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VII
A Fusagasugá
COMO yo salía siempre á la calle con la esperanza de divisar la
cara luz de mis ojos y la causa de mis tormentos, en una de
aquellas hermosas y frescas mañanas me sacó de mi arrobamiento el
ruido de una cabalgata. Oigo resonar en el empedrado las herraduras
de caballos, y diviso á mí amada en un bellísimo corcel, que, cual
fugitiva amazona, salía de su casa en compañía de otras jóvenes y
de algunos caballeros. Entre éstos iba á su lado el jóven
comerciante vecino de mi acudiente.
Iban á pasar aguinaldos á Fusagasugá, á la linda población de
Fusagasugá. Mi pecho se llenó de celos y de envidia al contemplar
aquellos jóvenes, aquellos mortales felices que iban en su adorable
compañía. Al punto formó una valiente resolución. «Yo también iré á
Fusagasugá, y allí la veré, y tal vez la podré decir que la adoro y
que moriré si no me ama.»
Vuelo al punto en busca de uno de mis mejores amigos y de mi
confianza, y sin revelarle el verdadero motivo de mi excursión, lo
comprometo á que sea mi compañero. Al día siguiente, lleno de las
más lisonjeras esperanzas, salgo en compañía de mi amigo, y juntos
galopábamos, guiados por distintos motivos; él por ir á divertirse,
y yo por llegar á la resolución del enigma de mi existencia. Para
el estado en que yo me hallaba, no podía menos este viaje que serme
muy saludable.
El aspecto de la hermosa campiña y de las frondosas y
enmarañadas selvas, de las puras y cristalinas aguas, la vista de
las bellas casas de campo y de las flores, me distraían algun tanto
de mi fijo pensamiento. Yo juzgaba que ella habría pasado por estos
mismos sitios; que sus ojos se habrían detenido en aquellos bosques
y en aquellos riachuelos; ella ha embellecido con su presencia la
humilde choza del labriego, y yo voy á verla y á morir de amor á
sus delicadas plantas...
Al día siguiente llegamos á Fusagasugá, linda población situada
en un risueño valle, encajado y como perdido entre los nudos de la
cordillera; caserío pintoresco reclinado al pié de las verdes
colinas, sembradas de platanares y de naranjos, mecidos por las
frescas brisas de los bosques vecinos, dotado de un delicioso clima
y de suavísimos y agradables baños. Sí, era allí en aquella mansión
oriental donde, entre la fragancia de los naranjos y jazmines, y á
la sombra de sus árboles, quería dar pábulo al fuego devorador que
me consumía, y entregarme sin reserva al torrente de mi encantado
idilio.
Fusagasugá presentaba en aquellos días un aspecto encantador.
Numerosas familias ricas, de lo mejor de la capital y de las más
acomodadas de la Sabana, habían fijado allí su residencia temporal,
tanto para gozar de la suavidad del clima y aliviar sus males
tomando diariamente un delicioso baño, como por procurar al ánimo
algunos intervalos de descanso y de solaz, alejándolo cuanto es
posible de los cuidados que traen de suyo los negocios y la
política. Una dulce expansión, un generoso abandono parecían querer
hacer derogar los fueros de la riqueza del orgullo. El rico era
allí tratable y comunicativo, y no se desdeñaba de hablar con
dulzura á los que consideraba inferiores y pequeños. El cachaco
había dejado su petulancia y orgullo y jugaba al billar con el
jóven calentano hijo del lugar, ó marchaba gozoso en la bulliciosa
cohorte de sus amigos á tomar sin ceremonia un refrigerante
baño.
Lindas señoritas embellecían y encantaban aquel nuevo Edén:
vestidas de muselina ó trajes muy vaporosos y ligeros, con
sombreros de paja de Italia ó del país, adornados con anchas y
vistosas cintas y sus lujosas sombrillas, recorrían las colinas de
la verde hierba ó se sentaban al pié de los naranjos y chirimoyos,
aumentando el esplendor de aquel florido y fragante pensil. Cuando
el astro del día apagaba sus fuegos y se escondía detrás de las
crestas de los montes, el aura fresca de la noche acariciaba el
ameno valle. Fusagasugá se embriagaba con una encantadora armonía,
y los preludios de las bandolas y guitarras... la dulzura de las
voces entonando canciones y aires populares anunciaban el principio
de los alegres bailes y de las veladas en tertulias familiares.
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