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XVI

Mi acudiente

COMO mi persona, por causa de mi enfermedad, fuese cada | día más gravosa á mis huéspedes, que eran gentes pobres, que vivían de su escaso trabajo, y se hallasen , además, mis re­cursos enteramente agotados, y por tanto en imposibilidad de ser útil para nada ni para nadie, considerado el triste y lamen­table estado á que me veía reducido, me decidí á refugiarme en el hospital y solicitar auxilio en mi enfermedad en aquel lugar de caridad: allí fui admitido, pero me trataron como mentecato y loco.

Salí de allí á los dos meses, como un espectro escapado de la tumba, á mendigar el pan de la caridad. Mis mejillas flacas y hundidas, mis ojos torvos y consumidos, y mi cruel desespera­ción y abatimiento, me daban un aspecto raro y huraño, y largas noches al sereno labraron poco á poco mi cerebro y sembraron en mi alma los gérmenes de esa terrible é incurable enfermedad que se llama hipocondría. Pocos me compadecían y solo me arrojaban el pan de una escasa limosna. Los muchachos me perse­guían, silbábanme y lanzaban piedras sobre mí, con expresiones groseras y burlonas y me llamaban «el loco Luis.»

Una mañana que me hallaba en la plaza de mercado, buscando quién quisiera ocupar mis débiles y descarnados brazos en el oficio de esportillero, se me acercó una buena señora á quien ha­cía falta un carguero para conducir á su casa unas cestas de víveres: fuíme con ella por el módico salario de medio real: ¿cuál sería mi sorpresa y vergüenza al entrar en aquella casa y reconocer al dueño de ella, que no era otro que el sujeto que, en mejores tiempos para mí, había sido mi acudiente, y á quien no me había querido presentar desde que había caído en desgracia! Conocióme á pesar del pobre y triste estado en que me veía, me echó los brazos al cuello y me invitó á que fuera todos los días á su casa, donde tendría un plato de comida para alimentar mi pobre cuerpo. Dispensóme aquel excelente sujeto los favores de su caritativo corazón, en términos que al cabo de tres meses me había restablecido y mitigado un tanto mi mayor dolor.

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