Whyl, 5 de julio
Encontré un nido donde esconderme a pensar, una
casucha de madera tosca, habitada por una pareja de viejos
campesinos. Es un sitio inaccesible donde no llegan turistas, una
garganta salvaje de monte, llena del ruido de un torrente que se
vuelve niebla al rodar entre enormes pedregones negros y sombreado
por pinos y castaños altísimos. He escrito a París pidiendo que me
manden a Interlaken una multitud de cosas que me hacen falta, y voy
mañana a treparme a mi picacho sin llevar más libros que unos
estudios de prehistoria americana, escritos por un alemán y unos
tratados de botánica. Siento una emoción rara al pensar en mi
escondite.
10 de julio
El viejo y la vieja dueños de la casa no han estado
nunca en ninguna ciudad ni saben leer ni escribir; me miran como un
animal raro, y sólo me dirigen la palabra para decirme buenos días
y buenas noches. No pudiendo comer su comida me alimento con la
leche de unas vacas que tienen en una explanada vecina. Mi cuarto,
el cuarto de don José Fernández, le richissime américain, tiene por
mobiliario una cama en que no se acostaría por ninguna suma el
último de mis criados parisienses, una mesa tosca en que escribo y
un enorme platón de madera, que por la mañana me llenan de agua
helada, cogida en el torrente para bañarme. Todo eso, por fortuna,
más aseado que lo de los mejores hoteles del mundo, probablemente.
Las sábanas gruesas de la cama huelen a campo y los muebles relucen
como acabados de barnizar. En estos cinco días no se me ha pasado
por la cabeza una imagen voluptuosa, no he sentido ningún deseo y
me he emborrachado de aire y de ideas.
A la madrugada me levanto y tras del baño helado y
la leche que tiene todavía la tibieza de la ubre, trepo por entre
la bruma gris penetrada de luz, donde los accidentes de la montaña
se ven apenas como sombras azulosas, hasta una colina que domina el
paisaje. Es un mar de vapores blancos que se va iluminando,
iluminando, hasta que los rayos del Sol lo deshacen y muestran el
paisaje envuelto en brumas suaves, que flotan como jirones de un
velo de novia, sobre el azul de las montañas lejanas, sobre las
verduras de los valles y en último término sobre la blancura de
plata de un nevado, allá en el horizonte... Luego se va precisando
todo, el cielo se azula, se deshace la niebla, los tonos se
acentúan, se hacen más intensas las verduras, se ve lo negro o lo
rojizo de tal cual roca desnuda. Sólo se oyen los cantos de los
pájaros y el ruido sordo y ahogado del torrente que muge en su
cauce de piedras. El aire tiene un olor vegetal y es ralo,
ligero... Tendido en la altura, sobre la manta que me acompaña en
todos mis viajes, me dejo invadir por la sensación penetrante y
profunda de frescura que se desprende de todo aquello. Miro a mi
alrededor y en primer término, cerca de la verdura amarillenta y
aérea de un grupo de sauces, diviso el viejo molino cuya gran
rueda, al girar contra lo negro del paredón enmohecido por la
humedad, convierte el chorro de agua que la mueve en hilos y gotas
de cristal transparente e impalpable vapor, mientras que las
golondrinas que anidan en los aleros y los huecos del edificio
vetusto entrecruzan sobre él los amplios semicírculos y encontrados
zigzags de su incesante y nervioso revoloteo. Pasa a los pies del
molino el camino de cabras que trepa a la cima y en rápida curva se
oculta tras de los primeros contrafuertes de la montaña que son a
esa hora, vistos desde donde estoy, una masa de negruzca neblina
argentada, rizada por los verdes matorrales que se destacan sobre
el segundo contrafuerte cuya confusa masa de detalles esfuma la
niebla velándolos. Allá a lo lejos, la oscuridad azulosa de los
montes del fondo, con sus perfiles de puntiagudos picachos y
denteladas rocas que se cortan oscuras en un ángulo de anfractuosas
sinuosidades sobre el diáfano azul pálido del cielo y la blancura
deslumbrante de las nubes matinales.
Vuelvo los ojos hacia abajo y veo el valle con lo
verdoso de su alfombra vegetal, sobre la cual flota un poco de
niebla, manchado aquí y allá con las masas oscuras de los
matorrales y de los grupos de árboles, cruzado por las líneas
delgadas y amarillentas de los caminos, por los hilos negros de la
ferrovía y por el plateado zigzag del torrente que lo atraviesa; y
en un recodo de la hondonada, al pie de la montaña diviso los
techos, la cúpula de la iglesia y el cementerio del pueblecito,
medio oculto por la oscuridad verdosa del follaje, y al frente, en
el horizonte donde la niebla interpuesta vuelve a borrar los
detalles, las ondulaciones de los perfiles y la confusa masa
azulosa de otra cordillera, que abriéndose en irregular brecha,
muestra en el fondo la cegadora blancura inmaculada de un
ventisquero.
La naturaleza, pero la naturaleza contemplada así,
sin que una voz humana interrumpa el diálogo que con el alma
pensativa que la escucha entabla ella, con las voces de sus aguas,
de sus follajes, de sus vientos, con la eterna poesía de las luces
y de las sombras. Cuando aislado así de todo vínculo humano, la
oigo y la siento, me pierdo en ella como en una nirvana divina. Una
noche en medio del Atlántico, sentado en la popa del buque donde
dormían ya los pasajeros, tranquilo, sin preocupación personal
ninguna, me abandoné como lo he hecho estas mañanas a su misterioso
sortilegio y a la fascinadora orgía que es para mí contemplarla. No
había luna. El buque era una masa negra que huía en la sombra. El
mar calmado y el cielo de un azul sombrío y purísimo se confundían
en el horizonte; las constelaciones y los planetas resplandecían en
el fondo del azul infinito: el hervidero de soles de la Vía Láctea
era un camino de luz pálida en la inmensidad negra y abajo la
estela que dejaba el barco era otra vía láctea, donde entre la
fosforescencia verde‑azulosa ardía sutil polvo de diamantes.
En la primera hora de quietud pensativa volvieron a mi mente
escenas del pasado, fantasmas de los años muertos, recuerdos de
lecturas remotas; luego lo particular cedió a lo universal; algunas
ideas generales, como una teoría de musas que llevaran en las manos
las fórmulas del universo, desfilaron por el campo de mi visión
interior. Luego cuatro entidades grandiosas, el Amor, el Arte, la
Muerte, la Ciencia, surgieron en mi imaginación, poblaron solas las
sombras del paisaje, visiones inmensas suspendidas entre dos
infinitos del agua y del cielo; luego aquellas últimas expresiones
de lo humano se fundieron en la inmensidad negra y olvidado de mí
mismo, de la vida, de la muerte, el espectáculo sublime entró en mi
ser por decirlo así y me dispersé en la bóveda constelada, en el
océano tranquilo, como confundido en ellos en un éxtasis panteísta
de adoración sublime. Instantes inolvidables cuya descripción se
resiste a todo esfuerzo de la palabra! La luz de la madrugada que
destiñó el brillo de las estrellas y le devolvió al mar su glauca
coloración mareante, me hizo volver a las realidades de la
vida.
Ya que no éxtasis de esos, producidos por la grandiosidad de la
escena, sí he sentido por momentos bajar sobre mi espíritu una
suprema paz en las horas pasadas en el picacho a donde subo. El
plan que reclamaba el fin único a que consagrar la vida me ha
aparecido, claro y preciso como una fórmula matemática. Para
realizarlo necesito un esfuerzo de cada minuto por años enteros,
una voluntad de hierro que no ceda un instante. Más o menos será
éste. Tengo que aumentar al doble o al triple de lo que vale hoy mi
fortuna para comenzar. Si la comisión de ingenieros, mandada de
Londres por Morrel & Blundell, da un dictamen favorable,
sobre las minas de oro que tengo casi negociadas con ellos y que en
la mortuoria de mi padre se avaluaron en una suma insignificante,
las minas me darán al vendérselas varios millones de francos. Deben
los ingleses cablegrafiar a París, de un momento a otro y los
Mirandas me avisarán por telégrafo a Ginebra, donde iré a pasar el
mes de agosto. Hecha esa operación trasladaré a Nueva York todo mi
capital y fundaré con Carrillo la casa para llevar a cabo los
negocios que tiene él pensados. Tras de Carrillo están los Astor,
los millonarios que no han dado un paso en falso desde que
comenzaron a negociar y en manos de él mi oro trabajará por mí,
mientras me consagro en alma y cuerpo a recorrer los Estados
Unidos, a estudiar el engranaje de la civilización norteamericana,
a indagar los porqués del desarrollo fabuloso de aquella tierra de
la energía y a ver qué puede aprovecharse, como lección, para
ensayarlo luego, en mi experiencia. Desde Nueva York iré por
temporadas a Panamá a dirigir en persona las pesquerías de perlas,
que darán al explotar los bancos desconocidos hasta hoy, maravillas
como las que produjeron cuando Pedrarias Dávila remitió a los Reyes
de España la que remata la Corona Real. Todo el oro que esas
explotaciones produzcan y lo que hoy poseo estará listo para el
momento en que regrese a mi tierra, no a la capital sino a los
estados, a las provincias que recorreré una por una, indagando sus
necesidades, estudiando los cultivos adecuados al suelo, las vías
de comunicación posibles, las riquezas naturales, la índole de los
habitantes, todo esto acompañado de un cuerpo de ingenieros y de
sabios que serán para mis compatriotas, ingleses que viajan en
busca de orquídeas. Pasaré unos meses entre las tribus salvajes,
desconocidas para todos allá y que me aparecen como un elemento
aprovechable para la civilización por su vigor violento las unas,
por su indolencia dejativa las otras.
Luego me instalaré en la capital e intrigaré con
todas mis fuerzas y a empujones entraré en la política para lograr
un puestecillo cualquiera, de esos que se consiguen en nuestras
tierras sudamericanas por la amistad con el presidente. En dos años
de consagración y de incesante estudio habré ideado un plan de
finanzas racional, que es la base de todo gobierno y conoceré a
fondo la administración en todos sus detalles. El país es rico,
formidablemente rico y tiene recursos inexplotados, es cuestión de
habilidad, de simple cálculo, de ciencia pura, resolver los
problemas actuales. En un ministerio, logrado con mis dineros y mis
influencias puestas en juego, podré mostrar algo de lo que se puede
hacer cuando hay voluntad. De ahí a organizar un centro donde se
recluten los civilizados de todos los partidos para formar un
partido nuevo, distante de todo fanatismo político o religioso, un
partido de civilizados que crean en la ciencia y pongan su esfuerzo
al servicio de la gran idea, hay un paso. De ahí a la presidencia
de la república previa la necesaria propaganda, hecha por diez
periódicos que denuncien abusos anteriores, previas promesas de
contratos, de puestos brillantes, de grandes mejoras materiales,
otro... Eso por las buenas. Si la situación no permite esos
platonismos, como desde ahora lo presumo, hay que recurrir a los
resortes supremos para excitar al pueblo a la guerra, a los medios
que nos procura el gobierno con su falso liberalismo para provocar
una poderosa reacción conservadora, aprovechar la libertad de
imprenta ilimitada que otorga la Constitución actual, para
denunciar los robos y los abusos del gobierno general y de los
estados, a la influencia del clero perseguido para levantar las
masas fanáticas, al orgullo de la vieja aristocracia conservadora
lastimada por la oclocracia de los últimos años, al egoísmo de los
ricos, a la necesidad que siente ya el país de un orden de cosas
estables; proceder a la americana del sur y tras de una guerra en
que sucumban unos cuantos miles de indios infelices, hay que
asaltar el poder, espada en mano y fundar una tiranía, en los
primeros años apoyada en un ejército formidable y en la carencia de
límites del poder y que se transformará en poco tiempo en una
dictadura con su nueva constitución suficientemente elástica para
que permita prevenir las revueltas de forma republicana por
supuesto, que son los nombres lo que les importa a los pueblos, con
sus periodistas de la oposición presos cada quince días, sus
destierros de los jefes contrarios, sus confiscaciones de los
bienes enemigos y sus sesiones tempestuosas de las Cámaras
disueltas a bayonetazos, todo el juego.
Este camino que me parece el más práctico, puesto
que es el más brutal, requiere, para tomarlo, otros estudios que
haré con placer, cediendo a la atracción que sobre mi espíritu han
ejercido siempre los triunfos de la fuerza. ¡Con qué placer os
estudiaré, monstruosas máquinas de guerra, cuyo acero donde estalla
la mezcla explosiva, derrama la lluvia de proyectiles en el campo
enemigo y siembra la muerte en las filas destrozadas; granadas de
fulminantes picratos y que al estallar reducíais los piafantes
caballos y los cuerpos de los jinetes a informes despojos
sangrientos; cómo inquiriré los secretos de vuestra estrategia, las
sutilezas de vuestra táctica, sombras de monstruos a quienes la
humanidad degradada venera, legendarios Molochs, Alejandros,
Césares, Aníbales, Bonapartes, al pie de cuyos altares enrojece el
suelo la hecatombe humana y humea como un incienso el humo de las
batallas!
¡Oh! qué delicia la de escribir, después de instalar
un gobierno de fuerza, grande y buen amigo, al acreditar los
respectivos plenipotenciarios que pedirán su reconocimiento ante
todos los presidentes de todas las republiquitas a la americana del
centro o del sur donde las cosas se hacen así y de pensar que en
virtud de un plan elaborado con la frialdad con que se resuelve la
incógnita de una ecuación, llegó uno al puesto que ambiciona con el
fin de modificar un pueblo y elevarlo y verificar en él una vasta
experiencia de sociología experimental. Ningún esfuerzo me parecerá
excesivo para coronar la altura que representa sólo la posibilidad
de comenzar a obrar ampliamente.
En esa lejanía están los años decisivos, en que todo
habrá de ser energía y acción. Equilibrados los presupuestos por
medio de sabias medidas económicas: disminución de los derechos
aduaneros, que a la larga, facilitando enormes introducciones
duplicará la renta; supresión de los inútiles empleos,
reorganización de los impuestos sobre bases científicas, economía
de todo género; a los pocos años el país es rico y para resolver
sus actuales problemas económicos, basta un esfuerzo de orden;
llegará el día en que el actual déficit de los balances, sea un
superávit que se transforme en carreteras, en ferrocarriles
indispensables para el desarrollo de la industria, en puentes que
crucen los ríos torrentosos, en todos los medios de comunicación de
que carecemos hoy, y cuya falta sujeta a la patria, como una cadena
de hierro y la condena a inacción lamentable.
Esos serán los años de aprovechar los estudios
previos, verificados por los sabios y los ingenieros que la
recorrieron años antes pagados con mi oro. En aquellos climas que
van desde el calor de Madagascar, en los hondos valles
equinocciales, hasta el frío de Siberia, en los luminosos páramos
donde blanquea la nieve perpetua, surgirán, incitados por mis
agentes y estimulados por las primas de explotación, todos los
cultivos que enriquecen, desde el banano cantado por Bello en su
oda divina hasta los líquenes que cubren las glaciales rocas
polares; todas las crías de animales útiles desde los avestruces
que pueblan las ardientes llanuras de Africa, hasta los rengíferos
del polo. Innumerables rebaños pastarán en las fecundas dehesas,
doblaránse bajo el peso de los racimos cárdenos, las ramas de los
cafetos; en perspectivas regulares donde el ojo se pierde en el
crepúsculo verde producido por la sombra del guamo protector, ágil
trepará la vainilla por los troncos disformes de los cauchos,
colgando de sus frágiles bejucos sus aromáticas urnas y en las
serranías abruptas el platino y el oro, la plata y el iridio,
brillarán ante los ojos del minero, tras de la excavación fatigosa
y el complicado laboreo del mineral nativo.
Dudoso de mis propias aptitudes, por grandes que
sean los estudios que haya hecho para ese entonces, llamaré
economistas de fama europea y consultaré los más grandes estadistas
del mundo para proceder acorde con ellos al arbitrar las medidas
que coronarán la obra.
Ideadas y planteadas éstas se hará conocer la tierra
nueva y desbordante de riqueza en los mercados europeos gracias a
agentes fiscales que los recorran y a los esfuerzos de una
diplomacia sagaz, ampliamente renteada y escogida entre la flor y
nata de los talentos nacionales. Los bonos depreciados antes serán
una inversión tan segura como los consolidados ingleses y colosales
empréstitos lanzados por los Hutk y los Rothschild y suscritos en
condiciones favorables, permitirán completar los resultados
perseguidos en la constante labor. La inmigración atraída por el
precio mínimo a que se harán las adjudicaciones de baldíos en los
territorios hoy desiertos, afluirá como un río de hombres, como un
Amazonas cuyas ondas fueran cabezas humanas y mezcladas con las
razas indígenas, con los antiguos dueños del suelo que hoy vegetan
sumidos en oscuridad miserable, con las tribus salvajes, cuya
fiereza y gallardía nativas serán potente elemento de vitalidad,
poblará hasta los últimos rincones desiertos, labrará el campo,
explotará las minas, traerá industrias nuevas, todas las industrias
humanas. Para atraer esa inmigración civilizada, colosales steamers
de compañías subvencionadas por el gobierno con sumas que permitan
reducir a un mínimo, suprimir casi el costo del pasaje, cruzarán el
Atlántico e irán a recoger a los tripulantes, ansiosos de nueva
vida, en los puertos de la vieja Europa, de donde el hambre los
arrojan, en los del Japón y China, países desbordantes de población
hambreada y en las amplias radas de la península índica de donde el
nativo pobre, el paria desheredado, el bengalí de dulzura casi
femenina, emigrarán ansiosos de una patria nueva, para no sentir en
la espalda el látigo inglés que los flagela!
Monstruosas fábricas donde aquellos infelices
encuentren trabajo y pan nublarán en ese entonces con el humo denso
de sus chimeneas el azul profundo de los cielos que cobijan
nuestros paisajes tropicales; vibrará en los llanos el grito
metálico de las locomotoras que cruzan los rieles comunicando las
ciudades y los pueblecillos nacidos donde quince años antes fueron
las estaciones de madera tosca y donde, a la hora en que escribo,
entre lo enmarañado de la selva virgen extienden sus ramas
seculares las colosales ceibas, entrelazadas de lianas que trepan
por ellas como serpientes, y sombrean el suelo pantanoso, nido de
reptiles y de fiebres; como una red aérea los hilos del telégrafo y
del teléfono agitados por la idea se extenderán por el aire;
cortarán la dormida corriente de las grandes arterias de los
caudalosos y lentos ríos navegables, a cuya orilla crecerán los
cacaotales frondosos, blancos y rápidos vapores que anulen las
distancias y lleven al mar los cargamentos de frutos y convertidos
éstos en oro en los mercados del mundo, volverán a la tierra que
los produjo a multiplicar, en progresión geométrica, sus fuerzas
gigantescas.
¡Luz! ¡Más luz!... Las últimas palabras del poeta
sublime de Fausto serán el lema del pueblo que así emprende el
camino del progreso. La instrucción pública atendida con especial
empeño y propagada por todos los medios posibles ‑desde el
kindergarten donde los chicuelos aprenden a deletrear entre las
rosas, hasta las grandes universidades en que los sabios de ochenta
años, encanecidos sobre los instrumentos de observación, se
entregan a las más audaces especulaciones que solicitan el
pensamiento humano‑, levantará al pueblo a una altura
intelectual y moral superior a la de los más avanzados de Europa.
Libre el país de los pavorosos problemas que minan las viejas
sociedades europeas y estallan en ellas en alaridos nihilistas y
reventar de bombas, mirará tranquilo hacia el futuro.
La capital transformada a golpes de pica y de
millones ‑como transformó el Barón Haussman a París‑
recibirá al extranjero adornada con todas las flores de sus
jardines y las verduras de sus parques, le ofrecerá en amplios
hoteles refinamientos de confort que le permitan forjarse la
ilusión de no haber abandonado el risueño home y ostentará ante él
‑en la perspectiva de anchas avenidas y verdeantes
plazoletas‑ las estatuas de sus grandes hombres, el orgullo
de sus palacios de mármol, la grandeza melancólica de los viejos
edificios de la época colonial, el esplendor de teatros, circos y
deslumbrantes vitrinas de almacenes, bibliotecas y librerías que
junten en sus estantes los libros europeos y americanos ofrecerán
nobles placeres a su inteligencia y como flor de esos progresos
materiales podrá contemplar el desarrollo de un arte, de una
ciencia, de una novela que tengan sabor netamente nacional y de una
poesía que cante las viejas leyendas aborígenes, la gloriosa
epopeya de las guerras de emancipación, las bellezas naturales y el
porvenir glorioso de la tierra regenerada.
Establecer una dictadura conservadora como la de
García Moreno en el Ecuador o la de Cabrera en Guatemala y pensar
que bajo ese régimen sombrío con oscuridades de mazmorra y negruras
de inquisición, se verifique el milagro de la transformación con
que sueño, parece absurdo a primera vista. No lo es si se medita.
Está cansado el país de peroratas demagógicas y falsas libertades
escritas en la carta constitucional y violadas todos los días en la
práctica y ansía una fórmula política más clara, prefiere ya el
grito de un dictador de quien sabe que procederá de acuerdo con sus
amenazas, a las platónicas promesas de respeto por la ley burladas
al día siguiente. El éxito de la enorme empresa depende de la
habilidad con que, al normalizarse la situación, después del
triunfo, se inicien las modificaciones que lentamente cambiarán la
situación del partido vencido y le permitirán volver a la escena
política aleccionado por la ruda lección de la derrota y por los
primeros años de régimen estrecho en que sus conductores comprendan
lo inútil de la lucha a mano armada. Soñarán entonces en
transacciones que les permitan escalar puestos secundarios o
vociferarán contra los abusos cometidos, pero sus discursos no
encontrarán eco porque el pueblo sentirá ya las ventajas del nuevo
régimen. El desarrollo industrial absorberá parte de las fuerzas
que antes producían hondas perturbaciones al agitarse en la
política y las concesiones, paulatinamente otorgadas, irán
atrayéndole al gobierno la opinión de la juventud, desengañada de
los viejos ideales y el apoyo de los capitalistas de todos los
bandos, que desean seguridad y bienestar. A cada progreso realizado
en el orden material, a cada derecho respetado, corresponderán las
filas opuestas con un movimiento que las acerque y permitan nuevas
concesiones y a la larga, serenados los ánimos y desaparecidos de
la escena los antiguos caudillos llenos de ideas exageradas, cuya
presencia en ella, impedía devolver la elasticidad necesaria al
juego del organismo social, una oposición moderada, apenas viable,
porque no tendrá abusos que denunciar ni reclamos que alzar a lo
alto como banderas de guerra, establecerá un equilibrio casi
perfecto entre las exigencias de los más avanzados y la prudencia
previsiva de los más retrógrados.
Lento aprendizaje de la civilización por un pueblo
niño, que al traducirse en mi cerebro en una imagen plástica y casi
grotesca por la reducción, me haces pensar en los gateos del
chiquitín que balbucea sílabas informes; en las andaderas que le
impiden caer al ensayar los primeros pasos, en los pinitos que hace
entre una silla y una mesa, en el cuarto que atraviesa, apoyándose
en los muebles, en las caminadas de a diez metros que sorprenden a
la mamá sonriente, hasta que el músculo endurecido por el ejercicio
y el vigor de los nervios le permiten caminar colgado de la mano de
la nodriza!... Las piernecitas que apenas lo sostienen, tendrán más
tarde tendones y músculos y osatura formidable con que oprima los
ijares del caballo fogoso en que cruce la llanura y las manos
pequeñas llenas de sonrosados hoyuelos, cuyos dedillos sostenían
con dificultad el juguete preferido, alzarán la azada para labrar
el suelo de la patria y la espada para defenderlo!...
Veo mentalmente la transformación del país en los
personajes que me acompañarán en cada época y en cada escena de la
tarea, desde la entrada a la capital, a sangre y fuego, entre el
estallido de las bombas y las descargas de la fusilería del
ejército vencedor, mandado por lo más selecto de la aristocracia
conservadora, mis primos los Monteverde, atléticos, brutales y
fascinadores, improvisados generales en los campos de batalla,
debido a sus audacias de salvajes; los viejos jefes encanecidos en
el servicio, el general Castro y los dos Valderrama, por ejemplo,
hasta el día en que estos vejetes venerables y estorbosos para mi
plan duerman tranquilos en la tumba junto con los jefes civiles del
partido vencido, que sesentones y tiritando de miedo presenciaron
el triunfo cruento el día en que se implantó la dictadura. Los que
eran en ese entonces mozuelos insulsos, convertidos los unos en
ventrudos ministros de Estado y los otros en flacos periodistas de
la oposición, se darán cuenta, en esa época distante a donde llega
mi imaginación, de que los problemas que a sus padres les
parecieron insolubles, se resolvieron casi de por sí al fundar un
gobierno estable y darles ocupación a los vagos, al cultivar la
tierra y al tender rieles que facilitarán el desarrollo del
país.
En ese entonces, desprendido del poder que quedará
en manos seguras, retirado en una casa de campo rodeada de jardines
y de bosques de palmas, desde donde se divise en lontananza el azul
del mar y no lejos la cúpula de alguna capilla sombreada por
oscuros follajes, saciado ya de lo humano y contemplando desde
lejos mi obra, releeré a los filósofos y a los poetas favoritos,
escribiré singulares estrofas envueltas en brumas de misticismo y
pobladas de visiones apocalípticas que contrastando de extraña
manera con los versos llenos de lujuria y de fuego que forjé a los
veinte años, harán soñar abundantemente a los poetas venideros. En
ellos pondré, como en un vaso sagrado, el supremo elíxir que las
múltiples experiencias de los hombres y de la vida, hayan
depositado en el fondo de mi alma ardiente y tenebrosa.
Llevaré allí la existencia desencantada y dulcísima
de un don Pedro II desposeído del trono, que lee a Renán en las
tardes de meditación. Depurado mi ser de todo sentimiento humano e
inaccesible a toda emoción que no venga de alguna verdad,
desconocida de los hombres y entrevista por mí, en el
apaciguamiento de la vejez y con la serenidad que dan los sueños
realizados, al morir, nada más, sobre mi cadáver todavía tibio,
comenzará a formarse la leyenda que me haga aparecer como un
monstruoso problema de psicológica complicación ante las
generaciones del futuro.
Mientras no haya realizado siquiera la primera parte
de ese plan no dormiré tranquilo. Que es grande... Más grande era
el de Bolívar al jurar la libertad de un continente en la falda del
Montepincio, el de Bonaparte cuando encerrado a los veinte años en
el cuartico de Dôle, pobre militarcillo desconocido, soñaba en
cambiar la faz de Europa y en repartir tronos a sus hermanos como
quien reparte un puñado de monedas.
‑Yo estaba loco cuando escribí esto, no Sáenz,
exclamó Fernández, interrumpiendo la lectura, dirigiéndose al
médico y sonriéndole amistosamente...
‑Es la única vez que has estado en tu juicio,
contestó Sáenz con frialdad.
‑Me habían ocurrido todas las cosas posibles e
imposibles respecto de ti, menos ésta, que alguna vez se te
hubieran ocurrido semejantes barrabasadas! Tú, presidente de la
república, qué degradación para ti, soltó Rovira con acento
indignado. Tú de presidente de la república...
‑Dime, ¿las ventas de las minas, los negocios
en Nueva York y las pesquerías de perlas te dieron los resultados
que esperabas? José, preguntó Luis Cordovez con aire
medita‑bundo.
‑Superiores a lo que esperaba, respondió el
poeta...
‑Y entonces qué te detuvo, di, ¿qué te detuvo
para hacer eso que habrías podido hacer y que era grande, enorme?
preguntó Cordovez con su entusiasmo de siempre.
‑Los pasteles trufados de hígado de ganso, el
champaña seco, los tintos tibios, las mujeres ojiverdes, las
japonerías y la chifladura literaria, contestó Oscar Sáenz con
displicencia, desde su sillón perdido en la sombra.
‑Eres más psicólogo que fisiólogo, respondió
Fernández.
‑Y tú eres un chiflado porque habiendo
concebido eso hace ocho años, nos lo estás leyendo aquí ahora, en
vez de haberlo realizado de parte a parte...
El té servido por Francisco, el criado viejo que acompañó al
poeta desde que lo vio nacer, interrumpió la lectura por unos
instantes.
‑¡Tres tazas de té has bebido, tres tazas!, le
gritó Sáenz a Fernández, sin poderse contener al verlo llenar por
tercera vez la frágil tacita de porcelana y agitar el aromático
licor con la cucharilla. ¡Fernández, sigue!, dijeron en coro
Cordovez, Sáenz y Pérez, mientras que Juan Rovira se levantaba para
despedirse diciendo...
‑Soy una bestia... Nadie te quiere como yo. Me
encanto al oír a los inteligentes recitar tus versos y llamarte
gran poeta; de repente se me antoja oírte leer algo como esta
noche; pongo toda la atención que Dios me dio, y mi palabra de
honor que me quedo a oscuras de la mayor parte de lo que oigo...
¡Qué tiene que ver todo eso que nos has leído, con el nombre de la
quinta, con el cuadro de la galería ni con la marca de los libros
empastados en cuero blanco!... Soy una bestia... Mañana te mandaré
las parásitas que llegaron hoy del cafetal.
‑¿Las odontoglosum?..., preguntó Fernández,
usando el nombre técnico de la planta por hábito adquirido al
hablar de botánica con el inglés que cuida el invernáculo.
‑No entiendo eso, las que querías, mandaron un
mundo... Mañana las tendrás... Y después de apretar las manos de
los amigos, en la suya grande, dura y tostada, salió refunfuñando
entre dientes. Decididamente no entiendo nada de eso, ¡soy una
bestia!...
‑¡José, sigue!, dijo Cordovez con impaciencia
al ver caer la portiere roja sobre las espaldas del gigante.
Y Fernández leyó así a la luz de la lámpara:
Interlaken, 25 de julio
Borracho de ideas y cansado de pensar salí de mi
escondite hace ocho días a gastar las fuerzas que la quietud, los
baños helados y el ejercicio habían acumulado en mí, y desde esa
mañana hasta esta noche ha sido una orgía de movimiento incesante,
de paisajes recorridos, de escaladas vertiginosas de montañas y de
incansables caminadas por valles frescos llenos de verdura nueva.
¡Neveras, ventisqueros, altas cimas donde el pulmón se llena de
aire purísimo, los ojos de claridades imprevistas, el cerebro de
grandiosas ideas; donde la sangre se vivifica y se enriquece mejor
que con la higiene más cuidadosa observada en una ciudad! Nunca
experimentada sensación de vigor ardiente y de fuerza muscular
inagotable que gastar en nuevos ejercicios, me ha hecho sentir todo
el vigor que encierra mi cuerpo a pesar del que he derrochado en
los últimos meses, y en todos los momentos he meditado en los
pormenores de mi plan. Ni un deseo, ni una imagen sensual me han
perseguido; las tentaciones enfermizas se respiran con el olor de
cocina y de perfumería, de polvos de arroz y de mujer que flotan en
el aire, cargado de efluvios de lascivia y de gérmenes de
enfermedades mentales, de la Babilonia moderna.
¡Naturaleza, bendita seas!
... ¡Tus espectáculos vistos en soledad completa, sin oír una
voz humana que turbe nuestra meditación, son como un bromuro eficaz
y calmante para las almas insomnes!
Antier estaba en un ventisquero, todo blanco, claro,
diáfano el suelo, las lejanías llenas de niebla, donde reverberaba
el sol matinal, el cielo luminoso. Los guías se habían quedado
atrás. Destapé el frasco plano, lleno de chartreuse verde que
llevaba en la cintura y sorbí un trago largo que me quemó el
paladar con el sabor de las plantas aromáticas diluidas en el
alcohol sutil, y me hizo correr calor por todo el cuerpo helado por
el ambiente glacial. Pensé en la Orloff, en las sábanas de raso
negro sobre las cuales extiende las curvas del cuerpo ambarino
perfumado de magnolia; en la tina de cristal rosado llena de agua
tibia que se opaliza con los vinagres aromáticos preparados por
Lubin, y al sentirme libre de sortilegio carnal, en que viví
envuelto por seis meses, solté una carcajada, una carcajada
vibrante y poderosa que resonó como un disparo en el silencio
blanco del ventisquero; una carcajada de salvaje, después de que ha
roto en mil pedazos el fetiche que lo asustaba. ¡Adiós,
sensualidades de bizantino, a vivir vida de hombre!
Interlaken, 26 de julio
¡El conjunto cosmopolita de estas mesas redondas de
los grandes hoteles y los contrastes disparatados de todas ellas!
El menú francés parece un exotismo dada la composición heterogénea
de la del Hotel Victoria, donde vivo... ¡Oh, personajes que me
divertís al observaros y dais a mi imaginación fantaseadora ocasión
de forjarme vuestra vida mientras engullo los manjares; grueso
agente viajero alemán, oloroso a cerveza, que cuentas tus groseras
aventuras de taberna y de burdel, entremezclándolas de carcajadas
sonoras; gomoso parisiense, corbateado de rosa, de los zapatos y
los bigotes puntiagudos y de la inteligencia roma, que estropeas
lamentablemente los términos de sport ingleses al adaptarlos a tus
pronunciaciones guturales; español cuyo perfil regular y cerdoso
bigote negro van precedidos de inevitable pitillo infecto y que a
todas horas sigues con ojos de lujuria a la criada suiza coloradota
y fresca; brasileños amarillosos y enclenques, que exhibís
inverosímiles diamantes pajizos montados en los botones de la
camisa, y tiritáis de frío como oistitís del trópico en las noches
invernales de Londres; aventurero ruso de la rizada barba castaña
que sientes la nostalgia de la ruleta y las carpetas verdes de
Montecarlo; viejas inglesas, secas unas veces como sarmientos,
desbordantes otras como informes paquetes de carne linfática, que
recorréis la Europa entera, con el Baedeker en una mano y la Biblia
en la otra, pronunciando el mismo beautiful, beautiful charming,
quite charming, ante los fiords glaciales de Noruega, los nevados y
los lagos azules de la Suiza heroica, los ardientes sitios de
Castilla la Vieja, llenos de nobles fiebres y los paisajes
sonrosados del litoral del Mediterráneo; viejas que atravesáis los
países que os atraen bebiendo el mismo té tibio, devorando los
mismos asados sanguinolentos y escribiendo en vuestra clara cursiva
las mismas cartas de diez hojas, con las espalda vuelta a paisajes
adorables; canonesa alemana de los catorce cuarteles en el escudo,
que paseas por sobre la asistencia la insípida mirada incomprensiva
de tus ojuelos grises y melancólicos; pareja de renteros franceses
a quienes alguna agencia de viajes traslada de lugar en lugar para
que admiréis sin comprenderlos, los sitios y los edificios
designados por la guía Johanne a vuestros entusiasmos de inofensivo
turismo; honorable Mr. Woodding, que haciendo propaganda por cuenta
de la secta trinitaria, con un ejemplar de los evangelios debajo
del brazo, azotas con los faldones de tu larga levita negra, las
madreselvas florecidas por la primavera y paseas tu prole
‑las cuatro chiquitinas rubias que parecen salidas de un
álbum de Kate Greenway‑ por todos los caminos planos de cerca
a todos los hoteles donde cuesta la asistencia diez francos por
día; enorme conde valaco o rumano de la melena rizada a la
caracalla y de los ojos bovinos y apagados; príncipe italiano, cuyo
palacio secular, donde habitaron tus antepasados gloriosos,
vendieron los acreedores cansados de cobrarte; ¡oh, muestras de la
calidad corriente de la especie humana, fabricadas de prisa por el
Gran Hacedor, sin hinchazones de músculos y sin afinamientos de
nervios, lectores de Ohnet,
adoradores de Gaboriau y de Montepin que consideráis como lo
supremo del arte los cuadros en que sonríen las venus de pomada
rosada pintadas por Bouguereau, que os pasmáis oyendo las
musiquillas italianas de hace treinta años y las idiotas
pornografías de los cafés‑conciertos y a quienes dejan fríos
las dulces ingenuidades de los pintores prerrafaelistas, las
sutilezas del arte japonés, las grandiosas sinfonías de Wagner, los
dolorosos personajes que atraviesan la sombra gris de las novelas
de Dostoiewsky, las extraterrestres creaciones de Poe; admiradores
de lo mediocre y de lo fácil a quienes Max Nordau presentaría como
prototipos del perfecto equilibrio, todos vosotros engullís la
misma sopa de fideos cosmopolita, los mismos asados sospechosos,
rociados con el mismo Medoc químico, absorbéis la misma compota de
negras ciruelas pasas con que los amables propietarios de los
hoteles suizos nutren vuestras hermosas personas en las temporadas
de veraneo! ¡Leves os sean esos manjares indigestos y conviértanse
en sangre de vuestra sangre y en hueso de vuestros huesos y ayude a
peptonizarlos y a facilitar vuestras difíciles digestiones la
acción de gracias que articulan los labios enjutos y la bendición
que esparcen en el aire los dedos flacos del abate Pazavillini,
sentado a la cabecera de la mesa, en que lucen ahora el queso de
Camembert de coloración cadavérica, el Roquefort delicuescente y la
decocción de chicoria amarga con que creyendo que absorbéis el café
aromático, el licor de Voltaire y de Balzac, finalizáis vuestros
pantagruélicos almuerzos!
Interlaken, 5 de agosto, por la
noche
Nini Rousset, la divetta de un teatro bufo del
Boulevard, Nini Rousset, la que vestida con una guirnalda de hojas
de parra enloqueció una sala de prostitutas y de vividores,
exhibiendo desnudas las curvas de estatua y las frescuras túrgidas
de su cuerpo de Venus, en una revista del año pasado, Nini Rousset
a quien mandé ramos de gardenias y un par de diamantes sin lograr
más que una mueca de burla y una frase grosera el día en que quise
hacerla mía, Nini Rousset por quien habría dado un mes de vida
antes de tropezar con la Orloff, acaba de salir de mi cuarto,
dejándome en él su olor de Chypre y en los nervios la vibración de
una violenta sacudida de placer. Llegó hace una hora, con seis
baúles llenos de sombreros y de vestidos y tres perros falderos y
al encontrar mi nombre en el registro del hotel, después de
instalada en su cuarto, se vino al mío y entrándose en puntas de
pies se me acercó por detrás y me cerró con las manecitas blandas y
suaves los ojos que leían en ese momento una página de la ética de
Spinoza... ¡Adivina quién es, adivina quién es, rastaquoère poeta,
especie de animal, adivina quién es, gritaba besándome y
mordiéndome la nuca con la boca olorosa a menta! Como un sátiro
borracho de sexo, la levanté del suelo con los brazos al
desprenderme de su abrazo lascivo, y la provocación comenzada con
su chanza infantil, acabó, unos minutos después, en un doble
maullido salvaje de voluptuosidad, sobre el diván de la alcoba.
Antipatizo con ella con todas mis fuerzas. Es una
encarnación auténtica de toda la canallería y de todo el vicio
parisiense. El Gil Blas contó una vez, en un suelto, el antojo que
tuvo al ver en una feria a un jayán que medio desnudo levantaba
pesos de a diez arrobas, y la seducción del Hércules hecha por ella
al terminarse el espectáculo y la llevada de éste entre su coche, y
el encierro con él durante dos días y dos noches en la alcoba por
donde han pasado todos los que han tenido modo de disponer de unos
cuantos billetes de a mil francos para pagarse ese capricho por una
noche. Es una Mesalina comprable; grosera como una verdulera y
hermosa como una venus griega... Se ha ido ahora a arreglar el modo
de pasar la noche en mi departamento sin que la vean los criados y
a mandar helar unas botellas de champaña. La orgía será digna de
mis cincuenta días de abstinencia y de estudios estúpidos...