Sin Remedio
Antonio Caballero
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XI

 

   Se quedó sentado en el piso, abrazando sus propias rodillas, mirando en torno con los ojos perdidos. No se le ocurría nada qué pensar. Grietas en las paredes, manchas más claras en donde habían estado colgados los cuadros, en una esquina unas macetas rotas, tierra reseca regada por el piso. Por la ventana abierta, sin cortinas, entraba el ruido de la ciudad, despertando ecos en el apartamento devastado. La alfombra estaba llena de huellas embarradas de zapatos, de colillas aplastadas, de quemaduras negras. Se quedó bruscamente dormido. Un hueco negro y sin sueños.

   Le sacó de él un discretísimo toque de nudillos en la puerta. Miró en torno, sin reconocer la sala blanca y vacía. Ah, sí: los ladrones. Tendría que hacer algo al respecto. Oyó de nuevo golpecitos suaves en la puerta. Esa escena le parecía haberla vivido muchas veces. Oyó un cuchicheo asustado, soplado a través de la rendija.

- ¡Doctor!

   Ah, sí. La sirvientica. Circuncisión. Circua. No se sentía con fuerzas ni con ganas para hacer el amor, esa acrobacia, esa fatiga, esa monotonía, en el piso duro, sembrado de colillas y pisadas de barro. Sin moverse, habló a través de la puerta.

- ¿Qué quieres? Estoy pensando.
- ¡Ahhh. . .! ¿El doctor quiere que espere un ratico aquí afuerita?

   Se enterneció. Pensó abrir, abrazarla, darle un beso en los labios, poseer sobre la alfombra su cuerpo tibio y sumiso. Empezó a incorporarse. Le craquearon las articulaciones.

- No, gracias, Circua. Vete a dormir.
- ¿Al doctor no se le ofrece nada más? -cuchicheó Circua
- ¿No quiere que le caliente alguito de comer?
- No, gracias. Voy a pensar. Voy a dormir. Vete a dormir tú también.
- Hasta mañana doctor.
- Hasta mañana.

   Oyó su paso menudo descender las escaleras. Siguió sentado en el piso, con la espalda apoyada en la pared y las manos inmóviles sobre la alfombra. Silencio absoluto. Ni siquiera golpeaba la señora Niño. ¿La habrían matado los ladrones? No la oía, pensó, desde hacía muchos días. Se puso en pie y dio dos o tres brincos para golpear el techo con los nudillos. De inmediato respondió desde arriba la señora Niño martillando el piso. Pero se cansó pronto. Le faltaba rigor, obstinación, constancia. Ostinato rigore -dice, tal vez, Leonardo. En el fondo eran iguales, la señora Niño y él. Se dejaban llevar por el viento de un capricho lo dejaban soplar, pasar, morir, perderse.

   Por otra parte, Leonardo nunca fue capaz de terminar un cuadro.

   Recorrió toda la casa, haciendo inventario. No quedaba ni siquiera su ropa sucia, ni el canasto de su ropa sucia. Los restos de macetas en el piso de la sala y la tierra desparramada, las raíces muertas y los tallos resecos de los geranios, el relleno de espuma plástica de un cojín reventado. En la cocina, las frutas aplastadas en el piso, viscosas en un charco que debía ser de leche, y en el alféizar de la ventana una olla abollada y renegrida de aluminio o de peltre, con un cilantrillo todavía verde, regado por las lluvias. Hizo con la basura un montoncito en un rincón. Tenía hambre. Bebió agua. Pensó echarse a dormir y se dio cuenta de que no tenía ya ni cama ni colchón. Tendría que dormir en el duro suelo, como los animales. Tendría que hacer algo. Sí, pero al día siguiente.

   Se enroscó en la alfombra, que al menos mitigaba la dureza del piso, con la cabeza apoyada en el montoncito de basura. Como el santo Job, pensó, cuando hubo perdido sus tierras, sus hijos, sus ganados, sus mujeres. Si tuviera llagas, podría rascárselas con un pedazo de maceta, como el paciente Job. Si le hubieran dejado los libros, podría leer el Libro de Job, para fortalecerse en la adversidad. Pero no le habían dejado los libros. Admiró involuntariamente la minuciosidad de los ladrones. No pudo contener un brote de orgullo: se habían robado inclusive sus poemas.

   No le quedaba nada en esta vida, ni nadie. Fina se había ido para siempre, su mamá lo había abandonado por teléfono, Angela le había dejado un mensaje frívolo de adiós. Pensó, con cierto asombro, que no necesitaba nada. Un poco más de tierra, para cubrirse con la tierra y dejarse morir, pudrir en la tibieza de la tierra. Empezó a tiritar.

   Oyó un ruido en la puerta: un rascar, un roer de ratones. ¿Los ladrones de nuevo? Mantuvo contenida la respiración hasta que cesó el ruido, y luego, sigilosamente, recorrió nuevamente todo el apartamento para buscar un arma. No había nada. En el fondo de un cajón de la cocina, atascado en la rendija, encontró al fin un viejo lápiz mordisqueado. Al primer ladrón que entrara se lo clavaría en la barriga. No tenía punta. Mejor: así la herida sería mucho más grave, como la de un pitón de toro escobillado. Se enroscó en su rincón, tiritando de frío, oyendo a veces bruscos y largos glogloteos de sus tripas vacías.

   Se despertó en la luz del amanecer, entumido de frío, adolorido, muerto de hambre. Oyó pájaros, el canto ronco de un gallo a lo lejos, el ruido del motor de una motocicleta. Se levantó, y fue a mirar amanecer desde su cuarto: borrones y rayones en la tersura luminosa del cielo, unas cuantas nubecillas grises, sueltas, como pulmones de plata de un gran pájaro, manchas sucias de humo quieto sobre el fondo que empezaba a inundarse de luces triunfales. Una bandada súbita de pájaros subió una vez y bajó de golpe contra el rosado limpio. Se bañó. Por lo menos le habían dejado agua caliente. Mojado, se vistió con su ropa sucia y arrugada, que olía a sudor y a sueño. Tendría que salir, desayunar, empezar a ganarse la vida. Ah, ¿nunca podría definitivamente no tener que hacer algo? Al salir tropezó en un ruido hueco. Era un plato tapado con otro, y dentro había comida, cubierta con un papel rayado. Examinó el Papel, sucio de grasa, atravesado en curva por un letrero vacilante de analfabeta:

           su-comida-doctor

   Se enterneció hasta el llanto: Circua. Hubiera debido pasar la noche con ella, calentarse contra su cuerpo tibio, abrazándola, con las narices hundidas en la fragancia ácida de sus trenzas y las manos puestas sobre sus senos. En el plato había arroz enfriado y papas con hollejo. Mordió una, y el frío le destempló los dientes. Arrancó el cilantrillo de su olla y la puso a calentar, y devoró su desayuno caliente con las manos, rascando hasta el fondo la pega de arroz ennegrecida, quemándose los dedos con las papas.

   Lavo bien los dos platos y los volvió a poner delante de la puerta.

   Se sentó en el piso. ¿Para qué iba a moverse? Estaba solo para siempre en esta vida. Nadie vendría a buscarlo.

   Durmió una siesta al sol. Pasado un rato se empezó a aburrir, lo empezó a atenazar la angustia ciega de otros días. Tenía frío, el día se había nublado, empezaba a llover. Dio vueltas por la casa vacía. ¿Qué hacer? ¿Y porqué hacer? Al fin y al cabo, llevaba toda la vida sin hacer absolutamente nada. Por eso le decían que estaba muerto.

   Tal vez tenían razón.

   Ah, volver a pensar lo que ya había pensado, como un mulo en la noria -y salirse del círculo por la misma tangente, con la misma pirueta. ¿No había decidido acaso ser un hombre de acción? No, no había decidido nada, como no había decidido nada nunca. A veces, a lo sumo, se había visto arrastrado por un caño, acorralado, chupado por la inercia. Y siempre con la misma nostalgia de inacción, de corcho en el remolino; con la misma añoranza del vientre de su madre, penumbroso y caliente, rítmicamente estremecido por un bombeo de sangre fresca, suspendido en la vida como un globo en el cielo. Pero su madre no estaba ya dispuesta a recibirlo de nuevo en su matriz. Tal vez iba siendo hora de que se incorporara a la vida real.

   Fuera eso lo que fuera. O justamente por no saber con precisión qué era. No lo había sabido nunca, nunca había querido saberlo. Por cobardía, tal vez: lo decía todo el mundo.

   Pero ¿por qué va a ser condenable la cobardía? ¿Con qué criterios? Ah, sí: de nuevo los criterios. Cobarde, bueno: y qué. (¿Pero ante quién se estaba disculpando?)

 

 

 

   Hacia el medio día pensó, con cierta seriedad, en el suicidio.

   Pero sabía que no se suicidaba. Eso se sabe siempre. ¿Sí lo sabía? ¿Por qué no intentar por lo menos el suicidio, para saber de una vez por todas si por lo menos era capaz de suicidarse, que es cosa relativamente fácil? Porque de ser capaz, lo hubiera descubierto demasiado tarde para que le hubiera servido saberlo. Y de no ser capaz, no hubiera avanzado nada. Sí. Hubiera por lo menos conocido sus límites. Los límites que nunca había querido ni siquiera intentar conocer, para poder pensar que a lo mejor no tenía límites.

   Frente a los ojos vagos de Escobar, una gota de luz brilló de pronto en la manija de metal de la ventana: el sol se había abierto paso un momento entre las nubes turbias. Pero volvieron a cerrarse las nubes, o a lo mejor cambió de posición el sol, y desapareció la gota metálica de luz. Y a todo esto pasaban horas. Y podían pasar años. Ya habían pasado años. Podían pasarle por delante todavía años y años, soles y lluvias. El sol se ponía lejos, oculto por las nubes. Estaba solo, y lloviznaba, y estaba en Bogotá, y en eso se le había ido todo el día. Todavía podía ver confusamente la silueta de unas nubes espesas mientras el sol moría detrás y más abajo, invisible en la lluvia. No una puesta de sol, sino más bien un ahogamiento: una muerte del sol entre las nubes, sofocado en su lecho de sábanas mugrientas. Mañana saldrá igual, del otro lado. Los días son iguales a los días. El sol que sale y gira y muere es siempre el mismo sol. Por qué lo hace es algo que no entiendo. A lo mejor espera que esta vez, u otra vez, va a ser distinto el mundo. Pero no es verosímil. Si en algo le consuela al sol saber que yo también hago lo mismo, a mí no me consuela.

   Pero ese atardecer no iba a escaparse. Lo iba a guardar en un poema, y el poema en un cajón. Buscó con qué escribir. Halló el lápiz mordido de matar ladrones, y tras un breve instante de vacilación empezó a escribir en la pared. No tenía punta. Afanoso, le sacó punta en los ladrillos del alféizar. Pero cuando empezó a escribir, ya estaba anochecido.

                   No pude ver la puesta del sol
                   pero es posible imaginarla:
                   un sol ahogado en sábanas mugrientas.

   No era eso exactamente, esperaría otra puesta de sol, idéntica, o bien el amanecer desde su cuarto. Las cosas son iguales a las cosas, los días a los días, intercambiables. Lo escribió en la pared:

                   Las cosas son iguales a las cosas:
                   luz en la luz.
                   memoria en la memoria

   Se detuvo, impaciente: la asperidad del muro se había comido ya la punta de su lápiz. Además el poema era una mierda.

   No, no era una mierda. O a lo mejor era una mierda, pero tenía que escribirlo. Alguna vez, una vez en la vida. Ostinato rigore (aunque quede inconcluso, como los cuadros de Leonardo). No iba a esperar un nuevo amanecer, un nuevo atardecer, otro mes, otra vida. Afiló otra vez el lápiz y escribió con delicadeza, para que le durara:

                   Las cosas son iguales a las cosas:
                   la luz es luz

   Borró con el dedo mojado en saliva, dejando en la pared una mancha grisásea. Corrigió encima.

                   la luz es siempre luz
                   la memoria es memoria

   ¿No sería un poco pretencioso? ¿Qué sabía él de la luz? ¿E incluso qué sabía de la memoria? Oyó unos golpecitos en la puerta.

- ¿Doctor?
   No contestó, irritado.
- ¿Doctor?

   Al cabo de un instante oyó el choque discreto de la loza en el piso. Su comida. Lo alimentaban las fieras del desierto, como a algún santo ermitaño. Ved cómo las avecillas del campo no tejen ni hilan, ni tienen graneros, y nuestro padre celestial provee a su sustento. Corrió hacia la puerta.

- ¡Circuncisión!
   Circua se volvió a la mitad de la escalera, aterrorizada.
- No temas. Ven.
   La sirvientica subió sin ruido. Le dio un beso en la frente.
- Que Dios te lo pague.
   Le cerró la puerta. La volvió a abrir, y ella iba ya de nuevo a mitad de la escalera:
- ¡Circuncisión! Consígueme papel, por favor.
- ¿Cómo, doctor?
- Papel. Papel de escribir. Estoy escribiendo.
- Cómo no, doctor.

   Desapareció escaleras abajo, a la carrera, con las trenzas al viento. Escobar, de pie ante la pared, borró con saliva lo que llevaba escrito. Oyó golpear a Circua, que le entregó un cuaderno rayado de niño de colegio:

          Cuaderno de: Circunsisión Hernández
          Pertenece a: acer cuentas

   Sólo después de calentar la comida en la olla -lentejas esta vez, y un plátano, que resolvió dejar para su desayuno- se dio cuenta de que hubiera debido pedirle a Circua también una cuchara.

   Y se sentó a hacer cuentas, con la espalda apoyada en la pared y el cuaderno de Circua en las rodillas, donde le diera bien la luz.

          Las cosas son iguales a las cosas

escribió. Y se quedó pensando. No era tan fácil. No es fácil decir las cosas que deben ser dichas, y decir además las que no es posible decir, aunque se quiera.

          Las cosas son iguales a las cosas.
          Lo que sabemos, lo callamos.

   Pero no, no era exactamente eso. Tachó lo que había escrito y empezó de nuevo:

          Las cosas son iguales a las cosas:
          la voz las calla.

   Pero no era cierto: la voz, por el contrario (si eso era la voz) las estaba diciendo, parecía empeñada en decirlas. El problema era el miedo. Tachó. Volvió a empezar.
 
         Las cosas son iguales a las cosas

   Pasó toda la noche escribiendo, tachando, arrancando hojas del cuaderno de hacer cuentas de Circuncisión Hernández para arrojarlas a un rincón, hechas una pelota, afilando el lápiz con esmero en los ladrillos mojados del alféizar cada vez que la punta se acababa. Escribió acurrucado, con el cuaderno en la rodilla, y de pie, apoyado en la pared y tendido bocabajo en el piso. Se detenía, releía, rompía todo, volvía a empezar:

          Las cosas son iguales a las cosas

   Se esforzaba por no dejarse arrastrar por las mentiras íntimas de lo que estaba diciendo, ni por la musiquita, que a veces también era mentira. Se esforzaba porque la forma no dominara el contenido, y porque el contenido no reventara la forma, y fueran ambos, lado a lado, como caballos que trotaran parejo tirando del poema. Se esforzaba por no dejarlos desbocarse- y a veces los dejaba desbocarse, y al releer, horas más tarde, tenía que repetir otra vez todo. A veces se dejaba anonadar por una imagen. Y tenía luego que eliminarla y destruirla y tratar de olvidarla. A veces se quedaba quieto y feliz, con la cabeza apenas inclinada, viendo cómo una estrofa pasaba entre sus dedos como se da, poderosa, y se rompía a su lado como una ola en los rompientes. A veces, en cambio, al intentar limar de un par de versos el rumor engañoso de la musiquita (de una música que además, a veces, era ajena), y al rasparles después el exceso de lirismo y suprimirles las reiteraciones de sentido, no le quedaba nada. Y a veces eso era una lástima, y se es forzaba por pescar algo en la viruta, por rescatar fragmentos que pudieran servir como pecios de un naufragio. Hasta que se lograba convencer, exhausto, de que nada era recuperable. Hacía listas de palabras en los márgenes del cuaderno rayado: pescar, rescatar, recuperar, pecio, naufragio. Listas de palabras afines o de palabras arbitrariamente superpuestas: música, viruta, mano, reiteración, convencer, lirismo, exhausto. Desarraigo. ¿Cómo usar la palabra desarraigo? (¿O arraigo?)

   Escribió todo el día, deteniéndose a veces para afilar el lápiz o para meter la cabeza bajo el chorro de agua de la ducha. Poco a poco iba viendo más claro lo que quería decir, y lo que quería decir era un poema que iba saliendo poco a poco de sí mismo, como si se sacudiera todo el fango superfino que deja el paso por la noche del caos. Iba saliendo, con más serenidad que la noche anterior. Aunque también -notaba a veces con temor- se iba reduciendo bastante. Temía que a fuerza de despojarse de todo lo superfluo se le quedara en nada, en una sola línea, un solo verso. Durante varias horas buscó obstinadamente ese único verso perfecto, coagulación del todo, donde cabía entero el poema, sin encontrarlo. Tomaba notas que no tenían mucho que ver con lo que estaba diciendo, para entender mejor lo que quería decir -y también lo que no quería decir. Apuntaba metáforas que sabía que no iba a usar, en general arquitectónicas. O términos sueltos de arquitectura: tejado, cornisa, arquitrabe, sótano, escalera, fachada, estribo, frontispicio, balaustrada, arquería, bóveda, cúpula, pensó también escribir el poema usando esas metáforas, pero no: eran otras. Esas eran apenas el armazón del andamiaje, que hay que quitar una vez terminado el edificio: grúas, aparejos, maquinaria de construcción. (A veces descubría que podía retirar toda una escalera de imágenes o de conceptos y dejar sólo el último sostenido en el aire, y no pasaba nada: el artefacto entero quedaba en equilibrio). Y a veces se dejaba llevar por la fertilidad de una metáfora, que empezaba en un toro y acababa en un lago, o en un simple adjetivo calificativo. Y a veces, en un golpe de audacia, dos estrofas completas quedaban resumidas en dos versos que -durante una hora, o dos- le parecían de veras fulgurantes.

   Ya de noche oyó en la puerta los golpes prudentísimos de Circua. Abrió.

- Doctor, su comidita.
   Lo miraba como se mira a un santo.
- Gracias, Circua.
- Le traje su buen cuchuco de maíz, doctor, con harto espinazo de marrano.
   Miró dubitativo el plato. La sopa gruesa y áspera y gris, estaba tibia todavía.
- Lo malo es que no tengo cuchara.
   Circua salió escalera abajo:
- Un momentico, doctor, ya se la traigo. . .
- ¡Y una manta! -le alcanzó a gritar.

   Circua volvió con una cuchara de sopa, pesada, grande, de plata. La manta, en cambio, era una manta estrecha de arpillera, rasgada y remendada en varios sitios. Se la llevó a los labios. Olía a humo.

- Está limpiecitica, doctor. Es la cobija mía de mi cama, si llego a coger una de las de la señora, va y me mata. Pero está limpiecitica.
- ¿Y tú?
- Yo duermo vestida, doctor, no se preocupe, eso una está acostumbrada a pasar fríos.

   Le dio un beso en los labios, que Circua recibió temblorosa, con los ojos cerrados, como si comulgara.

- Gracias, Circua.

  Calentó el cuchuco en su olla -ya empezaba a curarse, y en ella se mezclaban los sabores, las esencias -y lo comió desde la misma olla con su cuchara de plata, acurrucado en la sala con las piernas cruzadas y la olla caliente entre las piernas. Releyó su poema. Lo rompió. Volvió a empezar.

                Las cosas son iguales a las cosas:
                lo dicho, lo no dicho, lo callado.

   Pasó toda la noche escribiendo, envuelto en la manta de arpillera que olía a humo y a Circua. Durante un rato jugó con las posibilidades de dedicarle su poema, de titularlo en torno a ella: Circuncisión. Incircunciso. Sonaba demasiado alegórico. Círculo. Circo. A veces se tendía a dormir un rato, arropado en la manta, y despertaba a tomar notas, a escribir un verso. Soñó rimas en osa: cosa, rosa, losa, esposa, desastrosa. Le iban y le venían, a veces, versos, como nubes de pájaros. El amanecer lo sorprendió escribiendo. Vio amanecer, con frío. Escribió todo el día, sin parar, acosado por las ideas y las palabras, obligado a garabatear fragmentos de palabras para que no se hundieran otra vez en el fangal de la memoria. Los dedos le dolían de sostener el lápiz, y el lápiz, de tanto afilarlo, iba ya en la mitad. Escribía tenuamente, en trazos apenas discernibles, para no malgastarlo. Los problemas fundamentales eran tres: la inercia, la música, y el miedo. Tenía que controlar la inercia, dominar la música, vencer el miedo. Pero el poema iba saliendo. Circua golpeó de noche, no abrió ni respondió, mucho más tarde recogió su comida y la devoró fría. Siguió escribiendo, y el poema avanzaba. Vio amanecer de nuevo, vio anochecer, vio amanecer y anochecer hasta que ya perdió la cuenta de las veces. Una tarde, escapada, Circua le trajo una bandeja de galletas de hojaldre y pastelitos de limón, restos de un té de la señora. Su lápiz, a fuerza de afilarlo en los ladrillos, iba ya diminuto: lo tenía que coger con la punta de los dedos. Del cuaderno de Circua quedaban pocas páginas. Pero el poema se iba haciendo. Una tarde, la señora Niño volvió a empezar a golpear en el techo, con rigor obstinado. Toda una tarde y una noche luchó contra sus golpes, desesperado, en vano. Después dejó de oírlos, y sólo muy de cuando en cuando, en alguna pausa del poema que usaba para desperezarse y estirarse y hacer craquear los huesos, se daba cuenta de que arriba la guerra continuaba. A veces, en una tarde muerta, después de horas de angustias impotentes frente a un verso impenetrable y ciego, retobado, el verso se abría solo como el cáliz de una flor. Otras veces salía una estrofa entera, o entendía de repente que un fragmento era inútil. Pero el poema se iba haciendo. Dormía a ratos, se revolvía en el sueño. A veces, sin embargo, dormía pacificado una mañana entera. Y el poema se hacía. A veces tenía tiempo de calentar con calma las comidas de Circua y de comer tranquilo, acuclillado, sopesando en la mano la cuchara de plata, con la olla entre las piernas y a su lado, en el piso, el plato lleno de agua fresca. Otras veces se le olvidaba la olla en el fogón, y el olor a quemado lo arrancaba de un verso, y tenía que comer restos carbonizados de pollo, o carne, o papas. Pero el poema iba saliendo, se iba haciendo, iba fraguando en versos ya inamovibles como bloques de piedra, se iba ordenando y aclarando como el agua en un vaso, iba adquiriendo fuerza y abriéndose camino como un pantano que se convierte en río. Leía a veces un fragmento en voz alta, con voz reseca y ronca de días sin hablar, a ver cómo sonaba. A ver si entendía. A ver si por error había dicho algo distinto de lo que de verdad quería decir. Y cortaba cositas: medio verso, o un verso, o alguna tontería que era un rezago de blandura de espíritu.

   Y una noche se hizo por completo, como si se hubiera hecho solo. Lo releyó entero, y comprendió que estaba terminado, y que no le sobraba una palabra.

   Faltaba poco para el amanecer. Por oriente, en el cerro, se distinguía una fosforescencia lechosa, casi una línea verde -y decidió esperar la luz del día. Estaba feliz, sentía llenos de aire los pulmones. Se quedó adormilado unos momentos y cuando despertó el sol ya estaba afuera, blanquecino en la niebla, redondo en la cuchilla del cerro. Se restregó los ojos y lo leyó en voz alta:

 

CUADERNO DE HACER CUENTAS

I

          Las cosas son iguales a las cosas
Aquello que no puede ser dicho, hay que callarlo.

          El ojo ve, y olvida.
Pero la voz lo grita:
las cosas son iguales a las cosas.

El ojo las ha visto.
A voz en cuello
la voz las ha callado.
(¿Y me volveré a ver y me diré: quién soy?)
Lo que el ojo conoce de las cosas
es por haberlas visto
iguales a ellas mismas.
(¿Y me diré otra vez: quién soy, que ya me he visto
y sigo siendo yo?)

            El ojo ve, y olvida.
El ojo no es conciencia de las cosas,
ni es voz:
es ojo apenas.
Mudo, sordo,
ojo inmóvil delante de las cosas.
No sabe su sabor ni su sonido
ni conoce su peso ni su fuerza
ni juzga su deseo
ni su sentido.
El ojo ignora
todo lo que es posible ignorar de las cosas.
No ve lo que hay en ellas
sino lo que ya sabe:
y lo que sabe lo ha olvidado.
Es ojo sin memoria
ojo inmóvil
ojo
delante de las cosas.

              El ojo es ciego
en la noche del párpado.
El ojo que quisiera ver las cosas,
saber que las ha visto,
creer que son iguales a las cosas ya vistas,
no las ha visto nunca.
Sólo conoce
sombras
en el párpado
huellas
en el párpado
cauces
en el párpado.

            Y así imagina el ojo mudo y sordo,
el ojo quieto y ciego
y que todo lo ignora,
tiempos, vientos, olores, voces, fugas, silencios.

             (¿Quién soy, que no me veo y no me he visto?)

 

               II


      Ahora, ahora, afuera:
luz de ciegos.
Ojo a cántaros, ojo
voraz y numeroso de los muertos.

      (En la memoria el golpe seco, hueco,
de la luna en la piedra.
En la memoria, lejos,
un embudo de estruendo.
Racimo, granizada,
enjambre de ojos quietos.
En la memoria el túnel
repetido en el eco:
atrás, ayer, adentro.
Rastro de pasos, ecos).

      Ahora, ahora. Afuera:
voz crecida en la voz
voz igual a otras voces
círculos en el círculo
luz en la luz, memoria en la memoria.
El alto cielo, embudo inescalable
(Y el gemido
de las tablas al sol, en el recuerdo).
En torno, el ojo
múltiple, pupulante:
extático
en la contemplación del arte por el arte.

       (Las figuras, de golpe,
se desprenden del hueco de la curva,
se deslizan siguiendo el arco de los pétalos
cerrados como párpados.
Esperan
el rápido crujido de la tierra
el silbido del aire en los oídos, como seda rasgada,
el agrio olor del miedo
metálico y espeso como el cuero.
En la pupila pródiga
paisaje con figuras:
rígidas, fragmentadas
figuras de silencio
arrojadas de golpe y ahora rotas,
volteadas como guantes,
ingrávidas de pronto y ahora densas,
inertes,
rasguñadas sin fuerza
por los dedos del viento).

         Un ojo cruel te mira
(alanceado de lenguas
engañado de sombras):
un ojo extático
en la contemplación del arte por el arte.

 

                    III

           Todo cuerpo
dejado en movimiento, seguirá en movimiento.

           El movimiento es gobierno de sí mismo:
carece
del más rudimentario sentido de autocrítica.
El movimiento
es puro amor del movimiento
ensordecido, ebrio.
El movimiento
baila consigo mismo, ante el espejo,
(parodia del amor)
la burla de la burla.
El movimiento
tiende a reproducirse.
(Subir, subir, surcar el alto viento
como si fuera necesario hundirse
en la profunda cavidad del cielo.
Subir sin Juicio
hasta el más alto cuenco de la altura,
subir con el impulso del abismo, acariciando
la lisa piel del cielo,
la ausente cicatriz donde se cierra el círculo
y subir ya es caer:
el hoyo en el espacio donde la ida se convierte en vuelta
y el viaje es ya regreso.
¿Para qué el movimiento
si el punto de llegada es otra vez aquí?

 

CONTINUAR

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