|
|
XXIII
No se muere de pesar
ESA ancha puerta, por la que solo debiera entrar el crimen, si
la sociedad estuviera mejor constituída, se abrió para mí aquel
día. Aquella guardia, amenazante con sus bayonetas; el rastrillo,
al través del cual se oía el ruido de los grillos y las cadenas;
aquel vestíbulo ahumado y derruído, la fetidez que exhala el
desaseo de la muchedumbre pobre y las materias en descomposición;
la ronca y tenebrosa voz del carcelero... y, por último, ese fatal
cerrojo que se interpone, quién sabe por cuánto tiempo, entre el
mísero prisionero y el mundo... todo, en efecto, parecía haber
concluido para mí!
Se me puso incomunicado en un lóbrego y húmedo calabozo, en
donde pasé la más horrible noche de mi vida, atormentado, además,
por el ruido infernal de los demás presos, con mis propios y
crueles pensamientos y recuerdos.
¿Qué sería de mi pobre y desvalida hija, sola en la casuca, sin
más amparo que una pobre vieja que nos servía de compañera? Sola...
sí... ella, la hija del pobre que carecía de valiosas relaciones
sociales, y por tanto sin amparo alguno sobre la tierra!...
Tendido sobre los fríos ladrillos del calabozo, no pude
conciliar el sueño, por estar además atormentado con el ruido de
las culatas de los fusiles sobre el pavimento y el relevo
instantáneo de los centinelas.
Al segundo día se me sacó de allí y se me condujo al Juzgado, en
donde ya estaba iniciada mi causa. Se me acusaba de heridas graves,
y aparecían en el sumario testigos deponiendo contra mí.
El Fiscal, representante de la sociedad ofendida, había
dicho:
-«En todos los grandes crímenes, la pasión ahuyenta á la razón,
la exaltación abate el sentimiento moral. Si las pasiones mal
reprimidas, que necesariamente rompen el equilibrio entre la
inteligencia y los instintos, han de considerarse como
circunstancias atenuantes, deben serlo también el puñal, la
pistola, el veneno. Todos son instrumentos precísos para matar;
morales los unos, materiales los otros. Hay, en efecto, ¿quién lo
duda? una especie de enajenación en todo gran delito premeditado.
Para cometerlo, la mente se extravía, la razón se ofusca; es
preciso ahogar, matar antes la estridente voz de la conciencia. El
crimen moral precede al material. Ese desvío de la razón, esa
enajenación, si así quiere llamarse; ese acto degenerador de la
naturaleza humana, es precisamente lo que en los países civilizados
se llama delito, y lo que entra, así clasificado, á formar parte de
un Código criminal.»
Y concluyó pidiendo para mí la pena aplicable para el delito de
heridas, con circunstancias de asesinato.
Después de una larga prisión de tres meses, yo no volví á saber
de mi hija; pues á un hombre á quien envié á tomar noticias de
ella, le dijeron que estaba cerrada la casa y nadie sabía dónde se
hallaba. Después de aquel penoso cuanto prolongado término, se
falló mi causa por jurados, y declarándome inculpable, se me puso
en libertad.
Corro, vuelo, ansioso de ver mi familia, y encuentro la casa
cerrada. Una vecina me dijo que desde el día siguiente al de mi
prisión había visto la casa cerrada y no había vuelto á ver á la
señorita!....
Los sastres habían desaparecido y nadie daba razón de ellos.
Llevo un herrero, hago romper la cerradura y encuentro mi casa
robada. Corro al colegio y pregunto á la directora, ocurro á todas
aquellas partes á donde antes solía ir; ni la menor noticia, ni el
mas ligero indicio...
Oh dolor inaudito!... Mi hija había desaparecido!... Hé aquí el
complemento de todas mis desdichas y el último golpe, que me
reservaba un destino inexorable y atroz!
Ante este último pesar palidecieron los más dolorosos
sufrimientos de mi vida. Yo había llorado como amante, como hijo,
como esposo... Me faltaba llorar como padre, por mi tierno
retoñito! por aquella infeliz que había nacido como una delicada y
frágil amapola en un muladar, para hacerme encanecer en un instante
y llenar de un indescriptible dolor los días de mi vejez!... ¡Por
aquella carne de mi carne, hueso de mis huesos, sangre de mi
sangre!...
Acordéme que ya tenía cuarenta y dos años, y dirigiendo la vista
hacia el porvenir, se me presenta amenazable y terrible esa vejez
tan lóbrega, triste y solitaria que me espera. Pensé en los vicios,
en la corrupción, en las enfermedades, en el hospital, y
horrorizado, me tendí sobre los fríos ladrillos de aquella salita
para mí todavía mas triste aún que la misma cárcel!
Tres meses enteros me consagré asiduamente á hacer las más
exquisitas diligencias, las más activas pesquisas por todos los
barrios de la ciudad: todo fué en vano; nada pude descubrir!
Cansado de sufrir y de llorar, y siéndome ya insoportable, por tan
insufribles y agudos dolores, la mansión en mi casuca, en donde á
cada paso, con cada objeto, y con aquellas flores que ella había
cultivado, tenía un triste recuerdo y acerbo pesar, la vendí al
fin y recuperé mi oficio de sereno, sin mucho trabajo, por ser
reconocida mi honradez. Mi objeto fué ver si al favor de este
servicio nocturno, donde se ejercita la vigilancia y la
perspicacia, podía descubrir, por alguna casualidad, el paradero de
mi hija.
Yo me figuraba estar ya condenado por Dios á las eternas penas
del infierno. En mi cabeza oía retumbar incesantemente los
martillos de Satanás, y mi corazón era un ancho lago de dolor!...
En el día, para calmar tan insoportables penas, tomé una fragua,
tanto para calentar mis huesos penetrados por el hielo de la noche,
cuanto porque aquellas llamas, aquellos rostros tiznados y aquellos
martillos, eran una representación viva del infierno donde yo
estaba, y además, el golpe del martillo sobre el yunque me aturdía.
Desde entonces soy herrero.
Yo he venido á conocer que al hombre habituado, ó por decirlo
así, hastiado de las penas, no lo mata ningún dolor, y que así como
hay fruiciones y delicias en los goces del rico y poderoso, el
desdichado también se nutre, se alimenta y vive aclimatado en la
atmósfera del infortunio... Pero ¡ ay! ¡qué difícil es habituarse á
estos sufrimientos, sobre todo, cuando el hombre nace y piensa con
una alma tan sensible como la mía! Si es cierto, como ha dicho un
poeta, que hay delicia en el colmo del dolor, ¡cuántas delicias
hubiera saboreado este amable bardo si le hubiera cabido una suerte
igual á la mía!...
Aquí la voz del sereno era cada vez más honda y entrecortada y
su acento semejaba más bien á un profundo sollozo casi
imperceptible, de tal modo que con dificultad pude oir esta última
parte de su relación.
|