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Sin
Remedio
Antonio Caballero
© Derechos Reservados de Autor
(Segunda parte-X)
Ah, sí,
bueno (yo no sé cómo hacen ustedes los escritores, ¿sabe que en eso si lo admiro?). No
es que usted diga "mentiras", pongamos a mí (como las que me dijo! Pero bueno)
eso no es lo grave, sino lo grave es que usted está "obligado" a decirle
mentiras a todo el mundo y no sólo a mi sino a todo el mundo porque al principio se dice
mentiras usted mismo ¿me entiende? Yo no sé, yo no podría, porque después le toca a
uno "despreciarse" a uno mismo, o mejor dicho, no despreciarse sino odiar al
otro por haberle dicho mentiras ¿me entiende? como si la culpa fuera del otro. Bueno, no
sé.
No sé, a lo mejor es que estoy pensando mucho, o mejor dicho leyendo mucho
(yo nunca había leído a Nitch ¿usted sí? ((¿se escribe así? Nitch? Si tuviera aquí
el libro lo copiaba del título, pero es que ya se lo devolví
a Germán. Me suena
rarísimo llamarlo Germán ¿se imagina? Pero es que no parece cura, ni nada. Y él me
dice que lo llame Germán. Me adora))
Bueno, pero pienso que cuando uno se "miente" a uno mismo es lo
peor que le puede pasar ¿no le parece?, porque es como si no se aceptara uno mismo ¿no?
No sé explicar, o mejor dicho es que no sé escribir, pero es eso: porque entonces uno va
explicando cada cosa, ah esto por esto, ah, esto por esto, ah, esto por lo otro ¿ ve?
como en una serie. Menos el puro final ¿entiende? Que es cuando ya uno se miente a uno
mismo. No sé, lo estuve medio hablando con Ernesto, pero él como no es así no entiende.
Y al mismo tiempo yo no puedo decirle cómo es que es usted, ni nada (claro). (Claro que
él sabe, ni bobo que fuera, lo de que usted y yo fuimos novios y todo eso, aunque no sé
si sabe que vivimos juntos, aunque no sé, a lo mejor sí. Pero no sé, no me gusta hablar
con él de usted). ((Además a veces me pongo como triste, lo boba ¿no?)) ((Ernesto está
medio celoso de usted, le cuento)) (((Qué va, él es adorado, ni le importa. Bueno, sí
le importa, pero no dice nada)))
Ahí
terminaba la carta de Henna. O tal vez no terminaba: se interrumpía. A lo mejor se había
perdido alguna página. Pensó que la leería con Fina, cuando llegara Fina. Que no
llegaba. Estaba ya borracho, pero se sirvió un whisky. Guardar la carta, dadas las
circunstancias, podía ser quizás una imprudencia. Empezó a romperla. Lo pensó mejor.
(Henna tal vez tenía razón en eso: pensaba demasiado las cosas). La guardaría en un
libro, hasta que volvieran mejores tiempos.
Dobló la
carta, la colocó entre las páginas del Nuevo Testamento. Estaba guardando tal vez
demasiadas cosas. Repescó tras los libros el sostén de Patricia, que además -se dio
cuenta- estaba mal escondido. Tal vez debería tirarlo a la basura. Pero no era basura. Se
arrepintió ya en la cocina. Tenía hambre. Comió unas tajadas de queso, pasándolas con
whisky, (mira Fina: hice mercado. Yo solo, como un hombre), y se lavó los dientes para
que a Fina el beso del retorno no le supiera a queso. Recorrió toda la casa pensativo,
buscando un escondite apropiado para los encajes de Patricia. Un sitio en donde no los
encontrara Fina en algún repentino frenesí de limpieza, y donde al mismo tiempo no se le
olvidaran a él. Abrió cajones, cómodas, incluso la peligrosa caja de la luz. Abrió el
armario de la ropa de Fina. Estaba vacío.
Extrañado, volvió a cerrar. Y volvió a abrir de inmediato, sin entender
todavía, para mirar de nuevo la insólita limpieza de las tablas, las perchas
relucientes, y ese papel del fondo del armario, con cisnes, que no creía haber conocido
nunca. Dejó caer al suelo el vaso, el sostén de Patricia, no los oyó caer, sintió que
el corazón se le paraba como un reloj en el pecho y que de todo el cuerpo se le vaciaban
las fuerzas. Pero seguía en pie, con los ojos abiertos de incredulidad ante el inaudito
papel pintado de cisnes del fondo del armario. Eran, ahora veía, cisnes volando en
bandada, como patos, y nunca hubiera sospechado que los cisnes pudieran volar, en el
armario desmantelado y vacío que aún conservaba un tenue olor a Fina. Y de repente, al
percatarse de ese olor intangible y ya irrecuperable, le golpeó el pecho un vahído y se
encogió de súbito y cayó al suelo de rodillas, desjarretado de un golpe, y respiró una
enorme bocanada de polvoriento olor de alfombra y se quedó tendido con los ojos abiertos
y sin lágrimas clavados en el piso. Estaba borracho, Fina no iba a volver. Sólo había
vuelto para irse. Se arrastró por el suelo, trepó con pies y manos a la cama tendida,
vestido, hecho un ovillo, con las rodillas en la boca. Mordió las rodillas hasta que le
dolieron las mandíbulas. Se le desgajó de golpe un llanto silencioso, una crecida
súbita de lágrimas calientes y rabiosas, un zumbido de horror en lo más alto de la
garganta, ya junto al cerebelo. Y se durmió, también de un solo golpe, con la luz
encendida, entre el perfume intenso de las flores inútiles.
Se despertó vestido, sorprendido de estar vestido, descansado, tranquilo. En
el baño volvió a golpearlo el horror de lo real: los estantes vacíos, sin cremas
limpiadoras, sin maquillajes ni potingues. Habían sobrevivido, arrinconados, incluso al
paso devorador de Henna. Y ahora ya no estaban más. Su propia cara en el espejo le
pareció absurda.
¿Dónde buscar a Fina?
Golpeó
con decisión en la puerta de abajo. Le abrió la sirvientica, roja de confusión,
rehuyendo su mirada:
- ¿Tú no viste a
nadie ayer?
- Sí cómo no, doctor, vino la señora, con un taxi.
- ¿Con alguien?
- El chofer.
- ¿Sólo el chofer?
- No sé, doctor, no vi, no me fijé.
- ¿Por qué no te fijaste?
- Yo no sé, doctor. Sólo sé que pitaba y pitaba.
- ¿Para dónde se fueron?
- Yo no sé, doctor, yo no vi, no me estaba fijando.
La sirvientica estaba al borde de las lágrimas, ya con agua en los ojos. No
era su culpa, claro, pero debía haberse fijado, haber apuntado la placa del taxi.
- ¿Tú sabes escribir?
- Un poquito.
No era culpa suya, pobre. Escobar le dio las gracias.
- ¿El doctor está enamorado de la señora?
La pregunta lo cogió por sorpresa. No era eso. Sí, claro, estaba enamorado.
- No es eso. Es que pensé. . . .
Volvió a subir las escaleras, caviloso. ¿Dónde buscar a Fina, sin un indicio,
sin ni siquiera el número de la placa de un taxi? Ana María. Pero Ana María nunca le
diría nada. Su familia en Cali. No tenia ni idea de la dirección de su familia en Cali.
Ni del nombre de su papá. Un señor Gómez, ingeniero. Era increíble: había vivido más
de tres años con Fina y no tenía ni idea de cómo se llamaba su papá. ¿Tenía
hermanos? Sí, tres, o cuatro. La menor se llamaba Titi, o Tuti, o Tati. Era un indicio
muy vago. Una niña de ocho años o por ahí que se llamara Titi o Tuti o Tati y que
viviera en Cali. En las novelas encuentran a la gente por la etiqueta de la lavandería.
Pero Fina se había llevado su ropa. No iba a ser fácil.
Examinó
el armario vacío, centímetro a centímetro. No había ni un hilo. Le pareció que el
olor encerrado era menos intenso que la noche anterior, y se confundía ya con el aroma
marchito de las flores. No iba a poder seguir sus huellas tampoco por el olfato. Respiró
hondo el olor del armario, muy tenue, olor a polvo. Estornudó.
En una
tabla de arriba, en el fondo, encontró unas sandalias. No recordaba que Fina hubiera
calzado jamás sandalias. Parecían de Henna. Las examinó, dubitativo. Henna debía tener
el pie más grande, pero no podía estar seguro. Las colocó en el centro del cuarto e
intentó recrear a Fina entera con la imaginación a partir de la sandalias (verdes, de un
cuero que imitaba plástico, no podían ser de Fina), como un naturalista que reconstruye
un esqueleto ictiosaurio partiendo de una vértebra lumbar. De aquí salía el tobillo,
subía la pierna, la rodilla, el muslo, la cadera llegaba por aquí más o menos. Esto era
el vientre, con una cicatriz de apendicectomía aquí, a la derecha. ¿O a la izquierda?
La memoria es terrible. (¿O era Henna la que tenía una cicatriz?). No podía ser que ya
no recordara a Fina. Los ojos. ¿De qué color tenía los ojos? Cambiantes. No podía ser,
no podía ser que ni siquiera recordara ya con exactitud de qué color tenía los ojos
Fina. Pensó que hubiera debido fijarse el día anterior. ¡El día anterior! Y le quedaba
toda la vida por delante. Toda la vida sin Fina. ¿Pero en dónde empezar a buscarla, y
cómo, si ni siquiera sabía ya como era? No podía recorrer el país como un imbécil
preguntando por una niña con los ojos cambiantes.
Hacía tiempos (años: en los primeros días de su noviazgo) había escrito
un poema a los ojos de Fina. No recordaba ni una línea. Se sentó en el suelo al lado de
su mesa, sacó los cajones, se puso a rebuscar entre papeles viejos. Poemas, fragmentos de
poemas, traducciones de poemas del tiempo en que hacía traducciones para una efímera
revista literaria. Un romance lorquiano recortado de un suplemento de periódico, amarillo
y quebradizo entre los dedos:
Sobre la tierra de gente
cruzan pájaros de hierro.
Papeles
doblados o enganchados con grapas, versos sueltos garabateados en una esquina de
periódico, en el margen de otros versos, un cuaderno de resorte lleno de breves prosas
poéticas, ecolálicas. Lo invadía un rubor retrospectivo. Esbozos de sonetos. En una
época había practicado con tesón el soneto. Versos automáticos de su época
surealista, versos enigmáticos de su época simbólica. El comienzo de un poema épico
sobre Bogotá. No podía ser que toda su vida se la hubiera pasado escribiendo los mismos
versos. Recortes de periódico, una admirable receta de cocina de lubina a la sal que era
casi una oda anacreóntica. Notas para artículos (en una época publicaba artículos en
suplementos literarios). Dos versos sueltos en un papel, que le gustaron: las cosas son
iguales a las cosas / luz en la luz, memoria en la memoria. No le parecieron suyos. Una
larga lista de pelajes de toro: bragado, entrepelado, barcino, zaino, lombardo, bocinero,
ensabanado, gateado, jabonero, galano, tozalbo, sirgo, capirote, sardo, cárdeno, meco,
meleno, caribello. . . Nunca conseguirían sus propios versos alcanzar esa perfecta
sonoridad precisa, necesaria. Carpetas rojas y grises rebosantes de versos. Fina las
había empezado a ordenar alguna vez. (Fina no volvería). Ah, sí, el poema de los ojos
de Fina. Le molestó encontrarlos: no se los había llevado con su ropa.
Tus ojos son dos barcos
en el agua profunda.
Tus ojos son el agua
clara y profunda.
Agua y agua cambiante.
Tus ojos no los tiene
mi niña nadie
mi niña nadie.
Eso. Ojos
cambiantes. No había avanzado un paso. Recordó que los versos eran también cambiantes,
cosa que había encantado a Fina:
Tus ojos son dos barcos
tus ojos son el agua
agua y agua cambiante
mi niña
nadie.
En el agua profunda
clara y profunda
tus ojos no los tiene
mi niña nadie.
Clavó en
la pared los dos ojos escritos, a la altura de los ojos verdaderos de Fina, y nuevamente
trató de reconstruirla en el aire. El pelo, la nariz. No le salía la nariz. A lo mejor
no era buen naturalista. O a lo mejor los ojos del poema no tenían nada que ver con los
de Fina. No era un buen poeta. No era nada, en el fondo. Y nunca había querido ser nada.
Durante toda su infancia le había irritado muchísimo la ambición
insaciable de su hermano Focioncito, que quería ser de todo. Quería ser empleado de la
luz, para trepar postes con garfios en los pies. Quería ser agente de la policía montada
del Canadá. Quería ser dueño de un martillo neumático para perforar calles. Quería
ser ciclista, chofer, camionero, policía de tránsito, conductor de una grúa. Escobar no
quería ser absolutamente nada. Focioncito corría y daba saltos, y se ponía rojo del
esfuerzo. Escobar se quedaba dormido en el jardín, mirando nubes, con la boca abierta. Su
mamá decía (él la oía perfectamente, y ella sabía perfectamente que la oía):
- Yo no entiendo el
carácter de este niño. Es un niño que no tiene carácter.
Una tía ilusionada había opinado:
- Qué niño tan poético.. .
Y así, a
la larga, por inercia, había sido poeta, que es como no ser nada. Un refugio, una
disculpa. Había sido poeta porque le producían horror las vibraciones de los martillos
neumáticos para perforar calles, porque le daban vértigo los postes de la luz, porque le
parecía espantoso tener que viajar hasta el Canadá para ser agente de la Policía
Montada. Era eso, tal vez: carecía de carácter. Y si no hubiera sido por su tía
ilusionada, hubiera sido diplomático.
- Con tu figura, mijo, tienes el camino andado - le había dicho cien veces Lulucita
Pineda.
Fue a
mirarse al espejo. Observó críticamente su figura. Sobre la frente las entradas del pelo
empezaban a ser considerables. La barba, en cambio, empezaba a tener muy buen aspecto. Últimamente
le habían empezado a brotar rollos de carne blanda en las caderas, la barriga empezaba ya
a curvarse, cubriendo el cinturón. Tendría que pensar en hacer ejercicio. Ah, pero hacer
ejercicio, como los jóvenes ejecutivos. . . No era un joven ejecutivo. No era nada. No
tenía carácter. No tenía figura, y su figura no tenía carácter. No sabía quién era.
Interrogó
el espejo:
- Escobar ¿quién eres? Escobar. . .
Nadie. Hasta en ese momento, tan grave, no era nadie copiaba a Angela.
Angela, mierda. Había perdido a Angela. Culpa de Fina. Mierda, había
perdido a Fina. Culpa de Angela. Sí, pero había perdido a Fina. Ni siquiera recordaba
cómo eran los ojos de Fina. Cambiantes. Mierda, había perdido a Fina.
Volvió a la sala, armó un varillo con su hierba nudosa de la Sierra. Fumó.
Solo en la vida, con ganas de llorar sobre sí mismo. Ya nadie lo quería. Ni él quería
a nadie.
¿Había
querido a Fina? Sí, claro, Fina. . . O tal vez no. No recordaba ni siquiera sus ojos. Tal
vez no había querido a Fina: había sido la inercia. Cuando se fue a dar cuenta, Fina ya
estaba ahí. Tal vez no había querido nunca a nadie. Nunca había querido ser de verdad
el hijo de su madre. Aunque, claro, su madre hubiera preferido siempre que él no fuera su
hijo, teniendo a Focioncito. Ni siquiera había odiado a Focioncito. ¿O sí? Tal vez. Se
había matado a tiempo, cayendo de un columpio. Muchas veces se había preguntado Escobar
si no lo había matado él, que a lo mejor en ese día lejano empujaba el columpio. Un
empujón torcido, un cimbronazo pérfido a la cadena, y paf. Pero no era probable que
jamás se hubiera puesto él a empujar un columpio. A lo mejor había matado a Focioncito,
pero probablemente no. Mil veces, en su cama de niño, frente a la cama vacía e intacta
de su hermano, había imaginado con todos los detalles que el muerto era él, e incluso se
había visto: pobre Ignacito muerto. Y había llorado, solo. Había pensado que a lo mejor
su madre lloraría, viéndolo muerto. Pero sabía que no. Y había llorado solo. Lloró
ahora, de solo recordarlo.
Pero ya no era hora de llorar. Tenía que hacer algo.
¿Pero qué? No era un hombre de acción. No era nada. Tenía que empezar a
ser algo.
¿Qué?
El varillo se le apagó entre los dedos, dejando en el papel una mancha
aceitosa. Lo dejó caer sobre la alfombra. ¿Qué hacer? Estaba solo. Podía buscar a
Fina. Ah, pero dónde...
Sí. Buscaría a Fina. Recobraría a Fina. Eso, para empezar. No podía
permitir que la vida, su vida, se le volviera polvo entre los dedos. Ana María tenía,
sin duda, la dirección de Fina en Cali. Un señor Gómez, ingeniero. Y si no, su tío
Poción podría ayudarlo: los bancos saben siempre encontrar a la gente: no podía haber
tantos Gómez ingenieros en Cali, padres de varias hijas, una Fina, otra Tuti, y varias
intermedias, una o dos. Más aún: trabajaría en el banco, poco a poco, a fuerza de
trabajo y de acción, escalaría posiciones en el banco. Usaría las corbatas de su madre.
Iba a vivir la vida que nunca había vivido. Iba a ser un buen hijo. Visitaría a su
madre. Se casaría con Fina. Tendrían un hijo, o varios. Haría todo lo que nunca había
querido hacer. Su vida, veía ahora, sólo había estado hecha de rechazos: no ser hijo,
no ser padre, no trabajar en el banco. No ser él. No ser nada. Ahora iba a ser. Ya
verían.
Maquinalmente, empezó a armar un nuevo cacho de marihuana de la Sierra.
No, no era eso. Lo rompió. Tiró toda la hierba en medio de la mesa. Dejó
todos sus papeles regados en el piso. Los guardaría más tarde. No: los barrería. Iba a
ser otro, de ahora en adelante.
Se levantó para ir a contemplar su nuevo rostro ante el espejo. Se detuvo
con un pie en el aire. No: ese sería el primer paso de su nueva vida: no mirarse al
espejo.
Todos los
teléfonos públicos del vecindario estaban rotos, saqueados, sin cables, marcados con
letreros obscenos o absurdos, muchas veces en verso. Pero no le inspiraron ni envidia ni
nostalgia. Tomó un taxi, atravesó el desorden de la ciudad, sintiéndose curiosamente
indiferente: sólo veía pasar muchedumbres borrosas, casas, carros, por la ventanilla
cerrada como por la hermética plancha de vidrio de un acuario. El viaje al centro se le
pasó en un soplo. Timbró en la casa de Federico. Volvió a timbrar al cabo de un buen
rato. Oyó por fin un trote tras la puerta y una voz de mujer:
- Ya va, ya va, ya va. . .
Le abrió la muchacha de pelo rizado, abotonándose la blusa.
- ¡Qué milagro, don. . . .! -vaciló, como si no lo reconociera. ¿Tanto había
cambiado?
- Qué tal, Semíramis. ¿Está Federico?
- Berenice, don. . .
- Perdón. Berenice. Ignacio. Ignacio Escobar.
- ¡Eso, don Ignacio! Usted sí ni más ¿no? ¿Y ese milagro?
Tal vez era un milagro, en efecto. Hizo un vago gesto con la mano.
- ¿Está Federico? - Salió con la señora Anmery. Pero siga se toma un tintico, don
Ignacio.
- ¿Ana María tampoco está? Tenía que hablar con ella. . .
Berenice rio, se echó hacia atrás de un golpe la cabellera negra con las
manos, mostrando las axilas.
- Pues eso sí le va a tocar tomarse su tintico con calma, dos Ainas. Los dos se fueron
para la clínica, y hasta que la señora Anmery se mejore.
- ¿Se mejore? ¿Qué tiene?
Berenice soltó risotadas ruborosas, ocultándose el rostro con un mechón
rizado y negro, reluciente. Escobar se inquietó. Podría ser cáncer.
- ¿Qué tiene Ana María? ¿Es grave?
Berenice volvió a reir, confusa. Acabó haciendo un gesto ambiguo sobre su
vientre, enfundado en unos pantalones verde menta. Escobar recordó al fin que Ana María
debía estar ya por parir. Ah, claro. Pero eso complicaba las cosas.
- Siga se toma su
tintico don Aiñas que eso siempre es demorado.
- ¿Y Angela?
- La señorita Einchi se fue con el niño Mateo hasta que ya vuelva a la casa la señora
Anmery -le picó un ojo pícaro.
- ¡Es que ese don Fedy es un demonio. . . !
Escobar entró. Se tomaría un tinto. Berenice le abrió el paso taconeando,
contoneando las nalgas entre los pantalones tensos a reventar. Espantó a los dos gatos de
la mesa.
- ¡Chite gatos!
Los gatos se escurrieron entre los lienzos arrumados y los fragmentos de
yeso, de malagana, silenciosos. Berenice agitó su cabellera rizada, húmeda, negra,
brillante.
- Me estaba lavando la cabeza, don Ainas, pero no le hace.
Ahoritica le traigo su tintico.
Escobar se sentó, sin saber qué hacer. Ah, sí: llamar a su tío Foción.
Un señor Gómez, de Cali, ingeniero: ¿cómo podría localizarlo?
Primero tuvo que buscar en la lista el teléfono del Banco. Foción no
estaba. Buscó el teléfono de su casa. Contestaron simultáneamente por tres teléfonos
distintos: su tío Foción, su tía Clema, su prima Patricia.
- ¿Tío Foción? Soy Ignacio.
- Ah, Ignacito. . . -dijo su tío Foción.
- ¡Quihubo, Ignacio, casi no llama ¿no? -dijo Patricia.
- Mijo. . . ¿cómo está tu mamá? -interrogó su tía Clemencita.
- Bien. No. Bueno. Mira, tío, te llamo porque. . .
- ¡Cuelga, papá, que es para mí! Es Ignacio, -grito Patricia.
- Ignacito me está llamando a mí, mija -dijo Foción por el otro teléfono. -En esta
casa también me llaman a mí, no creas. Tú no eres la dueña del teléfono.
Su tía Clema intervino por el otro teléfono: -No peleen, mis amores, no
peleen. Ignacio, diles tú que no se pongan a pelear otra vez, se me pone la cabeza como
un. ...
- Cuelga, mija.
- Cuelga tú, papá.
- Estoy hablando con tu primo Ignacio ¿no oyes?
- ¡Ay, papá, me está llamando a mí! Qué va a querer hablar Ignacio con un viejo
reaccionario. ¿No es verdad Ignacio que me llama es a mí? Cuelga, papá, por favor.
Fíjate que te lo estoy pidiendo, por favor.
- ¿Oíste, mijo? ¿Oyes a esta muchachita impertinente? En mi propia casa. . . Mijita,
puede ser una llamada importante puede ser de la Presidencia.
- Papá, por Dios ¿no ves que es Ignacio? Te estás volviendo gagá. Cuelga.
- Mijita, no le digas eso a tu papá -intervino la tía Clemencita.
- ¡Ay, mamá! ¡Cuelga también tú! Estoy hablando con Ignacio. ¿Ve, Ignacio? Eso es lo
que pasa siempre. Cada vez que alguien llama, ellos descuelgan. Me tienen vigilada.
A ver si hablo a escondidas con Jefferson.
- Ese hombre no lo vuelvas a mencionar en esta casa -tosió Foción.
- ¡Ay, papá, por favor. . . ! ¡Jefferson, Jefferson, Jefferson Calarcá Marroquín!
¿Ya?
- Mija, te prohíbo. . .
- ¡Ay, mis amores, no peleen!
- Qué me prohibes, a ver: qué me prohibes.
- Te prohíbo que vuelvas a mencionar en esta casa el nombre de ese negro. ¿La oyes
Ignacio?
- ¡No es negro!
- Negro como este teléfono, mijita.
- Ja ja ja, déjame que me ría, qué buen chiste: jajá. ¿Los oye, Ignacio? -a Patricia
le temblaban las lágrimas en la voz. -Son unos viejos reaccionarios y huevones.
- ¡Mija! ¡Tu mamá está oyendo por el otro teléfono!
- ¡Pues que oiga! Ya es hora de que aprenda, todo el día ahí quejándose. . .
- ¡Mija! se oía la voz de Foción apoplético, estertoroso en su enfisema. ¿Esas son
las cosas que te enseña ese negro?
- ¡No es negro! Además no me las enseña, las aprendo yo sola. ¿Tú crees que sigo
siendo un bebé? ¿Se fija, Ignacio? Creen que soy un bebé. Cuénteles, usted que sabe...
Se oyó por el teléfono la risa de Patricia, divertida. Hizo una voz
sensual:
- .... lo que sabemos. . .
Foción estertoró:
- ¡No me digas que ese negrazo se ha atrevido. . . !
Y la tía Clema intervino, llorosa:
- Salido de quién sabe dónde, mija, eso no es muchacho para tí. . . Ignacio, díselo
tú a ver si a tí te hace caso, ya ves que a nosotros es como quien oye llover.
- Se ha atrevido a qué, a ver, papá: dílo, dílo tú, si te atreves.
- No me interesa saber a qué se atreve ese. .. señor -hizo Foción con un audible
esfuerzo. -Déjame hablar con tu primo. ¿Oíste, Ignacito? Todo el día hablando del
negrito ese. . .
- ¡Jefferson no es negro! Y además al fin qué: negrazo o negrito. Y además no seas
racista. Además ya no hablo con él: peleamos.
La tía Clema intervino por el otro teléfono:
- ¡No sabes cuánto me alegro, mijita! No sabes cómo estábamos de preocupados tu tío
Foción y yo, Ignacito. Un muchacho dizque Marroquín, de no sé dónde. . . Pero en todo
caso no de los Marroquín Marroquín, sino ve tú a saber. . . Además parece que era
medio comunista.
- ¡Comunista no, no seas ignorante, mamá!
- ¡Mija! ¡No le hables en ese tono a tu mamá!
- ¡Entonces díle tú que no hable de lo que no tiene ni idea! ¿La oyó, Ignacio?
¡Comunista! Socialista: del Partido Socialista de los Trabajadores.
- Eso, de los trabajadores. . . -se defendió débilmente la tía Clema.
- Por favor, mamá, cuelga de una vez y no te metas en lo que no te importa.
- ¡No le alces la voz a tu mamá! -roncó Foción, luchando por tragar aire. ¿La oyes,
Ignacio? Y no vuelvas a mencionar a ese individuo.
- ¡Ja! ¡Ahora es individuo! Qué elegante. ¿Los oye, Ignacio, ve cómo son? ¡Es que no
me los resisto! Pero bueno, papá ¿es que tampoco me vas a dejar hablar con Ignacio?
Cuelga, fíjate que te lo pido por favor. Es Ignacio, tu sobrino Ignacio, Ignacio Escobar
Urdaneta, de magnífica familia. ¿Eso sí? ¿Con él sí puedo hablar? Pues entonces
cuelga, por favor. ¡Ay, Ignacio, dígale usted que cuelgue, que cueeeeelgueeeee!!!! Me
voy a volver loca.
Escobar colgó.
Bueno. ¿Qué hacer entonces? Berenice le había servido un tinto. Lo bebió. Berenice se
había cambiado los pantalones verde menta por una minifalda que le dejaba al aire la
carne de los muslos, y ahora hacía sonar pulseras en los brazos desnudos. Daba vueltas
por el estudio.
- ¿Sí le quedó bien de azúcar su tintico, don Ainas?
- Sí, gracias, Berenice, perfecto.
¡Es que como los hombres son tan reparadores! -rio Berenice, coqueta.
Escobar
encendió un cigarrillo. ¿Qué hacer? Berenice volvió a emerger del fondo, ahora con una
blusa de volantes y una falda estrecha.
- ¿Me está haciendo un desfile de modas, Berenice?
Ella rio con risa sensual, nerviosa, se dio un golpe para hacer revolear la
mata de pelo, caminó columpiando las caderas.
- ¡Uy, eso qué, don Ainas!
Dio más vueltas, deteniéndose a observar las esculturas de Federico.
- ¿A don Ainas sí le gustan las cosas que hace don Fedy?
Yo es que como no entiendo. . .
- Es que es arte para el pueblo -explicó Escobar.
- ¡Ah, de razón! Yo sí decía: ¡tan raro! ¿no?
Siguió
contoneándose. Escobar no le hizo mucho caso. Marcó el número de su mamá. Quería
decirle que la amaba, que iría a verla mas tarde, que quería felicitar a Henna y a
Ernestico por su matrimonio, que él mismo se iba a casar con Fina e iba a tener varios
hijos. Que quería darle las gracias a Henna por todo. Y a su mamá: las gracias por
haberlo parido, por haberle dado el maravilloso regalo de la vida. Vivir, vivir. Iba a
vivir, de ahora en adelante.
- ¡Mamá!
- Mijo. No llamas nunca.
- No había podido, mamá. Pero ahora sí, te prometo. Es que tenía el teléfono dañado.
- Mentiras, mijo. Como siempre.
- Esta vez es verdad, mamá. He cambiado. ¿Estás sola? Voy a ir a visitarte.
- Ay, hoy no, mijo. Viene gente.
- ¿Y qué? Yo también voy.
- No, mijo, es que viene todo el mundo. Viene Lulucita. Y Ricardito, claro, y monseñor.
Más bien ven otro día.
- ¿Y qué? Cada vez que voy están todos allá. Allá voy, mamá, espérame.
- Pero mijo, es que viene gente a tomar té.
- Todo el mundo va todos los días a tomar té, mamá.
- ¿Por qué no vienes mejor mañana? O pasado, no sé.
- ¿Qué te pasa, mamá?
- Es que tengo la tensión bajísima. Tú sabes.
- ¿No quieres que vaya?
- Sí, mijo. Pero otro día.
Escobar meditó un momento, desconcertado.
- ¿Es cosa de Ernestico?
- Ay, mijo: tú crees que lo de la tensión es un cuento de Ernestico para sacarme plata.
Y me imagino que sí, pero pobre. Ah, se casa ¿sabías? Con esa novia caleña que tenías
tú, tan querida. Fina.
- Henna.
- Henna, o Fina. Todo se me olvida, mijo.
Escobar se contuvo.
- ¡Que bueno! Yo también me voy a casar, mamá, quería contarte.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Con mi novia caleña, Fina. ¿Te acuerdas? Vamos a tener un hijo.
Al otro lado del teléfono doña Leonor no demostró el menor interés.
- Ah. . .
- Pero mamá: ¿no querías un nieto?
- ¿Un nieto? No, mijo. Yo qué voy a hacer con un nieto a estas horas de la vida.
- Pero mamá. . .
- Bueno, mijo. Te tengo que colgar. Estoy esperando a ver si llama alguien.
- ¿Quién? - No sé. Alguien. Estoy tan sola. . .
Y colgó.
Escobar se quedó un instante con el teléfono en la mano, sintiéndose un imbécil.
Empezó a marcar de nuevo, con rabia. Colgó con fuerza. Berenice volvió a entrar desde
el fondo, vestida ahora con un breve vestidito que parecía estallar por las costuras: le
llegaba a las ingles. Creyó reconocer el color rosa y negro, la textura crujiente y
huyente de la seda: sí, era el vestido de Angela. - ¿Don Ainas sí me haría un
favorcito? -interrogó Berenice, insinuante, felina, ronroneante, volviéndose de un golpe
para mostrarle su espalda carnosa y redondeada, recogiendo sobre la nuca su negra
cabellera.
- Es que no logro ajustarme el brasier -confesó, riendo.
Escobar le ajustó las dos tirantas negras que le mordían los hombros y la
espalda. Ella dejó un instante todavía los brazos levantados, los hombros ofrecidos, las
axilas desnudas y afeitadas. Le lanzó una mirada tentadora por encima del hombro,
entornando los párpados y haciendo con la boca un corazón pintado de escarlata:
- Don Ainas sí es un yéntelman. . .
Al volverse le rozó el pecho con los dos senos poderosos, perfumados,
recubiertos de una capa de polvos de talco, que emergían del sutián negro de satín
reventando la seda del vestido. Era el vestido. Era el vestido de Angela. Rio con risa
sensual, inflando la garganta, alzando la barbilla.
- ¡Uy, loco! - le dijo, dándole un empujón en el pecho.
Berenice estaba tratando de seducirlo.
- ¿Un traguito, don Ainas?
El hombre abandonado tiene eso: una cosa indefinible que atrae
irresistiblemente a las mujeres. De la misma manera, en la estación del celo los machos
de algunas especies de insectos despiden un olor especial que seduce a las hembras. Las
luciérnagas, o algunas mariposas nocturnas. Escobar no recordaba bien. Berenice
reapareció con una botella de whisky y dos vasos, y el vestido de Angela desabotonado
casi hasta la cintura. Sirvió casi hasta el borde.
- ¡Uy, lo boba!. . .
Me serví yo también. Bueno, yo me lo llevo a la cocina. Yo a veces allá sola me tomo mi
traguito. Pongo mi música y. . . ¿don Ainas no quiere musiquita?
Puso en el tocadiscos la voz amelcochada de Julio Iglesias.
- ¡Ay, ese hombre sí es que canta divino! -exclamó, despechugándose aún más el
vestido.
. . . me olvidé déehh
viviihir. . . .
cantaba Julio Iglesias. Y sí, era eso: se había olvidado de vivir. La vida natural, la
verdadera vida, es la vida que canta Julio Iglesias. Dentro de sus proyectos de futuro
anotó mentalmente el de comprar todos sus discos. Recogió del suelo a los gatos,
atrapándolos por la piel del pescuezo. Uno escapó, bufando, con la cola estirada, se
sentó lejos a mirarlo con desprecio y después lo ignoró y se lamió los dedos de una
pata, uno tras otro. Escobar acarició el lomo del que le quedaba, que primero se arqueó
bajo sus dedos y luego se afianzó en su regazo, ronroneando.
- ¡Ay, qué tal que
una fuera gata para que la acariciaran así de rico. . .! -opinó Berenice.
¿Y por
qué no? Era una vida nueva. Su propia vida. Se había olvidado de vivir. La vida hay que
vivirla, había dicho el coronel Buendía, que visiblemente era un hombre que no había
perdido la vida en pendejadas. Escobar tendió la mano y la plantó en el anca firme de
Berenice.
- ¡Uuuy, don Ainas. .
.! -se atoró blandamente Berenice. No protestó. Escobar afirmó la presa de sus dedos en
la nalga. -Don Ainas sí es un demonio. . . -aseguró Berenice con voz ronca, parpadeando
con ojos de coqueta, abriéndose camino para sentarse en sus rodillas. El gato saltó al
piso.
Con Berenice sentada en las rodillas Escobar no supo qué hacer. Ella hacía
un ruido de arrullo con la garganta.
- Berenice.
- Mmmmmmmm. . . Ainas. . .
- Berenice, perdón un momento, tengo que hacer una llamada.
- Mmm. . . Loco, Ainas, usted sí es mucho loco...
Se dejó caer sobre él, empujándolo blandamente con el busto. Sonó el
teléfono. Berenice se limitó a estirar el brazo para descolgarlo.
- ¿Jelloou? -dijo con
voz sensual. - ¡Quihubo, ole. . .!
No,
amorcito, yo aquí sentada como una boba esperándolo. . . Uy, ole, cómo dice esas cosas,
qué tal que nos oigan.
Reía con risa de garganta, arrojando la garganta hacia atrás, acomodándose
mejor en el regazo de Escobar, que no sabía qué hacer exactamente. Trató de empujarla
hacia un lado. Ella se acomodó mejor. Pesaba bastante. Sin dejar de respirar hondo por la
bocina del teléfono, le acarició la nuca con las uñas, tratando de llevarle la cabeza a
sus senos. Escobar la empujó y se puso en pie, tambaleándose y echó a andar hacia la
calle. Tenía que buscar a Fina, mierda. Berenice, alarmada, barbotó en el teléfono.
- ¡Uy, no cuelgue amorcito que se me quema una cosa que puse en la estufa, no cuelgue,
loco, no cuelgue. . .!
Corrió tras Escobar.
- Pero loco, qué le pasó, eso yo ahorita no más cuelgo, no se ponga así, es un primo
mío. . .
Escobar la apartó, siguió andando hacia la puerta. Berenice se paró a
mirarlo con los brazos en jarras, ofendida.
- ¡Mejor dicho,
mírame el hombre nos salió marica. . .! -dijo con desdén. Y volvió taconeando a su
teléfono, sin volverlo a mirar.
Escobar
anduvo tres o cuatro cuadras sin mirar hacia atrás, sin parar en las esquinas, oyendo
apenas el chillido de llantas que frenaban para no atropellarlo. Estaba horriblemente
deprimido. No sabía qué hacer. La inercia lo detuvo ante un teléfono. Estaba intacto, y
funcionaba. Sacó un puñado de monedas. Las volvió a guardar en el bolsillo. ¿A quién
llamar? ¿Qué hacer? A Fina, tenía que encontrar a Fina. Pensó en ir a la clínica,
para que Ana María le diera la dirección en Cali. Ah, pero la iba a encontrar en los
horrores del parto, sin duda no tenía la dirección ahí, etcétera. Además, no sabía
el nombre de la clínica. Podía ir a Cali. Sí, pero eso era difícil. Foción, Foción
era la única esperanza, Foción y sus contactos: si había sacado a Federico de la
cárcel, podía encontrar a Fina en Cali. De paso, le pediría trabajo. Pero era mejor
verlo al día siguiente, en la oficina, sin la tentación de Patricia. Al volver a su casa
tiraría a la basura el sostén de Patricia. Pero no tenía ganas de volver a su casa.
Tenía hambre.
Por ahí debía estar la tienda maternal de la gorda y la changua, pero no sabía en
dónde. Recorrió calles hacia el sur, sonámbulo. Entró en un restaurante lleno de
bombillitos de colores que resultó ser italiano. Le dieron una pizza horrible. Un
camarero con grandes medialunas de sudor bajo los brazos lo obligó a pedir un vino rosa
pálido, agrio, que le dio arcadas y le salió carísimo. Había gente. Vio gente
manoteando, oyó voces. Pagó una cuenta enorme. A la salida, un lotero cojo y manco quiso
obligarlo a comprar la lotería, garantizándole la suerte. Vaciló. Supo resistirse.
Caminó más, entre loteros, mendigos, vendedores de relojes robados, tipos de sombrero
negro, mujeres que gritaban Marlboro Marlboro Marlboro Marlboroooo!, niños que huían,
gente que tropezaba, siguiendo a veces involuntariamente el culo de una niña entre la
muchedumbre, perdiéndolo sin saber dónde, entre sus pensamientos. Compró un reloj. Se
lo robaron. Vio barrenderos pensativos apoyados en su escoba, con los ojos cerrados bajo
el casco naranja del municipio. Vio fotógrafos ambulantes. Nadie le tomó fotos. Árboles
grandes, edificios inmensos, una fuente en la mitad de una especie de parque pavimentado
de cemento, bajo los altos árboles. Un fotógrafo de máquina de trípode, ciego,
paralítico. Niños dormidos en el piso. Tenderetes de libros. Sin verlas, hojeó las
obras completas de Enver Hoxa, de Trotsky, de Stalin, de Mao Tsé tung, de Lenin, de
Dimitrov, del Che. Se quedó luego largo rato mirando el cabrilleo de la fuente, el
vaivén de los chorros de agua, el burbujeo. Una nata espesa, sembrada de colillas,
cubría el agua. Le golpearon el hombro: era un niño de Dios, calvo, tristísimo,
ofreciendo amor.
- Amor, hermano.
Se
apartó. Vio venir a su tío Alejo a través de los árboles, apartando mendigos y loteros
con la punta del paraguas. Se escondió tras un tronco. Lo vio pasar, subir una breve
escalinata, atravesar una puerta de cristales relucientes que le mantuvo abierta un
portero galoneado. Vio que el niño de Dios recogía una colilla del piso, la encendía
con ansia. Se acercó a un quiosco a comprar cigarrillos.
- Amor, hermana -le dijo a la mujer rechoncha que le vendió los cigarrillos. La mujer dio
un respingo.
- ¡Vayase a amar a su mamá, gran hijuemadreee!
Su mamá. . . Se encogió de hombros. Se alejó, sin reclamar las vueltas. No
había taxis. Cogió un bus atestado de gente, de olores concentrados y densos, de caras
quietas, de música de radio:
¡Díme cómo me arranco del
alma
esta pena de amor!
¡Esta pena de amor!
¡Esta pena de amor!
¡Díme cómo me arranco del
alma
este inmenso dolor!
¡De esta pena de amor!
¡De esta pena de amor. . .!
Atravesaron la ciudad sin que se diera cuenta, en el vacío.
Habían pasado horas. No había hecho nada. Subió las escaleras de su casa
resoplando de angustia, muriéndose, parando en los descansos. Lo detuvo la sirvienta de
abajo.
- Doctor, doctor, la señorita le dejó una razón.
Se le paró el corazón. ¿Cuál señorita?
- ¿La señora?
- Una señorita alta, con un niño y un perro grandote. Le dejó este papelito al
doctor...
Se
desabotonó el uniforme en el pecho y extrajo de un escondrijo un papelito doblado en
muchos dobleces. Escobar leyó:
No me quiera
Escobar
Yo tampoco lo
quiero
Arcángela.
Suspiró. Se apoyó en la pared, con ganas de llorar, de dormir, de
morirse. La sirvientica lo sostuvo por un brazo.
- Tranquilo, doctor,
tranquilo. . ..
Se dejó escurrir hasta el piso, sin que ella pudiera contenerlo. Cayó
sentado en un escalón, y su cabeza golpeó el muro. Oyó el crujido. La sirvientica se
acurrucó a su lado, consternada.
- No doctor, no doctor, no se ponga así doctor, eso se le pasa, doctor, verá cómo se le
pasa. . .
Escobar dejó su
cabeza sobre ella. Boqueaba. Sollozó sobre el hombro tembloroso, delgado, tibio, oloroso
a humo de leña, sintió el contacto de sus dedos fríos en las sienes y el pelo.
-Ya pasó, doctor, ya
pasó, ya pasó. . .
Contra su mejilla, en la abertura del uniforme negro todavía desabotonado,
sentía latir el pecho caliente con un ritmo desordenado de galope. Se quedó quieto ahí,
dejándose pesar, notando que poco a poco iba perdiendo las fuerzas para mantenerlo
erguido contra el muro, agobiada, asustada, afligidísima, en el borde del llanto.
-Ya doctor, ya doctor. . . ya, ya, doctor. . .
Se
incorporó. No sentía las rodillas. La sirvientica lo sostuvo empujándolo por los
riñones.
- Ven. Ayúdame.
Subamos.
Subieron, sosteniéndose mutuamente, como borrachos.
- Despacio, doctor. . . despacio...
- ¿Cómo te llamas?
- Circuncisión. Me dicen Circua.
Escobar paró en seco al ver la puerta de su casa abierta. La sirvientica
chocó contra su espalda.
- ¿Vino alguien? -preguntó Escobar en un murmullo.
- Yo no sé, doctor, yo no vi -cuchicheó la sirvientica.
- ¿Quién hay ahí? -gritó Escobar.
No le salía la voz. Carraspeó, tosió. No contestó nadie.
- ¡¿Quién hay ahí?!
Se asomó con cautela. No se oía nada. La casa estaba a oscuras. Encendió
las luces bruscamente. Nadie. Pero no había nada tampoco, o en el primer momento no vio
nada. Ni muebles, ni cuadros, ni libros en la biblioteca, ni biblioteca. En un rincón
asomaba del muro un muñón cercenado de cable, donde había estado el teléfono. Sólo
quedaba la lámpara del techo. En un rincón del piso había tierra regada, y trozos de
macetas despedazadas. Recorrió lentamente la casa, asombrado. Así, desmantelada,
parecía más sucia y más pequeña. ¿Fina? No podía ser. ¿La señora Niño? No podía
ser. En los armarios empotrados de la cocina los cajones pendían, abiertos y vacíos,
como lenguas, y quedaban en el piso algunas frutas aplastadas. Del baño se habían
llevado todo: la cortina de plástico, su cepillo de dientes, la tapa y el bizcocho del
excusado. En su cuarto no habían dejado ni siquiera la cama, ni los cajones del armario,
ni cortinas, ni argollas, ni ganchos de la ropa. Profesionales. No podía ser la señora
Niño. ¿Henna? No podía ser. Al volver a la sala vio a la sirvientica parada todavía en
la puerta.
- ¿Qué haces ahí? -La había olvidado.
- Como pensé que el doctor quería hacerme cosas. . .
- ¿Cosas? Ah, sí. Sí. . . ¿Qué pasó? ¿Quién fue?
- Yo no sé, doctor, yo no oí nada, yo estaba ahí atrás lave que lave.
- Se llevaron todo. Tuvieron que venir con camiones. A lo mejor con grúas. No es posible.
- Yo no sé, doctor, yo no vi. . . Eso seguro fueron los ladrones.
Parecía a punto de llorar, ya con agua en los ojos, con el uniforme todavía
abierto sobre el pecho moreno, sobre el sutián algodonoso y blanco. Cosido al algodón, o
prendido con ganchos, Escobar vio un escapulario pardo. Dos. Le puso la mano en el pecho.
La sintió paralizarse, aflojarse de nuevo. Le acomodó el sutián, más grande que su
cuerpo. Le abrochó el botón.
- Vete. No importa.
- ¿El doctor no quiere que me quede un ratico?
- No... Déjame. Tengo que pensar. Gracias.
Se sentó en el piso, con la espalda apoyada en la pared.
- Si el doctor quiere, yo vengo más nochecita, cuando mi señora ya se duerma.
- No, no. Como quieras. ¿Cómo es que te llamas?
- Circua. Circuncisión, doctor.
- Gracias, Circua. Bueno, vete. Déjame pensar.
- Eso, piense harto, doctor, y yo más nochecita vuelvo para lo que se le ofrezca.
Circua cerró la puerta sin hacer ruido.
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