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XVII

El soldado en  campaña

UN día, como al cabo de tres meses, hallándome en la plaza de la Catedral, llamó mi atención el toque de un tambor que anunciaba la publicación de un bando. La agitación del público y el toque de generala notificaban que se llamaba á todos los hombres capaces de tomar las armas para un alistamiento militar. La guerra acababa de estallar por consecuencia de la discordia civil. Me alisté en el acto y fui obligado á hacer el servicio militar, porque, como pobre, no podía pagar la exención de servicio, y mucho menos comprar un reemplazo.

Fuí incorporado en el batallón que se llamó «Cazadores», ydespués de dos meses de ejercicios doctrinales marchamos para el Sur.

La vida de cuartel, las marchas, campamentos, las músicas militares, la algazara estúpida de mis compañeros, no me hicieron en manera alguna olvidar aquel antiguo dolor, ni pudieron extinguir el hondo sentimiento que dentro de mi pecho ardía, semejante al fuego entre las apagadas cenizas.           

Al fin de veinte jornadas llegamos á Popayán, y en pocos días invertidos en varios preparativos, marchamos á internarnos en las breñas de Pasto. Allí nos esperaba el enemigo, y allí los fue­gos de Marte debían curar los que en mi corazón había encen­dido el dios del Amor.

Un día de primer combate es un día culminante y notable en la vida del soldado, del soldado raso que solo pelea por obligación y rigor de disciplina, sin interesarle en nada el desenlace de las cuestiones políticas que se debaten, y que desolan y arruinan el país. En este día debe dar el contingente de su sangre y de su vida, sin esperanza de llegar presto á una brillante y elevada posición social, para que su ensangrentado cuerpo ó su frío cadáver sirva de escala á las ambiciones ajenas.

Yo, por mi parte, aislado en medio de aquellos tumultos, vi­viendo solo con mis dolorosos recuerdos, cumpliendo con toda humildad las rudas obligaciones del soldado, en nada me inte­resaba el éxito de la batalla. Ésta empezó una mañana á las seis: mi compañía fué dirigida á tomar una casa en que se había atrincherado el enemigo, y tuve la desgracia de ser herido en una pierna al tiempo de desalojarlo de unas cercas de piedra en donde se había hecho fuerte. El dolor de mi herida no me permitió asistir al desenlace de aquella función de armas, que nos fué favorable, aunque costosa y sangrienta. Fui llevado con los demás heridos á un lugar inmediato, en donde permanecí dos meses, al cabo de los cuales regresé á esta ciudad, licenciado como inválido.

Como el estado de mi herida no me permitiese hacer gran­des jornadas, vine muy despacio y casi de limosna. Yo deseaba llegar á Bogotá á dejar mis pobres huesos al lado de los de mi madre, pues preveía que pocos serían ya mis desgraciados días. En lugar de tomar la vía recta, seguí el camino de Fusagasu­gá para ganar la sabana. Llegué á esa población á las cinco de la tarde, á tiempo de ponerse el sol... ¡Qué tristes recuerdos eran para mí los que me inspiraba aquella villa!... Allí, cuatro años antes había osado entregarme á los más risueños y gratos des­varíos de una juvenil y enamorada fantasía, y á los halagos de un porvenir encantado.

Entonces, elevado por el ángel de mis ensueños, mecido por las frescas y embalsamadas brisas de sus montañas y por el aroma de sus naranjos, gocé de los fugitivos raptos de un encantado delirio.

Ah! qué se hicieron aquellas deliciosas horas en que imaginé haber sido trasportado á un Edén, cuando ahora solo hallaba pálida y macilenta sombra en todo lo que allí veía, un recuerdo de lo que tanto amé! ¡Entonces, lleno de vida, juventud, riqueza y esperanza! hoy triste y lastimero mendigo, que solo arras­traba una existencia atormentada, deseando solo morir!...

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