Sin Remedio
Antonio Caballero
© Derechos Reservados de Autor

 

XII

 

   Patricia lo esperaba delante de su puerta, sentada en la escalera, llorando.

   La abrazó. Ella soltó todo el llanto en su pecho, sobre la sangre seca de Edén Morán Marín. Escobar tenía ganas de aullar de cara al cielo, como un perro. ¿Qué le podía decir? No había nada qué decirle. Abrió su puerta, la llevó abrazada adentro, dándole palmaditas maquinales en el hombro, besándole distraído el pelo.

- Ya pasó, ya pasó, ya pasó. . . .
- Va a pensar que soy una vieja huevona ¿no? -sollozaba Patricia, sorbiendo mocos, y se echaba otra vez a llorar.
- Pero es que. . . lo que pasó, y todo. . . usted vio ¿no? Usted estaba ahí.. .
   ¿Cómo sabía?
- Sí, pero ya pasó, ya pasó, ahora tranquilícese.
- Y ahora llego yo aquí. . . y usted nada que llegaba. . . y esa vieja loca de arriba... ¿usted sabe que arriba vive una vieja loca? La del otro día ¿se acuerda?
- Me acuerdo. Vivo con ella día y noche.
   La oía golpear arriba.
- ¡Me dijo putaaa. . .! -berreó Patricia- Yo no soy puta, Ignacio, usted sabe que yo no soy puta. . . ¿Usted cree que soy puta? -lloraba sin descanso, y en el llanto sus ojos se volvían más estrábicos que nunca, inquietantes- . . . ¿Cómo sabe esa vieja que soy puta? ¡Ignacio, usted sabe que yo no soy putaaaa. . .!
- Cálmese, Patricia, cálmese, usted no es puta, cálmese. . . Eso no importa ahora... -la sentó en el piso, se arrodilló a su lado, con su cabeza en su hombro, consolándola:
- Cálmese, niña, cálmese, eso no importa. . .
- ¡Sí importaaaa! -berreó Patricia echando chorros de lágrimas. - ¡Claro que importa, porque papá también piensa que soy putaaaa. . .! ¡Y por eso no me va a querer ayudaaaar. . .! Ayúdeme, Ignacio, dígale que me ayude ¿sí? Usted puede hablar con él, ayúdeme, dígale que yo no soy puta, que lo suelten, que me ayudeeee. . .

   ¿Hablar con Foción? ¿Cómo? ¿Sabía Patricia que Federico tenía algo que ver en el secuestro? ¿Que Escobar era intermediario? Federico no podía ser tan bruto, mierda, no podía ser tan bruto.

- Bueno, no llore. Cálmese. A ver, explíqueme. ¡Cálmese!
   Patricia soltó otro chorro de llanto:
- ¡Ahora encima usted me va a empezar a regañaaar. . .!
¡Yo ya no soy un bebé, Ignacio, entiendaaa. . . .! ¡No me regañe encima usted, no me regañeee. . .! No me regañeee..
   Escobar le dio una bofetada.
- ¡No sea pendeja, carajo, ¡Cálmese!

   Se calmó un poco. Seguía llorando, pero más tranquila, con el rostro enterrado en su hombro. Le acarició el cuello y el pelo, la besó. Ah, mierda.

- Bueno, a ver, explíqueme qué pasa.
- Usted sabe. Usted estaba ahí. Usted vio.
- Sí, pero. . . Mierda, Patricia, usted cree que yo puedo hacer que lo suelten?
- Usted no, pero papá sí. El otro día soltaron a su amigo por papá ¿se acuerda?
- Sí, claro, pero. . . -recordó la carta de Federico, y siguió dubitativo: -No crea que es tan fácil. No me parece que esa gente esté muy dispuesta al sentimentalismo burgués, para serle franco.
- Pero dígale usted a papá, Ignacio, dígale ¿sí? Ayúdeme usted a convencerlo, tiene que ayudarme a convencerlo, yo sé que a usted le hace caso. Dígale ¿sí? Dígale, ay, dígale... - lo empezó a besar en el cuello, enfervorecida- dígale, Ignacio, se lo pido por favor ¿le dice? Dígale. . . -Escobar se apartó, se recostó en la pared, dejándola caer al piso.
- Mierda. . . -dijo.
  Pensó. Respiró hondo. Patricia sollozaba en el piso.
- Mire, Patricia. Sinceramente, yo no creo que sea tan fácil.
- ¡Pero usted vio que no fue él! -gritó Patricia.- ¡Usted vio que fueron los tombos, usted vio! ¡Los tombos lo mataron! ¡Jefferson sólo estaba ahí hablando! ¿Es que no se puede hablar! ¿No dizque esto es un país libre? ¡Usted los vio, Ignacio, ellos le pegaron un tiro al compañero y después cogieron a Jefferson y le daban bolillo y le daban bolillo y le daban bolillo y se lo llevaron déle y déle bolillo y ahora dicen que el que lo mató fue Jefferson!
   Escobar se desconcertó.
- A ver, a ver, tranquilícese. ¿Cómo es la cosa de Jefferson?
   ¡Pero si usted vio! ¡Usted estaba ahí, detrás de un poste, yo lo vi! ¡Usted vio todo, cómo mataron al compañero!
- ¿A qué compañero?
- ¡Al que dijo Jefferson! Yo no lo conozco, yo qué voy a saber. Al compañero del magisterio. Usted lo vio, usted estaba ahí, Jefferson se subió a una silla a hablar y a decir que lo habían matado los tombos y entonces lo cogieron y le daban bolillo y ahora dicen que fue ééééél. . .!

   Patricia se echó a llorar nuevamente. Escobar empezaba a entender. Le acarició los hombros, la apretó, la besó, la enderezó contra la pared, le peinó las cejas con la punta del dedo, le limpió una lágrima.
- A ver, a ver, a ver. . . Ya, cálmese, ya voy entendiendo, tranquilícese. . . ¿Y usted quiere que yo hable con su papá?
- Pues claro. ¿No ve que si yo le digo algo es peor, por que es Jefferson? Es que papá dice que yo soy una puuuta. . . porque ando con Jefferson y dice que Jefferson es negrooo. . .! -se interrumpió: -No, no, ya no lloro, ya no lloro. Ya estoy tranquila, Ignacio, ya estoy tranquila. Déjeme me limpio los ojos y ya estoy tranquila. Ya. Ya. Ya.
   Se frotó los ojos con los puños, sonrió a través de las lágrimas:
- Usted habla con papá ¿cierto? A usted papá le hace caso, usted sabe. El otro día hizo que soltaran a un amigo suyo, ¿se acuerda? Pues ahora es lo mismo, sólo que es Jefferson.
   Empezó a recuperarse. Miró en torno, se vio sentada en el piso, vio el apartamento vacío, sin un mueble. Preguntó con una vocecita insegura.
- ¿Qué pasó?
- Nada. Entraron los ladrones. Pero eso fue hace días, no se preocupe.
- Ah. . . Yo sí notaba algo como raro. . . ¿Me puse muy huevona, Ignacio? Perdóneme, es que estoy nerviosa, y esa loca suya que me decía puta, pensé que había hablado con mi papá, no sé. . . Perdóneme.

   Miró en torno, asombrada. Tenía la cara y el cuello y el pecho llenos de manchas pardas y rojizas de la sangre de Edén diluida en sus lágrimas. Se rio.

- Es rarísimo. Se ve todo chiquitico. ¿Estoy muy fea? ¿Tiene un espejo?
   Se levantó de un brinco. Escobar la tomó por la muñeca, la hizo sentarse nuevamente.
- Espere un momento. Pensemos a ver. ¿Qué quiere que haga? ¿Que hable con Foción?
- Sí. Y le dice que haga palanca para que suelten a Jefferson. Yo no puedo, usted sabe. Primero, porque papá odia a Jefferson -me dice que dizque soy puta porque ando con un negro, imagínese el viejo lo huevón y lo racista, mierda, Ignacio, es que usted no se imagina.
- Bueno, sí, pero usted no es puta.
   Patricia rio, contenta. Lo besó.
- Ay, Ignacio, no sea bobo. . . Pero bueno, además es que ellos creen que yo ya no ando con Jefferson, porque les dije, para lo del baile.
- ¿El baile? - Ay, el baile en el Jockey, acuérdese, yo le conté. Entre otras, váyase preparando: es este viernes que viene. Consígase su frac. Yo no sé qué es lo que pasa con las invitaciones, que nada que llegan. Es que como la huevona de mamá se empeñó en mandarlas hacer en Cartier de Nueva York, imagínese. Qué van a saber allá dónde queda Bogotá Colombia, imagínese. Es que mamá cree que todavía vivimos en el siglo pasado. No se puede imaginar que vieja tan retrógrada, pobre.
- Bueno, el baile -interrumpió Escobar.- ¿Qué tiene que ver eso con que usted ande con Jefferson?
- Que me dijeron que si seguía saliendo con Jefferson, no me hacían baile. Eso tiene qué ver. Chantajistas, encima.
- Pero usted a mí también me dijo que ya no andaba con Jefferson.
- Bueno. . . así asá. Peleamos. Es que no me lo resisto. Peleamos, pero a veces nos vemos. No sé.
- Usted a quien prefiere: a Jefferson, o a mí.
- Ay, Ignacio, usted no está preso. . .
   Se le llenaron los ojos de lágrimas.
- Ay, Ignacio, por favor ayúdeme ¿sí?
   Escobar se enterneció. Pero no iba a ser fácil.
- Claro que la ayudo, niña. . . Pero regáleme un cigarrillo. Hace días que no fumo.
   Aspiró una bocanada de delicia. ¿Qué decirle? ¿Cómo explicarle? ¿Por dónde empezar?
- Mire, Patricia, No va a ser fácil hablar con su papá, no crea. . .
- No sea bobo. Papá lo adora a usted. No sé por qué, pero lo adora.
- Tal vez, no sé. Pero ahora. . .
- ¿Lo dice por lo del puesto?
- No. ¿Qué puesto?
- El puesto en el banco, el que le iba a dar a usted, que quería que alguien de la familia fuera vicepresidente del banco como toda la vida, y que como usted nada que quería, se lo dio al cretino de Juan Manuel, el marido de la pendeja de Lucía ¿no sabía? No me diga que no sabía.
- No tenía ni idea. Yo no quiero un puesto en el banco, además.
- Eso le decía yo. Imagínese si usted iba a querer ser un cerdo capitalista como papá, para que encima después lo secuestren o quién sabe qué.
- No, no, no es por eso -Escobar tosió, sintiéndose profundamente estúpido. Apagó el cigarrillo en la suela del zapato y arrojó la colilla. Patricia rio, torciendo los ojitos.
- Pues se quedó sin puesto, por pendejo. Papá estaba seguro de que el otro día lo había llamado para eso, y se quedó esperando. Y usted, nada.
- Es que no era para eso. La llamaba a usted -mintió Escobar.
- Yo sé, bobo. Pero papá no sabe. Y que no llegue a saber, Porque nos mata a los dos.

   Se besaron. Patricia vio por primera vez la sangre seca en la camisa de Escobar, y se miró su propia camiseta. Le dio risa:

- Mire cómo me vuelve, Ignacio. . . papá tiene razón. Debo estar horrible, lloré como una boba. Présteme el baño ¿sí?

   Se fue de un brinco al baño. Escobar se quedó pensativo y encendió un nuevo cigarrillo. La señora Niño golpeaba con paciencia en el techo. Sólo faltaba que a la salida Henna lo estuviera esperando otra vez. Las cosas son iguales a las cosas. La literatura es literatura. Se acordó de Federico: ¿ha escrito algún soneto? Huevón de mierda. Y ahora, el rescate. Esperaba que no se les ocurriera llegar ahora, con Patricia ahí, a entablar negociaciones. Pensó que era mejor salir lo más pronto posible. Golpeó en la puerta del baño. Patricia se asomó desnuda.

- Me bañé. ¿Le importa?
- Vístase, vístase. Tenemos que irnos ya.
- ¿Qué me pongo?
- Patricia, por Dios. . . No vamos a ir a un baile. Póngase su ropa y vamos.
- Es que no me puedo poner esa camiseta del PST. Papá me mata.
- Antes no le importaba que su papá la matara.
- Antes no le tenía que rogar que sacara a Jefferson de la guandoca. ¿Usted cree que lo van a torturar?
- No creo. Vístase.
- Están torturando a todo el mundo, usted sabe.
- Sí, bueno. Pero vístase.
- Otras veces no quiere que me vista tan rápido. . .
- Patricia. . .

   Otra vez la abrazó, besó su carne fresca, recién bañada. Ah, era débil, seguía siendo tan débil como toda la vida. Deslizó las manos por su espalda para coger sus altas nalgas elásticas. Sintió el deseo una vez más: una vez más mandaba su deseo. Le pasó los labios por la garganta y los hombros, le besó los senos firmes y erguidos. Patricia se dejó besar un poco. Lo apartó.

- Ay, ahora no, Ignacio -lo reprendió con tono de exasperación maternal.
- Siempre me dice que ahora no.
- Yo sé. Pero ahora no. Usted entiende. . .
- No. Ya le he dicho cien veces que no entiendo.
- Ay, Ignacio. . . Otro día.
- Siempre me dice que otro día.

   Mientras hablaban, le daba cortos besos en los labios. Sus dientes chocaron. Patricia rio, lo empujó lejos sin contemplaciones.

- Bueno, mire: vamos y usted habla con papá y lo convence ¿sí? Y si acaso después volvemos aquí y hacemos el amor. Le prometo. -Miró dubitativa la desolación circundante, la dureza del piso: -Aunque aquí. . . Bueno, ahí vemos. Pero venga hablamos primero con papá ¿sí?
- Bueno, vístase -se resignó Escobar. Sabía que no iban a volver. Pero daba lo mismo. Todo daba lo mismo. Todo seguía exactamente igual. Su poema no había servido para nada.
- Présteme una camisa suya ¿sí?
- No tengo, Los ladrones se lo llevaron todo.
- Esa que tiene puesta.
- ¿Esta? No tengo sino ésta. Y está toda sudada. Y huele a sangre. Sangre del pobre Edén Morán Marín: ese mismo pobre muerto que su amigote Jefferson llamaba "compañero", ya después de muerto. Su amigote Jefferson es un oportunista.
- ¿Usted cree que yo no sé? A veces no me lo resisto. Se vistió. Sonrió, feliz. Estaba linda:
- Camine le muestro mi carro -invitó. Escobar recordó el carro acribillado de Foción, Avellaneda muerto en el timón, como un capitán que se hunde con su barco. Preguntó con cautela:
- ¿Su carro?
- Es que ahora tengo mi propio carrito ¿no sabía? Un Hondita amarillo, divino. Me lo regaló papá de premio por pelear con Jefferson. Viejo pendejo. Bueno, camine. Salieron. La señora Niño los esperaba asomada al hueco de las escaleras, con un fulgor ornitológico en los ojos malignos.
- ¡Prostituta! ¡Modelo!
   Escobar quiso bajar encogiendo los hombros, pero Patricia plantó cara:
- ¡¡PUTA!! -gritó.
   La señora Niño soltó un graznido ronco, de pájaro enjaulado que se totea de rabia. Patricia insistió.
- ¡ ¡ ¡PUTA, PUTA, PUTA PUTA PUTA!!!

   Lanzando un chillido escalofriante, vesánica de cólera, la señora Niño se arrojó por el hueco de la escalera. Escobar tuvo la impresión de que se había tirado de cabeza. Al pasar a su altura, aullando, ahora de terror, chocó contra la barandilla de hierro con un crujido seco de huesos, dio una vuelta de campana y se aplastó en los escalones con un golpe de trapo mojado contra el piso. Se quedaron sin respiración.

  La señora Niño no se movía. Escobar agarró con fuerza el brazo de Patricia, dio un largo paso de gimnasta para salvar el cuerpo espernancado e inmóvil y los dos bajaron la escalera trotando, sin hablar, ensordecidos de pavor. Ya en la calle Patricia se arrancó de un tirón la presa de sus dedos.

- ¡Suélteme, suélteme, suélteméééé. . . .!
- Vamos. Vamos. No mire para atrás.
- ¡No, es que tengo aquí el carro, venga!
   Se montaron en un carrito amarillo. Patricia no encontraba el hueco de la llave. Le temblaba la boca, murmuraba con voz frenética de llanto:
- ¡Jueputa vida, jueputa vida mierda!. . .
   Pudo arrancar por fin, y el carrito saltó como una bala.
- Vaya despacio -aconsejó Escobar con voz ronca. - Despacio, despacio. . . Son elecciones, por ahí hay mucha tropa, despacio. . .
   Patricia frenó, orilló, apagó el carro, se echó a llorar en el hombro de Escobar.
- ¡Es un minuto, es un minuto, déjeme lloro un minuto y ya, le juro que es un minuto! -lloraba-, ya se me pasa, ya se me pasa, déjeme lloro un minuto y se me pasa. ..
- Tranquila, tranquila, tranquila, ya pasó.. .
   Escobar tenía ganas de llorar él también.
- No fui yo, Ignacio, le juro que no fui yo, fue ella, usted vio, ella se tiró de cabeza ¿usted cree que la matamos?
- No creo. No sé. Tranquila. . .
- La matamos, yo creo que la matamos, usted la vio que estaba quieta ¿no? Yo creo que la matamos ¿usted no cree? Pero estaba loca ¿no es cierto? Estaba loca, ay Ignacio, que no la hayamos matado, ay Ignacio, ay Dios mío Dios mío Dios mío Dios mío Dios mío!!!
- Tranquila, Patricia, tranquilícese. Ya pasó. No la matamos, tranquilícese.
   Estaba seguro de que sí la habían matado. Bueno, por fin. Por lo menos eso-. Pero iban siendo ya demasiados muertos, como en una tragedia de Shakespeare.
- Ya se me pasa, ya se me pasa, le juro que ya, ya, ya. Déjeme llorar un minuto y se me pasa, le juro. ..
   La dejó llorar un minuto.
- Arranque despacito. Vamos despacio. No hay afán. ..

   Y todavía faltaba la noticia, los llantos de su tía Clema, fingir sorpresa, compartir la angustia, acompañar a la familia, ah, mierda. Pero se dejó llevar, en silencio. Llegaron a la larga verja de casa de Foción. Patricia pitó con impaciencia para que alguien abriera. Había soldados con fusiles, carros negros con guardaespaldas oficiales, largos Mercedes verde oliva de generales del Ejército con el escudo nacional en la placa. No podía entrar. No quería entrar. Ah, mierda.

- ¿Sabe una cosa? Es mejor que no entremos juntos -dijo patricia. -Usted espera cinco minutos, y después entra solo como si lo de Jefferson fuera cosa suya ¿bueno? Mientras tanto yo me cambio de ropa.
- Sí. . .
  Patricia volvió a pitar con impaciencia. Un guardaespaldas se acercó a la verja lentamente.
- ¡Jueputa, otra vez la casa llena de militares! -masculló Patricia. -Debe ser que ganó López, papá debe estar feliz, seguro está destapando champaña el viejo huevón. Mire, está hasta el carro del embajador gringo con banderita y todo. No me lo resisto. ¡Ay, what a beautiful señorita! ¡Ay, what a lovely country! El muy huevón cree que está en Acapulco. Pero bueno, a lo mejor así es mejor: papá debe estar de buen humor. Bueno, lo espero adentro. Déme un beso.

   Escobar le dio un beso. Seguía siendo un cobarde. La miró entrar, parado junto a la verja. Debería entrar con ella. No podía dejarla sola. Ah, mierda. Pero ya iba muy lejos. La vio estrellar deliberadamente el carro del embajador gringo. Hubo un atropellarse de guardaespaldas. Uno gordo, de anteojos negros, se quedó mirando a Escobar desde lejos. Lo vio bajarse los anteojos negros sobre el puente de la nariz para mirarlo bien. Era Ceballos, el guardaespaldas del coronel Buendía. Lo vio trotar pesadamente hacia la casa, empujar a Patricia que subía ya las escaleras con paso decidido, ignorando con el movimiento desdeñoso de las nalgas el alboroto causado por su carrito embutido en el Cadillac del embajador. Escobar dio media vuelta y echó a correr. Mierda, mierda, mierda, mierda, seguía siendo un cobarde.

   Corrió un par de cuadras. Aminoró el paso al darse cuenta de que su carrera despertaba miradas curiosas. Empezaba a anochecer. Se veían grupos dispersos de agitadores electorales, rendidos de cansancio, que caminaban lentamente con sus banderas al hombro, o arrastrándolas, intentando a veces todavía algún grito: Ló-pez, López, Gó-mez. Vio pasar una larga fila de jeeps militares con las luces encendidas, armados de ametralladoras pesadas. Más lejos, rechinantes, pasaron dos tanquetas. En las esquinas había patrullas de soldados, borrosos en el atardecer. Sin darse cuenta, maquinalmente, había llegado casi hasta su casa. Se detuvo en seco a media cuadra, recordando de golpe que habían matado a la señora Niño. No se veían ambulancias, no se oían sirenazos. A lo mejor estaba perfectamente.

   Se acercó despacio. Distinguió dos soldados ante la puerta del edificio. Un poco más lejos estaba parado un jeep con las luces encendidas. Al otro lado de la calle, a la sombra de las palmeras y los pinos polvorientos del parque, vio alumbrar la brasa de un cigarrillo. Se distinguía ya poco en la oscuridad creciente. Una mujercita envuelta en un pañolón negro tropezó con él.

- Perdón.
- ¡Doctor! ¡Venga, venga, doctor! -cuchicheó la mujercita del pañolón. Era Circua. La siguió, mirando cautelosamente hacia atrás, hacia la esquina. Circua se puso a cu chichear rápidamente:
- ¡Doctor, vinieron a buscarlo, un señor de ruana, y después unos soldados también vinieron a buscarlo doctor, eso hasta tumbaron la puerta, el doctor ya se había ido, entraron a la casa, eso revolcaron todo el edificio, la señora se puso enferma yo tengo que volver ahoritica es que estaba echando ojo por la ventana por si llegaba el doctor para avisarle, yo no le dije a nadie que el doctor y la señorita mataron a la señora loca yo dije que yo no sabía que yo no vi nada pero ahí están esperándolo, doctor, yo creo que es mejor que no vaya, ya se la llevaron, siquiera llegó el doctor, de buenas que yo estaba mirando pero mejor vayase doctor eso por allá está muy maluco váyase váyase váyase!

- No, espera, explícame, cómo es la cosa. ¿Cómo es lo de un señor de ruana?
- ¡Ay, doctor, déjeme ir! Un señor de ruana que vino que se puso a golpear y golpear en la puerta del doctor y yo salí y le dije que ya el doctor había salido que no fuera bruto que ahí estaba muerta la señora loca, la pobre, él como si nada, que tenía que esperar al doctor y que a que horas llegaba porque le tenía una razón, eso era antes de que llegaran los soldados que eso cuando llegaron qué peloterón y qué carreras y a revolcar todo y hasta se metieron a mi cuarto abajo y me revolcaron el colchón y por eso la señora, claro, se puso enferma, la pobre, que a ella también le revolcaron el colchón y la sala y el comedor y todo eso rompa cosas y rompa porcelanas, yo creo que hasta la televisión la rompieron porque eso es gente que no sabe, doctor, eso puro como animales que ni habían visto la televisión ni nada sino que busque y busque, pura gente del campo, y yo que no sabía nada pero eche ojo por si veía venir al doctor para avisarle por si acaso, de buenas que lo vi y ahí me salí pasitico y ahí el militar que no salga, que a dónde va y yo que a comprar pan y él que por qué no se queda un ratico conmigo y yo con ese afán de que llegara el doctor y lo cogieran, mejor váyase doctor, déjeme ir yo se lo suplico por vida suyita vayase!

    Circua se quedó sin aliento, de tanto hablar.

- Gracias. No digas que me viste, Circua, gracias.
- ¡Pero ya váyase doctor, ya váyase! Eso qué espera, que vengan a cogerlo doctor. . .
- No le digas al señor de ruana que me viste. Díle que me morí, que me cogieron preso, que se vaya.
- Sí, doctor, pero váyase doctor que lo van a matar aquí de puro bueno, doctor, eso más bien es bobería. . .! Ya váyase, doctor. . .

   Escobar no sabía cómo irse. Ni a dónde irse. Besó a Circua en el pelo, en los ojos cerrados, en los labios delgados. Echó a andar calle abajo. Sudaba, se ahogaba de cansancio. Se abrió la camisa, dejando entrar el viento, sintiendo pinchazos de frío en el vientre y el pecho. No tenía a dónde ir. Un instante se detuvo apoyando la sien y la mejilla contra un muro carrasposo, lleno de hollín. Miró con atención el grano del ladrillo. Eran ladrillos viejos, desportillados, de un naranja tan oscuro que parecía tirar al púrpura. Le dolía la cabeza. Le pesaban las piernas. Tenía hambre. Tenía unas ganas atroces, de repente, de hacer pipí. Echó a andar hacia el norte por la carrera novena, buscando un árbol. Hizo pipí a chorritos cortos, interrumpiéndose cuando veía que venía alguien, caminando con un enorme es fuerzo hasta el árbol siguiente, soltando otro chorrito, volviendo a echar a andar con la bragueta abierta hasta otro más lejano. Se metió en un antejardín, orinó en un rosal. Oyó que le gritaban desde una ventana:

- ¡Eso, eso, muy bien! ¡Ya porque estamos en una democracia qué -cree, indio malcriado!

   Era una señora dulce, de pelo rizado y blanco. La miró entre sus lágrimas, pero no había acabado de orinar y ya no pudo detenerse. Siguió hasta el fin, avergonzado, agotado. Echó a andar nuevamente. En las esquinas había tropa, y un viento a ras del piso hacía volar en bruscos remolinos fragmentos de papeles rasgados. Había muy poco tráfico, pero en las bocacalles se veían camiones militares detenidos, con el motor en marcha. Escobar no había visto tantos soldados en su vida, ni creía que pudiera haberlos. Tal vez había cambiado de país, sin darse cuenta. Empezaban a caer goterones de lluvia. Al cabo de un momento de tremenda quietud se soltó un aguacero torrencial. Escobar trotó un poco. Se paró debajo de un árbol. En un par de minutos la lluvia se abrió paso a través del follaje y cayó a chorros sobre él, empapándolo. Trotó hasta un árbol más espeso. Después se sentó en el borde del andén, en un pradito, y se puso a llorar bajo la lluvia, con la cabeza entre las piernas, empapado hasta los huesos. Un carro le pasó a medio metro de distancia, envolviéndolo en una cortina súbita de agua cenagosa.

- ¡HIJUEPUUUUUTAS! -aulló, levantándose de un brinco. El carro frenó en la lluvia y vio que se le venían encima sus luces en reverso, rojas y blancas.
- ¡Hijueputa quién, pobre de mierda! -le gritaron desde las sombras de la ventanilla. Y otra voz intervino, exasperada:
- Oh, come on, Bobby, don't be stupid. . .! Esta gente anda armada.
- ¡No, no joda, no me voy a dejar insultar por un hijuemadre de estos!
- ¡Ay, Bobby! -intervino una voz de mujer: -Está lloviendo a chuzos, arranca y vamonos. . .

  Pero Bobby se bajó del carro bajo la lluvia. Un tipo grande y fuerte, crespo y rubio, con una manaza enorme que sacudió a Escobar por la solapa:

- ¡A ver, hijueputa, qué fue la vaina!
- ¿Robertico? -dijo Escobar, sorprendido. El otro lo miró entrecerrando los párpados.
- ¿Ignacio? Mierda, Ignacio, qué hace aquí parado lavándose como un huevón, camine, móntese en el carro.
   Abrió la puerta.
- Ábranle campo ahí atrás, es mi primo Ignacio, Ignacio Escobar, mierda, Ignacio, tiempos sin verlo. ¡Años! ¿Qué se había hecho? Móntese carajo huevón o nos lavamos aquí como un par de maricas. Niñas, les presento a mi primo Ignacio, la oveja negra de la familia. Mire, esta es Claudia, esta de atrás es Andrea. Andrea, déle un beso a Ignacio, el primo pródigo, ja ja, el primo pródigo, buena esa. ¿Ustedes no se conocen? El Chinche Urrutia, Ignacio Escobar. Mierda, primo, ¿qué hacía usted ahí parado como un huevón en la mitad de la Novena? Tómese un trago. Andrea, pásele el trago a Ignacio, mierda, tenemos que hablar, Ignacio.

   Escobar bebió un largo trago de whisky, que de inmediato le salió por el pecho y los ojos en chorros de calor. A su lado, riendo de su contacto húmedo, estaba Andrea, flaca, lánguida, rubia. Claudia tenía el pelo oscuro, liso y espeso sobre los hombros, y una nariz fuerte, y lo miraba con curiosidad. Del Chinche Urrutia no veía más que el doble brillo semicircular de unos gruesos anteojos. Robertico manejaba con una sola mano, abrazando los hombros de Claudia con la otra. Subió a la carrera séptima, dobló de nuevo hacia el sur, salpicó con las llantas en un charco a un grupito ya empapado de sombreritos y banderas que intentaba guarecerse bajo un pino, riendo feliz.

- Tengo ganas de lavar a una patrulla -dijo.
- No sea huevón, Bobby, ni -se le ocurra, they are just campesinos but they've got guns, don't, Bobby -advirtió el Chinche. -Nos matan.
- A este Jaguar no lo alcanza una bala -afirmó Robertico, riendo. -Páseme el trago, Ignacio.
- Hágame un favor, Robertico -dijo Escobar.- Pase por delante de mi casa, quiero mirar una cosa.
- ¿Dónde vive? Por allá por el sur, apuesto.
- No, allí adelantico, bajando por el parquecito. Yo le digo dónde es. Vaya despacio, por favor quiero mirar una cosa.

   Delante de su puerta seguían los dos soldados, inmóviles bajo la lluvia, con el fusil ametrallador terciado sobre el empapado uniforme de leopardo. Enfrente, bajo un piro, empapado también y cubierto hasta los pies con una ruana larga, también inmóvil y con anteojos negros. Escobar reconoció al compañero Hermes.

- ¿Se queda? Camine mas bien damos una vuelta, Ignacio, tenemos que hablar. Hace años no lo veo.
- Sí, vamos. . .
   Robertico dio la vuelta y aceleró frente a los soldados inmóviles, echándoles encima un torrente de agua.
- ¡Mierda, Bobby, no joda, you bastard. . .! -se quejó el Chinche Urrutia. Uno de los soldados disparó una ráfaga, pero ya Robertico giraba rumbo al norte en las copas de las ruedas y avanzaba rugiente, riendo:
- ¿No les dije que a este carro no lo alcanzan las balas? Verraco motor. . .
- Es que disparan mal, no sea pendejo; son puros campesinos. Pero no joda, mierda, nos han podido matar. . .

   Las dos niñas dejaron escapar risas nerviosas. Todos tomaron un trago, y Robertico arrojó la botella vacía por la ventana mientras esquivaba en el último instante una tanqueta parada en la mitad de la calle, sin luces.

- Bueno, ¿dónde vamos? La noche es joven.
- My place! -propuso el Chinche.
- Tengo trago y de todo.
- Ay, Chinche, stop showing off, will you? -dijo Robertico soltando una carcajada.
- Usted lo que quiere es epatar a Andrea con el sauna de su casa, no sea pendejo: como si no hubiera saunas allá en París. Bueno, vamos.
   Subieron a toda velocidad calles empinadísimas y en curva, rumbo a los cerros. Robertico comentó con Claudia:
- Mira, gorda, en tercera. Este carro sí es una verraquera, carajo.

   El apartamento del Chinche dominaba hasta muy lejos las luces de la ciudad, blancas y amarillas en la amplitud oscura de la Sabana, parpadeantes. El Chinche ofreció trago. Escobar, parado en la ventana, paseó los ojos por el mar de luces de la ciudad inmensa. Andrea comentó a su lado, rubia y lánguida:

- Es increíble ¿no? Parece la bahía de Napóles.
   Escobar bebió sin responder. El Chinche apareció con más gente.
- ¿Ustedes no se conocen? Esta es Andrea. Miguel Francisco. Ignacio Escobar, primo de Bobby. Perdona, no oí bien tu nombre ¿cómo te llamas tú?
- Narciso Villarreal.

   Era un joven flaco, verdoso, todo vestido de blanco, como si estuviera en tierra caliente. Escobar lo reconoció sin sorpresa: Narciso, el amiguito lánguido del difunto Edén Morán Marín. Hacía meses. Tal vez años. Estaban sucediendo demasiadas cosas, los muertos resucitaban del pasado, se le morían entre las manos. ¿Iba a morir Narciso? No tenía fuerzas para pensar. No quería poner orden. Bebió. No podía ser el mismo Narciso. O a lo mejor sí. Andrea y Miguel Francisco se daban besos:

- ¿Y usted cuando llegó. Andrea? Está divina ¿sabe?
- Hace ocho días. ¿Y usted qué ha habido? Ay, rico verlo.
- ¿Dónde andaba?
- En París y en Italia, en unos cursos de arte. La divinidad, viera. . .

   Escobar oía hablar en torno suyo. De pronto, la chimenea estaba encendida, chispoireante, caliente, acogedora. Hubiera querido enroscarse en el piso frente a la chimenea, dormir. ¿Qué hacía ahí? Pero ahí estaba, como un náufrago que despierta en la orilla. A su lado, Andrea miraba el vasto parpadear de luces de la ciudad, abajo.

- Divino ¿no? No parece Bogotá.
- Increíble -asintió Miguel Francisco. Narciso se veía abandonado, como encallado en la mitad del cuarto. Nadie le ofreció un trago.
- Venga, Andrea, le muestro el apartamento y el sauna y todo. No se va a quedar mirando a Bogotá toda la noche ¿no? -propuso el Chinche. Escobar quedó solo frente al ventanal. Bebió. Narciso se acercó al ventanal, cauto. Sí: Parecía ser Narciso. Pero a lo mejor no. Daba lo mismo.
- Verraco panorama ¿no, hermano? ¿Usted conoce Miami desde el último piso del Fontainebleau? Eso sí es verraquera.
- ¿Usted era el amigo de Edén? -interrogó Escobar a quemarropa. Narciso se sobresaltó.
- Yo francamente no me acuerdo, hermano. ¿Quiere Perico?

  Sacó de su chaqueta blanca, que parecía de satín, una cigarrillera plana que parecía de oro. No podía ser Narciso. Estaba repleta de coca hasta los bordes. En una cucharita de oro que le colgaba de una cadena al cuello ofreció coca. Escobar oyó el leve crujido cristalino del metal en la coca. Se metió dos pases.

- ¡Hola, ofrezca acá, Narciso, no sea tacaño! -gritó Miguel Francisco. Claudia aspiró un pase, y luego Robertico y por fin Miguel Francisco, y Escobar otra vez. Narciso reía, nervioso, tapándose los dientes ennegrecidos con una mano larga y estrecha, como sin hueso, blanda. Sí, era el mismo Narciso: todas las psiconeurosis sexuales. Andrea y el Chinche regresaron. Abrió de inmediato la cigarrillera de oro:
- ¿Un pasecito?
- ¿Qué es eso? -interrogó Andrea.
- Perico. Nieve. Coca. Cocaína -informó el Chinche. -De eso sí no conocen en Europa. Pruebe y verá.
- Es que. . . me da como asco la cucharita.
   Narciso la limpió en su solapa de seda:
- Es de oro puro, eso no mancha.
- Mejor después ¿sabe?

   Narciso volvió a guardar su cigarrillera. Miró en torno, vagamente desamparado, solo otra vez. Claudia se acariciaba el largo pelo sentada en el brazo del sillón de Robertico, Andrea y Miguel Francisco reían con el Chinche, Escobar miraba a través del ventanal las ráfagas de lluvia que golpeaban los vidrios y en el fondo, abajo, lejos, la gran ciudad iluminada. Narciso carraspeó:

- Eh. . . uh. . . ¿ustedes no conocen Miami desde el Fontainebleau? Verraco panorama ¿cierto?
  Nadie le contestó. Carraspeó otra vez, interrumpió a Claudia:
- Eh. . . uh. . . ¿Claudia? ¿Tú sabes donde es el. . . uh. .. la tualet?
- Chinche, el señor pregunta que dónde queda el baño.
- Eso, el baño.
- Por el corredor al fondo primera puerta a la derecha.
   Narciso siguió las instrucciones con paso cauteloso.
- Ala, Miguel Francisco ¿de dónde sacó usted semejante lobazo?
- Un cocinero -rio Miguel Francisco.- Mi pusher de cabecera. Está jincho de oro, pero jincho de oro, no se imagina.
- Pero claro, viejito -dijo el Chinche.- Eso es hoy el mejor negocio que hay. Eso, y la hierba, claro.
- No crea, lo de la hierba está en crisis -informó Miguel Francisco.- A propósito, Bobby, ¿qué hubo de esas fincas que tenían ustedes por allá por Armero? Esa tierra es buena para sembrar coca, no crea. . .
- Por allá hay mucha guerrilla. . . -dijo Robertico.- A papá le han matado ya dos administradores. Nosotros ya no vamos nunca.
   Volvió Narciso.
- Muy bonito el baño -dijo.
- Sí. . . -opinó vagamente el Chinche, mirando a Miguel Francisco, que se encogió de hombros.
- Está muy bonito el apartamento -prosiguió Narciso, cortado.- Esto le debió costar su buen billete ¿no? ¿Cuánto pagó?
- Es arrendado. Bueno ¿no quieren que pongamos la televisión? Ya deben estar diciendo quién ganó.
- ¡Ay, no, qué jartera. . .! protestó Claudia.- Da lo mismo.
- No creas, viejita, no creas -dijo Robertico.- Si gana López es el acabose, ese pisco es muy de izquierda. Van a empezar a expropiar a la gente, a subir impuestos, cuanto hay Cuba.
   El Chinche encendió una televisión diminuta en una mesa, bajo una lámpara metálica de diseño escandinavo.
- ¡Ay, qué divinidad de televisión! -exclamó Andrea.

   Las manchas grises de la pantalla se condensaron en una fotografía fija de Foción. A Escobar se le detuvo el corazón. Se oyó la voz engolada del locutor.

- ... cuando regresaba a su casa de habitación en el norte de la capital fue secuestrado por unos desconocidos el conocido banquero y ex-ministro de Estado doctor Foción Urdaneta de Brigard en momentos en que circulaba el automotor de su propiedad por una concurrida avenida. Los desconocidos, que se dieron a la fuga en compañía de su víctima después de haber ultimado cobardemente al chofer que desempeñaba sus funciones al servicio del conocido hombre público, fueron identificados por numerosos testigos presenciales como pertenecientes a una organización subversiva armada de tendencia extremista. . .

   Cambió la foto fija de Foción en la pantalla. Ahora se veía veinte años más joven, de sacoleva y cubilete, presentando credenciales ante la reina de Inglaterra. Andrea preguntó.

- ¿Foción Urdaneta no es el papá de Patricia Urdaneta?
- No sé -dijo Bobby.- Pregúntele a mi primo Ignacio. Es tío suyo.
  

 

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