules, penetrantes, demasiado penetrantes, cuyas miradas se posaron en mí como las de un médico en el cuerpo de un leproso, corroído por las úlceras, y buscaron las mías como para penetrar, con despreciativa y helada insistencia hasta el fondo de mi ser, para leer en lo más íntimo de mi alma. Por primera vez en mi vida bajé los ojos ante una mirada de mujer. Me parecía que, en los segundos que sostuve la suya había leído en mí, como en un libro abierto la orgía de la víspera, la borrachera de opio, y penetrando más lejos, la puñalada a la Orloff, las crápulas de París, todas las debilidades, todas las miserias, todas las vergüenzas de mi vida. Incliné la cabeza avergonzado como un chiquillo de escuela sorprendido en falta, buscando una estrofa del libro. Sentía que sus miradas se habían posado en él, que ya sabía que era un libro de poesías, de aquellas poesías de Sully Prudhomme dulces y penetrantes como femeniles quejidos... Con la mirada que le dirigí habría querido pedirle perdón por haberla contemplado con mis ojos que han visto la maldad humana y se han delectado en su espectáculo, porque la luz de pureza, de santidad que irradió en los suyos a la primera mirada que cruzamos, me había sugerido no sé qué extraña impresión de místico respeto irresistible... Al mirarla de nuevo me encontré con sus pupilas fijas en mí, y habría bajado las mías si no hubiera visto en el azul de las suyas, en la curva de los labios finos, en toda la dulce fisonomía una expresión, de lástima infinita, de suprema ternura, compasiva, más suave que ninguna caricia de hermana. Aquella mirada derramó en mi espíritu la paz que baja sobre un corazón de cristiano después de confesar sus faltas y de recibir la absolución; una paz profunda y humilde, llena de agradecimiento por la piedad divina que leía en sus ojos.

 

            ‑Si erré antes, fue porque no sabía que existieras sobre la tierra, criatura de pureza y de luz. Tóquenme otra vez tus miradas y mi alma será salva, decía en el fondo de mi conciencia entenebrecida una voz que vibraba como un canto de esperanza.

            ‑Descienda la paz sobre ti, pero no te alejes de mi camino, pobre alma oscura y enferma, yo seré tu conductora hacia la luz, tu Diotima y tu Beatriz, decían las pupilas azules.

 

            Un coro de esperanzas resonó dentro de mí como una música mística en la semioscuridad de una iglesia abandonada. Realmente, la delicia que experimentaba al mirarla, con su misteriosa palidez mortal, sus cabellos de oro sombrío y sus radiosas pupilas azules clavadas en las mías, tenía algo del encanto con que me fascinan ciertas músicas, ciertas frases de Bach y de Beethoven, al vibrar en mis oídos.

           

            Una expresión no ya de piedad misericordiosa sino de inefable ternura iluminó su semblante pálido, leve sonrisa que se dirigió hacia mí como un rayo de luz, arqueó la ingenua curva de sus labios y la fisonomía se humanizó sin perder su nobleza majestuosa y un ensueño de ternura divina se dilató dentro de mí, como la luz de la aurora entre la oscuridad de una madrugada tétrica disipando las sombras, llenándome el alma de claridades tibias, de temblores de savia, de frescuras de agua cristalina y de cantos de pájaros, que suben hacia el Sol, vencedor de la noche.

 

            Los recuerdos de mis liviandades pasadas desaparecieron ahuyentados por la luz, la fuente de aguas vivas brotó del peñasco árido, y las imágenes de un idilio se desarrollaron y vivieron en el fondo de mi espíritu. Sería en el fondo del bosque, donde la sombra de las ramas cae sobre la alfombra de hojas secas y rojizas y sobre el césped blando. Vestida de blanco, sentada en musgosa roca, yo arrodillado a sus pies, con la frente febril apoyada en sus rodillas, acariciarían mi cabeza sus largas manos pálidas, y la caricia derramaría en mí, no la fiebre voluptuosa del amor humano, sino la calma luminosa del amor divino. Con la voz ahogada le diría que la había buscado por largos años, que mis labios, quemados por los cálidos borgoñas y los champañas ardientes de las orgías de la Tierra, tenían sed de su amor infantil y puro, como del agua de una fuente oculta donde se copian los helechos y se refleja el cielo. Las estrofas dulcísimas de Fray Luis de León, subían de mi boca hacia ella com

o un cántico:

            |Alma divina, en velo

            De femeniles formas encerrada,

            Cuando viniste al suelo

            Robaste de pasada

            La celestial, riquísim

            a morada.

 

            Volví a buscar las pupilas azules y sus miradas de misteriosa ternura me decían que consentía en mis sueños y una expresión de soberano amor esplendía de la pálida faz, vuelta hacia mí. Ante mi imaginación sobreexcitada y que había perdido la noción de la realidad, el oro de los cabellos sueltos, heridos por la luz de las bujías, revistió el brillo de una aureola que irradiaba sobre el fondo oscuro del comedor.

 

            Al levantar los ojos verdosos del periódico que leía, el padre, dirigióle la palabra en italiano y rompió la fascinación. En las frases que en el mismo idioma le contestó ella, percibí los nombres de la Malloggia, de Silvaplana y de San Moritz entre las dulces sílabas cantantes de la lengua de Leopardi, que tomaban en su boca sonoridades de música.

            ‑Sírvanos usted el café en el departamento ‑dijo al criado el hombre de la barba blanca, levantándose y pasándole el abrigo y ayudándole a fijar, con infinitas delicadezas como de madre, sobre los rizos castaños de la indómita cabellera la singular toca negra que atrajo mis miradas cuando entraron.

 

            Salieron del comedor, él adelante, ella atrás, y al volver la cabeza para que fuera mía otra mirada larga, pensativa y profunda de los grandes ojos azules, el brillo de éstos, la palidez exangüe y como luminosa del semblante y la esbeltez del cuerpo largo y delgado, les dieron a mis ojos, al verla, así, sobre el fondo negro que enmarcaba la puerta, el aspecto de una aparición.

 

            Unos minutos después, al levantarme de la mesa, el brillo de un objeto caído al pie del asiento donde se había sentado, me hizo acercarme y recogerlo. Era un camafeo sobre cuyo fondo gris lo blanco del relieve forjaba una rama con tres hojas, y revoloteando sobre ellas, una mariposa con las alas abiertas. La piedra estaba montada en oro mate, en forma de broche y la joya, de una perfección insuperable de trabajo, se le había caído seguramente al quitarse el abrigo.

 

            La guardé para entregársela al día siguiente y encontrar en la ocasión dada por la casualidad, un principio de relaciones, y salí a buscar en el registro de la portería los nombres de los singulares viajeros. Habían llegado hacía tres horas y había dicho él que pasarían dos días en el hotel al tomar el departamento marcado con el número 9, una gran sala con dos alcobas laterales, situado en el segundo piso y con vista sobre el jardín. Venían de Niza, no habían anotado el lugar adonde se dirigían y estaban inscritos con los nombres de Conde Roberto de Scilly y Helena de Scilly Dancourt.

           

            Una idea extraña me cruzó por la mente. Aquel nombre, Helena, no evocaba en mí ninguna figura de mujer que se fundiera con él, ninguna de las que han atravesado mi vida, dejándome la melancolía de un fin de amor tras de los fugitivos entusiasmos, se llamaba así, soñé en la princesa Helena del idilio de Tenysson y mentalmente la llamé Helena, como a una amiga de la infancia.

 

            Una mano enguantada de cabritilla oscura se apoyó en mi hombro sacándome de mis sueños. Era la de Enrique Lorenzana, uno de mis amigos de la adolescencia, que vive en Londres y que, de paso por Ginebra, en los días anteriores, había venido a verme sin lograrlo porque mi criado, mientras estuve bajo la influencia del opio, no dejó entrar a nadie al departamento, dando como excusa, por orden mía, una enfermedad grave.

            ‑Hombre, me dijo estrechándome la mano entre las suyas, he venido a verte tres veces y no lo he conseguido... ¿Ha sido grave el mal?... Estás horriblemente desfigurado y pálido y tienes un aire de crápula, que a no conocerte me haría pensar horrores de ti..., agregó familiarmente y después de conversar conmigo y media hora en el cuarto de fumar, donde dos yanquis atléticos y sanguíneos infectaban el aire con el humo de sus cigarrillos de Virginia y se envenenaban sistemáticamente con whisky, oloroso a petróleo, me obligó a vestirme y a acompañarlo a una conferencia de historia que daba esa noche una notabilidad local. Puso en su empeño para llevarme, la dulzura grave de un hermano que quiere arrancar a otro de dolorosas ideas por medio de una distracción impuesta casi. Indudablemente con su perspicacia de fisonomista nato, me leyó en la cara los estragos del opio.

 

            Al volver a pie al hotel, con una medianoche espléndida, constelada de estrellas, entre cuyo cielo brillaba la Luna en su último cuarto, como una joya de plata sobre un estuche de raso negro, los follajes de los árboles, que se mecían al soplo del viento, las aguas del lago, con sus transparencias profundas donde temblaban reflejos de astros, eran un cuadro digno del sentimiento nuevo que llenaba todo mi ser y me hacía volver a los puros y lejanos días de mi adolescencia. La mirada de las pupilas azules, radiosas en la fisonomía mortalmente pálida que enmarcaban los rizosos cabellos castaños iluminaba mi espíritu. Soñando en ella salvé la puerta de hierro de la verja del hotel y, temiendo el insomnio seguro en mi lecho, comencé a pasearme por el jardín. La vegetación oscura manchada de blanco aquí y allí por las flores abiertas olía, como un frasco de esencia rara, brillaban arriba las estrellas, y, en la quietud de la medianoche, se oía el silencio. De repente al levantar la cabeza para ver el cielo al través de los árboles que extendían contra él las masas negras de sus ramazones, vi iluminado en la fachada, uno de los balcones del segundo piso, con los cristales abiertos, y las cortinas blancas caídas. Una larga sombra de mujer, como envuelta en un manto que le cayera de la cabeza sobre los hombros, se destacaba confusa sobre la blancura de niebla del transparente. Era Ella: era ésa la alcoba de la izquierda del departamento número 9. Seguramente el padre dormía ya, en la de la derecha donde no había luz.

 

            Movido por un impulso irresistible arranqué unas cuantas flores de los matorrales, calculé el peso necesario para que el ramo llegara a su destino, fijé en él mi tarjeta y volví a bajar al jardín. La luz alumbraba todavía los transparentes blancos caídos hasta el suelo, y agitados suavemente por la brisa nocturna. La sombra había desaparecido. Con el corazón saltándoseme del pecho, como un ladrón que teme ser descubierto, me escondía en la sombra de un matorral, y de pie sobre el banco de piedra, tiré el ramo, que cruzó por el aire y fue a caer adentro, en el cuarto, por entre la abertura de las cortinas.

 

          Estas se levantaron un momento después y me dejaron ver en el fondo oscuro del aposento la luz de la lámpara que ardía cobijada por amplia pantalla de gasa. Volviéndole la espalda, caminó de frente la silueta negra y larga, como la de una virgen de Fra Angélico, llegó al balcón y con la cabeza alzada hacia el cielo, levantó la mano derecha a la altura de los ojos, trazando con ella lentamente una cruz en la sombra, mientras que la izquierda arrojaba con fuerza algo que atravesó el espacio, y vino a caer a mis pies ‑blanco como una paloma‑ sobre el suelo sombrío. Era un gran ramo de flores, que regó pálidos pétalos en el espacio oscuro al cruzarlo y rebotó al tocar la tierra... en el ruido de su caída me pareció oír las palabras del delirio de la abuelita agonizante, «Señor, sálvalo de la locura que lo arrastra, sálvalo del infierno que lo reclama»... Hondo estremecimiento de religioso temor me sacudió la carne, corrió por mi espalda un escalofrío sutil y como si me hubiera tocado la muerte, caí desfallecido sobre el banco de piedra. Al volver en mí y recordar la escena busqué las flores cuya blancura se veía en la sombra, para convencerme de que no había soñado. Era un ramo de pálidas rosas té que levanté para besarlo. Volví los ojos a la fachada del hotel que estaba ya oscura y muerta, y por cuyos balcones cerrados no filtraba un solo rayo de luz.

 

            Cuando desperté esta mañana, después de un dormir enfermizo, conseguido con dos gramos de cloral y lleno de las imágenes del día, de los ojos azules, de la faz pálida, de la cabellera castaña, del incesante revoloteo de una mariposilla blanca sobre tres hojas verdes y del ramo de rosas, el Sol rayaba de oro las persianas de mis balcones. Eran las diez y media. Busqué con los ojos las flores, creyendo que la escena nocturna formaba parte de la pesadilla del cloral. Ahí estaban en el jarrón de bohemia donde las había puesto al acostarme. Medio marchitas ya pendían algunas sobre la mesa y dos de ellas cubrían el camafeo montado en oro verdoso.

 

            Tras del baño y la minuciosa toilette con que quise hacer desaparecer las huellas del opio y del cloral, bajé al comedor a tomar el té matinal. Me sentía triste y con el corazón oprimido por un peso extraño. El criado que me sirvió la víspera trajo el desayuno y con él un telegrama de Miranda y Compañía llegado en las primeras horas de la mañana. Venciendo cierta repugnancia lo mandé a preguntarle al conserje del hotel si el señor Scilly y la señorita habían salido. Cuando volvió, tomado ya el té y leído el telegrama, lo esperaba con ansiedad.

            ‑El señor y la señorita se fueron esta mañana, a primera hora, llevando sus equipajes en un coche particular que vino a buscarlos. El conserje le oyó decir a él a la estación, pero no oyó el nombre de la estación... ¿El señor toma más té? ‑preguntó mirando la taza vacía...

¿Dónde buscarla cuando termine en Londres el negocio con Morrell y Blundell; dónde buscarla, porque necesito verla como necesito respirar, volverla a ver, bañar mi alma en la luz de sus ojos azules, besar sus manos largas y blancas, arrodillado a sus pies? ¿Por qué la bendición y el ramo de rosas que coinciden de tan singular manera con las frases del delirio de la viejecita agonizante?... ¿Conque el misterio puede adquirir así forma material, mezclarse a nuestra vida, codearnos a la luz del Sol?.. El ramo de rosas está ya encerrado en una caja de cristal que me permitirá llevarlo en el viaje, y la caja se ha perfumado con el tenue olor de las flores moribundas.

 

            Miranda & Compañía me avisan haber recibido carta de Morrell, diciéndoles que aceptan el precio que fijé a las minas, en virtud del informe de la comisión de ingenieros que volvió ya y cuyo dictamen esperábamos para cerrar el negocio.

 

            Estaré en Londres el 15, como lo exigen, para firmar las escrituras, y me iré de aquí hoy mismo para soñar con ella mientras viajo.

 

            ¿Dónde estará?... En la Engadina, seguramente... Le oí nombrar a la Malloggia, a Silvaplana y a Saint Moritz... Terminado mi asunto con los banqueros ingleses la iré a buscar allá, y si no la encuentro la buscaré en toda Europa, en todo el mundo porque necesito verla para vivir.

 

Londres, 11 de octubre

 

            Dos meses de vida en la ciudad monstruo, no visitada en mi última permanencia en Europa y de la cual guardaba la confusa impresión recibida, hace once años; dos meses que se han deslizado rápidos entre las innúmeras diligencias que requirió la venta de las minas, y la ansiedad con que esperé inútilmente respuesta a mis telegramas dirigidos a todos los grandes hoteles de Europa; y a las cartas en que solicité en vano de algunas agencias de informes datos acerca del paradero de Scilly y de su hija.

 

            Su hija... me sonrío al pensar que he escrito esa palabra... No la llamo así cuando al nombrarla mentalmente, la evoco con toda la suave gracia de sus contornos apenas núbiles de largos lineamientos envueltos en la seda roja del corpiño, con su mortal palidez exangüe, enmarcada por el oro oscuro de la destrenzada cabellera y alumbrada por la luminosa sonrisa de las pupilas azules; la llamo Helena, como si la intimidad en que he vivido con su imagen, la hubiera acercado a mí, y la nombro con la ternura que vibraría en mi voz agitada si oprimiera en las mías, impolutas de todo contacto femenino desde la noche en que recogí el ramo de rosas blancas hasta el instante en que escribo estas líneas, sus largas manos alabastrinas que al hacer en el aire la mística señal de la cruz arrojaron las pálidas flores entre la sombra nocturna.

 

            ¡Helena! ¡Helena!... A veces, en la quietud de la medianoche, silenciosa en este rincón del Londres millonario, sentado frente a mi escritorio sobre el cual está abierto un tomo de poesías [de] Shelley o Rossetti que ahora me embargan con sus etéreas delicadezas y la música casi italiana de sus estrofas, alzo los ojos del libro y contemplo a la luz de la lámpara el camafeo montado en oro que no pude devolverle.

           

            Digo entonces su nombre en alta voz como una fórmula evocatoria que hubiera de hacerla surgir y aparecérseme, allá en el fondo sombrío de la estancia donde caen en pliegues opulentos y pesados las cortinas de terciopelo verde, e irse acercando, acercando, sin tocar la alfombra hasta detenerse en el círculo de luz de la lámpara y mirarme con sus ojos dominadores.

 

            ¿Por qué sin tocar la alfombra, pregunta al analista que llevo dentro de mí mismo y que percibe y discrimina hasta las sombras de mis ideas?... ¿Por qué sin tocar la alfombra? Ría al oír esta frase el Mefistófeles que todos llevamos dentro del alma, agite las luengas plumas del rojo birrete, crispe diabólica mueca su irónica fisonomía, iluminada por un reflejo de infierno y lance al aire su carcajada de burla; sin tocar la alfombra porque al pensar en ella la veo, incontaminada por la atmósfera de la tierra, insexual y radiosa como los querubines de Milton. Las frases que vienen a mis labios para cantarla entonces, no son los inarmónicos períodos de mi prosa incolora, sino estos versos de La Vita Nuova, en que el Dante habla de Beatriz:

            «Cuando mi Dama camina por alguna parte, Amor extiende sobre los corazones corrompidos una capa de hielo que rompe y destruye todos los malos pensamientos.»

El que se exponga a verla o se ennoblece o muere; cuando alguno digno de mirarla la encuentra, experimenta todo el poder de sus virtudes y si ella le honra con su saludo dulcísimo le vuelve tan modesto, tan honrado y tan bueno, que llega hasta perder el recuerdo de los que lo ofendieron.»Y Dios ha concedido una gracia particular a mi Dama: la persona que le dirige la palabra no puede tener mal fin».

 

            Esta noche, hace dos meses, de la noche de Interlaken; a estas horas ya estaba dormido, bajo la influencia del cloral. Es curiosa la historia de los sesenta días que han pasado desde la hora del encuentro.

           

            Se fueron los primeros diez en formalizar la venta de las minas de Mal Paso, y al terminar el siguiente ya el Banco de Inglaterra me tenía abonadas en cuenta las cien mil libras recibidas como precio, de Morrell y Blundell, sin que esa noche, excitado por la idea de aquel dinero ganado casi sin esfuerzo, me sugirieran la imaginación ni los sentidos una sola idea de placeres que buscar ni de emociones ardientes que obtener con ese oro que podía transformarse en sensuales locuras. Retirado en mi casita cuyos balcones tienen visita sobre Hyde Park, y donde los tapiceros instalaron rápidamente los mobiliarios y obras de arte que me rodeaban en París, he dividido mi tiempo entre un trabajo que estoy haciendo en el Foreign Office, las visitas a los invernáculos de más fama y una serie de estudios nuevos emprendidos aquí, en la quietud de mi escritorio, con dos profesores de renombre.

Mis derroches de la temporada no alcanzan a mil libras: setecientas, pagadas por un cuadro de Sir Edward Burne Jones y las doscientas y pico de una cuenta del librero, cubierta ayer. No he puesto los pies en un salón a pesar de que los Lorenzanas, Roberto Blundell y Camilo Mendoza, nuestro gran estadista, que vive en Richmond, me han visitado con insistencia. No he pisado un restaurante ni un teatro, y mis paseos a pie se han dirigido de preferencia hacia los barrios silenciosos de la burguesía acomodada, donde las amplias calles, veladas por las niebles de otoño extienden, a la hora del crepúsculo, la monotonía de sus mansiones tranquilas, separadas de la vía pública por las verduras de los jardinillos que anteceden sus fachadas. Por ellas cuántas veces he andado a esa hora ‑paseante ingenuo y un poco desprendido de sí mismo para sorprender el alma británica en sus sencillas manifestaciones exteriores‑ y me he detenido cuando por la ventana de guillotina de algún balcón entreabierto adivino, al través de los vidrios la luz de la lámpara que alumbra la velada familiar, de una lámpara cuya luz cae sobre la amplia mesa de oscura carpeta cerca de la cual se sentarán la vieja de antiparras, papalina y peluquín, cantada por Pombo, el grueso inglesote colorado y flemático, que lee el Tit‑Bits y contempla carcajeándose las caricaturas de Punch, y las dos misses rubias y frescas de ojos verdosos, con el visitante vestido del inevitable smoking, para tomar el eterno té tibio, desvirtuado por la leche abundante, la infusión insípida en que la vieja y pudibunda Albion ha convertido el nervioso licor que en la tierra nativa, apuran los mandarines vestidos de seda rosada y las risueñas mousmés de oblicuos ojos, en diminutas tazas de frágil porcelana delgada como una cáscara de huevo, que lucen ramos de crisantemos, doradas medias lunas, hieráticas grullas e inverosímiles pagodas.

 

            Otras veces para buscar el contraste, envuelto en oscuro ulster que oculta el vestido, recorro el horror de los barrios pobres, llenos de seres degradados y oscuros, poblados de mendigos y donde la bruma otoñal ahoga la escasa luz rojiza de los faroles de petróleo, para entrever, tras de las grasientas vidrieras de algún tienducho lleno de restos de cosas que fueron, la cara afilada y hambrienta de algún judío que parece salido de un ghetto de la Edad Media y en el fondo de las tabernas hediondas a venenoso brandy y a cervezas nauseabundas, siniestros perfiles de rufianes, arrugadas facies de viejas proxenetas y caras marchitas de chicuelas desvergonzadas, corroídas ya por el vicio, y que tienen todavía aire de inocencia no destruida por la incesante venta de sus pobres caricias inhábiles.

 

            Flota sobre mi espíritu el melancólico recogimiento del otoño, de sus follajes quemados y enrojecidos por el frío, de los nubarrones cobrizos y violáceos de sus crepúsculos, del olor a nidos abandonados y a cloroformo de las hojas que se desprenden de las ramas, y revolotean en el aire húmedo, bajo los rayos enfermizos del sol de octubre, que apenas las calientan, para caer al suelo y esperar allí, podridas y negras, la soledad el invierno helado y las frescas sinfonías de la primavera!

 

            Por la noche me envuelve una pereza del cuerpo que me hace sonreír si al entrar al cuarto de vestirme veo el negro frac, los brodequines de charol, la resplandeciente camisa, los calcetines de seda, los pañuelos de batista, los guantes blancos y las gardenias para el ojal, puestas en vasitos de electroplata, que Francisco, mi viejo criado, prepara cuidadosamente, sin consultarme y extiende sobre un diván bajo, frente al enorme espejo claro, enmarcado de bronce, en previsión de una salida mundana. Me sonrío y visto amplio vestido de franela; friolento hago encender la chimenea cuyo suave calor neutraliza la temperatura que anuncia un invierno rigurosísimo, y con las piernas envueltas en la eterna manta sevillana compañera de mis viajes y aspirando el humo opiado y aromático de un cigarrillo de Oriente, me siento cerca al fuego para contemplar los derrumbes de negros castillos que forjan los troncos carbonizados, el rojo de las cavernas de fuego, donde arden los tizones y los incendios azules de las lengüetas de llama. Horas de infinito recogimiento en que medito en el plan que ha de inmortalizar mi memoria, lecturas de Shakespeare y de Milton, en el silencio de las madrugadas insomnes, ¡cuán lejos estáis del brutalismo gozador de mis noches parisienses en que, tras de una cena de langosta a la americana y champaña extra‑dry, la alcoba de la Orloff oía mis gritos de salvaje voluptuosidad y su cuerpo delicado se lastimaba estrujado por mis manos gozadoras!...

 

            Enrique Lorenzana, el socio de Botwell, con quien estuve en Ginebra, vino aquí anoche y me dijo al entrar y verme: ¡Eres otro hombre del que vi en Suiza; estás rosado y fresco como una miss y se te ríen los ojos!... Ya lo creo que soy otro hombre... ¡Si no llevara en el fondo del alma la incurable nostalgia de las pupilas azules, si supiera cómo encontrarla, cuán feliz sería al sentirme regenerado por ella!

 

Londres, 10 de noviembre

 

          Pasé una noche atroz y no comprendo la causa. Un día regular; la mitad gastada en el Ministerio de Relaciones Exteriores tomando copias fotográficas de la correspondencia del Ministro que acreditó mi país en Inglaterra para pedir el reconocimiento de su independencia, la tarde en una fábrica de fusiles ‑que con furia me he entregado a los estudios militares que requiere el cumplimiento de mi plan‑ y la noche aquí viendo una serie de aguafuertes y de acuarelas que me ofrecen en venta; total: ninguna emoción fuerte. Comida sencilla, con un poco de burdeos viejo y pálido. Y entonces, ¿por qué la horrible pesadilla que me ha hecho gritar y agitarme, la pesadilla angustiosa sin más imagen que la atravesara sino una caída mía entre la oscuridad negra de un abismo y, arriba, arriba, las tres hojas de la rama del camafeo y el revoloteo de la mariposa blanca sobre un cielo azul cruzado de nubes blancas?...

 

            ¿Por qué la depresión de hoy en que me siento sin ánimo de trabajar ni de vivir, y pienso en Helena como un chiquillo perdido entre la noche de un bosque, pensaría en las caricias de la madre?... Es una obsesión enfermiza casi; al dormirme la veo vestida con el corpiño de seda roja que llevaba en Ginebra, llamarme con la mano pálida; al abrir los ojos, lo primero en que pienso es en ella y al hacer un esfuerzo para recordar las impresiones del sueño, me parece que entre la oscuridad de éste ha pasado, vestida de blanco, con un vestido cuya falda cae sobre los pies desnudos, en una orla de dibujo bizantino, de oro bordado sobre la tela opaca, y llevando en los pliegues níveos del manto que la envuelve, un manojo de lirios blancos... Ciertas sílabas resuenan dentro de mí cuando interiormente percibo su imagen «Manibus date lilia plenis»... dice una voz en el fondo de mi alma y se confunde en mi imaginación su figura que parece salida de un cuadro de Fra Angélico y las graves y musicales palabras del exámetro latino.

 

            Todo eso es delicioso pero es una obsesión enfermiza y yo sé el remedio. Digo el remedio porque el placer comprado me repugna como una droga nauseabunda y no está en Londres ninguna de las dos amigas inglesas que me darían una noche de caricias, ni aquella aristocrática Lady Vivian encontrada en Berlín hace un año, tan fresca y tan dulce y tan loca y tan ardiente; ni la otra, Fanny Green, la profesional a quien tuve tres semanas en Roma, hace cuatro años, estúpida como una campesina ignorante y sentimental como una heroína de Richardson, pero insuperablemente hermosa.

 

            No están en Londres. Comprendo cuál es la causa de mi extraño estado nervioso en que las imágenes internas se convierten casi en alucinaciones y quiero suprimirlo. Me provoca por momentos salir a Regent Street a las 11 de la noche, buscar alguna de aquellas Jenny, como la del poema de Rossetti:

            |Oh, merry, lazy, languid Jenny

            Fond of a kiss and fond of a guinea;

 

hacer de ella mi presa, traerla a mi casa donde al ver el mobiliario y las vajillas y los cuadros, todo el lujo de la instalación, abriría tamaños ojos y sin explicarse mi capricho por su cuerpecito débil, tenerla unas semanas en que las pobres voluptuosidades que me procurara se mezclaran para mí de una impresión de piedad por ella y de obra de caridad hecha al evitarle sus interminables paseos por Picadilly y las brutalidades de sus compradores nocturnos, y calmada con el abuso la fiebre que me corre por las venas, despacharla regalándole alguna suma que fuera la que gasto en una joya de que me antojo y con que pudiera vi‑vir tranquila hasta la vejez, en alguna casita risueña de los suburbios, casada con el novio que la adoraba antes de caer y acordándose de mí como de un semidiós con quien se encontró una noche...

 

            No puedo. Una presencia femenil en la casa donde está el broche del camafeo de Helena y donde tanto he pensado en ella, sería imposible. Al día siguiente habría arrojado a la calle, colmándola de insultos a la pobrecilla chicuela, sintiendo por ella horrible odio y asco profundo.

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