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IV
La separación
No hay momento más doloroso para el niño que la primera
separación del hogar paterno: los sollozos de la tierna madre, el
severo dolor del padre y de los hermanos, el sentimiento de los
fieles y ancianos criados; todo, todo dice un triste adiós al
mísero desterrado; y hasta el perro fiel con sus caricias le hace
una tierna despedida al que como Caín, maldecido, va á ser arrojado
de aquel Edén. El, víctima inocente, es proscrito por las
imperiosas exigencias de una sociedad bárbara. La felicidad humana
es instable, y su duración de pocos momentos!
Como he dicho á V. antes, mis padres habían resuelto mandarme á
uno de los colegios de la capital con el fin de cursar estudios
para seguir la carrera de abogado. Llega por fin el término de los
tres meses prefijados para después de mi certamen escolar, y con
ellos el día de la terrible separación; día tétrico en mis
recuerdos, porque es él el primer eslabón de la larga cadena de mi
funesta historia. Recuerdo, como el primer día, aquella funesta
mañana. Mi padre había hecho ensillar dos valientes mulas, una
para mí y otra para un confidente de confianza que debía
acompañarme: mi tierna y triste madre, que desde un mes antes me
preparaba un ajuar completo para el viaje, ropas, consérvas, etc.,
al momento fatal de mi partida se arroja á mis brazos y con
lamentables sollozos y ternura maternal me cubre de besos, coloca
en mi cuello un magnífico escapulario deNuestra Señora del Carmen,
que, como un talismán protector, me aconseja conserve, y casi yerta
me echa su maternal bendición. Mi padre, reprimiendo su emoción,
me da un abrazo, y, cual valeroso campeón en la lid del
sentimiento, me repite sus sabios consejos y me dice que seré un
día representante del pueblo y ocuparé honrosas magistraturas, si
estudio con decisión, interés y aprovechamiento. Monto al fin en mi
mula, y un adiós, el adiós de los fieles domésticos, resuena hasta
que salgo de la arboleda que guía del patio de la casa hasta el
río.
Pero, ¿Irene dónde estaba? Vuelvo la cabeza, miro á todos lados
y no la diviso: desde por la mañana se había ausentado.... Al pasar
el río la veo recostada contra el tronco del guamo donde por las
tardes tantas veces habíamos pasado juntos gratos y placenteros
momentos.
Pálidas y descompuestas sus mejillas, anunciaban una larga
vigilia; sus ojos llorosos mostraban abundantes lágrimas; su
vestido de muselina blanca que ceñía aquel talle de ninfa; su
pañuelito de seda negro que también hacía resaltar la blancura de
su tez con el trenzado de su cabello: parecía la triste Esther
aguardando la horca de Mardoqueo; ó como Dido llorando á su ingrato
Eneas. Sus ojos estaban fijos en el suelo, y al levantarlos hacia
mí no despedían esa acariciadora húmeda mirada que desarmaba mis
enojos y me llenaba siempre de contento: su vista era fija, su
mirada profunda y llena de intenso dolor. Lancéme de la mula y la
tomé en mis brazos: guardó un corto silencio, que rompió
diciéndome con tristeza:
-Te vas, al fin, y tu desventurada Irene quedará sola, como
huérfana y desamparada sobre la tierra. ¿Qué haré en adelante? ¿Con
qué ojos recorreré estos sitios, mudos testigos de los juegos de
nuestra infancia; testigos de tan puros y plácidos contentos y de
tan santas promesas?
Un funesto presentimiento me anuncia que á la felicidad de que
disfrutábamos, á las lisonjeras esperanzas que abrigábamos de un
porvenir venturoso, sucederá un letal olvido! Sí, tú verás la gran
capital; frecuentarás los distintos círculos de la sociedad,
asistirás á las tertulias y te embriagarán las ilusiones;
deslumbrado por otras beldades, ellas ocuparán tu corazón y me
robarán tu amor: y tu pobre Irene, tan simple y tan escasa de
mérito, llorará eternamente los tormentos de tu ingrato mortal
olvido...
Vertiendo un mar de lágrimas traté de consolar á aquella tímida
y acongojada criatura; le prometí el amor más fiel; le ofrecí
escribirle con la mayor frecuencia, confiándole mis más íntimos
secretos; y le juré por lo más sagrado volver á su lado á sellar
nuestra fe en las aras de Dios Sacramentado. Ella, al fin, un tanto
consolada por mi promesa, sacó un medalloncito que encerraba una
rosca de su lindo cabello de color castaño claro, y pasándolo á mi
cuello, me dijo con voz casi moribunda:
-¡Adiós! este es mi último recuerdo! y nos separamos.
Yo, silencioso, con el corazón transido de dolor, tomé mi mula,
monté y proseguí mi camino para distraer mi aflicción.
En las primeras jornadas de mi viaje anduve mudo y como
adormecido por tan dolorosas emociones: el recuerdo de mi tierna
madre, de mi buen padre y de mi amorosa Irene no se separaban un
momento de mi imaginación. Como aletargado pasaba los sitios y
lugares sin verlos ni fijarme en ellos. De vez en cuando la voz de
mi compañero me despertaba de mi estupor para recordarme que
debíamos tomar algún refrigerio ó esperar nuestro arriero. En
aquellos primeros días, el santo recuerdo de mis padres era como un
talisman protector, como una celestial evocación; y el rudo
contacto del mundo no podía profanar el santuario de mi pecho,
santificado con tan sagrados recuerdos.
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