Sin Remedio
Antonio Caballero
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V

 

   Una muchacha joven, de pelo negro y rizado que le caía en cascadas espesas sobre la espalda y los hombros, de pantalones apretados de color escarlata, le abrió la puerta. Se sobresaltó: tenía ya preparado el beso para la mejilla de Ana María.

- ¿Está Federico?
- ¡Señora Anmery, un joven que pregunta por don Fedy! -gritó la muchacha. Y desapareció casa adentro, taconeando, haciendo revolear la cabellera, mascando la entrepierna del pantalón con la raya de las nalgas, hecha un brazo de mar. Escobar entró, cerró la puerta, se abrió paso hacia el estudio por entre el laberinto de lienzos apilados y trozos de escultura.
- ¿Quién era esa vampiresa? -preguntó.

   El corazón le dio un vuelco en el pecho. Sentada a la mesa, entre Federico y una Ana María a punto de reventar del embarazo, estaba Angela.

- Berenice, la muchacha nueva.

   Era mucho más linda que la primera vez. El hijueputa de Richi o Pichi no se veía por ninguna parte. Sintió que le temblaba el pulso.

-Explícame: por qué la muchacha nueva te dice señora Anmery y no compañera Ana María, como sería lo correcto.
- Ay, Escobar...
- Es en serio. Es decir, no me parece serio. Federico anda jodiendo día y noche con la conciencia de clase, y en su casa mantiene con sus sirvientes relaciones de tipo feudal.
- No joda, Escobar. Ana María ya no podía, con Mateo y el embarazo. No crea que es por gusto que tenemos sirvienta.

   Besó a Ana María. Tras un leve titubeo, besó también a Angela. No preguntó por Richi.- ¿Y Mateo?

- Está malísimo con fiebre, el pobre. ¡Y yo con esta barriga! Afortunadamente Angela se está quedando aquí. Y Berenice. Pero pobre, está todo colorado, todo afiebrado, con los ojitos hinchados de llorar, todo lleno de mocos, no se sabe sonar. Se muere de la sed. Y el pobre ni siquiera sabe lo que le pasa.
- Está lindísima, Angela.
   Era la primera vez que le dirigía directamente la palabra.
- Gracias, Escobar.
   Se acordaba de él. Rehuyó su mirada burlona.
- Anmery ¿me das algo de comer? Tú también estás lindísima.
- No me llames Anmery. No seas lambón. Creo que todavía quedan fríjoles. ¡Berenice!
   Berenice apareció, contoneándose.
- Berenice ¿me hace un favor? Sírvale fríjoles a don... -al señ... -a Ignacio.
- Cómo no, sus fríjoles con garra. -Berenice arrojó sobre su espalda una masa de pelo rizado de un golpecito seco de la mano. Escobar adivinó que encontraría en su plato más de un cabello negro, enroscado, largo. La miró salir, taconeando. Ella vio que la miraba salir, y le guiñó el ojo.
- Vengo exhausto -dijo Escobar. -Vengo de una reunión terrible de familia. -Y se le vino encima toda su tragedia, todo su hastío -Vengo de un mes fatigosísimo.
- ¿Qué has sabido de Fina?
- ¿De Fina? Ah, no... -no se había acordado de Fina. ¿Qué sabía de Fina Ana María?
- ¿Qué sabes tú de Fina? ¿La has visto?
- Sé que te llamó un día.

   Se le paró el corazón. No podía ser. Y la hijueputa de Henna no le había dicho una palabra. Creía haberse desembarazado de Henna para siempre, y veía ahora que le había destruido el presente, tal vez el futuro, y que desde el pasado le seguía destruyendo el presente y tal vez el futuro.

- Cuéntame de Fina.
- No sé nada, Escobar. Y no te contaría si supiera.
- No seas tan rígida. Tan leal.

   Berenice entró, contoneándose, con una bandeja humeante de fríjoles con garra, arroz y plátano frito, carne espolvoreada, aguacate, ají, un par de huevos fritos sobrenadando en la cima. Colocó el antebrazo pegado a la mano de Escobar, caliente y liso.

- Por la izquierda, Berenice -advirtió Ana María. Como doña Leonor: ya no queda servicio.
- Ay, eso como una no sabe, señora Anmery... -pero le dio la vuelta a la silla de Escobar, y al servirle por la izquierda volvió a apoyar contra su mano su antebrazo desnudo. No, Dios mío, un respiro: no podía haber escapado de Henna para venir a caer en brazos de Berenice.
- ¿Qué es eso de un mes fatigosísimo? Tú nunca haces nada. -Ana María, te advierto que hoy no vine a que me regañaran más. Vengo de que me regañe mi mamá, y mis tíos y mis tías, y mis primos y mis primas, y mis cuñados y mis cuñadas, por lo mismo: haga algo, Ignacio.
- Yo tengo un primo que se llama Ignacio -intervino Berenice. -Aignas. El también estudia inglés.

   Visiblemente, Ana María no sabía qué hacer con Berenice. Angela reía en silencio. Estaba deslumbrante de linda: un mechón de miel le acariciaba el cuello alto y fino. Hacía apenas una hora le había parecido tentador incluso el cuello de su prima flaca y embarazada, pobre. ¿En dónde andaría el hijueputa de Richi? Temía verlo llegar de un momento a otro.

- Gracias, Berenice. Están magníficos.
- Ahí regularones no más. Eso como una no es cocinera... Yo estudio -confió Berenice. - Inglés y secretariado bilingüe. Don Fedy me va a conseguir una beca.
- Bueno, Berenice, después hablamos de eso -dijo por fin Ana María. -Ahora estamos hablando.

   Ofendida, Berenice se retiró, taconeando, mirando de reojo a Escobar.

- No entiendo cómo la gente puede tener sirvientas -se quejó Ana María.
- Ya no queda servicio -comentó Escobar. Escudriñó su plato. No halló ningún cabello.
- No vengas ahora con que no te gustan los fríjoles con garra, Escobar, o te vas inmediatamente de esta casa.
- No, no... Me encantan. Se ve que Berenice es una gran cocinera.
- Lo llamé ayer, Escobar -dijo Federico. -Creí que estaba otra vez con Fina, porque me contest-
- Sí, sí, ya sé -interrumpió Escobar. Le incomodaba un poco el tema de Fina en presencia de Angela. (¿Y Richi, o Pichi?) -Es que pasé un mes con una mujer abominable que no me pasaba las llamadas. La odiaba.
- Si la odiabas no pudiste pasar un mes con ella -dedujo

   Ana María. El tema de Henna, aunque también incómodo, era más manejable.

- Yo sé que es difícil de explicar, pero sí: la odiaba, y pasé un mes con ella. Me embriagué de la copa de su fornicación, y cuando desperté no había manera de echarla.
- No venga a dárselas ahora aquí de gran fornicador, Escobar.

  Angela rió: la risa castradora de Lilith.

- No me las estoy dando. Es cierto. Henna, se llamaba. Se llama. Pero ya se fue, gracias a Dios.
- ¿Henna?
- Henna. Caleña. Era amiga de Fina. -Se mordió los labios: no debía hablar de Fina. ¿Qué sabría de Fina Ana María? Pero no quería preguntar en presencia de Angela, en ausencia de Richi. Aunque el abandono despierta afán de protección. Estaba utilizando a Fina. Traicionándola. En un mes de fornicación con Henna no se sintió nunca traicionándola, y ahora sí. ¿Dónde andaría Richi?
- ¿Henna? -preguntó Angela. -Yo estudié en el colegio con una nina caleña que se llamaba Henna. Tenía una risa increíble.
- Una risa abominable.
- Tenía unas piernas de dos metros de largo, divinas. Todas las de la clase nos moríamos de envidia.
- No puede ser la misma Henna. O no sé, tal vez. -¿Qué sería mejor? ¿Quejarse por una Henna horrible? ¿Ufanarse de una Henna divina? -A mí me parecía abominable.
-Pero viviste un mes con ella.
-Ya te dije que es difícil de explicar, Ana María.
- Esas cosas te pasan siempre a tí, Escobar, por cobarde. Por eso se fue Fina. Por eso se te escapa todo entre los dedos.

   La conversación se estaba volviendo incontrolable.

- Ana María, por favor. No vine a que me regañaras.
- Voy a ver cómo sigue Mateo -anunció Angela, levantándose. Sonrió, se dobló, se enderezó, se alejó, rio, tal vez incluso alcanzó a decir algo. Cuánta vida. Escobar pudo apenas seguirla con los ojos. Se recuperó de inmediato. Interrogó a Ana María:
- ¿Qué sabes de Fina? ¿Cuándo me llamó?
- No sé nada.
- Por favor, Ana María...
- ¿Alguien quiere un cacho? -ofreció Angela apareciendo repentinamente en la puerta.

Ana María negó con la cabeza, Federico no contestó. -¿Escobar? -Escobar aceptó. No era más que una chicharra ya vieja, ennegrecida y requemada. Pero los dedos de Angela. Volvió a irse, y los dejó en silencio.

- ¿Qué les pasa a los gatos?

   Los gatos, en otro tiempo tan apacibles, gruñían en las esquinas, lanzaban repentinos zarpazos. Esa casa había cambiado. No se puede dejar un mes sola a la gente.

- Están nerviosos -dijo Ana María.
- Sí, veo. Pero por qué, si no soy indiscreto.
- Es el perro de Angela. Los aterroriza.
- ¿Dónde está?
- Encerrado atrás. Pero lo huelen.
   Se reanudó el silencio. Debería irse, tal vez. Pero no antes de que volviera a salir Angela, para verla. ¿Y qué hacía ahí el perro de Angela?
-¿Y Richi? -preguntó.
- Se separaron. Afortunadamente. Para Angela.
   No dejó ver el súbito tumulto de su alma.
- Ana María ¿no eras tú la que me decía que había que casarse, siempre?
- Sí, para divorciarse.

   Se notaba mucha tensión en el ambiente. Federico no había pronunciado una palabra, y ahora rebullía sin hablar el azúcar de su café, interminablemente.

- ¿Para qué me llamó el otro día? -dijo Escobar, cambiando el tema.
- Ayer -respondió Federico.
   ¿Ayer? Habían pasado tantas cosas. Ninguna, en realidad.
- ¿Ayer?
- Lo llamé a pedirle el poema que me había prometido.
- ¿Qué poema?
- No me diga que no se acuerda. Un poema comprometido.
- ¡Qué se va a acordar! -rezongó Ana María. -Si no se acuerda ni de Fina...
- Se me había olvidado.
- Claro -remató Ana María, irónica. Federico renunció a la palabra:
- Bueno, entonces habla tú, vieja. -
- ¡Sí! hablo yo! Nunca me dejas hablar. Tu compromiso, tu compromiso, tu compromiso.
- ¡Aaaaahhhhh! -Federico se tomó el café de un sorbo, se levantó, sacó un libro de la biblioteca.
- Por lo menos podías ir a mirar cómo está el niño.
- Angela fue.
- Angela fue a arreglarse. Va a salir.
- Está con Berenice.
- ¡Sabes que yo no puedo ir! -estaba muy nerviosa, Ana María: más que los gatos. -No le tengo ninguna confianza a Berenice. No me gusta.

   Federico entró a ver al niño. Se cruzó con Angela en la puerta, esplendorosa. Sobre las botas de cuero, unos largos jeans descoloridos se le pegaban a los muslos, se le cuajaban en las nalgas.

- No te preocupes, Ana, yo vuelvo temprano.
- Sí, no te preocupes: de todos modos ahí está Berenice. O Federico.

   Angela rio. Besó a Escobar en la mejilla. No pudo contenerse:

- Niña, está lindísima usted. ¿Cuándo la vuelvo a ver?
- No sé. Nos vemos.
- Es en serio... -se lamentó Escobar. Angela le dio la espalda riendo. En el fondo de la casa, en alguna puerta, se ofa el rasguñar angustiado de un perro. Los gatos bufaron, erizándose, y Ana María los espantó de mala manera. Nadie es feliz. Oyó el portazo de Angela al salir. ¿Con quién saldría?
- ¿Cuándo hablaste con Fina?
- Si hubiera hablado con Fina, no te lo diría.
- Ana María, por favor: si estás furiosa con Federico, es problema de ustedes. Pero no te pongas furiosa conmigo.
   ¿Quieres que me vaya?
- No estoy furiosa con Federico. No te vayas. Estoy furiosa contigo.
- ¿Porqué?
- Por Fina, -y ante el gesto de exasperación de Escobar:
- Sí, por Fina. Tú no tienes derecho, Ignacio.
- La que se fue fue ella.
- Y tú te fuiste a fornicar con otra.
- Llegó a mi casa, no es culpa mía.
- Ay, pobrecito, te violaron.
- Sí, me violaron.
- Por eso se fue Fina, la entiendo perfectamente.
- ¿Ves? Tú misma dices que fue ella la que se fue.
- ¡No seas ridículo, imbécil...! ¿Y a tí no se te ha ocurrido buscarla?
   Escobar se desconcertó: no se le había ocurrido.
-¿Y dices que la quieres?
- Sí, la quiero. No la he buscado, no porque no la quiera, sino porque fue ella la que se fue y me dejó solo.
- Pobrecito, te dejó solo. Y entonces vino otra y te rescató.
- No, no me rescató. ¿Por qué estas tan nerviosa, Ana María? ¿Qué te pasa?
   Ana María se echó a llorar.
- ¡Yo qué sé! Estoy embarazada hasta los ojos. Mateo tiene fiebre, detesto a esa Berenice, me dice señora Anmery, Angela se acaba de separar de Richi y está viviendo aquí con maletas y perro y toda esta casa oliendo a perro y Federico que no ayuda para nada y se la pasa en reuniones del partido, en reuniones del partido, mierda, como si eso sirviera para algo...!

  Echó el cuello hacia atrás, llorando, rechinando los dientes. Escobar intentó consolarla con la mano, sintiéndose impotente, indefenso, sin saber qué hacer. ¿Llamar a Federico? La besó en los cabellos. Olía a lágrimas. Tenía un olor caliente, febril. A lo mejor también ella tenía fiebre, como el niño. ¿Sería algo contagioso? La besó más fuerte, avergonzado de su propio temor.

- Todo es una mierda, Ignacio, todo es una mierda... -y se dejó llevar por el llanto abiertamente. Federico volvía en ese momento, ceñudo, silencioso, con la barba hostil, oscura, que le daba un aspecto feroz.
- Lloró un rato, pero ahora está dormido.
   Ana María se secó las lágrimas.
- ¿Le diste agua?
- Sí. ¿Estabas llorando tú?
- No, no estaba llorando. ¿Es que ya no puedo ni llorar?

  Federico se encogió de hombros, volvió a coger el libro que había dejado abierto, espantó a los dos gatos, que se habían refugiado en su sillón. Y una vez más quedaron en silencio. Por distender algo el ambiente, Escobar comentó.

- Tu hermana Angela está lindísima.
- ¡Carajo, Escobar, no hay derecho!
- Ana María estalló otra vez, sobresaltando a Escobar.
- ¡Hay qué ver cómo son los hombres, carajo: venir a decir ahora que mi hermana está lindísima!
- Es que está lindísima, es verdad.
- No seas imbécil. A tí te da igual que mi hermana esté lindísima o feísima. Te daría lo mismo Berenice. Cualquiera que pase por ahí. Tú le pones cara de estar solo.
   Escobar enrojeció.
- Las mujeres somos unas imbéciles, carajo -prosiguió Ana María. -Tiene razón Fina, que te dejó. Tiene razón Angela, que dejó al imbécil de Richi. Aunque Richi no era un imbécil. Era buena persona. Por lo menos él era buena persona.

   Federico interrumpió:

- Ana María, no digas pendejadas.
- ¿Por qué no recoges los platos?
- Ya viene Berenice.
- No me resisto a Berenice. Recógelos tu.
- ¿Quieres que la eche?
- No es eso. Es que no me la resisto: ay, señora Anmery, ay, señora Anmery...
   Entró Berenice, y hubo un nuevo silencio.
- ¿Cómo está el niño, Berenice?
- Está dormidito, señora Anmery.
- Recoja los platos, ¿Sí? por favor.

   Mientras limpiaba la mesa, Berenice se contoneaba sola, insinuaba un juego de nalgas y caderas, le lanzaba a Escobar miradas pícaras. Federico leía su libro, y se mordía las uñas.

- ¡No te comas los dedos, por favor!

   Federico dejó de mordisquearse las uñas. Berenice terminó su tarea y se fue. Ana María preguntó a boca de jarro:

- ¿Por qué te gusta mi hermana? No la conoces.
- No, pero me parece linda.
- Para qué. -No era una pregunta, sino un pistoletazo. Estaba muy agresiva. Ana María.
- No sé. Para nada.
- Para qué.

   Federico seguía leyendo su libro. Escobar pudo distinguir el título: Mao Tsé tung, Obras Escogidas, Consuelo de la filosofía.

- Bueno, sí -se rindió Escobar:
- Para acostarme con ella.
   ¿Te parece bien?
- No, no me parece bien.
- ¿No te parece bien que me quiera acostar con tu hermana, que me parece linda? ¿Qué es lo que no te parece bien? ¿Qué sea tu hermana? ¿No te parece bien que los hombres se quieran acostar con las mujeres?
- No, no me parece bien. No es verdad.

    Federico pasó una página. ¿Estaría leyendo? ¿Escuchando? A Mao debía sabérselo de memoria. Y a Ana María.

- No es verdad qué.
- Que los hombres se quieran acostar con las mujeres. -La afirmación, al ver a Ana María embarazada hasta los párpados, resultaba un poco absurda. -Tú no te quieres acostar con mi hermana. Lo único que quieres es decir que te quieres acostar con ella. Como todos los hombres: lo que quieren es decir que se quieren acostar con las mujeres, pero en realidad no quieren. Y tú, menos. Tú no te quieres acostar con nadie, Escobar: por eso al final se te van todas. Por eso se fue Fina. Por eso se fue esta otra ¿cómo se llama? Henna. - Henna no se fue. Me fui yo. Y sí, fue por eso: porque no me quería acostar con ella. En eso tienes toda la razón. Trató de ser ligero: Ana María estaba verdaderamente muy agresiva, muy nerviosa. Interrogó con la mirada a Federico, que no alzó los ojos de su libro de Mao. -Tú no te quieres acostar con nadie, Escobarito. Y mucho menos con mi hermana. Los hombres no se quieren acostar nunca con nadie. Por eso nos vamos todas. O deberíamos irnos, si no fuéramos tan pendejas.
- Yo no sé los demás. Pero yo sí. Con algunas, no con todas. Con Henna no, por ejemplo. Con tu hermana Angela sí, por ejemplo.

   Ana María insistió, circular, terca (le recordaba a Fina):

- Tú no te quieres acostar con Angela. Eres como todos.
- Sí quiero. Tú eres como todas: crees que sabes mejor que yo lo que yo quiero.
- ¡Porque lo sé mejor que tú, so gran pendejo! -Ana María rio con una risa de loca.
- Tú no sabes lo que quieres. Ninguno de ustedes sabe lo que quiere.

   Tampoco esta vez reaccionó Federico. Acababa de pasar una página, y ni siquiera parpadeó.

-En general, tal vez -concedió Escobar-: pero en éste particular, sé que me quiero acostar con tu hermana Angela. -A lo mejor tenía razón Ana María: le gustaba decir que se quería acostar con Angela. Sí, pero además le gustaría hacerlo.
- ¿Porqué?
- ¿Por qué? -quedó desarmado, desconcertado, silencioso. Ana María soltó una risa feroz, intempestiva, agresiva como un timbre. No debía ser fácil estar casado con Ana María, ya en la intimidad. A lo mejor su hermana era igual. Físicamente se parecían bastante.
- ¿Ves? -lanzó Ana María, triunfal. -Ni siquiera sabes por qué. Luego no quieres.
- No tiene nada qué ver. Pregúntale a Federico por qué le gustaría acostarse con tu   hermana. Verás que él tampoco te sabe explicar exactamente.
- Federico tampoco quiere acostarse con mi hermana.
- Yo no quiero acostarme con Angela -corroboró Federico como un eco, con el rostro cerrado, impenetrable, sin levantar los ojos de las Obras de Mao.
- ¿A tí te gustaría acostarse con Angela? -interrogó Ana María, repentinamente suspicaz.
- No, mi amor -dijo Federico, recalcando las sílabas.
- Acabo de decir que no quiero acostarme con tu hermana.
- ¿Pero te gustaría? -No, no me gustaría.
- ¿Porqué?
- ¡Ah, mierda, Ana María...! -Federico se puso en pie de un golpe, dejó caer el libro.
- Voy a sacar al perro.

   Escobar se sintió abandonado. A todo esto, Angela había dejado de existir: se había vuelto un concepto abstracto, un tema de discusión, de especulación filosófica. Recordaba o tal vez imaginaba, y con esfuerzo el olor de su perfume, al despedirse: sus largas piernas forradas en los jeans, los jeans entre las botas, la mano apartando el pelo para el beso. Más que el olor de Angela, tenía en el paladar el sabor arenoso de los fríjoles de Berenice. Federico pasó casi arrastrado por el perrazo gris, que agitaba la cola como loco, y gemía. Los dos gatos se colocaron de un brinco sobre la chimenea, soltando violentos bufidos, con las colas verticales contra el enorme rostro plano de Mao en cuadricromía.

- Si me llaman, que ya vuelvo.

   Ana María no contestó. Se oyó el golpe de la puerta, el rasguñar del perro escaleras abajo. Los gatos se sosegaron poco a poco, empezaron a lamerse la raíz de la cola.

- Dime: ¿Angela era feliz con ese tipo, Richi, Pichi?
- ¿A tí qué te importa?
- No me importa. Por saber.
- ¿Para qué quieres saber?
- Ay, Ana María... Quiero saber porque, si me quiero acostar con tu hermana, es útil saber si es feliz o no es feliz con su marido.
- Ninguna mujer es feliz con su marido, Escobar.

    A ratos. ¿A ti qué te importa? ¿Te piensas casar con mi hermana?

- No tiene nada qué ver.
- Todos los hombres son iguales.
- Eso es una cosa que dicen todas las mujeres, Ana María querida, y es una de las cosas que hacen que todas las mujeres sean iguales.
- ¿Y Fina?
- Fina también es igual. Y Henna. Y mi mamá. Todas son como tú: piensan, que acostarse y casarse son una misma cosa, como en las películas gringas de los años cincuenta, y salvo en las películas gringas de los años cincuenta son dos cosas que no tienen ninguna relación. Tú crees que sí: "Te quieres acostar con Angela? ¿Cuando te vas a casar con Angela? ¿Cuántos niños vas a tener con Angela?" Y no es eso, son cosas muy distintas.
- ¡Los hombres no, claro! ¡Para lo que después les importan los niños!
- Ana María, qué te pasa.
- Nada. No me pasa nada. A tí no te importa lo que me pasa.
   Se tranquilizó súbitamente. Una tranquilidad que a Escobar le pareció ominosa.
- No te preguntaba eso. Te preguntaba por Fina.
- ¿Fina qué? -exploró Escobar, suspicaz.
- Eso te digo yo: Fina qué.
- Igual, ya te dije. ¿Qué sabes tú de Fina? -No, igual no. Eres tú el que eres igual. Por eso todo te da exactamente igual, todas te parecen iguales. Te da lo mismo Fina que Henna que mi hermana. Todo te da igual porque nada te interesa, Escobar.
- Al contrario, ya te expliqué. Fina es una cosa, Henna es otra cosa muy, muy distinta, no sabes cuan distinta. Tu hermana es otra cosa.
- Por eso mismo. Dices que te quieres acostar con mi hermana. Y entonces Fina qué.
   ¿Por qué no volvía el imbécil de Federico?
- Entonces Fina nada. No tiene nada qué ver. Ya te digo, son cosas muy distintas.

   Desde el principio había sabido que no hubiera debido dejarse embarcar en esa conversación. No le haría el menor bien para con Fina, ni el menor bien para con Angela.

- ¿Tú quieres a Fina?
- La adoro. Ya sabes. ¿En qué andará el imbécil de Federico?
- Federico no es ningún imbécil, no seas imbécil tú. Contesta. Tú no quieres a Fina.
- Eso no es una pregunta.
- No seas imbécil.
- No soy imbécil. Sí quiero a Fina.
- No quieres a Fina. Eso es lo que la imbécil de Fina no acaba de entender. Pero no lo digo porque crea que quieras a mi hermana, no soy tan pendeja. Tú no quieres a nadie, Escobar. Ni siquiera te quieres a tí.
- Si quiero a Fina. Lo de tu hermana es otra cosa, no hablemos de eso. Es una pendejada: tú me metiste en eso a la fuerza.
- A la fuerza. Pobrecito. Eso te pasa siempre, pobre: todo te pasa a la fuerza. Te violan.
- Eso es verdad. Me violan.
- Sí, eso es verdad, yo sé. Eso es lo malo que te pasa. A tí todas las cosas te pasan desde afuera, te violan a la fuerza. Y por eso nunca te pasa nada. Todas las cosas te vienen desde afuera, y por eso todas son iguales. Tú no escoges, no intervienes, no puedes distinguir, no puedes preferir. Por eso todo te da lo mismo. Por eso no te pasa nada. Por cobarde.

   ¿En qué momento se había dejado meter en esa discusión? A la fuerza. Por inercia. Por cobarde. Por huir de su familia, que hablaba mal de Fina. ¿Cómo escapar? Huye, que sólo el que huye escapa.

- Me viven pasando cosas, Ana María, con tu perdón. Fina se fue, y no ha vuelto.

Henna casi no se va, y ni siquiera estoy seguro de que de veras se haya ido: todavía me falta volver a mi casa y ver. Tu hermana...

- ¡No metas a mi hermana!
- Bueno, no. La metiste tú.
- Además nada de eso te pasa a tí. Les pasa a ellas.
- Me pasa a mí.
- No.

   ¿Para donde iba todo eso? ¿Acaso no había pasado un mes desde que habían dicho lo mismo? Ana María estaba muy nerviosa, era visible. El embarazo, la enfermedad del niño, el mal humor de Federico. O tal vez al revés: el mal humor de Federico era producto del embarazo, la enfermedad del niño consecuencia del nerviosismo de Ana María. Y más allá de todo, causa tras causa eficiente, la propiedad privada de los medios de producción, o la voluntad de Dios, o el velo multicolor de Maya. Se quedaron callados. Ana María cerró los ojos. Oyeron el chasquido de la llave en la puerta, la excitación del perro, la fuga atropellada de los gatos furiosos. Ana María desvió de una patada desmañada el asalto del perro, que llegaba feliz de su paseo. Federico lo arrastró para encerrarlo en el fondo. Sonó el teléfono. Contestó Federico. Dejó caer el auricular.

- ¡Berenice! ¡Es para usted!
   Apareció Berenice, coquetona.
- ¿Jellou? -dijo en el aparato. Y luego: -¡Quiuuubo, ole! Usted si ni más ¿no?
- ¿Por qué no vas a ver cómo está el niño? -preguntó Ana María.
- Acabo de mirar. Está bien.
- ¡Tú qué vas a saber! No lo ves nunca.

   Escobar, de haber estado en el lugar de Federico, hubiera puesto cara de mártir. Federico no alteró las facciones: una cara cerrada e impasible entre la barba hirsuta. Ana María se izó trabajosamente de su silla. Estaba de verdad considerablemente embarazada. La cara, salvo los ojos rojos y algo hinchados de llanto, seguía igual, fina y limpia. Pero el cuerpo era ahora una informe vejiga hinchada, todo barriga bajo la larga falda hippie, multicolor como el velo de Maya. Se paró muy echada hacia atrás, quebrando la cintura, equilibrando el peso de su vientre.


-
Voy a ver como está el niño.
- Ana María - anunció Federico-, tengo que salir. Probablemente vuelvo tarde.
   Ana María se puso irónica:
- ¿Vas a hacer un trabajo de masas?
- Tengo que ver a unos compañeros - respondió Federico, impasible.
- Ultimamente Federico hace mucho trabajo en las bases- explicó Ana María con ironía amarga, algo teatral. - Yo lo espero aquí. ¿No, Federico?
- Federico no contestó una palabra. Escobar le envidió la maestría, la impavidez, la calma. La experiencia de la militancia política, quizás.
- Bueno, entonces vete - desafió Ana María.

  A Escobar se le vino el alma al suelo. Había esperado que podría ver a Angela a su regreso. Había hecho incluso planes.

- Todavía no - dijo Federico.- Primero tengo que esperar una llamada.
   En el teléfono, Berenice charlaba feliz, adoptando poses lascivas.
-¡Uuuuy loco! -decía- ¡Uuuuy loco!
- Berenice- dijo Ana María- cuelgue: Federico está esperado una llamada de los compañeros del part-
- ¡Ana María!- la interrumpió Federico. Le llameaban los ojos. Ana María calló en seco. Dio la vuelta y se fue casa adentro sin decir una palabra.
- ¿Qué le pasa a Ana María? - preguntó Escobar. Federico señaló con la barba a Berenice, que seguía conversando.
- ¡Uy, usted si es muy loco! -decía riendo: reía arrojando la cabeza hacia atrás, dejando balancear libre el peso de la cabellera, ofreciendo la garganta morena y regordeta.
- Berenice, estoy esperando una llamada. -dijo Federico.
- Bueno, amorcito, aquí me piden el teléfono...-dijo Berenice. Dejó vibrando la voz en un ronroneo -mmm...mmmmmm... un amigo... de veras, amorcito, solo un amigo... mmmmmmmm...
- Berenice, por favor -pidió Federico.
- Bueno, amorcito, ahora sí de veras le cuelgo ¿bueno? Chaito Chao. Bai bai. Oquei, bai bai. Bai bai...
   Colgó. Se retiró, taconeando como una reina.
- ¿ Qué le pasa a Ana María?
- No se. Nada. Todo. El embarazo, la fiebre de Mateo, yo, el trabajo del partido, Angela, el perro de Angela, los problemas de Angela, las llamadas de Berenice, los novios de Berenice, los dientes de Mateo, que ahora están saliendo, y llora. Pero sobretodo el embarazo, supongo. No se, no se case Escobar, no tenga hijos.
- Pero Fedrico, si usted era el que me decía la otra noche...
- Bueno, no importa - federico cortó, guardó silencio.
- ¿ Para qué me dijo que me había llamado ayer?- interrogó escobar.
- Ah, sí... ¿Todavía le interesa hacer poemas comprometidos?
- Le estoy preguntando en serio
- Le estoy hablando en serio. ¿Le interesa?
- No sé - Escobar buscó una salida. - No sé como se escribe un poema comprometido.
- Nosotros le explicamos.
- Quienes, nosotros.
- Nosotros. El partido.
- Hable en serio Federico.
- Estoy hablando perfectamente en serio.
- No sé... Un poema no me lo pueden explicar. No hay poemas de compromiso.

   ¿No? Ricardito Patiño, un Petrarca, había dicho que solo podía haber poemas de compromiso.

- De compromiso no: comprometidos.
- Es lo mismo.
- Bueno, ¿le interesa?
- No sé, déjeme pensarlo.
-¿Le interesa?
- ¿Por qué no? Era algo. De todos modos no tenía nada que hacer, ni a nadie en la vida, ni para donde coger. No tenía madre, ni novia. (Angela. A lo mejor volvía Angela).
- Bueno. No tengo compromiso, de manera que me imagino que puede comprometerme.     Soy libre como el viento.
  Federico guardó silencio. Escobar también, unos momentos.
- ¿Bueno?
- ¿Bueno qué?
- Bueno. ¿Qué tengo que hacer?
- Estamos esperando una llamada.
- Ah.

   Instrucciones de Pekín, seguramente. ¿Tendría que escribir poemas en chino? Recordó lo mal recibido que había sido su haikú japonés, la otra noche. ¿Tendría que aceptar la asesoría técnica de Diego León Mantilla? ¿Cómo estaría Beatriz? Tenía lindas teticas. ¿Se le notaría ya el embarazo?

- Federico, cuando usted dice "el partido", ¿se refiere a Diego León Mantilla?
- No sea pendejo.
- Porque Diego León Mantilla no entiende un carajo de literatura, le advierto.

  Federico no contestó. Siguieron un rato en silencio, esperando.
  ¿Volvería Angela antes de que se fueran? Empezó a hacer planes fantásticos. Sonó el teléfono, y Federico empezó a hablar en voz baja, grave, lenta: sí, compañero... no, compañero... entrecortada de largos silencios.

- Estoy aquí con un compañero... -vaciló un instante-...poeta. Poeta, compañero. Un compañero poeta, compañero. Sí, poeta. Lo del foro y los intelectuales, compañero... Sí, compañero... No, compañero... El compañero de que hablamos, compañero.
   Federico colgó. Todavía vaciló un instante.
- Bueno: ¿Le interesa venir?
- ¿Compañero? -sugirió Escobar. A pesar suyo, Federico sonrió. Añadió:
- ... compañero?
- Vamos, compañero -dijo Escobar. Se sintió extraño. Pero bueno: adelante. Le sonaba raro oirse llamar a Federico "compañero" cuando llevaba todos los años de la vida sin llamarlo de ninguna manera. Pero pensó que al cabo de más años le parecería raro que le hubiera sonado raro alguna vez empezar a llamarlo "compañero". De modo que adelante.

  Federico entró al fondo de la casa. Salió de mal humor, con una chompa negra de piloto de la primera guerra, llena de cremalleras. De una escultura en yeso descolgó un casco de motociclista. Escobar la miró, le pareció vagamente giacomettiana. Por las piernas le asomaban arterias de hierro, como várices negras. -¿Me permite una crítica, compañero?

- No.
- ¿Quién es?
- Camilo Torres.
- ¿El procer? Yo sé, Federico, el compromiso, sí, pero ¿usted hace próceres de encargo?
- No sea huevón, es Camilo, el cura. Es para la Universidad Industrial de Santander. Gente muy combativa.
- ¿Y no querrán más bien algo... cómo decirle... más realista-socialista? Esto hiede a arte burgués decadente, si quiere que le diga.
- Sí. Pero es que primero lo hice realista-socialista y tenía demasiada cara de cura.
Salieron.
- ¡Ah, la técnica japonesa! -comentó Escobar, admirativo, ante la moto roja, reluciente, sembrada de espejitos.
- ¿Ustedes no eran más bien pro-chinos?
- Mire, Escobar, le advierto: lo voy a llevar a que conozca a unos compañeros, de modo que hágame el favor de no decir muchas huevonadas: yo respondí por usted.

  La llovizna vagamente luminosa, las basuras fermentando dulcemente en la noche, un celador de ruana en bicicleta, culebreando en subida por las calles empinadas de la Perseverancia. Anuncios luminosos de droguerías y licoreras, verde menta, rosa eléctrico, cadmio. La moto palpitaba entre las piernas de Escobar, y lo cegaba la llovizna. Federico evitó las tinieblas del Parque Nacional y bajó a la carrera séptima, parándose a rugir en los semáforos. De los carros herméticos los miraban con aprensión disimulada: los asesinos de la moto. Busetas parpadeantes de luces y de altares, atestadas de gente. Muchedumbres saliendo de los cines, de los bachilleratos nocturnos.

- ¡Esta es su realidad!
-¿QUE?
- ¡SU REALIDAD! ¡ESTA!
- ¿MI REALIDAD?
- ¡SI! ¡NO LOS SONETOS!
- ¿LOS SONETOS?
- ¡LOS SONETOS HUEVONES!

   Era difícil hablar. Sus sonetos no tenían nada de huevones -o tal vez sí, pero no en el sentido en que lo estaba entendiendo Federico. Pegó su boca al casco y le gritó:

- ¡PEQUEÑO BURGUES RADICALIZADO!
- ¿QUE?
- ¡ ¡PEQUEÑO BURGUES RADicali... -se le rompió la voz. Lo guardaría para más tarde.     Había leído siempre que eso era el peor insulto entre auténticos revolucionarios: pequeño burgués radicalizado. La moto corría hacia el norte, rauda, bramadora, cortando las cortinas de llovizna, escorando como un buque para adelantar carros y buses. Qué máquina tan peligrosa. Federico avanzaba a una velocidad insensata entre el caos del tránsito, se aventuraba en los estrechos desfiladeros de hierro entre dos buses, rozándolos con las rodillas, a un milímetro de sus llantas colosales. Escobar se abrazaba a sus espaldas, ciego de lluvia, furioso y aterrado: pequeño burgués radicalizado de mierda. Desde lo alto de un bus, en un semáforo, un chofer escupió con certera violencia sobre el casco de Federico. Se lo merecía, por pequeño burgués radicalizado de mierda, pero Escobar sintió arcadas de náusea. ¿Qué hacía él ahí, a dónde se dejaba llevar, en ancas de esa moto como una doncella rescatada? A lo mejor tenía razón Ana María: todo le daba igual: cabalgar en moto rumbo a lo desconocido, ensordecido por el viento, o cenar en casa de su madre con monseñor Botero Jaramillo. La misma aceptación, la misma falta de entusiasmo. Inerte. Disponible. Libre como el viento. Como una piedra. Libre o inerte, daba lo mismo.

   Muy lejos, en el norte, doblaron hacia abajo por una amplia avenida arbolada, en contravía, y se deslizaron por un camino de grava. Federico apagó por fin su máquina. Asordinada por la distancia se escuchaba la música violenta de una discoteca. ¿Venían a poner una bomba? ¿A bailar? En la llovizna, encaramados en el prado bajo los altos árboles goteantes, refulgiendo en la sombra, se alineaban docenas de automóviles. Federico le confió su moto a un celador armado.

- Cuídemela, hermano.
  Se pararon a esperar bajo la fronda húmeda de los árboles, entre espaciados goterones, en silencio.
- ¿Eso es lo que usted llama "mi realidad"?
- En parte.
- Ah, ya entiendo. Se trata de una excursión didáctica.

Primero el sur, el centro, los siete círculos de la explotación y la miseria, los niños en harapos que escarban las canecas de basura, las busetas repletas. Y luego el norte, el cielo, el Unicornio, los lujos corrompidos de la gran burguesía.

- No sea pendejo.
- ¿Vinimos a bailar?
- No sea huevón, Escobar. La cita con los compañeros es aquí.
- Ah. Los compañeros son socios del Unicornio.
-
No, los compañeros no son socios del Unicornio. Pero el celador del Unicornio, en cambio, es un compañero muy bueno que... ¡Ay, Escobar, por Dios, no joda más!
- Es que no entiendo. No entiendo por qué me trajo aquí. Y la verdad, tampoco entiendo mucho por qué me quieren conocer a mí sus compañeros.
- Aquí, porque aquí es la cita. Y a usted, no porque sea usted en particular. El partido ha decidido abrir un frente de lucha cultural, sobre las pautas de Mao en el Foro de Yenán. Una cosa bastante amplia y abierta -pero, claro, con intelectuales y artistas más o menos consecuentes, con cierta posición de clase. Yo respondí por usted. Yo lo propuse.
- ¿Y cuál es mi posición de clase, si se puede saber?
- Pequeño burgués radicalizado.

   Súbitamente los cegó la luz potente de unos faros, y un enorme automóvil estuvo a punto de arrollarlos al trepar bruscamente el bordillo de la acera para subir al pasto, entre los árboles. Otros dos más llegaron de inmediato en un chirriar de llantas. Descendió un grupo numeroso: niñas morenas, rubias, de largas piernas de seda, desnudas las espaldas; tipos vestidos de smoking, tambaleantes de alcohol, lanzando voces: "No jodás, Bobby, you'll kill everybody one of this nights en ese hijueputa Jaguar" -y uno besaba los hombros desnudos de una niña, y otro orinaba contra el tronco de un árbol, y otras dos niñas caminaban delante, conversando. El llamado Bobby le arrojó desde lejos las llaves a Federico.

- Ala, viejo, parquéame bien ese carro.

   Se alejaron rumbo a la música, entre risas y gritos -"¿Y Claudia? Where is Claudia?"-Federico dejó caer las llaves en el pasto crecido.

- ¿No serían esos los compañeros que estamos esperando?
- No sea huevón.
- No sea huevón usted. Ha perdido por completo el sentido del humor, Federico. El marxismo- lenninismo idiotiza a la gente.
- Al revés: el humor idiotiza a la gente.

   Con un grito de llantas en asfalto frenó delante de ellos otro carro reluciente. Escobar esperó ver descender otro grupo de niñas deslumbrantes. Las dos puertas se abrieron.

- Adentro, compañeros.

   Por dentro olía a carro nuevo y caro, a cuero vivo. Federico subió delante, junto al que manejaba: camisa de bolsillos, muñecas nervudas, reloj de submarinista, patillas largas de procer de la Independencia, y una sonrisa dientuda que inspiraba confianza. El compañero Douglas, presentó Federico. Atrás, a lado y lado de Escobar, que quedó encajonado en la mitad del asiento, la compañera Zoraida y el compañero Hermes. En respuesta al asombro de Escobar, el compañero Douglas aclaró, riendo:

- No, compañero, no somos oligarcas. El carrito es robado.
   El compañero Hermes corrigió:
- Recuperado, compañero.

   El compañero Hermes tenía un bigote lacio y negro, y anteojos negros en la oscuridad del automóvil, y a diferencia del compañero Douglas no inspiraba la más mínima confianza. La tez oscura, dura como cuero, áspera de cicatrices de viruela. De la compañera Zoraida Escobar sólo percibía el calor silencioso contra su brazo izquierdo, su piel mate en la ropa floja de hombre y una mata oscurísima de pelo en la penumbra. Los dos callaban. El compañero Douglas, en cambio, hablaba fuerte y manoteaba, y a veces se volvía por completo en el asiento como si olvidara que era él quien iba manejando. Federico le indicaba cruces y bocacalles que él ignoraba con risas y silbidos, acelerando, desdeñoso. Apenas se oía al zumbido poderoso del motor, y sin embargo en un instante estuvieron a un paso de la autopista. El carro giró en U sobre dos ruedas, acrobáticamente, Escobar recibió sobre su cuerpo todo el peso y todo el olor fuerte de Zoraida mientras él a su vez rodaba sobre Hermes y se clavaba en el ilíaco el filo duro de algo que debía ser una pistola.

- Verraco carro -comentó el compañero Douglas con orgullo. Subieron calle arriba como una flecha. -Bueno, pregunte, compañero.

   ¿Pero preguntar qué? ¿Por qué no preguntaban ellos? Frente amplio cultural, o lo que fuera eso exactamente. ¿Realizar foros de poetas? ¿Escribir proclamas? El huevón de Federico lo había soltado así, de pronto, en medio de la vida, como en un parto, sin explicarle nada claramente, pequeño burgués radicalizado de mierda. Miró a Hermes: apenas el reflejo negro de sus anteojos negros de mafioso. Miró a Zoraida: sólo vio el relucir del blanco de los ojos. Veía mejor a Douglas, iluminado por el reflejo de los faros. Le faltaba la falange del índice de la mano derecha. Manos callosas. Se miró las suyas subrepticiamente, a la luz intermitente de los faroles de mercurio: ni un callo. ¿Pero por qué se sentía confusamente avergonzado? ¿Intimidado? División del trabajo, compañero: usted dispara un fusil, yo corrijo la ortografía de una proclama. Sí, pero no tenía ni un callo: ni siquiera el que sale en el anular de sostener la pluma, el cálamo. Meses sin un poema. Y si ahora le pedían uno ¿sería capaz de componerlo? Se sentía ante un examen. ¿Quiénes eran? ¿Combatientes? ¿Ideólogos? ¿Intelectuales con una posición de clase consecuente? En la pretina de Hermes, apoyado en su cadera, podía sentir el peso frío de la pistola. Un carro caro es siempre menos amplio de lo que parece desde afuera. Carraspeó, reflexivo:

- Bueno, y ustedes qué.
- La Revolución, compañero -respondió Hermes a su derecha, acomodándose con parsimonia los anteojos en el puente nasal. A su izquierda, Zoraida interrogó a su vez:
- Y usted qué, compañero.
- ¿Yo?
- El compañero Federico nos dice que usted es de confianza, compañero -agregó Zoraida. Su voz era grave, intensa. Morena, fina, de párpado árabe y nariz grande y aguileña. Turca, probablemente. Zaida, Zoraida, Zorahaida- las tres hijas, del rey moro. Tres moricas me enamoran en Jaén: Aiza, Fátima y Marién... Pero era frívolo estar pensando en eso mientras los otros daban explicaciones sobre el trabajo militar, político y de masas, y la jepepé.
- Compañero -le costaba un gran trabajo, casi una tos, que le saliera con naturalidad la palabra "compañero": mi teniente, excelencia reverendísima. -Compañero: ¿qué es la jepepé?
- Guerra Popular Prolongada-aclaró Zoraida, no sin cierto desdén condescendiente.
- Ah.

   Hablaba con lentitud, Zoraida, con deliberación tensa, respirando hondo entre frases didácticas, abriendo mucho las fosas nasales, como una poetisa costeña que recitara sus propios versos. Olía a mujer, pensó Escobar. En la estrechez del automóvil, y contrabalanceando el peso frío en la cadera de la pistola del compañero Hermes, sentía el peso caliente del seno de Zoraida apoyado en su codo. Y no podía evitar (aunque se sabía frívolo) imaginar cómo sería su cara en el amor.

- Mire, compañero -resumió de repente el compañero Douglas-: este país nuestro lo tienen vuelto mierda los gringos y los ricos.
- El imperialismo y sus aliados locales -tradujo Zoraida.
- Y los militares -añadió Hermes.
- Brazo armado de la burguesía -tradujo Zoraida.

   Douglas aceleraba a fondo por la carrera séptima hacia el norte, hasta Usaquén, donde el asfalto se terminaba en barrizales frente al cuartel de la caballería. A punto de llegar a las garitas de los centinelas frenaba en seco, y el carro se deslizaba un poco más, lanzando a lado y lado surtidores de fango, giraba como un trompo y quedaba con el hocico apuntando hacia el sur. Arrancaban a toda velocidad rumbo al sur, con el motor aullando. Hermes señalaba las garitas salpicadas de lodo y decía: "el enemigo". Y devoraban calles nuevamente, y se notaba que el compañero Douglas iba feliz manejando el carro poderoso y rugiente, saltándose semáforos, esquivando de un brusco timonazo camiones repentinos que brotaban sin luces en la cola en el haz de los faros. Arriba, en el flanco del cerro, se adivinaba el caserón sombrío del seminario. Escobar tenía miedo de que acabaran estrellados contra un poste. El rostro verde oliva del compañero Hermes parecía animarse con la embriaguez de la velocidad. Federico no movía la cabeza, y su nuca impasible no reflejaba ninguna emoción.

   Zoraida hablaba. Tres moricas tan lozanas iban a coger manzanas en Jaén: Aiza, Fátima y Marién.

   Se distraía. Oía su voz, ligeramente ronca, y seguía atento el movimiento de sus labios. Pero no entendía bien. Zoraida hablaba de la caracterización de la sociedad colombiana desde un punto de vista materialista e histórico, y sus labios se cerraban un instante, se apretaban, inesperadamente duros y pálidos en la oscuridad vaga cargada de su olor salado y dulce, a mujer. El orden colonial y semi-feudal, ¿cierto? -y el compañero Hermes asentía: cierto. Los aliados locales del imperialismo, ¿cierto? Cierto. La capa de terratenientes, grandes banqueros y magnates de la burguesía compradora, ¿cierto? Cierto. Douglas se volvía a veces, sin soltar el timón: es por Colombia, compañero, por la gente de este país. Zoraida traducía: revolución democrático-burguesa al servicio de la liberación nacional, ¿cierto? Cierto. Es con la gente, compañero, con la gente verraca, que trabaja y que se jode, con los campesinos, con los obreros... Zoraida traducía, seria, intensa: contenido democrático, movimiento huelguístico, ¿cierto? Cierto. Guerra del campo a la ciudad, ¿cierto? Cierto. Zonas liberadas, ¿cierto? Cierto. Escobar interpuso una objeción.

- Perdón si la interrumpo, compañera. Me da la impresión de que eso no tiene mucho que ver con Colombia. Ustedes llaman "zonas liberadas" a los sitios en donde hay unos guerrilleros escondidos sin que los hayan todavía descubierto. No sé si-
- El presidente Mao, compañero -cortó Zoraida -dice-- Por eso, por eso -interrumpió Escobar de nuevo. -Es que me da la impresión de que ustedes no han tratado de entender lo que dice Mao, sino que se lo han aprendido de memoria. Sólo que donde él habla de la China ustedes ponen: "Colombia". Y yo creo que así no sale la cosa. Mao dice, precisamente, que para hacer la revolución en China hay que mirar primero cómo son las cosas en China: esas vainas de la cosa feudal y la burguesía compradora. Pero si es en Colombia, pues hay que mirar qué pasa en Colombia, me imagino.

   Hubo un silencio ominoso. El compañero Hermes lo miró golpeado. La compañera Zoraida hizo un gesto hacia abajo con los largos labios gruesos, y miró por la ventana.
   Esas eran las huevonadas que le había prohibido Federico. No se atrevió a mirarlo.

- Mire, compañero -dijo Douglas por último-: es cosa de ponerle verraquera, compañero.
- Pero aquí la compañera Zoraida estaba diciendo que la revolución democrático-burguesa-
- Verraquera, compañero -repitió Douglas.
- Y bala -añadió Hermes, lúgubre.
- Pero compañero -Escobar buscó con los ojos la ayuda de Federico, que lo miró con frialdad: esas eran justamente las huevonadas que le había prohibido. ¿Pero por qué se iba a dejar impresionar, si no estaba de acuerdo?-, los de enfrente también le ponen verraquera. Y bala. También creen que sólo se trata de eso.
- Los de enfrente no tienen al pueblo, compañero.
- No tienen al pueblo -repitió Hermes, tristísimo.
- A lo mejor no, pero tienen más balas. O ustedes creen que matando de cuando en cuando a un policía en una esquina para robarle la pisto-
- Bazukas, compañero. Ametralladoras. Cañones antiaéreos.
- Aviones -dijo Hermes. -Tanques.
   Escobar calló un instante, anonadado. -¿Y de dónde los piensan sacar?
- Del enemigo -dijo Hermes con sencillez.
- Y si no hay tanques, a piedra, compañero -aclaró Douglas, realista. -A machete.
- Lo importante no es la tecnología, sino el grado de desarrollo de la conciencia de las masas populares -tradujo Zoraida.
- La verraquera de la gente. Esta gente es muy verraca, y eso no lo para nadie. Vea, compañero, la joda es muy sencilla: aquí hay una guerra. De un lado están los hijueputas ricos, los hijueputas gringos, y toda la tiramenta hijueputa. Y del otro todo el verraco pueblo. La compañera Zoraida se lo explica.
- De un lado el imperialismo y sus aliados locales, y del otro el pueblo y su vanguardia armada -resumió Zoraida. -Esta vaina no se arregla con trapitos calientes y préstamos del BID, sino peleando, compañero, Echando bala. -Forma superior de lucha -explicó Zoraida.
- No es tan sencillo -insistió Escobar, terco. -No hay dos lados: hay cincuenta.
- Bueno compañero, de acuerdo: de un lado hay cuarenta y nueve lados, y del otro estamos nosotros... -rio el compañero Douglas. Palmeó a Escobar en el hombro: -Métale verraquera, hermano, y verá cómo se le pasa.

   ¿Cómo se le pasaba qué? Pero calló. Hermes le apretó el codo, casi con afecto, y se dio un golpecito en la cacha de la pistola, dejándosela ver, sonriéndole. Escobar respondió a su sonrisa. ¿Pero por qué se había dejado meter en eso por Federico? Ni siquiera estaba seguro de que su posición de clase fuera completamente consecuente.

- Aquí tenemos su curriculum, compañero -dijo Zoraida. Qué serios eran, pensó admirativo, dentro de lo poco serios que parecían. Su curriculum. ¿De dónde habrían sacado su curriculum? Y qué halagado se sentía de que lo tuvieran. Zoraida golpeaba con el dedo una gruesa carpeta: todo eso no podía ser su curriculum.
- Sabemos que usted es poeta, compañero -prosiguió Zoraida. Escobar, halagadísimo, negó con la cabeza, afirmó con la cabeza: no quería envanecerse. -Sabemos que tiene una posición de clase consecuente.

   Escobar volvió a negar, volvió a afirmar, ligeramente inquieto: no sabía bien qué entender por "posición consecuente". ¿Consecuente con qué? ¿Y cómo habían descubierto, a través de sus escasos -y herméticos- poemas publicados, que su posición era consecuente con algo? Zoraida abrió la carpeta, la hojeó a la luz intermitente que entraba por la ventanilla del carro: corrían ahora por la calle cien, hacia Occidente, y tomaban la avenida hacia Suba. El perfil aguileño de Zoraida se recortaba en la ventana, y el resplandor de la luz en las hojas blancas del curriculum le daba a su tez morena un tono grisáceo bajo su pelo negro, espeso, crespo como la copa de un árbol. Sentía su muslo caliente pegado al suyo, en la sombra. Zaida, Zoraida, Zorahaida.

 

CONTINUAR

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