INDICE

 

XIV

El loco

HUERFANO y desamparado y además pobre, yo no podía ya pensar en seguir mis estudios, y debía sacar de mi corazón y de mi industria los recursos para vivir. Sí, yo quería vivir, yo no tenía valor ni fuerza para abandonar un país en donde se ocultaban los huesos de mi madre ya donde debía volver Elisa...

Acomodéme en la casa de un sastre de arrabal que trabajaba con sus dos hijos, y allí, con asiduo trabajo me proporcionaba apenas dos reales diarios para vivir. Aquella familia no era un modelo, y los dos jovenes, que bien pronto me quisieron como hermano, eran muy adictos á las serenatas, al juego y á los licores. Yo tuve la debilidad de suscribir á sus caprichos, y poco á poco la disipación se iba insinuando en todo mi ser.

Como yo salía poco al centro de la ciudad, ignoraba los sucesos de la gran sociedad y del gran mundo. ¿Y para qué averiguarlos? ¿No estaba ya proscrito y desterrado para siempre de sus círculos, pues ya era un pobre obrero destinado á vivir el día con el día?... ¿Y cómo podría yo escalar aquella jerarquía social tan delicada é inaccesible para el pobre, sin dinero y sin apoyo?... ¿esa sociedad metalizada que lleva por lema «vales tanto cuanto tienes?» Sin embargo, un solo sentimiento me ha­cía vivir y soportar el peso de mis males. Elisa vivía; debía re­gresar, y el ramo de jazmines que yo había hecho colocar en un medalloncito de plata, me decía que tuviera constancia y espe­ranza!

Ah locas ilusiones de niño!... de niño que no sabe que la constancia de la mujer es como la flor del almendro, que al más lijero soplo se deshoja! Imprudentes y temerarias esperanzas del obrero que ignora que á los ojos del rico la pobreza es un crimen y una asquerosa pestilencia.

Yo debía experimentar bien pronto el desencanto de tan fu­nestas quimeras.

En efecto, una noche que yo había salido á vagar con mis camaradas de taller, pasé por frente á la casa de mi adorada, toda esplendente de iluminación interior y de cuyos suntuosos salones se escapaban las armonías de un soberbio piano diestramente tocado, y también la algazara de los convidados. Sorprendióme todo, y como entrasen varias personas de distinguido porte, me avancé y pregunté al portero el motivo de aquella función, y si el señor Don Andrés había ya regresado de Europa. Contestóme que hacía más de un mes que había vuelto con su familia, y que en aquella noche se celebraba el enlace de la señorita Elisa con Don J...,mi odioso rival y el cómplice en el robo de mis intereses.

¡Qué nuevo golpe tan funesto para el que en pocos meses ha­bía ya recibido tantos!...

Furioso y desesperado, quise lanzarme dentro de aquella so­berbia morada para arrancar la infame vida al raptor de mi fortuna y de mi amor: quise entrar á impedir la consumación del más horrendo crímen, del más sacrílego perjurio y del más alevoso asesinato!... Intenté arrojarme á exigir el cumplimiento de unas promesas que para mi eran tan sagradas, cuando en realidad no eran sino simples é insignificantes esperanzas!...

Mis camaradas me arrancaron de allí, frenético, temiendo la vergüenza de un escándalo con gente tan elevada, pues á todos inspiraba temor mi desesperación y despecho.

Como yo había dado furiosos y amenazantes gritos, se agrupó la gente, y los del sarao abrieron los balcones y aparecieron en ellos varias personas, con la ansiedad de saber lo que pasaba en la calle. Apuraba mi dolor cuando percibí una voz de hombre, voz burlona y cruel, que de arriba decía: «¡Pobre loco! ¡misera­ble insensato!»

Yo perdí el conocimiento: fuí trasportado de allí, casi exánime á casa de mi maestro, y caí en la cama, en donde permanecí casi un mes entre la vida y la muerte.

anterior | índice | siguiente