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XXII

La violencia

LLEGA | por fin ese día tan tímido para mí. Mi hija cumplía quince años, y yo, extenuado de fatiga y abatido por la pobreza, no podía ya seguir haciendo los gastos de colegio y mantenerla en él: saquéla, pues, de allí, y mientras buscaba mejor asilo para su juvenil belleza llevéla en mi compañía porque la falta absoluta de recursos me obligaba á este sacrificio.

Su presencia encantaba mi soledad y distraía mis antiguos pesares, pero atraía otros nuevos y terribles. Como yo procuraba que vistiese decentemente y ella se asomase con frecuencia á la triste ventanilla que caía á la sucia callejuela de nuestra casa, comencé á notar la continuada frecuencia de aquélla por ciertas gentes que antes de ahora yo no había visto ni conocido: éstas eran algunas de las que entre nosotros se llaman «cachacos del barrio» y artesanos jóvenes. Desde luego sospeché que el motivo que los atraía no podía ser otro que mi joven hija, pues en las casucas inmediatas y de toda aquella calle no vivían sino viejas y mujeres sucias y miserables.

Importaba, pues, que yo abriera los ojos y vigilara constan­temente, cosa sobremanera difícil para un hombre pobre y solo. Confiarme de ciertas mujerzuelas viejas, de arrabal, sin la me­nor noción del honor, era tanto como perderla.

¿Qué hacer?

Renuncié y abandoné el destino de «sereno».

Yo tenía necesidad de ausentarme con frecuencia; y hacía mis salidas en el día, tanto para vender mi calzado, como para propocionarme los precisos é indispensables materiales de mi industria. Notaba de ordinario que á mi regreso encontraba á mi pobre hija triste y abatida.

Por las noches, cosa inusitada en aquellos lugares desiertos, se oía el sonido de bandolas, serenatas de armoniosa música y canciones, y en la vecindad se habían alojado en una casuca tan pequeña como la mía, unos artesanos jóvenes é insolentes, los que, siempre que yo cruzaba la solitaria callejuela para entrar en la mía, me hacían burla con risotadas y chacota.

Un día que yo regresaba más tarde de lo acostumbrado, en­contré á mi pobre Rosita triste y con muestras visibles de haber llorado: supliquéla, en nombre de mi cariño, me confiase el motivo de sus lágrimas y tristeza, pues yo hubiera derramado la última gota de mi sangre por enjugarlas y darla consuelo. Ella se conturbó, se ruborizó y últimamente, llorando, me dijo:

-Padre de mi corazón, vámonos de esta casa!

Instéla para que me revelase el motivo. Ella lo rehusaba, pero yo, revestido de la autoridad de padre, la obligué á ello, y con timidez, candor é inocencia me relató lo siguiente:

-Padre mío: feliz y dichosa me creía en nuestra pobre y humilde casita, pues estaba á su lado recibiendo sus halagos, caricias y afectos paternales y gustando de sus saludables y sabios consejos. Habrá notado que ha poco tiempo han aparecido por nuestra solitaria calle y habitado en la casa contígua á la nuestra, unos hombres que, según parece, son sastres: estos artesanos, audaces y groseros, hace algunos días se propusieron molestarme, cuando estaba á la ventana, con palabras soeces y poco decentes, lo que miré con desprecio. Conociendo yo lo sensible de su corazón, el cariño y extremado afecto paternal que me profesa, quise no exponerlo á una molestia con aquella gen­te, ocultándole esto, y resolví, para evitar sus impertinentes palabras falaces y groseras, privarme de estar á la ventana en los ratos de ocio; así lo he hecho. Pero estos perversos, llevados de un frenesí inmoral y rabia por el desprecio con que los he mirado, han saltado hoy, por medio de una escalera, las paredes, y se han entrado en la casa. Al verlos dí gritos, y ellos se arrojaron sobre mí como lobos rabiosos y poniéndome un puñal al pecho, me amenazaron diciéndome que si algo decía me matarían: motivo por el cual, y viendo la indigencia y aislamiento en que nos hallamos y temiéndolo todo de la audacia de esos hombres, quería ocultarle esto, padre mío, y tan solo rogarle que salgamos de esta casa.....

Todo lo comprendí: un vértigo furor indecible se apoderó de mí; maldije el Gobierno, la sociedad, las leyes, y juré vengar el ultraje hecho á mi inocente hija. Tomé mi cuchillo, lancéme fuera y me presenté á uno de los infames escaladores de mi pobre domicilio, que encontré solo en la esquina de la callejuela. No sé dónde estaría el resto de la gavilla.

Preguntéle con voz alterada si se llamaba N..., y habiéndome mirado con insolencia de arriba abajo, me dijo con voz ronca, y atravesándose la ruana:

-¿Qué me quiere V.? ¿Qué se le ofrece?

Cubrílo de los denuestos que él y sus compañeros merecían, afeando su indigno proceder. No fue necesario de mucho: descargóme un furioso bofetón, al que yo contesté con otro; trabóse la riña, á la que acudieron sus viles é infames compañeros armados de garrote. Descargóme uno de ellos un golpe en la cabeza que me bañó en sangre, y yo, lleno de furor é indignación, le dí una fuerte cuchillada.

Cayeron sobre mí con piedras y palos, y quedé bañado en sangre; me desarmaron, y fuí conducido por aquella vil é inmunda canalla á la policía, y de allí á la prisión.

¡Qué acontecimiento tan terrible para un hombre honrado, que tiene la conciencia de ser inocente, verse conducir á la cárcel por haber tratado de lavar una afrenta y reparar el honor de su familia, ultrajado por la violencia y fuerza bruta!

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