PRÓLOGO
La novela De Sobremesa apareció póstumamente en 1925. La crítica
no supo juzgarla adecuadamente. No correspondía a las nociones de
novela reinantes entonces. Nada tenía de común con las novelas
costumbristas de José Manuel Marroquín, o con María, de Jorge
Isaacs, o con las novelas del entonces admirado escritor español
José María de Pereda. Su personaje central era un artista, un
poeta, y lo que contaba era un viaje por Europa y las reflexiones y
opiniones que le suscitaba su ansia de saber absoluto. Hacía
referencias a cuestiones filosóficas, políticas y sociales, pero no
tenía la intención filosófica y política de la famosa novela
Cándido (1758) de Voltaire, autor prohibido por la Iglesia y por
ello muy leído. Al desconcierto que produjo la diferencia temática
se agregó el hecho de que la forma de novelar simulaba un diario. Y
como se echaba de menos una "historia" y una
forma rigurosa en la construcción de la novela, se la consideró
como esqueleto de novela, como obra narrativa sin vértebra. Pero
precisamente lo que se echaba de menos en la novela de Silva era lo
que caracterizó desde finales del siglo XVIII, principalmente, un
nuevo tipo de novela en Europa que se llamó "novela de
artistas". Sin proponérselo Silva revivió, si así cabe
decir, la disposición invertebrada que caracterizó una de las más
famosas novelas de artistas de la literatura europea: Lucinda
(1799), del teórico del romanticismo Friedrich Schlegel
(1772-1829). Silva no la conocía, muy posiblemente, pero tenía de
común con el romántico alemán el problema de la justificación
social y moral de su existencia como poeta, es decir, de lo que se
de-signó como "existencia estética".
El problema se planteó con el advenimiento de la moderna
sociedad burguesa, cuyos valores racionales y pragmáticos relegaban
al artista y al poeta a un papel social marginal. La justificación
del artista y del poeta fue a la vez un desafío. Postuló su
existencia al servicio del arte, esto es, su existencia estética
como un sacerdocio laico y al arte como lo absoluto y supremo. Con
ello se desligó de las normas sociales y morales que trató de
imponerle la sociedad burguesa que lo había relegado. El desafío
adquirió la figura del dandy, que, tal como lo definió Baudelaire,
se distinguía por ser un individuo desclasado y hastiado de la
sociedad burguesa, que era un héroe y que poseía talentos divinos
que no se podían adquirir con dinero. El filósofo-teólogo danés
Sören Kierkegaard (1813-1855) condenó la "existencia
estética", y su crítica era justificada desde un punto de
vista cristiano, porque implícitamente excluía la presencia de
Dios. Pero la condena no contemplaba un aspecto de esa existencia y
del endiosamiento del arte: la sociedad burguesa moderna había dado
lugar a lo que Hegel llamó "la religión de la nueva época,
esto es, que Dios ha muerto". La existencia estética no
endiosó el arte sólo como protesta y desafío a la sociedad que
había puesto al margen al arte y al poeta, sino como un sustituto
del Dios ausente. El dandy era héroe no sólo por sus talentos
divinos, inaccesibles a la sociedad burguesa, sino porque había
perdido el apoyo teológico tradicional. Flotaba sobre el vacío,
pero esa nada en la que se movía no le arrancó queja alguna. El
dandy tenía la actitud de un estoico. El único dandy de la
Revolución Francesa, Saint Just, quien con argumentos racionales se
había convencido de la necesidad de ejecutar al rey, cuando fue
acusado por los fanáticos decidió no leer ante el Tribunal su
discurso de defensa. El silencio y la actitud estoica eran más
elocuentes y más elegantemente peyorativos que cualquier
retórica.
El personaje de la novela, José Fernández, tiene muchos rasgos
del dandy. La máscara de Silva fue, como su creador, un artista en
la sociedad "burguesa" bogotana, es decir, en una
sociedad que comenzaba a seguir los ejemplos y las modas de las
grandes burguesías europeas, especialmente de la francesa. Pero
esta sociedad no había puesto al margen al artista moderno, es
decir, al que había endiosado al arte como sustituto de Dios, sino
que había imposibilitado el desarrollo de una figura semejante.
Como todas las sociedades latinoamericanas de esa época, la
bogotana era ambigua. De la aristocracia argentina del último
cuarto del siglo pasado dijo Miguel Cané: "nuestros padres
eran soldados, poetas y artistas; nosotros somos tenderos,
mercachifles y agiotistas". Cuando Cané fue embajador
argentino en Colombia, se deleitó con una velada musical en una
aristocrática casa bogotana. Cané percibió en ella la permanencia
de lo que echaba de menos en el Buenos Aires moderno: el peso del
pasado. Pero era precisamente ese peso del pasado lo que había
impedido una "existencia estética". Sociedad
burguesa moderna o sociedad católica tradicional: las dos
planteaban el mismo problema, esto es el del papel social del
artista. Cané perteneció al grupo de escritores latinoamericanos
que eran también políticos. En Colombia, esa tradición continuaba
con vigor. Pero quienes la continuaron, como Miguel Antonio Caro o
Marco Fidel Suárez, no conocían o no habían sacado o querido sacar
las consecuencias de lo que ocurría en el mundo de la
"transformación de los valores". Como diagnosticó
Nietzsche, y cerraron las puertas al mundo moderno. Lo que el
polígrafo español Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912),
ultramuntano, que veneraba con razón a Miguel Antonio Caro, llamó
la "Atenas suramericana", era una arcadia que no
quería saber que esa Atenas era una Atenas de yeso y que con yeso
tapaba la boca de un volcán. Silva no cabía en ese mundo, pero
pertenecía a él y a él le debía el alimento de su vocación. Con
todo, en la arcadia había penetrado la visión burguesa del mundo.
Lo percibió muy claramente su padre, Ricardo Silva, escritor
costumbrista sobrio que legó a la literatura colombiana su breve
pero agudo libro Artículos de Costumbres (1883), que dedicó a su
hijo con calidez paternal. En uno de esos artículos,
"Estilo del siglo", finge una carta de amor en la
que el enamorado escribe a su amada con seco estilo comercial,
entonces estilo de contabilista. El enamorado se llamaba
"Mártir Plaza de Mercado y Plata", es decir, el
enamorado era víctima de los nuevos valores burgueses, el mercado y
el dinero. La sociedad bogotana no era una excepción a lo que
Miguel Cané había reprochado a la de Buenos Aires. En el mismo
libro publicó Ricardo Silva un artículo igualmente significativo,
"Un año en la corte", en el que se burla con fina
ironía de una familia rica de provincia que se domicilia en la
"corte" e imita los ademanes, modas y mobiliarios
de la sociedad "cortesana". La descripción
irónica de esa imitación no oculta, sin embargo, el hecho de que la
sociedad que sirve de modelo a la familia provinciana no es menos
digna de burla. Ricardo Silva describe en ese artículo un
"interieur" de la casa del provinciano, el
"saloncito de la casa de D. Martín", en el que
sobresalen una "rica alfombra francesa... los sofás, las
sillas y los sillones de palisandro... ricas y sencillas
guarniciones o galerías de madera dorada, y la escasa luz que debía
penetrar a través de ellas, quedaba amortiguada aún por los fondos
de rica muselina bordada. La mesa oval del centro es de madera
dorada y cubierta con mármol blanco, como las consolas de los
ángulos. Sobre éstas descansan grandes espejos encerrados en ricos
marcos florentinos dorados y adornados... Sobre la mesa central hay
un enorme recipiente de cristal tallado y montado en bronce
dorado...". El saloncito o "interieur"
de la rica familia provinciana no difiere por su estilo recargado
del "interieur" que Silva describe al comienzo de
la novela. Una "pantalla de gasa y encajes", el
"terciopelo carmesí de la carpeta",
"tres tazas de China... un frasco de cristal tallado,
lleno de licor transparente entre el cual brillaban partículas de
oro... penumbra de sombría púrpura, producida por el tono de las
alfombras, los tapices y las colgaduras... diminutas pantallas de
rojiza gasa... el rojo de la pared, cubierto con opaco tapiz de
lana... las cinceladuras de los puños y el acero terso de las hojas
de dos espadas cruzadas en panoplia sobre una rodela..., y
destacándose del fondo oscuro del lienzo, limitado por el oro de un
marco florentino, sonreía con expresión bonachona, la cabeza de un
burgomaestre flamenco, copiada de Rembrandt". La familia
rica provinciana y la familia aristocrática bogotana eran copias de
copias del lujo abigarrado de la gran burguesía europea. La
"aristocracia" latinoamericana no tenía otro
camino para justificar con el oro de los marcos, el mármol de las
mesas, las alfombras, la semioscuridad de las cortinas, los
cristales, el bronce y la loza exótica lo que desde la Colonia
había caracterizado a la mayoría de las familias que habían
encontrado en el Nuevo Mundo la posibilidad de ascenso social: el
árbol genealógico. Los científicos españoles Jorge Juan y Antonio
de Ulloa comprobaron en un informe a la Corona española (publicado
en Londres en 1826 bajo el título Noticias Secretas de América),
que esas familias aprovechaban cualquier oportunidad para dar a
conocer su alta y vieja alcurnia peninsular, pero que cuando se las
contemplaba más de cerca, se encontraban contradicciones penosas.
Las "hojas de dos espadas cruzadas en panoplia sobre una
rodela" y el abigarrado "interieur" son
signos de que el personaje central de la novela, Fernández, estaba
crucificado: tenía una honda raíz en ese mundo tradicional de
simulada aristocracia y la otra en el camino hacia la modernidad
burguesa. El dandy europeo también estaba crucificado. Pero fue
precisamente esa crucifixión la que le permitió esbozar una crítica
a la sociedad burguesa: tenía la distancia del marginado y
superior, pero esa distancia no suprimía su raíz burguesa, la que
hizo posible su libertad y el endiosamiento del arte. Su crítica a
la sociedad burguesa fue una crítica "desde
dentro". Y no sólo la necesidad de justificar su
existencia estética lo indujo a la reflexión sobre su arte y su
papel social, sino también su carácter anfibio: era un antiburgués
que tenía que nadar en las aguas de la burguesía. Sería apresurado
asegurar que esta tensa ambigüedad contribuyó a su suicidio. Uno de
los amigos de Fernández le dice que todas las circunstancias de su
vida, "los tesoros de arte y las comodidades
fastuosas" de su casa y unos pocos amigos
"chiflados", son "lo más a propósito
para aislarte de la vida real". Fernández replica con una
pregunta: "La vida real... Pero ¿qué es la vida real... la
vida burguesa sin emociones y curiosidades?". En busca de
esas emociones y curiosidades, Fernández dice que le
"fascina todo": "todas las artes, todas
las ciencias, la especulación, el lujo, los placeres, el
misticismo, el amor, la guerra, todas las formas de la actividad
humana, la misma vida material", es decir, le fascinan
naturalmente los contrarios (misticismo-vida material; la
guerra-amor; arte-política; ciencia-especulación). La fascinación
por una totalidad absoluta, llena necesariamente de contrarios, no
puede satisfacerse, y su meta inalcanzable conduce a una permanente
y devoradora insatisfacción, a una intensificación de la tensión
ambigua en que se encuentra el artista anfibio. En la medida en que
José Fernández reproduce en estas frases ideas íntimas de Silva, es
decir, ideas de la época que Silva asimiló y no simplemente frutos
de lecturas para sorprender de manera snob a los amigos, estas
frases constituyen la toma de conciencia de la realidad social y
personal en la que se encontró Silva. No cabe decir que la toma de
conciencia y el propósito de sorprender a sus amigos se excluyen.
La vida bogotana y burguesa que él detestaba dejó inevitablemente
sus huellas en el dandy que, al manifestarlas inconscientemente, lo
transforma y degrada al snob (admirador necio de todo lo que está
de moda), a una forma de Oscar Wilde. Son los dos rostros del poeta
moderno: del Mallarmé hermético e intelectualmente exigente y del
Mallarmé aficionado a las frivolidades de las damas famosas de
París.
De Sobremesa tiene un aspecto involuntariamente crítico con
valor de testimonio. El diario que José Fernández lee a sus amigos
admiradores es el diario de un viaje a Europa. Es decir, la
confirmación de uno de sus rasgos de clase y de su filiación de
poeta moderno. "El viaje a Europa",
principalmente a París, fue un rito de corroboración de una
superioridad cultural y social o simplemente social. "La
ciudad luz" gozó en el mundo católico de lengua española
de una doble fama. La política, por ser París la cuna de las ideas
que impulsaron la Independencia. No sólo por esa causa, sino
también por la invasión napoleónica en España, fue París para los
peninsulares el reino del mal. Para los hispanoamericanos
católicos, París fue el escenario del mal moral y de la perdición.
José María Cordovez Moure cuenta en un apéndice ("Un viaje
a Europa") de sus Reminiscencias de Santafé y Bogotá
(1893) "la historia de dos estudiantes colombianos en
París" con el propósito de mostrar cómo París corrompe a
los hispanoamericanos de más arraigo católico y de más pura y
piadosa familia: dos antioqueños. Para muchos hispanoamericanos, el
viaje a París incluía una grata excursión a las infernales y
tentadoras regiones del Eros. El viaje a París y a Europa de José
Fernández —o de José Asunción Silva, o de su imaginación—
fue no sólo la muestra de su riqueza y de su alcurnia, sino un acto
de desafío a la sociedad pacata y a sus ansias de saberlo y
experimentarlo todo.
La imagen de París y de Europa de la novela se reduce
considerablemente a pocos escenarios: hoteles, comedores, alcobas,
y una alusión al paisaje suizo. La indicación de las calles de
Londres y París y el lujo de sus "suites", el
"butler", la ropa, las joyerías, los médicos y
agentes comerciales hacen saber a sus amigos y a sus lectores que
el viaje a París y a Europa que da ocasión al diario no es sólo
invención, sino que tuvo una base real. Lo que sin duda no es real
sino ficticio es el despliegue de riqueza y los negocios que hace,
que más corresponden a la figura de un rico algodonero
norteamericano de Virginia, donde vivió Edgar Allan Poe. Como Poe,
José Fernández amó a una Helena inalcanzable y como Poe tenía José
Fernández una naturaleza sensitiva: "nervioso en grado
verdaderamente insólito". Como Poe, José Fernández tenía
momentos ("períodos", dice Poe) de
"horrible locura". Pero la imagen del rico hombre
de negocios no es sólo propia de un simple hacendado de Virginia.
Esta clase aspiraba naturalmente a la cultura
"aristocrática" y había creado una forma de
sentimentalidad que se podía reducir (según los historiadores
norteamericanos R.B. Nye y J.E. Morpurgo) al idilio de una noche de
luna, en la que una dama vestida de gasa escucha el acompañamiento
del banjo. Semejante a esa cultura fue la de la sociedad bogotana
de la época de Silva. Noche de luna, banjo, gasa y, naturalmente,
embelesamiento. Era la cultura del "hacendado":
en Estados Unidos, del emprendedor con ambiciones de figuración
social y cultural; en Hispanoamérica, del descendiente de algún
encomendero, con conciencia de su ascendencia. Pero la imagen del
hombre de negocios de Fernández no tiene sólo su remota raíz en la
estructura de una sociedad nueva sin tradiciones nobles auténticas.
José Fernández se sentía capaz de hacerlo todo, de reformar al país
y, para ello, de aprender en los Estados Unidos el ejemplo de la
dinámica moderna. En Europa, José Fernández era ya una encarnación
de ese ejemplo. Pero como el que soñaba con este papel social vivía
en dos mundos, el tradicional bogotano y el moderno al que
aspiraba, su portavoz, José Fernández, contempló a Europa de manera
igualmente anfibia. Goza los placeres, los vicios y la libertad que
ofrece París, pero al mismo tiempo condena a la ciudad y, siguiendo
un lugar común sobre la ciudad luz forjado a comienzos de siglo en
España por el erudito Hervas y Panduro, la llama la
"Babilonia moderna". Exhibe su lujo, aunque se
burla de los viajeros europeos que hacen lo mismo pero sin la misma
pretensión aristocrática, y los llama burgueses. En París estuvo a
punto de matar a una meretriz y muy poco después se conmueve
profunda y piadosamente con la noticia de la muerte de su abuela.
Estaba en París, daba rienda suelta a las suscitaciones de la
ciudad del mal, pero estaba al mismo tiempo en Bogotá y sentía
pesadumbre con el estilo de pesebre de la sociedad tradicional. Si
no percibió ningún aspecto real de Europa, a diferencia de José
María Cordovez Moure, es decir, si no se embelesó con los
monumentos, el paisaje y la organización europeos, no fue por falta
de sensibilidad. La Europa que describe en primer plano es la
Europa filosófica, literaria y pictórica y, más concretamente, el
"ambiente espiritual" de la Europa finisecular.
Su viaje por Europa fue un "viaje sentimental",
en el sentido que dio a esta forma de viaje el novelista inglés
Laurence Sterne en su famoso libro Viaje Sentimental por Francia e
Italia (1768), es decir, un "viaje del corazón",
como decía Sterne, de las sensaciones del sujeto. También en esto
fue Silva un innovador. La literatura de lengua española, tan pobre
en libros de viaje en comparación con la europea, no conocía ni el
"viaje sentimental" ni la "novela de
artistas" en forma de diario. Y tampoco conocía el diario
reflexivo, sino el diario anecdótico. Silva combinó esas dos formas
literarias, fomentadas por el cosmopolitismo y la secularidad del
individuo en el ilustrado siglo XVIII, y creó la primera novela
radicalmente innovadora y moderna de la literatura de lengua
española. La combinación de libro de viaje sentimental y de diario
reflexivo no obedecía sólo a la suscitación más inmediata, esto es,
el Diario de María Bashkirtseff, del que Fernández-Silva dice que
es "un espejo fiel de nuestras conciencias y de nuestra
sensibilidad exacerbada": La tensión de la "doble
vida", del carácter anfibio del poeta, que en su afán de
saberlo todo tropieza con el límite de esa totalidad misma, es
decir, con la realidad de lo inalcanzable tiene en su núcleo la
posibilidad de describir plásticamente esa búsqueda pertinaz pero
vana de un absoluto: el viaje y el diario de viaje. Lo absoluto
fascinante e inalcanzable es en De Sobremesa la aristocrática y
angelical Helena. La Helena de Fernández-Silva nada tiene de común
con la Helena que dio origen a la figura recurrente de la
literatura Occidental: la de la Odisea de Homero o la de Helena de
Eurípides. Independientemente de las fuentes literarias que
suscitaron en Silva esa figura, esta Helena delata, una vez más, la
"doble vida" del poeta. Ella es una
"reminiscencia" de la Virgen María y de las
muchas variaciones que ha tenido en el arte y la literatura este
arquetipo de pureza, belleza, delicadeza (para Silva fueron los
pintores y escritores ingleses que se llamaron a sí mismos
"prerafaelitas", es decir, que en el siglo pasado
postularon una pintura anterior a la de Rafael), a la que
Fernández-Silva da el valor simbólico de la meta inalcanzable, de
la búsqueda permanente. Es una Helena que hubiera cabido en la
mente angustiosamente casta de un Luis Gonzaga: una tentación sin
peligro. Pero esa Helena, reflejo indudable de las obligatorias
castidades sociales convencionales del siglo XX, era una
"Lolita", como Vladimir Nabokow llamó en la
novela del mismo nombre a las niñas adolescentes e ingenuas pero
instintivamente seductoras. Tenía quince años de edad. Sólo dos
años más que la Sophie von Kühn que afamó el poeta alemán Friedrich
von Hardenberg, conocido por su seudónimo Novalis (1772-1801),
porque ella determinó su pensamiento. La Helena de De Sobremesa
significaba la pureza seductora, a diferencia de las damas que
sedujo Fernández, que eran sólo purezas tácticas y convencionales.
La Helena de Fernández-Silva era una conjunción simbólica de lo
inalcanzable del afán de totalidad, en la cuerda mariana de la
sociedad tradicional, la búsqueda de una inocencia que compense la
tensión de la ambigüedad de la "existencia
estética". Cuando le aconsejan que se case con ella,
Fernández rechaza la propuesta. El matrimonio significaría el fin
de la búsqueda y, para los dos, el ingreso en la sociedad burguesa,
la concesión a las convenciones sociales.
Fernández-Silva no hace una crítica temática y detallada a la
sociedad tradicional e incipientemente burguesa de Bogotá. Hace una
crítica indirecta a su estado actual, a la política que ella
engendra: es su plan de reforma, que se le aparece en un momento de
"suprema paz" que goza "en las horas
pasadas en el picacho a donde subo". Es, pues, una
revelación, "el fin único a qué consagrar la
vida". "Para realizarlo necesitaré un esfuerzo de
cada minuto por años enteros, una voluntad de hierro que no ceda un
instante". El plan prevé la implantación, entre otras
cosas, de "un plan de finanzas racional", la
formación de un "partido nuevo, distante de todo fanatismo
político o religioso", un "partido de civilizados
que crean en la ciencia y pongan su esfuerzo al servicio de la gran
idea". Pero si el plan no resulta "por las
buenas", "si la situación no permite esos
platonismos", es preciso acudir a la revolución, para
"provocar una poderosa reacción conservadora",
aprovechando los medios que brinda el "falso
liberalismo" del gobierno. La meta sería una dictadura
temporal ilustrada, con una constitución elástica que permita
"prevenir las revueltas de forma republicana...".
Fernández-Silva, embriagado con la idea de la realización
dictatorial del plan, descubre su admiración por "los
triunfos de la fuerza". Lo que Fernández-Silva llama el
"falso liberalismo" es, en primer plano, el
liberalismo conservador que caracterizó al liberalismo
hispanoamericano en el siglo XIX, es decir, un liberalismo de
máscara. Pero la crítica al liberalismo colombiano e
hispanoamericano es también una crítica a la incipiente sociedad
burguesa, entre tradicional y ansiosa de progreso, es decir, la
crítica a la ambigüedad que cabe llamar
"retroprogreso". Silva fue, indudablemente, uno
de los pocos intelectuales hispanoamericanos del siglo XIX que
extendió su crítica de artista a la sociedad burguesa, al Estado
liberal, que bien entrado el siglo XX se llamó "Estado de
derecho liberal-burgués". En esa crítica se halla
implícita una crítica al parlamentarismo, o al fracaso del
parlamentarismo que, dos años antes de que se publicara la novela,
había analizado el famoso constitucionalista alemán Carl Schimitt
en su influyente ensayo La Situación Histórico-Espiritual del
Parlamentarismo Actual. La propuesta de Fernández-Silva se nutría
del conservatismo familiar, pero también de la experiencia
histórica. Sin embargo, lo que Fernández-Silva llama
"poderosa reacción conservadora" y la idea de una
dictadura temporal ilustrada no se reducían al cuño político
familiar y a la experiencia histórica hispanoamericana. La
marginalización del poeta y del artista en la sociedad burguesa
provocó no sólo la reacción de los marginados, esto es, las novelas
de artistas y la justificación teórica de su existencia (la moderna
teoría literaria), sino la transformación del dandy heroico en una
nueva versión del rey filósofo de Platón. El partido de civilizados
que creen en la ciencia y ponen su esfuerzo al servicio de la gran
idea es menos que un partido en el sentido político, propiamente
democrático de la palabra, una élite con rasgos de culto.
Fernández-Silva esbozó intuitivamente lo que a comienzos de siglo
adquirió plena y única configuración en Alemania: el famoso
"Círculo de Stefan George". El gran poeta
renovador de la lengua alemana —a Rubén Darío se lo llama en
Alemania el "George español"— era el
rey-filósofo de una comunidad de intelectuales con organización
jerárquica, que tuvo su justificación ideológica y programática en
el libro de uno de sus miembros, Max Kommerell, El Poeta como
Conductor en el Clasicismo Alemán (1928), que Walter Benjamín llamó
la "magna carta del conservatismo alemán". George
no pensaba en el nacionalsocialismo, pero se movía en el ámbito
antiburgués y estético que determinó en Alemania lo que se llamó
"revolución conservadora" (Oswald Spengler, Ernst
Jünger, entre muchos más), y que fue más culta que los chauvinistas
franceses de la Action Française como Henri Massis y sobre todo
Maurice Barrés, con quien Silva compartió su devoción por María
Bashkirtseff. El poeta burgués antiburgués de esa época se hallaba
frecuentemente en la antesala ideológica del totalitarismo. No sólo
él, en modo alguno. En una época de ambigüedades intelectuales y
políticas, que se enmascaró con diferencias y contraposiciones
burocrático-ideológicas, no había apenas nadie que se liberara de
esta ambigüedad, de este nudo gordiano.
Una figura significativa de comienzos del siglo presente fue el
hoy olvidado Georges Sorel (1847-1922). En él, quien ha sido
comparado con el nudo gordiano, cristalizan las ambigüedades
intelectuales y políticas de la época: formuló la teoría de la
huelga general, criticó el progreso, se inspiró en la filosofía
institucionalista de Bergson y alimentó la ideología de Mussolini.
El mismo Walter Benjamín no se sustrajo a esas ambigüedades:
osciló, como el joven Lukács, entre el elitista y conservador
Círculo de Stefan George, el teórico del nacionalsocialismo Carl
Schmitt y la profesión de fe leninista. Silva fue en Colombia el
único y en Hispanoamérica uno de los primeros que expresó, en su
novela De Sobremesa, la ambigüedad intelectual y política de la
época, para cuya percepción tenía el órgano de su propia
ambigüedad. Los párrafos de la novela que describen y fundamentan
el plan de reforma no sólo tienen esa ambigüedad, sino que
contienen la pregunta, implícita en el presupuesto de la crítica a
la sociedad tradicional e incipientemente burguesa, por la clase en
la que recae la culpa y la responsabilidad del fracaso del
parlamentarismo. Silva no respondió expresamente a esa pregunta.
Pero cuando pensó en un "partido de civilizados"
que creen en la ciencia y ponen su esfuerzo al servicio de la gran
idea, no sólo pensó en una especie de república platónica (Silva
mismo llama "platonismo" a esa alternativa), sino
en la sustancia moral y en la capacidad intelectual y práctica de
los políticos y de los ciudadanos ejemplares. La república
platónica que proyectó el múltiple Fernández-Silva (poeta genial,
hábil hombre de negocios, fumador de opio, Don Juan, exquisito en
sus gustos y a veces brutalmente violento) debería ser una
república tan perfecta que correspondería al absoluto del arte y de
su ansia de conocimiento y experiencia totales. Desde el punto de
vista del "popperianismo" de moda, la república
platónica de Silva sería una comprobación más del reproche de
totalitarismo que hizo Popper a Platón. Pero ese reproche sería la
repetición, con otro acento, del hábito-leninista, esto es, de
reprochar, por ejemplo, a Rubén Darío (muerto dos años antes de la
Revolución de Octubre) que no pensara sobre la sociedad como Lenin
y sus feligreses. Platón no podía anticiparse histórica,
sociológica y filosóficamente a la sociedad Occidental después de
la experiencia del nacionalsocialismo y de los totalitarismos. Si
se deja de lado el "platonismo al revés" de
Popper, es decir, la moda, será preciso leer políticamente De
Sobremesa para preguntar, por ejemplo: ¿por qué la sociedad
burguesa en general engendró los totalitarismos y, en especial, por
qué la sociedad hispanoamericana —no sólo la aristocracia de
cartón— sigue apegada al "hombre fuerte'', al
"mito" con que se lo rodea y, en fin, ¿por qué
las repúblicas hispanoamericanas encubren una nostalgia por la
monarquía que hace sospechar que tras ella se esconde el cuño de la
parroquia y de todas sus arandelas, del párroco como pastor y de
los feligreses como corderos?
Rafael Gutiérrez Girardot