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En las reivindicaciones simbólicas que hacen los pueblos o sus
gobernantes, pueden citarse casos sobre la nacionalidad de Dios. En algún momento de los
Karamazov, no queda duda de que Dios es ruso. Durante guerras recientes Dios era
compatriota del Ayatolah y, alternativamente, cruzaba el Eufrates y se volvía iraquí. En
el mundial del 86, después de que los anfitriones le hicieron al Perú los seis goles que
necesitaban para seguir vivos, no cupo duda: Dios es -o era- argentino.
Procedencia disputada
la de Dios, en cambio sobre la nacionalidad del Diablo hay certeza. Según Pedro Gómez
Valderrama, Satanás vino en las carabelas del descubrimiento y se instaló en Tolú.
Satanás, es el rey,
pero son muchos los demonios. Exactamente 7.405.926, según el conteo preciso de un
experto, Juan Wier. Otro demonólogo, Psellus, descubiró que se dividen en "demonios
del fuego, del aire, de la tierra, de las aguas, subterráneos y de las tinieblas."
No es difícil reconocerles: "Van desnudos, en lo cual se diferencian de los
ángeles; tienen la sal, dominan los perfumes, los descotes y el dinero; dirigen las
alimañas y las plagas; se unen carnalmente a hombres y mujeres, como súcubos e
íncubos."
Muestras del Diablo
de Pedro Gómez Valderrama (Bucaramanga 1923-Bogotá 1992) es uno de los libros más
insólitos y heterodoxos de la literatura colombiana y fue reeditado por Altamir en una
edición conmemorativa, con motivo del premio bienal de novela Pedro Gómez Valderrama,
instaurado por Colcultura en homenaje al autor de La Otra Raya del Tigre.
Lo excepcional de los
tres ensayos que reúne Muestras del Diablo es su neutralidad y su distancia frente
al cristianismo, al que observa sin inquina ni afecto en el proceso espiritual de Europa y
de América. Esta neutralidad es por completo nueva en Colombia, donde la discusión
acerca de la religión se efectuó entre amigos y enemigos del cristianismo.
Reeditar ensayos para
celebrar un concurso de novela no es tan paradójico cuando se trata de estos textos de
Gómez Valderrama, en los que el lector se desliza con fluidez, a través de interludios
narrativos, por un hilo donde sostiene pensamientos que aún hoy tienen la frescura de lo
original, como que "la hechicería coexiste en forma casi pacífica con el sistema
feudal" y que el asunto se alborota sobretodo al partir del nueve de diciembre de
1484, día en que Inocencio VIII pronuncia su Bula contra la hechicería.
En el segundo ensayo
-"En el reino de Buzirago"- don Pedro destaca cómo la Inquisición americana
copió los modelos de brujería que persiguió la europea, lo que dió lugar a que
perviviera la otra brujería americana, que sobrevive en las macumbas y en el vudú. Las
historias de Lorenza de Acerato, Paula de Equiluz -quien -"hallaba en las juntas
diabólicas abundante provisión de amantes y manejaba la ciencia de los
encantamientos"- y Elena de la Cruz, a quien un esclavo la vió una noche "de la
cintura para abajo estaba en figura de vaca y de la cintura arriba su misma figura con una
gran cornamenta encima de la cabeza". En El engañado, el tercer ensayo,
Gómez Valderrama percibe al demonio en nuestro tiempo y encuentra a Satán en todas las
formas de opresión del estado y en todas las formas de la intolerancia.
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