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VIII
Un ramo de jazmín.
DESDE el principio tuve cuidado de informarme de la residencia
de la familia de Elisa. Habitaba en el «Limonal,» delicioso sitio
sembrado de casitas de paja, que demora en una colina alfombrada de
verde grama, vestida de naranjos y flores y bañada por un puro y
cristalino arroyuelo.
La siguiente noche á la de mi llegada fui invitado á un baile
que se daba en el salon de la escuela parroquial, como el lugar
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más á propósito para esta clase de reuniones. La música
era bastante buena, la sociedad escogida y amable. A poco rato
llegó mi adorado encanto, en compañía de su familia y del joven
negociante con quien salió de Bogotá, que no excusaba la ocasión de
aparecer como el más fino amigo de la casa y cortejo obligado de la
joven.
Yo no sé porqué la presencia de aquel hombre produjo en mí desde
aquel instante un instintivo sentimiento de mortal antipatía, como
si previera que aquel individuo sería algún día el verdugo de mi
existencia y la causa de mis males.
Al entrar Elisa se fascinaron mis ojos, se conturbó mi ser, y yo
temblaba como tiemblan y se conmueven los estudiantes en un
certamen, en presencia del público y de sus examinadores. Elisa
estaba hechicera con su traje de seda ligero, color plomizo, su
vistoso y lindo tocado y sus soberbias joyas. Llevaba al pecho un
ramo de jazmín cubierto de flores menos románticas y fragantes que
la hermosa y linda flor que se ofrecía á mis ojos. A la segunda
pieza me avancé lleno de turbación y de zozobra y la supliqué me
hiciera el honor de bailar conmigo un
|straws: acogió mi
invitación con benevolencia y yo llegué, por fin, á ver, á tocar
aquella linda mano, aunque al través de finos y suaves mitones, y á
ceñir aquel talle de diosa del Olimpo.
Ebrio de contento, de timidez y de felicidad, trataba de
dirigirle la palabra, pero mi lengua se había adherido al paladar
y mis labios rehusaban obedecerme. Al fin me aventuro y con
alterada voz la digo:
-Señorita, no sé cómo alabar y ensalzar mi venturosa estrella,
que ha colmado, al fin, los votos de mi corazón, concediéndome los
momentos más deliciosos y ansiados de mi atormentada existencia,
los de poder estar tan cerca de V. y gozando de su divina y
encantadora presencia ....»
Sonrióse fríamente, y me respondió
-No creo, señor, que pueda llamarse ventura el estar á mi lado,
ni que V. califique de divina mi presencia en esta rústica y
sencilla reunión.
-¡Ah! señorita, respondíle : no encuentro palabras con que
pintar estos momentos preciosos, y digo poco al calificarlos de
|divinos.
Nada me respondió, pero noté con indecible emoción que la mano
que descansaba en mi brazo imprimía en él un imperceptible
apretón. No tuve valor para decirla más y temblaba de oir su
respuesta; temblaba como el reo que espera la sentencia de muerte
en presencia de su juez.
Concluido el wals, la tomé del brazo y la conduje á su asiento,
pero los ojos del maldecido negociante, que, cual un argos, nos
seguían á todas partes, vinieron á encontrarse con los míos y ví
brillar en ellos un relámpago de furor y de celo, y observé que se
mordía los labios.
No me fué posible aquella noche bailar segunda vez con ella,
pues se interpuso continuamente aquel hombre funesto, que á partir
de aquel momento fué su obligada é inevitable pareja.
El baile concluyó cerca de media noche, y al salir de allí, como
me había colocado detrás del grupo que formaba la familia de Elisa,
á quien daba el brazo mi odioso rival, vi que al disimulo dejó caer
casi á mis pies el ramo de jazmín que antes había llevado como al
descuido á sus divinos labios.
Recogí inmediatamente esta prenda y guardéla. A mi regreso á la
posada coloqué cuidadosamente este precioso botín en una cajita de
cristal, para que no se marchitase y deshojara. Ella me acompaña y
me acompañará, porque la llevo al pecho en un relicario que irá
conmigo al sepulcro.
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