Sin Remedio
Antonio Caballero
© Derechos Reservados de Autor

 

(Segunda Parte-III)

 

   Henna dormía en la cama, vestida, chupándose el dedo pulgar, como un monstruoso bebé. Con las babas y las lágrimas se le había escurrido la pintura de los ojos a las mejillas, a la boca, a la almohada. Ni siquiera había hecho sus maletas. Escobar la sacudió por los hombros. Ella se dejó ir blandamente, iniciando un ronquido. Escobar se sintió tremendamente débil, se dejó caer bocabajo en las sábanas, se fue tapando poco a poco, exhalando gemidos, sintiendo que lo ahogaban las ganas de llorar.

- No más. No más. No más.

Apagó la luz.

  Lo despertó con un atroz peso de angustia el repiquetear taladrante del teléfono. Lejana, la voz entristecida de su madre.

- Mijo.
- Mamá...
- No viniste a la misa de aniversario por tu hermano.
- No pude.
- No quisiste.
- No pude, mamá. De veras.
- ¿Por qué no vienes hoy? Estoy muy sola, mijo.
- Mamá...
- Ven a almorzar, Ignacio. No viene nadie. Sólo monseñor, y Ricardito. -¿Y Ernestico Espinosa?
- Y Ernestico, claro.
- De veras, mamá, no puedo.. Estoy con una niña.
- ¿Tu novia Fina? Tráela. Me encantará conocerla.
   Su sangre se detuvo. Unas fosforescencias súbitas le bailaron delante de los ojos.
- ¡Mamá! ¡¿Tú de qué conoces a Fina?!
- No la conozco. Por eso te digo que me encantaría conocerla.
- ¿Entonces por qué sabes que Fina existe?
- Ay, mijo, tú me lo has dicho cien veces. Además hablé con ella el otro día.
- ¿Que qué? -no podía creerlo. ¿Fina llamando a su mamá? ¿A qué? ¿Por qué? ¿De dónde? ¿Dónde andaba? Sabía que volvería. Ya era hora. ¿Y por qué no había vuelto? -¿Que tu hablaste con Fina?
- ¿Qué tiene de malo? Tú no me llamas nunca. Hablamos de tí, por si te interesa saber.
- ¿Qué te dijo?
- Ignacio ¿por qué no te casas con ella de una vez? Es caleña, yo sé. Pero por teléfono me pareció muy querida.
- ¿Fina te llamó para decirte que me dijeras que me casara con ella? No te creo.
- No me llamó, mijo. Es que no te fijas. Te llamé yo a ti, como te llamo siempre, y contestó esta niña, muy querida. Tú nunca estás cuando te llamo, mijo -se quejó doña Leonor. Escobar puso los ojos en blanco. Ante el silencio, su madre prosiguió:
- No entiendo por qué no me la habías querido presentar. Sobre todo si están pensando en tener un hijo.
- ¿Fina te dijo que estábamos pensando en tener un hijo? -gritó Escobar -¿Qué yo estaba pensando en tener un hijo? -no lo creía posible. Fina no era así.
-Me dijo que ella quería tener un hijo. No te pongas así, Ignacio. Es lo natural: si ella lo quiere, tú también lo quieres, mijo. Asi tuvimos tu papá y yo a Focioncito. Y a tí también, claro.

A Escobar le daba vueltas la cabeza.

- Mijo: me gustaría tanto tener por fin un nieto...
- Conmigo no cuentes, mamá -dijo Escobar, súbitamente enfurecido. -Ten otro hijo tú, si quieres.
- No no no, mijo... -rio su madre. -Yo ya no estoy para esos trotes.
- Pues yo tampoco. Además, aunque quisiera, no podría. Hace ya más de un mes que no vivo con Fina.
- Ignacio ¿por qué me dices mentiras? ¿No me acabas de decir que no podías venir a la misa por Focioncito porque estabas con ella?
Un deslumbramiento asesino floreció en el cerebro de Escobar. Respiró hondo.
- Mamá: ¿cuándo hablaste tú con Fina?
- Ya ni me acuerdo, mijo. Ayer, o antier.
- Ah, bueno. Magnífico. Perdóname, mamá, tengo que colgar. Colgó.
- ¡Henna!

Henna brotó del baño, brincoteante. Tenía la cara untada de cremas amarillas, la cabeza erizada de rulos para el pelo. Sonreía, feliz.

- ¿Usted habló con mamá hace dos días?
Sentía que estaba pálido. Le temblaban las manos y la voz.
- Sí. ¿Por qué?
- Acabo de hablar yo con ella.
- ¿Por qué no me la pasó? Me hubiera gustado saludarla.
- ¡Henna!

Sintió una especie de desvanecimiento, una explosión blanca en la base de su bulbo raquídeo. Por un instante el mundo le dio vueltas, silbando en sus oídos. Pero tuvo de pronto una idea maravillosa. Se contuvo, dijo con lenta deliberación:

- Tengo que ir a ver a mi mamá.
- ¡Ay, chévere! ¿Qué me pongo?
- ¡¡HENNA!!
- Ignacio, no me grite. Si algo no le permito yo a nadie es que me griten.
- Henna. Tengo que ir YO a donde mi mamá. USTED no. Usted, además, se tiene que ir de esta casa. Mi mamá está absolutamente enfurecida conmigo porque descubrió que estoy viviendo en concubinato con una mujer. Además está convencida de que usted es Fina.
-¿Sí? Le pasa a mucha gente. Es que el nombre se parece. Henna. Fina. Pero yo no me parezco en nada a Fina.
-¡Claro que no se parece! -no sabía cómo lograba contener su furia. Tenía blancos los nudillos, las uñas clavadas en las palmas. Ahora no sólo le temblaban las manos sino también los brazos y los hombros, y sentía una tensión tremenda en los músculos del cuello y las quijadas, y en los globos de los ojos.
- Yo no. Pero el nombre sí: Fina, Henna.
- ¡El nombre tampoco se parece!
- No se ponga así, Ignacio: no estoy celosa, si eso es lo que le preocupa. Y volvió a entrar al baño, taconeando. -¡¡HENNA!! -rugió Escobar. Ella volvió a medias el rostro pintado de amarillo, hizo un mohín petulante, se encogió de hombros.
- Henna -repitió, con voz ronca. -Ah, bueno. Como gritaba, pensé que estaba llamando a Fina.
   Sacrílega, inmunda. Pero calma. Calma. Dijo, sin timbre:
- Fina y Henna no se parecen en nada. -Pues para que sepa que sí. Ayer llamó un tal Federico a preguntar por Fina. Y yo le dije "Henna", y creyó que era "Fina". Por teléfono son idénticos. -¿Llamó Federico? ¿Cuándo? ¿Por qué no me dijo? ¿Por qué no me lo pasó?
- Porque usted estaba dormido. Como se la pasa durmiendo... ¿Por qué no me pasó usted ahorita a su mamá, para esa gracia?

  La sangre, que le hervía otra vez, bajó de punto.
-Justamente por eso. Porque mamá llamó enfurecida de que yo esté viviendo en concubinato con una mujer. Y encima con una caleña. Me quiere desheredar. Tengo que ir a verla inmediatamente.
- Entonces yo lo espero aquí -se resignó Henna. Con un algodón húmedo, estirando la boca, sin dejar de mirarse en el espejo, se iba quitando poco a poco tiras de piel amarilla, agrietada, endurecida.
- ¡No! Usted no me espera aquí ¿Es que no entiende? El problema es precisamente que usted esté viviendo aquí. Tiene que irse ya. Dentro de un rato va a pasar el chofer de mamá en el carro a recogerme.
- ¡Ah, chévere! ¿Sabe qué? Así me dejan de pasada en la peluquería.
- ¡No, Henna, no! ¡Usted se tiene que ir ya, antes de que llegue el chofer! ¡Tiene que hacer maletas? ¿Entiende?
- No sea ridículo, Ignacio. ¿Le tiene miedo al chofer de su mamá?

  Empezó a pintarse los ojos con un pincel diminuto. Escobar dejó escapar del pecho un sonido sollozante. Henna se volvió para mirarlo, con los ojos a medio pintar.

- De verdad, Ignacio, ¿sabe? Nunca pensé que usted fuera tan cobarde.
- Cobarde... Henna, no sea ridícula.
- ¿Entonces por qué no se atreve a decirle a su mamá que nos vamos a casar?
- ¿Que nos vamos a casar? le salió un gemido áspero, entrecortado, una risa de amargura. -¿A casar? No. No.
- ¿No me dice que si vive conmigo sin casarse su mamá lo deshereda?

   No era eso. No estaban saliendo bien las cosas. Se echó a llorar, sin lágrimas. Era como una tos muy honda. Pero Henna, entonces, pareció entender. Se acercó a él, le dio un beso en la mejilla.

- Tranquilo, Ignacio. Si el problema es ese, yo me voy. No se preocupe -se hacía cargo de los dos, de la vida: era una mujer fuerte -Después, cuando usted haya podido arreglar las cosas con su mamá, volvemos a juntarnos.
- Eso, sí. Eso es lo mejor. Volvemos a juntarnos después. Ahora hay que hacer sus maletas. Yo le ayudo.
- ¿Para qué? Me llevo un par de cosas, no más. Vi que usted tenía un maletincito de cuero lo más cuco. ¿Me lo presta?
- Henna, Henna, por favor, entienda: tiene que llevarse de aquí TODAS sus cosas. Aquí no puede quedar huella de usted. Cuando mamá venga a verificar, no debe haber aquí ni siquiera su olor.
   Henna pareció entender por fin. Se levantó irritada, se soltó los marrones del pelo.
- Bueno, tranquilo, perfecto, O.K. ¿Y a dónde me voy yo mientras espero?
- No sé. No había pensado en eso. -Sinceramente, no había pensado en eso. Al infierno. -¿Por qué no se va a Cali?
- ¿A Cali? -Henna sonaba incrédula. -Yo me voy a vivir a casa de mamá. Yo la llamo.
- ¡Ja! ¿Y a dónde me va a llamar?
- Bueno, sí. Llámeme usted.

   Estaba perdiendo terreno. Le dio un número de teléfono falso.
   Escobar bajó las escaleras cargado de maletas como un mulo. Las dos con que había llegado Henna hacia un mes o una vida, se habían convertido en cuatro, más el maletincito de cuero. Tropezaba, morado del esfuerzo, jadeante de rabia. En un rellano se cruzaron con la señora Niño, la vecina de arriba. Lo miró con ojos de loca.

- ¡Esta no es su señora! -afirmó.
- No, es... una amiga -dijo Escobar. La señora Niño, que subía las escaleras envuelta en una bata de volantes, no lo dejó seguir:
- ¡Comunista! -gritó. -¡Cobarde! -y le escupió a Henna en la cara: - ¡Prostituta!
   Pues sí: era cierto: al fin y al cabo su señora era Fina, Henna quedó petrificada de sorpresa, y Escobar siguió bajando cargado de maletas.
- ¿Por qué no me defendió? -gritó Henna.
- Ay, Henna, por favor...
   Esperaron un taxi, ambos de mal humor. Les cayó de repente en la cabeza un diluvio de aguas.
- ¡Comunista! ¡Canalla! ¡Prostituta!

   Asomada a su ventana, con un balde vacío entre las manos, la señora Niño los miraba con odio. Les arrojó el balde vacío, que golpeó el pavimento con estrépito. Huyeron calle abajo. Escobar corría cargando las maletas, sintiéndo los pulmones a punto de estallar, las venas rotas, los brazos descoyuntados, las palmas de las manos recalentadas y a lo mejor llenas de ampollas ya. Paró un taxi. Todavía tuvo que darle a Henna un beso por la ventanilla abierta.

   Cuando regresaba, exhausto, pero libre por fin, vio a señora Niño en su ventana. Lo esperaba con un balde en las manos. Vaciló. Un balde de agua sucia. De agua hirviendo. Tal vez de aceite hirviendo. Tenía hambre. No tenía mucha plata. Decidió ir a casa de su madre.

 

CONTINUAR

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