INDICE

 

XII

Bancarrota

PUSÍMONOS al fin en camino para esta ciudad, á donde en­trábamos quince días después. Mi primer cuidado, después de alojar cómodamente á mi buena madre, fué volar á saber de Elisa. Ella no se hallaba en Bogotá, había partido para Europa en compañía de su padre y de su otra hermana. De su regreso nada se sabía, pero se suponía no fuera muy pronto, en atención á que la educación que estaban recibiendo en París dos de sus hermanos causaría naturalmente este retardo.

¡Qué golpe tan fatal, tan nuevo y tan inesperado para un co­razón que ya había sufrido tantas y tan repetidas emociones! ¡Solo esto faltaba para colmar la copa de mis amarguras y para el cumplimiento de los decretos de mi infausta estrella y de mi cruel Destino...!

Enamorado perdido; con algunas esperanzas fundadas, y verme separado de ella á tiempo que mi desenlace se apresuraba... ¡ah! estuve por maldecir mi ausencia y hasta mi existen­cia...

Pero luego recordé á mi amado padre, á mi virtuosa madre y los sagrados deberes que había ido á cumplir, y que fueron motivo de mi extemporánea partida...

Nuestro corto capital, que solo se componía de ocho mil pe­sos, bastaba para mi subsistencia y la de mi buena madre. Acordamos que este dinero sería colocado á interés, para subve­nir con sus réditos á las necesidades de nuestra modesta exis­tencia, y se colocó en manos de un comerciante acreditado, pero sin más seguridades ni garantía que su sola firma. Sin embargo, ésta era tenida como muy respetable, y siguiendo los usos de comercio bastaba esta sola caución.

Yo continué mis estudios, pero distraído y absorto del todo en mis tristes memorias. A veces me ocupaba en componer versos al ídolo de mi pecho, derramando en ellos los más dolorosos y tristes recuerdos. En esta ocupación sentía cierto placer secreto, porque esperaba que algún día ella vería estas pruebas de mi constancia y amor.         

Una mañana que yo había ido á la calle Real con cierta urgen­cia, encontré un corro de comerciantes que discutían y hablaban con viveza: acerqueme, y llegó á mis oídos la fatal palabra de |quiebra. Puse mayor atención, y ¡oh Dios ! vino también á mis oídos el nombre del comerciante deudor nuestro, y... pasé an­sioso á informarme con un comerciante conocido mío,confir­mándose los temores que yo abrigaba.

Sé trataba nada menos que de una quiebra, y una quiebra fraudulenta de más de doscientos mil pesos. El fallido no había presentado sino seis mil pesos que servirían para pagar deudas Privilegiadas; por consiguiente, nosotros quedaríamos sin reembolsar un solo centavo...

¡Oh poderoso Dios!... nosotros quedaríamos, pues, reducidos á la indigencia, porque solo contábamos ya, como único capítal, con cuatro mil pesos en Piedecuesta, cuyo plazo no estaba aún vencido.

Yo no me atreví á llevar á mi desgraciada madre tan funesta nueva. Se decía además que aquel comerciante, aliado y conso­cio con mi rival, había salvado la mayor parte de sus intereses en poder de éste, y enajenado fraudulentamente al mismo suje­to sus bienes raíces.

Decidí, pues, en mi mente, que partiría para Piedecuesta á cobrar el resto de nuestra acreencia, y con motivo de este repentino viaje tuve al fin que revelar á mi buena madre el fatal se­creto. Ella, inundada en llanto, y dando los más tristes y dolorosos suspiros, me dejó al fin partir, como el único camino que se presentaba para consultar su bienestar y el mío.

Trasladéme á Piedecuesta, y tuve allí la desgracia de saber que el comprador de nuestras propiedades, habiéndolas enajenado á su turno, había partido para Venezuela, y ninguna espe­ranza quedaba de recobrar su valor. Uno de los antiguos amigos de mi padre, á quien confié mis amarguras y revelé la situación de mi pobre madre, quiso más bien, por favorecernos, tomarme aquel crédito por quinientos pesos, con la remota esperanza de cobrar un día alguna parte de él.

Regresé después de haberme despedido de Irene, á quien con­fié mis desventuras. Ella me dijo que á pesar de todo me amaría siempre, y que su mayor dicha sería pasar el resto de sus días á mi lado y al de mi madre, y que tan luego como la suya falle­ciese, pues estaba muy achacosa, iría á reunirse á nosotros. Dí las gracias á esta fiel y agradecida joven, que me amaba tan solo por mi poco mérito, y partí...

¡Qué diferentes ideas ofuscaban mi alma pesarosa al pasar por aquellos campos, al divisar aquel risueño Palmarito, del cual cuatro años antes había sido dueño, y ahora era de un extraño! Parecióme que era una profanación mirar hacia allí, y que el Ser Supremo, en castigo de mi pérfida inconstancia, me castigaba y arrojaba como un ser maldecido. Ya uno de los eslabones de la cadena de mi vida estaba roto: no tenía padre, y además estaba completamente arruinado.

anterior | índice | siguiente