|
Sin
Remedio
Antonio Caballero
© Derechos Reservados de Autor
VI
Primero fue la percepción precisa y esponjosa de un dolor que le llenaba toda la cabeza.
Después, la vaga idea de que debía de ser domingo. Después, la certidumbre de que no
había cigarrillos en la casa. Se pudo levantar sobre unas piernas flaqueantes, como
ajenas. Se acercó a la nevera titubeando. Tampoco había una gota de jugo de naranja.
Bebió agua fría con todo el chorro abierto, como quien lava con manguera.
Si tuviera una trompa podría beber de pie, como los elefantes; sin tener que doblar la
columna vertebral hasta el abrevadero, sin tener que aguantar el peso espeso y lento de la
sangre en las sienes. La perfección del elefante le es inútil al hombre. Tenía blanda
la piel, crecida la barba, los ojos convertidos en dos estrechos pozos de sangre. Sacó la
lengua ante el espejo. La tenía gorda y fofa, cuarteada y agrietada en sentido
longitudinal, insensible, de un amarillo sucio, gris: palpitaba en los bordes
espasmódicamente, como un grueso molusco agonizante. Había hablado demasiado. Tenía
cerrada la garganta, hinchada de una inexpulsable desazón. Una súbita arcada lo dobló
en dos, lo hizo vomitar un chorrito amarillo, ardiente como el fuego. Masticó lentamente
un churrete de pasta de dientes, mentolada e insípida.
Se
desdobló con precaución en el fondo de la tina vacía, acariciando con su cuerpo el
frío de la porcelana. Soltó el chorro de un golpe sobre su cerviz palpitante, y ahogó
un grito de espanto, comprendiendo muy tarde que había sido un error. Pero dejó correr
el agua por su frente y su rostro acalorados, bebiéndola al pasar, sintiendo una marea de
hielo que le lamía los hombros y las nalgas, que crecía y se entibiaba lentamente,
verde, como el olvido. No recordaba nada, e intentar recordar le producía lanzadas de
dolor en el cerebro. Se quedó tendido, inmóvil, apenas respirando, hasta que el agua de
la tina empezó a enfriarse nuevamente. Tenía hambre. Le sabía mal la boca. Se sentó en
la taza del excusado con la cabeza hundida entre las manos. Se vació de excrementos.
En el
fondo de la nevera había una antigua loncha de jamón, endurecida y retorcida como un
cuerno, perlada de sudor. Y en un plato, un montoncillo de hongos renegridos,
achicharrados, como uvas pasas, como cagarrutas de cabra. Habían empezado a criar moho
-un moho ya frondoso, de semanas: hongos sobre los hongos, hongos de hongos. La naturaleza
es incansable, terca, reiterativa. Pensó que aquellos hongos alimentados de otros hongos
deberían ser un manjar nutritivo y exquisito, comparable a las trufas; o algún
medicamento, como penicilina. Pero no se atrevió a probarlos.
El jamón era correoso, y al desgarrarlo le dolían los dientes. El primer
trago del ron tibio y reposado de la noche anterior le supo a bilis. Pero sólo había
ron, o agua, o la estremecedora perspectiva de salir a la calle. En el piso de abajo
practicaba el pianista. A sorbos cortos, el ron pasaba mejor, y se sentía más
transparente.
No movía
un dedo. Poco a poco, sin embargo, sus ojos empezaban a enfocar mejor las cosas: las
luces, las aristas. Tenía un guayabo inflado de palabras: un fango de palabras, un magma
espeso, hediondo, corrompido, viscoso, legamoso, un tembladero de palabras. ¿Qué había
dicho? No quería recordar lo que había dicho. ¿Qué había bebido? Whisky donde su
madre (su madre: no recordaba haber estado en casa de su madre. Y luego sí, como una
catarata: toda la tarde en casa de su madre), y después vino, mucho, y más tarde coñac,
y luego otra vez whisky (¿cuántos?), y cerveza en casa de Federico. Ah, sí: Ana María,
Federico, Angela, los compañeros de Federico, la expedición en moto, el perfil moro de
Zoraida. Empezaban a sobreaguar recuerdos de la noche en bruscos glogloteos, lívidos,
como cadáveres de náufragos devueltos por el mar. Cerveza, y luego ron. Y había comido
fríjoles. Y había metido hierba y cocaína. Y había fumado infinidad de cigarrillos. Y
había hablado y hablado sin parar. Todavía le salían súbitos resoplidos de fríjoles,
de ron, de certidumbres, de excusas, de polémicas. La acción, ah sí, la acción.
Derrengado en el sillón, completamente inmóvil, contempló las posibilidades de la
acción: las botellas vacías, los vasos en el piso, los ceniceros llenos de colillas:
toda una tarea de hombre por delante. ¿Pero por dónde empezar? ¿Qué hacer? La tarea de
un revolucionario es hacer la revolución, compañero. Oh, sí, pero las caminatas, la
fatiga, el peso del fusil, el calor de la selva, las nubes de mosquitos, las lianas
pegajosas, los sapos venenosos, el enemigo hierro riguroso, y después otra vez la misma
mierda.
Pero había prometido un poema. La acción, esa fatiga. Si actuara ¿le
dolería menos la cabeza? Si militara en la revolución ¿le dolería menos la cabeza? Oh,
sí, una madre, un vientre: enroscarse sobre sí mismo para siempre, y dormir. Pero no
movía un dedo.
Sonó el teléfono, terebrante, aleteante como un pájaro loco entre su
jaula, una vez y otra vez, insilenciable. Podía ser Henna. Pero también podía ser Fina.
Pero podía ser Henna. Podía ser su mamá, también. Sonó y sonó, espaciado de
silencios atroces, removiendo su angustia como cieno en el fondo de un estanque. Debía
ser Henna. Podía ser Federico. Cuando calló por fin (un silencio más largo, inesperado,
interminable) Escobar se levantó sin hacer ruido y dejó descolgada la bocina.
Oyó en el
piso de arriba unos curiosos golpes. Parecía como si alguien pegara en las tablas del
piso con varias herramientas: un martillo de hierro, un mazo de madera, algo que sonaba
-inverosímilmente- como un martinete de cristal. Al cabo de un minuto cambió el ritmo,
acelerándose. Luego hubo unos instantes de silencio. Y luego un ordenado martillear en
tres series: tac tac tac - hierro contra madera; tap tap tap - madera contra madera; tlic
tlic tlic -cristal contra madera. Y un silencio.
Era muy extraño. ¿Qué estaría haciendo arriba la horrible señora Niño?
Dos minutos más tarde hubo un ruido de esferas de metal que rebotaban en las
tablas y rodaban sobre su cabeza.
Y a continuación otro rumor parecido, pero de bolas de vidrio. Y un
silencio.
Pensó que era uno de los guayabos más atroces que había padecido en su
vida ¿En qué estaba pensando cuando sonó el teléfono?
Volvió a empezar el martilleo en el piso de la señora Niño, ahora con más
violencia. Dominaba el choque sordo del metal contra madera. Y otra vez el tintinear
aéreo del cristal, inverosímil. Y otra vez el silencio, pero esta vez muy breve. De
nuevo el martilleo, el entrechocar y el rodar de las bolas de vidrio, el martilleo. ¿Qué
instrumento podría ser aquello? Buscó una escoba en la cocina, y respondió a los ruidos
misteriosos dando a su vez unos golpes con el palo en el techo. Dio tres, tratando de
imprimirles un tono de interrogación. De arriba contestaron con una tempestad de
martillazos. Respondió con su escoba en una breve ráfaga. Respondieron de arriba con
más fuerza.
Pensó que tal vez la señora Niño había sido asaltada, y amordazada y
amarrada daba taconazos en el piso para pedir auxilio. ¿Iría a ver? No: el hastío de
vestirse, de subir, de prestarle socorro a esa mujer abominable. Que fuera otro. Y
además, habría que echar la puerta abajo con un violento esfuerzo. Se tendió en el
sofá, mirando al techo. Los golpes continuaban. Acabaría cansándose. Acabaría
muriéndose, cuando nadie la oyera, de hambre. Tenía hambre también él, recordó. En
fin. Alguien oiría al pasar, tal vez. O alguien descubriría-el cadáver meses después,
cuando fuera su tiempo. Puso agua a hervir en la cocina: prepararía unos espaguetis.
Mientras comía, los misteriosos ruidos continuaron. Tap tap tap tap tap, y
luego el rodar de esferas de metal y bolas de cristal, o lo que fuera. Y luego nuevamente
los golpes: tac tac tac, tac tac tac. Y el enigmático y quebradizo tlic tlic tlic del
martinete de cristal. Era realmente muy extraño todo aquello. La comida le devolvió las
fuerzas, y decidió subir a ver. La acción, la acción. Se vistió. Resolvió llevar la
escoba consigo. La lucha armada, compañero.
La puerta
de la señora Niño parecía intacta. Prestó oído. Silencio. Había muerto por fin,
probablemente. Por las dudas, golpeó con discreción, con la esperanza de que si los
atracadores aún estaban ahí no llegaran a oírlo. La puerta se abrió de un golpe y las
fauces de la señora Niño le vomitaron un bramido:
- ¡QUE!
Quiso explicar, entrecortadamente, que había oído unos ruidos, unos golpes.
- ¡Y QUE, IMBECIL! ¡CANALLA! ¡COBARDE!
Y le cerró la puerta en las narices.
Cuando volvió a cerrar su propia puerta, la señora Niño golpeaba
nuevamente desde arriba. Respondió dando furiosos escobazos en el techo. Ella soltó una
lluvia de martillazos y dos cascadas simultáneas de esferas y de bolas de vidrio. Escobar
golpeó enérgicamente el techo, lleno de cólera. Su enemiga replicó con verdadero
frenesí. Escobar sentía repercutir los golpes en el cráneo, y tenía el brazo ya
cansado de manejar la escoba. A la señora Niño, en cambio, le ayudaba la ley de la
gravedad. Renunció a la pelea y se dejó caer sobre el sofá, inmóvil. Al cabo de poco
tiempo el martilleo frenético recuperó su antiguo ritmo más pausado, entrecortado de
silencios. Escobar empezó a ponerse nervioso. Buscó refugio en su cuarto. Un minuto
después los golpes de la señora Niño se trasladaron del techo de la sala al de su
cuarto. No podía ser. Fue al baño. Los golpes lo siguieron al baño. Sigilosamente,
esforzándose por no producir el menor ruido, volvió a la sala. Al instante los golpes de
la señora Niño regresaron al techo de la sala. En el piso de abajo se reanudaron los
ejercicios de piano, pero no podían competir con el martilleo sabio de la señora Niño.
Se esforzó por ignorarla. Hizo ruidos él mismo, cambió sillas de
sitio, canturreó, abrió llaves del agua, golpeó un vaso con una cuchara, y después una
olla. La señora Niño continuaba impertérrita, y sus propios ruidos le destemplaban
todavía más los nervios, y el cansancio era atroz. La acción, qué cosa horrible. Un
poema, más bien. Todas las formas de lucha. Se sentó ante su mesa abandonada desde
hacía ya semanas, llena de polvo y de colillas frías de cigarrillo. Seleccionó la más
larga, y la encendió. Le supo horrible. Un poema comprometido, qué horror. Un soneto me
manda hacer Violante, y en mi vida me he visto en tal aprieto. ¿Por qué desatino se
había comprometido a escribir un poema comprometido? ¿Y sobre qué, un poema?
¿Sobre la dificultad de escribir un poema comprometido, como el soneto de
Violante explica lo difícil que es escribir un soneto? Todo esta ya dicho, todo se
repite. Oyó la voz caliente, sería, de Zoraida: sobre la realidad de aquí, compañero.
Claro, la realidad. El compromiso debe ser con la realidad geográfica, política,
socio-económica, jurídico-administrativa. Un análisis concreto de la realidad concreta.
En verso.
Arriba, la señora Niño seguía golpeando. Acabaría cansándose, vieja loca
de mierda.
Hacía meses que no sabía nada de la realidad concreta. Rebuscó en un viejo
montón de periódicos quebradizos, amarillos. Abanico de candidaturas. No. El certificado
de avalúo catastral. No. Tasas de interés intercambiario; franco suizo, dólar
americano, libra esterlina, florín holandés. Increíble, en Colombia se intercambian, se
venden, se compran, se consiguen florines holandeses. El gobierno nacional urgió a las
administraciones seccionales la integración de los concejos departamentales de
planeación. No puede ser tan árida toda la realidad concreta. Semana astronómica se
inicia el lunes en el Planetario. Dos muertos en manifestación política en Envigado. Mes
del conductor: premio a los mejores choferes de buses y busetas. El país no está en
crisis, afirma Mindesarrollo. Votan paro en terminal de Cartagena. Emergencia por
inundaciones en el Bajo Magdalena: nueve mil familias sin techo. Hombre rubio abaleado
desde un automóvil por varios desconocidos en momentos en que caminaba por la calle 40-A
número 24-18 sur. Elegida Reina del Carnaval del Amor y la Amistad. Enlace Becerra
Vélez-Uribe Restrepo. Cinco detenidos por atropello a dos jovencitas en Suba. Cinco de
quince individuos que habían abusado el miércoles por la noche de dos jóvenes
estudiantes de bachillerato en un desolado sector del barrio El Rincón cayeron en poder
de las autoridades. Veintiocho mil prostitutas obtuvieron este mes el certificado de
control en la Unidad Antivenéreas de Bogotá.
Un poema
de denuncia. Una epopeya: la Certificada de las Veintiocho Mil. Doris, 22 años,
seis en la prostitución, dos hijos: "Antes de entrar a esta vida yo estaba
trabajando en una oficina, pero ganaba muy poquito, el mínimo. Yo no estudié sino hasta
quinto de primaria. No me dentraba el estudio. Yo era muy juiciosa, pero no era
inteligente. Unas amigas del doctor me dijeron que ellas sabían de una casa de citas que
era muy buena y que uno ganaba buena plata. Al principio me daba pena pero después uno se
va acostumbrando. Ya uno coge plata".
¿Pero
qué más decir? Estaba todo dicho. Impecable, el paso del "yo" al
"uno", de lo individual a lo social, de lo cuantitativo a lo cualitativo. Doris,
se llamaba. Veintidós años. Había empezado, calculó, a los dieciséis. Se acordó de
Cecilia.
Cecilia: mi amor te esquiva:
ya lo
ves: se finge inerte...
Lo abrumó
la vergüenza. ¿Quién abusa de las putas de dieciséis años? Cinco de quince
individuos, le reprochó la realidad concreta. El era uno de cinco de quince individuos
que abusaban de jóvenes estudiantes de bachillerato en desolados sectores de la realidad
socio-económica del país.
Se levantó. Dio vueltas. De un cenicero lleno repescó otra colilla,
bastante larga, casi entera.
La
encendió. La realidad concreta era compleja. Y en el piso de arriba, sin cesar, la
señora Niño golpeaba infatigable, con concentración de verdadero artista.
Otra cosa. Un poema más fácil. Tal vez, pensó, tenían razón sus tíos:
el Partenón es un tema más poético, sobrio, claro, sereno, con volutas de acanto.
Recordó el reto de su prima flaca: un soneto sobre la Sabana de Bogotá. Tierra buena,
tierra que pone fin a nuestra pena... Escribió (más que todo porque llevaba ya un buen
rato componiendo un poema, y todavía no había escrito una sola palabra):
Tierra buena.
tierra que pone fin a nuestra pena.
Un
epígrafe. ¿Y qué más? La Sabana es buena tierra, es cierto, plana y fértil, con
manchas de sauces e hileras de eucaliptus, y chambas de agua quieta tapizadas de lama,
atragantadas de buchón. Es una lástima que la estén edificando toda y vendiendo por
varas. Tierra para vender. Garabateó debajo del epígrafe:
Tierra para vender.
Y se
quedó mirando el papel. No era mucho. ¿Un comienzo, un título? "Se compra
tierra", anuncian letreros manuscritos en fincas de tierras bajas, empantanadas por
el río. "Tierra de todos", afirman grandes vallas optimistas en los cementerios
ajardinados del norte. Recordó su romance lorquiano, recitado por Hermes en el BMW de de
la guerrilla:
Sobre
la tierra de gente
cruzan pájaros de hierro...
Todas las
tierras son iguales. Se levantó. Dio vueltas por la sala. De los ceniceros repletos fue
escogiendo colillas todavía fumables. Las colocó en hilera sobre la mesa, al lado del
papel, en orden decreciente. Abandonó la idea del poema sobre la Sabana. En fin de
cuentas, su prima flaca no era lo bastante bonita como para ser Violante. Bonito cuello, sí.
Pero las había mejores, en cuanto a cuello incluso. Angela, sin ir más lejos. Un poema
de amor a Angela. Tachó "tierra para vender", hizo una pelota con la hoja de
papel y la tiró a un rincón. Escribió:
Soneto para que Angela se acueste conmigo.
Le
pareció escuchar la voz de Ana Mana, zahiriente:
- Tú no te quieres
acostar con Angela.
Sí quiero. Sí quiero. Escribiría quinientas veces: sí me quiero acostar
con Angela, sí me quiero acostar con Angela, sí me quiero acostar con Angela... No,
definitivamente no estaba muy inspirado. No podía concentrarse. El pianista de abajo
había abandonado pronto su tentativa musical, pero en el techo persistía el tamborileo
decidido de la señora Niño. Y se quedaba un rato con la cabeza inclinada y la mano en el
aire, escuchando el tableteo incansable de la madera y del metal, los cambios de
instrumentos, el rodar de las bolas de cristal y de acero, absorto, mientras se consumían
una tras otra las colillas apenas encendidas dejando largas y blandas culebras de ceniza
en el borde de la mesa. Y cuando volvía en sí se daba cuenta de que no había escrito
nada ni había pensado nada ni había entendido nada y le quedaban cada vez menos colillas
sin fumar, y cada vez más cortas. Como en un despertar, sus ojos enfocaban nuevamente la
pila de papeles en blanco, las quemaduras negras en la mesa. Recordaba haber imaginado su
letra irregular cubriendo de signos negros el papel, haber ordenado en la cabeza la
sucesión de versos y de estrofas, los guiones, los paréntesis, los puntos suspensivos,
las frases incompletas, las notas marginales con que hubiera querido puntuar los
borradores para facilitar y hacer emocionante más tarde su lectura. Se había regocijado
de antemano ante la perspectiva de releerse y tratar de entenderse, corregir la colita de
una y griega, reteñir el palito de una eñe, añadir un verso nuevo entre
dos líneas, envolverlo en un óvalo, señalarlo con flechas, subrayarlo con rayos. Y no
había nada. "Soneto para que Angela se acueste conmigo" y el resto era la
angustia frente a la hoja en blanco. Como si hubiera sido necesario otra vez -¿y ante
quién?- rendir cuentas y dar explicaciones.
Pero en el fondo, pensaba, había sido una buena tarde de trabajo, pues por
lo menos había corroborado una vez más su incapacidad para el trabajo. Lo cual es un
buen trecho andado en el arduo camino de la perfección. Arrugó el papel para hacer una
nueva pelota y tirarla al rincón, pero un temor supersticioso lo contuvo: si destruía
esa promesa escrita de soneto, jamás se acostaría con Angela. Desarrugó la hoja,
estampó su firma a una distancia prudencial del título, dejando espacio exacto para
catorce versos perfectos, limpios, puros, sin emborronaduras: Ignacio Escobar.
Oscurecía. Era tarde. Le quedaban ya sólo tres colillas. Tendría que fumar
luego colillas de colillas. La señora Niño tamborileaba infatigable. Estaba hambriento.
Resolvió echarse a dormir y fue a su cuarto (los ruidos en el techo lo siguieron, como si
lo olfatearan) a acostarse en la cama sudada y sin tender. Necesitaba contratar una
sirvienta, buscar una mujer, recuperar la suya: Fina, por qué te fuiste. Acostarse con
Angela. Se revolvió en la cama, sin sueño, inquieto, sintiendo en medio del vientre el
vacío sordo de la inutilidad. Hubiera debido trabajar más, intentar algo, actuar. Contra
pereza, diligencia. Pero ah, la diligencia. Quién es capaz de diligir, de diliger, de
dilagar, ah, mierda.
Se percató de pronto de que le estaba creciendo dulcemente una erección,
como una flor de loto en medio de un estanque. Cerró los ojos, rozó con una caricia su
erección naciente, la acomodó mejor sobre su muslo para ayudarla a florecer en paz. La
sintió enderezarse y crecer como un niño bajo el peso inmóvil de sus dedos, y arriba
comenzaron de nuevo los golpes diligentes de la señora Niño. Tac tac tac. Y un silencio.
Tac tac tac tac tac tac. Y un silencio. Tap tap tap tap. Tlic tlic tlic. Y luego la
cascada de cristal Y de hierro en la madera, y un martilleo triunfal a dos manos, y un
silencio. El miembro endurecido como un nervio que tenía palpitando entre su mano se
escurrió, se chupó, se consumió en sí mismo.
- ¡LOCA! ¡LOCA! -gritó con la cara hacia el techo, enceguecido de furor. Pero la
señora Niño prosiguió su concierto, imperturbable. Escobar se tapó la cabeza con la
almohada, súbitamente borracho de fatiga, con los nervios erizados y en punta. A través
de la almohada se oía todavía el ruido. Fue al baño, hizo bolitas de papel que
incrustó en sus oídos y que al cabo de un rato se extrajo con gran dificultad, al ver
que no servían. Se revolvió en la cama, se envolvió el cráneo con las sábanas, trató
de dominar telepáticamente a su adversaria con la fuerza de la concentración mental,
lloró, lanzó impotentes alaridos, sollozó dulcemente. Tap tap tap tap tap, hacía la
señora Niño con delicada precisión, como un albañil que ajusta con esmero una baldosa.
Tac tac tac. En el manejo de las esferas de cristal había alcanzado un virtuosismo de
arpista paraguayo. Escobar golpeó con el palo de la escoba en el techo hasta que le
dolieron ambos brazos y el cielo raso empezó a derramar una lluvia de cal sobre su cama.
Sacudió las sábanas, llorando de la rabia. Subió las escaleras, desnudo, con la escoba
en la mano, y aporreó con violencia la puerta cerrada de la señora Niño. Adentro se
oía un silencio tenso. Volvió a golpear la puerta con la escoba, y luego con los puños
hasta que le dolieron los nudillos, y otra vez con la escoba, parándose a escuchar y
oyendo únicamente el mismo silencio sospechoso. Pateó la puerta, haciéndose daño en
los pies desnudos. Golpeó sin fuerzas ya, con las rodillas, con los codos. Le dolían las
manos y los brazos, los músculos del cuello, las venas de las sienes. Oyó que se abrían
puertas en los pisos de arriba, en los de abajo, y bajó la escalera nuevamente, con
vergüenza y con frío. Trató de emborracharse con los cunchos del ron, pero no había
bastante.
Con sabias
pausas, que duraban a veces veinte o treinta minutos y le daban casi tiempo a Escobar para
conciliar el sueño, la señora Niño golpeó toda la noche. Tap tap tap: el mazo de
madera. Tac tac tac tac tac: el martillo de hierro. Y el martinete de cristal, quebradizo,
al parecer indescructible: tlic tlic tlic tlic tlic. A veces, tras una larga pausa, y
cuando ya Escobar empezaba a creer, sudoroso y exhausto, que había resuelto retirarse a
dormir, se ponía a taconear y zapatear en redondo como una bailaora de flamenco. Y
después dedicaba un largo rato a un ejercicio de paciencia tremendo, con sus tres
instrumentos: tap (una pausa) tac (una pausa) tlic (una pausa) tap. Tac. Tlic. Tap. Tac.
Tlic. Tap. Era casi un alivio cuando volvían de golpe a derramarse las bolas de cristal
con un alegre tintineo, y luego venía el rumor más pesado de las esferas de metal, y
luego otra vez el monótono choque del martillo en el piso:
Tap.
Tap.
Tap.
Tap.
La pausa
se prolongaba a veces de manera anormal, y Escobar percibía entonces el latido
atropellado de su propio corazón, esperando y casi deseando que su tormento volviera a
comenzar para saber que estaba vivo todavía. Y otra vez tap tap tap tap tap. Se daba
cuenta de que llevaba varios minutos sin respirar, con todo el cuerpo tenso apoyado en un
arco sobre la nuca y los talones; y se dejaba caer, empapado en sudor, sobre las sábanas
calientes. Tac tac tac. Se empinaba para tratar de oir mejor, y comprendiendo su
insensatez se ponía en pie en la cama y gritaba enronquecido, con la cara febril casi
pegada al techo:
- ¡Vieja loca de
mierda!
El silencio. Y luego: tap tap tap. O a veces simplemente: tac tac... -y el
silencio ominoso, insoportable, interminable. Vieja loca de mierda. Hasta que por fin:
tac. Y de nuevo el despliegue virtuoso y simultáneo de percusiones y metales, como un
concierto entero de música concreta. Y otra vez: tac.
Vio amanecer. Vio el sol alzarse lentamente más allá de los cerros en un
cielo casi blanco. Pero la luz del día no apaciguó el tap tac tlic de la señora Niño.
Los ruidos de la calle tampoco menguaron su poder. Escobar entró al baño (seguido por
los ruidos), bebió agua, se mojó la cabeza, vio en el espejo sus ojos de demente, su
barba ya crecida, y volvió a agazaparse de nuevo entre su cama, roto, ardiente de fiebre.
Tap tap tap tap. Tac tac. A qué horas duerme, a qué horas sueña, a qué horas vive esta
mujer de mierda.
En algún
momento de la mañana cayó en un sueño estuporoso, navegado por lentas pesadillas.
Varias veces se despertó llorando sin recordar por qué. Una vez creyó oir la voz de
Fina, pero no estaba ahí. Otra vez conversó con Federico, y escuchó claramente que
decía: "la arrogancia de los agonizantes"; y cuando abrió los ojos no había
nadie. Luego durmió inmóvil, sin sueños. Despertó a media tarde, ya sin fiebre. La
señora Niño seguía golpeando el piso con fiereza. Parecía decidida a destruirlo.
¿Por qué? No había motivos para un odio tan feroz y tan súbito. Estaba
loca: una locura homicida, meticulosa, lenta. Tanto esfuerzo, tan minucioso esfuerzo,
solamente para volverlo a él un guiñapo de nervios destrozados, una sombra. La acción,
la acción por sí misma. La señora Niño era, lo comprendió, una mujer de acción. En
otras circunstancias (quizá con otra posición de clase) hubiera puesto su maníaca
necesidad de acción al servicio de la revolución democrático-burguesa. Tal como eran
las cosas, encerrada en su casa, no tenía más vertedero para la acción que él. Porque
era su vecino, había resuelto destruirlo. Poco a poco, sin prisa, con toda la paciencia
que fuera necesaria. Una destrucción lenta, larga, sutil, desde afuera hacia adentro,
desde el techo de su cuarto hasta el centro vital de su conciencia. Guerra popular
prolongada, del campo a las ciudades. La señora Niño había estudiado a Mao Tsé tung,
no cabía duda.
¿Qué hacer? ¿Cómo defenderse? Podía subir y estrangularla. Pero la
policía, las complicaciones, a lo peor la cárcel. No era un hombre de acción. Era un
hombre de libros. ¿Subir y machacarle la cabeza con los cuatro volúmenes de las Obras
Escogidas de Mao? Eran blandas, empastadas en cartón amarillo. Ediciones en Lenguas
Extranjeras, Pekín. No eran un arma. Las hojeó distraído. A lo mejor estaba ahí la
contra para la acción de la señora Niño, como el antídoto está en el veneno. La
derrotaría con sus propias armas. Pasó las páginas, atento: sobre la rectificación de
las ideas erróneas en el partido, no, investigación del movimiento campesino en Junán,
no, prestar atención al trabajo económico, no, problemas estratégicos de la guerra
revolucionaria de China: eso. Cómo se hace la guerra. Cómo se defiende uno.
"Las
leyes de la guerra constituyen un problema que debe estudiar y resolver quienquiera que
dirija una guerra. Las leyes de la guerra revolucionaria constituyen un problema que debe
estudiar y resolver quienquiera que dirija una guerra revolucionaria. Las leyes de la
guerra revolucionaria de China constituyen un problema que debe estudiar y resolver
quienquiera que dirija la guerra revolucionaria de China".
Aquello le
pareció de una claridad demoníaca.
"Estamos haciendo una guerra. Nuestra guerra es una guerra revolucionaria, y esta se
desarrolla en China. Por lo tanto, debemos estudiar no sólo las leyes generales de la
guerra, sino también las leyes específicas de la guerra revolucionaria, y las leyes aún
más específicas de la guerra revolucionaria de China".
El libro
se le cerró por sí mismo entre las manos. Estaba deslumbrado, y abrumado a la vez.
Había descubierto, como en una doble iluminación fulminante, que no le interesaban en lo
más mínimo los problemas específicos de la guerra revolucionaria de China, y que en
esas pocas frases didácticas, monótonas, pleonásticas, estaba el secreto de la acción.
Cualquier acción. Si se trata de la acción de la guerra revolucionaria de China, pues de
esa. Y si no, de la que sea. Se sentó mirando al techo, esperando a que la señora Niño
reanudara sus ruidos para estudiar y resolver sus leyes específicas. Se quedó mirando el
techo largo rato, pero los ruidos no recomenzaron. En todo el cielo raso reinaba un
absoluto silencio. Fue a su cuarto, por ver si así venían los ruidos a su cuarto. Hizo
lo mismo en el baño, y luego en la cocina. Completo silencio. A ese paso no iba a llegar
a ninguna parte. Se esforzó por recrear en su memoria el ritmo y la textura de los
ruidos. No era fácil. Al cabo de unos momentos se sorprendió hablando solo:
- Tac tac tac tac. Tac
tac tac. Tap tap. Tlic tlic tlic tlic. Tlic tlic tlic.
Bruscamente encolerizado cogió la escoba con ambas manos y golpeó el cielo raso con
violencia. No hubo respuesta. Aguardó unos instantes y golpeó de nuevo. Nada. Golpeó en
su cuarto, en el baño, en la cocina. Se paró en una silla para golpear también con una
botella vacía, alternando la botella y el palo de la escoba.
Absoluto
silencio.
¿Qué
hacer? ¿De qué sirve haber entendido que para aplicar las leyes hay que estudiar las
leyes, si no hay leyes?
Se sentó
ante su mesa. Encendió - como había temido que tendría que encender- la colilla de una
colilla. Tendría que salir a la calle. Podría salir a la calle, atravesar la ciudad,
irse al monte, y empezar a aplicar, del campo a las ciudades, lo que acababa de aprender
sobre las leyes de las leyes. Y al cabo de la guerra prolongada, cuando por fin cayeran
las ciudades. Vendría directamente a su casa, subiría al piso de la señora Niño y la
sometería a un juicio popular revolucionario.
O podría escribir un poema, ahora sí. El propio Mao Tsé tung había
escrito cientos de poemas. Escribiría un poema de guerra prolongada. Se dio cuenta de que
estaba cayendo una vez más en sus viejos errores: el tema del poema vendría después,
cuando supiera escribir el poema -guerra, amor, temas agrícolas. Quienquiera que escriba
un poema debe empezar por estudiar y resolver primero las leyes que rigen el poema.
Escribió:
Instrucciones para escribir un poema.
Tachó lo escrito, tras breve reflexión. Escribió en su lugar:
Problemas estratégicos de la composición de un poema. Estamos escribiendo un poema.
Nuestro poema es un poema...
¿Un poema
qué? Hacia un rato las elucubraciones de Mao le habían parecido de una claridad
inexpugnable. Ahora aplicadas a lo concreto, se le antojaban cerradas, tautológicas.
¿Dónde se estudian las leyes del poema? En el propio poema. Si la guerra es en China, es
en China: Mao es tajante al respecto. ¿Cómo escapar al circulo vicioso? Por la
práctica: escribiendo el poema, y a continuación, extrayendo sus leyes gracias al
ejercicio riguroso del análisis. Sí: pero primero hay que escribir el poema, y el
problema es ese.
O... Escobar creyó haber hecho de repente un importante descubrimiento: o al
revés: del análisis, extraer el poema. Lo cegó la evidencia: si de un poema es posible
exprimir la crítica, de la crítica es igualmente posible condensar el poema.
Le pareció, en un primer momento, sencillísimo.
Escribir prólogos -diciendo, de pasada, que un poema no necesita prólogos.
Prólogo a la primera, a la segunda, a la tercera edición. Prólogo del autor. Prólogo
del editor. Prólogo del traductor. Presentación. Preámbulo. Nota preliminar. Y luego
epílogos, apéndices, postfacios aclaratorios, sugerencias de interpretación, glosas
eruditas sobre los puntos oscuros, o confusos, o inclusive faltantes, del poema. Sí. Ese
era el camino.
Acercarse al poema desde lejos -del campo a la ciudad: entendió la
estrategia. Problemas estratégicos de la composición de un poema revolucionario en
Colombia: del campo a la ciudad, compañero, en una despaciosa espiral iniciada en el
punto más apartado, más lejano al poema, trazando una lenta curva inexorable que poco a
poco se iría cerrando sobre sí misma hasta llegar a la madriguera de la hélice, en
donde estaría esperándola el poema: acurrucado, con las ancas temblando, hipnotizado,
incapaz de levantar el vuelo. Y ahí, sería ya sólo cosa de atraparlo por las orejas y
romperle la nuca.
Tenía la boca llena de entusiasmo, como espuma. Escribió:
Notas
preparatorias para el cálculo de la curva parabólica...
Escuchó
una vez más el martilleo en el piso de arriba.
Matar a la señora Niño a dentelladas, emerger de su casa envuelto en un
triunfal vapor de sangre. Tenía hambre. Hacía días no comía. Escrutó el cielo
mortecino, los cerros negros. Pronto oscurecería, y cerrarían las tiendas. En la nevera,
los viejos hongos estaban ahora envueltos en una especie de copo algodonoso de materia
traslúcida. Los tiró a la basura. Tenía hambre. Una hogaza de pan. Tenía la
certidumbre de que en Bogotá el pan no se vende en hogazas. El mundo es como es. Leibniz
-asegura Voltaire- declaró en el norte de Alemania que Dios sólo podía hacer un mundo.
Y es este.
Se vistió, salió a la calle. ¿No podía Dios hacer un mundo en el que no
exisitera Bogotá? Parece ser que no, que era imposible.
Frente a su puerta, los dueños de una tienda de artículos eléctricos
acababan de capturar a un ratero, y lo pateaban en el suelo. Un policía de paño verde
contemplaba la escena filosóficamente. Dos señoras bien vestidas animaban a los
comerciantes con voces de rencor:
- ¡Eso, eso, denle duro! ¡Esos son los subversivos que nos matan y nos secuestran! -La
más elegante de las dos se acercó para participar. Dio una patada con su zapato agudo en
los testículos del ratero caído, que se encogió sobre sí mismo. La señora se alzó un
poco la falda para no salpicarse con los espumarajos de sangre, y le pateó también la
cara. A Escobar le pareció un ratero de aspecto distinguido, de chaleco y corbata y
zapatos de plataforma, malos para correr, por culpa de los cuales, sin duda, habían
podido capturarlo los de la tienda de artículos eléctricos. Desde su alta ventana la
señora Niño gritaba a voz en cuello:
-¡COBARDE!
¡COMUNISTA!
Era con
Escobar, pero los demás creyeron que hablaba del ratero, y sonrieron, y uno de los de la
tienda tiró de los cabellos del caído para obligarlo a alzar la cara y saludar, como en
el teatro. Escobar se alejó.
En un antro de tacos mexicanos comió unas tortas planas, blandas, que no
eran tacos, que no eran mexicanas, nauseabundas de manteca refrita. Pero el mundo es así.
Vio pasar una niña muy linda, y la siguió una cuadra, o dos. Vio pasar otros dos, sin
seguirlas. Y luego otra. Compró cigarrillos en una esquina. Se paró a ver pasar la
gente. Había olvidado cómo es la gente de fea y de numerosa. El mundo es como es.
Fue a hacer mercado, y en el supermercado lo abrumó la infinita variedad del
mundo. Compró frutas y quesos. Cogió un carrito y lo llenó de viandas. Más frutas
-plátanos y moras, mangos, un melón-, tomates y lechugas crespas, verdes, que sabía de
antemano que vería marchitarse, abarquillarse, enmohecerse en su cocina, galletas,
carnes, sopas, trago, leche, huevos, arroz de varias marcas, sardinas portuguesas, vinos
chilenos, pastas italianas, salchichas inglesas, chocolates suizos, limones para prevenir
el escorbuto, perejil. Salió a la calle cargado como un mulo, arrepentido. Era ya oscuro.
Una señora que iba tan agobiada de carga como él dejó caer de golpe todo al suelo,
soltando un alarido. De su oreja desgarrada manaba algo de sangre, y ella lloraba a gritos
señalando a un raponero que escapaba calle abajo con su arete de perlas en la mano,
velocísimo en sus zapatos de plataforma. Los paquetes al pie de la señora empezaron a
desaparecer, y ella seguía llorando. Otra señora se llevó subrepticiamente un jamón.
Un mendigo envuelto en trapos huyó arrastrándose sobre sus cortos muñones, cargado con
seis latas de melocotones en almíbar, perdiendo en la precipitación de la fuga un
cartón en el que el secretario del leprocomio de Agua de Dios certificaba que su lepra no
era contagiosa. El certificado rodó a los pies de Escobar, que lo leyó pero no se
atrevió a tocarlo. El mendigo se perdió entre la gente. Escobar echó a andar hacia su
casa con paso firme, abandonando a su suerte a la señora que todavía lloraba y ahora
intentaba recoger del suelo, entre los charcos de leche y cocacola derramada, los restos
de su compra. Un celador armado de escopeta la miraba esforzarse y gemir, sin ayudarla,
con una lata de galletas oculta bajo la ruana. Escobar empezó a silbar. ¡Dame mi lira,
oh Musa!
Porque ahora sí tenía el poema por la cola. O por lo menos el tema del
poema. Sólo en lo concreto se aprende, compañero. Lo había entendido en el supermercado
atestado de víveres como una caverna de Alí Baba, rebosante de pollos y de pavos y de
carnes envueltas en papel celofán, de whiskies escoceses y champañas francesas y caviar
negro del Báltico, enmontado de frutas y verduras, surcado de señoras con el velamen
desplegado que empujaban carritos repletos de vituallas, y sitiado por fuera como por un
ejército enemigo por un informe pulular de raponeros y celadores y leprosos y mendigos
que esa noche, por fin, tendrían para cenar melocotones en almíbar y no podrían dormir
por los retortijones. Quién les manda robar. Tenía un poema épico. Tenía inclusive el
título, engañosamente prosaico: "Análisis concreto de una situación
concreta". Sólo en lo concreto se aprende.
Al llegar a su puerta pisó la sangre ya seca del ratero apaleado, y el signo
le pareció de buen augurio.
La señora
Niño empezó a golpear arriba en cuanto entró a su casa. La desdeñó. Con una toalla
del baño se improvisó un turbante, que apretó bien en torno a las orejas. Dame mi lira,
oh Musa.
Frente al papel en blanco, el título pensado no le pareció bueno. El
género exigía otra cosa. La Bogoteida. Escribió en mayúsculas:
LA BOGOTEIDA
Y debajo: en
minúsculas:
Poema Épico.
Y debajo:
Canto Primero.
Y pensó
un rato. El turbante de toalla amortiguaba el ruido de la señora Niño, pero no
conseguía eliminarlo por completo. Escribió:
Círculos
y se arrepintió de inmediato, y tachó la palabra. Círculos de miseria, iba
a decir: unos dentro de otros, riqueza sitiada, cercada por la miseria. Pero eso de
"círculos" sonaba demasiado al Dante. Y hablar de miseria de entrada sonaba
demagógico. Un poema épico no debe ser así. Consultó dos o tres modelos en la
biblioteca. Volvió a su mesa, satisfecho. Escribiría en octavas reales.
La Bogoteida.
(¿La Bogotíada,
quizás?)
Canto Primero.
El cual
declara el asiento y descripción de la ciudad de Bogotá y de la Sabana que recibe su
nombre, con las costumbres que sus naturales tienen, y de cómo todo eso no puede durar.
¡Oh madre! ¡Oh mi ciudad!
Poeta fuera
quien cantara lisonjas, y
galanas,
de tu envidiada situación
cimera
entre las mil ciudades
colombianas.
Pero poeta yo, que a la
primera
estrofa se me mueren ya las
ganas,
no soy. Y quedarías tan
malparada
que tal vez sea mejor no
cantar nada.
Pero con eso estaba otra vez como al principio. Y el tono era falsamente
festivo, timorato. Festivo por timorato. Falso. No hay nada más difícil que decir la
verdad, le había dicho a Federico. Y eso no era la verdad. Sólo diciendo la verdad se
puede mantener un tono épico, sin ridículo, durante quince o veinte mil versos. Había
que entrar de lleno en materia, como un halcón. Vista aérea de la ciudad, y luego un
zoom cinematográfico al centro de la llaga, al corazón del pus:
Negros la guardan envidiosos montes;
dura la ciñe la tenaz miseria;
odios, no amores, son sus horizontes:
algo ahora que rime con miseria: histeria, feria, difteria. En Bogotá, probablemente,
hace estragos la difteria, entre otras muchas enfermedades infecto-contagiosas. Bogotá,
ciudad sin hospitales -lo cual puede rimar más tarde con multitud de males. Pero no, no
era cierto: a Bogotano sólo la ciñe la tenaz miseria, sino que la ceba también por
dentro. Hay que decir de Bogotá que está rodeada y rellena de miseria. Y de peligro.
Islotes duros de violencia y peligro, como piedras de riñón: y también un olor de
peligro, de miseria y violencia, como el hedor de un riñón putrefacto. Vagamente,
Bogotá tiene forma de riñón, recostada en sus cerros, nauseabunda, amorcillada.
Ciudad arriñonada que se
extiende
de norte a sur quemando la
pradera,
devorando el paisaje: cual se
tiende
negra morcilla en verde
ensaladera...
Pero ese
no era el tono épico: arriñonada, ensaladera. Imágenes grotescas y prosaicas. ¿Pero
qué puede ser más prosaico y grotesco que la ciudad de Bogotá? Una ciudad renegrida,
reblandecida, informe, pululante de gente, como una gruesa morcilla purpúrea cubierta de
insectos, bruñida de grasa, goteante, rellena de sabe Dios qué porquerías -sí: de
sangre putrefacta. Ciudad hedionda a manteca recocinada de fritangas de esquina, manando
humores turbios, rezumando coágulos de podredumbre sobre el espejo verde y tierno de la
Sabana, envenenándola.
Sin embargo, la palabra "arriñonada" se le seguía atorando en la
garganta. Y también la palabra "ensaladera".
Ciudad hecha de sangre derramada
que al septentrión devora la
pradera
Claro: había que hablar de septentrión desde el principio. Septentrión es
una palabra eminentemente épica.
Ciudad de sangre, en sangre amortajada;
ciudad que arroja sangre y sangre
encierra;
ciudad ensangrentada y desangrada
en sórdida, secreta, sorda guerra;
al sur o meridión, la plebe hambreada
de todos los malditos de la tierras
al norte o septentrión, la oligarquía
rodeada de guardianes noche y día.
CONTINUAR
REGRESAR AL INDICE
|