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Sin
Remedio
Antonio Caballero
© Derechos Reservados de Autor
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Tal vez se
quedó dormido un rato. Se oyó a sí mismo rasguñar la madera de una puerta, como un
perro que rasguña una puerta intentando salir de alguna parte. Pero si acaso durmió, al
despertar seguía sentado en el sillón, con la cara en las manos. Oyó timbrar. Poco a
poco se dio cuenta de que timbraban a la puerta. Estaba cansadísimo. Timbraban a la
puerta, y estaba cansadísimo. No iba a mover un dedo. Recordó de repente que tenía la
vida hecha pedazos. La vida rota en cien pedazos puntudos y cortantes, como si se le
acabara de caer de las manos. Y no sabía si llorar, o ponerse en cuclillas a recoger los
pedazos uno por uno. (¿Pero por cuál se empieza?). Como un perro gimiendo y rasguñando
detrás de una puerta cerrada, abrumado de angustia, sin poder escaparse. Seguían
timbrando. Fina no. Fina no podía ser, Fina había entrado abriendo con su llave. Estaba
solo. Había perdido a Fina. (Y a Angela). Timbraban a la puerta. No iba a abrir. No
quería ver a nadie. Timbraban a la puerta. Timbraban y timbraban a la puerta. Le dolía
la cabeza. Los brazos, las piernas. Le dolía la columna vertebral. Había dormido mal,
torcido en el sillón. No, no era eso: estaba solo para siempre en la vida, sin Fina. Fina
tenía de pronto el pelo corto, desconocido: la nuca limpia y desnuda bajo el corte de
navaja. Sí, efectivamente timbraban a la puerta. Pero no se iba a levantar, no iba a
abrir, no iba a ir a ver, no quería ver a nadie. Se incorporó pesadamente, miró por la
rendija de la puerta. No veía nada. Cerró el ojo, lo volvió a abrir. No veía nada. Se
puso en cuatro patas en el piso. Le dolía la cabeza. Miró por la rendija inferior, que
era más ancha. No veía nada, ni una sombra. De afuera suspendieron los timbrazos,
oyéndolo, sin duda. Estaba haciendo ruido. Se quedó quieto en cuatro patas. Oyó una
voz:
- ¿Ignacio?
Se le erizaron los vellos de la nuca. Era Henna. No contestó.
- ¿Ignacio? Sé que está ahí. Acabo de oirlo -y se rio. La risa de Henna. Dio unos
golpecitos juguetones en la puerta: tan tararantan - tan tan. Ábrame, soy Henna.
No contestó, siguió ahí acurrucado, sin hacer ningún ruido.
- Ay, ábrame, no se haga el chistoso.
Por ningún motivo le abriría jamás a Henna: Henna no volvería nunca a
pisar esa casa. Si era necesario que muriera ahí acurrucado en el piso, así moriría.
Pero le empezaban a doler las rodillas. Gateó en silencio hacia el sillón conteniendo el
aliento, pero bajo la alfombra craquearon las tablas del piso.
- ¡Ajajá! -dijo
Henna, riéndose. -Lo estoy oyendo, Ignacio. Ábrame, no sea bobo.
Hubo un largo silencio. Escobar se sentó en su sillón. Ahora le habían
quedado lejos los cigarrillos, mierda. Le dolía la cabeza. Y encima Henna. Recordó de
pronto que Fina había venido y se había vuelto a ir, oh, mierda mierda mierda. . . Dejó
escapar un gemido.
-¡No se ría, lo estoy oyendo! -dijo Henna desde el otro lado de la puerta. Siguió
callado, sintiéndose repleto de odio por Henna, imaginando cómo podría abrir la puerta
de repente y recibirla a hachazos, a mordiscos. La señora Niño empezó a golpear
nuevamente en el techo, en el silencio: tac tac tap tap tap taratactactactaptaratac tap
tap tap tac tac. Tenía hambre. Ah, pero ir a la cocina. . . No se movió. En el vasto
silencio repercutían los golpes obstinados de la señora Niño: tac tac tac taratactap
tap tap tarac- taptactarataptaptactaptactac tac.
- ¿Qué son esos ruidos tan raros que está haciendo? -preguntó Henna tras la puerta. Y
en vista de que no contestaba, añadió: -A ver, a que adivino: ¿bolas de cristal?. . .
¿Está clavando algo con martillo?. . .
Súbitamente impacientada, golpeó la puerta con la mano abierta.
- ¡Ay, ábrame, Ignacio, no sea chistoso!. . . ¿Sabe qué?
Lo vi ayer en el restaurante.
Silencio, silencio.
- ¿Por qué no me saludó? Ernesto le gritó, y todo. ¿Es que soy invisible?
Silencio.
- Estábamos con su prima Lucía y con Juan Manuel. Son adorados ¿sabe?
Silencio.
- ¿A que no sabe qué pedí? ¡Langosta! Hacía tiempos que no comía langosta. Y ostras.
Estaban ricas. ¿Usted ha comido alguna vez langosta en ese sitio? Es buenísima, viera.
Silencio. Henna exclamó, perdiendo la paciencia:
- ¡Ay, Ignacio, abra de una vez! No crea que es chévere estar aquí parada como una boba
hablando con una puerta. ¿Quiere que me ponga a llorar?
¡No no no no! Sí, que se pusiera a llorar. Guardó silencio.
- Ignacio, quiero hablarle. -Silencio. - Es en serio, ábrame, tenemos que hablar.
Silencio.
- ¿Sabe que no entendí por qué se hizo el muerto todo es te tiempo? Al principio creí
que le había pasado algo.
Silencio. Silencio.
- ¿Qué es lo que pasa con su teléfono? ¿Sabe que está como cortado? Lo llamé como
cien veces. Le apuesto a que es que se le olvidó pagar. O le dio pereza. Silencio.
- Quiero que hablemos de eso, y de otras cosas.
Silencio.
- Ábrame, Ignacio. Es en serio.
Silencio.
- Anoche, después de que lo vi, me quedé pensando toda la noche en lo nuestro ¿sabe?
Silencio.
- Ernesto quería que fuéramos a discoteca, y Lucía me insistió, porque Juan Manuel no
la lleva nunca. Pero no sé, yo no estaba como en ánimo, les dije que me dejaran en mi
casa. ¿Quién era esa niña que estaba con usted?
Silencio.
- ¿No me quiere decir?
Silencio.
- Bueno, no me diga. A mí qué me importa.
Silencio.
- Ignacio, por favor, abra la puerta, no sea niño chiquito. Silencio. Henna golpeó
violentamente con las dos manos. Silencio. Se pegó al timbre.
- ¡Ábrame, ábrame, ábrame, ábrame, ábrame!!! ¿Quiere que me vuelva loca?
Silencio.
- ¿Sabe qué? Me voy a sentar aquí contra la puerta hasta que me abra.
Silencio. La oyó acurrucarse en el piso, golpear la puerta con la espalda,
reir, soltar un gritico.
- ¿Sabe qué? El piso está helado.
Silencio.
- Si me da pulmonía, usted me cuida.
Silencio.
Al cabo de un minuto oyó que Henna se ponía de pie, se palmeaba las nalgas
para limpiarse el polvo.
- ¡Ay, Ignacio, ábrame! ¿Quiere que se lo suplique de rodillas? Bueno, se lo suplico de
rodillas.
Silencio.
- Ábrame, Ignacio, llevo una hora aquí como una boba.
Silencio.
- Ábrame que quiero darle un beso.
Silencio.
- ¿Sabe qué? -Henna bajó la voz hasta un cuchicheo:
- Quiero que hagamos el amor.
Silencio.
- ¡Lo voy a violar!
Silencio.
- Ignacio, es en serio: desde anoche he estado pensando en usted y en mí. Quiero que
hablemos. Apenas me dejaron en la casa me puse a escribirle una carta. Pero después
pensé que estas cosas es mejor hablarlas ¿no le parece? Por eso vine.
Silencio.
- ¡Ay, Ignacio!
Silencio.
- Ahora ya ni siquiera sé si usted está ahí o no. Me estoy sintiendo como una boba.
¿Está ahí?
Silencio. Oyó la risa de Henna:
- Sólo dígame sí o no: ¿está ahí?
Silencio.
- Ay. Ignacio, si no quiere hablar ahora, no hablamos, sólo le doy la carta y ya ¿bueno?
Pero ábrame.
Silencio.
- Lo que pasa es que no la terminé. Pensé que esas cosas era mejor que las habláramos
cara a cara ¿no le parece? Por carta son como muy frías, no sé. Pero traje lo que le
había escrito por si acaso.
Silencio. Henna volvió a golpear, volvió a reír, la oyó sollozar:
- Ay, Ignacio. . .
Oyó que intentaba pasar algo, sin duda la carta, por debajo de la puerta.
- No cabe. Me tiene que abrir -exclamó, triunfal.
Silencio.
- Tiene que abrirme aunque sea un poquitico, y yo meto la mano y le paso la carta y ya
¿bueno?
Silencio.
La oyó rasgar papel.
- Bueno, me toca pasársela sin el sobre ¿no le importa? Le voy a pasar la carta por
debajo hoja por hoja ¿bueno? Después usted las ordena. El que es perezoso trabaja dos
veces.
Silencio.
- ¡Bueno, aunque sea contésteme!
Silencio.
Vio asomar la punta de un papel por debajo de la puerta, y luego otro y otro
y otro y otro.
- Ahí están en orden, pero se los numeré por si acaso. ¿Oyó?
Silencio.
- Ay, Ignacio. . .
Se fue por fin. Escobar se quedó sentado en el sillón, inmóvil, con la
mirada vaga puesta en la hilera de papeles que asomaban por el filo de la puerta y a veces
se movían, como si bajo la puerta soplaran rachas de viento. En el techo golpeaba la
señora Niño. Algún día iba a tener que tomar medidas serias con respecto a la señora
Niño. Y encima Henna, qué horror. Una punzada en el epigastrio le recordó su abandono.
Fina había venido, se había ido otra vez. Fina había abortado un hijo suyo. Ah,
imbécil, imbécil, imbécil. . . El. Fina también, imbécil. Ah, mierda.
Dejó pasar las horas, inmóvil.
Tenía hambre. Le dolía la cabeza. Por fin reunió fuerzas para levantarse y
echar a andar el tocadiscos en un gesto ya maquinal para combatir los ruidos de la señora
Niño.
¡Díme cómo me
arranco del alma
esta pena de amor!
¡esta pena de amor!.
..
Lo volvió a golpear su dolor. Abandonado. Se hizo café en la cocina, oyendo
la interrogación obsesiva de la salsa como un clavarse repetido de navajazos en el alma:
díme cómo me arranco del alma esta pena de amor, esta pena de amor, esta pena de amor.
Díme cómo me arranco del alma este inmenso dolor, este inmenso dolor, esta pena de amor.
. . No había nada más que decir. No era necesario añadir una sola palabra. Díme cómo
me arranco del alma esta pena de amor.. . Pensó en emborracharse para salir del paso. La
sola idea le dio arcadas. Dio vueltas por la casa, seguido por su angustia. Cada latido de
su corazón era un picotazo de angustia, era su propio corazón devorándose a sí mismo
como un buitre, a picotazos. Díme cómo me arranco del alma esta pena de amor. Dímelo,
Fina, tú. Vuelve. Perdóname. Arráncame del alma esta pena de amor. Díme como me
arranco del alma esta pena de amor. Pero no iba a volver, lo sabía. Se había ido, había
vuelto, había abortado y había vuelto, y se había vuelto a ir, ahora sí para siempre.
Para siempre: se negaba a admitir semejante posibilidad. Para siempre. Nunca se le había
ocurrido que pudieran existir cosas para siempre. Díme cómo me arranco del alma esta
pena de amor. Para siempre. No era posible, no era tolerable, no estaba dispuesto a
aceptarlo. No existían cosas para siempre. Volvería a ver a Angela, y quizás harían el
amor. Y posiblemente a Cecilia también. A Fina ya nunca más la volvería a ver, nunca
más en su vida, porque se había ido para siempre. Se había ido para siempre. Para
siempre. Para siempre. Pasarían años y años, y Fina no volvería porque se había ido
para siempre. Se tiró bocabajo en el sofá, sollozando de impotencia. No podía ser, Fina
no podía haberse ido para siempre. Sintió un bulto bajo su pecho: un pedazo de encaje.
Ah, Patricia. No pudo reprimir una sonrisa enternecida. Maquinalmente se llevó los
encajes al rostro para olerlos, los miró a contra luz. Era ya media mañana y ni siquiera
había abierto las cortinas. Abrió de par en par las ventanas. La casa debía oler a
diablos, a colillas, a sexo enfriado, a marihuana. Marihuana era lo que le estaba haciendo
falta, naturalmente. Pero no había en la casa.
Cambió el disco. Necesitaba algo sedante. Descartó, con un estremecimiento,
la Serenata Haffner. "No seas fúnebre, flaco". Descartó a todo Mozart con su
alegría insultante, inconsciente. Bach: algo de verdad fúnebre. Hasta los más distantes
confines del futuro Fina ya nunca volvería a estar con él. Se había cortado el pelo. El
pelo le volvería a crecer. Fina no volvería jamás. ¿Vivaldi? Demasiado frívolo,
demasiado brincón. Puso un disco de Telemann: el vasto subir de agua de la melancolía y
su vasto descenso, como las olas inmensas del océano -y luego un estallido de alegría,
un andante, un allegro: la solidez de la técnica alemana. Pero no, pero no. Necesitaba un
cacho: una hierba potente, que lo dejara dormido de un golpe, para siempre. No tenía
sueño. Tal vez había metido demasiada coca.
Se bañó. Se miró en el espejo. Acarició con un dedo la sombra, cada vez
más densa y sucia, de la barba en las mejillas. Decidió que se dejaría crecer la barba.
Tal vez de esa manera Fina lo pensaría mejor, regresaría otra vez.
Se estaba
volviendo un imbécil. Salió a la calle, haciendo volar del portazo los papeles de Henna
alineados debajo de la puerta.
Era un
día seco, azul, con una luz tan dura que lo obligaba a guiñar los ojos para avistar los
taxis. Bajo el cielo sin una sola nube hacía un calor picante, y no pasaba ningún taxi.
Cogió un bus que corría como una flecha rumbo al sur. En su interior carcomido de orín
hacía un calor pesado, pegajoso. El chofer llevaba la radio a todo volumen. Con
discreción, con respeto, con anticipación considerable, los pasajeros le pedían a veces
que por favor, señor, parara, si quería. Escobar bajó aproximadamente a la altura de la
torre del Hilton, con dos monjas. Una tercera se quedó colgada de la puerta del bus y
temieron, perderla, pero el chofer, compasivo, paró unos metros más allá. Se abrazaron
las tres, felices, llenas de dientes de oro. Escobar caminó con el sol en los ojos rumbo
al cielo inundado de luz blanca. Hacía meses que no compraba hierba, y dudaba de saber
encontrar la casa de Golmundo -¿se llamaba Golmundo? ¿Gesualdo? -y dudaba aún mas de
que la hierba de Golmundo le sirviera esta vez para salir del paso. Díme cómo me arranco
del alma esta pena de amor, esta pena de amor... Trepó las callejuelas en pendiente de
detrás del hotel, empedradas y secas, vigiladas desde lo alto de un alféizar con
geranios por un gordo gato blanco que al paso de Escobar cerró los ojos con asco. Era ya
otra ciudad, más vieja, más pobre, más provinciana. Tapiones ciegos pintados de colores
pastel en la luminosidad intolerable de la mañana. Sombras rígidas, angulosas. Tejados
de teja parda, áticos falsos, puertas verdes y estrechas de madera. Olor a aburrimiento.
La casa de Golmundo o de Gesualdo, si era esa, estaba cerrada a piedra y lodo, abandonada.
Se asomó por el hueco de una ventana rota. Olía a mierda.
- ¿Un cien, hermano?
Era un hippy mugriento, macilento, con una camiseta manchada de pintura que
anunciaba "Colombiana, la Nuestra". Tenía los dientes negros y carcomidos, y
ojos muertos.
- ¿Un bazuko?
¿perico? ¿un ciencito?
- Un cien.
- Fresco, hermano.
Y a pasos despaciosos el hippy se alejó con los cien pesos.
Nunca
volvió. Escobar se quedó parado un rato en medio de la calle, sudando al sol entre
niños que jugaban al fútbol. Luego echó calle arriba, hacia el oriente, atravesó un
río de automóviles, siguió subiendo hacia los cerros por calles empinadas, ya sin
pavimentar, que terminaban de repente en unos prados donde pacían ovejas. Un niño
solitario se divertía en cuclillas escupiendo en un charco que espejeaba al sol. Tendría
tal vez cuatro años. Escobar no entendía mucho de niños. Mira, Fina: hubiera podido ser
nuestro hijo.
- ¿Venden hierba por aquí?
El niño le indicó con el dedo una puerta metálica, sin dejar de escupir
con atención reconcentrada en el charco putrefacto. Su largo hilo de baba cabrilleaba en
la luz. Escobar golpeó a la puerta, le abrieron, pidió un cien.
- ¿Es buena?
- De la Sierra, broder.
- ¿Pero es buena?
Se palpaba áspera, cobriza, crujiente en su envoltorio de papel periódico.
- Tiene mucho rastrojo -se quejó.
- De la mejor, hermano. ¿Quién lo recomendó?
Escobar señaló vagamente en dirección al niño que escupía en el charco,
pero hubiera podido estar señalando toda la vastedad urbana hasta los lejanísimos
plásticos de los invernaderos que centelleaban en la luz de occidente. Más allá de la
ciudad inmensa, la Sabana se abría como un inmenso lago hasta la cordillera.
Bajó de
nuevo, acariciando en el bolsillo su envoltorio de hierba de la Sierra, haciéndolo
crujir. El niño del charco le tiró una piedra, que no le dio, y salió corriendo a
esconderse. En un talud lleno de pasto, a pleno sol, se masturbaba un loco quejándose en
voz alta:
- Ay, mamacita. . . Ay, mamacita. . . Ay, mamacita. . .
Escobar echó a andar hacia el norte por la carrera quinta. Se paró en una
esquina a armar un cacho, pero vio con temor que estaba a veinte pasos de una estación de
policía. Recordó que tenía hambre. Entró a una tienda. Atarugó de hierba, para
probarla, la punta de un cigarrillo. Le pidió desayuno a una señora gorda y maternal.
- Uuuuh, eso a estas horas ya será su almuercito, sumercé. Qué le pongo. Sus
costillitas de marrano, sus papiTas chorreadas.
Quería
desayunar. Eran las doce apenas. Pidió changua con huevo mientras fumaba lo que había de
marihuana en su cigarrillo. Le supo un poco seca. Miró los almanaques colgados en el
muro: una rubia en vestido de baño anunciaba cerveza. ¿Angela? No, no era Angela, aunque
el mundo es un pañuelo. En la mesa de latón pegachento había moscas, tornasoladas en la
penumbra. Un Sagrado Corazón fosforescente pendía de una pared: recordó otro igual,
hacía ya tiempos, en casa de Cecilia, la noche de los bares. Cecilia. Fina, mi amor.
Díme como me arranco del alma esta pena de amor, esta pena de amor. Volvió a fumar. Era
una hierba buena, de la Sierra.
La señora maternal le puso un gran tazón humeante de changua.
- Su arepita, su pique de ají bravo aquí en esta coquita. Esta bravo, sumercé. ¿No le
provoca un aguacatico?
Se quedó contemplando embelesado el huevo tibio que nadaba entre dos aguas
en el líquido lechoso, como un niño en un vientre. Rasgó la yema hinchada con el filo
de la cuchara, dejó escapar una cinta naranja que se desenrolló en lentas volutas
mucilaginosas por el tazón desbordante, oloroso a culantro y al aroma pugnaz de cebolla
picada. - Changua -pensaba, jugando a abrir con la cuchara nuevas heridas rojas en la yema
del huevo. -Changua, changua.- La palabra le sonaba salada y quemante, y como si debiera
escribirse con diéresis: changüa. El aguasal (¿aguasal?) picaba la punta de la lengua,
los finos tallos del culantro crujían bajo los dientes. Cada cucharada era un prodigio,
rayada de verde, rielante, reflejando invertido y diminuto el rectángulo de luz recortada
de la puerta, y glogloteaba al pasar por su garganta, caliente en el esófago, cayendo en
un chorro grueso allá adentro, en donde ya no lo sentía. Pero podía ver en colores, si
cerraba los ojos, el estremecimiento del estómago al iniciar sus movimientos
peristálticos, el goteo de los jugos gástricos en las paredes cavernosas, el píloro y
el yeyuno-ileón, rosados y amarillos, del tamaño de un dedo, iniciando sus
imperceptibles contorsiones con disciplinado esfuerzo. Con los ojos cerrados no le sabía
a nada la changüa. Probó la arepa, amarilla, con la reja de la parrilla quemada en
negro, acarició con la lengua el sabor ligeramente dulzón y granulado del maíz.
- Otra changua, señora, por favor.
- ¿No quiere más bien su carnecita asada, su buena lengua, su torta de menudo? Eso con
tanta changüa se va a embuchar. O sus buenas criadillas, su pezuña, su pierna de gallina
guisada. . .
- No, no. Changua, por favor. Changua.
- Su mazamorrita de sal, su cuchuquito. . . Eso para que tanta changua, sumercé, eso ni
alimenta.
Soñó con la changua que vendría, sumido en una placentera expectativa,
fumando. Y llegó al fin, igual a la primera, con un huevo flotante que parecía gemelo
del anterior y la misma blancura modesta de la otra.
Pero no era lo mismo. La misma sal, la misma arepa. Pero no. Había sido un
error querer resucitar aquella maravilla. Hija del pasado. El pasado, a un minuto de
distancia-inalcanzable. La traba le había salido fluctuante y volandera, e incluso
metafísica. Era verdad: la hierba era potente.
Apartó la
taza apenas mediada.
- Una cerveza, señora, por favor -pidió.
- ¿Y ahora? ¿qué, no le cupo? Eso hasta lo bueno cansa. ¿No quiere su gallinita
guisada, ahora sí? O su buena pezuña, sus chicharroncitos, sus chunchullos, su bofe...
¿Una buena fritanga con de todo? Le pongo su mazorquita asada en un platico sus buenas
rellenas, su chorizo, su carne bien tiernita, su lomito de marrano bien tostadito, bien
sabroso.
La señora gorda lo miraba maternal, limpiándose las manos coloradas en el
vientre. En el fondo, sentado en un bulto de papas, distinguió un borracho que no había
visto antes, completamente inmóvil, con una cerveza en la mano y veinte cascos vacíos en
la mesa. Pidió una buena fritanga con de todo, y la comió chorreándose de grasa,
envuelto en un olor a cuero chamuscado y humo de leña.
- Su papila criolla.
La señora
gorda le puso una bandeja de papitas criollas arrugadas y amarillas. Tenía ya media
docena de cervezas vacías en su mesa, entre las moscas perezosas, pero todavía le
faltaban bastantes para alcanzar al borracho inmóvil del fondo. Bebía a pico de botella,
y le quedaba un cuajaron de espuma blanca en el bigote de tres días. Se sentía
tranquilo, protegido. Las moscas caminaban por el rostro del Sagrado Corazón, por el
vestido de baño negro de la niña rubia que anunciaba cerveza, a quien alguien le había
ennegrecido con lápiz los incisivos superiores. Una ancha cinta de sol golpeaba ahora en
su mesa. Eructó unos relentes agrios de chorizo y cerveza. Se sacó unas hilachas de
marrano de entre dos muelas. Encendió su chicharra.
- Su postrecito de natas, su arequipe, su dulce de breva- propuso la señora gorda.
- Un tinto no más, señora, gracias.
- Pero eso sí le va a tocar puro tintico de olla, sumercé. Eso aquí como no somos
modernos. . .
Salió al
sol del comienzo de la tarde, sintiéndose pesado, satisfecho, parándose a eructar cada
dos pasos. Compró cigarrillos en una esquina. Andaba flotando, como si caminara sobre el
agua. Al cabo de una cuadra, sin embargo, empezó a sentirse ligeramente paranoico.
Atravesó la calle para evitar un policía de verde que parecía dormido, parado ante su
poste, inmóvil, como sumido en una profunda catatonía. Se sentía perseguido. "La
subversión no descansa", había dicho Ceballos. Al cruzar cada bocacalle tenía que
volver sobre sus pasos para cerciorarse de que no había sido atropellado por un carro,
como pasa a menudo, y veía su cadáver despatarrado en el asfalto, rodeado de un corrillo
de curiosos. Al pisar evitaba las ranuras del piso, o a veces plantaba firmemente ambos
pies sobre ellas, con los brazos en jarras, desafiante, afrontando lo que fuera, un rayo o
un abismo repentino, mientras los transeúntes tropezaban con él y lo injuriaban. Con
asombro, descubrió que había llegado caminando hasta la mitad del Parque Nacional, en
donde rechinaban con estrépito la gran rueda y un carrusel de caballitos, girando
lentamente, cargados de adultos. Pensó que debía ser domingo. El cielo estaba azul,
surcado por escasas nubes redondas y muy altas. Empezaron a herirlo los gritos y las
risas, los chirridos del carrusel, el martillear de fierros. Se alejó. Se adentró en un
bosquecillo de eucaliptos, se tumbó bocarriba, sintiendo fría la tierra bajo el pasto
ralo y las hojas secas y las campanitas de madera de las pepas caídas. Armó otro cacho
de hierba de la Sierra y fumó medio, bocarriba en la tierra.
Las nubes, ahora más numerosas, avanzaban en el viento con orden. Un orden
imperfecto, sin embargo. Había una que parecía perder ventaja, que en un momento dado
incluso pareció devolverse, pero ya para entonces se había convertido en otra nube,
absorbida por un grupo de nubes que pasaban formadas como monjas en paseo, con las cofias
aleteantes y blancas, y se convertían luego en un gran cisne y en un tanque de guerra. Se
fueron. Pasaron otras. Una perseguía a otra sin llegar a alcanzarla, lograba acercársele
hasta casi tocarla e incluso rasguñarla un instante con una zarpa de gasa, y la perdía
otra vez: burlona, más ágil y más blanca que su perseguidora, que sin duda era macho, y
ella hembra. Y se fueron también, tan alegóricas, se disolvieron en el aire. Luego vino
una grande, pesadota, tan densa que sólo tenía el borde luminoso de plata. Y se
ensombreció el día y Escobar sintió repentinamente frío y miedo de la lluvia. Pero
también pasó esa nube. El sol calentaba otra vez, los eucaliptos mecían sus altos
troncos rojos, bamboleaban muy arriba en el viento sus follajes plateados, dejaban caer un
amplio rumor de seda restregada. Pasaban pájaros, altas golondrinas veloces, negras y
caprichosas como moscas. Oyó lejos el ladrido de un perro. Una mirla grande y negra
aleteó y voló de un eucalipto a otro. Graznó dos veces y volvió a volar más lejos.
Una pepa cayó a su lado desde arriba, plateada y azul, con un sonido blando entre la
hierba.
Una punzada brusca lo hizo cerrar los ojos: Fina no iba a volver. Se había
ido para siempre. Pero al cerrar los ojos contra la luz del cielo había empezado a ver
colores fascinantes a través de los párpados: escarlatas, anaranjados, amarillos
violentos de cromo, rosados brillantes, una lluvia de puntitos violeta. Bajo su cuerpo
tendido sentía el movimiento rotatorio de la tierra, majestuoso, y al abrir los ojos
veía otra vez el pausado girar de las copas de los árboles, alto y sonoro, atravesado
por golondrinas como flechas. Sentía que su coxis había empezado a echar raicillas que
se clavaban ávidas en el suelo, buscando la humedad, topándose con chizas y babosas,
contorneando sin lucha las raíces fibrosas de los eucaliptos, enredándose con las
raíces frías de la hierba. Aquello tenía una inequívoca textura de domingo.
Lo despertó un perro olfateándole la cara. Huyó espantado cuando Escobar
se incorporó de un brinco. Otra vez tenía hambre. Se puso en pie entumecido, con un
dolor de humedad en los riñones y tiritando de frío, aunque el sol seguía alto. Tenía,
viéndolo bien, un hambre atroz. Estaba ya demasiado lejos para volver a la tienda materna
de la gorda. Entre las maquinarias de diversiones encontraría comida, una buena fritanga
otra vez, morcillas rezumantes de grasa, chorizos olorosos a humo y a especias, tal vez
incluso un pedazo jugoso de ternera no demasiado carbonizado por las brasas. O por lo
menos perros calientes con mostaza. Pero sólo encontró papas fritas, reblandecidas en su
talego de papel celofán, y bolsitas de patacones resecos, de maní dulce, de chicharrones
acartonados. Compró una nube rosada de algodón de azúcar que fabricaban en una máquina
misteriosa, y que se le pegó inmediatamente a las barbas crecidas. Para compensar el
dulce compró un talego de maíz tote fabricado por otra máquina admirable, pidiendo que
le echaran mucha sal. Y fue peor. No resistía el fragor estridente de los hierros, los
empujones de la gente el girar contradictorio del carrusel y la gran rueda, los chillidos
de los carritos locos, la música de los altoparlantes, los gritos de la muchedumbre
dominguera. La sed, que inexplicablemente había confundido con ganas de comer maíz tote,
vino a manifestarse claramente cuando ya iba muy lejos, frente al bosque de su siesta.
Demasiado lejos para volver atrás una vez más. Pero era una sed espesa. Pero, ah, de
nuevo el ruido, los empujones, los olores. Vaciló largamente, dando un paso adelante y
otro atrás, como aconseja Lenin. Al otro lado de la calle, en su bosque de eucaliptos,
vio a un niño que jugaba a arrojar en el aire y volver a coger una pelota de oro, como
una visión mitológica. Tenía que ser una naranja. Se le hizo agua la boca.
-¡Te la compro! -gritó desde su propio lado de la calle, por encima del zumbido veloz de
los automóviles. Era efectivamente una naranja: el niño la peló con las uñas, hundió
los dientes en la pulpa blanca, manchada de dorado. Escobar pudo ver que el jugo le rodaba
por la barbilla y apenas podía contenerse para no arrojarse al torrente de carros.
-¡Te compro lo que te queda! -volvió a gritar. El niño levantó su naranja mordisqueada
a la luz, sonriendo. Y sin previo aviso la tiró con toda su fuerza contra el ancho
parabrisas de un automóvil que venía a toda velocidad. La naranja estalló en el vidrio
lanzando al sol un chorro de diamantes, y el carro pareció perder el control por un
instante, hizo unas cuantas eses en medio de un aullido pavoroso de llantas desgarradas y
fue a parar cincuenta metros más allá. Regresó en rápido reverso y frenó delante de
Escobar. Se bajó un señor gordo, sudoroso, de patillas espesas y rizadas y ojos
inyectados en sangre. El niño, parado en su talud al otro lado de la calle, hizo un
saludo militar. El señor disparó apoyándose en el techo de su carro, aferrando con la
mano izquierda la gruesa muñeca derecha en torno al reloj de oro para afinar la
puntería. El niño echó a correr zigzagueante entre los árboles. Cuando hubo disparado
seis tiros y el niño no era más que un pequeño blanco movedizo que trepaba el monte a
la carrera rumbo a los barrios de invasión, el señor gordo volvió a cargar entre
bufidos su pistola, subió a su carro y arrancó, rutilante y rugiente, haciendo gritar
las llantas en la primera curva.
A Escobar
le flaqueaban las rodillas, y los carros que en ningún momento habían dejado de pasar lo
rozaban veloces, arrojándole bruscos ventarrones calientes mientras se tambaleaban por el
borde de la cuneta. La sed le atenazaba la garganta, pero se le había pasado por completo
la traba. En cuanto pudo bajó a la carrera séptima, entró a una heladería, pidió una
Coca-Cola helada. En la pared había un cartel, con una niña rubia sonriendo en vestido
de baño: "Colombiana, la Nuestra". Tampoco era Angela. Recordó de pronto a la
compañera Zoraida, que se jugaba la vida en la lucha contra la penetración imperialista.
Rechazó la Coca-Cola.
- ¿Qué tiene, que sea
de industria nacional?
- Kist, Lux, una Postobón -sugirió la empleada. Todas sonaban mucho más entranjeras que
Coca-Cola. Pidió con acento patriótico:
- Colombiana, la Nuestra.
Bebió a
largos tragos el líquido dulzón, el sabor de la patria.
Su casa, al fin. La
sirvientica de trenzas lavaba la escalera.
- ¿Los domingos también lavas la escalera?
- Eso una no descansa. . . -dijo la sirvientica poniéndose roja de vergüenza. La
explotación. La plusvalía. Pasó saltando sobre los charcos jabonosos. Por la ventana de
la tarde entraba una seca luz de cobre. Puso a Telemann. Encendió la chicharra todavía
larga y amarilla, chisporroteante cortada de estallidos de semillas, y el aire se fue
poblando de lentas volutas amarillas. Le extrañó muchísimo encontrar limpio el
cenicero. Miró en torno, súbitamente alerta. ¿Fina?
- ¡Fina!!!
No estaba
en la cocina ni en el baño ni en su cuarto, Fina, en nuestro cuarto. Pero estaba lavada
la cocina, los platos ordenados en montoncitos todavía goteantes, la cama tendida, los
ceniceros limpios. ¿Henna, tal vez? Henna no tenía llave. Y Henna hubiera esperado
encerrada en el baño, por ejemplo, y a su llegada hubiera brincado incontenible como un
muñeco de resorte, llena de risas y gritando ¡sorpresa!. No: surprise. ¡Surprais! Era
Fina, olía a Fina, sólo Fina, de entrada, hubiera procedido a vaciar los ceniceros, era
posible incluso rastrear la pista de Fina a través de cordilleras y desiertos siguiendo
su inequívoca estela de ceniceros limpios. Ah, Fina, ya volviste otra vez, mi amor, yo te
esperaba. Creía que estaba solo para siempre en esta vida, mi amor, sin tí. Te esperaba,
mi amor. Una oleada de ternura le saltó de repente del pecho hasta los ojos, haciéndolo
sentarse. Fina, mi amor. . . Estás aquí otra vez, y la casa está limpia. Tu casa.
Nuestra casa. Todo está igual que cuando tú te fuiste: yo no he tocado nada. En tu
ausencia, se han secado las flores.
¡Flores!
Flores, mi amor, no te he comprado flores. Volverás entre flores. No vuelvas a volver
hasta que yo haya vuelto con tus flores. Corrió a la calle, compró brazadas de flores,
crisantemas, gladiolos, rosas rosadas y amarillas, hortensias del tamaño de la cabeza de
un niño, unas chiquitas, blancas, campesinas, cuyo nombre ignoraba: gypsofilias, le dijo
la florista. Subió las escaleras corriendo, derramando una lluvia de pétalos en los
recién lavados escalones: más trabajo para la sirvientica - y ahora que Fina había
vuelto sentía un remordimiento por haber deseado a la pobre sirvientica, tan
insignificante, tan accesible, tan vecina- y a Patricia, y a Cecilia, y a Angela. . . No
más, mi amor, no más: soy todo tuyo, ya no huelo a otras, tendremos un hijo cuando
quieras, o dos. Llenó de flores todos los recipientes que encontró. Se duchó. Se puso
una camisa limpia. ¿Se afeitaría? No: esta barba es tu barba: juntos los tres
empezaremos una nueva vida. Pensó que lo del hijo había que pensarlo mejor. Convencería
a Fina de que esperaran un tiempo. Bañado, limpio, listo, se sirvió un whisky y se
sentó a esperarla.
Al segundo whisky Fina no había llegado todavía. Impaciente, nervioso, dio
vueltas por la sala. Se paró ante su mesa; ordenadas en un montoncito estaban las hojas
de la carta de Henna, y encima de la carta, pisándola, el sostén de Patricia. Se quedó
frío. Se tranquilizó: Fina, furiosa, claro, y con razón. Pero había vuelto, había
vuelto a volver. Tiraría a la basura los trapos de Patricia: un homenaje a Fina, un
sacrificio expiatorio. Al mismo tiempo, le pareció que era una tontería tirarlos. Los
escondió en la biblioteca, entre los libros. Se sirvió un nuevo whisky y se sentó a
leer la carta de Henna para matar el tiempo. Eran seis páginas por lado y lado, escritas
con su letra grande y redonda, numeradas a todo lo ancho de la hoja con números grasosos,
rojos, hechos con lápiz de labios.
Querido Ignacio:
¿Con qué derecho lo llamaba querido? El no la quería.
Lo vi esta noche saliendo del Bauteau Fantôm (se escribe así?) (bueno usted sabe que yo
no se francés), o mejor dicho, entrando, los que salíamos éramos yo con Ernesto y unos
primos suyos que habíamos ido a comer mariscos y al salir qué veo, Ignacio Escobar con
"otra", sentí una cosa , ¿sabe?, no sé, yo sí esperaba encontrármelo a
usted un día para que habláramos pero no así, yo con Ernesto y usted con
"otra", me sentí lo más raro. Bueno, no sé como decirle, pero
"quiero" hablar con usted, "tenemos" que hablar, me la he pasado
llamando a su casa y su teléfono siempre ocupado ocupado ocupado, "tenemos" que
hablar Ignacio yo sé que a usted no le gusta esto de que "tenemos" ni nada de
eso pero es por eso, usted me dijo que era que tenía que irse a donde su mamá y yo me
quedé esperándolo y eran "mentiras" lo supe después. Así que ahora sí.
"por favor", tenemos que hablar, usted mismo se da cuenta.
Eso es
lo que quería decirle, yo siempre trataba pero usted que no, que después. Porque usted
es "egoísta", a lo mejor usted mismo no lo sabe porque no se ha dado cuenta o
no se lo han dicho, no sé, aunque su mamá me ha dicho que muchas veces ((ah, le
"tengo" que hablar de su mamá, estamos íntimas, yo la adoro))
¿Con qué derecho adoraba Henna a su mama?
Yo a su
mamá le creo todo pero es que a lo mejor no se lo ha dicho nadie que lo
"quiera" ((¡¡"no lo digo por "ella", no crea"!!)), porque
yo creo que a usted lo "quise" y usted a mí me "quiso". . . no es que
lo crea es que estoy "segura". . . así que déjeme decirle porqué es porque lo
quiero, usted es puro puro puro egoísmo. Usted es "totalmente" egoísta!!!
Y usted cree que eso no es "malo" pero yo creo que sí, no digo
"malo" en el sentido de pecado ni eso ¿no?
sino "malo", usted
me entiende, no como de la Iglesia ni eso sino "malo", de eso hemos estado
hablando mucho con su mamá y con el amigo de ella monseñor que es un viejito adorado, yo
lo adoro, no parece "cura" ni nada sino al contrario muy moderno, como muy
psicólogo (¿se escribe así?) y es cultísimo. Bueno usted lo conoce mejor que yo, él
me dijo que lo había bautizado, para qué le cuento. Bueno usted cree que ser
"egoísta " no es "malo "y a mí me parece que es por eso que usted
está tan "mal" se lo digo en serio Ignacio. Yo creo que usted no
"puede" ser feliz porque es demasiado demasiado demasiado egoísta, pero lo que
se dice demasiado. Y así uno no puede ser feliz aunque quiera ni por mucho que quiera
sino al contrario, es infeliz porque se quiere demasiado uno mismo ¿ve? Yo no sé si
queda claro, por eso es que quiero más bien que hablemos porque usted sabe que yo no sé
escribir, sino cartas ((bueno esto es una carta ¿no? ja ja)). . . Usted lo que le pasa es
que cree que siendo "egoísta" está más protegido y no le pasa nada ni nada y
es puro por el contrario, que al contrario lo que le pasa es que es tan tan tan tan tan
egoísta que así no puede vivir de lo puro egoísta sino que es como si se estuviera
muriendo. Yo no sé si está claro lo que quiero decir, por eso me gustaría mas bien que
habláramos, si es que usted puede,
claro, si es que su egoísmo lo deja
"hablar" y perdóneme que se lo diga (((no es por nada pero yo creo que usted
sé portó muy "mal" conmigo diciéndome "mentiras" cuando me dijo que
se iba a vivir a donde su mamá y no sé qué y sí se cuántos que después yo supe que
eran "mentiras", pero bueno)))
Le va a
parecer una bobería que se lo diga pero yo creo que hay que "darse" Ignacio, en
eso yo no estoy muy de acuerdo con su mamá, yo creo que hay que "darse" y eso
es lo que le pasa a usted que no se "quiere"," dar". Lo que pasa es
que yo creo que usted todavía eso no lo ha entendido y por eso está tan "mal".
Hay que "amar" (((yo sé que suena una bobería))) y yo creo que lo que le pasa
a usted conmigo es que le dio susto "amar" y le dio susto "darse" y
por eso fue que se tuvo que poner a inventar todas esas "mentiras" (pero no
importa). Yo tampoco entendía, no crea, pero es ahora que he entendido con Ernesto y
quiero que usted también lo entienda (nos vamos a casar ¿no le había dicho?), usted le
pasa que no se da porque se quiere demasiado y es por eso que no puede vivir.
Yo no lo entendía tampoco, ya le digo, lo he entendido es ahora ya
"después". He entendido muchas cosas "después'' hablando con su mamá,
con Ernesto, con monseñor Botero Jaramillo que es un cura increíble (él nos va a casar)
((quiero hablar con usted "antes")) Escobar se estremeció. Fue a servirse
otro whisky. Fina no aparecía.
(((aunque claro,
usted va a decir que no, seguro, no sólo por lo del egoísmo que le digo que al fin y al
cabo a mí qué más me da, el que pierde es usted, sino peor, por pura
"vanidad" que usted nunca nunca nunca se va a querer reconocer a sí mismo que
se pudo haber equivocado porque eso es lo que es usted un "vanidoso" y un
"egoísta", pero eso sí quién pierde)))
Quiero "VERLO", Yo sé que usted no me ha querido llamar ni nada y
que se está escondiendo pero no se esconda de mí Ignacio yo ya no lo quiero a usted no
me tenga "miedo", yo quiero a Ernesto, y el amor es lo único, lo único, lo
"único", ojalá usted se dé cuenta y ojalá le vaya bien, yo quiero lo mejor
para usted. Pero tenemos que "hablar", no por mí, por usted, por los dos. Yo
creo que le puedo ayudar (usted va a decir que qué boba ¿no?) o no ayudarle, porque
usted no se deja ayudar, sino hacerle "ver", para que pueda ser feliz usted
también. Yo ahora soy feliz con Ernesto. ¿Y sabe por qué no éramos felices los dos
cuando vivíamos juntos? pues por eso, porque usted no se "entrega" Ignacio y yo
creo que vivir es "eso" (fíjese ahora me acabo de poner a llorar yo sola como
una boba sólo de acordarme, tan boba ¿no?). Bueno.
O mejor dicho a lo mejor es que usted no quiere vivir, y entonces sí allá
usted, yo no le puedo ayudar ni su mamá ni "nadie" (su mamá lo conoce muy
bien, no es que ella no lo quiera a usted sino que es así, pero ella es su mamá, es una
vieja sensacional, tengo que contarle, hablamos de todo), bueno.
Usted
sabe que yo no soy escritora ni nada Ignacio (el escritor es usted, ja ja), por eso a lo
mejor no entiendo, pero yo creo que es por eso que tampoco puede escribir (qué tal que no
fuera escritor, ja ja),
¿se acuerda que yo le decía que me escribiera un poema de
"amor" y usted no podía?
Escobar
sintió un mareo de rabia al recordarlo.
pues sabe qué? seguro era por eso. No era que no pudiera como usted creía sino que en el
fondo no "quería" porque le daba "miedo", perdóneme que le diga, por
"cobarde". ¿Por qué no se dejaba llevar, y se sentaba, y me lo escribía? Pero
claro, es que usted no se deja "llevar", por eso es que no vive las cosas sino
que se sienta ahí a pensarlas y perdóneme que se lo diga pero a mí me parece que usted
piensa "demasiado " las cosas y no hay que pensarlas "tanto", hay que
dejarse llevar. Yo no sé sí será como dice Leonor que es
¿Leonor?
¿Con qué derecho llamaba Henna "Leonor" a su mamá?
un problema suyo de "carácter", claro que ella lo conoce más que yo (desde que
nació, ja ja) (((Ah, antes de que se me olvide Ignacio que llame a su mamá. Usted no va
nunca a verla y ella está muy sola a veces, yo la acompaño todo lo que puedo pero claro,
no es lo mismo»). Pero bueno, es que usted piensa las cosas demasiado ¿no cree?
He estado pensando (ja ja: y yo diciéndole a usted que no piense tanto!!!
pero es en serio, he estado pensando mucho, no sólo de lo nuestro sino de todo, monseñor
Botero me dio a leer unos libros) (Nitch, bueno, de todo! ¿Usted ha leído a William
Bleik (¿se escribe así?), en eso que dice de que empuja tu arado sobre
osamentas
de tus antepasados? No parece cura, ya le digo, yo lo adoro), pero bueno, lo que le
decía: he estado pensando, y yo creo que lo que le pasa a usted es eso, que es
"cobarde". No cobarde de cobarde, ¿me entiende? sino cobarde de que le dan
miedo las cosas porque
las piensa "demasiado" y después le da miedo
vivir las
cosas ¿me entiende? (por eso es que quiero que hablemos, Ignacio, usted
sabe el trabajo que a mí me cuesta
escribir) (y eso que ahora llevo ya ni sé
cuántas páginas,
no sé, me dieron ganas de escribirle. Pero quiero que hablemos.
Yo creo que ahora si podemos "hablar" ¿no? porque antes era haciendo el amor
todo el rato (esto no se lo vaya a contar a Ernesto, ja ja). Pero por ejemplo yo pienso
que usted es "cobarde" porque no se atreve a decirse la verdad usted mismo ¿me
entiende? No digo que me diga la verdad a mí (o a mí no, digamos a cualquiera, no sé, a
Fina (si no le importa que le nombre a Fina ¿sabe que no la volví a ver nunca? Yo no sé
qué cara le hubiera puesto, porque imagínese) o digamos a la "otra" con que
estaba esta noche (¿quién es? ¿Yo la conozco? Apenas pude verla, como usted no más me
vio y salió corriendo. Pero su prima Lucía me dijo que usted había sido así siempre,
que nunca lo reconocía a uno ni lo saludaba ni nada. ¿Sabe que es muy querida su prima?
Pero Juan Manuel sobre todo, a mí me hace reír todo el tiempo!!! ¿Sabe que van a tener
un bebé???!!!))) bueno, ahora me toca leer de para atrás a ver que era lo que estaba
diciendo. Bueno.
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