Junio 20
Si es cierto que el artista expresa en su obra
sueños que en cerebros menos poderosos, confusos, existen latentes;
y que por eso, sólo por eso, porque las líneas del bronce, los
colores del cuadro, la música del poema, las notas de la partición,
realzan, pintan, expresan, cantan, lo que habríamos dicho si
hubiéramos sido capaces de decirlo, el amor que a la Bashkirtseff
profesamos algunos de hoy, tiene como causa verdadera e íntima que
ese Diario, en que escribió su vida, es un espejo fiel de nuestras
conciencias y de nuestra sensibilidad exacerbada. ¿Por qué has de
simpatizar tú con la muerta adorable a quien Barrés venera y a
quien amamos unos cuantos, ¡oh! grotesco doctor Max Nordau, si tu
fe en la ciencia miope ha suprimido en ti el sentido del misterio;
si tu espíritu sin curiosidades no se apasiona por las formas más
opuestas de la vida; si tus rudimentarios sentidos no requieren los
refinamientos supremos de las sensaciones raras y penetrantes?...
¿Qué hay de extraño en cambio en que un hombre a quien las
veinticuatro horas del día y de la noche no le alcanzan para sentir
la vida, porque querría sentirlo y saberlo todo, y que, situado en
el centro de la civilización europea, sueña con un París más
grande, más hermoso, más rico, más perverso, más sabio, más sensual
y más místico, se entusiasme con aquella que llevó en sí una
actividad violenta y una sensibilidad rayana en el
desequilibrio?...
Hay frases del Diario de la rusa que traducen tan
sinceramente mis emociones, mis ambiciones y mis sueños, mi vida
entera, que no habría podido jamás encontrar yo mismo fórmulas más
netas para anotar mis impresiones.
Escribe después de una lectura de Kant:
«No sé por dónde comenzar, ni a quién ni cómo
preguntárselo, y me quedo así, estúpida, maravillada, sin saber
para dónde coger y viendo por todos lados tesoros de interés:
historias de pueblos, lenguas, ciencias, toda la Tierra, todo lo
que no conozco; yo que querría verlo, conocerlo y aprenderlo todo
junto».
Escribe seis meses antes de morir:
«Me parece que nadie adora todo como yo; lo adoro
todo: las artes, la música, los libros, la sociedad, los vestidos,
el lujo, el ruido, el silencio, la tristeza, la melancolía, la
risa, el amor, el frío, el calor; todas las estaciones, todos los
estados atmosféricos, las sabanas heladas de Rusia y los montes de
los alrededores de Nápoles; la nieve en invierno, las lluvias de
otoño, la alegría y las locuras de la primavera, los tranquilos
días del verano y sus noches consteladas, todo eso lo admiro y lo
adoro. Todo toma a mis ojos interesantes y sublimes aspectos,
querría verlo, tenerlo, abrazarlo, besarlo todo, y confundida con
todo, morir, no importa cuándo, dentro de dos o dentro de treinta
años, morir en un éxtasis para sentir el último misterio, el fin de
todo o ese principio de una vida nueva. Para ser feliz necesito
TODO, el resto no me basta!...».
¡Feliz tú, muerta ideal que llevaste del Universo
una visión intelectual y artística y a quien el amor por la belleza
y el pudor femenino impidieron que el entusiasmo por la vida y las
curiosidades insaciables se complicaran con sensuales fiebres de
goce, con la mórbida curiosidad del mal y del pecado, con la
villanía de los cálculos y de las combinaciones que harán venir a
las manos y acumularán en el fondo de los cofres el oro, esa alma
de la vida moderna! ¡Feliz tú que encerraste en los límites de un
cuadro la obra de arte soñada y diste en un libro la esencia de tu
alma, si se te compara con el fanático tuyo que a los veintiséis
años, al escribir estas líneas, siente dentro de sí, bullir y
hervir millares de contradictorios impulsos encaminados a un solo
fin, el mismo tuyo: poseerlo TODO; feliz tú admirable Nuestra
Señora del Perpetuo Deseo!
Después de haber creído por algún tiempo que el
universo tenía por objeto producir de cuando en cuando, un poeta
que lo cantara en impecables estrofas, y a los pocos meses de haber
publicado un tomo de poesías «Los primeros versos», que me procuró
ridículos triunfos de vanidad literaria y dos aventuras amorosas
que infatuaron mis veinte años, la intimidad profunda que trabé con
Serrano y su alta superioridad intelectual y su pasión por la
filosofía, cambiaron el rumbo de mi vida. Fue un año inolvidable,
aquel en que, desprendido de toda preocupación material, libre de
toda idea de goce, de todo compromiso mundano, los días y las
noches huyeron, divididos entre los largos paseos matinales por la
avenida de pinos de la Universidad, la lectura de los filósofos de
todas las edades, al mediodía, en la biblioteca silenciosa donde
sólo se oía el voltear de las páginas, tornadas por las manos de
los estudiantes, y las noches pasadas en el aposento silencioso del
más noble de los amigos, disertando con él sobre los más
apasionadores problemas que pueden solicitar al espíritu humano!
¡Tranquilidad de los nervios apaciguados por el régimen calmante y
por el aislamiento, conversaciones en que los nombres de Platón, de
Epicuro, de Empédocles, de Santo Tomás, de Spinoza, de Kant y de
Fichte mezclados a los de los pensadores de hoy, Wündt, Spencer,
Madsley, Renan, Taine, irradiaban como estrellas fijas sobre la
majestad negra del cielo nocturno; vértigo de la inteligencia que,
desprendida del cuerpo inquiere las leyes del ser; noble vida de
pensador, en que la única figura de mujer que pasaba por mi
imaginación como depurada de sensualidad por las altas
especulaciones intelectuales, era la de la abuela, con sus largas
guedejas de plata cayéndole sobre las sienes y su perfil semejante
al de la Santa Ana del Vinci, cuán lejos estáis del vértigo y del
frenesí gozador de mi vida de hoy! La muerte repentina de Serrano,
la llegada de mi mayor edad, la necesidad de administrar una
fortuna cuantiosa y situada en valores fácilmente aumentables
dieron fin a aquel período casi monástico de vida. Devuelto al
torbellino del mundo, dueño de un caudal enorme para la vida de mi
tierra natal, bulléndome en las venas los instintos, animado por la
rabia de acción de los Andrade; suelto, libre, sin padre, sin madre
ni hermanos, recibido y cortejado dondequiera, lleno de
aspiraciones encontradas y violentas, poseído de una pasión loca
por el lujo en todas sus formas, fui el Alcibíades ridículo de
aquella sociedad que me abrió paso como a un conquistador. ¡Años de
locura y de acción en que comenzaron a elaborarse dentro de mí los
planes que hoy me dominan, en que la comprimida sensualidad reventó
como brote vigoroso bajo el sol de primavera, en que las pasiones
intelectuales comenzaron a crecer y con ellas la curiosidad
infinita del mal; soplo de la suerte que me hizo conservar la
fortuna heredada sin que el fabuloso derroche alcanzara a
disminuirla, ambiciones que haciéndome encontrar estrecho el campo
y vulgares las aventuras femeninas y mezquinos los negocios, me
forzasteis a dejar la Tierra, donde era quizás el momento de visar
a la altura, y venir a convertirme en el rastaquoere ridículo, en
el snob grotesco que en algunos momentos me siento! ¡Vanidad que te
solazas al leer el suelto en que el Gil Blas anuncia que el
richissime Américain don Joseph Fernández y Andrade compró tal
cuadrito de Raffaeli, y te hinchas como un pavo real que abre la
verdeléctrica cola constelada de ojos, cuando al rodar la victoria
de la Orloff, al paso rítmico de la pareja de moros por la Avenida
de las Acacias, entre la bruma vaga que envuelve el Bosque a las
seis de la tarde, algún gomoso zute, murmura fascinado por la
elegancia de los caballos o la excentricidad del vestido de la
impure y le dice al compañero: ‑...Tiens, regarde, ma
vieille! Epatante la maitresse du poete!... debes estar satisfecha,
Vanidad!...
Sí, ésa es la vida, cazar con los nobles, más brutos y
más lerdos que los campesinos de mi tierra, galopando vestido con
un casacón rojo, tras del alazán del Duque chocho y obtuso;
vestirse con otro casacón blanco, con un chaleco de seda bordado de
colores y con medias y zapatos femeninos para hacer piruetas de
maromeros y grotescos dengues al poner el cotillón en casa de
Madame la Princesse Tres Estrellas; acompañar a la novicia recién
casada que quiere ponerse al corriente, a casa de costureras y
modistas, para dirigirle la hechura de los vestidos que no podría
escoger sola; perder una hora conversando con el camisero para
sugerirle la idea de una pechera de batista plegada y rizada y
cinco minutos escogiendo la flor rara que debe adornar la solapa
del frac; sí, vanidad, satisfácete, ¡ésa es la vida y son ésas las
ocupaciones del hombre que pasó su vigésimo año leyendo a Platón y
a Spinoza!
Es ridículo. Escribo e involuntariamente cedo a mis
exageraciones. Esa no es toda mi vida. Junto a ese mundano fatuo
está el otro yo, el adorador del arte y de la ciencia que ha
juntado ya ochenta lienzos y cuatrocientos cartones y
aguas‑fuertes de los primeros pintores antiguos y modernos,
milagrosas medallas, inapreciables bronces, mármoles, porcelanas y
tapices, ediciones inverosímiles de sus autores predilectos,
tiradas en papeles especiales y empastadas en maravillosos cueros
de Oriente; el adorador de la ciencia que se ha pasados dos meses
enteros yendo diariamente a los laboratorios de psicofísica; el
maniático de filosofía que sigue las conferencias de La Sorbona y
de la Escuela de Altos Estudios, y cerca de ese yo intelectual
funciona el otro, el yo sensual que especula con éxito en la Bolsa,
el gastrónomo de las cenas fastuosas, dueño de una musculatura de
atleta, de los caballos fogosos y violentos, de Lelia Orloff, de
las pedrerías dignas de un rajá o de una emperatriz, de los
mobiliarios en que los tapiceros han agotado su arte, de los vinos
de treinta años que infunden vigor nuevo y calientan la sangre; y
por encima de todo eso está un analista que ve claro en sí mismo y
que lleva sus contradictorios impulsos múltiples, armado de una
voluntad de hierro, como llevaban los cocheros dóricos los cuatro
caballos de la cuadriga en las carreras de las Olimpiadas!
Y estás satisfecho, Pangloss, me pregunta ahora la
voz interior que habla en las horas de análisis íntimo... No,
jamás, esa vida que a tantos les parecería increíble por su
intensidad no sirve sino para excitar mis deseos de vivir... Más!
todo! grita el Monstruo que llevo por dentro... No eres nadie, no
eres un santo, no eres un bandido, no eres un creador, un artista
que fije sus sueños con los colores, con el bronce, con las
palabras o con los sonidos; no eres un sabio, no eres un hombre
siquiera, eres un muñeco borracho de sangre y de fuerza que se
sienta a escribir necedades... Ese obrero que pasa por la calle con
su blusa azul lavada por la mujercita cariñosa y que tiene las
manos ásperas por el trabajo duro, vale más que tú porque quiere a
alguien, y el anarquista que guillotinaron antier porque lanzó una
bomba que reventó un edificio, vale más que tú porque realizó una
idea que se había encarnado en él! Eres un miserable que gasta diez
minutos en pulirse las uñas como una cortesana y un inútil hinchado
de orgullo monstruoso!... ¡Oh! un plan a qué consagrar la vida,
bueno o malo, no importa, sublime o infame, pero un plan que no
sean los que tengo hoy, ni la casa de comercio en Nueva York para
especular en grande y doblar mi fortuna, ni el viaje alrededor del
mundo para almacenar sensaciones e ideas, ni la vida en el
archipiélago para pescar perlas que me den más oro; no, un plan que
no se refiera a mí mismo, que me saque de mí, que me lleve como un
huracán, sin sentirme vivir!...
Bâle, 23 de junio
De la tarde de ayer sólo me quedan dos sensaciones,
el puño de la camisa empapado en sangre y la orla negra de la
carta; de la noche el ruido del tren al cruzar la sombra... A estas
horas debe de haber muerto y la policía estará buscándome. Me hice
inscribir en el registro del hotel con el nombre de Juan Simónides,
griego, agente viajero, para despistarla... ¡Del estado en que
estoy a la locura no hay más que un paso! Marinoni debe
telegrafiarme hoy mismo y del hotel mandarán el telegrama a Whyl,
donde voy a esconderme en una hostería a dos kilómetros del
pueblecito!
Whyl, 29 de junio
Frente de la hoja de papel en que escribo está el
telegrama de Marinoni desplegado. Lo he leído veinte veces y he
necesitado dos horas de reflexión para despertarme de la sangrienta
pesadilla. «Puede volver, dice, la policía ignora todo. Ella ayer,
perfectamente, en el Bosque, con un vestido nuevo. Comió en buena
compañía en la Cascada. Felicitaciones sinceras». ¿Dónde fue la
herida entonces, si no dejó huella?... Siento todavía el calor de
la sangre en la mano y ahí en la maleta de viaje está la camisa con
el puño empapado en sangre.
Al día siguiente
La escena brutal, la idea del asesinato, la huida,
la angustia, me habían impedido leer, entendiéndola, la carta de
Emilia. Sólo comprendía que había muerto la viejecita, lo único que
me quedaba de familia verdadera sobre la Tierra y sentía como un
peso que me oprimiera el pecho, como un nudo en la garganta y como
una negrura en el alma, pero los detalles de la muerte los
ignoraba, como si no los hubiera leído. Quiero copiar la carta,
aquí para encontrarla más tarde, dentro de unos años al releer este
diario maldito, y revivir las horas singulares de estos días en que
esa impresión noble se mezcló con la angustia de un crimen. Dicen
así los renglones trazados en el papel de gruesa orla negra por la
mano débil de Emilia:
«Mi carta del primero te decía que tu abuelita
estaba extremadamente débil y que había tenido varios vértigos en
los últimos días. La situación se agravó desde la noche del 2. El
doctor Alvarez, a quien mandé llamar a pesar de que ella se opuso,
la obligó a guardar la cama desde ese día y me hizo saber que era
inútil todo esfuerzo para salvarla por ser lo que estábamos viendo
el fin de la enfermedad, tal como lo había previsto desde hacía
años. Se limitó a prescribir quietud completa y una poción
narcótica. Sin insinuación de nadie mandó llamar ella al Arzobispo,
quien era su confesor, como recuerdas, y después de confesar
recibió la comunión con su fervor acostumbrado. En los días que
precedieron a la muerte no recibió a nadie, con excepción del
Prelado, y me habló continuamente de ti, con más amor que nunca y
de la muerte que esperaba con tranquilidad absoluta. El ocho por la
noche comenzó un delirio extraño, sin fiebre, precursor del fin, en
que divagó continuamente alternando sus oraciones preferidas con
extrañas frases referentes a ti. "¡Señor, sálvalo, sálvalo
del crimen que lo empuja, sálvalo de la locura que lo arrastra,
sálvalo del infierno que lo reclama. Por tu agonía en el huerto, y
por tu corona de espinas, por tus sudores de sangre y por la hiel
de la esponja, sálvalo del crimen, sálvalo de la locura, sálvalo
del infierno!...", decía agitándose sobre las almohadas...
"Lo vas a salvar: míralo bueno, míralo santo. ¡Benditos
sean la señal de la cruz hecha por la mano de la Virgen, y el ramo
de rosas que caen en su noche como signo de salvación! ¡Está
salvado! ¡Míralo bueno, míralo santo! Benditos sean". Una
expresión de beatitud suave reemplazó en la cara fina la angustia
de antes y adormecida, la respiración estertorosa, devolvió a Dios
el alma. Perdóname si te doy estos dolorosos detalles de la agonía.
Te conozco y sé que te harán sufrir pero que quieres saberlos.
Murió como una santa, como había vivido. A la
estancia mortuoria sólo entramos don Francisco Cordovez, el doctor
Alvarez, el Arzobispo y yo. El Prelado estuvo largo tiempo
arrodillado cerca del féretro. Para mí la velada mortuoria fue una
impresión mística superior a todas las que he sentido en mi vida.
Estaba segura de que aquel cadáver era el de una santa de la raza
de las Mónicas, y que su alma había recibido ya el premio de la
existencia sin mancha. La expresión del cadáver, de la cabeza fina
con las facciones como depuradas por la muerte, enmarcada por la
blancura de las canas que parecían de nieve a la luz de los cirios,
era de una serenidad infinita. Desde el fondo de los cuadros de
Vázquez que adornan la alcoba, los santos sus amigos parecían
contemplarla, sacando la cabeza del lienzo y saliéndose de entre el
oro desteñido de los antiguos marcos españoles. Esa noche pasada al
lado de la santa muerta me dará valor para sufrir todos los males
de la vida con la esperanza de morir así.
El cadáver ocupa la bóveda central en el monumento
de la familia, cerca a tu padre. La casa está cerrada y en su
alcoba, a tu vuelta, si algún día vuelves, encontrarás todavía el
olor de los cirios mortuorios, pues la llave no saldrá de mis manos
mientras viva.
Tu pena es la mía. Te acompaño con todo mi corazón y
a Dios y a la Santa que hoy vela por ti en el cielo les pido por tu
felicidad con todo el fervor de mi cariño por ti. Emilia...».
¡Mi felicidad... Dios mío! Qué fácil que las líneas
anteriores las leyera en una prisión, detenido por haber asesinado
a una de las hetairas de más renombre de la Babilonia moderna...
¡Ah!, ¡la impresión que me ha causado la lectura de esa carta el
mismo día en que debí cometer un crimen, en que lo cometí casi! La
santa muerta, allá en la alcoba tendida de antiguo damasco oscuro y
yo el mismo día en que supe su muerte, huyendo como un asesino,
¡después de haber querido matar a una mujer indefensa!
La vi por primera vez, oyendo la música sobrehumana
de las Walkirias, en un palco de la Opera. Había llegado de Viena
la víspera. El fondo carmesí de la pared del palco realzaba la
pureza de su perfil de Diana Cazadora como un estuche de raso rojo
el oriente de una perla sin tacha; entre los cabellos de un rubio
pálido, en los lóbulos de las orejas diminutas, alrededor de las
muñecas redondas y finas y sobre el corpiño bajo de gasa verde
pálida que dejaba medio desnudo el seno, brillaban, ardían, las
diáfanas esmeraldas de mi tierra, las luminosas esmeraldas de
Muzo.
La expresión soñadora de la cabeza rubia, la palidez
dorada de la tez, el color del aéreo vestido, el brillo de aquellas
joyas de reina la hacían semejar más que una mujer de carne y hueso
una aparición irreal, ondina habitadora de las profundidades de un
lago o Willy salida del fondo negro y misterioso de las florestas.
La cabalgata de las Walkirias poblaba el aire, la sobrehumana
música llenaba la sala con sus sobrehumanas vibraciones y ella,
como subyugada por la insistencia de mis ojos que la devoraban
desde el palco, volvió a mirarme. La primera mirada, lenta y
penetrante como un beso columbino, me hizo correr un escalofrío de
voluptuosidad por la espalda... Tres días después era mía.
Esa delicada criatura ataviada e idealizada por
proveedores artistas fue el ídolo de estos seis últimos meses. ¡Oh,
las primeras noches de delicia sensual en el amplio lecho profundo,
dorado y ornamentado como un altar; la palidez ambarina, las líneas
perfectas, el olor a magnolia, el vello de oro sedoso de aquel
cuerpo de veinte años, extendido en voluptuosas posturas sobre las
sábanas de raso negro! ¡Oh, las caricias lentas, sabias e
insinuantes de aquellas manos delgadas y nerviosas; la lascivia de
aquellos labios que modulaban los besos como una cantatriz de genio
modula las notas de una frase musical; ¡oh!, el refinamiento de
sensualidad, la furia del goce, la gravedad casi religiosa de todos
los minutos consagrados al amor, como si en vez de tener de él la
miserable noción moderna que lo relega al dominio de lo inmundo lo
sintiera ella grave y noble y como una función augusta. Así
debieron de amar las sacerdotisas de la Afrodita que creían en su
Diosa y consideraban sagrado el Acto.
A los quince días de la primera noche sabía ya qué
extraña mistificación era aquella criatura y la comprendía menos
que antes, a pesar de eso. Se llamaba María Legendre, el otro era
el nombre de guerra. El padre y la madre vivían en una callejuela
de Batignolles, él, zapatero de viejo, brutal y alcoholizado; ella,
una pobre mujer, delgaducha, pálida, de aire enfermizo, a quien
sacudía el marido cada vez que bebía más de lo necesario. Criaban
dos hijas más, insignificantes. ¿Por qué misterio ésta había ido a
dar cuatro años antes de que yo la encontrara a manos de un ex
presidente de la república sudamericana, que arrojado de su tierra
por una de esas revoluciones que constituyen nuestro sport
predilecto, llegó a París desbordante de oro y de color local, en
busca de seguridad y de placeres y la colmó de regalos en un
año?... ¿El Duque ruso que de paso por París vivió más tiempo en la
alcoba de ella que en otros lugares y la llevó luego a Petersburgo,
de donde volvió rebautizada con apellido de princesa y dueña de las
esmeraldas fabulosas y del collar de diamantes, fue quien le educó
los sentidos y despertó en ella ese sensualismo sibarítico, que me
sedujo desde el primer momento como una fascinación, o su educador
fue más bien el perverso poeta italiano de quien se enamoró
locamente y a quien colmó de regalos, sin que el vate famélico y
complaciente protestara contra aquel papel equívoco de favorito
pagado?... No lo sé, ni me importa saberlo, ni lo sabré nunca. La
encontré instalada en un departamento pequeño, cuyos balcones
miraban sobre el parque Monceau, amueblado con un refinamiento de
gusto inverosímil en una mujer aun nacida sobre las gradas de un
trono.
La salita con las paredes tendidas de una sedería
japonesa, amarilla como una naranja madura, y con bordados de oro y
de plata hechos a mano, amueblada sobriamente con muebles que
habrían satisfecho las exquisiteces del esteta más exigente; la
alcoba tapizada de antiguos brocateles de iglesias, desteñidos por
el tiempo; con su mobiliario auténtico del siglo XVI y el cuarto de
baño, donde lucía una tina de cristal opalescente como los vidrios
de Venecia, junto a las mesas de tocador, todas de cristal y de
níquel, sobre la decoración pompeyana de las paredes y del piso,
sugerían la idea de que algún poeta que se hubiera consagrado a las
artes decorativas, un Walter Crane o un William Morris, por
ejemplo, hubiera dirigido la instalación, detalle por detalle.
Al visitarla la primera vez comprendí claramente que
ninguna noción estética había determinado la escogencia de todo
eso; que lo tenía porque le había gustado como a otras les gustan
la felpa rosada, las terracotas de a seis francos, las oleografías
y las flores de trapo, y cuando por exigencia suya comí en su
departamento, lo suculento de las viandas, lo inédito de las salsas
y lo añejo de los vinos me hizo ver que poseía aquellos primores de
la industria artística, solamente porque necesitaba como cosa
corriente y a cualquier precio sensaciones profundas y finas. ¿Pero
de dónde diablos había sacado aquella aristocracia de los nervios,
más rara quizás que las de la sangre y la inteligencia, ella la
hija de un zapatero mugriento?... Enigma insoluble... El té que
bebía en frágiles tazas chinas, dignas de una vitrina de museo, era
té de caravana comprado a precio absurdo y sostenía ingenuamente
que era el menos malo que había encontrado en París; tomaba el
único café libre de toda sofisticación que he bebido en Europa;
vivía quejándose de la mesa y al proponerle que fuéramos a comer en
algunos de los restaurantes afamados, hacía una mueca de asco, como
si en todos ellos juntos no se pudiera encontrar un beefsteak
devorable; cultivaba con pasión la manía de los encajes antiguos y
los amontonaba sin usarlos en el enorme armario de maderas
olorosas, perfumado por Guerlain con aromáticas yerbas, en donde
amontonadas en pilas simétricas y enormes, deslumbraban el ojo las
blancas batistas de sus ropas íntimas, y lo acariciaban los pálidos
matices de las camisas de dormir, frágiles como telarañas, de las
enaguas bordadas como pañuelos de baile y de los calzones de seda
olorosos a iris de Florencia y franjiponia.
En su boca de fresa la frase aquella de la
princesita al oír los aullidos del pueblo pidiendo pan: ¿Si no
tienen pan, por qué no comen bizcochos?... parecería natural; el
lujo es su elemento como el agua el de los peces, pero un lujo como
inconsciente e ingénito...
‑Tú estudias... ¿cierto?..., me preguntaba una
tarde, tendidos ambos en el diván turco del saloncito de la
izquierda... ¿Para qué, dime?... añadió ingenuamente.. Para
saber..., le contesté sorprendido... Y qué sacas con saber, añadió
besándome, la vida no es para saber, es para gozar. Goza, gozar es
mejor que pensar, añadió con acento de convicción íntima.
Y parece que yo hubiera aceptado su filosofía, a juzgar por mis
últimos meses, en que no he abierto un libro y he abandonado el
griego y el ruso y los estudios de gramática comparada y los planes
de mis poemas, y los negocios, para vivir preocupado sólo de
placeres, de sport, de fiestas, de esgrima, en una incesante
cacería de sensaciones... Me estaba ahogando por falta de aire
intelectual, acostumbrado al silencio que forma también parte de la
naturaleza de Lelia, porque en días enteros de estar juntos no
atravesaba una palabra, hundiéndome lentamente en una atonía
intelectual increíble... ¡Oh, la Circe que cambia los hombres en
cerdos!... En los minutos de lucidez me sentía agonizar entre la
materia como el Emperador arrojado a las letrinas por el pueblo
romano.
La primera vez que encontré a la de Roberto en casa
de Lelia, la monstruosa sospecha se me clavó en la imaginación.
Alta, huesosa, delgada, los ojos ardientes, el seno sin relieve,
calzada y vestida con estilo masculino y con algo hombruno en toda
ella, en el bozo que le sombrea el labio delgado, en los ademanes
bruscos, en la voz de modulaciones graves, la italiana me fue
odiosa sólo al verla... ¿Quién es? ¿Por qué la tratas? le pregunté
a la Orlof... Porque me gusta, contestó y se encerró en el silencio
de siempre. Una tarde, al entrar, las lámparas no estaban
encendidas y el salón se adormecía en la oscuridad del crepúsculo.
Oí en uno de los rincones oscuros un cuchicheo, y antes de encender
una cerilla pasó rozándome un bulto y salió a la antecámara. Lelia
al ver luz se incorporó en el diván donde estaba recostada...
¿Quién salió de aquí?, pregunté nervioso, Angela de Roberto, ¿no es
cierto?... Sí..., contestó con su tranquilidad inalterable... ¿Y
por qué la recibes, si sabes que me es odiosa?, dije sin poderme
contener... Porque me gusta; contestó, volviendo a encerrarse en su
silencio enigmático, y la noche que siguió a esa tarde fue una de
las más deliciosas noches de mi vida...
El 22 por la tarde me fui a verla, a pedirle una
taza de té y a llevarle una miniatura encantadora, montada por
Bassot, en un círculo de diminutas perlas rosadas. Me abrió la
camarera, y al verme hizo una mueca extraña, de burla, de alegría,
de miedo, un gesto extravagante que me lo sugirió todo. Al hacer
saltar la puerta de la alcoba que se deshizo al primer empujón
brutal, y cedió rompiéndose, un doble grito de terror me sonó en
los oídos y antes de que ninguna de las dos pudiera desenlazarse,
había alzado con un impulso de loco duplicado por la ira, el grupo
infame, lo había tirado al suelo, sobre la piel de oso negro que
está al pie del lecho, y lo golpeaba furiosamente con todas mis
fuerzas, arrancando gritos y blasfemias, con las manos violentas
con los tacones de las botas, como quien aplasta una culebra. No sé
cómo saqué de la vaina de cuero el puñalito toledano damasquinado y
cincelado como una joya que llevo siempre conmigo y lo enterré dos
veces en la carne blanda; sentí la mano empapada en sangre tibia,
envainé el arma, bajé en dos saltos la escalera oyendo los gritos y
me metí en un fiacre dándole al cochero las señas del escritorio de
Miranda.
De ahí, después de pedirle una suma al cajero y de
recoger mi correspondencia llegada una hora antes, fui a mi hotel
para que Francisco arreglara un saco de viaje, salí en otro coche
pedido por el conserje y llegué a la estación a tomar el tren, el
primero que saliera, para cualquier parte... Tomé el que me trajo a
Bâle, donde dormí, y desde el día siguiente estoy aquí, donde, con
una angustia suprema, he esperado el telegrama de Marimoni, que
tengo abierto frente a la página que escribo... En fin, no he
matado a nadie, fue un rasguño, ayer estaba comiendo en el
Restaurante de la Cascada, y ¡respiro!...
Ahora analizo fríamente. ¿Por qué cometí esa
brutalidad digna de un carretero e intenté un asesinato de que me
salvó el tamaño del puñal que es más bien una joya que un arma, yo
el libertino curioso de los pecados raros que ha tratado de ver en
la vida real, con voluptuoso diletantismo, las más extrañas
prácticas, inventadas por la depravación humana, yo el poeta de las
decadencias que ha cantado a Safo la lesbiana y los amores de
Adriano y Antinoo en estrofas cinceladas como piedras preciosas?
¿Celos? Sería grotesco... ¿Odio por lo anormal?... No, puesto que
lo anormal me fascina como una prueba de rebeldía del hombre contra
el instinto... ¿Entonces?... Fue un movimiento irrazonado, un
impulso ciego, inconsciente, como el que una tarde del otoño pasado
me hizo insultar sin motivo al diplomático alemán que me habían
presentado diez días antes, dando ocasión para un duelo estúpido en
la frontera belga y para que Marinoni me creyera loco.