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V.
En Bogotá.
DOCE jornadas habíamos hecho desde el día de la salida de la
casa paterna y al fin entramos en la gran sabana, cuna del imperio
de los antiguos muiscas, la que, cual verde tapiz de billar,
extiende en lontananza su manto de esmeralda hasta limitar con la
cordillera. Dos días después entrábamos en Bogotá por la vía del
Norte.
Era de noche y sonaba aquella solemne hora que anuncia la
desaparición del día y la entrada del reinado de las tinieblas:
llovía, y las campanadas de las numerosas iglesias, con pausado y
triste compás, resonaban en mi oído como un melancólico augurio.
Las luces de mil tiendas, el alboroto de las gentes, la fachada de
los altos edificios, las carcajadas que se escapaban de las
tabernarias orgías; todo, todo hacía en mi alma una penosa
sensación, y un triste y funesto presagio me hacía temblar. ¡Qué
singular casualidad! Entrar de noche y en una noche fría y
lluviosa, como para predecirme á mí, hijo de la espléndida y clara
atmósfera de nuestros valles, que esta infausta ciudad sería un día
el sepulcro de mis ilusiones, y mi reinado el de la fría noche y el
sereno!
Después de cruzar varias calles pedregosas y oscuras, en las que
mi mula tropezaba á cada paso, llegamos á la casa del acudiente, en
la que fuímos recibidos con bondadoso afecto por él y su esposa. Mi
acudiente era un comerciante acomodado, paisano de mi padre: me
alojó con comodidad, y dos días después, viendo que yo estaba
vestido á estilo de la provincia, me condujo á un taller elegante,
en el que se me hicieron trajes á la moda, para lo que mi padre
había dado la orden, erogando la cantidad necesaria.
Al campesino que por primera vez visita la capital, todo le
sorprende, todo le embelesa y le distrae, y esto pasaba en mí en
las primeras salidas que hice á la calle para conocer la ciudad.
Las bellas fachadas de las lujosas casas y tiendas, los elegantes
surtidos de los variados cuanto curiosos artículos; las vidrieras,
la armonía de los pianos, las vistosas aposturas de los jóvenes
elegantes, los trajes de las hermosas y bellas señoritas, el ruido
de los carros y las retumbantes cornetas, y qué sé yo cuántas cosas
más, me tenían como aturdido y entontecido.
Tres días duró para mí esta sorpresa, al cabo de los cuales me
llevaron al Colegio. Fuera efecto de mi buena estrella ó de mis
elegantes vestidos, los que iban á ser mis nuevos concolegas me
recibieron con agasajo, y conocí que era simpático para ellos. Allí
debía empezar para mí una nueva era de labor y de vigilias que
todos conocen, y por la que muy pocos de los acomodados no han
pagado en sus primeros años.
Pasáronse como tres meses en los que recibí cartas de mi tierna
madre, de mi afectuoso padre y de mi enamorada y sensible: Irene,
la que me pintaba del modo más vivo y patético las acerbas penas
que padecía por mi ausencia, y me decía ser la inseparable
compañera y la consoladora de mi afligida madre.
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