|
Sin
Remedio
Antonio Caballero
© Derechos Reservados de Autor
II
Bogotá es una ciudad horrible. Cecilia lo había dejado sin un centavo para un taxi.
¿Qué iba a decirle a Fina? Mi amor, se me hizo tarde. No: era culpa de Fina. Dejar que
Fina se hiciera cargo de su cuerpo y su alma rendidos de cansancio, beber agua por litros,
lavarse el olor perfumado del cuerpo de Cecilia, dormir. Despertar muchas horas más tarde
con todo listo y limpio, con los dedos frescos de Fina sobre sus ojos febricitantes de
guayabo. Se hizo tarde, mi amor, y no había taxis. Me encontré unos poetas en un bar, el
Amparo, el Refugio, el Oasis, y después maté a uno. Eso: maté a un hombre, y
después, tú ya sabes, la policía, etcétera. ¿Que a qué huelo? Ah, sí: a puta, mi
amor. Es que me metieron en una celda con putas, en la comisaría. Había una, Cecilia,
que me contó una historia triste. Y después me robó, puta hijueputa. Iba imaginando
preguntas y respuestas, disculpas y detalles, con el rostro contraído contra la lluvia
como un puño cerrado. La lluvia le iba lavando el perfume de Cecilia de la ropa, del
cuerpo. La lluvia, la implacable lluvia, las ráfagas violentas y casi horizontales de la
lluvia. Cómo luchar contra la lluvia.
Al cabo de
unas cuadras renunció, y ya no buscó aleros protectores ni se esforzó por caminar al
sesgo, con el hombro alzado como la proa de un rompehielos para cortar la furia de las
aguas. Echó a andar por el medio de la acera, rígido, dejando correr el agua por su
frente y sus pómulos, permitiendo que se colara en sus ojos y en su boca entreabierta,
sin hallarle sabor, dejando que rodara por su cuello, espalda abajo, mezclándose con el
sudor del cansancio y la rabia. Intentaba no caer en los charcos martillados de lluvia,
escrutaba la corriente engañosa y se hundía hasta las corvas en otros más profundos.
Chapoteaba, vadeaba bocacalles con el torrente a media pierna, con los dedos de los pies
encogidos para que la correntada no le arrancara los zapatos, tratando de que el peso de
plomo de sus pantalones empapados no lo arrastrara calle abajo. En los cruces había
carros varados, con las olas golpeando en la latonería, sin dueño, como cascos de buques
naufragados. Pasaban grandes buses repletos de viajeros, levantando oleadas amarillas.
Escobar intentaba esquivarlos con brincos laterales de bailarín, y recibía el ramalazo
de fango en las costillas cuando el bus ya iba lejos. Se limpiaba con la manga el agua de
las cejas. Sentía que iba a llorar. Durante un centenar de pasos se empeñó en descubrir
algo amable en la lluvia.
- Es agua pura - se
decía. - Agua vivificante. Fecunda la madre tierra.
Gruesos
chorros pesados vomitados por las canales rotas, cataratas verticales del cielo. De las
puertas abiertas de las tiendas lo miraban pasar, solo como un imbécil bajo la cólera
del cataclismo: gente verdosa y gris, parda, borrosa tras la lluvia, hacinada en las
puertas, esperaba con paciencia el final del diluvio y lo veía pasar, único peatón
insensato en toda la ciudad. Las torrenteras de las calles arrastraban escombros y tierras
de aluvión, cajones de cartón y de madera, ramas de árbol. El reflujo hacía bailar
remolinos de basura en las esquinas, donde chocaban dos riadas alzando espumas turbias,
irisadas de grasa. A ratos parecía que la violencia de la lluvia tratara de amainar: los
goterones se espaciaban en el aire de pronto detenido, y Escobar se daba cuenta de que
llevaba minutos enteros sin respirar. Erguía el cuello entumecido. Y luego se soltaba
otra vez desde arriba el peso de las aguas, golpes de ventarrón hacían ondear vastas
sábanas líquidas, y Escobar se encogía, sobrecogido. Abovedaba los hombros para
empequeñecerse, para ofrecerle al cielo un blanco más difícil: pero el agua encontraba
siempre el camino de su rostro y sus ojos indefensos. Sentía náuseas de rabia. Hubiera
querido dejarse caer en la acera inundada, dejarse llevar por la corriente hasta los
vertederos del río Bogotá, lejos, en el sur; dejarse derivar río abajo entre la espuma
sólida de detergentes, erosionada apenas por la lluvia, con el rostro hacia el cielo, sus
lágrimas mezcladas con el llanto incesante de la lluvia. ¿Pero flotan bocarriba los
cadáveres de ahogados? ¿O flotan bocabajo? Hubiera querido dejarse deshacer dulcemente
bajo el embate de la lluvia.
- ¡Fina! -bramó desde
la puerta, con un frío en el vientre: ¿qué iba a decirle a Fina? Ah, sí: maté a un
tipo, mi amor, la policía, etcétera.
El eco, el
charco al pie de la ventana que había quedado abierta. Se desvistió esforzándose por
mantener erguida y quieta la cabeza, para que su dolor no se rompiera en mil pedazos: era
ahora un dolor quieto, equilibrado como el peso de un ánfora. Y en dónde mierdas tendrá
escondidas Fina esta vez las aspirinas. Los pantalones entrapados se le pegaban a los
muslos, y al tironear le arrancaban mechones de vello húmedo, rizado por la lluvia. De la
ropa amontonada en el piso comenzó a brotar agua. Un Manantial. Quizás más tarde se
edificara ahí una ermita. Quizá los peregrinos acudieran de lejos para probar las
virtudes de aquel agua milagrosa. Limosnas. Curaciones, tal vez.
Soltó el agua caliente de la tina, se envolvió en toallas secas, bebió
largos tragos ansiosos del chorro frío del lavamanos. Qué más hay que hacer en estos
casos. Café. En dónde esconde el café Fina -los filtros, las cafeteras, los molinos de
moler el café, todo el peso abrumador de la realidad. Qué lejana, qué muerta, qué
enterrada estaba ya la vida fácil de su antigua soltería: las cosas a la vista, la magia
instantánea del Nescafé, la taza con la huella de muchos Nescafés sucesivos, como en
los malecones de los puertos va quedando la marca horizontal de las mareas. El rumor
diferente del agua en el baño: la tina desbordada. Dentro de un momento se me van a
empezar a romper cosas, pensó con resignación. El rumor diferente del agua hirviente en
la cocina: en qué momento hierven las aguas, a cuántos grados de temperatura, a cuántos
metros sobre el nivel del mar. El café saltando a borbotones sobre la plancha de la
estufa, evaporándose con un silbido. Las tazas. Las cucharas. El azúcar. Cuál es
azúcar, cuál es sal, cuál es bórax molido para matar las cucarachas. Cuantos viajes
hay que hacer del baño al cuarto, del cuarto a la cocina, de la cocina al baño, con el
azúcar derramada en el piso que se adhiere a las plantas de los pies, observando a
trasluz las píldoras de Fina, blancas, redondas, lisas, planas, cuáles son aspirinas,
cuáles provocan desarreglos hormonales, cuales hacen el pelo luciente y hermoso,
tonifican el gran simpático, multiplican los leucocitos, regulan la venida de la
hemorragia menstrual. Las píldoras pegadas al paladar, terrosas, las arcadas quemantes a
lo largo del esófago, la bilis o la baba amarillenta y mucilaginosa vomitada de un golpe
en el aguamanil, entre las lágrimas. Todo se acumula, todo se multiplica, se hincha y se
bifurca, todo se vuelve inmenso y numeroso, todo ocurre a la vez, y no hay nadie que venga
con una mano amiga a moderar el caos, a meter en cintura la proliferación monstruosa de
las cosas. Por qué me fui. Dios mío, por qué me dejó ir, porqué se fue, Dios mío.
Las mujeres no entienden. Y a ras de tierra se abrían trampas, se cruzaban obstáculos,
la toalla se escurría de la cintura y le maneaba los tobillos, la cafetera silbaba en la
cocina, la puerta de la nevera se bamboleaba, abierta, sin que hubiera sacado cosas de la
nevera, el agua de la tina estaba enfriándose, el azúcar recogida del piso estaba llena
de pelusas y sospechosos puntos negros. El agua verde y transparente, la difícil maniobra
de meterse en la tina sin pegarse en el cráneo con el filo del calentador del agua, el
golpe inevitable en el occipital, sordo y sin sangre, el agua hirviente quemando los
testículos, la mano recogida sobre el pene, el agua calentando el pecho, el vapor en los
ojos, la frescura de la porcelana contra la oreja y la mejilla. La paz.
De la cocina le llegaba un tenue olor a gas. Siempre se queda abierto el gas:
es una certidumbre de índole matemática. Siempre que huele a gas está cerrado el gas:
es otra certidumbre, pero nacida del método inductivo, tan aleatorio siempre. Se va
poniendo uno azul, va perdiendo conciencia de su entorno, siente que poco a poco
desaparece el peso, la opresión en el pecho, va flotando en el aire: los entendidos dicen
que es una muerte dulce, sin dolor. En el aire húmedo de vapor, cómo se hace para
distinguir un tenue olor a gas. A qué huele el gas. Ay, mierda, mierda, mierda, salirse
de la tina, mojar la toalla seca, tener que secarse luego con la toalla mojada. Dejar que
el gas escape. No puede uno morirse por tan poco. Morir. Dormir, soñar tal vez.
Se precipitó a la cocina, chorreando agua. El gas estaba firmemente cerrado,
como era previsible. La ira en su interior. La tina verde y humeante, el calor del agua en
los testículos, en el pene encogido. El milagro del filo del calentador rozando apenas el
pelo mojado, como en una caricia. El café enfriado. La mano seca, mantenida sobre el
nivel del agua para salvaguardar el cigarrillo. El cenicero siempre se queda en otro
cuarto, es una certidumbre matemática. La ceniza arrojada desde lejos hasta la taza
abierta del excusado, trazando un arco grácil en el aire. Los viejos gestos de su
soltería. Regocijaos: hemos resucitado.
Sí. Pero
ya iba siendo hora de que volviera Fina. Alguien a quien contarle que había matado a un
hombre.
Afuera,
entre la lluvia que seguía azotando las ventanas, empezaba a caer la noche lívida. El
baño se fue llenando de penumbra. Sumergió la cabeza bajo el agua, cerrando las narices
con dos dedos, con los ojos cerrados, dejando que el placer de las aguas lo anonadara al
fin. Pero pensaba. Y la paz del placer se removía con bruscas turbulencias, su esófago
se contraía con las resurrecciones súbitas de la náusea, su pensamiento despertaba
víboras, pisaba trampas, se pinchaba en espinas del dolor de la memoria:
Cecilia, mi amor te esquiva:
ya lo
ves, se finge inerte...
El
bochorno, como un vómito negro. Y después del soneto, y del fiasco, y de todo, Cecilia
lo había echado a patadas. Y el bar, los borrachos, y Edén, y los Auténticos: ¿habría
matado a Edén? No era posible. Ah, mierda, y encima su poema: Palabras: en vez de un mar
de luz el río de la forma...
¿Habría matado a Edén? Lo merecía. Recordó su sonrisita suficiente.
¿Serían así de malos sus poemas mirados desde afuera, desde arriba? Tal
vez.
El era así. Intentó imaginarse a sí mismo mirado desde el techo, sumergido en la
tibieza amniótica del agua de la tina, bocarriba, pálido bajo el agua, como el cadáver
de un ahogado. Sintió un vahido: había matado a un hombre. No podía ser. Aunque bueno:
al fin y al cabo haber matado por lo menos a un hombre en treinta y un años de vida era
apenas normal estadísticamente, viviendo en Bogotá. No es tan fácil matar como uno
cree, con las manos. Recordó el cuerpo de Edén, escurridizo. Abrió los ojos bajo el
agua y lo vio todo negro. Se había quedado ciego. Se irguió desesperado, volvió a la
superficie chorreando agua, resoplando de angustia.
Ciego no. Pero ya era de noche. Encendió la luz, tras dominar el temor breve
de morir electrocutado si lo hacía. Frente a él, pegado al vidrio de la ventana cuajado
de gotitas de agua, borroso y blanco como un vientre de pez en la negrura del acuario, vio
un rostro que lo miraba fijamente. Edén Morán Marín. Lo atravesó un horror helado. Se
dejó hundir furtivamente entre la tina para escapar a la mirada pálida que lo espiaba
pegada a los cristales. El rostro que miraba, como una luna vaga, se dejó hundir también
en la ventana. Escobar se enderezó con precaución, y lo vio asomarse con precaución en
la ventana, como si jugara con él unas macabras escondidas. Sintió un inmenso alivio.
Se secó
lentamente, dulcemente, con el intenso amor por el propio cuerpo que da el saberse vivo,
no muerto, como otros. En el cristal nocturno se secaba su cadáver borroso, con enorme
cariño. Recordó con afecto póstumo a Edén Morán Marín. Pero no, no podía haberlo
matado. Cuando huyó del Oasis lo había dejado todavía respirando, y con el pulso
intacto. - Huí como una rata -dijo en voz alta.
Ya iba siendo hora de que llegara Fina. A alguien tenía que contarle que
había matado a un hombre. Pensó hacer más café. Recalentó el que había. Buscó
alguna chicharra de marihuana en ceniceros, en cajones, en mesas, en jarrones. En toda la
casa no había una brizna de hierba. Esperó que a Fina se le hubiera ocurrido comprar
algo, no como el día anterior. Pero empezaba a subirle por la garganta una cólera lenta
a medida que pasaban las horas y Fina no llegaba, ni daba la menor señal de pensar llegar
nunca.
Despertó
con sudores. Había soñado que el cadáver desnudo de Edén Morán Marín, amoratado,
verdecido, lívido, todo cubierto de enormes verdugones, penetraba nadando por el aire a
través de la ventana. Nadaba con una brazada lateral muy pasada de moda, un poquito
ridícula, con el cuello torcido como por una tortícolis. Nadó una y otra vez en torno
al cuarto, a media altura, infatigable, hasta que Escobar pudo despertar con sudores de
ahogo en un cuarto inundado de sol. Parecía tempranísimo. Pero no estaba a su lado el
cuerpo dormido de Fina. Olfateó el aire. Tampoco le llegaban olores de desayuno, de café
recién hecho, de tostadas crujientes.
- ¡Fina! -gritó.
Silencio.
¿En dónde andaría Fina? La cosa empezaba a no tener ninguna gracia. Hizo café con una
facilidad mucho mayor que el día anterior. El pan estaba viejo, duro como una piedra.
¿En dónde andaría Fina? Bebió el café humeante, hizo unos huevos fritos, con todo el
pecho lleno de suficiencia desafiante: para que veas, mi amor: yo puedo solo. Pensó por
un instante en lavar los platos, pero le pareció que era llevar las cosas demasiado
lejos. Tenía toda la vida por delante. Se echó en la cama nuevamente, y se quedó
dormido.
Cuando
despertó, llovía otra vez. En Bogotá llueve toda la vida, pensó mientras miraba la
mole oscura de los cerros aparatada de nubes negras. Abajo, entre la lluvia, gritaban
excitados unos niños. Todo se repite, todo es igual toda la vida, todas las cosas son
iguales. Tenía la impresión de haber pensado eso varias veces. Todo se repite. Todo
tiende a dar vueltas. Había escrito, creía, un montón de poemas al respecto, todos
iguales entre sí. ¿Y no había descubierto algo parecido hacia dos días, o tres, sobre
la verdadera naturaleza de las cosas? Sin Fina para comentar, opinar, discutir, sus vagos
pensamientos se perdían en el aire, chupados por la impasibilidad del universo. No es
bueno que el hombre esté solo, dice el Eclesiastés, y es por eso. Tuvo hambre.
Miró con melancolía los platos sin lavar del desayuno. No es bueno que el hombre esté
solo. Puso a freír un par de huevos, y luego unas salchichas, tras vacilar un rato:
¿debería hervirlas más bien? ¿Las salchichas se hierven? ¿Se fríen? ¿Se comen
crudas? Buscó, sin encontrarlos, los libros de cocina de Fina. Buscó en el diccionario.
"Embutido, en tripa delgada, de carne de cerdo picada, que se sazona con sal,
pimentón y otras especias, y que se consume en fresco". ¿Que se consume en fresco?
¿Qué querría decir eso? ¿Crudas? ¿Recién hechas? ¿Al aire libre? Buscó otro
diccionario más explícito. "Del it. "sal-ciccia", alter. de
"salsiccia", cosas saladas, deriva, de "salsus", salado, de
"sal, is"; las dos ces del it. se pueden explicar por la infl. de
"ciccia", carne, en lenguaje infantil -en esp. "chicha"-. Embutido
hecho con carne de cerdo en tripa delgada, que se consume fresco". Ah, que se consume
fresco. ¿Es decir crudo? No necesariamente. Los huevos, por ejemplo, deben consumirse
frescos, pero no forzosamente crudos. "Salchicha de Francfort. Salchicha hecha al
estilo de las fabricadas en esa ciudad alemana, más compacta y menos grasienta que las
españolas corrientes". "Salchichería; salchichero, -a. Derivados de
significado deducible del de salchicha". "Salchichón: embutido hecho en tripa
gruesa, hecho de jamón y tocino y sazonado con pimienta en grano, prensado, que se
conserva bien mucho tiempo y se come crudo". Ah. El salchichón se come crudo, pero
la salchicha probablemente no. ¿Tendría que sazonarlas con sal, pimentón y otras
especias antes de cocinarlas? ¿Cuáles otras especias? Lo sorprendió de pronto el denso
olor a carne achicharrada que había invadido lentamente la casa. De la sartén brotaba
una gruesa columna de humo negro. De los huevos y las salchichas no quedaban sino
fragmentos carbonizados. Sólo en lo concreto se aprende, afirma Lenin.
Buscó
otra sartén. Puso a freir los dos huevos que quedaban, sin quitarles la vista de encima
ni un instante. Le faltaba práctica, era evidente. Pero tenía toda la vida por delante.
Para
empezar, toda la tarde. Sintió como pasaba la tarde, lentamente. Del piso de abajo
subían las notas de un piano. Jamás había escuchado pianos en el piso de abajo. Y el
pianista, sin duda, jamás había tocado el piano antes, porque las notas llegaban lentas,
separadas, laboriosas: ti ri ti tiri, ti tiri tiri ti ri; y tras una breve pausa, como
tras tomar fuerzas, se repetían: ti ri ti tiri, ti tiri tiri ti ri. Pero al menos el
piano parecía bien templado, las notas eran limpias. En el piso vecino se oía la voz de
una mujer que cantaba. Nunca había sido tan musical ese edificio, en sus recuerdos. En
torno a él, en cambio, no recordaba nunca haber sentido tan pesado el silencio. Si
tuviera un piano, podría él también aprender a tocar piano. Tomaría clases
particulares: así mataría las tardes, una tras otra, hasta la hora de su muerte. Podría
cantar, también, sin tomar clases. ¿Pero cantar qué? Podría poner un disco. ¿Pero
cuál? Las horas pasaron sin que moviera un dedo.
- Fina, tal vez tienes
razón: me estoy muriendo. Dejó sonar varias veces el timbre del teléfono.
- Mijo.
- Mamá.
- ¿No te acuerdas de qué día es hoy?
- No sé, mamá. ¿Viernes?
- Es el aniversario de Focioncito. Escobar suspiró.
- No me acordaba, mamá. Se me había olvidado por completo.
- Pero era tu hermano -en la voz de doña Leonor había un acento entristecido de
reproche.
- Sí, mamá, yo sé. Pero se murió cuando yo tenía cinco años. No me acuerdo. Qué
quieres.
- Focioncito sí se hubiera acordado si hubiera sido tu aniversario, mijo.
- Mamá, qué quieres que haga. ¿Qué me muera?
- Tú sabes que no es eso, mijo. De parte y parte hubo un silencio enfurruñado.
- Pero es verdad, mijito -dijo por fin su madre. -Focioncito era un niño siempre lleno de
detalles. Para mi santo, por ejemplo, siempre una flor, o un beso. No como tu.
- Ni como tú, mamá, si a eso vamos. Hace dos días cumplí yo años, y nada. Estoy
seguro de que Focioncito sí se hubiera acordado.
- No hagas chistes con eso, Ignacio. Pero es que todo se me olvida. Es la tensión.
Ernestico Espinosa dice que tengo la tensión más baja de todo Bogotá. Pero para que
veas que yo sí me acordé de ti: te mandé comprar una corbata.
- Mama, por Dios. . . ¿Qué voy a hacer con una corbata? Más bien regálame plata.
- Tienes que aprender a vestirte como un señor, mijo. Como tu papá. Tu papá era uno de
los señores mejor vestidos de Bogotá.
- Ya sé, mamá, ya sé.
- Y no sólo de Bogotá. Cuando estábamos en la embajada en Londres, con tu abuelo-
Escobar
dejó escurrir el auricular del teléfono hasta el piso. No recordaba el rostro vivo de su
padre: sólo su dedo tieso en la mesita en la gran foto sepia en el marco de plata, su
perfil blandamente aguileño, el negro pelo engominado sobre la frente huidiza.
Interrumpió a su madre:
- Ya sé, mamá, me lo
has contado cien mil veces. Pero es en serio: estoy necesitando plata.
- ¿Otra vez?
- Otra vez. Estamos a principios de mes.
- Es verdad, mijo. Se me había olvidado. Recuérdame que te la dé esta noche, cuando se
vayan todos. - Cómo, que me la des. No puedo pasar, mamá. Mándamela con Parrita, como
siempre.
Hubo un silencio largo. Y luego, la voz de doña Leonor, temblorosa de
incredulidad: - ¿No piensas venir hoy?
- No puedo, mamá. Tengo muchísimo que hacer. Otro día.
- ¿No piensas venir al aniversario de Focioncito?
- No se me había ocurrido. ¿Por qué? ¿Hay velorio? ¿Plañideras y cosas? ¿Un
epicedio de tu amigo Ricardo el poetita? Mamá, me parece que estás exagerando.
- Ignacio, con esas cosas no se juega -la voz de su madre temblaba de indignación ahora.
-Ten respeto. Es el vigésimo sexto aniversario de la muerte de tu único hermano.
- Sí, mamá. Perdón, mamá.
- Es una fecha triste. No un "episodio", como tú lo llamas.
- Mamá, epicedio, no episodio. Un epicedio es una composición poética para difuntos, no
es-
- No importa lo que sea, mijo. Dejémoslo de ese tamaño. ¿Vas avenir?
- Sí, mamá. No, mamá. No, no puedo, de veras. Me gustaría muchísimo, por tí y por
Focioncito, pero de verdad no puedo.
- No hay "velorio", como dices tú -prosiguió doña Leonor, sin hacerle caso-,
ni "plañideras", salvo que llames plañidera a tu tía Clemencita, la pobre.
Hay una cosa muy sobria, familiar. Hay una misa, oficiada por monseñor Botero Jaramillo.
Viene toda la familia. Después de la misa se quedan todos a comer, inclusive los niños.
Ignacio: hazme el favor -la voz de doña Leonor se hizo severa-, hazme el favor de ponerte
saco y corbata. No me discutas. Aunque no te guste. Vienen todos tus tíos y tus primos, y
sería el colmo que tú, que eres el único hermano que tenía Focioncito, vayas a venir
descorbatado. De modo que hazme el favor.
- Pero mamá-
- Nada de peros. La misa es a las seis.
- De veras, mamá -Escobar se sentía acorralado. -No puedo, tengo muchísimas cosas que
hacer.
- ¿Tú? Si tú nunca haces absolutamente nada, mijo.
- Sí hago, mamá. Tengo que acabar un poema.
- No me hagas reir.
Y
efectivamente, de la bocina del teléfono brotó una risa musical, de jovencita. Escobar
colgó, ciego de cólera.
No había
derecho. Doña Leonor estaba segura de que podía disponer de él, de su vida, como le
diera la gana. Como Fina. Nadie le respetaba su libertad. Fina exigiendo un hijo. Su madre
exigiendo que asistiera a una misa de réquiem. ¡Pero no, pero no, pero no, pero no!
¡No! Dio unas cuantas patadas de furor en la cama, como un niño.
- ¡Yo soy un hombre
libre! -gritó en su soledad. Y dio vueltas por el apartamento, golpeando las paredes con
el puño, mascullando; ¡mierda, soy libre, mierda, soy libre, mierda, soy libre! El
teléfono volvió a sonar.
Otra vez
su mamá. No iba a contestar. Era un hombre libre. Lo dejaría que sonara y sonara
indefinidamente, como en una casa deshabitada. Se sentó en el borde de la cama para
mirarlo de cerca, fijamente, con una sonrisa diabólica: no contestaría nunca, era libre.
El teléfono dejó de sonar. Un daño, sin duda: en Bogotá, con estos aguaceros, los
teléfonos están dañados siempre. Esperó, sin dejar de mirar fijamente el aparato. Lo
descolgó. Funcionaba perfectamente. Colgó de nuevo. Un timbrazo violento lo estremeció,
y estuvo a punto de descolgar maquinalmente, cogido por sorpresa. Se recuperó. Se
contuvo. Lo oyó timbrar, lo miró timbrar, terco, insistente. Empezaba a enervarse. Pero
era un hombre libre, y más fuerte y más terco que ese aparato miserable. Lo oyó timbrar
una vez y otra vez. ¿Y si no fuera doña Leonor? ¿Si fuera Fina? Fina tenía que darle
un par de explicaciones. Descolgó.
- Mijo, no te permito que me vuelvas a colgar el teléfono en la cara en esa forma.
- Mamá.
- Ya sabes. A las seis.
Y colgó. Escobar sintió que se ahogaba de rabia, y tuvo que tenderse
bocarriba en la cama para no quedarse muerto de repente. El teléfono volvió a timbrar.
La situación se estaba volviendo de comedia cinematográfica de los años cincuenta. La
naturaleza imita al arte. Ni en eso era libre: estaba obligado a calcar su vida sobre las
películas norteamericanas. En su caso ¿Rock Hudson hubiera descolgado? ¿No? Ah, mierda.
Descolgó.
- ¡QUE!
- ¿Ignacio?
- ¿Sí?
- ¿Por qué no contestabas? Soy Ana María.
- Ah. Hola, qué hay. No. Es que estaba haciendo un experimento fenomenológico sobre la
libertad. Tú sabes: la libertad no existe.
- ¡No me digas! -se burló al otro lado Ana María. -¿No lo sabías? Federico te lo
hubiera podido explicar hace tiempos: el imperialismo norteamericano.
- No se trata de eso. Hablo del libre albedrío. La predestinación. San Agustín.
Leibniz, claro. Husserl. . .
- Pedantería pequeño-burguesa, Escobar. No estoy llamando para eso.
- ¿Llamas a Fina? No está.
- ¿Dónde está?
- No sé -y al decirlo sintió que volvía a hervir su cólera. Dónde diablos andaba
Fina, mierda.
- ¿No se te ocurre dónde puede estar?
- No, no tengo ni la menor idea. Se fue. Debe volver ahora, me imagino. Ha debido volver
ayer. O antier. Tuvimos una pelea.
- ¡No me digas! -de nuevo distinguió un tono de mofa en la voz de Ana María. - ¿De
veras tuvieron una pelea?
- Sí. ¿Te parece raro?
- Mira, Escobar: los hombres son unos hijueputas.
- ¿Por qué? Ahhh, la cosa feminista. . . ¿Tuviste una pelea tú con Federico? No es
cosa de los hombres, Ana Mariíta: las mujeres también.
- No seas idiota, Escobar. Fina se fue de tu casa hace tres días, no ha aparecido, no ha
llamado. ¿Y a tí no se te ocurre pensar que a lo mejor le puede haber pasado algo?
- ¿Pasado qué? ¿A Fina? -no se le había ocurrido, en efecto. De un golpe lo traspasó
la angustia: no le podía haber pasado nada a Fina. Sintió un mareo, una nube en los
ojos, perdió la voz. -¿Le pasó algo? ¿Estás con ella? ¿Dónde estás?
- No, no te preocupes, Escobarito, no le pasó nada. . .
- en la voz de Ana María vibraba el desprecio. -Pero tú eres de un egoísmo
verdaderamente monstruoso, Escobar. Los hombres son unos hijueputas. Pobre Fina, carajo...
- ¿Por qué pobre? ¿Qué le pasa?
Le pasa
que ella sí estaba preocupada por tí. Es decir: estaba preocupada de que a
lo mejor tú estuvieras preocupado porque a ella le hubiera podido pasar algo, un
accidente, o algo. Pero ya veo que no.
Ana María
colgó sin despedirse. Mierda, carajo, las mujeres no entienden -pensó Escobar. Pero
estaba abochornado. ¿Cómo no se le había ocurrido que era posible que le hubiera pasado
algo a Fina? Pues porque no le había pasado nada. Pero hubiera podido pasarle: Fina
tenía razón en estar preocupada de que él pudiera estar preocupado pensando en que a
ella le hubiera podido haber pasado algo. Sí: pero más razón hubiera tenido al pensar
que no, que ni eso, que ni siquiera le había rozado la imaginación la más lejana sombra
de una preocupación. Sí, era de un egoísmo monstruoso: Ana María tenía razón. Aunque
bueno, tampoco era la cosa para tanto. Porque si estaba tan preocupada Fina, ¿por qué no
volvía entonces? ¿No se le había ocurrido que a lo mejor le podía haber pasado algo a
él? ¿No se le había pasado por la cabeza que lo podían haber matado a patadas en un
bar, como a Edén Morán Marín, por ejemplo? No, claro, no se le había ocurrido a ella
tampoco. ¿O que le hubieran podido prender una gonorrea por ahí? (entre otras ¿le
habría prendido alguna gonorrea Cecilia? ¿Cuánto tiempo demoran en incubar las
gonorreas? Tendría que estar atento). Pero no, claro, eso sí no se le había ocurrido a
Fina. Estaba preocupada únicamente por la posibilidad de que él estuviera preocupado por
ella. Ni la propia doña Leonor lo hubiera hecho mejor: todas las mujeres acaban siendo
iguales. Pero si estaba tan preocupada por él, ¿por qué no volvía? Marcó el teléfono
de Federico. Contestó una voz de mujer.
- Ana María, soy
Ignacio.
- Pero yo no soy Ana María. No está.
- ¿Está Federico?
- Tampoco.
- ¿Con quién hablo?
- Con Angela.
- ¿Quién es Angela, si se puede saber? - Angela soy yo.
No estaba para chistes idiotas, y por añadidura telefónicos. "¿Quién
es yo?", y eso. Pero preguntó.
- ¿Y quién es yo?
- Ay, por favor, chistes idiotas no.
Y colgaron el teléfono.
Tuvo que
ir a echarse agua en la cara para hacer bajar la sangre del furor. Buscó de nuevo,
inútilmente, hierba por toda la casa. Hacía semanas que Fina no había vuelto a comprar
hierba. Como si fuera tan difícil. Se sirvió un whisky. Por lo menos había whisky. Se
sentó en la sala con el vaso en la mano. De abajo llegaba el piano, exasperante: tiri
tiriri, tiri ri tiri riri. Buscó un disco con qué ahogarlo, algo sedante, Mozart tal
vez, o la paz sobrehumana de Bach. Sólo faltaba que Fina hubiera desconectado el aparato
o, más grave todavía, el transformador del aparato. Dónde está el transformador. Cómo
es un transformador. ¿Hay un transformador? Debe de haberlo, lo hay, lo hubo siempre,
Fina, Fina, Fina, por qué te fuiste sin decirme en dónde escondías tú el
transformador, dónde se conectaba, dónde estaban guardadas las sonatas para flauta de
Bach.
El
transformador estaba conectado al aparato. Con una ligera presión del dedo en una tecla
el plato de caucho se echó a andar, como una cosa viva. Otra tecla leve, y el Mesías
de Handel bramó sus aleluyas; cosas de Fina. No había de qué aleluyarse. Algo sereno,
algo pacificante, una flauta muy dulce, un oboe muy amortiguado, Haydn tal vez, si acaso.
Fue a la cocina a buscar hielo para su whisky tibio, y lo deprimió el caos
de platos sin lavar y de sartenes mantecosas. Ay, mierda, mierda, Fina, Fina, las mujeres
son de un egoísmo inconcebible. ¿Qué iba a comer, además? Ya no quedaba nada. No
tenía hambre todavía, pero ¿y cuándo le diera hambre? ¿Qué iba a comer? Dio
pataditas de cólera, pensando en Fina. Podría hacer espaguetis, a lo sumo. No. Por
ningún motivo. Nada en el mundo podría obligarlo a hacer espaguetis, solo como un
náufrago. La libertad no consiste en pasarse la vida solo y desesperado, cocinando
espaguetis, lavando platos, fregando ollas, restregando sartenes. La libertad debe ser un
festín en el que corran todos los vinos, en el que se abran todos los corazones. No esta
mierda.
Cuando
volvió a la sala el disco se moría entre ensordecidos burbujeos de flauta. Le dio la
vuelta. Se sirvió un nuevo whisky.
Un
festín. Lo malo es que un festín requiere plata, sobre todo si se tienen en cuenta los
precios asombrosos que pueden alcanzar en Bogotá los vinos. Un festín en el que corran
todos los rones de las rentas departamentales. ¿El Oasis otra vez? De ningún
modo. Podía comer en casa de su madre. Pero ah, su madre, la familia. . . La misa por su
hermano Focioncito. Podía llegar con retraso, terminada la misa, pasada la oratoria
fúnebre de monseñor Botero Jaramillo, las loas a Focioncito muerto. Se le hizo agua la
boca al pensar en los platos de la gorda Saturnina: volovanes de colas de cangrejo de
río, faisanes estofados con relleno de trufas. ¿Faisanes? No. Ni trufas. Pero en fin:
maravillas. Sí, pero la familia -y su madre había dicho que toda la familia. Tías y
tíos, primos y primas, y yernos y cuñados que ni siquiera son de la familia. Sí, pero
¿qué, si no? Si la hubiera tenido ahí a su alcance, habría insultado a Fina.
¿Se tendría que afeitar? Sí. Se afeitó: otra más que Fina le debía.
Buscó una camisa limpia: Fina sabía planchar, lavar, doblar camisas: las cosas como son.
Sacó del armario su antiguo vestido gris oscuro, guardado en un talego transparente de
plástico. Era ordenada Fina, había que reconocerlo. Se dio cuenta de que estaba
empezando a pensar en Fina en el pasado. Una corbata, regalo de su madre. Se la echó en
el bolsillo, y lo encontró repleto de bolitas de naftalina. Todo él olía, ahora se dio
cuenta, a naftalina. Todos los bolsillos estaban llenos de bolitas translúcidas y
blancas. Las tiró a la basura. Se olfateó las manos, las yemas de los dedos cubiertas de
un polvillo blanquecino. ¿Venenoso? Sin duda. Se lavó bien las manos. ¿En qué cajón
guardaba Fina la plata? Abrió cajones. Halló mucha más plata de la que suponía.
Bajó de dos en dos las escaleras. En el piso de abajo, una figurita de
delantal almidonado trapeaba la escalera, con un balde lleno hasta el borde de agua
jabonosa. Descendió con precaución los escalones mojados, alzándose un poquito las
perneras de su pantalón gris. Eso era lo que estaba necesitando: una sirvienta. Alguien
que le hubiera planchado su vestido gris oscuro, oloroso a naftalina, alguien que le
hubiera preparado comida, barrido, lavado, limpiado el polvo, llevado su desayuno a la
cama, alguien que le hubiera hecho posible no depender para todo de la esperanza del
regreso de Fina. A lo mejor la libertad es eso: una sirvienta. Le diría a su mamá que le
buscara una.
Sobre los
chatos edificios de ladrillo el crepúsculo era inmenso, y restallaba en los cristales.
Muy lejos en el cielo distinguió la larga cola de espuma de un avión, sonrosada por el
sol de los venados. Tuvo tiempo de verla disolverse en el cielo cada vez más oscuro antes
de que por fin pasara un taxi. Todos los semáforos estaban en rojo. De la masa compacta
de carros atascados subía al cielo ensombrecido un clamor estridente de pitos, un hervor
de motores.
- ¿No iban a poner en los semáforos una cosa que llamaban la "ola verde"?
El taxista lo miró en el espejo, con ojos turbios de sangre.
- Eso con estos hijueputas nadie respeta.
Zigzaguearon lentamente, rumbo al norte, abriéndose camino en el revuelto río de luces
rojas que se iban encendiendo en el culo de los carros. De todos los hijueputas, el que
respetaba menos era el chofer de su taxi. A veces, con un bramido ensordecedor de sus
bocinas de aire, se les cerraba un bus, y el taxista mascullaba blasfemias mientas frenaba
en seco, y en el tablero del taxi una virgen de plástico se encendía en resplandores
fosforescentes de topacio y turquesa, y sus bracitos bamboleantes parecían bendecir al
taxista, perdonarlo. Una voz mexicana mugía en el parlante del radio:
Yo lo que quiero es que vuelva
que
vuelva conmigo
la
que se fueeee. . .
Sí, Fina, yo lo que quiero es que vuelvas. Fina, mi amor: si hubieras vuelto
ya, yo no tendría por qué estar ahora todo vestido de gris y naftalina yendo a mendigar
mi pan en casa de mamá, a costa de aguantarme una misa de réquiem.
- ¿Usted qué tanto
entiende de mujeres?
- Hueco es hueco- sentenció el taxista.
CONTINUAR
REGRESAR AL INDICE
|