Sin Remedio
Antonio Caballero
© Derechos Reservados de Autor

 

VII

 

   Era Ana María, embarazada como un globo, llorando. Se arrojó en sus brazos. Jadeaba de la subida de los tres pisos, y las lágrimas le bañaban la cara y el cuello, temblaba como si tuviera fiebre. Escobar temió que fuera a parir -o a abortar- de un momento a otro, y se llenó de horror. ¿Qué hacer? Le dio palmaditas en la espalda, en la nuca, abrazándola.

- Ana María, Ana María ¿qué pasa? Cálmate, niña, cálmate. ¿Quieres algo? -no se le ocurría qué ofrecerle-¿Quieres agua?
  ¿Quieres que llame a un médico?
- ¡Federico! -gritó Ana María, desgarrada.
- ¿Quieres que llame a Federico?
- ¡Se llevaron a Federico! -Ana María se dejó caer en el sofá, llorando. Mierda, se habían llevado a Federico. ¿Pero quién?
- No, Ana María, tranquilízate: a lo mejor no es eso. Puede ser que Federico...
- ¡Escobar, por Dios! ¡Te estoy diciendo que se llevaron a Federico! ¡Haz algo!
   ¿Hacer algo? ¿Qué?
- A ver, Ana María, cálmate. ¿Quién se llevó a Federico? ¿A dónde?
- ¡Yo qué se! ¡Se lo llevaron preso! ¡Pero por favor, Escobar, no te quedes ahí parado como un idiota, haz algo!
- ¿Preso?
- ¡Preso! ¡Preso, preso, preso, preso! ¡Por imbécil! ¿No ves que llegaron y allanaron la casa, y el muy imbécil...! - se le quebró otra vez la voz en un berrido.
- ¿Y el muy imbécil qué? -ayudó a Escobar.
- ¡Allanaron la casa, imbécil! -rugió Ana María. -Te llamé, pero tu teléfono... -Escobar miró su teléfono: la bocina estaba descolgada, como la había dejado hacia ya días, tal vez semanas.
- ¿Quién allanó?
- La policía, imbécil, o el ejército. Yo qué voy a saber. Un tenientico de bigotico y botas. Soldados. El ejército. ¿No sabes que andan haciendo allanamientos por todo Bogotá, metiendo preso a todo el mundo? ¡Haz algo!
- ¿Pero hacer qué?
- Algo, no sé. Ayúdame. Haz algo. Mira cómo estoy yo
- se tentó el vientre con la mano abierta-, y Mateo allá en la casa, solo, bueno, solo no, en manos de mi hermana, que no tiene ni idea, y de Berenice. ¡Escobar, por Dios! ¡Haz algo!
- ¡Pero qué quieres que haga, carajo! ¿Organizar el rescate? ¿Dar el asalto al cuartel? ¿A qué cuartel?
- No seas imbécil. Llama a alguien. Tú tienes tíos influyentes. Llama a tus tíos, haz que suelten a Federico.
- Pero mis tíos... Por favor, Ana María, ¿tú crees que yo puedo llamar a mis tíos y decirles: tío, que suelten a Federico, que es amigo mío?
   Ana María lo miró con mirada asesina. Se secó las lágrimas. Escobar la vio dispuesta a irse.
- Bueno, espera, voy a ver. Pero cálmate, por Dios.

   Ah, pero llamar a sus tíos, qué tormento. ¿Decirles qué? A Foción. Sí, podía llamar a Foción. ¿Dónde tendría apuntado el número de teléfono de Foción? Ah, no, no tener que llamar a Foción... Aguantar regaño: trabaje, mijo, etcétera. Bueno, sí: llamaría a Foción.

- Pero tranquilízate.
  Intentó llamar. El teléfono estaba muerto.
- Está muerto el teléfono. Es que lleva semanas descolgado. Esperemos a ver si dentro de un rato vuelve a funcionar.
- ¡No seas imbécil! ¿Y que mientras tanto torturen a Federico?
- No exageres.
- No exagero. Ve. Vete. Ve a buscarlo.
- Ya voy. Ya voy. ¿Quieres algo? ¿Qué quieres? ¿Un trago? -no se le ocurría nada que ofrecerle. -¿Quieres leer un poema que estoy escribiendo?
- ¡No, imbécil! ¿No ves que Federico está preso y lo están torturando? ¡Ve a buscar a tus tíos!

   Salió. Ah, tener que ir a ver a Foción. ¿En dónde quedaría la oficina de Foción? Ya no eran horas de oficina. No se hacen allanamientos en horas de oficina, por lo visto. Iría a donde su madre. Había pensado no volver jamás a la casa de su madre, ni siquiera por plata. No tenía madre. Pero bueno. Iría a la casa de su madre.

   Llegó a la casa de su madre y encontró lo de siempre: los jardines, los perros, la familia. En Bogotá no pasa nada nada/nada/nada... Los tíos, las tías, los primos, Lulucita Pineda, monseñor Boterito Jaramillo. Lo recibieron como si no pasara nada: Ignacio, qué milagro.

- Mijo.
- Mamá.
- Te he estado llamando. No contestas nunca. Estoy tan sola...

   Ricardito Patiño le hizo carantoñas y señas con la mano. Había nacido entre los dos, al parecer, una gran amistad. Primos, primas. La prima flaca lo saludó ruborizada. ¿Le diría que llevaba semanas escribiendo un poema sobre la Sabana? No, no se lo diría. Su tío Foción no estaba.

- Debe llegar ahorita -dijo doña Leonor. Y luego, seria:
- Mijo, deberías casarte de una vez con esa novia caleña tuya. Es un amor. ¿Cómo? ¿Fina otra vez? ¿De dónde había salido?
- ¿La has visto?
- Sí. Te hemos estado llamando, pero tú nunca contestas.
- Está dañado mi teléfono.
- Es un amor de niña, mijo. Se la pasa viniendo a almorzar.
   A veces me lee libros -estoy tan vieja, mijo... Ya no puedo ni leer. Hablamos. Pregunta mucho por tí.
- Una linda muchacha -confirmó monseñor Boterito Jaramillo.
- Hemos hablado mucho de tí.

   ¿Fina? Imposible. ¿Qué podía hacer Fina hablando con doña Leonor? ¿De qué hablarían? De polistas argentinos, se dijo, despechado. Pero no tenía tiempo: en las mazmorras de un cuartel estaban torturando a Federico.

- ¿Y Foción?
- Ahorita viene. No seas tan impaciente, mijo.
- Tó-tó-tómate algo -sugirió Ricardito Patiño.
   Escobar se sirvió un whisky.
- A lo mejor llega tu novia -lo animó su mamá. - A veces viene por las tardes.

   Sí, esperaría. Tenía que ver a Fina: saber por qué se había ido -¿hacía ya cuánto tiempo? ¿Un mes? ¿Dos? Si quería saber de él ¿por qué no volvía? ¿Y qué era esa locura de haberse hecho amiga de su mamá?

- Deberías casarte y tener un hijo, mijo.
- No, mamá. Eso ya lo hemos hablado veinte veces. No.

   Otra vez resucitaban sus viejos problemas. Más los nuevos. Ana María ni siquiera había querido echarle una ojeada a su poema. Era comprensible, claro: a lo mejor estaban torturando a Federico. La revolución, además. Los compañeros Douglas y Zoraida. La vida es terriblemente complicada. ¿Por dónde empezar?

   Foción entraba por fin en el salón, enorme, enfisemático, cojeante, jadeante, apoyando todo su peso en el hombro de una niña cubierta hasta los pies por su ruana, con cara de mal humor. Doña Leonor insistía.

- Ya vas volviéndote viejo, mijo. Y Hennita se pondría feliz.
- ¿QUIEN? -no creía sus oídos.
- Hennita. Tu novia.

  ¡Henna! Soltó un bufido, sintiendo que le estallaban de furor los globos de los ojos. ¡Henna otra vez! ¡Otra vez la misma vaina! ¿Jamás podría escapar de Henna? ¿Y Henna con qué derecho...? Renacía el viejo odio, que creía ya olvidado. ¿Hasta cuándo? ¿Y por qué venía aquí? Si la había echado a patadas de su casa no era para encontrársela después haciéndole visita a su mamá. ¡Ah, no! ¡No más Henna, por Dios! Acabó su whisky de un sorbo y se acercó a Foción para plantearle el tema del allanamiento.

- Quihubo, Ignacio, qué milagro -lo saludó la niña de la ruana: la reconoció entonces: la sonrisa entreabierta mostrando dientes muy blancos, en un gesto vagamente adenoideo, los ojos negros, hundidos, ligeramente estrábicos. La hija de Foción y la tía Clemencita. ¿Cómo se llamaba? ¿Clemencita? No. ¿Camila?
- ¿No se acuerda de mí? Soy Patricia.

   Patricia, eso era. La saludó de un beso en la mejilla: le sorprendió que ella volviera el rostro para recibir el beso en los labios. ¿Qué edad tendría? A primera vista parecía bastante bonita. La recordaba como una gordita corretona.

- Es que hacía años que no la veía. Se ha vuelto linda, Patricia. La felicito.
- ¿Usted viene mucho por aquí? -interrogó Patricia.
- Yo no vengo nunca. Odio a la familia. Pero a veces me toca venir a traer a papá.
- Yo también -dijo vagamente Escobar.
- ¿A usted no le parece asquerosa toda esta burguesía de mierda? -volvió a interrogar Patricia. El "mierda" le sonaba forzado, desafiante. -A mí a veces me dan ganas de vomitar. ¿No le parece que habría que hacer una revolución? ¡Rátat-tat-ta-tata-tat-tat-ta-ta-tata-ta-ta! -simuló con la boca el ruido de una ametralladora, acribillando en derredor primas y primos, tías, tíos, muebles ingleses, porcelanas, cortinas, Lulucita Pineda.

   La dejó. Tenía bonitas cejas, gruesas, negras. Bonita cara, en general, con los labios hinchados y tiernos, y el pelo oscuro inflado sobre la nuca como un casco. De vieja, sin embargo, se volvería como Foción. A lo mejor Foción, de joven, había sido un temible revolucionario. Se dirigió a su mole en el sillón de cuero:

- Tío, te tengo que pedir un favor.
- Si es plata, de una vez es no, mijo. Pídele a tu mamá, que es la rica de la familia -rio entre toses, y prosiguió, pensando en otra cosa: -¿Me dice tu mamá que te casas pronto?
- No -dijo Escobar, tajante. Henna de mierda. Quién sabe qué complots había estado tramando a sus espaldas, abusando de la inocencia y de la senectud de su pobre mamá. Su mamá también era una mierda, y no tenía nada de inocente. ¿Por qué había vuelto a poner los pies en esa casa? (Tampoco recordaba exactamente por qué se había ido). Ah, sí: debían estar torturando a Federico.
- Tío, es urgente. Ven, vamos al salón francés y te explico.
- ¿Que me vuelva a parar? -protestó Foción, escandalizado. -Después, mijo, después. Ahora me estoy tomando un whisky.
- Tó-tó-tómate otrico -le propuso a Escobar Ricardito Patiño.

   Escobar se tomó otrico. (A lo mejor estaban torturando a Federico ¿pero qué podía hacer?)

   Casi inmediatamente, sin embargo, Foción empezó a hacer grandes esfuerzos para ponerse en pie, quería ir a hacer pipí. Lo ayudó a alzarse, le dio el brazo para llevarlo al baño. Pero Patricia vino también con ellos. Foción se dejaba ir sobre su cuello con todo el peso de su cuerpo. ¿Hablar delante de ella? Se echó al agua:

- Mira, tío: es un amigo mío que metieron preso. Es a ver si tú...

   Resoplando, Foción entró en el baño y le cerró la puerta. Se quedó parado ante la puerta, frente a su prima, que lo miró burlona.

- ¿Coca, primo?
- ¿Qué?
- ¿Un amigo coquero?

   Se escandalizó un poco. ¿Ya las gorditas corretonas andaban en Bogotá metiendo coca? La corrupción de la capa de terratenientes, señores de la guerra y burguesía compradora, o como fuera la cosa. Mao Tsé tung tenía razón. ¿Qué edad tendría esa niña? No podía tener veinte años. Era bonita. La cara, al menos: bajo la ruana hasta los pies no se le veía el cuerpo. Decidió deslumbrarla.

- No... Una cosa política.
   Vio que, efectivamente, lo miraba con más respeto.
- ¿Trotsko? -preguntó, con los ojos brillantes.
- ¿Qué?
- ¿Trotskista?
- No... -empezó a sentirse avergonzado: al fin y al cabo estaban torturando a Federico -¿Usted es trotskista?
- ¿A usted qué le importa? -replicó la prima, desafiante.

   Callaron los dos. En el baño se oían ruidos terribles. Patricia intentó desviar su atención:

-Ignacio: ¿es verdad que se casa?
- ¡No!
- Pues le advierto que si no le apura, Ernestico Espinosa le va a quitar a su novia.
- No tengo novia.
- La caleña.
- No es mi novia. ¿Está de novia de Ernestico Espinosa?
- Pues ella dice que es novia suya, y se la pasa hablando de usted. Pero se la pasan juntos.

  ¿Henna con Ernestico, repulsivo cardiólogo? Sintió una punzada de celos, o de rabia. Henna era repugnante, y la odiaba. Pero de ahí a que se acostara con Ernestico Espinosa había un abismo. Porque se acostaba con él, lo sabía: la conocía. No había derecho. Henna era suya.

- Es un bicho asqueroso.
- ¿Mi novia caleña? No es mi novia.
- No. Ernestico Espinosa. Se la pasa tratando de cogerme las tetas.

   Se las miró. No se veían, bajo la ruana. "Tetas" le sonaba tan falso como el "mierda" de hacía un rato: demasiado deliberado, demasiado retador. Se estaba emancipando. Patricia prosiguió:

- No se case, Ignacio, no sea pendejo. Más bien siga viviendo con ella.
- No es mi novia. Y no vivo con ella.
- No se haga el bobo, Ignacio, no hay para qué. Aquí todo el mundo sabe que viven juntos, empezando por su mamá. Claro, como usted es hombre, no dicen nada... Y ella es caleña, claro.

   Se quedó un instante enfurruñada, silenciosa, juzgando el peso de la injusticia:

- Usted no sabe lo difícil que es ser mujer, Ignacio. Papá es un viejo reaccionario y retrógrado.

   Le inspiró cierta ternura: qué joven era. ¿Tendría bonitas tetas? Tendría que preguntarle al novio de su novia.

- ¿Usted tiene novio?
- Novio no. Amante.

   Alzó el rostro, desafiante, con la boca entreabierta en su gesto adenoideo y chispeantes los ojitos hundidos bajo las gruesas cejas. Le dieron ganas de besarla. Qué joven era.
   ¿Qué edad podría tener?

- ¿Lo conozco?
- No creo... Es de otra clase social. -Lo dijo con sorna, recalcando lo de "clase social", como entrecomillándolo.
- Lo que importa no es el origen de clase -dijo Escobar, sesudo- sino la posición de clase.

  Patricia quedó deslumbrada. Qué joven era.

- ¿Usted es trotskista, Ignacio?
- ¿Trotskista? -¿le diría que sí? Le gustaba cada vez más: era increíble que fuera hija de Foción, esa masa de carne.
- No... Trotskista no. ¿Su... amante es trotskista?
- Es el secretario general del Partido Socialista de los Trabajadores -reveló Patricia con jactancia.
- Ah, sí... -dijo Escobar, al desgaire. -Jefferson Calarcá Marroquín.

   El mismo quedó asombrado por su propia rapidez mental. Patricia lo miró con sorpresa.

- ¿Lo conoce?
- No. He oído hablar. Un tipo que se tira a todas las niñas hablándoles de la revolución proletaria.
- ¡Jefferson no es así! -gritó Patricia, hecha una fiera. Escobar se rio, agravando las cosas. Pero entonces Foción salió del baño, exhausto. Tenía una enorme mancha húmeda en la amplia bragueta.
- A ver, mijo, ahora sí: qué es lo que quieres. Plata no, ya te dije.
- Plata, plata, siempre hablando de plata -refunfuñó Patricia, rabiosa. Foción se apoyó en el hombro de Escobar.
- Figúrate, mijo, que esta niñita nos ha salido comunista.
   Patricia puso los ojos en blanco. Foción rio, tosiendo.
- Ya te digo, mijo: cuando quieras, te consigo un puesto en el banco.
- No, no es eso, tío. Es un amigo mío que...
- Es que tú no puedes seguir con esa pendejada de la literatura, Ignacio. Mira al pobre Ricardo. Tú ahora estás bien, pero la plata de tu mamá se va a acabar un día.

   Escobar sintió un escalofrío. No se le había ocurrido que la plata de doña Leonor se fuera a acabar Jamás. No quería volverse como Ricardito Patiño.

-¿De veras, tío? No me digas.
   Patricia lo miró con desprecio.
- No -lo tranquilizó Foción. -Pero este país va para el comunismo. Pregúntale a Patricia.
   Patricia le lanzó una mirada asesina.
- Mira, tío, es un amigo mío, que lo metieron preso esta tarde. Y es a ver si tú puedes hablar con alguien para que lo suelten.
- ¿Por qué lo metieron preso? Uno no debe tener amigos presos.
- No sé. No sé bien. Por política, supongo.
- No digas pendejadas. Aquí no meten a nadie preso por política
- ¡Ay, papá! -intervino Patricia-¡Tú sabes perfectamente que sí, no seas hipócrita!

   Foción, que había echado a andar hacia el salón, se detuvo, apoyado en el brazo de Escobar.

- ¡Mírala, Ignacito: soy su padre, y mira cómo me irrespeta. Y con Clemencita es igual, no creas.
   Echó a andar nuevamente, murmurando:
- Así que por política... Sí, claro: puedo llamar a alguien. Pero no sé. Si está preso, es por algo.
- Por nada, tío, te aseguro. -La palabra "secuestros" le pasó por la mente como un relámpago: no le había preguntado detalles a Ana María. Ah, la acción, la acción, qué error. -Nada. Cosas de política, me imagino. Están metiendo presa a mucha gente, tú sabes.

   Foción volvió a detenerse, acezante:

- Ignacito, es que ustedes los jóvenes no pueden, y perdóname la palabra, joder tanto.
   Patricia saltó:
- ¡Ah, claro! ¡Y en cambio cuando yo digo "joder" hay que ver cómo te pones, pero tú sí, claro!

   Esta vez fue Foción el que puso los ojos en blanco. Conflicto de generaciones. Y mientras tanto debían estar torturando a Federico. Insistió:

- Tú debes conocerlo, tío Foción. Es Federico Ospina, sobrino de tu amigo Rodrigo. Es amigo tuyo ¿no?
- ¡Ah, sobrino de Rodrigón! Hijo de Federico, me imagino. ¿En qué anda Federico? Hace años que no sé de él. - Está preso, tío.
- No seas bobo, mijo: Federico papá.
- No sé bien... Creo que se murió hace años. -¡No me digas! No supe. O tal vez sí. Algo me comentó Rodrigón en la junta del banco. Era un señor, Federico. Ellos siempre fueron muy ricos, hasta la crisis, por lo menos. Después ya no tanto. ¿Y Blanca vive? Era una linda muchacha, en su tiempo. Fue reina de los estudiantes en Medellín, me imagino que te habrá contado tu amigo Federico. Ella era hija o es, porque todavía vive -de don Florentino Plata, que era como tú sabes muy amigo de papá, y muy amigo sobre todo de tío Miguel Ignacio, que era el menor...

   Escobar y Patricia pusieron simultáneamente los ojos en blanco. Patricia soltó una carcajada. Foción se interrumpió, ofendido:

- Ya sé que estas cosas a tí no te interesan, mijita, pero a tu primo Ignacio sí. Es la historia de la familia. Es la historia de este país.
   Echó a andar otra vez.
- ¿Y qué hace tu amigo Federico? ¿Trabaja? Ellos eran muy ricos.
- Es escultor.
  Foción bufó.
- Si trabajara no pasarían estas cosas.

   Ya entraban otra vez en el salón, en el calor de la familia. Foción recuperó su silla, reclamó un nuevo whisky. La prima flaca vino a hacerle fiestas a Patricia, con los ojos brillantes.

- ¡Ay, Patricia! ¿sabe qué? ¡Estoy esperando bebé! ¿No le parece divino?
   Patricia se encogió de hombros, indiferente. Le murmuró a Escobar por la comisura, en un susurro silbilante:
- No me la resisssssto.

   Se había creado entre los dos una complicidad, por lo visto. Pero la prima flaca no era como para no resistírsela, pobre: turbado, observó el palpitar de su vena en el cuello, bajo el collar de perlas.

- ¿Y usted nada que se casa, Patricia? Tío Foción nos ha dicho que ahora tiene novio.
- Novio no. Amante -corrigió Patricia, desafiante. La prima flaca se ruborizó toda, cambió de conversación:
- ¿Y usted, Ignacio? El otro día conocí a su novia. Muy querida.
- No es mi novia -corrigió Escobar. -Y no es muy querida.

   Pero pensó que Henna podía llegar en cualquier momento, y todavía no había logrado que Foción hiciera algo por sacar a Federico de la cárcel. Se acercó a Foción. Lulucita Pineda lo atrapó a la pasada:

- Muy querida tu novia, mijo -dijo, negando con la cabeza.
-Leonor me cuenta que es caleña. Pero en Cali hay niñas muy queridas.
   Ignoró a Lulucita. Se inclinó sobre su tío Foción, le cuchicheó al oído:
- Por favor, tío, es urgente.
   Foción lo apartó con un gesto impaciente de la mano:
- Después, mijo, después.
  Doña Leonor alzó la voz desde lo hondo de su sillón, junto a la chimenea:
- ¿Qué son esos secretos que tienes con Focias, mijo? Si es plata, pídeme a mí. No vienes nunca, mijo.
   Ricardito Patiño propuso:
- ¿No te to-tomas o-o-o-otro whisky?

   Escobar retrocedió. La prima flaca hablaba con Patricia, que respondía con monosílabos:

- Juan Manuel no quiere que yo le dé de comer al bebé cuando nazca... -inconscientemente se cubrió los senitos con la mano, como para protegerlos. - pero yo sí quiero, no sé, me parece más natural. ¿Usted le daría de comer a su bebé?
   Escobar interrumpió:
- Patricia, por favor: ayúdeme a sacar a su papá. Es urgente. Deben estar torturando a Federico.
   La prima flaca se cortó.
- No crea que es fácil -dijo Patricia. -¿No ve que están contando historias de la familia?
  En efecto: hablaban del fusilamiento de Papá Carlos. Los viejos cuentos, las risas cansadas, el hielo en los vasos. Afortunadamente no había niños esta vez.
- Por favor, Patricia. Es urgente.

   Patricia se puso en pie con cara de mal humor. La vio susurrar algo al oído de Foción, que protestaba, y tosía, y acababa cediendo. Escobar se acercó a despedirse de su madre.

- ¿Ya te vas, mijo? ¿No esperas a ver si llega tu novia?
- No es mi novia. Te lo he dicho diez veces.

   Monseñor Boterito Jaramillo y Ricardito Patiño soltaron risas cascadas, cómplices.

   Foción avanzaba trabajosamente, arrastrando la pierna enferma, apoyado en el hombro de Patricia, respirando hondo a través de su enfisema pulmonar. Se paraba a descansar cada diez pasos.

- ¿Cómo me dijiste que se llama ese amigo tuyo?
- Federico Ospina, tío. Es sobrino de un amigo tuyo.
- Ah, sí, de Rodrigón.
- Déjame que anote.

   Sacó con gran esfuerzo una agenda de cuero marcada con iniciales, un estilógrafo de oro. Garabateó unas notas.

-  ¿Quién lo detuvo? ¿La policía? ¿Los militares?
- No sé. Los militares, supongo. Allanaron su casa. Un teniente de bigotico y botas.
  Foción lo miró con sorna por entre los ojitos hinchados de grasa.
- ¿Cuántos tenientes de bigotico y botas crees tú que hay en el ejército, mijo? ¿Y en la policía? ¿Y en la policía de tránsito?

   Guardó de nuevo su libreta, su estilógrafo. Echó a andar otra vez, claudicante, roncando, suspirando.

- Voy a ver qué puedo hacer. No te garantizo nada, mijo, porque con los militares nunca se sabe. Pero bueno. De todos modos voy a llamar al general Gómez Ronderos, que me debe un par de favores.

   Salieron al jardín. Un viejo chofer vino corriendo desde lejos, con la gorra en la mano, y tomó a Foción por el codo. Luego corrió otra vez a abrir las puertas del carro. Escobar empezó a despedirse.

- Gracias, tío Foción. Entonces yo...
- No se vaya -le cuchicheó Patricia. - Tengo que hablarle.
- Pero yo...
- Venga. Acompáñeme a llevar a papá.

   Atrás se acomodó Foción con titánico esfuerzo, inmenso, sacudido de espasmos, de tosecillas húmedas, gimiendo sordamente al colocar en diagonal la pierna enferma, dejando apenas campo para su hija. Escobar subió adelante. El chofer cerró con precaución de madre la puerta de Foción, subió, se caló bien la gorra sobre las canas rizadas, cogió el timón con las dos manos y esperó.

- A la casa. Avellaneda -ordenó Foción.
   Arrancaron lentamente.
- Pues como te decía, mijo: esta niñita se nos ha vuelto comunista.

   En la penumbra del automóvil Escobar pudo ver el blanco repentino de los ojos de Patricia.

- Pero espera a que te cuente por qué se ha vuelto comunista... -Foción se abandonó a una risa silenciosa que paró en un ataque de tos. Avellaneda frenó un poco, para evitarle los sobresaltos del pavimento. Tosió largo, y cuando se repuso el carro estaba casi inmóvil, acosado por los pitazos de los que lo seguían.
- Acelere, Avellaneda, no se duerma -ordenó Foción. Escobar veía los ojos cerrados de Patricia, los puños apretados, con los nudillos blancos.
Foción prosiguió: -Lo que no sabes es por qué se nos ha vuelto comunista. ¿No, Patricia?
- No me he vuelto comunista -dijo Patricia entre dientes, sin abrir los ojos.
- Es que tiene un novio -explicó Foción. - Imagínate. Y por lo visto ese novio es del partido comunista.
- Del  Partido Socialista de los Trabajadores -corrigió Patricia con una voz sin timbre. -Y tampoco es novio. Es un amigo.
- Pero vieras qué novio, Ignacito -rió Foción.
- Papá, por favor.
- Déjame que hable de tu novio con Ignacito, que es tu primo. O es que no puedo hablar de tu novio delante de tu primo.
- No es mi novio. Además es para hablar mal de él.
- No es hablar mal. Es decir las cosas como son. Figúrate, mijo, que el novio de Patricia se llama ni más ni menos que Jefferson Calarcá Marroquín, o Moratín, o algo así.

   Patricia se mordía los puños. Escobar salió al quite.

- Te advierto, tío, que llamarse Foción tampoco es fácil.
- Es distinto. Es un nombre de familia.
- Pues a lo mejor Jefferson Calarcá también -dijo Patricia.
- A lo mejor -concedió Foción. -Pero de una familia muy rara.
    Patricia estalló:
- ¡Clasista! ¡Oligarca!
- Tú también, mijita, tú también -dijo Foción, benigno.
- Para eso eres hija mía.
- ¡Ja! ¡Lo que importa no es el origen de clase, sino la posición de clase, para que sepas! -repuso Patricia, sarcástica.
- Y tu posición, mijita, es de niña oligarca. Y la de tu amigo, de negrito resentido. Imagínate, Ignacio: un negrito de Tumaco que conoció en la Universidad, donde dizque estudia Antropología. Comunista, claro.
  A Patricia se le saltaban las lágrimas.
- Comunista no: trotskista -corrigió.
- Es lo mismo.
- ¡Tú qué vas a saber de eso, papá!
- Mira a esta muchachita, Ignacio. Los jóvenes de hoy piensan que todos los viejos somos unos idiotas. O que somos viejos, que es peor...

   Siguieron en silencio. Foción respiraba estertorosamente. El carro se detuvo finalmente ante un amplio jardín. El chofer pitó, alguien abrió la verja, entraron, rodaron hasta la escalinata de la entrada.

- Quédate a comer, mijo -invitó Foción. -Clema está malísima, pero se pondrá feliz de verte.
- No puedo, tío. Tengo que ir a avisarle a la mujer de Federico que tú vas a hablar con el general, que no se preocupe.
-  ¿Avisarle qué?
- Lo de Federico, tío. Mi amigo. El que está preso. El sobrino de tu amigo Ospina.
- Ah, sí. De Rodrigón.
- Papá -dijo Patricia-: yo me voy a comer con Ignacio.
   Mijita, ya sabes que a tu mamá no le gusta que salgas de noche.
- ¡Pero papá, si es con Ignacio!
- Ya sé, mija, pero tú conoces a tu mamá. Se queda despierta esperándote. Avellaneda, traiga a la niña temprano.
- ¡Papá, no soy ningún bebé!

   Foción descendió trabajosamente del carro, trepó la escalinata apoyado en su hija, arrastrando la pierna, jadeando. Al lado de Escobar el viejo chofer refunfuñaba cosas.

- ¿Qué?
- Nada, don Ignacito. Que me da pesar el doctor Foción, que es tan bueno, y la señora Clema, con la niña Patricia, que la está maleando mucho ese que llaman Yéfer.
- ¿Usted lo conoce, Avellaneda?
-  Un mulato muy maluco, don Ignacito.
- Dicen que es muy inteligente -dijo Escobar.
- Y la niña Patricia, con tanta plata como tiene el doctor Foción ¿para qué quiere un negro inteligente?

   Patricia salió, dio un portazo, bajó las escaleras corriendo. Avellaneda, muy despacio, maniobró para volver a la calle.

- Usted váyase, Avellaneda. Yo me quedo con el carro.
- Pero niña Patricia, el doctor Foción, me encargó que la trajera temprano.
- No se preocupe. Avellaneda. Usted váyase para su casa, a mí me trae Ignacio. A ver. Déme las llaves.
   Avellaneda se resistía.
- Niña Patricia, pero no me lo estrelle como el otro día, que yo ya no hallo qué decirle al doctor Foción.
- No se preocupe, Avelletas.

   Patricia cerró la puerta y arrancó con un rugido y un chirrido de llantas. Escobar se volvió para ver todavía el rostro ceniciento de Avellaneda, sus cabellos rizados y blancos, su boca abierta en un gemido.

- ¿Dónde vive Avellaneda?
- Por allá por el sur.

   Patricia manejaba de manera bastante temeraria. Escobar, con el corazón en la boca, pensó en el compañero Douglas. La revolución a lo mejor es eso.

- ¿Dónde vamos? Le advierto que yo tengo que ir a mi casa. Me está esperando Ana María.
- Vamos a su casa. Quiero hablar. No crea que yo soy de esas viejas que lo que quieren es ir a discoteca. ¿Quién es Ana María?
- La mujer de Federico, mi amigo el que está preso. Pero mire para adelante, Patricia, por favor.
- ¿Tiene miedo? Yo soy una verraca manejando. Papá nunca me presta el carro.

   Patricia iba como una flecha, saltándose semáforos, insultando a los otros conductores. Si llegaba a triunfar la revolución, el tráfico se iba a poner imposible. La verdad es que no tenía mucho qué decirle a Ana María. Que Foción iba a hablar con alguien.

- ¿Y su amigo qué hace? Quiero decir ¿milita? ¿La mujer de su amigo milita? ¿Cómo es?
- No milita mucho últimamente. Está esperando niño. Debe parir de un momento a otro.
- Las viejas si son unas huevonas. Yo no voy a tener hijos.
   ¿Vio a la imbécil de Lucía? "Voy a tener un bebé, voy a tener un bebé". Vieja huevona. Me daban ganas de matarla.
- El otro día la estaban criticando a usted, y Lucía la defendía.
- Éramos amigas. Antes. Cuando éramos chiquitas. Ahora se ha vuelto idéntica a tía Lucía y a toda esa mierda. Pobre. Pero quién le manda ser tan huevona. Imagínese, y encima casada con ese cretino de Juan Manuel. No me lo resisto.
- Maneje con más cuidado. Patricia, por favor.
- ¡Pero es que mire cómo anda esa gente! Van todos dormidos. Burgueses de mierda. Lo que se necesita aquí es una revolución ¿usted no cree?

   Era cierto que ese que llamaban Yéfer estaba maleando a Patricia. Pero también se acostaba con ella. Sintió una picada de envidia: era bonita, con los dientes brillando en la boca entreabierta y el casco de pelo oscuro cerrado sobre la nuca. Las manos eran finas, pero las manos engañan. ¿Cómo tendría las tetas? El que Ernestico Espinosa tratara siempre de cogérselas podía indicar que grandes: a Ernestico le gustaban rollizas y tetonas, como la sirvienta nueva de doña Leonor. En fin.

- Es que papá y mamá no entienden -dijo de pronto Patricia. ¿Usted entiende, Ignacio? Papá y mamá no entienden.
- ¿Qué?
- Que yo sea así. Como soy.
- No sé cómo es. Esa ruana le tapa todo.
   Patricia rio.
- No sea pendejo, no hablo de eso. Quiero hablar con usted. A lo mejor usted entiende. Alguien de la familia que entienda. A usted papá le hace mucho caso.
- ¿Foción? No sea boba, Patricia... Se la pasa diciéndome que trabaje. Me quiere conseguir un puesto en el banco.
- ¿Ve cómo si le hace caso? ¿Usted cree que papá le ofrece un puesto en el banco a todo el mundo? ¡Su banco, que es lo único que papá quiere en la vida! La plata, la plata. No hace sino hablar de plata, pensar en la plata, y hacer plata y plata y plata... ¿Sabe quién quiere que papá le dé un puesto en el banco, y papá ni muerto? Juan Manuel.
- ¿Juan Manuel? Patricia, ese semáforo está en rojo, le advierto.
- El marido de la huevona de Lucía. Usted sabe. Juan Manuel.
- Ah, sí. El gordito de chaleco.

   Patricia rio. Tenía una linda risa, y al reír se le cerraban los ojitos ligeramente estrábicos. En alguna parte había leído que el estrabismo tenía origen heredosifilítico.

- No me había fijado que tenía chaleco, pero claro. Pobre Lucía. Pero eso sí quién le manda ser tan huevona. Se casó con ella por la plata, usted sabe. Ignacio, yo no quiero que se casen conmigo por la plata.
- No se case.
- Sí, claro. Pero no es eso. ¿Usted qué opina de Jefferson? -se interrumpió, arrepentida, avergonzada: -No lo digo por lo de casarse por la plata, claro. Además yo no me quiero casar con Jefferson. ¿Pero qué opina?
- No sé. No lo conozco.
- ¿Pero eso que me dijo donde su mamá? ¿Eso de que Jefferson se tiraba a todas las viejas? -Eso dicen. Pero yo no sé. La revolución da para todo.
- ¡Ay, Ignacio!
- Baje por la próxima a la derecha.
- ¿Usted vive por aquí? Yo también quiero vivir sola. Pero papá y mamá no me dejan, claro. Creen que soy un bebé.

   Mientras subían las escaleras les llovieron improperios de la señora Niño. Había olvidado a su enemiga.

- ¡Asesino! ¡Canalla! ¡Cobarde!
   Y a Patricia:
- ¡Prostituta! ¡Pellejo! ¡Modelo!
   Escobar tomó aire y lanzó su grito:
- ¡Aaaaahaahagggahaaggghhhaaaaajaaaaahhjhjhhha! a! a! Ah!

   La señora Niño se encerró con un portazo. Patricia reía, aplastándose contra la pared de la escalera.

- ¿Usted trae aquí muchas viejas, Ignacio?
- No se preocupe. Somos viejos enemigos. -Ignacio ¿cómo puede vivir entre tanta suciedad?

   Miró el viejo desorden: los ceniceros rebosantes de colillas, los platos y las tazas, los fragmentos de frutas oxidadas, el aroma marchito de las flores en agua corrompida, el reguero de papeles escritos, arrugados, arrinconados en el piso. Era una suciedad de cosas limpias: flores, poemas, frutas. Pero Patricia se puso de inmediato a arreglar, efícientísima. Se quitó al fin la ruana que la cobijaba hasta el piso y Escobar, asombrado, se dio cuenta de que no era ni gorda ni tetona, ni parecía posible que hubiera sido concebida por el elefantiásico Foción en el útero ya casi menopáusico de su tía Clemencita. Era una linda niña, aunque tal vez algo corta de piernas. Su culo, sin embargo, se erguía redondo y tierno, templado y doble como un melocotón. Cuando se acurrucaba a recoger papeles y colillas le tensaba el fondillo de los bluejeans, alto y curvado como una silla de montar. "Mujeres buenas para ser caballos", dice Góngora. (Recordó fugazmente a Henna, sólida y percherona). Una potranca joven, todavía sin domar. Ah, pero la dificultosa tarea de seducirla. Los dramas familiares, la praxis revolucionaria, los estudios de antropología. Tenía botas. Y en la eventualidad de que lograra seducirla, el trabajo de quitarle las botas.

   En un momento la casa estuvo limpia. Escobar veía ahora que esa tarea imposible que alguna vez había emprendido a medias, esa faena abrumadora de hombre de acción, de héroe mitológico, tal vez de semidiós, era un simple trabajo de mujer. Aprovechó para premiarla con un beso en la sien.

- ¿Quiere un trago? ¿Whisky? -¿No tiene ron?
- No creo que a su papá le gustara en lo más mínimo que yo le ofreciera ron. Eso es trago de trotskista, no de niña bien.
- Ay, Ignacio, no se burle. Dígame dónde está y yo lo sirvo.
- En la cocina. Por ahí. Hay vasos, también. Y hielo. Pero mejor traiga whisky. Le cuento que usted es una maravilla, Patricia. Le voy a decir a su papá que me quiero casar con usted.
- ¿Por la plata? Cásese con Lucía, más bien. Desde chiquita está enamorada de usted.
- Es más bonita usted.

   Sintió un deseo contradictorio y lancinante, mezcla de halago y de nostalgia: el cuello de Lucía con su venita palpitante, y sus senitos casi planos, y no haber sabido a tiempo que desde chiquita estaba enamorada de él. ¿A tiempo para qué? A lo mejor todavía estaba a tiempo. Pero bueno: era verdad que Patricia era más bonita, y además estaba ahí. Sí, pero estaba enamorada de Jefferson Calarcá Marroquín, o Moratín, un mulato trotskista muy maluco. ¿Cómo seducirla? Hubiera debido llevarla a discoteca, en fin de cuentas. Se acordó súbitamente de Ana María, que no estaba ahí, cuando debía estar esperándolo. A lo mejor Foción no había hecho nada, y a esas horas seguían torturando a Federico. Levantó el teléfono. Seguía muerto. ¿Qué hacer? La acción, la acción de nuevo, qué maldición. Dios mío. Patricia ya volvía con whisky y hielo, vasos, una jarra con agua. Era una maravilla, realmente.

- Pongamos música ¿le parece?
- Espere. Es que no sé qué hacer. Ana María debería haber estado aquí esperándome.
- ¿Su amiga? Ah, creo que le dejó un mensaje ahí: lo vi cuando estuve arreglando. Se me olvidó decirle.
- ¿Un mensaje? No. Eso es un poema mío.
- ¿Un poema? ¡Déjeme ver! ¿Sabe que a mí nadie me ha escrito un poema?
- Ni a usted ni a nadie. Eso ya no se usa.
- Eso dice Jefferson. Que escribir es una huevonada. Que lo que hay que hacer es organizar comités obreros y campesinos, comités de base, de barrio. En esas estoy yo también, en el barrio Kennedy, por ahora. Viera qué gente tan verraca, Ignacio. Ay, muéstreme su poema. ¿Para quién es?
- Para nadie. Es un poema... revolucionario, digamos. Es una denuncia de Bogotá. ¿De veras quiere verlo?

   Estaba halagadísimo. Echó una ojeada a sus papeles. Y vio que sí, que escrito en lápiz rojo había un mensaje de Ana María, lleno de mayúsculas y de signos de exclamación.

         ¡Escobar!
         Me voy, no puedo esperar! ¡Llámame cuando llegues!!
         Mateo está solo ¡Llámame!!!!
         Arriba pasa algo rarísimo. Subí, y era una LOCA!! Una vieja completamente          LOCA que me insultó! Llámame!!!
         Besos
            Ana María.
         No se te olvide LLAMARME cuando llegues!!!!!
         Ana María.


  
Ni siquiera había buscado un papel en blanco. Había escrito el mensaje en la última página de su poema. Claro, estaba embarazada, claro, estaba nerviosa por su hijo, claro, estaban torturando a su marido: pero tampoco hay derecho. Escobar se sintió un poco innoble por estar preocupado por la pulcritud de su poema mientras torturaban a Federico. Sí, pero son dos cosas distintas. Ana María hubiera podido buscar un papel sin usar. Debía estar muy nerviosa, sí, y estaba embarazada. Pero tampoco había derecho.

- Es un mensaje de Ana María. Dice que la llame al llegar.

   Volvió a levantar el teléfono. Seguía muerto. Iba a tener que hacer diligencias, llamar (peor: ir) a la oficina de reclamos, enfrentarse a una señorita abominable. Y encima, salir a la calle a llamar a Ana María. Mierda. La acción. Y mientras tanto, iba a perder la oportunidad de seducir a su prima Patricia, que estaba tan bonita. No había derecho. Ya había ido a donde su mamá, ya había hablado con su tío Foción, ya lo había hecho comprometerse a llamar al general Rodríguez Ronderos o Rodríguez Lanceros o algo por el estilo. ¿Qué más? No había derecho. Bueno. Primero se tomaría el whisky.

- ¿No me iba a leer el poema?
- Es que es malísimo.
- No sea coqueto, Ignacio. Léamelo. Si me lo lee le doy un beso.
- Es que es malísimo, de veras. Pero bueno: déme un beso.

   Patricia alzó la cara, y se dieron un beso con los labios cerrados. Escobar quiso prolongarlo, quiso abrirle hábilmente los labios con sus labios. Ella lo esquivó, haciendo un "múa" sonoro.

- Acuérdese de que yo no soy Lucía -le advirtió.
-Yo no estoy enamorado de Lucía, sino de usted, Patricia
- dijo Escobar. Ah, la seducción. La mentira. -En fin, enamorado no. Pero no me dé más besos.
- No pensaba darle más. Muéstreme el poema. Recítemelo.
- No. Léalo usted. Yo no sé recitar.

 

CONTINUAR

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