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XXV
Conclusión.
AQUÍ terminó la patética y singular narración de aquel
infortunado. Como yo tratase de socorrerlo al verlo exánime,
encendí su farol, y al levantar su cuerpo desmayado, sentí que
algún objeto se había deslizado de su bolsillo. Lo recogí y ví que
era una cajita; reconocí y observé que se abría por medio de un
resorte: abríla y, examiné, a la escasa luz del farol, el retrato
en miniatura de una bellísima joven como de quince anos, con un
traje blanco y una rosita en el pecho. Debajo y en letras doradas
tenía esta cristiana y dolorosa inscripción:
BIENAVENTURADOS LOS QUE
LLORAN,
PORQUE ELLOS SERAN CONSOLADOS.
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FIN.
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