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XVIII
El delirio
DESPUES de un escaso alimento debido á la compasión de, uno de
los vecinos de aquel pueblo, salí de él al oscurecer. La noche era
un poco clara: dirigí mis vacilantes pasos hacia aquellos senderos
que en otro tiempo había recorrido en pos de ELLA; pasé por frente
á los árboles del Limonal, ví sus blancas paredes, llegué á la
pradera del árbol de caucho donde en época más feliz se mostró tan
hechicera á mis deslumbrados ojos, como la reina del torneo: allí,
postrado de rodillas, bañado en lágrimas, exhalé el dolor de mi
acongojado pecho y los contenidos ayes de tan largo
sufrimiento!...
Arrobado en un éxtasis profundo, absorto en mis recuerdos,
aparecióseme con todo el brillo de aquella sublime y aristocrática
beldad, con su vestido de muselina blanco, sus lazos azules, su
sombrerillo de plumas, su encantadora sonrisa y todos sus adorables
hechizos.
Me acordaba de aquel vaso de agua que tan graciosamente recibió
de mis manos para llevarlo á sus sedientos y divinos labios. Me
acordaba del ramo de jazmín; me acordaba de aquellas consoladoras
palabras que me dijo al conducirla á la quinta: mi febril
imaginación era, en fin, un panorama de todos los episodios de mis
cortas venturas y de los azares de mi tormentoso infortunio.
Por fin, delirante me trasporté en alas de la imaginación sobre
los mares; llego á una ciudad, entro en sus calles, veo sus
edificios, entro por sus pórticos y vago por sus plazas; yo estaba
miserable, yerto y sin abrigo!... Era de noche y el frío sereno me
congelaba hasta los huesos!
Oigo el gemido de una mujer á pocos pasos; adelántome y hallo
una joven agonizante: inclínome á reconocerla y alzo un cadáver. Al
tiempo que esto pasaba en mi alma magnetizada, oigo un ruido
extraño en la maleza de aquel llano, llénome de terror y me
desvanezco...
La mañana y su fresca brisa me volvieron á la vida.
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