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XV

La despedida

AL cabo de este intervalo y sin poder siquiera darme cuenta de las dolorosas impresiones recibidas, una mañana que me hallaba ya convaleciendo de la enfermedad, y sentado en el corredor, pálido, demudado y embozado en mi jergón, tocan á mi pobre puerta, y uno de mis compañeros me dice que una criada de casa grande quiere hablarme á solas dos palabras. Sal­go, y una mujer á quien yo no conocía, me dice que desea hablarme en el mayor secreto de un asunto que me interesa demasiado.

Nos retiramos á un lado, y ella, mirando inquieta, como si temiese la observasen, me dijo:

-Mi señora Elisa, de quien he sido criada de confianza por espacio de más de diez años, ha partido con su esposo para Europa. Hace como quince días que, al partir, me ha encargado buscase á usted y le entregase este billete, recomendándole el mayor sigilo. Con mucho trabajo he logrado dar con esta casa, y me alegro de cumplir fielmente la última voluntad de mi excelente señora.

Diciéndome esto, me alargó un billetito: yo lotomé, y habiéndome despedido de la mensajera, pasé á mi humilde cuartito, temblando y con el corazón palpitante, rompí el sello de lacre negro, lo abrí y leí lo siguiente:

«Señor Luis M.: Cuando reciba V. este billete, me hallaré ya muy lejos de V. surcando los mares que separarán de la América mi existencia y dolor. Este será eterno como mi vida.

«Víctima de una unión formada contra el voto de mi corazón, he debido suscribir á las imperiosas voluntades de un padre que me ordenaba tomase por esposo al hombre á quien en otro tiempo debió la salvación de su vida y de sus intereses. Yo, débil mujer, no podía resistir á tan imperioso decreto, que á la vez me mandaba sacrificar para siempre mi vida y mi corazón, so pena de incurrir en la tremenda indignación de un padre inexorable, y en el desprecio de toda mi familia resentida. Llena de dolor y sin haber podido tener una entrevista con el hombre que poseía todo mi corazón, pasé, víctima de la más inaudita fatalidad y del hado más adverso, á ser sacrificada ante los altares de himeneo, y doblemente atormentada al conocer que al carro de mi desgracia iría siempre unida la del hombre á quien amé desde el día en que por primera vez le vieron mis ojos. Esta confesión que, á la vez que me ruboriza, pues falto á los sagrados deberes que me impone, el lazo funesto que me ata á la vida, pero que debo hacer para tranquilizar á usted, á V. á quien amé y amaré mientras viva, pues esa pasión arderá siempre inextin­guible en el ara de mi desgarrado corazón, será como un holocausto mudo y secreto, consagrado á nuestro desventurado amor.

«Conserve usted como sagradas las cortas y fugitivas prendas que mi escasa ventura pudo brindar á usted. Conserve siempre contra su atormentado pecho esa rama de jazmines arrancada al árbol de mis deshojadas ilusiones y de mi sensible corazón; y algún día en que ambos hayamos apurado hasta las heces el cá­liz de nuestras amarguras, el cielo, apiadado de nuestros marti­rios, nos reunirá en los altares de los amantes desventurados, en la eterna mansión de una dicha inmarcesible.

«Adios, mi amado cuanto lamentado Luis: borre usted de su pecho, si es posible, mi recuerdo, que sería para usted un continuado martirio, mientras yo, infeliz, lucharé, aunque en vano, por arrancar del mío el dardo que atraviesa mi corazón.»

Al leer aquellas líneas para mí tan dolorosas, me arrojé al sue­lo, me arranqué los cabellos, mordí mis brazos, y dando los más dolorosos y horribles gritos, revolcándome como un mísero gu­sano, maldije mi hado y el infausto día en que vi la luz. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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