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IX

Un vaso de agua.

EL resto de la noche lo pasé sin dormir, andando como perdido por las calles del pueblo. El amor y los celos estaban produciendo en mí los mayores estragos. La mañana me sorprendió sentado en los bancos de un corredor de la plaza. Fuí temprano á mi posada, en donde encontré á mi amigo, que todavía reposaba, pues había pasado la mayor parte de la noche en el billar. Al sentarnos á almorzar notó mi palidez y descomposición, y empezó á darme broma y á zumbarme, atribuyéndolas á causas muy diferentes, y sin recelar la mortal angustia de que era víctima. Díjome luego que despachase pronto el almuerzo y fuera á vertirme lo mejor que pudiese, pues había aquel día un paseo al «Limonal», á donde concurrirían las familias más notables y elegantes; que seríamos presentados á ellas por su antagonista en el juego del billar, cachaco elegante y de muy buenas relaciones. Añadió que habría comida en el llano, carreras y baile, y que todos esperaban que esta reunión sería muy alegre y divertida.

Como es fácil de imaginar, esta noticia colmó de placer mi corazón: tomé un baño, me peiné y me puse una levita gris, de merino, un pantalón de paño listado, un chaleco de seda, boti­nes de ante, un bello reloj con su cadena de oro, y un sombrerito de paja, antioqueño.

Partimos, en fin, y llegamos al «Limonal», en donde se hallaba ya la mayor parte de los convidados. Recibiónos el padre y la mamá de Elisa con la atención y finura de su clase, y fuímos invitados á tomar parte en el regocijo de aquel día. La comida estuvo deliciosa, y se sirvió sobre la verde alfombra del césped. Se bailó al compás de tiples y bandolas escogidos; se cantó en coro, pero aun faltaba lo mejor en aquella partida de placer. Debajo de un frondosísimo caucho, se había levantado un tablado ó trono, en donde debían ostentarse las bellezas de aquella risueña y alegre compañía. El citado estrado presentaba el as­pecto de una tienda de campaña ó dosel cubierto de cortinas de escarlata, y se asemejaba en un todo á aquellos tronos que en los campamentos de la Edad media se levantaban para que las damas enamoradas premiasen á los vencedores del torneo. Mi diosa ocupaba el centro sentada en una otomana colorada , ro­deada de sus lindas compañeras, que le formaban una corte , y descollaba entre todas como la rosa en medio de las demás flo­res, ó como la luna en medio de las estrellas. Su traje era encantador , y en él resaltaban el blanco y el turquí , y el lindo Sombrerillo, que tan bien acentuaba aquella aristocrática cuanto graciosa belleza, le daban el aire de Armida en el torneo de Ascalón, ó de Eleonor de Guyena ó de Matilde delante de los muros de Jerusalén. Ella debía premiar á los vencedores arro­jándoles un ramillete de flores. Yo no tenía ojos sino para contemplarla, y no debiendo tomar parte en la liza, sentéme con mi compañero eu un tronco seco, á alguna distancia de aquella bellísima tienda de campaña, que encerraba en aquellos gratos y deliciosos momentos todo lo que existia para mí de amable sobre la haz de la tierra.

Empezáronse las carreras de caballos: al frente de aquel ár­bol se extendía un dilatado llano tan terso y unido como un tapiz, á cuyo término se hallaba una pared que debía ser el límite de las apuestas.

En la primera carrera fue vencedor mi rival, que estaba montado en un ligerísimo tordillo.

Vino y recibió de mi amada un ramillete que colocó en el ojal de su levita. Mi corazón se llenó de celos, pero al prodigar aquel lisonjero cuanto inmerecido favor, debido solo á la bon­dad del caballo, noté que Elisa lo hacía de una manera fría é indiferente, que en nada dejaba vislumbrar la preferencia hacia un amante adorado, ó el orgullo de una dama en los triunfos de su caballero.

Después de las apuestas siguieron las sortijas, y mi rival es­tuvo ya muy distante de alcanzar el galardón. Ultimamente se jugaron las apuestas al salto de á pie, pero en nada tomé parte, no estando en disposición de hacerlo. Mis ojos no se apartaron en toda la tarde de su hermosa mirada, y tuve la dicha de no­tar que ella no daba preferencia á ninguno de los jóvenes que se hallaban presentes.

Como el calor de aquella tarde era excesivo, y grande el bochorno, volvióse Elisa á buscar con los ojos alguna persona de su servidumbre á quien pedirle un poco de agua fresca: lancéme al punto, y tomando una de las hermosísimas copas de cristal que aun quedaban en la mesa del festín, la lleno presuroso en la cristalina corriente, y, adivinando sus deseos, corro á presentársela para que refrescase con ella sus delicados labios y calmase la agitación de su ardoroso pecho.

Recibióme con mucho agrado; y al darme las gracias, me suplicó perdonase lo que ella reputaba como molestia. Puso la copa sobre el plato, y al devolvérmelo me regaló con una dulce mirada y con una amable sonrisa. Noté que había tocado mi mano con sus torneados y delicados dedos; bajé del estrado y apuré el resto del líquido y saboreé con mis labios el néctar que habían dejado ya los suyos.

El sol empezaba ya á ocultarse tras la majestuosa frente de los montes, pues llegaba á su ocaso. ¡Ah! ¡qué de recuerdos y contemplaciones no se presentaron á mi imaginación en aquel momento con el término de la carrera del astro luminoso!... lo instable de los placeres y felicidad humana!... En doce horas, me decía, este astro del día nos ha regalado inundando con su hermosura toda la creación; yo he podido ver y contemplar con su luz esplendorosa las divinas y celestiales perfecciones de que está adornada, cual imágen del Creador, mi adorada Elisa, pero ya su luz muere, las tinieblas se apoderan de la tierra y con su manto aterrador pronto seremos cubiertos todos los mortales; se alejará de mi presencia la que es el hechizo de mis ojos, el embeleso de mi corazón , la conmovedora de mi existencia! y yo... yo quedaré dentro de pocos momentos solo, en compañía únicamente de mi angustiado y lacerado corazón , entregado á mis tristes y dolorosos recuerdos!

Al llegar aquí de mis reflexiones, noté el movimiento de la concurrencia, y observando mi reloj ví que eran las cinco y media de la tarde. Las señoras manifestaron deseos de volverse á la quinta, y como mi rival se hallaba entretenido con otros jóvenes compañeros en la corrida de un becerro , aproveché la oportunidad y la di mi mano para bajar del tablado, ofreciéndola mi brazo para conducirla á su albergue, que aceptó con amabilidad. Experimenté en este momento una inefable delicia, semejante á la que suponemos gozan los ángeles en el cielo. Yo... tener la dicha y el honor de acompañarla! Me consideraba en aquellos momentos el más feliz de los mortales.

En el corto trayecto de nuestro paseo le dije:

- Señorita, creo que las delicias y los recuerdos de esta preciosa tarde no se borrarán jamás de mi memoria.  Ellos son tanto más gratos cuanto me proporcionan los momentos más felices para poder servir a usted de compañeros, tomándome la franqueza de manifestarla que su encantadora imagen no se apartará nunca de mi memoria.  Señorita, el mágico esplendor de tantos hechizos y atractivos ha penetrado en mi corazón: la flecha del amor ha hechos en él una profunda herida.  Yo quisiera, señora, si usted me lo permitiese, ofrecerle todo mi ser y mi alma en holocausto ante los altares de tan sin igual beldad.  Solo temo, señora, que usted desdeñe el humilde tributo que le presento, porque lo estime indigno de usted.

Turbóse un tanto al oír de mi boca aquella inesperada decla­ración, y después de una corta pausa me dijo con agrado:

-Siento infinito, caballero, que mi poco mérito haya hecho en V. tan grande impresión, y no me atrevo á creer todo lo que oyen mis oídos, ni menos que haya podido V. apasionarse tan pronto de mí.

Aseguréla de nuevo de la vehemencia de mi amor, y díjome:

-Todos los hombres dicen lo mismo, quizá para lisonjearnos y estimular nuestra natural vanidad.

Torné á reiterarla la protesta de mi verdadero y eterno amor, manifestándole que mi único temor no era otro sino el de ser desechado por ella y burlado en mis más. Risueñas esperanzas.

-Conserve V. la esperanza, me dijo, pues la esperanza es siempre el consuelo del hombre perseverante.

-Pero si estas esperanzas son engañadas, ¿no seré yo el mortal más infeliz del universo? ¡Ah! V. no me ama... desprecia mi humilde tributo!,.. ¿no es así?

Quedóse perpleja, y díjome:

-Nunca he manifestado á V. que me desagrada. Usted tiene una prenda de mi simpatía: yo espero que V. no la habrá despreciado.

Acordéme del ramillete de jazmín que recogí en el baile, y la dije arrebatado de gozo:

-¿Es verdad, señora, que intencionalmente V. dejó caer á mis pies ese precioso ramillete, divinizado por su contacto hechicero, y que tengo, por lo mismo, algún derecho para deducir que no le soy desagradable?

-Sin duda, me replicó: aquello lo hice con esa intención, y ahora repito á V. que ese jazmín no solo significa y denuncia mi simpatía, sino que ordena paciencia en sus pretensiones, pues lo que V. pretende que yo le declare, no depende exclusivamente de mí sino de otras personas cuya voluntad es para mí una ley.

No nos dió tiempo de seguir aquel interesante y dulce coloquio, la venida del resto de los convidados, que, con bulliciosa algazara y gritos de un desmedido contento, llegaron á nosotros á todo correr.

En seguida entramos en la quinta, en donde á poco se sirvió un abundante cuanto exquisito refresco. El baile debía coronar aquel festín; pero un accidente que sobrevino lo interrumpió. La mamá de Elisa estaba fuertemente accidentada de una repentina jaqueca acompañada de principios de fiebre, debida quizá al su­focante ardor de la tarde, y se hallaba ya en la cama. Apresu­rámonos á despedirnos y regresar al lugar, yo lleno de espe­ranzas y sin recelar serían aquéllos los últimos momentos de placer y de delicia que me quiso conceder un impenetrable cuanto despiadado destino...

Llegamos á la posada, y al entrar en ella mi primer cuidado fué ir á recrearme en mi tesoro: acerquéme á mi adorada cajita, contemplé mi jazmín, aquel mudo enigma que descifraba toda mi pasión y daba una respuesta á mis ansias y tormentos, y que tal vez más tarde sería preludio de aquel sí que yo tenía sufi­cientes esperanzas de oír de sus divinos labios. Mi corazón se serenó un tanto, y sin querer tomar parte en la alegría y baile esa noche, me retiré á mi aposento á recordar los sucesos de aquella risueña y favorecida tarde, sin olvidar sus menores incidentes.

Muy tarde de la noche pude conciliar el sueño, que fué tranquilo y duró hasta muy avanzado el día.

A la hora de almorzar me dijo mi amigo que acababa de des­pedirse de la familia del «Limonal», que partía para el «Hatillo», hacienda situada en las vegas del delicioso río que lleva las aguas del valle de Fusagasugá, y que dista cuatro leguas, en temperamento bastante cálido : añadió que la familia permanecería allí como dos meses, por motivo de la salud del padre de | la familia y porque los médicos le habían prescrito ese temperamento. Llenéme de pesar y de inquietud ,y ví como que la vara de un maléfico genio se interponía para acibarar el principio de mi ventura y retardar el feliz momento que yo ansiaba.

Aquel día trascurrió para mi en una mortal tristeza, acompa­ñada de punzantes celos. A veces me decía yo: ¡Ah! ¡si este maldecido comerciante, este rival, habrá notado que Elisa no me mira mal , y será el promotor de este tan inesperado como infausto viaje!

Aquel fué para mí un día tormentoso y lleno de dolor, y la noche que se siguió, viendo que ya no había encanto para mí en Fusagasugá, resolví mi regreso á esta ciudad , lo que verifiqué solo, porque mi amigo quiso detenerse ocho días más para divertirse y bañarse. Hice una triste jornada, sin más compañía que mis recuerdos, y entré á las cinco de la tarde en la ciudad.

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