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XXIV

El crimen

UNA noche que yo regresaba á mi alojamiento cerca de las doce, pasaba por una excusada y lóbrega callejuela tan oscura como la boca de un lobo, oigo escaparse de una casita dolorosos gemidos de agonía y de angustia invencibles, acompañados de blasfemias atroces, de furiosas amenazas y crueles golpes... Las voces eran proferidas por gente malvada y facinerosa que elige aquellos tenebrosos sitios para reunirse en amenazantes y temibles gavillas, como habituada á vivir en el crimen de una sociedad bárbara y sin policía.

Los gemidos y la voz agonizante eran de una mujer. Nadie abría sus puertas, nadie volaba á socorrer á aquella infortunada: había mucha razón, los inmediatos vecinos de la víctima, aterrorizados por el crimen, temían correr la misma suerte...

Yo estaba enfermo y débil; pero movido por un sentimiento de piedad instintiva, ocurrióme una generosa idea. Desenvainé mi sable de sereno y avanzándome con denuedo, resuelto á ser víctima del crímen por socorrer á un ser desvalido, tomé una piedra y dí con ella dos furibundos golpes en la puerta, diciendo con voz estentórea: «Abran! La policía!»

Sucedióse al punto dentro de la casa una sorda algazara que cesó en el momento. Calculando que se hubieran escapado por las paredes interiores, como en efecto sucedió, empujé la puerta, que cedió con facilidad por no estar bien asegurada, penetré en la casuca, en donde ya no se percibía rumor alguno, me dirigí á la salita donde no había luz, y tropecé con un cuerpo humano...

¿Era éste un cadáver, ó había esperanzas aún de restituirlo á la vida?...

Saquélo afuera en mis brazos. Era una pobre mujer que parecía joven y bella. En el momento que yo la examinaba en el patio, á la pálida y opaca luz de las estrellas, exhaló un profundo y sordo gemido, y comprendí por esto que ya espiraba...

Sin duda aquella infeliz había muerto estrangulada después de sufrir duros tormentos, pues tenía la cara bañada en sangre, una corbata de hombre amarrada fuertemente á la garganta y comprimida por medio de un torcedor, el cual era un garrote de guayacán........

Las estrellas que brillaban en el firmamento fueron los pálidos blandones de su agonía y las que alumbraron su postrer suspiro!...

Un gato, único compañero, tal vez, de la desgraciada, que se hallaba sobre la pared divisoria, sobrecogido de espanto, huraño y desconfiado como los animales de su especie, fué el único testigo de aquel horrendo crimen. El impotente animalito, sin medíos para socorrer á su dueño y aterrado con el ruido de los, asesinos, no hizo otra cosa que escapar huyendo...

Como la oscuridad de la noche, á pesar de no ser muy densa, no me permitía distinguir bien las facciones de aquella desdichada víctima, saqué mi recado de candela y encendí mi farolito, para practicar mejor mi reconocimiento.

Pero estaba la cara de aquel cadáver tan empapada en sangre ya coagulada, que era imposible distinguir sus facciones. Ocurrí á la cocina, y trayendo un poco de agua lavé aquel rostro con el esmero y delicadeza que se emplea para con un enfermo debilitado, y con la esperanza de que la acción del frío restituyese la vida á aquel ser... Vana esperanza!... Estaba yerta!...

Poco á poco conseguí limpiar aquella faz, desprendiendo de ella el espeso cuajarón de sangre que la cubría y examínela con atención... ¡Temblé!

¡Oh! ¡esas facciones!... ¡Un lunarcito que tenía en la barba al lado derecho!... ¡Oh Dios!... ¡Oh Dios!... ¡¡¡Qué horror!!!...


Lanzó aquel mísero y desgraciado ser un hondo y doloroso gemido y rodó sobre la dura piedra del enlosado de la calle.

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