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XIX
La indigencia
TRÉMULO y afligido me puse en camino al siguiente día, evitando
pasar por el poblado, que me recordada épocas tan tristes. Después
de dos días de penosa marcha llegué á esta ciudad, lugar de mis
infortunios y tormentos, herido, falto de fuerzas para ganar la
vida y mendigando un pan, y asilo donde albergar y reclinar mi
enflaquecida y doliente humanidad. Me dirigí donde vivía un viejo
zapatero, con quien había hecho conocimiento en otro tiempo en mi
oficio de esportillero.
Este tenía una asquerosísima tienda ó tugurio ahumado, arriba
de los «Tres Puentes», en una callejuela cercana á un muladar, en
donde remendaba y hacía babuchas malísimas en unión de su flaca y
macilenta mujer, rodeado de cuatro hijitos flaquísimos, cuyo
vientre formaba la mayor parte de su cuerpo, por causa del
desabrigo: sus brazos y piernas tan sumamente delgados, que
parecían mirados al través de un lente cóncavo, uniéndose á esta
sociedad familiar dos gozques que apenas tenían fuerzas para mover
sus debilitados miembros: su ajuar se componía de nauseabundos y
asquerosos harapos, adornados con un semillero de insectos
horripilantes y atormentadores, y arrojando las exhalaciones
fétidas del hollín y de la mugre.
Acomodéme allí, ganando con mucho trabajo un real diario y no
viviendo como un racional, sino vegetando como un cerdo en su
pocilga, y sustentándome con los alimentos más repugnantes; pero
sobre todo, lo que me atormentaba infinitamente, era verme sin
vestido con que mudarme y sin ropa interior limpia, y más aún, sin
cama! ¡Yo tan pulcro y aseado en otro tiempo!
Cuando mi trabajo me lo permitía, los domingos me iba al río, y
allí, después de bañarme, lavaba y remendaba mis harapos. Así
trascurrió cerca de un año, sin que mejorara mi adversa aflictiva
suerte.
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