Sin Remedio
Antonio Caballero
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IV

 

   Los perros atravesaron el jardín al galope, se le echaron encima a lamerle la cara, apoyándole sus enormes patas en el pecho, batiendo locamente las colas.

- ¡Proserpina! ¡Judas!

   En las gargantas se les atravesaban gemidos de dicha ahogada al verlo, cortos, altos ladridos de reconocimiento. Les rascó con los dedos las cabezotas ásperas, les palmeó el costillar sonoro. El jardín era verde, entre el follaje de los árboles se filtraban anchas cintas de sol, charcos de luz en el prado cortado, en los macizos de flores. Parrita, que lavaba con manguera el largo carro negro de doña Leonor a la entrada empedrada del garaje, vino en un trote:

- ¡Don Ignacito, qué milagro!

   Le abrió la puerta Evelia, desdentada y enorme, en su delantal blanco crujiente de almidones. ¡Don Ignacito, qué milagro!

   Un el vestíbulo reinaba un olor denso a maderas encerradas, perfumadas. El olor de su infancia.

   Atravesó salones, precedido por una Evelia excitadísima que intentaba trotar. El brillo suave de los entablados, los altos cuadros ennegrecidos con sus marcos dorados, los muebles tapizados con escenas desvaídas de caza, las alfombras mullidas, las pesadas cortinas, los espejos oscuros que repetían borrosamente su silueta en la penumbra. En el ancho y hondo salón del fondo el sol entraba a chorros por los ventanales, dibujando cuadrículas de sombra en el piso, en los profundos sillones de cuero oscurecido por los años, en las mesitas negras cargadas de porcelanas de perros y de caballos de bronce encabritados. Al otro lado de la luz, al fondo, la chimenea encendida rugía como una fragua. Las paredes tapizadas de libros empastados en piel que nadie leería nunca, de retratos de gente que todo el mundo había olvidado, amarillentos en el brillo apagado de los marcos de plata. Su abuelo de uniforme, su padre con el meñique rígido, su hermano Focioncito con los rizos dorados de la primera comunión, viejas tías que eran jóvenes de lazo en el cabello, tíos abuelos de levita y cuello de pajarita, con blancas pecheras duras, con negros ojos de sombra. Junto a la chimenea, su madre envuelta en chales negros hundida en su sillón, con el alto mechón de pelo casi blanco coronando su rostro como el copete de una cacatúa. Le dio un beso en la mejilla, aspirando el antiguo perfume de lavanda, de manzanas.

- ¡Mijo!
- Mamá.

   Ernestico Espinosa, vaso en mano, le daba fuertes palmadas en la espalda.

- Ala, Ignacio, qué gusto verte por acá.

   Monseñor Boterito Jaramillo le tendía para un beso su anillo de prelado en su mano regordeta, sonriendo complacido. Escobar la tocó apenas con los dedos, recordando que tenía cáncer en la lengua. Un viejecito ligeramente bamboleante le tendió su mano huesuda.

- ¿Ricardito?
- Es que... es que me puse lentes de con- contacto - explicó Ricardito con una risita. Se llevó un vaso a los labios ávidos. Le temblaban las manos.
- Ricardito se ha vuelto de una coquetería repugnante, ya de viejo -dijo doña Leonor, y Ricardito dejó escapar grandes risas nerviosas. Ernestico Espinosa llamó de lejos, perfumado, ondulado, con parches de gamuza en las coderas del saco:
- Ala, Ignacio, ¿qué te tomas?

   Escobar miró a su madre con reproche. ¿Con qué derecho ese cardiólogo impertinente distribuía su trago? Doña Leonor alzó los ojos al cielo.

- To-tómate un whi-whisky -tartamudeó Ricardito. En su vaso, el temblor de su larga mano pálida hacía tintinear el hielo.
- Este oporto está de veras exquisito - sugirió monseñor Boterito Jaramillo con voz enronquecida. Era visible que tenía muy avanzado el cáncer de la lengua. - Un whisky - dijo Escobar.
- A estas horas no hay mejor trago que un bloody mary - afirmó Ernestico Espinosa con sapiencia de cardiólogo. -Te lo aconsejo como amigo. No como médico.

   Hablaba como si estuviera en su casa.

- Un whisky -repitió Escobar.
- Yo-yo me voy a to-tomar otrico, cómo te parece -declaró Ricardito apurando su vaso.
- ¿Por qué no trajiste a tu novia? -preguntó doña Leonor. -Te dije que me hubiera encantado conocerla. Pero claro, tú, mijo...
   Escobar la fulminó con la mirada.
- Ajaja -roncó monseñor Boterito Jaramillo en tono de benigna complicidad.
- Con que tenemos novia...
- Una caleña -informó doña Leonor. -Muy querida, eso sí. Se llama Fina.
- Mamá, por favor. -Estaba ya arrepentido de haber venido. -Ni tengo novia, ni la caleña con que tú hablaste se llama Fina. Fina es caleña, sí, pero es otra.
- Caleña es caleña -terció Ernestico Espinosa haciendo un guiño procaz. -Te lo digo como médico, ala. No como amigo.

   Ricardito rio con su risa nerviosa y cascada, y monseñor Boterito Jaramillo sonrió, y bebió un sorbito de su copa de oporto.

- No viniste a la misa por tu hermano, mijo.
- No pude, mamá. De veras. No podía.
- Nunca puedes, mijo. Allá tú: te perdiste de una misa lindísima. Monseñor Boterito estuvo inspiradísimo.
- No diga eso, Leonor. Eso es sacrilego -carraspeó monseñor Boterito Jaramillo. -La Santa Misa es la palabra divina, no me la inventé yo. Qué más quisiera.
- No estoy hablando de la misa -aclaró doña Leonor- sino del sermón. La Misa es siempre igual. Me la sé de memoria.
- ¡Leonor! -reprochó monseñor Boterito Jaramillo con voz cavernosa. Parecía que se le fuera a rasgar la garganta de un momento a otro. Escobar se esforzaba por no carraspear involuntariamente, como si el canceroso fuera él. - En latín, claro -siguió doña Leonor. Y le explicó a Escobar: - Tú sabes que monseñor Boterito me consiguió una dispensa especial del Papa para oír misa en latín. En español me suena de una ordinariez...
- ¡Leonorcita! - rio monseñor Boterito Jaramillo, con una risa pedregosa, angustiosa.

Ernestico Espinosa intervino:

- Eso de la misa en lengua vernacular es una pendejada monseñor, reconózcalo. La misa la debían decir en inglés que es lo que habla todo el mundo.
- Yo no hablo inglés -dijo escobar, glacial.
- Pero es que tú tampoco vas a misa, viejito -rio Ernestico espinosa, ruidosamente. Reía con dientes blancos, perfectos, de dentista.
- Inspiradísimo, Ricardo con su necrología -afirmó monseñor Boterito Jaramillo.
- Ni-ninguna ne-necrología -corrigió Ricardito. -Era una ne-nenia. - ¿Una qué?
- Ne-ne-ne-nenia. Una nenia. Una pendejada -aclaró Ricardito con una sonrisa entristecida, en un murmullo.
- ¿Por qué no almorzamos? -sugirió Escobar.
- Hay gnocchis con salsa Mornay -informó monseñor Boterito Jaramillo, y miró en círculo con ojos pícaros. -Yo ya averigüé.

   Doña Leonor ocupó la cabecera, entre Monseñor y Ricardito Patiño. El cardiólogo le sostuvo la silla. Monseñor bendijo la larga mesa fantasmal, amortajada en su mantel de lino, donde hubieran cabido veinticuatro personas. En su centro, un titán labrado en plata sostenía en sus espaldas un enorme frutero cargado de racimos de bacantes desnudas, como un burdel flotante. En la punta habitada de la mesa relucían los cristales, los cubiertos de plata, las altas copas talladas de sorbete de guanábana. Una sirvienta nueva, una rolliza y colorada y joven que Escobar no conocía, servía la mesa, deslizándose en silencio entre los muebles de caoba ennegrecida por el tiempo. - Primero a Monseñor - le advirtió con severidad doña Leonor cuando le ofreció la fuente humeante de gnocchis, y la joven sirvienta se ruborizó de un golpe. - No aprenden. Ya no quedan sirvientas.

- ¡Qué gnocchis! ¡Qué gnocchis! -crepitó monseñor.
- ¡Se deshacen en la lengua! -y todos miraron hacia otro lado, pensando en su lengua devorada inexorablemente por el cáncer. Escobar vio que Ernestico Espinosa aprovechaba la distracción general para pellizcarle el antebrazo a la sirvienta, que se puso todavía más colorada. Sonriendo para sí, satisfecho, con la naturalidad de movimientos de quien está en su propia casa, Ernestico escanció el vino. Monseñor bebió con unción, chasqueó la lengua.
- ¡Qué vino, Leonorcita, qué vino! ¡Ah, estos caldos de Francia!
- De Chile -rectificó doña Leonor. - El vino francés está por las nubes.
- Ahora hay un vino californiano magnífico -informó Emestico Espinosa. -Los gringos hacen todo perfecto, son pendejadas.

   Doña Leonor lo miró con sus ojos bulbosos, transparentes, como si no lo viera. Se volvió hacia Ricardito:
- Ricardo, recítale tu necrología de Focioncito a Ignacio, que no quiso venir la otra tarde.
- Ne-nenia, Leonor. Es una nenia.
   Apuró su copa, se limpió los labios con la servilleta, se concentró un instante con los ojos cerrados. - ¿No tienes nada menos lúgubre? -pidió Escobar. -Un epitalamio, o algo.
   Ricardito Patiño abrió los ojos. Ernestico Espinosa le cortó la palabra con su risotada estrepitosa, de dentista:
- ¿Epitalamio, viejito? Epitelioma, no seas bruto. Un cáncer de la piel.
   Hubo un silencio ante la palabra cáncer. Todos miraron a monseñor Botero Jaramillo, que rebañaba el plato. - ¿No quedarán más gnocchis, Leonorcita? Están de veras de prodigio -carraspeó monseñor. Doña Leonor agitó una campanilla.
- Deje hueco para el rosbif, Germancito -advirtió.
- Hay hueco, hay hueco - rió monseñor Botero Jaramillo con una risa estertorosa, dándose golpecitos en la panza.
- Hay hueco para el pecado de la carne.

   Y miró en semicírculo con sus ojillos pícaros para juzgar su efecto. Doña Leonor fingió un risueño escándalo. Ricardito Patiño dejó brotar una risilla cascada. Chistes viejos, usados, risas fatigadas. Ernestico Espinosa volvió a llenar hasta los bordes la copa de monseñor Botero Jaramillo, haciéndole a Escobar un guiño cómplice. Ricardito Patiño bebía su vino en silencio, parpadeante, y pinchaba los gnocchis del plato uno por uno, y los masticaba luego largamente, y los tragaba con un súbito espasmo de la glotis, como si fueran piedras.

- Bueno, Ricardo, no te hagas de rogar: échate el epitelioma -sugirió Ernestico Espinosa.
- E-e-e-epitalamio -aclaró Ricardito.
- Cuando yo me casé con tu papá, -rememoró doña Leonor- Ricardo me dedicó un epitalamio magnífico.
- Una pe-pendejada -se defendió Ricardito, enrojeciendo.

   Monseñor Boterito Jaramillo contemplaba ahora sus rosadas tajadas de rosbif, dividido entre la gula y la cautela cancerosa. Las cortaba en trocitos diminutos, empapaba el bocado minúsculo en la salsa tostada y rojiza, lo maceraba bien con los molares, lo deglutía con un esfuerzo visiblemente doloroso. Era un espectáculo repulsivo. Escobar se había quedado con su propio tenedor en el aire, fascinado. Ernestico Espinosa, con la curtida indiferencia de los médicos, volvió a llenar la copa de monseñor.

- Recita, Ricardo -ordenó doña Leonor.
   Ricardito soltó una tosecilla, se limpió nuevamente los labios, cerró los ojos un instante y se soltó a declamar sin el menor tartamudeo:
- Hoy es el día, doncella, en que os espera el más feliz mortal que viera el cielo...
- No es ese -interrumpió doña Leonor, casi con rudeza. Y agitó la campanilla de plata para que vinieran a levantar los platos. En el silencio que siguió, el gran reloj de pared soltó la campanada sonora de la media, que dejó vibrando largamente las copas de cristal en los manteles y las vajillas tras las vitrinas de los aparadores. Escobar tomó la palabra:
- Eso es lo malo de la poesía de circunstancias. Pasada la circunstancia, pasa el poema.
- Depende de la circunstancia - apuntó Ernestico Espinosa, salaz.
- To-toda la poesía es de circircunstancias, mijo -dijo Ricardito, aparentemente indiferente al fracaso de su epitalamio. -Es siempre para ce-celebrar algo: una boda, un bautizo, una mu-muerte. -O los misterios de la religión -roncó monseñor Boterito Jaramillo. -La poesía no tiene por qué ser frivola.

   La sirvienta gorda presentó entonces una honda sopera llena de dulce de icaco, y monseñor pareció experimentar un acceso de éxtasis. - ¡A esta Saturnina suya habría que canonizarla, Leonor! -exclamó. -Ricardo: ¿cómo se llama un poema en honor del dulce de icaco?

   Ernestico Espinosa había encendido un cigarrillo con su encendedor de oro, soltaba coronitas de humo que flotaban blandamente hacia el centro de la mesa e iban a dispersarse sobre el frutero de bacantes. Doña Leonor, inmóvil en su silla, parecía un gran pájaro embalsamado. De pronto, sin preaviso, agitó furiosamente la campanilla y se produjo un barullo de sillas arrastradas. Ricardito Patiño quiso ofrecerle su brazo, pero se le adelantó Ernestico Espinosa, más joven y más ágil. Volvieron al salón. Monseñor Boterito Jaramillo trastabillaba un poco, se apoyaba en el brazo de Escobar, soltaba hipos discretos tras su mano ahuecada. Se sentaron de nuevo ante las brasas moribundas, desflecadas de cenizas blancas. Evelia arrojó en la chimenea una nueva brazada de leña y las llamas estallaron buitrón arriba, iluminando el gran salón. La sirvienta colorada sirvió café en pequeños pocillos traslúcidos, infusión de mejorana para doña Leonor, de yerbabuena para monseñor Boterito Jaramillo. Ernestico Espinosa ofreció licores.

- Ánimo, monseñor: un benedictine, que es trago de eclesiástico.
  Monseñor rio entre toses, contuvo un repentino eructo, aceptó.
- Pero apenas un dedo.
  Bebió un sorbito, agitó blandamente la mano en el aire, dejó escapar un eructo, dejó caer las papadas sobre el pecho, y se quedó dormido.
- Monseñor Boterito está cada día más inaguantable -opinó doña Leonor. Ernestico Espinosa posó sobre la chimenea su copa de coñac, extrajo de su maletín un tensiómetro reluciente, desnudó el brazo de doña Leonor. Escobar miró el brazo delgado de su madre, blanco como la leche, salpicado de pecas pardas, con las venas limpiamente dibujadas como con tiza azul.
- Bajísima -dijo Ernestico Espinosa con absoluta indiferencia. Y aununció: -Bueno: ya son las dos y media. Yo me voy a la clínica. A ver cuándo te dejas ver otra vez por acá, Ignacio.
   Salió. Escobar oyó rumores ahogados de forcejeo en el salón francés, y un instante más tarde la sirvienta rolliza entró a levantar las tazas del café ruborizada, con los ojos clavados en el piso y el uniforme almidonado arrugado a la altura del busto. Doña Leonor la miró con frialdad.
- Ernestico Espinosa es sirvientero -dijo, suspirando. -Tu papá, también lo era. Hace tiempos, cuando vivía, - se quedó con la mirada perdida en el recuerdo, con los ojos saltones, pálidos, en el aire.
- ¿Cómo era mi epitalamio por fin, Ricardo?
- Hoy es el día, doncella, en que os espera el más feliz mortal que viera el cielo...
- Ese no, por Dios. El otro. Uno en francés: que j'étais belle...
- Ese no era un e-e-epitalamio, Leonorcita. Ese era antes. - Pues ese. ¿Cómo era?

           Mais si, madame, combien vous étiez belle
           en sortant de la messe ce matin.
           Sous votre longue robe de dentelle
           s'agitait votre sein;
           comme un nuage, la fleur de votre ombrelle
           semblait jaillir de votre main...
           Vous étiez belle
           sous votre ombrelle
           dans votre longue robe de dentelle,
           et devant vous, madame, je n'étais rien!

  Doña Leonor se quedó pensativa.
- Eh oui,j'étais belle -dijo por fin. -Mais le temps passe.
- Para ti no, Leonor -dijo Ricardito Patiño.
-Eres tan be-bella como entonces.
- Ricardito se ha vuelto de una lambonería repulsiva -dijo doña Leonor mientras hacía sonar vigorosamente la campanilla. -Me voy a echar mi siesta. Tengo la tensión bajísima.

   Y se fue, cojeando, apoyada en Evelia y en la sirvienta joven y rolliza. Quedaron Ricardito y Escobar en un incómodo silencio, roto apenas por la respiración estertorosa de Monseñor dormido en su sillón. Escobar sirvió nuevamente coñac.

- Tu mamá era una be-be-belleza, mijo -dijo por fin Ricardito.
- Tu poesía lo sigue siendo, Ricardo.
   Se quedó mirando vagamente las brasas de la chimenea, con la sonrisa triste en su vieja faz destruida.
- Una mujer muy bella - murmuró. -Mas bella que mis versos.

   Escobar sintió una tenaza en la garganta: dentro de cuarenta años, yo también seré un poeta derrotado. Buscó una palabra de consuelo:
- Eso te pasa -dijo- por ponerte a hacer epitalamios y nenias y sonetos de circunstancias, Ricardo. La poesía no puede ser de encargo.

   Ricardito bebía su coñac a pequeños sorbos cautelosos y lo mecía en la palma de la mano, entibiándolo, o tal vez entibiándose la mano.

- Mi-mira, mijo -dijo, parpadeante. -Un poeta es como un médico. ¿Viste a Ernestico Espinosa? Este país está lleno de endemias y de pa-paludismos y de desnutrición infantil. Y ahí tienes a Ernestico, tomándole la tensión a tu mamá todas las tardes. Tu mamá tiene a Ernestico, que le toma la te-tensión, como me tiene a mí, que le hago los e-e-epitalamios.

   Hizo una pausa para beber, y carraspear, y beber nuevamente.

- Y las ne-ne-nenias de tu hermano Focioncito. No es porque sea hermano tu-tuyo, pero figúrate si a mí me va a gu-gustar hacerle una nenia para cada aniversario.
   Se encogió de hombros.
- Pero to-to-toca.
- Nadie te obliga, Ricardo.
- Me o-o-obliga que soy poeta. Los poetas no po-poseemos el mundo, sino al co-contrario: el mundo nos posee. Aunque creamos lo co-contrario. Mira a Whi-Whi-Whitman: creía que se estaba haciendo ca-cantos a sí mismo, y estaba componiendo himnos al De-de-destino Manifiesto de los Estados Unidos.

   Ricardito soltó una risa cacareante que se convirtió en una violenta tos. Escobar, viéndolo apoplético, con los ojos saltados y la lengua asomando morada entre los dientes, le dio fuertes golpes en la espalda. Por señas, Ricardito le pidió más coñac. Cuando pudo beberlo empezó a recuperarse poco a poco. Monseñor Boterito Jaramillo se agitaba en lo hondo de su sillón de cuero y gemía, como si lo acosara algún mal sueño. Escobar empezaba a preocuparse de que el par de ancianos se le fueran a morir de repente entre los dedos. Al palmear a Ricardo en las espaldas había oído el crujido de su espinazo frágil, de perro callejero. Pero una vez recobrado el aliento el poeta prosiguió:

- Es que los poetas somos muy pretenciosos, mijo -con el tercer coñac, ya no tartamudeaba. -Queremos que nos oigan todo lo que decimos, como si fuera importantísimo. Como si estuviéramos agonizando. ¿Tú conoces algo más fatuo que un agonizante?

   Escobar lo miró, asombrado de su lucidez. La lucidez de la agonía.

- Óyeme, Ricardo: óyeme esto:
          Desde antes de nacer
          (parece que fue ayer)
          estamos muer-
          tos.

   Ricardito lo miró con curiosidad.

- ¿Tuyo, mijo? Muy malo. Oye tu más bien esto:

          ¿La muerte, ya? ¡Oh, Dios! ¿Y si me hubiera
          olvidado la vida, y ya pasara?
          ¿Si tan sólo la muerte me esperara
          desde el mismo momento en que naciera?

           ¿La muerte, ya? ¡Oh hado cruel!
          ¡Quimera infeliz fue esta vida que anhelara!
          ¡Ilusión que perdí sin que me hallara?
          ¡Sonrisa de mi propia calavera!

          Ayer nací: por mucho que viviera
          soy sólo lo que fui: y aún más llorara
          viendo de mi cenizas calcinadas.

          Un día viví: ya viene la tijera
          de la Parca fatal. ¡Ah, si cortara
          de la muerte las alas desplegadas!

 - ¿Tuyo, Ricardo? -interrogó Escobar. -Pomposo ¿no?
- Pssséé... Pero eso era más bien cosa de la época, mijo. Ese soneto lo escribí a los veinte años, y aquí me ves. La poesía conserva. Pero hay que tomarla en serio, mijo: no como tú. Tú le tienes miedo al ridículo. Eso es lo que te mata. Dame otro coñac.

   Escobar se lo sirvió con dificultad, porque la copa oscilaba en la mano trémula de Ricardito.

- Yo de joven era como tú, mijo. Pero eso lo aprendí de tu mamá: no hay que tenerle miedo al ridículo. Claro que para ella era más fácil: era la muchacha más linda de su generación. Fue reina de los estudiantes, tú sabes.

Y Ricardito recitó nuevamente:

         ... Ah, sí, señora: érais hermosa
         esta mañana tras la misa.
         Se hinchaba vuestro seno rosa
         como agitado por la brisa
         y una sombrilla vaporosa
         difuminaba vuestra risa...
         Érais hermosa
         como una diosa.
         Y ante vuestra mirada desdeñosa
         yo era sólo una alfombra que se pisa.
         Miró a Escobar con los ojillos parpadeantes.

- Pero Leonorcita lo prefirió siempre en francés. Era insoportablemente snob, de joven, tu mamá.
- ¿Pero mamá y tú...? -empezó Escobar. No estaba muy seguro de que le gustaran esas confidencias. Ricardito sonrió con melancolía:
- No te preocupes, mijo. Tu papá era muy rico. Y Leonorcita adoraba los trapos y los viajes. -Se quedó pensativo. Bebió. Suspiró: -Una loca adorable.
   Bebió.
- A tu papá también le complicó la vida bastante, no creas aclaró. Pareció arrepentirse de inmediato: -Una señora siempre, por supuesto. No vaya a pensar... Cómo te diría: voluble, pero una señora. Una señora, pero voluble.
  Sus párpados, ahora inmóviles, se iban encapotando sobre sus ojillos turbios. Los cerró un instante, y murmuró:
- Indiferente... Nunca ames a una mujer indiferente, mijo.
   Guardaron silencio. Lo rompió nuevamente Ricardito Patiño.
- Es que Bogotá era un pueblo entonces, mijo, un pueblo. Y tu mamá... Tú ya sabías todas estas cosas, me figuro.
- Claro, claro, claro -dijo Escobar.
- Me acuerdo de una historia muy divertida, una vez, con el ministro británico aquí en Bogotá: un hombre respetabilísimo, figúrate si no, casado con una señora muy bien de por allá de Gales o no sé bien. Pues figúrate que esta señora le quería sacar los ojos a Leonorcita un día, por celos. Tuvo que intervenir todo el mundo, el arzobispo de Bogotá, tu abuelo el general, bueno, lo que te imagines... Al pobre ministro inglés lo trasladaron ipso facto a Bolivia, por supuesto, pero figúrate el escándalo: Bogotá era un pueblo entonces...
- Tal vez hubieras debido traducir tu poema el inglés -interrumpió Escobar.
- Sí, cómo no... -murmuró Ricardito, como para sí mismo:

           Lovely you were, o my sweet miss
           this morning, after Mass:
           your breast, awinged by the breeze;
           the cloudy umbrella 'twixt your hands;
           and the so tender, sudden squeeze
           over the soft, slender ass.
           You were so lovely
           You looked so lonely
           protected by your eyes only...
           And to your eyes I never was.

..., como ves, la versión en inglés era un poquito más osée, por la rima, claro.

   Ricardito repitió dulcemente, paladeando las palabras:

- ...and the so tender, sudden squeeze
      over the soft, slender ass...
   Escobar no sabía muy bien qué decir. ¿Qué sabía él del culo de su madre? Le zumbaban las orejas.
- Pero ya entonces Leonorcita andaba en Europa con un polista argentino -concluyó Ricardito con voz pastosa de coñac y tristeza.
- Ah, sí, el argentino -bostezó Escobar, estupefacto:
- ¿Era polista?
- Era argentino -dijo Ricardito.
   Escobar escogió el cinismo:
- Has debido intentar una vez más, Ricardo:

          Che, piba, estabas fenómeno
            cuando saliste recién...

   Ricardito sonrió. Negó con la cabeza:
- ¿Ves, mijo? Es que tú no tomas la poesía en serio. No te la juegas.
- ¿Tú sí? ¿Y de qué te sirve?
   Ricardito suspiró.
- La poesía no sirve para nada, mijo. No sirve para poseer lo que se desea. A lo sumo, para reemplazarlo.
   Escobar recordó a Federico:
- ¿Una masturbación, quieres decir?
- ¡Qué cosas dices! -se escandalizó Ricardito. -Me hubiera parecido una falta de respeto para con tu mamá.

   Y se quedó de nuevo silencioso, con la copa vacía pegada al pecho y los ojos perdidos en los tizones humeantes.

   Escobar quiso preguntar algo, pero se dio cuenta de que estaba dormido.

   Durante un rato se quedó silencioso, confundido, mirando a los dos viejos que roncaban a dúo frente al sillón vacío de su madre. El culo de su madre. Nunca se le había ocurrido pensar que su madre tuviera culo debajo de la ropa, ni mucho menos que le hubieran hecho versos. Una señora, pero voluble. Le costaba trabajo creerlo. ¿Su mamá? ¿Voluble? Debería sentirse ofendido, pero no lo estaba.

          Se hinchaba vuestro seno rosa
          como agitado por la brisa...

   Un seno, sí. Su madre, cuando joven, había tenido que vivir una época en que las mujeres tenían un solo seno, como los unicornios, redondeado y frontal. ¿Pero rosa? ¿Por qué sabía Ricardito Patiño de qué color eran los senos, o el seno, de su madre? De modo que esos eran sus viajes repentinos, sus largas ausencias, sus intempestivos retiros espirituales: polistas argentinos. ¿Y qué más? ¿Quién más? Juzgó sin simpatía la rechoncha figura recostada de monseñor Boterito Jaramillo. Imposible: un imbécil. Ricardito, en cambio, tenía la lucidez de los agonizantes. Roncaba con la boca abierta, visibles los incisivos inferiores de color chocolate. ¿Había roncado así al lado de su madre? Apartó la idea, desasosegado, involuntariamente admirativo. Jamás hubiera sospechado en el pobre Ricardito un tan largo, tan terco, tan desesperanzado amor. ¿Pero un polista argentino? ¿Y Ernestico Espinosa? ¿Habría poseído a su madre también el sinuoso, el hábil, el ondulado, el ondulante Ernestico Espinosa, sirvientero y cardiólogo? La voz seca y burlona de su madre le hizo dar un respingo:

- Soy vieja, pero no soy bruta.

   Se volvió. No había nadie en el salón. Algún mueble craqueaba a lo lejos, con estampido quieto. De algún lugar distante llegaban hondas y espaciadas campanadas de reloj de pared. Los dos viejos dormían, cada cual entregado a su propio estertor. Recorrió los salones, copa en mano, haciendo crujir bajo sus pasos las tablas de: parqué. Se miró largamente en un espejo entero, borroso y gris, oscuro. Hiciera lo que hiciera, siempre acababa mirándose largamente en un espejo. ¿Sería hijo de algún polista argentino? Siempre le habían asegurado que tenía los ojos y la frente de su padre. Subió las amplias escaleras: un riel de cobre relucía débilmente en el fondo de cada escalón. En el rellano lo recibió el enorme retrato de su madre en vestido de noche con abanico, mirándolo en silencio bajo las altas cejas arqueadas. ¿Una loca adorable? No la recordaba así. La recordaba callada y digna y vagamente triste, tal como en el retrato, melancólica y clara la mirada a la sombra del alto bucle oscuro que le cubría la frente, con el cuello antinaturalmente prolongado por el pincel del artista, hinchado como por alguna misteriosa afección de la glándula tiroides.

            Se hinchaba vuestro seno rosa
            como agitado por la brisa.

   Seno rosa, sí. De un rosa nacarado. Y uno solo, ni siquiera insinuada la línea divisoria entre los dos, pese a que el ancho escote del vestido de noche descendía considerablemente.

- ¿Eras fácil, mamá? -preguntó en un murmullo. Se avergonzó de su pregunta. Siguió subiendo las escaleras sin volver la cabeza, deslizando la palma de la mano por el ancho pasamanos pulido hasta que la madera torneada inclinó el cuello en un último arabesco, dejándolo con la mano en el aire. Caminó por pasillos alfombrados y oscuros, entre sombríos grabados de cacerías inglesas sabidos de memoria, hasta su antiguo cuarto. La puerta no chirrió al abrirse. Por las pesadas cortinas cerradas hasta el piso se filtraba una raya vertical de luz. De la penumbra fueron surgiendo formas: las dos camas gemelas, la alta cómoda de manijas doradas, adivinadas en una triple ristra de puntos luminosos. Olía a cuarto cerrado, a polvo reposado, a cera de encerar pisos: otra vez, el olor de su infancia. Se tendió en la cama, depositó la copa de coñac en equilibrio sobre su esternón, cerró los ojos para respirar hondo. Tenía sueño. Dormir por fin solo, sin Henna al fin. Se incorporó sobresaltado. La copa se hizo trizas en el piso. Estaba acostado en la cama de su hermano Fociocinto. A lo mejor se había quedado muerto. Se tentó el pulso, hallándolo por fin. Le pareció muy lento. Cambió de cama, y se tendió en la suya propia.

   Lo despertó una súbita voz aguda y ronca, que llegaba de más allá de las cortinas:

- Lorito ¿quiere cacao?

   A veinte centímetros de sus narices estaba la pared: un dibujo borroso de manchas rojo oscuro, desvaídas, que miradas entornando los párpados simulaban una cara congelada en un grito. La había visto todas las mañanas de su vida, al despertar. Miró al techo: de la lámpara colgaba un doble círculo de gotas aguzadas de cristal, apenas relucientes: había pensado siempre que eran puntas de flecha de obsidiana: veinticuatro y doce, treinta y seis. Treinta y seis flechas para su carcaj. Treinta y seis muertos. Imaginó, como había imaginado mil veces al despertar, treinta y seis muertos con el corazón certeramente atravesado por la flecha, y la punta de obsidiana traslúcida y sin brillo asomando por la espalda, entre las paletillas.

- Lorito ¿quiere cacao?

   Una voz ronca, desolada, que no esperaba ni exigía respuesta. Toda su vida la había oído, al despertar, en las brumas del sueño todavía, cuando al salir del sueño la opacidad del mundo volvía a surgir igual, coagulada en la luz, impenetrable. A su izquierda, al otro lado de la mesa de noche, se dibujaba la cama de Focioncito, tendida, como siempre, vacía, como siempre. Todo estaba igual.

   Se levantó, apartó la cortina. Abajo, en el patio de ropa, posado con dignidad en su palo retorcido y blanqueado de lluvias y de picotazos, estaba el loro, como toda la vida. No podía ser el mismo loro, verdegris, negro el pico de cuerno, inclinada la cabeza sobre el ala, con aspecto de tener mucho frío en el ancho patio de cemento. Más allá, tras una alambrada remendada con malla de gallinero, las perreras de Proserpina y Judas, con el piso de tierra: a través de la ventana cerrada se imaginaba su potente hedor. Vio salir al patio a la sirvienta gorda y colorada, que caminaba como un pato. La vio pararse frente al palo.

- Lorito ¿quiere cacao?
- Lorito ¿quiere cacao? -repitió el loro, sin ninguna emoción, quieto el ojo redondo, quieta la cabeza sesgada sobre el ala. La sirvienta resopló de risa, y volvió a entrar. No podía ser el mismo loro.
- Mijo.
   Se volvió. Enmarcada en el vano de la puerta, envuelta en sus chales oscuros, vio la silueta de su madre.
- Mamá.
   Volvió a tenderse en su cama de niño. Doña Leonor vino a sentarse a su lado.
- Mijo.
   Estaba tenso en la cama. ¿Una loca adorable? Mamá, ¿eras fácil? Apretó las mandíbulas al decir:
- Aquí estoy. He vuelto.

   Cerró los ojos. Doña Leonor posó sobre su frente la palma liviana de la mano, seca, suave, fría; le acarició un instante el pelo y retiró la mano. Sintió un escalofrío: se desbarató por dentro, como si su armazón cediera bruscamente, como el tejado de una casa se viene abajo en un incendio. Tuvo ganas de llorar en el regazo de su madre, que estaba ahí para él. Era su mamá, lo quería a él. ¿Más que a un polista argentino? Sí: más que a un polista argentino. Le perdonaba al polista argentino. (No, no se lo perdonaba). Abrió los ojos, los clavó en la mirada clara y silenciosa de su madre, bajo las altas cejas. Ya no tenía cejas. Sólo la curva profunda de la cuenca, dibujada por la piel pegada a la calavera. Debajo, la antigua transparencia opalina del ojo se había vuelto cremosa, turbia, y el ojo brotaba sin pestañas como un huevo sin párpado, hipertiroideo. Por los ojos antiguos de su madre había pasado el tiempo.

- Mamá: ¿por qué me hiciste dormir toda la vida junto a la cama tendida de Focioncito muerto?
- Era tu hermano, mijo.
- Sí. Pero estaba muerto.
- Cosas de vieja chiflada.
- No eras una vieja chiflada. Ricardito Patiño me contaba hace un rato que eras una loca adorable.
- Entre una loca adorable y una vieja chiflada no hay sino cuarenta años de diferencia.
- Está enamorado de ti.
- Está gagá, que es otra cosa. Todos estamos gagas. Sus ojos se apagaron.
- Esoy tan sola, mijo... -dijo en tono neutro.

   Se puso en pie con un rumor crujiente de huesecillos de ave que se quiebran. No pareció darse cuenta. Escobar la vio caminar lentamente hacia la puerta, sin moverse de su cama de niño, clavado en ella por un reblandecimiento repentino e insuperable, un enternecimiento algodonoso, con la garganta hinchada de ganas de llorar. Está muy sola, pobre mamá. Pobre papá, ya muerto. Estamos solos todos. Su mirada empañada pudo distinguir todavía en la sombra creciente las treinta y seis flechas de obsidiana del techo, que nunca habían matado a nadie. (Ante el arco de Ulises cayeron uno a uno los pretendientes de Penélope: el embajador, el poeta, el cardiólogo, el polista argentino con la garganta atravesada por una flecha). Se sintió solo, como había estado solo en ese cuarto durante toda su niñez, con su ventana abierta hacia un loro que conversaba solo parado en un palo picoteado en el patio.

- Mamá -murmuró.

   Se asomó nuevamente a la ventana. Era el atardecer. Sobre el patio desolado, más allá de la masa todavía luminosa de copas de sauces que apenas rebasaban el muro, se abría el cielo. Un vasto cielo desordenado, con muchas franjas y manchas y parches de luz -como para mucha música. Para que se organizara en él un furioso triunfo de confusión y ruido, con hércules y martes y victorias aladas trompeteantes y caballos y tritones soplando en una concha: un telón de boca de teatro dieciochesco. Más allá, diagonales de luz dibujaban avenidas de fuga sobre un amplio fondo de pizarra salpicado de nubecillas grises, sueltas, bordeadas de plata. Lejos, en el confín de oriente, las moles grises de la cordillera. En el patio ya en sombras no se distinguía ya el loro silencioso. Vio morir los colores del cielo. Decidió quedarse a vivir para siempre en casa de su madre.

 

 

 

    Abajo, el salón inglés empezaba a llenarse de tíos y de tías, como todas las tardes.

    Le hicieron fiestas. Ignacio qué milagro. Qué dicha que hayas venido, mijo. Mijo, deberías venir con más frecuencia a acompañar a tu mamá, que está tan sola. Ya Evelia, y la sirvienta joven de caminar de pato, empujaban carritos de tazas y teteras humeantes, y bandejas de plata cargadas con pirámides de muffins y tostadas calientes y empanadas y pasteles de crema y pandeyucas y galletas de hojaldre. Y llegaba más gente, más tíos y más tías, y yernos y cuñadas, y más primos y primas de falda a la rodilla y collarcito de perlas, algunos con sus hijos. Un primo divorciado llegó con tres bebés y una niñera de uniforme. Ignacio, qué milagro. Escobar saludaba y devolvía saludos, y besaba mejillas devastadas de tías y recibía palmadas en la espalda de primos y cuñados. La sirvienta gorda volvía con más bandejas, mantequilla en bolitas, mermeladas y mieles, y un rumor incesante colmaba el inmenso salón atestado de gente, como todas las tardes. Las tías y las primas hablaban de bautizos y entierros, de matrimonios y divorcios que iban dispersando a la familia, verificaban fechas de antiguas ceremonias con monseñor Botero Jaramillo, que las había casado a todas.

- Fue en el sesenta y seis -recordaba una tía. -Acababa de nacer Alejo, el mayor de María Clara.
- En marzo del sesenta y siete -rectificaba con la boca llena monseñor Boterito Jaramillo: -Yo bauticé a todos los de María Clara.

¿Pasaría ahí su vida entera monseñor Boterito Jaramillo, salvo los días de entierro y de bautizo? Una viejecita de cabellera blanca atrapó a Escobar por una manga. Miraba fijamente al piso y sacudía la cabeza sin parar, como un metrónomo. - ¡Ignacio!

- Lulucita -murmuró Escobar. -Mamá me dijo que estabas mucho mejor.
- Malísima, mijo, malísima.
- Lulucita está pésima -confirmó una tía dura, que bebía como agua taza tras taza de té. Escobar escapó, serpenteando entre tíos con la pierna cruzada, palmeando hombros, esbozando sonrisas. Los tíos y los primos, e incluso los cuñados que estrictamente hablando no eran de la familia, hablaban de los precios de la tierra y del dólar y comentaban los últimos secuestros. Escobar encontró un asiento libre junto a una prima gorda, risueña, que lo regañó con risueña dulzura por no venir jamás a ver a su mamá. Su marido, gordo también, le habló empanada en mano:

- Me voy a comprar otro Beeme, Ignacio, cómo le parece.
- Bien. Bien. -opinó Escobar.
- Yo siempre le digo a Miguel que el Beeme es carro de esmeraldero -dijo la prima gorda, risueña.

   Rio Miguel, y tragó la empanada de un golpe. -Alicita quiere que le compre más bien un Mercedes. Pero los repuestos están imposibles.
   Un tío de bigote blanco saludó a Escobar desde lejos. Escobar se levantó para darle una palmadita en el hombro. Besó a una tía de ojos vagos.

- Mijo, no viniste a la misa de tu hermano.
- No pude, tía. Tenía mucho trabajo.

   Rio el tío de bigote, y descruzó la pierna izquierda, que tenía sobre la derecha, para cruzar la derecha sobre la izquierda.
   Volvió a su sitio junto a la primera gorda. Una niña pálida, tal vez de unos seis años, lo miró con fijeza.

- Mamá ¿quién es este señor?
- Es su tío Ignacio.
   La niña lo midió con ojo hostil.
- Yo a usted no lo conozco.
- Sí, mija, es tu tío Ignacio, el hijo de tía Leonor. Ignacio, es que usted no viene nunca, fíjese: ya los niños ni lo conocen.

   Se sintió viejo, con asombro: "este señor". ¿A qué había venido? La familia es atroz. Hacía una hora apenas había pensado, emocionado hasta las lágrimas, en quedarse a vivir con su mamá: envejecerían juntos. Risas cascadas, voces de niños, crujidos de masticación. Vio llegar, ondulante y sonriente, a Ernestico Espinosa. ¿Pasaría también él su vida ahí? Oyó a sus espaldas la voz entristecida del tío Pablo:

- Piensa, mijo, que cuando yo empecé a manejar las fincas de papá no teníamos sino cuatro elementos: tierra, agua, sol y aire. Y ahora creo que ya van como en ciento dieciseis.
- Ciento treinta y algo, don Pablo -corrigió un marido de mi prima, un joven de chaleco. A su lado, su mujer saludó a Escobar, ruborizada:
- Qué hubo, Ignacio, qué milagro.
- A veces vengo a ver a mamá, que está muy sola.
- ¡Mentiroso! -lo reprendió la prima. - ¡Hace años que no lo veo! Desde que me casé, creo.
- ¡Cómo progresa la ciencia! -suspiró el tío Pablo. -Todos los días, los rusos inventan una bomba nueva.
- Pero los gringos también, don Pablo -corrigió el joven de chaleco.
- ¿Y usted, Ignacio? -preguntó la prima. -¿Nada que se casa? - tironeó de la manga al joven de chaleco: -Gordo, ¿te acuerdas de Ignacio?
- ¿Ah? ¡Ah, qué hubo, Ignacio! Usted sí, ni más. -Reprendió a su mujer: -Gorda, te he dicho que no me interrumpas cuando estoy hablando con tu papá.
   No era gorda. Más bien flaca, al contrario.
- ¿Y ustedes cuántos niños llevan ya?
- ¡Ay, Ignacio, tampoco! -rio la prima, ruborizándose. Se tocó un instante el vientre, y luego jugueteó con su collar de perlas: -Apenas estamos esperando el primero.
   Vio manotear más lejos a otro primo, indignado:
- ¡Es que están secuestrando a todo el mundo, tío Alejo! Margarita y yo nos vamos a ir con los niños a vivir a Miami.
   El tío de bigote blanco aprobaba con la cabeza.
- ¿Y usted qué más, Ignacio? -insistió la prima flaca y tímida. Efectivamente, se distinguía en su talle la leve curva del embarazo. Todo el mundo estaba embarazado últimamente. Escobar se encogió de hombros.
- ¿Trajo a su novia? ¿Cómo es que se llama? ¿Fina?
- ¿Qué sabe usted de Fina? -interrogó Escobar. -¿La conoce?
- No, nada. He oído a tía Leonor hablar de ella. Que muy querida, dice. ¿Por qué no la trajo? ¡Ya es hora de que la conozca la familia!

   La prima flaca pero embarazada rio con súbita risa tímida, enrojeciendo. Conocer a la familia. Tíos y tías, primos y primas, cuñados y cuñadas, yernos y nueras, sin contar a los niños, ni a las sirvientas, ni a los perros, ni a los amigos viejos que eran como de la familia: Monseñor Boterito Jaramillo bendeciría la ceremonia. Muy querida Fina, sí: sólo que no era Fina, sino Henna, y Henna era abominable. Hacía días que no pensaba en Fina. Era un traidor. Se encogió de hombros. Oyó la voz de un primo: "¿Te fijaste lo que dijo ayer tío Pablo?" Oyó la voz de un tío: "Sí, mijo, es que todos los días es lo mismo". Todos los días era lo mismo en efecto, lo había notado ya.

   En el lejano comedor, el reloj de pared soltó con parsimonia las campanadas vibrantes de las siete, que se oyeron apenas. Pero uno de los tíos, al acecho -aunque todos estaban al acecho-, dijo "las siete" cuando el reloj llegaba apenas a la tercera o cuarta campanada, y cinco o seis tíos más le hicieron eco, un eco rumoroso de risas fatigadas:

- Las siete.
- Mamá ¿mataron un diablo? -preguntó la niña pálida. La prima gorda le explicó, maternal y risueña: - Es que cuando dan las siete, todos los señores se quieren tomar un whisky.
- Sí, ¿pero mataron un diablo? -insistió la niña.

   Ya Evelia, seria y reprobadora, y la sirvienta gorda y joven, traían bandejas de vasos y grandes cubos de plata rebosantes de hielo. Ernestico Espinosa se adueñaba del pesado frasco de cristal y empezaba a verter en los vasos chorritos glogloteantes y dorados de whisky mientras cruzaba chanzas y palmaditas en el hombro con el marido de la prima gorda y el tío de bigote blanco. Ricardito Patiño acudía ansioso, saltillante. A pesar suyo, Escobar empezó a derivar hacia el centro del reparto.

- ¿Quién es ese señor? -oyó que preguntaba a sus espaldas la niña pálida.

   Se iría. Pero primero un whisky. Observó que en torno suyo todos esperaban un whisky. "Para mí, un dedo", ordenó sin moverse de su sitio la día dura, tensando las mejillas apergaminadas. Entre un enjambre de primas risoteantes se abrió paso el tío Poción, enorme, cojeando de su pierna mala, apartando a los jóvenes con el estertor de su enfisema. Una prima rubia, joven pero ya madre, le cedió su sitio. Poción se dejó hundir con un suspiro ronco en lo hondo del sillón de cuero, saludando a doña Leonor con un gesto cansado de la mano. Le alcanzaron un whisky. Bebió un sorbo y se irguió de inmediato, con esfuerzo, dejando el vaso en manos de la sobrina rubia, aguijoneado por la próstata, y partió rumbo al baño. Al pasar, reconoció a Escobar. - No te vayas, mijo: tengo que hablarte.

 

CONTINUAR

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