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EL SERENO DE BOGOTÁ
I
El sereno del cielo.
TRISTE cosa es el sereno frío, glacial, compañero de la noche,
cuando el astro refulgente, el candente luminar que alumbra y
vivifica mil mundos y dora la faz de nuestro globo, se oculta, para
aparecer después de su período de doce horas, en el horizonte, en
pos de la rosada aurora, mensajera de un nuevo día. Triste cosa es
el sereno, eterno compañero de la noche; lóbrego y helado como el
frío de la tumba, cuando al esplendor de las nítidas estrellas,
rutilantes joyas sembradas en el manto azul del firmamento, es como
el ambiente del holocausto tributado á la reina de la noche, la
Luna. Pero más triste aún para el desgraciado que gime en su mísera
cabaña, al través de cuyas grietas filtra y penetra este mortal
enemigo del reposo; este inseparable compañero de los negros
pesares y del insomnio; cuando en las eternas horas de los ocultos
infortunios, el caminante, helado por los caminos; el mendigo sin
pan ni otro lecho que la dura piedra del umbral, ansían por la
vuelta del sol; del sol que vendrá á alumbrar de nuevo el hambre y
la desesperación que se apoderan de ellos, pareciendo que la
inescrutable Providencia quisiera abrumarlos con mayores
tormentos.
El sereno no es suave sino para el rico que da un paseo á la luz
de una espléndida luna, en compañía de sus amigos ó de sus deudos,
ó para el joven amante afortunado que, lleno de halagüeñas
esperanzas, se estaciona al pie de las ventanas de su amada, á
quien desvela con la grata sorpresa de una armoniosa serenata, y
luego, regresando unos y otros todos los amigos del sereno, van á
disfrutar del apacible descanso que les brinda un mullido lecho de
cortinajes de seda, en medio del lujo y de la fragancia de una
espléndida cámara.
El sereno en el fondo de nuestras selvas, tupidas de una salvaje
y exuberante vegetación, hace aparecer la majestad de la naturaleza
virgen de los Andes, todavía más sublime y colosal, y deja percibir
mil rumores que aterran y sorprenden al viajero: el rugido de la
fiera, el extraño canto de las aves selváticas ó el silbido de la
serpiente cascabel.
En medio de las calles y pórticos de la suntuosa Bogotá,
verdadera selva de edificios, el sereno hace proyectar las sombras
de los campanarios como negros y tristes fantasmas, y á las almas
tímidas las aterra con las apariciones de que se pobló nuestra
infantil imaginación, haciéndoles ver las sombras de los muertos,
los espectros y aun el espíritu, creación de las tinieblas, que son
como los cortesanos del frío imperio de la noche.
Yo, siempre enemigo del sereno, mi mortal antagonista, he
experimentado también sus rigores; pero con su ambiente frío y
sepulcral he aprendido á conocer más de un infortunio oculto, que
ha despertado en mi aletargado corazón el sentimiento de una triste
y tierna simpatía por los que sufren más de lo que yo he sufrido.
¡ Ah ! no soy yo solo el que llora, ha llorado y llorará en la
breve peregrinación de este valle de las lágrimas!.....
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