DE SOBREMESA
|José Asunción Silva
Recogida por la pantalla de gasa y encajes, la claridad tibia de
la lámpara caía en círculo sobre el terciopelo carmesí de la
carpeta, y al iluminar de lleno tres tazas de China, doradas en el
fondo por un resto de café espeso, y un frasco de cristal tallado,
lleno de licor transparente entre el cual brillaban partículas de
oro, dejaba ahogado en una penumbra de sombría púrpura, producida
por el tono de la alfombra, los tapices y las colgaduras, el resto
de la estancia silenciosa.
En el fondo de ella, atenuada por diminutas
pantallas de rojiza gasa, luchaba con la semioscuridad
circunvencina, la luz de las bujías del piano, en cuyo teclado
abierto oponía su blancura brillante el marfil al negro mate del
ébano.
Sobre el rojo de la pared, cubierta con opaco tapiz de lana,
brillaban las cinceladuras de los puños y el acero terso de las
hojas de dos espadas cruzadas en panoplia sobre una rodela, y
destacándose del fondo oscuro del lienzo, limitado por el oro de un
marco florentino, sonreía con expresión bonachona, la cabeza de un
burgomaestre flamenco, copiada de Rembrandt.
El humo de dos cigarrillos, cuyas puntas de fuego
ardían en la penumbra, ondeaba en sutiles espirales azulosas en el
círculo de luz de la lámpara y el olor enervante y dulce del tabaco
opiado de Oriente, se fundía con el del cuero de Rusia en que
estaba forrado el mobiliario.
Una mano de hombre se avanzó sobre el terciopelo de
la carpeta, frotó una cerilla y encendió las seis bujías puestas en
pesado candelabro de bronce cercano a la lámpara. Con el aumento de
luz fue visible el grupo que guardaba silencio: el fino perfil
árabe de José Fernández, realzado por la palidez mate de la tez y
la negrura rizosa de los cabellos y de la barba; la contextura
hercúlea y la fisonomía plácida de Juan Rovira, tan atrayente por
el contraste que en ella forman los ojazos de expresión infantil y
las canas del espeso bigote, sobre lo moreno del cutis atezado por
el sol; la cara enjuta y grave de Oscar Sáenz, que con la cabeza
hundida en los cojines del diván turco y el cuerpo tendido sobre
él, se retorcía la puntiaguda barbilla rubia y parecía perdido en
una meditación interminable.
‑¡Bonita sobremesa! Hace media hora que
estamos callados como tres muertos. Esta medialuz que te gusta a
ti, Fernández, ayuda al silencio, y es un narcótico, prorrumpió
Juan Rovira, escogiendo un cigarro en la caja de habanos abierta
sobre la mesa, al pie del frasco de aguardiente de Dantzing...
Bonita sobremesa para una comilona rociada con ese borgoña. ¡Si ya
me sentía con principios de congestión! Y comenzó a pasearse a
grandes pasos por el cuarto, con la mano derecha metida en el
bolsillo del chaleco, y arrancándole al puro las primeras bocanadas
de humo.
‑¿Qué quieres? Esto lo llaman los poetas el
silencio de la intimidad; también es que Oscar nos ha contagiado;
le comieron la lengua los ratones del hospital... No has atravesado
tres palabras desde que entraste. Tienes sueño, dijo dirigiéndose a
Sáenz, que se incorporó al oírlo.
‑¿Yo, sueño?... no; estoy un poco cansado.
Pero suponte, Juan, siguió, clavando en Rovira los ojos pequeños y
penetrantes, que por un hábito profesional observan siempre la
fisonomía del interlocutor como buscando en ella el síntoma o la
expresión de una oculta dolencia; suponte, paso la semana entera en
las salas frías del hospital y en las alcobas donde sufren tantos
enfermos incurables; veo allí todas las angustias, todas las
miserias de la debilidad y del dolor humano en sus formas más
tristes y más repugnantes; respiro olores nauseabundos de desaseo,
de descomposición y de muerte; no visito a nadie y los sábados
entro aquí a encontrar el comedor iluminado a giorno por treinta
bujías diáfanas y perfumado por la profusión de flores raras que
cubren la mesa y desbordan, multicolores, húmedas y frescas, de los
jarrones de cristal de Murano; el brillo mate de la vieja vajilla
de plata marcada con las armas de los Fernández de Sotomayor; las
frágiles porcelanas decoradas a mano por artistas insignes; los
cubiertos que parecen joyas; los manjares delicados, el rubio jerez
añejo, el johanissberg seco, los burdeos y los borgoñas que han
dormido treinta años en el fondo de la bodega; los sorbetes helados
a la rusa, el tokay con sabores de miel, todos los refinamientos de
esas comidas de los sábados, y luego, en el ambiente suntuoso de
este cuarto, el café aromático como una esencia, los puros
riquísimos y los cigarrillos egipcios que perfuman el aire...
Junta a la impresión de todos esos detalles materiales, la que me
causa a mí, acostumbrado a ver moribundos, el exceso de vigor
físico y la superabundancia de vida de este hombrón, dijo señalando
a Fernández, que se sonrió con una expresión de triunfo, junta a
eso con mis quehaceres habituales y con el ambiente mezquino y
prosaico en que vivo y comprenderá mi silencio cuando estoy aquí.
Por eso me callo, y por otras cosas también...
‑¿Cuáles son esas cosas?, inquirió
Fernández.
‑Son tus aventuras amorosas, que todos te
envidiamos en secreto, insinuó Rovira con aire paternal, y que por
el lado antihigiénico preocupan a este don Pedro Recio
Tirteafuera.
‑No, lo demás es que he comprendido la
inutilidad de suplicarte para que vuelvas al trabajo literario y te
consagres a una obra digna de tus fuerzas y que cada vez que estoy
aquí, prefiero no hablar para no repetirte que es un crimen
disponer de los elementos de que dispones, y dejar que pasen los
días, las semanas, los años enteros sin escribir una línea!
¿Dormiste sobre tus laureles, satisfecho con haber publicado dos
tomos de poesías, uno cuando niño y otro hace ya siete años?
‑¿Te parece poco haber escrito un tomo de
poesías como los «Primeros Versos» y como los «Poemas del más
allá»?
‑Yo no sé de esas cosas, pero me parece que
valen la pena los versos de Fernández, agregó Rovira con aire de
fastidio.
‑Para cualquiera otro me parecería mucho, para
Fernández nada... Recuerde usted cuánto hace que los escribió...
Todo lo que has hecho, continuó volviéndose al poeta, todo lo más
perfecto de tus poemas es nada, es inferior a lo que tenemos
derecho a esperar de ti, los que te conocemos íntimamente, a lo que
tú sabes muy bien que puedes hacer. Y sin embargo, hace dos años
que no produces una línea... Dime, ¿piensas pasar tu vida entera
como has pasado los últimos meses, disipando tus fuerzas en diez
direcciones opuestas; exponiéndote a los azares de la guerra por
defender una causa en que no crees, como lo hiciste en julio al
combatir a las órdenes de Monteverde; promoviendo reuniones
políticas para excitar al pueblo de que te ríes; cultivando flores
raras en el invernáculo; seduciendo histéricas vestidas por Worth;
estudiando árabe y emprendiendo excursiones peligrosas a las
regiones más desconocidas y malsanas de nuestro territorio para
continuar tus estudios de prehistoria y de antropología? Déjame
echarte un sermón ya que me he callado tanto tiempo. En tu frenesí
por ampliar el campo de las experiencias de la vida, en tu afán por
desarrollar simultáneamente las facultades múltiples con que te ha
dotado la naturaleza, vas perdiendo de vista el lugar a donde te
diriges. El aspecto de tu escritorio ayer por la mañana daría a
pensar en un principio de incoherencia, a cualquiera que te
conociera menos de lo que te conozco. Había sobre tu mesa de
trabajo un vaso de antigua mayólica lleno de orquídeas monstruosas;
un ejemplar de Tíbulo manoseado por seis generaciones, y que
guardaba entre sus páginas amarillentas la traducción que has
estado haciendo; el último libro de no sé qué poeta inglés; tu
despacho de General, enviado por el Ministerio de Guerra; unas
muestras de mineral de las minas de Río Moro, cuyo análisis te
preocupaba; un pañuelo de batista perfumado que sin duda le habías
arrebatado la noche anterior en el baile de Santamaría al más
aristocrático de tus flirts; tu libro de cheques contra el Banco
Anglo‑Americano, y presidía esa junta heteróclita el ídolo
quichua que sacaste del fondo de un adoratorio, en tu última
excursión, y una estatueta griega de mármol blanco.
Tú, sentado enfrente del escritorio, azotado ya por
la ducha fría y excitado por tres tazas de té, comenzabas el día.
Ya habías escrito una estrofa musical y perversa destinada
probablemente a una de tus víctimas; según me dijiste ya habías
girado tres cheques para atender los pagos de la semana; llamado al
teléfono para darle órdenes al arquitecto de Villa Helena;
comenzado en el laboratorio un ensayo del mineral de Río Moro; ya
habías leído diez páginas de una monografía sobre la raza azteca, y
mientras ensillaban el más fogoso de los caballos, te entretenías
en estudiar el plano de una batalla. ¡Dios mío! si hay un hombre
capaz de coordinar todo eso, ese hombre, aplicado a una sola cosa,
será una enormidad! Pero no, eso está fuera de lo humano... Te
dispersarás inútilmente. No sólo te dispersarás, sino que esos diez
caminos que quieres seguir al tiempo, se te juntarán, si los
sigues, en uno solo.
‑¿Qué lleva al Asilo de Locos?, preguntó
Fernández, sonriéndose con una sonrisa de desdén... No lo creas...
Yo creí eso en un tiempo. Hoy no lo creo.
‑Bien, suponte que no sea así, continuó Sáenz
imperturbable. Da por sentado que tu organización de hierro resista
las pruebas a que la sometes, y dime, ¿tú si crees de buena fe que
aunque vivas cien años alcanzarás a satisfacer los millones de
curiosidades que levantas dentro de ti a cada instante, para
lanzarlas por el mundo como una jauría de perros hambrientos, a
caza de impresiones nuevas? ... ¿Y para seguir en esas locuras
echas a un lado lo mejor de ti mismo, tu vocación íntima, tu alma
de poeta? ... ¿Cuántos versos has escrito en este año?
‑Versos... ni uno solo... pensé escribir un
poema que tal vez habría sido superior a los otros, no lo comencé,
probablemente no
lo comenzaré nunca... no volveré a escribir un solo verso... Yo
no soy poeta...
Una exclamación de los dos amigos le impidió continuar la
frase...
‑No, no soy poeta, dijo con aire de convicción
profunda... Eso es ridículo. ¡Poeta yo! Llamarme a mí con el mismo
nombre con que los hombres han llamado a Esquilo, a Homero, al
Dante, a Shakespeare, a Shelley... Qué profanación y qué error. Lo
que me hizo escribir mis versos fue que la lectura de los grandes
poetas me produjo emociones tan profundas como son todas las mías;
que esas emociones subsistieron por largo tiempo en mi espíritu y
se impregnaron de mi sensibilidad y se convirtieron en estrofas.
Uno no hace versos, los versos se hacen dentro de uno y salen. El
que menos ilusiones puede formarse respecto del valor artístico de
mi obra soy yo mismo que conozco el secreto de su origen...
¿Quieres saberlo? Viví unos meses con la imaginación en la Grecia
de Pericles, sentí la belleza noble y sana del arte heleno con todo
el entusiasmo de los veinte años y bajo esas impresiones escribí
los «Poemas Paganos», de un lluvioso otoño pasado en el campo
leyendo a Leopardi y a Antero de Quental, salió la serie de sonetos
que llamé después «Las Almas Muertas»; en los «Días Diáfanos»
cualquier lector inteligente adivina la influencia de los místicos
españoles del siglo XVI, y mi obra maestra, los tales «Poemas de la
Carne», que forman parte de los «Cantos del más allá», que me han
valido la admiración de los críticos de tres al cuarto, y cuatro o
seis imitadores grotescos, ¿qué otra cosa son sino una tentativa
mediocre para decir en nuestro idioma las sensaciones enfermizas y
los sentimientos complicados que en formas perfectas expresaron en
los suyos Baudelaire y Rossetti, Verlaine y Swinburne?... No, Dios
mío, yo no soy poeta... Soñaba antes y sueño todavía a veces en
adueñarme de la forma, en forjar estrofas que sugieran mil cosas
oscuras que siento bullir dentro de mí mismo y que quizás valdrían
la pena de decirlas, pero no puedo consagrarme a eso...
‑Al oírte comprendo por qué dice Máximo Pérez
que el crítico en ti mata al poeta... que tus facultades analíticas
son superiores a tus fuerzas creadoras, dijo Sáenz.
‑Puede ser, soy quien menos puede decirlo,
continuó Fernández... Poeta, puede ser, ese tiquete fue el que me
tocó en la clasificación. Para el público hay que ser algo. El
vulgo les pone nombres a las cosas para poderlas decir y pega
tiquetes a los individuos para poderlos clasificar. Después el
hombre cambia de alma pero le queda el rótulo. Publiqué un tomo de
malos versos a los veinte años y se vendió mucho; otro de versos
regulares a los veintiocho y no se vendió nada. Me llamaron Poeta
desde el primero, después del segundo no he vuelto a escribir ni
una línea y he hecho nueve oficios diferentes, y a pesar de eso
llevo todavía el tiquete pegado, como un envase que al estrenarlo
en la farmacia contuvo mirra, y que más tarde, lleno por dentro de
cantáridas, de linaza o de opio ostenta por fuera el nombre de la
balsámica goma. ¡Poeta! Pero no, oye, no son mis facultades
analíticas que Pérez exagera, la razón íntima de la esterilidad que
me echas en cara; tú sabes muy bien cuál es: es que como me fascina
y me atrae la poesía, así me atrae y me fascina todo,
irresistiblemente: todas las artes, todas las ciencias, la
política, la especulación, el lujo, los placeres, el misticismo, el
amor, la guerra, todas las formas de la actividad humana, todas las
formas de la Vida, la misma vida material, las mismas sensaciones
que por una exigencia de mis sentidos, necesito de día en día más
intensas y más delicadas... ¿Qué quieres, con todas esas ambiciones
puede uno ponerse a cincelar sonetos? En esas condiciones no manda
uno en sus nervios...
‑Y mucho menos cuando usa como tú un disfraz
de perfecta corrección mundana, se aísla como vives aislado entre
los tesoros de arte y las comodidades fastuosas de una casa como
ésta y sólo trata con una docena de chiflados como somos tus
amigos, excepción hecha de Rovira, los más a propósito para
aislarte de la vida real...
¿La vida real?... Pero ¿qué es la vida real, dime, la vida
burguesa sin emociones y sin curiosidades?... Cierto que sólo
existen para mí diez amigos íntimos que me entienden y a quienes
entiendo y algunos muertos en cuya intimidad vivo... Las demás son
amistades epidérmicas, por decirlo así; en cuanto a mi vida de hoy,
tú sabes bien que, aunque distinta en la forma de la que he llevado
en otras épocas, su organización obedece en el fondo a lo que ha
constituido siempre mi aspiración más secreta, mi pasión más honda:
el deseo de sentir la vida, de saber la vida, de poseerla, no como
se posee a una mujer de quien nos hacen dueños unos instantes de
desfallecimiento suyo y de audacia nuestra, sino como a una mujer
adorada, que convencida de nuestro amor se nos confía y nos entrega
sus más deliciosos secretos. ¿Tú crees que yo me acostumbro a
vivir?... No, cada día tiene para mí un sabor más extraño y me
sorprende más el milagro eterno que es el Universo. La vida. ¿Quién
sabe lo que es? Las religiones no, puesto que la consideran como un
paso para otras regiones; la ciencia no, porque apenas investiga
las leyes que la rigen sin descubrir su causa ni su objeto. Tal vez
el arte que la copia... tal vez el amor que la crea.
¿Tú crees que la mayor parte de los que se mueren
han vivido? Pues no lo creas; mira, la mayor parte de los hombres,
los unos luchando a cada minuto por satisfacer sus necesidades
diarias, los otros encerrados en una profesión, en una
especialidad, en una creencia, como en una prisión que tuviera una
sola ventana abierta siempre sobre un mismo horizonte, la mayor
parte de los hombres se mueren sin haberla vivido, sin llevarse de
ella más que una impresión confusa de cansancio!... ¡Ah! vivir la
vida... eso es lo que quiero, sentir todo lo que se puede sentir,
saber todo lo que se puede saber, poder todo lo que se puede... Los
meses pasados en la pesquería de perlas, sin ver más que la arena
de las playas y el cielo y las olas verdosas, respirando a pleno
pulmón el ambiente yodado del mar; las temporadas de orgías y de
tumultos mundanos en París; los meses de retiro en el viejo
convento español, entre cuyos paredones grises sólo resuenan los
rezos monótonos de los frailes y las graves músicas del canto
llano; la permanencia agitada en el escritorio de Conills, con mi
fortuna comprometida en el engranaje vertiginoso de los negocios
yankees, y la cabeza llena de cotizaciones y de cálculos, en pleno
hardwork, las suaves residencias en Italia, en que secuestrado del
mundo y olvidado de mí mismo, viví encerrado en iglesias y museos o
soñando por horas enteras en amorosa contemplación ante las obras
de mis artistas predilectos como como el Sodoma y el Vinci, todo
eso son cinco caminos emprendidos con loco entusiasmo, recorridos
con frenesí, y abandonados por temor de que me sorprendiera la
muerte en alguno de ellos antes de transitar por otros, por estos
otros nuevos que trato de recorrer ahora y por los cuales dices tú
que voy gastando inútilmente mis fuerzas... ¡Ah! ¡vivir la vida!
emborracharme de ella, mezclar todas sus palpitaciones con las
palpitaciones de nuestro corazón antes de que él se convierta en
ceniza helada; sentirla en todas sus formas, en la gritería del
meeting donde el alma confusa del populacho se agita y se desborda
en el perfume acre de la flor extraña que se abre, fantásticamente
abigarrada, entre la atmósfera tibia del invernáculo; en el sonido
gutural de las palabras que hechas canción acompañan hace siglos la
música de las guzlas árabes; en la convulsión divina que enfría las
bocas de las mujeres al agonizar de voluptuosidad; en la fiebre que
emana del suelo de la selva donde se ocultan los últimos restos de
la tribu salvaje... Dime, Sáenz, ¿son todas esas experiencias
opuestas y las visiones encontradas del Universo que me procuran,
todo eso es lo que quieres que deje para ponerme a escribir
redondillas y a cincelar sonetos?
‑No, contestó el otro sin desconcertarse. Yo
no te he dicho nunca que no pienses sino que no abuses. Alegas tú
que lo que yo llamo abuso es para ti lo estrictamente necesario y
te ríes de mis sermones. Es claro que si el fin de todos tus
esfuerzos me pareciera a tu altura, te aplaudiría, pero tú lo que
quieres es gozar y eso es lo que persigues en tus estudios, en tus
empresas, en tus amores, en tus odios. No son tus complicaciones
intelectuales las que no te dejan escribir, ni tampoco son tus
grandes facultades críticas que requerirían que produjeras obras
maestras para quedar satisfechas, no, no es eso; son las exigencias
de tus sentidos exacerbados y la urgencia de satisfacerlas que te
domina. Mira, si en mis manos estuviera te quitaría cosa a cosa
todo lo que te impide escribir y hacer glorioso tu nombre. ¿Quieres
saber qué es lo que no te deja escribir? El lujo enervante, el
confort refinado de esta casa con sus enormes jardines llenos de
flores y poblados de estatuas, su parque centenario, su invernáculo
donde crecen, como en la atmósfera envenenada de los bosques
nativos, las más singulares especies de la flora tropical. ¿Sabes
qué es? No son tanto las tapicerías que se destiñen en el
vestíbulo, ni los salones suntuosos, ni los bronces, los mármoles y
los cuadros de la galería, ni el gabinete del extremo oriente con
sus sederías chillonas y sus chirimbolos extravagantes, ni las
colecciones de armas y de porcelanas, ni mucho menos tu biblioteca
ni las aguafuertes y dibujos que te encierras a ver por semanas
enteras. No, es lo otro. Lo que estimula el cuerpo, las armas, los
ejercicios violentos, tus cacerías salvajes con los Merizaldes y
los Monteverdes; tus negocios complicados; el salón de
hidroterapia, la alcoba y el tocador dignos de una cortesana. Son
los vicios nuevos que dices que estás inventando, esas joyas en
cuya contemplación te pasas las horas fascinado por su brillo, como
se fascinaría una histérica; el té despachado directamente de
Cantón, el café escogido grano por grano que te manda Rovira; el
tabaco de Oriente y los cigarros de Vuelta Abajo, el kummel ruso y
el krishabaar sueco, todos los detalles de la vida elegante que
llevas, y todas esas gollerías que han reemplazado en ti al poeta
por un gozador que a fuerza de gozar corre al agotamiento...
¡Hombre; cuando estando sano como una manzana y fuerte como un
carretero has dado en tomar tónicos de los que se les dan a los
paralíticos y eso sólo para sentirte más lleno de vida de lo que
estás! Mira, si en mis manos estuviera te quitaría todos los
refinamientos y las suntuosidades de que te rodeas, te debilitaría
un poco para tranquilizarte, te pondría a vivir en un pueblecito,
en un ambiente pobre y tranquilo donde conversaras con gente del
campo y no vieras más cuadros que las imágenes de la iglesia ni
consiguieras más libros que el Año Cristiano, prestado por el cura.
Si en mis manos estuviera te salvaría de ti mismo. A los seis meses
de vivir en ese ambiente serías otro hombre y te pondrías a
escribir algún poema de los que debes escribir, de los que es tu
deber escribir.
‑¿Conque yo tengo deber de escribir poemas?,
preguntó Fernández riéndose... ¡Pues estoy divertido! y
enseriándose súbitamente: Feliz tú que sabes cuáles son los deberes
de cada cual y cumples los que crees tuyos como los cumples.
¡Deber! ¡Crimen! ¡Virtud! ¡Vicio!... Palabras, como dice Hamlet...
Yo estoy en la situación en que nos suponía el zapatero aquel que
cuando se emborrachaba nos detenía a la salida del colegio,
¿recuerdas?
‑¡Ah! sí, el zapatero Landínez, contestó Juan
Rovira como si se dirigiera a él, antier me lo encontré más
borracho que nunca y me detuvo con su eterno sonsonete: «Dadme una
peseta, caballero. Vos no sabéis la posición que ocupáis en la
sociedad; vos no sabéis qué cosa es el mal ni qué cosa es el bien».
¿Bueno, José, y tú qué tienes que ver con ese perdulario?, dijo
interpelando a Fernández.
‑Tú no entiendes esas cosas, le respondió
éste, es una broma que tengo con Sáenz. Conque, dime
‑preguntó volviéndose al médico‑, ¿tú sí crees que mi
deber es escribir poemas? Pues mira, esa calavera, agregó mostrando
con la mano nerviosa y fina un cráneo cuyas cuencas vacías donde se
aglomeraba la sombra parecían mirarlo desde el pedestal de la Venus
de Milo, donde estaba colocado, esa calavera me dice todas las
noches que mi deber es vivir con todas mis fuerzas, ¡con toda mi
vida!...
Y sin embargo los versos me tientan y quisiera
escribir, ¿para qué ocultártelo? En estos últimos días del año
sueño siempre en escribir un poema pero no encuentro la forma...
Esta mañana volviendo a caballo de Villa Helena me pareció oír
dentro de mí mismo estrofas que estaban hechas y que aleteaban
buscando salida. Los versos se hacen dentro de uno, uno no los
hace, los escribe apenas... ¿tú no sabes eso, Rovira...?
‑¡No, qué sé yo de esas cosas! contestó el
interpelado. Los tuyos me gustan y son buenos de seguro, porque un
hombre de gusto que tiene caballos como la pareja de moros de tu
victoria y el árabe en que montas, y una casa como ésta y tanto
cuadro y tantas estatuas y cigarros de esta calidad, dijo mostrando
la larga ceniza del puro casi negro que se estaba fumando, ¡pues es
clarísimo que no puede hacer malos versos!
‑¿Por qué no escribes un poema, José?,
insistió Sáenz.
‑Porque no lo entenderían tal vez, como no
entendieron los «Cantos del más allá», dijo el poeta con dejadez.
¿Ya no recuerdas el artículo de Andrés Ramírez en que me llamó
asqueroso pornógrafo y dijo que mis versos eran una mezcla de agua
bendita y de cantáridas? Pues esa suerte correría el poema que
escribiera. Es que yo no quiero decir sino sugerir y para que la
sugestión se produzca es preciso que el lector sea un artista. En
imaginaciones desprovistas de facultades de ese orden, ¿qué efecto
producirá la obra de arte? Ninguno. La mitad de ella está en el
verso, en la estatua, en el cuadro, la otra en el cerebro del que
oye, ve o sueña. Golpea con los dedos esa mesa, es claro que sólo
sonarán unos golpes, pásalos por las teclas de marfil y producirán
una sinfonía. Y el público es casi siempre mesa y no un piano que
vibre como éste, concluyó sentándose al Steinway y tocando las
primeras notas del prólogo del Mephisto.
‑Fernández, dijo Rovira suspendiendo su
interminable paseo para acercarse a la mesa y sacudir la ceniza del
puro que fumaba, en un platillo de cobre repujado. Oye, Fernández:
no te preocupes con los sermones de este médico, que quiere ser
para ti un don Pedro Recio Tirteafuera, ni con escribir unos versos
más o menos, para que tus admiradores te proclamen genio al día
siguiente del entierro! Más vale vivir tres días en Nare, como
decía el minero, que tres siglos en el corazón de la posteridad...
Nada, hijo, diviértete, cuídate, busca más caballos árabes y más
armas si eso te suena, compra más anticuallas y más chirimbolos,
métete hasta las narices en la política, déjate querer por todas
las mujeres que se antojen de ti y hazte querer de todas las que se
te antojen, no vuelvas a escribir un solo verso si no se te da la
gana... Para todo eso te doy mi permiso a cambio de que me
satisfagas esta noche un antojo que tengo desde hace mucho
tiempo... Quiero oírte leer unas páginas que según me dijiste una
vez, tienen relación con el nombre de tu quinta, con un diseño de
tres hojas y una mariposa que llevan impreso en oro, en la pasta
blanca, varios volúmenes de tu biblioteca, y con aquel cuadro de un
pintor inglés... ¿cómo dices tú?, ¿decadente? no... ¿simbolista?
no, ¿prerrafaelita? Eso es, prerrafaelita, que tienes en la galería
y que no logro entender por más que lo miro cada vez que paso por
ahí... ¿Sabes de qué te hablo?...
‑Sí, sé de qué me hablas, contestó Fernández
levantándose al oír ruidos de voces y de pasos en el cuarto
vecino.
El portier pesado de tela roja de Oriente bordado de oro que
cierra la entrada de la derecha, se abrió dándoles paso a Luis
Cordovez y a Máximo Pérez.
‑Buenas noches, te traigo a este hombre para
que lo distraigas, dijo Cordovez, tendiéndole la mano a Fernández;
Juan, Oscar, saludando familiarmente a los amigos con quienes
hablaba Pérez, y vengo yo a desinfectarme de todas las vulgaridades
oídas en estas dos horas... Dame una copa de jerez del más seco, y
siéntate tú aquí, añadió mostrando un sillón cercano al suyo,
necesito oír buenos versos para desinfectarme el alma... ¡Si tú
supieras de dónde vengo...!
‑Pues no me parece imposible adivinarlo; de
una comida en que has estado cerca de una rubia... el vestido lo
cuenta... ¡Irreprochable!... añadió Fernández fijándose en la
gardenia fresca que llevaba Cordovez en el ojal del frac y en las
gruesas perlas que le abotonaban la pechera.
‑¡Ya lo ves, te equivocaste! Los poetas andan
siempre soñando cosas deliciosas. Nada, hombre, de una comida dada
por Ramón Rey a Daniel Avellaneda, en que se habló de política al
comenzar y de religión y de mujeres al concluir. Cuando te digo que
necesito que me leas versos de Núñez de Arce para desinfectarme.
No, no son versos, añadió dirigiéndole a Fernández una mirada en
que se adivinaba su amor casi fraternal y su entusiasmo fanático
por el poeta... ¿Sabes?... no son versos de Núñez de Arce... es
prosa tuya lo que quiero.. vengo a pedirte de soñar como dices
tú... hace tres días que no le pido de soñar a nadie por miedo de
que me sirvan mal y que estoy pensando a cada momento en que llegue
esta noche para suplicarte me leas unas notas tomadas en un viaje
por Suiza, que nunca me has mostrado... Nos las vas a leer dentro
de un rato, ¿cierto?... Si tú supieras que he pasado hoy un mal día
pensando en ti, con la idea fija de que estabas enfermo... Pero
estás bien, ¿verdad?...
‑Nunca estoy bien en los últimos días del año,
contestó Fernández como distraído por algo que lo preocupara; nunca
estoy bien en los últimos días de diciembre.
La frescura y la animación de Luis Cordovez, cuyas
facciones delicadas y naciente barba castaña recordaban el perfil
del Cristo de Scheffer, sin que los rizos oscuros que le caían
sobre la frente estrecha, ni el frac que le moldeaba el busto
alcanzaran a disminuir el parecido, formaban extraño contraste con
la atonía meditabunda del semblante pálido y lo apagado de los ojos
grises de Máximo Pérez, cuya flacura se adivinaba, mal disimulada
por el vestido de cheviot claro que traía puesto, en las líneas del
cuerpo tendido sobre el diván vecino, en una postura de enfermizo
cansancio.
‑¿Tú no sigues bien, eh?... ¿aumentan los
dolores?... le preguntó Sáenz clavándole los ojos
inquisitivos...
‑Siguen los dolores, atroces, a pesar de los
bromuros y de la morfina... Esta noche me sentía tan mal que me
retiraba ya del Club cuando encontré a Cordovez y me hizo el bien
de traerme... No saben tus colegas qué es lo que tengo...
Fernández, dime, ¿tampoco pudieron hacer diagnóstico preciso de una
enfermedad que sufriste en París, de una enfermedad nerviosa de que
me ha hablado, Marinoni...? Dime, ¿tú la describiste en algunas
páginas de tu diario?... Si nos las leyeras esta noche... Creo que
sólo la lectura de algo inédito y que me interesara mucho
alcanzaría a disipar un poco mis ideas negras.
‑Yo le había instado antes a José para que nos
leyera algo relacionado con el nombre de la quinta, con Villa
Helena, dijo Rovira malhumorado y como temeroso de no lograr su
empeño; ahora tú y Cordovez vienen cada cual con su idea, y va a
resultar que José no nos lee nada al fin. Fernández, ¿qué
dices?
‑Tú querrías leer la última novela de Pereda,
¿no, Cordovez? ‑dijo el escritor distraído‑, recuérdame
darte el tomo.
‑No; te había suplicado que nos leyeras unas
notas escritas en Suiza, pero resulta que Rovira desea conocer unas
páginas que según dice tienen relación con Villa Helena; Pérez
otras que dizque describen una enfermedad que sufriste en París y
el doctor Sáenz no opina, está callado como un mudo desde que
entramos... ¡habla, Sáenz!
‑Fernández no me oye nunca cuando le hablo.
Hace cuatro años le vengo diciendo que escriba y no me oye. José,
¿no tienes tú, un cuento o cosa así, qué pasa en París, una noche
de año nuevo? insinuó el médico... ¿Por qué no nos lo lees?...
‑Todo eso es Ella... dijo el escritor, como
perdido en un ensueño; esta mañana las rosas blancas en la verja de
hierro de Villa Helena; a mediodía el revoloteo de la mariposilla
blanca que se entró por la ventana del escritorio... Ahora cuatro
deseos encontrados que se juntan para que la nombre... Se pasó la
mano por la frente y se quedó callado luego sin que durante diez
minutos en que pareció olvidarse de todo y sumirse en honda
meditación, ninguno de los amigos se atreviera a distraerlo.
‑Fernández, ¿no nos vas a leer nada?, preguntó
Rovira impaciente, deteniéndose cerca del sillón de aquél...
¿Tienes dolor de cabeza?... Eso ha sido el trabajo de hoy... ¿Tú
para qué trabajas?... ¿no lees algo al fin?...
José Fernández, después de buscar en uno de los
rincones oscuros del cuarto, donde sólo se adivinaba entre la
penumbra rojiza la blancura de un ramo de lirios y el contorno de
un vaso de bronce y de apagar las luces del candelabro, se sentó
cerca de la mesa, y poniendo sobre el terciopelo de la carpeta un
libro cerrado, se quedó mirándolo por unos momentos.
Era un grueso volumen con esquineras y cerradura de
oro opaco. Sobre el fondo de azul esmalte, incrustado en el
marroquí negro de la pasta, había tres hojas verdes sobre las
cuales revoloteaba una mariposilla con las alas forjadas de
diminutos diamantes.
Acomodándose Fernández en el sillón, abrió el libro
y después de hojearlo por largo rato leyó así a la luz de la
lámpara:
París, 3 de junio de 189...
La lectura de dos libros que son como una perfecta
antítesis de comprensión intuitiva y de incomprensión sistemática
del Arte y de la vida, me ha absorbido en estos días: forman el
primero mil páginas de pedantescas elucubraciones seudocientíficas,
que intituló Degeneración un doctor alemán, Max Nordau, y el
segundo, los dos volúmenes del diario, del alma escrita, de María
Bashkirtseff, la dulcísima rusa muerta en París, de genio y de
tisis, a los veinticuatro años, en un hotel de la calle de
Prony.
Como un esquimal miope por un museo de mármoles
griegos, lleno de Apolos gloriosos y de Venus inmortalmente bellas,
Nordau se pasea por entre las obras maestras que ha producido el
espíritu humano en los últimos cincuenta años. Lleva sobre los ojos
gruesos lentes de vidrio negro y en la mano una caja llena de
tiquetes con los nombres de todas las manías clasificadas y
enumeradas por los alienistas modernos. Detiénese al pie de la obra
maestra, compara las líneas de ésta con las de su propio ideal de
belleza, la encuentra deforme, escoge un nombre que dar a la
supuesta enfermedad del artista que la produjo y pega el tiquete
clasificativo sobre el mármol augusto y albo. Vistos al través de
sus anteojos negros, juzgados de acuerdo con su canon estético, es
Rosetti un idiota, Swinburne un degenerado superior, Verlaine, un
medroso degenerado, de cráneo asimétrico y cara mongoloide,
vagabundo, impulsivo y dipsómano; Tolstoy, un degenerado místico e
histérico; Baudelaire, un maniático obsceno; Wagner, el más
degenerado de los degenerados, grafónomo, blasfemo y erotómano.
¡Dichoso clasificador de manías que no has sentido la vida y no has
encontrado en tu vocabulario técnico la fórmula en qué encerrar las
obras maestras de las edades muertas!, oye: ¿eran neurópatas
consumados los hombres del Renacimiento, cuyas obras, telas y
mármoles y bronces, donde el oro y la sombra de los años acumulan
misterio sobre misterio, turban a los sensitivos de hoy con el
enigma cautivador de sus líneas y de sus medias tintas? Mira los
Cristos dolientes y sombríos, más heridas que carne y más alma que
cuerpo, que languidecen entre las sombras de los lienzos del
Sodoma; interroga la sonrisa ambigua de las figuras del Vinci;
respira el hedor que se desprende de las telas de Valdez Leal;
contempla la crueldad refinada y bárbara de las crucifixiones del
Españoleto; vuelve tus manos rudas hacia el fondo de los siglos y
distribuye tiquetes de clasificación patológica a esos que
sintieron y expresaron lo que sienten los hombres de hoy! ¡Oh,
grotesco doctor alemán, zoilo de los Homeros que han cantado los
dolores y las alegrías de la Psiquis eterna, en este fin de siglo
angustioso, tu oscuro nombre está salvado del olvido!...
Tus rudas manos tudescas no alcanzaron a coger en su
velo la mariposa de luz que fue el alma de la Bashkirtseff, ni a
profanar analizándola, una sola de las páginas del diario. «María
Bashkirtseff, escribiste, una degenerada muerta joven, tocada de
locura moral, de un principio del delirio de las grandezas y de la
persecución y de exaltación erótica morbosa». (Dégénérescence,
volumen II, página 121). Y escrita la frase en que acumulaste
cuatro entidades patológicas para definir una de las almas más
vibrantes y más ardientes del tiempo presente, flotó sobre tus
labios gruesos deliciosa sonrisa de satisfacción beata y
estúpida!
¡Desde el fondo de la sencilla tumba que guarda tus
cenizas en el Cementerio de Passy y a donde irán los intelectuales
de mañana a cubrir de flores el mármol que conserva tu nombre,
desde el fondo del tiempo donde llegarás agrandada por la leyenda,
perdona, ¡oh muerta dulcísima! al maniático seudosabio que te
inmortalizó juntándote con Wagner y con Ibsen, en la expresión de
su desprecio profundo!
Quiere Mauricio Barrés, en las sutiles páginas que
intitula «La leyenda de una Cosmopolita», y en que estudia a la
Bashkirtseff, darnos de ella, ya que no un retrato definitivo, tres
impresiones instantáneas de tres actitudes suyas y nos la presenta
adolescente, en las sabanas heladas de Rusia, dejando desarrollarse
en sí el vigor espiritual y sensual que animara su vida; en plena
juventud, dándole por fondo del retrato los ramajes oscuros, al
través de los cuales vibra la música de una orquesta, al caer de la
tarde, en un lugar de aguas de Bohemia y, tocada ya por la mano
fría de la tisis que le abrillanta los ojos con artificial brillo y
le colora las mejillas pálidas con la agitación de la sangre
empobrecida, bajo el sol de Niza, sonriente y con el corpiño
florecido por diminuto ramo de mimosas y de anémonas. Ninguno de
los negativos del ideólogo me satisface. Cierro los ojos y me la
forjo así, de acuerdo con las páginas del Diario: Es alta noche...
La familia, cansada de las fatigas triviales del día, duerme
tranquilamente. Ella, en el cuarto silencioso donde la rodean sus
libros predilectos, Spinoza, Fichte, los más sutiles de los poetas,
los más acres de los novelistas modernos, acodada sobre el
escritorio, cayéndole sobre la masa de cabellos castaños la luz
tibia de la lámpara, la cabeza apoyada en la mano pálida, vela y
recapitula el día. Se ha levantado a la madrugada, y al correr las
persianas del balcón, para procurarse una noche artificial y
favorable al estudio, el paso de un grupo de obreros por la calle,
llena de la bruma de la madrugada y azotada por la lluvia, la ha
hecho enternecerse al pensar en la suerte de esos miserables. Tras
de varias horas de lectura de Balzac, en que ha vivido en comunión
con aquel genio enorme, el proyecto del cuadro con que sueña, del
cuadro que ha de inmortalizarla, la ha hecho ir a Sèvres, donde la
espera, el modelo, y allí en el luminoso paisaje de primavera, las
manos temblándole de artística fiebre, los ojos bien abiertos para
verlo todo, los nervios tendidos para realizar el milagro de
trasladar al lienzo la frescura de los renuevos, la tibieza del sol
que ilumina el campo, la carne sonrosada del modelo, sobre la cual
flotan las diáfanas sombras de las ramas de un durazno en flor; el
verde húmedo de la yerba tierna, el morado de las violetas y el
amarillo de los renúnculos que esmaltan el prado, el azul del cielo
pálido en el horizonte, ha trabajado, olvidada de sí misma, en un
frenesí, en una locura de arte, hora tras hora, el día entero. Por
la tarde, rendida, desencantada de la pintura hasta el fondo del
alma, convencida de que serán vanos todos sus esfuerzos para
alcanzar la meta soñada, hubo un instante en que tuvo que
contenerse para no rasgar el lienzo en que trabajó con todas sus
fuerzas. Un detalle de elegancia le hace olvidar la momentánea
angustia. Doucet, el costurero, la espera para ensayarle un vestido
de crespón de seda rosado, que tiene por todo adorno una guirnalda
de rosas de Bengala, y que han combinado ambos para que, al lucirlo
ella en el próximo baile, la concurrencia, al verla atravesar el
salón moderno por entre la corrección de los fracs negros y de las
blancas pecheras, tenga la ilusión de contemplar sonriente y
animada por la vida, la más hermosa de las pinturas de Greuze. ¡Y
el vestido la ha entusiasmado! Por una hora se olvida de la artista
que es, del filósofo que funciona dentro de ella y que analiza la
vida a cada minuto y a quien preocupan los problemas eternos... No,
ella no es eso, siente que ha nacido para concentrar en sí todas
las gracias y los refinamientos de una civilización, que su papel
verdadero, el único a la medida de sus facultades, es el de una
Madame Récamier, que su teatro será un salón donde se junten las
inteligencias de excepción y de donde irradie la doble luz de las
supremas elegancias mundanas y de las más altas especulaciones
intelectuales... Los hombres más ilustres del momento serán los
huéspedes de ese centro, allí sonreirá suavemente Renán, moviendo
la gran cabeza bonachona, con ademán episcopal; Taine vendrá a
veces y se dejará oír, un poco absorto por instantes en su
incesante pensar, animado otras, preguntando en frases cortas,
netas, precisas como fórmulas; Zolá, ventrudo y pálido, contará el
plan de su novela futura; Daudet paseará por sobre las obras de
arte que destacan sus cartones sobre las viejas tapicerías
desteñidas, la mirada curiosa de sus ojos de miope y apoyará en el
brocatel de los sillares la enmarañada melena de piferaro; los
pintores, Bastien Lepage, el preferido, chiquitín, enérgico,
chatico, con su rubia barba de adolescente; Carrolus Durán, con sus
aires de espadachín y de tenorio; el Maestro Tony Robert Fleury, el
de la dulce fisonomía árabe y los ojos dormidos; los poetas Coppée,
Sully Prudhomme, Theuriet, todos ellos serán recibidos allí como en
una casa del arte y se sentirán ajonjeados y mimados como por una
hermana. Ella tendrá en las manos el cetro, será la Vittoria
Colonna de mañana, rodeada por esa corte de pensadores y de
artistas...
¡Oh sueños vanos deshechos como bombas de jabón que
nacen, se coloran y revientan en el aire!... Al salir de casa de
Doucet, la idea de hablar con el médico, que le dice la verdad
respecto del mal que la está devorando, se le impone, ¡Se ha
sentido tan enferma en los últimos días, han sido tan agudos los
dolores que la han atormentado, tan intensa la fiebre que le ha
quemado las venas; tan profundo el decaimiento que la ha postrado
por horas enteras!... En el silencio grave del salón de consultas
el esculapio la ausculta lentamente, golpea, con blandos golpecitos
de las yemas de los dedos, las espaldas gráciles, aplica atento el
oído sobre la piel tersa como el raso, del busto delicado, y tras
del minucioso examen prescribe cáusticos que queman el seno,
aplicaciones de yodo que manchan y desfiguran, drogas odiosas, un
viaje al Mediodía que equivale a abandonarlo todo, arte, sociedad,
placeres y para justificar las prescripciones rígidas y con su
frialdad de hombre de ciencia, acostumbrado al dolor ajeno, suelta
las frases brutales. Está tísica... el pulmón derecho destrozado
por los tubérculos, el izquierdo invadido ya, esa sordera que la
atormenta desde hace meses irá aumentando; la tos que la sacude y
la lastima, los insomnios atroces que la agotan, todo eso va a
crecer, a tomar fuerza, y a dilatarse como las llamaradas de un
incendio, a acabar con ella...
¡Que está tísica! Sí, lo siente, lo sabe. Hubo un
momento en que al salir de la casa del sabio se abandonó al
desaliento y se sintió cerca de la muerte, pero hace dos horas ha
olvidado su mal... Por la gran ventana abierta del taller, cercano
al cuartico donde está ahora, se veía el cielo nocturno, de un azul
profundo y transparente; la luz de la Luna se filtraba por allí e
inundaba la penumbra de su sortilegio pacificador. Sentada ella en
el piano, al vibrar bajo sus dedos nerviosos el teclado de marfil,
se extendía en el aire dormido la música de Beethoven, y en la
semioscuridad, evocada por las notas dolientes del nocturno y por
una lectura de Hamlet, flotaba pálido y rubio, arrastrado por la
melodía como por el agua pérfida del río homicida, el cadáver de
Ofelia, Ofelia pálida y rubia, coronada de flores... el cadáver
pálido y rubio coronado de flores, llevado por la corriente
mansa...
Verdad que hacía dos horas la magia de la música la
hizo olvidarse de todo, de sí misma y de la tisis, pero ahora,
desvanecido el encanto, sola, sentada frente al escritorio, acodada
sobre éste, la luz tibia de la lámpara, cayéndole sobre la masa de
cabellos castaños, la cabeza apoyada en la mano delicada, ahora al
recapitular el día, la lectura de Balzac, la furia de trabajo
artístico en Sèvres, el ensayo del vestido, el sueño de grandeza
mundana, los momentos pasados en el piano, todo se borra ante la
realidad cruel de la enfermedad que avanza en el gran silencio
religioso de la medianoche; la siniestra profecía del hombre de
ciencia llena sola, oscura y siniestra como un horizonte nublado,
el campo de su visión interior... Morir, Dios mío, morir así tísica
a los veintitrés años, al comenzar a vivir, sin haber conocido el
amor, única cosa que hace digna a la vida de vivirla, morir sin
haber realizado la obra soñada, que salvará el nombre del olvido;
morir dejando el mundo, sin haber satisfecho los millones de
curiosidades, de deseos, de ambiciones que siente dentro de sí,
cuando el conocimiento de seis lenguas vivas, de dos lenguas
muertas, de ocho literaturas, de la historia del mundo, de todas
las filosofías del arte en todas sus formas, de la ciencia, de las
voluptuosidades de la civilización, de todos los lujos del espíritu
y del cuerpo, cuando los viajes por toda Europa y la asimilación
del alma de seis pueblos, sólo han servido para desear la vida con
ardor infinito y concebir planes cuya realización requeriría diez
vidas de hombre! ¡Morir así, sintiéndose el embrión de sí mismo,
morir cuando se adora la vida, deshacerse, perderse en la sombra!
¡Imposible!...
La idea de la lucha contra el mal la domina ahora...
hay que luchar... un año destinado a vencerlo será suficiente. En
plena salud más tarde ganará el tiempo perdido; tules diáfanos y
blancuras de mimosas y de camelias velarán sobre lo túrgido del
seno las manchas de los cáusticos y del yodo, y el cuerpo entero
ostentará la coloración suave de la sangre vivificada por el aire
tibio y salino del Mediterráneo. ¡Hay que luchar, hay que vivir!
Hay que pintar las Santas Mujeres, guardando el sepulcro. La
Magdalena sentada, de perfil, el codo apoyado en la rodilla derecha
y la barba en la mano, con el ojo átono, como si no viera nada,
pegada a la piedra que cierra el sepulcro y con el brazo izquierdo
caído en una postura de infinito cansancio. En la actitud de María,
de pie, tapándose la cara con la mano, y con los hombros levantados
por un sollozo, destacando la silueta oscura sobre el cielo plomizo
del crepúsculo, debe adivinarse una explosión de lágrimas, de
desesperación, de dejo, de agotamiento definitivo. A lo lejos,
entre la semioscuridad de la hora trágica que esfuma los contornos
de las cosas, se adivinarán las formas de los que acaban de
enterrar al Cristo y sobre el lienzo flotará la atmósfera sombría
de un dolor infinito. Hay que pintar; hay que pintar a Margarita,
después del encuentro con Fausto, con el seno agitado y los ojos
brillantes y las mejillas encendidas por el fuego de amor que le
hacen correr por las venas las palabras del gallardo caballero. El
cuadro de Sèvres no la satisface; hay que pintar otro en pleno aire
como los de Bastien y encerrar en él un paisaje de primavera, donde
por sobre una orgía de tonos luminosos, de pálidos rosados, de
verdes tiernos, se oigan cantos de pájaros y murmullos cristalinos
de agua y se respiren campesinos olores de savia y de nidos; la
calle, ese canal de piedra, por donde pasa el río humano, hay que
estudiarla, verla bien vista, sentirla, para trasladar a otros
lienzos sus aspectos risueños o sombríos, los efectos de niebla y
de sol; entre las líneas geométricas de las fachadas, el piso
húmedo por la lluvia reciente, los follajes pobres de los árboles
que crecen en la atmósfera pesada de la ciudad, y sobre el banco
del boulevard exterior, quietas y en posturas de descanso para
sorprender en ellas, no el gesto momentáneo de la acción sino el
ritmo misterioso y la expresión de la vida, hay que pintar dos
chicuelas flacuchas, ajadas por la pobreza y el vicio ancestral y
un bohemio grasiento y lamentable con la cara encendida y los ojos
encarnados por el uso de venenosos alcoholes, que sigue,
melancólicamente, con la mirada turbia y vaga, el humo de la pipa
que se está fumando; pero no, ese cuadro por perfecto que sea no
será el desiderátum, porque está viciado de canallería moderna,
como dice Saint Marceaux, hay que hacer algo grande y noble...
Concluidos ésos, será Homero quien da el tema, y se lavará los ojos
de toda la vulgaridad de la vida diaria, forjando en un lienzo
enorme a Alcinoos y a la Reina, sentados en el trono, en una
galería de altas columnas de mármol rosado, rodeados por la Corte,
mientras que Nausicaa, apoyada en una de las pilastras, oye a
Ulises contarle al Rey sus aventuras interminables y Demodocuos,
cuyo canto ha interrumpido el viajero, malhumorado como un poeta a
quien no oyen, apoya en las rodillas la lira y vuelve la cabeza
para mirar hacia afuera... Hay que pintar eso pero pintarlo de
veras, en plena pasta, con una factura potente, rica, sólida donde
nadie reconozca una manecita de mujer; hay que pintarlo vívido,
caliente, amplio de tal modo que el que vea el cuadro sienta lo que
sintió ella al manejar los pinceles y las brochas. ¡Hay tanto que
hacer para llegar allá! Todos esos cuadros requieren estudios
previos, composiciones complicadas, preparación de detalles y
querría estarlos haciendo ya, haberlos hecho, no perder un
minuto... Hay tanto que hacer y la vida es tan corta... Los
proyectos de escultura la fascinan porque la escultura es honrada y
no engaña al ojo con los colores, ni admite farsas ni tapujos...
Modelará todo lo que sueña: moribunda de amor y de tristeza, caída
sobre las arenas de la playa al ver huir en el horizonte la vela
del barco que lleva a Teseo, una Ariadna con el pecho lleno de
sollozos; luego un bajo relieve colosal con seis figuras
sorprendidas en actitudes llenas de gracia, y las esculturas serán
tales que Saint Marceaux mismo se entusiasme, y las pinturas
tendrán tal arte que el jurado imbécil no podrá menos de darle la
primera medalla, en un salón próximo. ¡Ah! la medalla, cómo la ha
deseado, cómo la desea desde hace tiempo, cómo la ha perseguido,
cómo la ve en sus sueños; la medalla la hará comprender que hizo
bien en consagrarse a la pintura, que no se ha equivocado, que es
alguien, que puede amar, pensar, vivir como viven todos, tranquila,
sin atormentarse con tantas ambiciones. Cuando se la den podrá
vivir como todo el mundo, y entonces sus fuerzas, dirigidas en otro
sentido la llevarán lejos, muy lejos, se abandonará a la delicia de
sentir, la dominará una pasión profunda por un hombre superior que
la entienda, irá a respirar por temporadas el aire perfumado y
tibio de Niza, de San Remo, de Sorrento, volverá a España, a
Toledo, a Burgos, a Córdoba, a Sevilla, cuyos nombres ennoblecen
con sólo pronunciarlos, a Granada, a embelesarse con las
policromías de las arquitecturas árabes, con los follajes frescos
de los laureles rosa y de los castaños gigantes, con lo azul del
cielo; a Venecia, donde sube hacia el firmamento, por entre
ruinosos palacios de mármol, una fiebre sutil de los canales
verdosos, a ver la melancólica fiesta que son las pinturas de
Tiépolo; a Milán, donde sonríen las creaciones del Vinci y a Roma,
sobre todo, a Roma, la ciudad madre, la metrópoli, el único lugarl
ponerse el Sol tras de las cúpulas de la Basílica, centro de la
cristiandad, alumbra las huellas del arte de hace veinticinco
siglos, la complicación de la vida moderna más fastuosa y más
amplia y sugiere a las almas pensativas la fórmula de lo que será
la sensibilidad de mañana.
¡Ah! Dios mío, y Rusia, Rusia, la madre, la patria,
la tierra del nihilismo, y de los zares, con su semicivilización
tan diferente de la civilización latina, sus costumbres peculiares,
su pueblo supersticioso y medio salvaje, su aristocracia gozadora;
su arte propio y su singular literatura; Rusia la reclama: irá a
Petersburgo, donde la recibirá la Corte, a Moscú, a Kieff, la
ciudad santa, llena de catedrales y conventos; volverá a respirar
en los campos solariegos el aire que en la niñez le infundió la
fiebre que la anima, y esos múltiples viajes, esas experiencias
casi opuestas de la vida los alternará con las temporadas de París,
en el salón aquel lleno de hombres de genio; con días distribuidos
entre las fiestas mundanas, donde seducirá a todos su elegancia, y
la lectura de filósofos y la audición de las músicas de Haendel y
de Beethoven y la continuación de sus estudios, de otros estudios
nuevos con que sueña, sociología, política, lenguas orientales,
historia y literatura de pueblos que no conoce bien y cuya alma se
asimilará para agrandar su visión del universo. Vivirá así y todo
eso lo hará con todos sus nervios, con toda su alma, con todo su
ser, arrancándole a cada sensación, a cada idea, un máximo de
vibraciones profundas!
Ahora un desfallecimiento interior la embarga; ha
sentido una picada ahí, en el punto que el médico le mostró como
foco de la enfermedad que la devora y el punzante dolor vuelve a
traerla a la realidad... ¡Ah!, sí, la tos, el sudor, el insomnio,
los cáusticos, las unturas de yodo, el viaje al mediodía, el
aniquilamiento... la muerte... el fin, todo eso está cerca. ¿Y
Dios, en dónde está si la deja morir así, en plena vida, sintiendo
esa exuberancia de fuerzas, esos entusiasmos locos por verlo todo,
por sentirlo todo, por comprender el Universo, su obra?... ¿Dios,
en dónde está si la deja morir así, después de haber sido buena,
después de no haber hablado nunca mal de nadie, ni proferido una
queja por las amarguras que le han tocado en suerte, de haber
derramado a su alrededor el oro para enjugar lágrimas, después de
regalar su esmeralda favorita para distraer a alguien, que no la
quiere, de un sufrimiento de un instante?... ¿Después de haber
llorado por los dolores ajenos, de haber llevado su piedad hasta
querer a los animales humildes? Si existe, si es la bondad suprema,
¿por qué la mata así, a los veintitrés años antes de vivir y cuando
quiere vivir?... ¿Dónde está el buen Dios, el Padre Eterno de las
criaturas?... ¡Ah! no existe. Spinoza, se lo ha enseñado, las
lecturas científicas, le han mostrado el universo como una eterna
reunión de átomos, regida, desde los millones de soles que arden en
el fondo del infinito hasta el centro misterioso de la conciencia
humana, por leyes oscuras e inconmovibles, que no revelan una
voluntad suprema tendiente al bien... sí, un torbellino de átomos
en que las formas surgen, se acentúan, se llena, se deshacen para
volver a la Tierra y renacer en otras formas que morirán a su vez
arrastradas por la eterna corriente... No. Eso no puede ser. Ella
no es atea, ella quiere creer, ella cree. La Biblia contiene las
palabras que calman y confortan; los versos del Salmo XCI, «Te
cubrirá con sus alas poderosas; en seguridad estarás bajo su
abrigo», le cantan en la memoria; el Salvador, con la cabeza
aureolada y los brazos abiertos camina ahora sobre las agitadas
olas negras del océano de sus pensamientos y dice las palabras
suaves que le derraman en el alma una divina paz inefable:
«Bienaventurados los que tengan hambre y sed de justicia porque
ellos serán hartos...». Y desfalleciente ella de mística emoción,
mentalmente se prosterna a los pies del Divino Maestro...
Súbita asociación de ideas fórjase en su cerebro y
esa dulce imagen huye disipada por el recuerdo de las obras de
Renán y de Strauss, en que éstos, con su análisis de concienzudos
exegetas, muestran al Cristo al través de los textos interpretados
con rígido criterio, no como al Hombre Dios, encarnado para purgar
los pecados del mundo, sino como la más alta expresión de la bondad
humana. Los libros de crítica y de historia religiosa que he leído
allí mismo en el silencio de ese gabinetico de estudio donde está
sentada ahora, ahuyentan al divino fantasma del consolador de los
hombres... No hay a quién invocar en los momentos de desesperante
angustia... y la muerte viene, la muerte está cerca. Un sudor frío
le moja las sienes, el cansancio la dobla, y en la claridad fría y
difusa del amanecer que se filtra por los cristales y va atenuando,
atenuando la luz tibia de la lámpara que alumbró la velada
pensativa, siente un escalofrío que la obliga a levantarse, a
absorber dos cucharadas de jarabe de opio para conciliar el sueño
por una hora y a amontonar sobre el catre de bronce dorado los
blandos edredones forrados en suave seda, para devolverle calor a
su cuerpecito endeble, minado por la tisis, que dormirá ahora, en
el tibio nido por breve espacio, y para siempre, dentro de unos
meses, en el fondo de la tumba, bajo el césped húmedo del
cementerio!...
Mañana estará levantada desde temprano, se sonreirá
al contemplar en el espejo su tez aterciopelada y rósea como un
durazno maduro, los grandes ojos castaños que se sonríen al mirar;
la espesa cabellera que le cae sobre los hombros de graciosa curva,
y ebria de vida, y hambrienta de sentir comenzará el día, lleno de
las mismas fiebres, de los mismos sueños, de los mismos esfuerzos y
de los mismos desalientos de la víspera.
Es así como la he visto al leer el Diario. Esa es la
composición del lugar, que para proceder de acuerdo con los métodos
exaltantes de Loyola, el sutil psicólogo, he hecho para sentir todo
el encanto de aquella a quien Mauricio Barrés propone que veneremos
bajo la advocación adorable de Nuestra Señora del Perpetuo Deseo...
Jamás figura alguna de virgen, soñada por un poeta, Ofelia,
Julieta, Virginia, Graziella, Evangelina, María, me ha parecido más
ideal ni más tocante que la de la maravillosa criatura que os dejó
su alma escrita en los dos volúmenes que están abiertos ahora,
sobre mi mesa de trabajo y sobre cuyas páginas cae, al través de
las cortinas de gasa japonesa que velan los vidrios del balcón, la
diáfana luz de esta fresca mañana de verano parisiense...