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XXI
Rosita
NO me quedaba ya sobre la tierra otro consuelo ni otro apoyo
que aquella tierna niña, último renuevo de mi familia fresca
florecilla que había venido á esmaltar el yermo campo de mi vejez y
el árido desierto de mi corazón. Rodeéla de ternura y cuidados y
busquéla una nodriza. Todo mi cariño estaba concentrado en mi bella
Rosita: vestila con decencia, y á los cuatro años de edad la puse
en una escuela.
Mi hija era blanca; su fresca y fina tez, adornada de un bello
y hermoso carmin; su fisonomía de gracias y seductores atractivos,
con una mirada centelleante y perspicaz; su boca y labios de coral
dejaban percibir su sonrisa angelical y divina, y ver dos hileras
de dientes que por su blancura y lucido esmalte parecían ser
hermosas y ricas perlas del Oriente incrustadas en aquellas rosadas
encías; su cuerpo delineado con todas las reglas del arte, como
obra del Artífice supremo, se
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presentaba hermosa y seductora
á mi vista y me recordaba la presencia de su madre, por ser en sus
facciones el retrato de ella.
Crecía, y como crecía en cuerpo, crecía también en virtud y
beldad, y en docilidad y cariño á su afligido y angustiado padre.
Los domingos la vestía y sacaba á pasear, orgulloso, con el
orgullo de un padre afectuoso y tierno, como en otro tiempo con el
de amante.
Cumplía ya los once años y era preciso colocarla en el colegio.
La adoraba, y como la escasez de mis proventos no me permitiera
sufragar para estos gastos, solicité y obtuve el destino de sereno,
para tomar de mi sueño los recursos que eran necesarios para darla
la educación é instrucción que deseaba. Pude hacer, pues, los
necesarios gastos, para mí tanto más fuertes, cuanto que mi
indigencia los hacía enormes; pero, en fin, logré colocarla y
sostenerla durante tres años en los que hizo rápidos progresos.
Asistía yo á sus certámenes; en ellos se presentaba sin timidez, y
se mostraba bella y hechicera: en uno de éstos hice dibujar su
retrato por un pintor de miniatura.
Cuando llegaban los dias de vacación ó asueto, en medio del
contento que me causaba su vista y los inocentes placeres que en su
compañía disfrutaba, un
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profundo pesar se apoderaba de mí y
me decía: ¡ qué horrible es llegar á una extrema pobreza! ¡cuán
desgraciado soy en no poder brindar á mi linda hijita ninguno de
los delicados placeres que merece disfrutar por su fina educación!
No puedo proporcionarla amigas de su clase, ni teatro, ni la más
inocente distracción. ¡ Quién se dignará asociarse con la hija del
|Sereno! ¡Quién querrá frecuentar su humilde casuca del
arrabal!
La niña entraba ya en los catorce años. Muchos domingos, ocupado
enteramente en la dicha de tenerla á mi lado y gozar de su cariño,
no quería salir con ella á procurarle algún recreo, temeroso de que
la compañía de un hombre de ruana, de aspecto
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tan pobre, le atrajera el desprecio de las
gentes.
Encerrada, pues, en nuestra humilde choza, y aislada enteramente
de toda clase de relaciones sociales, porque las vecindades eran
gentes groseras, y yo no quería que en manera alguna tuviera roce
con ellas, la empecé á observar triste y pensativa; esto me tenía
en una tortura espantosa y fue para mí una nueva herida abierta á
mi lacerado corazón, pues consideraba qué haría y qué sería de mi
hija después que saliera del colegio, sepultada en tal arrabal y
entre tal gente! Esta idea me horrorizaba, y procuraba aturdirme
para no pensar en ella.
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