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XX
El premio de la constancia
UNA mañana que me encontraba trabajando en aquel pobre oficio y
lleno de hondos y mortales pesares, siento que tocan á la puerta y
preguntan por mi nombre: vuelvo la cabeza y veo parada en el umbral
de aquella asquerosa cueva una mujerjoven y bien parecida, que
vestía un camisoncito de fula, un pañolón azul desteñido, con
flores blancas, un sombrerito viejo de paja y una maletita á
cuestas.
Al principio no la reconocí; tan preocupado estaba en mis
tristes ideas; pero sí conocí que era una calentanita.
Ella se paró y me miró como si vacilase en reconocerme; pero
luego que hubo satisfecho sus dudas, me dijo:
-¿No me conoces, Luis?
Al oir aquella voz se disipó la nube de mis ojos.
-¡Irene! la dije, y volé á sus brazos.
Nos estrechamos vivamente sin poder articular palabra.
Al cabo de un breve intervalo, en el que dirigió la vista sobre
la miseria que me rodeaba, exclamó:
-¡Luis mío!... ¡ Luis de mi corazón! ¿Cómo has podido caer en
tan horrenda miseria y en tan lastimosa situación?...
Hícela que se sentase en un banquillo ahumado y cojo, y luego,
tomándole la mano, que acerqué á mi pecho, la dije:
-¡Hermana mía! (así la llamaba yo en mi niñez): ¡sí! el cielo,
por sus inescrutables designios, ó tal vez en castigo de mis
pecados y delitos, ha querido sumergirme en tan horrible
situación, llenándome de infortunios y reduciéndome á la más
profunda indigencia!... ¡Hágase su santa voluntad!...
Tornó á preguntarme qué vicisitudes me habían arrastrado á aquel
triste estado, y yo la supliqué se calmase, prometiéndola hacerle
después una prolija relación de mis tormentos.
Preguntéle después qué feliz casualidad me proporcionaba el
contento de verla y por qué venía á pie, y ella me refirió que
habiendo fallecido su anciana madre, último pariente que le
quedaba, y sabiendo que todo lo habíamos perdido en una quiebra y
que mi madre había muerto, había realizado lo poco que tenía y
venía á consolarme y á ofrecerme con su corazón quinientos pesos
que con gran trabajo había podido reunir y que traía en oro en su
maletilla. Que había venido á pie por no aumentar gastos ni atraer
la atención de los ladrones en el camino.
Al ver tan noble y generoso proceder, volé de nuevo á sus
brazos, y derramando un mar de lágrimas, le dije con entrecortados
sollozos:
-¿Conque es verdad, ángel mío, que el cielo, compadecido al fin
de mis horribles torturas, me tenía reservado un bálsamo de
consuelo, una gota de rocío que viniese á refrescar el yermo
desierto de mi desolada existencia?... ¡Tú, magnánima criatura,
mujer angelical, ínclita y valerosa joven!... ¡tú no has vacilado
en sacrificar tu porvenir, y olvidando lo débil y delicado de tu
sexo, emprendes un largo y penoso viaje por venir á buscarme y
poner á mis pies tu fortuna y tu corazón!... Y tú, sublime mujer,
no te has horrorizado ni te horrorizas de ser la compañera de este
desdichado mendigo, inválido y andrajoso!... ¡Ah! no, porque tú
eres la emanación de ese Ser celestial que ama y consuela á sus
criaturas en sus aflicciones: tú, el instrumento de esa bondad y
caridad paternal, has venido para enjugar las lágrimas que han
arrancado las llagas cancerosas de mis infortunios y que tú curas
con tu amor...
Sí, tú me amas todavía, á pesar de nuestra larga separación,
para mostrarme que si en la desgraciada humanidad hay almas viles,
sórdidas y corazones despiadados, también se hallan seres
magnánimos que, como destellos sublimes de la celestial
misericordia, cumplen con el gran precepto: «ama á tu prójimo;
consuela y enjuga las lágrimas del afligido.»
Tú, cual débil hiedra, has venido á apoyarte en el carcomido
tronco de mi miserable existencia... Tú, mi hermana, mi amiga, la
compañera de mi infancia; el último renuevo de mi cara cuanto
malhadada estirpe!... Pero tantos sacrificios hechos con un amor
sin igual, no serán estériles. Serás mi esposa, y de hoy en
adelante la compañera inseparable de mis desdichas ó felicidades, y
el recíproco amor que arderá en nuestros corazones embotará los
golpes de nuestros comunes infortunios, nos colmará de felicidad en
los bonancibles tiempos de nuestra existencia, y será el que la
cierre en el borde de la tumba...
Después de este desahogo torné á estrecharla con un largo y
dilatado abrazo, y este mudo y tierno coloquio fué más elocuente
que un largo y doloroso diálogo!...
Como se hallase fatigada y débil, me apresuré á hacerla tomar un
refrigerio, y luego avergonzado de mi miseria, preparéle una camita
sobra unas esteras, la abrigué con mi viejo y remendado jergón y
oculté cuidadosamente debajo de un adobe las veinticinco onzas que
formaban el capital de Irene, temiendo despertar el hambre de mis
famélicos hosteleros.
Durmió cuatro horas seguidas, y la noche se pasó en mutuas
confidencias y en elaborar proyectos para lo por venir.
Decidióse que nos uniríamos con el santo vínculo del
matrimonio, y que con el dinero que había traído compraríamos una
casuca, los muebles indispensables y algunos vestidos. Así lo
verificamos: nos casamos poco tiempo después en la parroquía de las
Nieves: compré la casita con un solarcito, para cultivar algunas
flores, pues siempre he adorado estos tributos que nos ofrece la
naturaleza y que nos deleitan con sus encantadores matices y
fragancia.
Yo mismo blanqueé y compuse aquel viejo escombro para que
sirviera de habitación á dos esposos tan pobres como nosotros. Mi
mujer se ocupaba en aplanchar ropa; yo remendaba ó hacía babuchas,
y así vivimos en una tierna y santa unión hasta el año en que Irene
dió á luz el primero y único fruto de nuestro amor, que fué una
bella y hermosa niña, á quien dimos por nombre Rosa, el mismo de mi
madre; pero su nacimiento debía serme fatal, pues tronchó la
preciosa existencia de mi adorada y cara mitad....
No podré pintar á usted la impresión que me causó la lamentable
pérdida de una esposa tan resignada y tan amante; la tristeza en
que me sumergió fué horrible, pues quedaba solo, desamparado sin
tener á quien volver mis ojos para pedirle consuelo, sin un amigo
en quien depositar mis penas, y últimamente, pobre y con una hija
recién nacida, sin haber quien la alimentase ni cuidase de su
infancia, porque acababa de perder á su madre. Encallecido el
corazón, embotadas mis facultades intelectuales con tantos
sufrimientos, solo sabré decir á usted que me resigné en esta nueva
adversidad, pues ya no encuentro palabras para contar lo que por mí
pasara. Sepulté á aquella amante criatura, cara mitad de mi ser, en
la misma huesa donde reposaba mi madre, para reunir en un solo
punto despojos tan queridos, y luego me consagré al cuidado de mi
tierna hija.
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