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III
El primer amor.
NACÍ en Piedecuesta el año 18...
Mi padre era un honrado y rico propietario de las cercanías;
poseía una bellísima hacienda de cacao y muchos ganados. Mi madre,
que era de una beldad cumplida y de una acrisolada virtud, contrajo
himeneo con el autor de mis días; ambos jóvenes y enamorados, ambos
de las familias españolas y aristocráticas de la comarca. Su unión
fué feliz por muchos años, siendo yo el único fruto de su santo y
bendecido amor.
Idolatrado de mi madre, como única prenda de su cariño, era
consentido y mimado hasta en mis más extravagantes caprichos, que
mi padre, enteramente ocupado en la hacienda y negocios, y esclavo
de mi madre en lo de la casa, no pensó jamás en contrariar. Sin
embargo, conociendo que yo crecía en voluntariedad y resabios,
pensaron en darme la educación é instrucción propias de mi clase y
condición social y me enviaron á la escuela de la inmediata villa,
en donde aprendí los rudimentos de instrución primaria. Cinco años
duré en aquella vida de escolar, y si bien fueron pocos mis
progresos, porque mis maestros, no queriendo descontentar á mi
padre y sobre todo á mi madre, que había recomendado se me tratase
bien, no me apuraban; con todo, al fin presenté un lucido certamen
y decidieron mis padres que tres meses después sería enviado á un
colegio de la capital á hacer los estudios completos de
abogado.
Había en la inmediación de la propiedad de mi padre otra más
pequeña de un tío mío, hermano de mi madre, hombre honrado pero de
poco capital y escasa fortuna para los negocios. Éste tenía una
hija de la misma edad que yo, cuyo nombre era Irene: nos criamos
juntos. Unos mismos gustos, unos mismos placeres formaban unos
mismos sentimientos y la unión y buena armonía de las dos
familias. Irene no veía otros niños, yo no veía otras mujeres; nos
queríamos como hermanos: más tarde debíamos habernos amado como
amantes. Nuestros bondadosos padres habían formado la lisonjera
idea de una unión, que hubiera sido el colmo de los deseos y
felicidad de aquellos virtuosos y sencillos campesinos cuya
pérdida hoy lamento.
Rayaba yo en los catorce años y ya parecía de diez y seis. Irene
cumplía los doce y estaba hechicera como la evocación de un poeta.
Nuestros gustos eran comunes; jamás había discordia en nuestros
tiernos pechos, sino cuando yo, nuevo Anfión, seguido de mis
perros, me internaba demasiado en la montaña. Ella, impaciente,
salía al paso del río, á donde yo le traía una corona de las más
bellas flores de la selva, alguna avecilla rara, ó una mariposa;
por lo que su tierno y compasivo corazón reñía siempre al mío por
la crueldad con los pajarillos.
¡Cuántas veces nos internamos en el hermoso cacaotal ó en la
platanera, de donde, como una esbelta driada, traía su canastilla
cargada de los opimos y hermosos frutos de aquel encantador verjel!
¡Cuántas veces á la caída de la tarde, sentados á la sombra de los
frondosos guamos del delicioso río, veíamos correr las cristalinas
aguas y nos divertíamos en lanzar hojas secas á la corriente, que
naufragaban ó fracasaban como debían naufragar nuestras infantiles
ilusiones! Ah!... ¡y qué poco debían durar los efímeros proyectos,
los fantásticos delirios que un día habían de exterminar el furioso
y desencadenado vendabal de un tétrico y lamentable infortunio que
debía sumergir á los tiernos amantes y extinguir hasta el recuerdo
de sus virtuosas familias!
Llegados los días de fiesta, ensillábamos las más bellas mulas
de mi padre, y con nuestros vestidos de gala recorríamos las vegas
de aquel delicioso río; y yo, orgulloso caballero, conducía á mi
hermosa prima, el más lindo pimpollo de la comarca, y que en
Piedecuesta era el objeto de la envidia y celillos de mis otros
compañeros.
En breve nuestra pasión creció, y ya no nos miraban sino como
dos amantes que solo aguardaban, en un tiempo no muy remoto, la
bendición nupcial.
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