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II
La revelación.
RAYABA yo en mis veintiséis años y ya los pesares habían
marchitado con su hálito mortífero la calma de mi corazón. Mortales
inquietudes me hacían eterna compañía, y pesarosas ideas me
quitaban el reposo de la noche.
En una del mes de diciembre del año de 18..., como cerca de
media noche, fatigado de luchar con el dolor, como con otro gigante
Anteo, me puse mi capa y sombrero, tomé mi estoque, dí vuelta á la
llave y salí de mi celda de estudiante, con paso incierto. Dirigíme
hacia la Calle Real: la noche estaba bellísima; la luna, en todo su
esplendor, se me ofrecía tan hermosa como la Diana enamorada de los
griegos; los faroles reverberaban su moribunda luz; los altos
torreones de la Catedral proyectaban sus gigantescas formas y
botaban su sombra colosal sobre media plaza.
Las doce dieron en aquel instante, y á mi lado un agudo siloido
me sorprendió y me hizo volver la cabeza: era un SERENO cuyo silbo
fué repetido por cuatro más.
Un sereno es uno de aquellos seres que desempeñan en la
sociedad bogotana funciones de la mayor importancia. Él vela
mientras los demás duermen; tirita de frío mientras los demás están
abrigados, y muere de hambre y de pobreza, cuando es el guardián de
los ricos almacenes del opulento, de cuyos tesoros sólo conoce los
fríos cerrojos y las dobles puertas, que debe, cual dogo fiel,
guardar por el módico sueldo de doce pesos. Al rayar el alba marcha
al húmedo tugurio, en donde vegetan en la hedionda callejuela su
macilenta mujer y sus entecos hijuelos; y allí en ese estrecho
recinto, mora en compañía de los perros y gallinas. Por el día, el
hombre remienda zapatos viejos; la mujer plancha ropa ó vende
carbón para vivir; porque ellos también han comprendido esta
severa ley de la sociedad: «Trabaja y no morirás;» desgraciados si
no lo comprendieran!
Pensaba yo en las volubilidades de la caprichosa suerte y en la
desigualdad é injusticia de las cosas humanas, cuando aquel hombre
se me acercó y con triste acento, acento de sereno, me dijo:
-Caballero, hágame el favor de su candela.
Yo fumaba. Aquel hombre era alto, flaco; estaba embozado en un
doble jergón; llevaba un farolillo apagado y al través de su
montera y fieltro calado se conocía que su edad podía ser como de
cincuenta y seis años, de nariz delgada y de bigote poblado y
entrecano. Sea efecto del frío de la noche, ó de cualquiera otra
causa, el acento de aquella triste voz, séria y resignada, me
sorprendió, y entablé con él el diálogo siguiente:
-Mucho frío deben ustedes sentir de noche.
-¡Ah! demasiado, caballero, para los que, como yo, hacemos el
segundo cuarto de sereno, y sólo vamos á dormir cuando los demás
despiertan.
-Pero, á lo menos, pagarán á ustedes bien.
-Muy poco, señor, y todo está tan caro.
-¿Qué oficio ejerce usted?
-Soy herrero, y trabajo en las Nieves.
-¿Es usted casado?
-Soy solo.
-¿Tiene V. hijos?
Dió un suspiro y me dijo: Soy solo en el mundo.
-¿Pero al menos los habrá tenido, ó tendrá una esposa?
Al punto se contrajeron sus labios, sus cejas se crisparon, y su
vista hosca levantó una terrible y dolorosa mirada hacia el cielo.
Ya me iba á despedir, pero comprendí que allí se encerraba algún
misterio de dolor y sufrimiento, y quise desentrañarlo. Redoblando,
pues, mi audacia y sin atender al tétrico semblante de mi
interlocutor, le dije:
-¿Me permite V. hacerle una pregunta indiscreta, sin
ofenderse?
-Bien puede V. ¿Qué cosa es?
-¿Ha amado V. alguna vez?
Volvió á contraerse su fisonomía de un modo singular, y después
de un breve rato, con cavernosa voz, me dijo:
-Sí, en otro tiempo; pero no quiero recordarlo.
-Pero al menos fué V. feliz en otro amor.
-¡Ah! no, demasiado infeliz, y no quisiera recordarlo, porque
es la causa de mis desgracias y de verme hoy aquí sin más reposo
que la dura y helada piedra , y sin más compañía que amargos y
dolorosos recuerdos.
-¿Quisiera V. contarme la historia de su desgraciado amor?
-¿Para qué? caballero. Es un infortunio puramente privado; un
amor desdichado, como tantos otros; unos sufrimientos cuya medida y
rigor solo conoce mi lacerado corazón y el Ser Supremo que me ha
dado, al fin, una fría resignación. Por otra parte, en el triste y
humilde drama de i atormentada existencia nada hay que pueda ser
útil á V.: además, para descubrir mis dilatados tormentos,
necesitaría tener una palabra más ejercitada que la mía,
sentimiento más delicado, y por tanto talento y elocuencia sublime
de que carezco.
-¿Tuvo V. algún estudio é instrucción en la juventud ? le
pregunté.
-Sí, señor; en aquel tiempo estudié los primeros años del
derecho; pero las alternativas de mi desdichada suerte, la ruina
de mi fortuna, mi miseria, en fin, y el hábito y frecuentación de
compañeros, todos hombres del vulgo, me han hecho olvidar hasta
los rudimentos aprendidos en la escuela durante mi infancia.
Al oír esta respuesta, me interesé más vivamente en saber su
historia, y le repliqué:
-Ya no pido á V., sino que le suplico, me haga la relación de su
historia, y exija de mí una recompensa.
-Gracias, caballero,-me contestó: no hay necesidad de
recompensa; removeré las heladas cenizas del extinguido incendio
de mi pecho por complacer á V., exigiendo tan solo su palabra de
caballero...
-¿Cuál?-le pregunté.
-Que á nadie diga V., ni revele una sola frase de cuanto voy á
decirle.
Se lo prometí solemnemente, y habiéndonos sentado en el umbral
de un almacén, me hizo la siguiente narración:
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