Sin Remedio
Antonio Caballero
© Derechos Reservados de Autor

 

IX

 

   La discoteca era una masa sólida de estrépito y de humo, de luces de colores que giraban, de olor a muchedumbre, a tabaco, a sudor, a trago, a música, traspasado por vaharadas lentas y aromáticas de marihuana. Mientras buscaban sitio, Angela reconoció a los músicos:

- Son los Auténticos -dijo. Son buenísimos.
- ¿QUÉ? -Escobar no oía nada. Le lloraban los ojos en el vapor y el humo, le dolía la cabeza en el barullo.
- ¡LOS AUTÉNTICOS! ¡SON BUENÍSIMOS!
- ¿QUIENES?
- ¡LOS AUTÉNTICOSSS!
- Ah.

   No podían ser los Auténticos. O por lo menos, no podían ser los auténticos Auténticos.
   Consiguieron media mesa, dos wiskies.

       ¡AY TU TIENES UN CAMINAO!
       ¡QUE ME TIENE TRASTORNAO!
       ¡Y CUANDO BAILAS LA MURGA!
       ¡OYE MAMITA, QUE BUENA ESTAS!

   No eran los mismos Auténticos.
- Bailemos.
- ¿QUÉ?
- ¡BAILEMOS!

   En la pista atestada no podía caber ya nadie, pero cupieron, y bailaron. Una masa de música, una muralla, líquida, impenetrable, ensordecedora, un río de culebras escurridizas que llegaba hasta las corvas, se retorcía en el vientre. Cuerpos, rostros, luces, hombros, espaldas, un banco de peces, una red de agonías. Una niña bajita se abrió paso en la masa balanceando los hombros, vestida de tigresa, barriendo el viento con el pelo, seguida por un tipo que también balanceaba los hombros como loco. Una gorda bailaba como un trompo, sola en medio de la pista, feliz.

        ¡LOS MUCHACHOS SE ALBOROTAN!
        ¡CUANDO LA VEN CAMINAR!

   Cantaban los músicos, felices también, sudorosos también. Pasaban brazos, cuellos, cabezas, piernas, un señor de bigote que no sabía bailar y se reía, otra vez la tigresa con los ojos cerrados. Una mulata alta con un peinado afro y con una boca enorme. Un borracho parado en el borde de la pista, con un vaso en la mano, mirando. Se dio cuenta de que había perdido a Angela, tragada por el mar. La buscó entre la bruma, convertido de golpe en un escollo inmóvil contra el que se estrellaba el oleaje. Lo empujaban, lo pisaban. Se abrió paso de vuelta hasta su mesa, bebió su whisky, en el que el hielo se había fundido por completo.

      ¡AY PERO QUE RICO!
      ¡OYE MAMITA QUE BUENA ESTAS!

   Había perdido a Angela. Le dieron un beso en la mejilla.
- ¡Hola, primo.
   Patricia. Le brillaban de dicha los ojitos estrábicos. Todo el mundo parecía contento esa noche.
- No me esperó mucho, ¿no? ¿Quién es esa niña tan linda? ¿Qué?
- ¿QUIEN ES ESA NIÑA?
- No. . . -Escobar buscó una salida: -Es la hermana de...
- ¿QUIEN?
- ¡LA HERMANA DE LA MUJER DE. . . -se le quebró la voz-de mi amigo el que estaba preso. . . ¿Se acuerda? -¡Cómo no me voy a acordar! Por su culpa hoy estuvo la casa todo el día llena de generales. No me los resisto.
- ¿QUÉ?
- ¡LOS GENERALES! ¡NO ME LOS RESISTO!
   Recordó que tenía que darle las gracias a su tío Foción.
- ¿Su papá está en su casa?
- ¿QUÉ?
- ¿SU PAPÁ?
- ¿Usted cree que papá sale todas las noches de discoteca como usted?
- ¿Y usted?
- ¿QUÉ?
- ¿Y USTED?
- No vengo nunca-se defendió Patricia, indignada. -Nos trajo Vicky
-¿QUÉ?
- ¡VICKY! ¡LA HERMANA DE JEFFERSON! ¿QUIERE CONOCER A JEFFERSON?

   Señaló en la neblina a un mulato pálido, de gafitas redondas y barbita de Trotsky, que bailaba con la mulata de la boca grande. Bailaban como gatos, dándose golpes de cadera. La mulata golpeaba con su culo flexible las nalgas escurridas de Jefferson Calarcá Marroquín. Debía ser Vicky.

- ¿VICKY?
- ¿Qué?

   Se hundieron en la muchedumbre. Y en su lugar brotó Angela, como si surgiera de las aguas. La música cesó, dejando un gran suspiro.

- Bueno, me voy -Patricia le dio un beso. --Ahí viene su niña linda. Hola, qué hubo. Yo soy Patricia. Soy prima de este señor.
- Qué hubo, cómo le va. Angela.
- Bueno, chao.
- ¿Esa es su prima del restaurante?
- No, otra.

       ¡EN EL BARRIO HAY!
       ¡TRES DÍAS DE CARNAVAL!

- Bailemos -dijo Angela-. No se me pierda otra vez.
-¿Yo?
   Pero recordó que tenía que llamar a Foción.

       ¡EN EL BARRIO HAY!
       ¡TRES DÍAS DE CARNAVAL!

   El cantante, un negro joven y fornido, tenía que mantener lejos el micrófono para no reventar los parlantes.

- Espéreme: voy a llamar a mi tío.
- ¿QUÉ?
- ¡MI TIO FOCIÓN! ¡FEDERICO! ¡ESPEREME!

   Atravesó la discoteca como si atravesara un río. Encontró un teléfono a la entrada del baño. Vio bailar a Patricia desmadejada en los brazos de Jefferson, y alzar el rostro Para besarlo. Le dieron celos.

- ¿Tio Foción? Soy Ignacio.
- Ah, mijo ¿cómo estás? ¿Soltaron a tu amigo? El general Gómez me dijo que estaba fichado por veinte lados.
- Sí, tío. Muchísimas gracias.
- Tú también estás fichado, Ignacito. ¿Qué es lo que les pasa a ustedes los muchachos?
- No. Nada. No sé.

   ¿Fichado él? ¿Por qué? El estrépito de la música ahogaba en el teléfono la voz enfisemática de Poción.

- ¡Bueno, gracias tío!
- No me grites, mijo, te oigo divinamente. ¿En dónde andas? Hasta tu tía Clema está oyendo aquí la gritería. ¿Has visto a Patricia?
- No, no, no. -negó Escobar rápidamente.
- Me dijo que anoche la habías llevado a discoteca. No sé, Ignacito. Tal vez es que Clema y yo estamos muy viejos.
- No, tío. . .
   Patricia y la mulata pasaron a su lado, camino del baño.
- Es su papá -dijo Escobar tomando la bocina. Patricia hizo gesticulaciones silenciosas, y huyó. Foción, en el teléfono, tosía, se ahogaba.
- Mijo, en vez de andar en esas: ¿por qué no te vienes a trabajar al banco?
- ¡Por favor, tío! ¡Después hablamos!
- No grites. Te oigo divinamente.
   Colgó por fin. Escobar se abrió paso de nuevo hasta su mesa. Estaba fichado por veinte lados.
- Tengo perico -le dijo Angela. ¿Quiere meterse un pase?

  Sí, necesitaba un pase. Estaba fichado por veinte lados. Volvieron a atravesar la muchedumbre embravecida en dirección al baño. Había cola ante la puerta, y la gente salía restregándose las narices. Debía haber media tonelada de coca en esa discoteca.

- Vicky tenía -explicó Angela. -Siempre tiene.
- ¿Vicky?
- Una amiga mía que es modelo.

    Encerrados en el baño. Escobar besó por fin a Angela, largo y hondo, sintiendo que por fin cedía bajo la suya su boca larga y húmeda, como un sabor lejano y casi imperceptible a vino y a langosta. Pero desde afuera les golpeaban impacientes a la puerta. Metieron rápidamente un pase. Salieron abrazados. Bailaron.

      ¡TU AMOR ES UN PERIO-0-ODICO DE AYE-E-EER!
      QUE A NADIE ¡LE INTERESA YA LE-EER!

    Escobar intentaba recordar con precisión el beso. ¿Así era besar a Angela? ¿Y así de fácil, en fin de cuentas? La veía bailar frente a él, con una sonrisa olvidada en la música que no era ya la sonrisa de Lilith. Miraba el remolino de sus largas piernas, curiosamente independientes. Miró sus propios pies, que también le parecieron seres extraños, animales con vida propia. Miró más pies. Los largos pies de Vicky, calzados de sandalias. Los pies de la gordita vestida de tigresa, con zapatos dorados. Empezaba a conocer ya a todo el mundo. Vicky bailaba con una sonrisa feliz en la ancha boca roja, sin que se le moviera un pelo del peinado afro en el fragor del baile. Más allá vio a Patricia: los senos le saltaban bajo el suéter como si no llevara sostén.

- ¿Me mira? -preguntó Angela.
- Sí, la miro -mintió Escobar. Miraba los senos de Patricia, las caderas de Vicky, unos hombros desnudos más allá, brillantes de sudor, una espalda desnuda que pasaba. Se concentró en sus propios pies, asombrado de ver que se movían. La música cesó de un golpe. Durante un momento vio todavía el movimiento de sus pies en la pista, con un ruido de arrastre. Angela lo tomó de la mano y lo llevó a la mesa.

   Se sentaron ante sus vasos tibios, se besaron de nuevo sin hablar, hasta perder el aliento. La mano de Escobar encerró un seno de Angela y empezó a acariciarlo, y luego se abrió paso por la abertura de la blusa para acariciarlo desnudo, sintiéndolo liso y tibio, ligeramente sudoroso, latiendo contra su palma.

- La quiero. Angela.
- No me quiera. Yo no quiero a nadie.
   Se siguieron besando, ya casi horizontales sobre las sillas inestables. Los interrumpió Patricia, tosiendo varias veces.
- ¿Me presta un minuto a mi primo?
   Se lo llevó a la pista, donde evolucionaban unas cuantas parejas desmayadas y lentas al ritmo de un bolero.
- ¿Habló con papá?
- Sí.
- ¿Qué le dijo de mí? Ay, Ignacio ¿sabe que usted baila mucho mejor de lo que parece? Qué ridiculez los boleros ¿no? ¿Qué le dijo papá?
- Yo le dije que la acababa de ver a usted besando a Jefferson.
- Ay, no sea bobo. . . ¿Además qué tiene de malo? Es mi amante.
- Anoche me dijo que no era su amante.
- Ay, no hablemos de lo de anoche. Ya le dije que le explicaba otro día.
- Hoy es otro día.
- Sí, pero hoy yo estoy con Jefferson y usted está con una niña lindísima. ¿Qué le dijo papá?
- Nada. -Viejo reaccionario y pendejo. . .

   Se apretó contra él. Los boleros no son ninguna ridiculez, por el contrario. Escobar acomodó mejor contra su pecho los senos de Patricia, pequeños y jóvenes. La oyó soltar una risita ahogada.

- Suélteme. Su novia se va a poner celosa.
- No es mi novia.
- Jefferson se va a poner celoso.
- Jefferson no es su amante.
   El bolero moría. Se separaron. Respiraron hondo, al unísono. Rieron. Patricia le dio un beso.
- Bueno, váyase con su vieja esa que le parece más bonita, que yo.
- No me parece más bonita -mintió Escobar.
- ¡Ja!
   La vio alejarse, salir del brazo del mulato trotskista.
- ¿Lo abandonó su prima?
- No sea celosa, Angela. Usted es la mujer más linda del mundo.
- No soy celosa. A mí qué me importa.
   Se besaron un poco, pero había pasado la embriaguez. Salieron a la calle.
- Vamos a mi casa -propuso Escobar.
- A donde esa loca yo no voy ni muerta.
- Angela, no me puede dejar ahí tirado en la mitad de la noche.
   Se dejó besar un instante. Desde el asiento de atrás, Lucas soltó un gruñido y adelantó la cabezota. Angela le dio también a él un beso en el hocico.
- Lléveme a conocer la noche de Bogotá.
   Escobar se sintió agobiado.
- La noche de Bogotá es esto, niña: carros, pitos, semáforos, niños pidiendo plata, de cuando en cuando un muerto. Si quiere se la muestro desde la ventana de mi cuarto: se ve toda.
- No sea bobo. Es en serio, quiero conocer la noche de Bogotá. Quiero saber qué pasa aquí cuando las niñas buenas como yo están en su casa, acostadas.
- No pasa nada.
- Tiene que pasar algo. Lléveme a conocer un burdel.
- Angela por favor. . . ¿Quiere que la contraten?
- A lo mejor. . . -Angela sonrió con una sonrisa enigmática. -Eso es lo que cree Richi que ando haciendo. Bueno, lléveme a otra parte.
- Si no hay nada más. Esto. Restaurantes, discotecas. Ya la llevé a un restaurante y a una discoteca. ¿Quiere que vayamos a otro restaurante y a otra discoteca?
- No, a algo que no sea ni restaurante ni discoteca. A algo real. A la verdadera Bogotá.
- Esto es lo real.
- No puede ser esto. Tiene que haber algo más. Aunque sea un infierno.
- Bueno, hay el infierno, claro. Pero es peligrosísimo.
- Lucas nos defiende.
- Pero niña. . .
- Ay, bueno, Escobar. Usted sí es un cobarde ¿no? Déjeme en mi casa.
   Escobar se resignó.
- Eche hacia el sur. Ahí iremos viendo.

   ¿Qué irían viendo? Angela esperaba un paseo dantesco por el infierno bogotano, y Escobar se daba cuenta de que él tampoco lo conocía. Y había querido hacer un poema épico sobre esa ciudad que ni siquiera conocía. Iba mirando por la ventana, tratando de recordar algún sitio sórdido y espantoso. Discotecas, restaurantes. Un hospital, tal vez; pero no le daban demasiadas ganas. ¿La Universidad? ¿Eso era lo más sórdido y espantoso que conocía en esa ciudad sórdida y espantosa sobre la cual había querido escribir un poema sórdido y espantoso? Veía pasar letreros luminosos inocentes: droguerías, floristerías, relojerías, bares. Todo cerrado. El Séptimo Círculo, en tubos de neón rosados y naranjas que imitaban el crepitar del fuego, le pareció la salvación. Parquearon.

   Era un bar, y no prometía mucho. Tipos solos sentados en la barra con cara de aburridos, putas envejecidas. De parlantes ocultos brotaba en un chorrito pegachento y viscoso la voz de Julio Iglesias. Angela despertó miradas de lascivia en hombres gordos que bebían y fumaban ante mesitas con lámpara, acompañados por muchachas con cara de aburridas en la penumbra malva.

- Oiga, Escobar: Julio Iglesias.
- Es que estamos en el séptimo círculo del infierno.

   Se sentaron en la penumbra del fondo. Pidieron whisky. Iban a acabar borrachos, acodados en la barra con cara de aburridos. Se cortó Julio Iglesias en la mitad de un glogloteo de voz, y de los parlantes surgió una voz entusiasta:

- ¡Y ahora señores! ¡An nau yéntlemen! ¡El Séptimo Círculo se complace en presentarles! ¡Di Séven Circl is japi tu prisént! ¡El único! !Di onli! ¡El mejor! ¡Di best! ¡El auténtico! ¡Di autentic! ¡STRIP TISSSS!!!. . . ¡Con las mejores muchachas! ¡Di moust biútiful guirls! ¡de la noche de Bogotá! ¡of di nait of Bogotá! ¡La Atenas! ¡Di Atenas! ¡Suramericana! ¡of Sauz América!

   Se oyó un redoble de tambores y luego las primeras notas de La Marsellesa. Se abrieron, bamboleantes, las cortinas plateadas de un minúsculo escenario en el fondo de la pista de baile. En las mesas hubo algunos aplausos. Se encendieron luces de colores y salió al escenario una joven vestida con velos de muselina y ajorcas de metal, parpadeante bajo los reflectores.

- ¡Cleopatra, reina de Babilonia! ¡Cleopatra, cuín of Babilonia! -anunció el parlante, y dio paso a una música oriental. Cleopatra hizo serpentear los brazos, esbozó los pasos de una danza. Una esclava negra encadenada empezó a despojarla de sus velos al ritmo de la música. Cuando quedó desnuda, con un corazoncito de lame dorado sobre el centro del sexo, cesó la música. Las dos mujeres saludaron entre vaharadas dulzonas de sudor y maquillaje, y recibieron un aplauso disperso.

   Luego salió Rosita, la Colegiala -lítel Ros, di sculguerl-una falsa rubia de trenzas con una maleta llena de libros, falda de cuadritos y medias tobilleras. Se desvistió contoneándose, conservando sólo un corazoncito color rosa sobre el sexo.

- ¡Pobres niñas. . .! -comentó Angela.
- Es la noche de Bogotá -explicó Escobar, tratando de besarla.

   Salió entonces Pascale, la Francesita. -Pascale, di lítel french- que tenía unos senos enormes. Y luego nuevamente la esclava del primer número, sólo que ahora era Irina, la mujer pantera, y la sacaban en una jaula, gruñendo y dando vueltas en cuatro patas mientras sonaba la música de circo. El número siguiente se llamaba la Consulta, di chekap: Cleopatra, vestida de médico, auscultaba los senos de la francesita con un estetoscopio y acababa fingiendo que la violaba sobre una rudimentaria mesa de quirófano. Y en el otro -Las Amigas, De Gud frends- la negra y la falsa rubia se acariciaban y se besaban sobre la misma mesa, cubierta ahora de almohadas y cojines de raso. Luego se cerraron definitivamente las cortinas del escenario y volvió a cantar Julio Iglesias.

   Escobar las vio salir una por una, ya vestidas, de detrás de la barra. La negra se despidió del barman con un beso, y los dos rieron por algún motivo, y ella salió a la calle del brazo de Cleopatra, que llevaba un bebé dormido. La falsa rubia se quedó en la barra intentando despertar a un borracho. Pascale la francesita, se sentó en una mesa con tres de los hombres gordos. Le hacían chistes procaces y le palpaban los senos gigantescos, ahora contenidos a medias por una especie de corsé.

- ¡Pobres niñas. . ..! -repitió Angela. Escobar estaba pensando en cómo podría incluir algo por el estilo en su poema épico de La Bogoteida. Julio Iglesias fue nuevamente interrumpido en la mitad de una canción, y de nuevo se oyó el redoble de tambor y el comienzo de La Marsellesa.

- ¡Y ahora, señores! ¡An nau yéntlemen! ¡La superestrella internacional de la canción erótica! ¡De super-star of di erotic song! ¡La famosa Voz Erótica de América! ¡De feimous vois of América! ¡La bellísima! ¡De biútiful! ¡La sensacional! ¡De incrédibel! ¡La incomparable!. . .¡¡SAMANTHA!!!!

   Sonó una marea estruendosa de cuerdas y de cobres, y se abrieron las cortinas plateadas del escenario. Angela le dio un codazo a Escobar:

¿Oye? La obertura de Tanhauser.

   Salió una muchacha vestida con un abrigo largo de cuero negro y botas de montar, y una cachucha de visera de oficial nazi. Hizo unos pasos de baile. Escobar apretó el codo de Angela y la besó en el cuello.

- No se burle. Bailar música seria es increíble. Es que esta niña no sabe, pero con Wagner se baila increíble, no crea.

   La incomparable Samantha renunció pronto, y se quitó el abrigo de cuero y la cachucha de oficial SS mientras el barman instalaba un micrófono en el escenario. Debajo del abrigo estaba desnuda, salvo por un complicado arnés de correas negras que le ceñía el torso y las caderas, con aros de cuero en torno a los senos erguidos y una correa de cuero que se perdía en la línea de sus nalgas. Se paró ante el micrófono, abierto al compás de las piernas y una mano apoyada en la cadera. En la otra tenía una fusta de montar, con la cual se azotaba levemente las botas.

- Bueno, ésta por lo menos tiene bonito cuerpo- dijo Angela.
   Pero Escobar miraba la cara de Samantha, ya sin la gorra de oficial, reconociéndola.

Los ojos negros, la mirada perdida, la piel morena y mate, la boca fina y corta. Una vez, hacía tiempos, le había escrito un soneto:

           Cecilia, mi amor te esquiva.
           Ya lo ves: se finge inerte.
           De tanto querer quererte
           no te quiere fugitiva. . . .

   Reconocía sus senitos erguidos y puntudos, con el pezón oscuro, el denso vello de su vientre. Hacía meses. Desde aquella noche, no había vuelto a ver a Fina. ¿Qué había pasado con Fina? Le vino una avalancha de recuerdos. Fina llorando, Edén Morán Marín en el orinal de un bar, su fiasco con Cecilia, que ahora se llamaba Samantha. Seguía linda. Cantaba con voz ronca, muy cerca del micrófono para hacerla sensual, marcando el compás con ligeros fustazos en las botas, contoneándose con lascivia un poco perezosa en sus arreos de cuero, al son de una música lancinante que ya no era Wagner, que sonaba más bien a violín zíngaro:

- Mi amante
  es el diablo.
   Y suspiraba, y hacía ruidos sensuales en el micrófono.
- Mai Lover
  is de devil.
    Y nuevamente suspiraba, y se acariciaba el cuerpo con las manos abiertas.
- Mon amán
  sé le diáb.

   La voz políglota de América. Con un dedo distraído, Escobar acariciaba el cuello de Angela, absorto. Angela le puso una mano delante de los ojos. Volvió en sí.

- Perdón -se disculpó.-Es que a esta niña la conozco.
- Usted no puede tener tantas primas, Escobar.
- Esta no es prima. Cuando la conocí, era puta. Bueno, puta. . . era estudiante. Fue una noche complicadísima. Han pasado meses.

   Angela miraba a Cecilia con los ojos entrecerrados, impenetrables, amarillos: ojos de gato montés.

- ¿Qué ha hecho usted en estos meses? Desde la noche aquella en que nos conocimos donde su hermana?
- No sé. Uuuf. Hace tiempos, ¿no? Peleé con Inga, me separé de Richi. . . Desde que me separé no hago más que tener novios. No sé qué me pasa.

   Escobar sintió celos. Recordó a Cecilia, hacía tiempos, le había dicho que había conocido mil hombres.

¿Cuántos novios? ¿Mil?
- No sea bobo. Mil hombres, imagínese. . . No hay.

   Sonrió con su larga sonrisa, perversa en las comisuras. Le dio un beso en la boca, se abrazó a él dándole cortos besos en el cuello. Escobar la besó también, y se perdieron hasta que cesó la canción ronca de Cecilia, y se oyeron aplausos. - ¡Divina! -gritaba Pascale, la francesita, en la mesa de los tres gordos. -¡Divina, Samantha! ¡Charmante! -y aplaudía como loca. Dos de los gordos también aplaudían. El tercero tenía el rostro enterrado entre los enormes senos blancos de Pascale, que parecía no darse cuenta. Escobar y Angela aplaudieron. Cecilia saludó inclinándose, sin sonreír, se volvió de cara al fondo y se inclinó de nuevo, mostrándole al público las ancas abiertas. Hubo más aplausos, Y algún rugido por parte de los señores gordos. Cecilia volvió a saludar y se retiró. Y ya se quedaron con Julio Iglesias para siempre.

   Cecilia salió luego por detrás de la barra, con un abriguito gris y zapatos altos de tacón de aguja. Escobar se levantó, la tomó por el codo cuando llegaba a la puerta.

- ¡Cecilia!
   Cecilia -o Samantha- se volvió sin reconocerlo. Entre mil hombres, imposible.
- ¿Nos conocemos? -interrogó. Y siguió, sin pausa. -Ole quihubo, usted sí ni más ¿no? Bueno, me voy, se me hace tarde, chaito.
- Ven y te tomas un trago con nosotros.
- ¿Usted está con esos? Ni muerta. Nos vemos otro día ¿oquei?
   Pero acabó cediendo, encogiéndose de hombros, indiferente, disponible. Las presentó a las dos.
- Angela, Angela. . . Me suena, ole. ¿Yo a usted de qué la conozco? ¿Usted no trabaja en donde doña Blanca?
   Angela se atragantó. Escobar intervino.
- Usted no me había dicho que trabajaba en donde doña Blanca, Angela.
- ¡Ay, Escobar, no sea bobo!
   De la mesa de los tres gordos les llegó la voz aguda de la francesita:
- ¡Samantha! ¡Divina, Samantha! ¿Que si te quieres venir a sentar con nosotros?
- Hola, Paséale, quihubo. No, yo aquí con éste y una amiga. Nos vemos. - Se inclinó hacia Escobar, le murmuró al oído: -Con esos tres, ni muerta. El grandote es el coronel Buendía.
   Escobar no supo qué decir.
- ¡Ah. . .! ¿Y los otros?
- El otro es un senador que lo llaman el Puma. De lo peor. El otro si no sé, no lo conozco. Pero si anda con esos debe ser también de algo de coca.

   Pidieron más whiskies. Cecilia le hizo un guiño al camarero, diciéndole que les trajera del bueno, del de contrabando. Julio Iglesias se interrumpió de nuevo, y los parlantes anunciaron a la más grande, la más famosa, la más popular orquesta del Caribe: los únicos, los verdaderos, los famosos, esta noche en el Séptimo Círculo como todas las noches para su distinguida clientela, . . . ¡ ¡LOS AUTEN- TICOSSSS!!!

   Eran otros Auténticos. De bigote y corbatín, vestidos de cubanos, con trompetas. El cantante empezó a cantar canciones con la voz de Julio Iglesias.

- ¡Ay, Julio, divino. . . ! -se extasió Cecilia. -Saqueme a bailar ¿oquei?

   Salió a bailar con Cecilia, que olía a sudor bajo su abrigo gris. Pero era un olor fresco, de sudor recién hecho. Vio que el coronel Buendía se ponía en pie, se acomodaba la pretina y se dirigía a Angela. Angela hizo que no con la cabeza. El coronel Buendía se colocó un pañuelo blanco sobre la ancha palma, e insistió. Cecilia bailaba floja en brazos de Escobar, con los ojos cerrados, tarareando la canción con su voz erótica de Samantha. Escobar vio que Angela se levantaba al fin y salía a bailar con el coronel. El de anteojos negros seguía quieto en su silla. El senador manoseaba los senos de Pascale, que se esforzaba en vano por sacarlo a bailar. Involuntariamente, Escobar tropezó con la ancha espalda del coronel Buendía, que le hizo una ligera inclinación de cabeza.

   Bailaron toda la tanda. Cecilia dijo entonces que más bien se sentaran ¿oquei? Angela debió decirle lo mismo al coronel, que la devolvió ceremoniosamente a su mesa y estrechó la mano de Escobar:

- Coronel Buendía, un amigo más.

   Pascale, la francesita, bailaba ahora feliz en la pista desierta, agitando frenéticamente sus senos colosales. El senador se balanceaba frente a ella como un enorme simio, brillante de sudor. Cecilia se levantó y dijo que ya volvía, ¿oquei? y se fue a hablar con el barman.

- ¿Cómo le ha parecido la noche de Bogotá? -preguntó Escobar. La vi bailando muy apambichada, de lo más chévere.
- ¡Ay, Escobar, no sea bobo! El tipo trataba de amacizarme, y yo a no dejarme, trancándolo así con el codo. Pero el tipo es fuertísimo, y me apretaba toda contra la barrigota. ¿Y sabe qué? ¡Tiene una pistola enorme entre los pantalones! Yo estaba aterrada.
- A lo mejor no era una pistola.
- ¡Ay no sea bobo! Es del servicio de Inteligencia del Ejército, me dijo. ¿Sabe que yo en la vida había conocido un militar? Déme un beso, que el tipo nos está mirando.
   Escobar la besó.
- ¿De quién son ojitos lindos? me decía. ¡Me quería besar! ¿Se imagina? Increíble. Bueno, usted también estaba bailando bien amacizado con su amigota Cecilia.
- Es distinto. Yo a ella la conozco de antes. Usted estaba bailando con un desconocido, un coronel del servicio de Inteligencia del Ejército.
- Me invitó a su finca ¿sabe? Tiene una finca inmensa en Montería, me dijo. Que cuando quiera vamos en su avioneta.
   Cecilia regresó.
- Tengo perico -dijo. -Le compré a Diamantino, el del bar. Pero eso sí, me lo pagan ¿oquei? Usted tiene cara de no pagar, flaco.

  Las dos mujeres desaparecieron en el baño, y Escobar se quedó esperando su turno. Sentía clavados en la nuca los ojos inmóviles del coronel Buendía. Pidió la cuenta.

- Nos vamos -anunció cuando volvieron Cecilia y Angela.
- ¿Ole, y su pase, flaco? Pero eso sí me lo paga, pendeja si no soy. ¡Ay, oles! ¿Puedo salir con ustedes? Yo lo que es con éstos no me quedo ni muerta.

   Salieron los tres juntos. El coronel Buendía murmuró algo en el oído de su inmóvil compañero de anteojos oscuros, que se levantó de inmediato y los detuvo cuando llegaban a la puerta, poniendo una mano pesada en el hombro de Escobar.

- Que manda decir mi coronel que no se muevan sus personas.

   Escobar sintió un escalofrío en el bajo vientre. Angela se apretó contra él de un lado, y Cecilia del otro. El gordo de anteojos oscuros se paró bloqueando la salida, llevándose mano a la pretina de los pantalones. Al cabo de un momento llegó el coronel.

- Mis respetos, señorita Bettina -dijo, dirigiéndose a Angela. -Y a usted también, caballero, ¿Me harían el honor de tomarse un trago conmigo?

   Volvieron a entrar. El coronel les presentó a su amigo, el senador Pumarejo, Pascale, la francesita, dio emocionados besos a Cecilia y a Angela y le tendió la mano a Escobar, diciéndole risueña:

- Enchantée, monsieur.

   Escobar le besó la mano. Tenía las suyas empapadas de sudor. El coronel Buendía pidió whisky, insistió en cambiar dos veces la botella. Brindaron.

- Me repite su nombre, si es tan gentil. - Ignacio Escobar -dijo Escobar con la boca reseca, volviendo a beber. El coronel cerró un instante los ojos, concentrándose.
- Ah.
  Sacó su pañuelo, lo colocó sobre su ancha palma, e invitó a bailar a Angela:
- ¿Me concede esta pieza? Si el doctor Escobar no se molesta, por supuesto.
   Angela, pálida, salió a bailar. El coronel le murmuraba cosas en el oído. Cecilia le dijo a Escobar en voz baja.
- Se ganó la lotería su amiga, flaco. . . Si le va bien. Ese coronel Buendía es teso.

   Escobar los miró bailar con un nudo en el vientre. Angela le decía que no al coronel, sonriendo. El senador Pumarejo soltó a la francesita y abrazó los hombros de Cecilia, que se estremeció en su abriguito gris ratón y se soltó, apretujándose contra Escobar.

- ¡A este es que lo odio, flaco! -le cuchicheó-. Es peor que el coronel porque es más...   más sucio. No deje que me toque, flaco.

 

CONTINUAR

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