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La serenata.
DENTRO
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de dos días se abrían de nuevo los cursos, y mi
acudiente me previno fuese á proveerme de los libros necesarios
para el año entrante.
Embebido en aquella mortal pasión que se había adueñado de todo
mi ser, yo no prestaba gran atención á mis estudios: me retiraba y
huía de la sociedad de mis condiscípulos. Un poderoso deseo se
había apoderado de mí, y yo no vivía con ninguna de las impresiones
exteriores, ocupado y penetrado en aquellos recuerdos, y solo
ansiando por el día venturoso en que mis ojos debían contemplarla
de nuevo.
Mi familia no me escribía ya hacía bastante tiempo; pero yo,
ocupado en mi mortal pasión, ni aun notaba el silencio de mis
amados padres. Pasaba con frecuencia por casa de mi Elisa, la que
permanecía cerrada.
Por fin llega el venturoso momento, y una mañana de febrero veo
con indecible placer abiertas las vidrieras y flotar las
persianas, y pude ver ese mismo día á mi amada en el balcón.
Aquella misma tarde reuní una serenata de las mejores bandolas, y
compuse unas estrofas para cantar los pesares de su ausencia, el
poder de su amor y el contento de su vista.
Las doce de la noche serían, y ya estábamos frente á los
balcones. Principiamos por el vals de
|Strauws que con ella
bailé en Fusagasugá, y luego con el acompañamiento fueron cantadas,
por tres voces, las estrofas que antes dije había compuesto. Fueran
éstas:
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SERENATA
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Quita un instante al sueño Su poderío,
Y duélate, mi dueño, Tanto amor mío!
Oye las quejas
Que ahora estrella mi acento
Contra tus rejas!
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Cuando el techo dejara De mis hogares,
¡Quién, Elisa, augurara Tantos pesares!
Quien me dijera
Ay! Que á fuerza de amarte
Por tí muriera!
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Al terminarlas, como yo temiese no hubiesen sido oídas de Elisa,
por causa de ser muy retirado su aposento hacia la parte interior,
volvimos á entonarlas, y á pocos momentos sentí que entre abrían el
balcon y arrojaban á la calle alguna cosa; me incliné al suelo, y á
la luz de un farolillo de reverbero pude ver un nuevo ramo de
jazmín, que recogí. Busqué por ver si había algún otro objeto, y
nada pude hallar. Este nuevo ramo de jazmín quería, pues; decir
para mí lo mismo que el primero: amor, constancia y esperanza.
(Entonces no estaba en uso toda aquella ingeniosa invención del
lenguaje de las flores).
Regresé, pues, alegre á mi alojamiento, convencido más y más de
que debía dar pábulo á tan lisonjeras cuanto fundadas esperanzas, y
me dormí apaciblemente.
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